2022/05/16

Noche 984



Y cuando llegó la 984ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh mi señor! ¡toda vida tiene su destino y toda existencia su término! Alah prolongue tus días, pues tu hermano acaba de expirar". Y dijo Al-Raschid: "Alah le tenga en su piedad". Y se apresuró a ponerse en marcha, ya sin temor ni preocupación, entró en el cuarto de su madre, que exclamó al verle: "¡Alegría y dicha! ¡Dicha y alegría al Emir de los Creyentes!". Y se puso de pie, y le echó el manto califal, y le entregó el cetro, el sello supremo y las insignias del poderío. Y en el mismo momento entró el jefe de los eunucos del harén, que dijo a Al-Raschid: "¡Oh señor nuestro! recibe una noticia dichosa, pues acaba de nacerte un hijo de tu esclava Marahil". Y Harún entonces dejó exteriorizarse su doble júbilo, y dió a su hijo el nombre de Abdalah con el sobrenombre de Al-Mamún.
Y antes del nuevo día fueron conocidos por la población de Bagdad la muerte de Al-Hadi y el advenimiento de Al-Raschid al trono califal. Y Harún, en medio del aparato de la soberanía, recibió el juramento de obediencia de los emires, de los notables y del pueblo reunidos. Y aquel mismo día elevó al visirato a El-Fadl y a Giafar, ambos hijos de Yahia el Barmakida. Y todas las provincias y comarcas del Imperio, y todos los pueblos islámicos, árabes y no árabes, turcos y deylamidas, reconocieron la autoridad del nuevo califa y le juraron obediencia. Y comenzó su reinado en la prosperidad y la magnificencia, y se asentó, brillante, en su reciente gloria y en su poderío.
En cuanto a la favorita Ghader, entre los brazos de la cual había expirado Al-Hadi, he aquí lo que aconteció.
La misma tarde de su elevación al trono, Al-Raschid, que tenía noticia de la belleza de Ghader quiso verla y posar en ella sus primeras miradas. Y le dijo: "Deseo ¡oh Ghader! que visitemos juntos tú y yo el jardín y la cúpula donde mi hermano Al-Hadi (¡Alah le tenga en Su piedad!) gustaba de alegrarse y descansar". Y Ghader, vestida ya con trajes de luto, bajó la cabeza y contestó: "Soy la esclava sumisa del Emir de los Creyentes". Y se retiró un instante para quitarse los vestidos de luto y reemplazarlos por los atavíos convenientes. Luego entró en la cúpula, donde Harún la hizo sentarse a su lado. Y permanecía con los ojos fijos en aquella magnífica joven, sin dejar de admirar su gracia. Y su pecho respiraba ampliamente con alegría, y su corazón se holgaba. Luego, cuando sirvieron los vinos que gustaban a Harún, Ghader se negó a beber la copa que le brindaba el califa.
Y le preguntó él, asombrado: "¿Por qué lo rehúsas?". Ella contestó: "El vino sin la música pierde la mitad de su generosidad. Tendría gusto, por tanto, en ver junto a nosotros, haciéndonos armoniosa compañía, al admirable Ishak, hijo de Ibrahim". Y Al-Raschid contestó: "No hay inconveniente". Al punto envió a Massrur en busca del músico, que no tardó en llegar. Y besó la tierra entre las manos del califa, y le rindió homenaje. Y a una seña de Al-Raschid se sentó enfrente de la favorita.
Y a la sazón pasó la copa de mano en mano; y de tal suerte se continuó hasta que fué noche cerrada. Y de repente, cuando el vino hubo fermentado en las razones, exclamó Ishak: "¡Oh! ¡eterna alabanza para El que cambia a Su antojo los acontecimientos y dirige su curso y vicisitudes!". Y Al-Raschid le preguntó: "¿En qué piensas ¡oh hijo de Ibrahim! para prorrumpir en esas exclamaciones?".
Y contestó Ishak: "¡Ay! ¡oh mi señor! ayer a esta hora, tu hermano se asomaba a la ventana de esta cúpula, y a la luz de la luna, semejante a una desposada, miraba cómo huían las aguas murmuradoras suspirando con dulces y ligeras voces de cantarinas nocturnas. Y ante el espectáculo de la felicidad aparente, se espantó de su destino. Y quiso brindarte el brebaje de la humillación".
Y Al-Raschid dijo: "¡Oh hijo de Ibrahim! la vida de las criaturas está escrita en el libro del Destino. ¿Acaso habría podido arrebatarme la vida, si no estuviera decretado el término de ésta?". Y se encaró con la bella Ghader, y le dijo: "Y tú, ¡oh joven! ¿qué dices?".
Y Ghader tomó su laúd, y preludió, y con voz profundamente conmovida cantó estos versos:
¡La vida del hombre tiene dos vidas: una límpida y otra turbia! ¡El tiempo tiene dos clases de días: días de seguridad y días de peligro!
¡No te fíes ni del tiempo ni de la vida, porque a los días más límpidos suceden días turbios y sombríos!
Y al acabar estos versos, la favorita de Al-Hadi desfalleció de pronto y cayó sin conocimiento ni movimiento, dando con la cabeza en el suelo. Y la socorrieron y la movieron. Pero ya no existía, refugiada en el seno del Altísimo. Y dijo Ishak: "¡Oh mi señor! amaba al difunto. Y a lo menos a que aspira el amor es a esperar a que el enterrador acabe de cavar la tumba. ¡Alah extienda Sus misericordias sobre Al-Hadi, sobre su favorita y sobre todos los musulmanes!".
Y de los ojos de Al-Raschid cayó una lágrima. Y ordenó lavar el cuerpo de la muerta y depositarlo en la propia tumba de Al-Hadi. Y dijo: "¡Sí! ¡Alah extienda Sus misericordias sobre Al-Hadi, sobre su favorita y sobre todos los musulmanes!".

Y tras de contar así esta historia de la infortunada adolescente, el joven rico dijo a sus conmovidos oyentes: "Escuchad ahora, como otra manifestación de los decretos inexorables del Destino, la historia del COLLAR FÚNEBRE".

EL COLLAR FÚNEBRE

Y dijo:
"Un día en que el califa Harún Al-Raschid había oído encomiar el talento del músico cantor Hachem ben Soleimán, envió a buscarle. Y cuando introdujeron al cantor Harún le hizo sentarse delante de él y le rogó que le dejase oír alguna composición suya. Y Hachem cantó una cantinela de tres versos con tanto arte y tan hermosa voz, que el califa exclamó, en el límite del entusiasmo y del arrebato: "Has estado admirable, ¡oh hijo de Soleimán! ¡Alah bendiga el alma de tu padre!". Y lleno de gratitud, se quitó del cuello un magnífico collar enriquecido de esmeraldas y colgantes tan gordos como peras almizcladas, y lo puso en el cuello del cantor.
Y al contemplar aquella joya, Hachem, lejos de mostrarse satisfecho y alegre, nubló sus ojos con lágrimas. Y la tristeza anidó en su corazón e hizo amarillear su rostro...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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