2022/05/12

Noche 980



Y cuando llegó la 980ª noche

Ella dijo:
... Y la nodriza guardó en su memoria las palabras del Emir de los Creyentes. Y el niño creció y se desarrolló. Y cuando tuvo dos años de edad, una joven esclava se acercó un día a la nodriza, y le dijo: "Mi señora me envía a rogarte que me dejes llevar a su casa tu niño. Porque está encinta, y en vista de la hermosura de este niño -¡Alah te lo conserve y aleje de él el ojo malhechor!-, desea pasarse algunos instantes mirándole para que el niño que lleva ella en su seno se forme a semejanza de éste". Y la nodriza contestó: "Está bien. Llévate al niño; pero he de acompañarte yo".
Y así se hizo. Y la joven esclava entró con el niño en casa de su señora. Y en cuanto la dama vió al niño, se arrojó sobre él llorando, y le tomó en sus brazos, cubriéndole de besos y apretándole contra ella, en el límite de la emoción.
En cuanto a la nodriza, se apresuró a ir a presentarse entre las manos del califa, y le contó lo que acababa de pasar, añadiendo: "Y esa dama no es otra que la purísima Saleha, la hija del venerable ansariano jeique Saleh, que ha visto y seguido como discípulo abnegado a nuestro Profeta bendito (¡con El la plegaria y la paz!).
Y Omar reflexionó. Luego se levantó, cogió su sable, se lo escondió debajo del vestido, y fué a la casa indicada. Y encontró al ansariano sentado a la puerta de su morada, y le dijo, después de las zalemas: "¡Oh venerable jeique! ¿qué ha hecho tu hija Saleha?" Y el jeique contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¿mi hija Saleha? Alah la recompense por sus buenas obras. Mi hija es de todos conocida por su piedad y su conducta ejemplar, por su conciencia en cumplir sus deberes para con Alah y para con su padre, por su celo en las plegarias y demás obligaciones impuestas por nuestra religión, por la pureza de su fe".
Y Omar dijo: "Está bien. Pero yo desearía tener una entrevista con ella para aumentar su amor al bien y animarla aún más a practicar obras meritorias". Y dijo el jeique: "Alah te colme con sus favores ¡oh Emir de los Creyentes! por la buena voluntad que tienes a mi hija. Espera aquí un momento a que yo vuelva, pues voy a anunciar tus propósitos a mi hija". Y entró, y pidió a Saleha que recibiese al califa. Y se introdujo en la casa a Omar.
Y he aquí que, al llegar a presencia de la joven, Omar ordenó a las personas presentes que se retiraran. Y salieron éstas inmediatamente y dejaron al califa y a Saleha solos, absolutamente solos. "Quiero que me des datos precisos respecto de la muerte del joven encontrado hace tiempo en un camino. Tú tienes esos datos. Y si tratas de ocultarme la verdad, entre tú y ella se interpondrá este sable, ¡oh Saleha!" Y contestó ella, sin turbarse: "¡Oh Emir de los Creyentes! has encontrado lo que buscas. Y por la grandeza del nombre de Alah el Altísimo y por los méritos del Profeta bendito (¡con El la plegaria y la paz!) juro que voy a decirte la verdad entera". Y bajó la voz y dijo:
Sabes, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que yo tenía a mi servicio una mujer vieja que siempre estaba en casa y que me acompañaba a todas partes cuando yo salía. Y la consideraba y la quería como quiere una hija a su madre. Y por su parte, en cuanto me atañía y me interesaba, ponía ella una atención y un cuidado extremados. Y durante mucho tiempo la estimé y escuché con respeto y veneración.
"Pero llegó un día en que me dijo ella: "¡Oh hija mía! necesito hacer un viaje a casa de mis allegados. Pero tengo aquí una hija. Y en el sitio en donde está tengo miedo de que se vea expuesta a cualquier desgracia irremediable. Te suplico, pues, que me permitas traértela y dejarla contigo hasta mi regreso". Y al punto le di mi consentimiento. Y se marchó.
"Y al día siguiente vino a mi casa su hija. Y era una joven de aspecto delicioso, de buena apariencia, alta y bien formada. Y sentí por ella un afecto grande. Y la hice acostarse en la habitación donde yo dormía.
"Y una siesta, mientras dormía, me sentí de pronto asaltada en mi sueño y arrollada por un hombre que pesaba sobre mí a plomo y me inmovilizaba, sujetándome ambos brazos. Y deshonrada, mancillada ya, pude por fin soltarme de su abrazo. Y descubrí que él no era otro que mi joven compañera. Y me había engañado el disfraz de aquel joven imberbe a quien tan fácil había sido pasar por una muchacha.
"Y cuando le maté, hice sacar su cadáver y mandé que le dejaran en el paraje donde se le encontró. Y permitió Alah que yo fuese madre por culpa de los manejos ilícitos de aquel hombre. Y cuando eché al mundo al niño, hice que le dejaran también en el camino donde se abandonó a su padre, sin querer encargarme ante Alah de criar a un hijo que me había nacido contra mi consentimiento.
"Y ésta es ¡oh Emir de los Creyentes! la historia exacta de esos dos seres. Y te he dicho la verdad. ¡Y Alah responderá de mí!".
Y Omar exclamó: "Cierto que me has dicho la verdad, Alah extienda sobre ti Sus gracias". Y admiró la virtud y el valor de aquella muchacha, le recomendó perseverancia en las buenas obras, e hizo votos por ella al cielo. Luego salió. Y al partir, dijo al padre: "¡Alah colme de bendiciones tu casa! Virtuosa hija es tu hija. ¡Bendita sea! Ya le he hecho exhortaciones y recomendaciones". Y el venerable jeique ansariano contestó: "¡Alah te conduzca a la dicha, ¡oh Emir de los Creyentes! y te dispense los favores y beneficios que desee tu alma!"

Luego el joven rico, tras de tomar algún reposo, continuó: "Ahora, para cambiar de asunto, voy a deciros la historia de LA CANTARINA SALAMAH LA AZUL".

LA CANTARINA SALAMAH LA AZUL

Y dijo:
"El hermoso poeta, músico y cantor Mohammad el Kúfico, cuenta esto:
"Jamás tuve, entre las jóvenes y las esclavas a quienes daba lecciones de música y de canto, una discípula más bella, más viva, más seductora, más espiritual y mejor dotada que Salamah la Azul. Llamábamos la Azul a esta joven morena, porque en su labio había una encantadora sombra de bozo azulado, semejante a un pequeño trazo de almizcle que hubiera paseado por allí graciosamente una pluma de escriba experto o la mano ligera de un iluminador. Y cuando yo le daba lección, era ella muy jovencita, una jovenzuela recientemente desarrollada, con dos pechitos incipientes que alzaban y separaban un poco su ligero vestido, alejándole del seno. Y al mirarla arrebataba; era para trastornar el espíritu, deslumbrar los ojos, quitar la razón. Y cuando iba ella a una reunión, aunque la compusiesen las más renombradas bellezas de Kufah, no había miradas más que para Salamah; y bastaba que apareciese ella para que se exclamase: "¡Ah! Ahí está la Azul". Y se la amó apasionadamente, hasta la locura, pero sin objeto, por todos los que la conocían y por mí mismo. Y aunque era mi discípula, yo era para ella un humilde súbdito, un servidor obediente, un esclavo a sus órdenes. Y si me hubiera pedido orchilla humana habría ido yo a buscarla en todos los cráneos de ahorcados, en todos los huesos mohosos del mundo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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