Noche 909



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Pero cuando llegó la 909ª noche

Ella dijo:
... Así habló a Diamante la joven, que se llamaba Latifa y era bella hasta constituir el alboroto del tiempo. Y Diamante se inclinó hasta besar la tierra entre sus manos, y tras de incorporarse luego, contestó: "¡Oh retoño del jardín de la perfección! ¡oh mi señora! ¡soy Fulano, hijo de Mengano, y he venido aquí para tal y cual cosa!" Y le contó su historia desde el principio hasta el fin, sin omitir un detalle. Pero no hay utilidad de repetirla.
Y Latifa, cuando oyó su historia, le cogió de la mano y le hizo sentarse al lado de ella en la alfombra tendida bajo la parra trepadora de la entrada. Luego, empleando palabras dulces, le dijo: "¡Oh ciprés ambulante del jardín de la belleza! ¡lástima de juventud la tuya!" Después dijo: "¡Qué malhadada idea tuviste! ¡qué proyecto tan difícil de ejecutar meditaste! ¡cuántos peligros corres!" Y aun dijo: "Hay que renunciar a eso, si en algo estimas tu alma cara. Y quédate aquí conmigo; a fin de que tu mano bendita acaricie el cuello de mi deseo. Porque la unión con una hermosa que tiene cara de hada, como yo, es más deseable que la busca de lo desconocido". Pero Diamante contestó: "Mientras no vaya a la ciudad de Wakak y no resuelva el problema que me trae, a saber: "¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?", me están prohibidos los placeres y la dicha. Pero cuando haya ejecutado mi proyecto, ¡oh encantadora! pondré el collar de la unión al cuello de tu deseo, casándome contigo". Y Latifa suspiró, diciendo: "¡Oh corazón abandonado! Luego hizo seña de que se acercaran a unas escanciadoras con mejillas de rosa. E hizo llegar a unas jóvenes cuya contemplación asombraba al sol y a la luna, y cuyos cabellos ondulados hacían experimentar una torsión involuntaria a los corazones de los amantes. Y circularon las copas de bienvenida para festejar al huésped encantador con música y cánticos. Y las delicias de las mujeres, unidas a las de la armonía, seducían y arrebataban los corazones, fuesen abiertos o cerrados. Pero, cuando se vaciaron las copas, el príncipe Diamante se irguió sobre ambos pies para despedirse de la jovenzuela. Y le dijo, después de formularle sus votos y darle las gracias: "¡Oh princesa el mundo! tengo que despedirme de ti ahora; porque ya sabes que el camino que he de recorrer es largo, y si permaneciese un momento más, el fuego de tu amor prendería llamas en las mieses de mi alma. Pero si Alah quiere; cuando logre mi propósito volveré a cortar aquí las rosas del deseo y a apagar la sed de mi sediento corazón".
Cuando la jovenzuela vió que el príncipe Diamante, por quien se abrasaba, persistía en su resolución de abandonarla, se irguió también sobre ambos pies, y cogió un báculo en forma de serpiente, sobre el cual murmuró algunas palabras en una lengua incomprensible. Y de improviso lo enarboló y con él golpeó en el hombro al príncipe de modo tan violento, que le hizo girar sobre sí mismo por tres veces y caer a tierra para perder al punto su figura humana. Y se convirtió en un gamo entre los gamos.
Y en seguida Latifa hizo que le pusiesen en los cuernos adornos semejantes a los que llevaban los otros gamos, y le ató al pescuezo un pañuelo de seda bordada, y le soltó por el jardín, gritándole: "¡Vete con tus semejantes, ya que no has querido a una hermosa con cara de hada!" Y Diamante el gamo echó a andar con sus cuatro patas, animal por la forma, pero semejante a los hijos de Adán en cualidades interiores y en las sensaciones.
Y caminando así con sus cuatro patas por las avenidas donde erraban los demás animales metamorfoseados, Diamante el gamo se dedicó a reflexionar profundamente acerca de su nueva situación y del modo de recobrar su libertad y evadirse de las manos de aquella hechicera. Y vagando de tal suerte, llegó a un rincón del jardín en que la tapia era mucho más baja que en ningún sitio. Y tras de elevar su alma hacia el dueño de los destinos, tomó impulso y franqueó la tapia de un salto. Pero no tardó en advertir que seguía encontrándose en el mismo jardín, exactamente igual que si no hubiese franqueado la tapia; y entonces se convenció de que continuaban los efectos del encanto. Por otra parte, saltó la tapia de la propia manera siete veces seguidas; pero sin mejor resultado, pues siempre se encontraba en el mismo sitio. Entonces llegó a los límites extremos su perplejidad, y el sudor de la impaciencia transpiró en sus cascos. Y dedicóse a ir y venir a lo largo de la tapia, como haría un león encerrado, hasta que se encontró frente a una abertura en forma de ventana abierta en la tapia y que había permanecido invisible a sus miradas. Y se deslizó por aquella abertura, y tras de mil trabajos se encontró fuera del recinto del jardín aquella vez.
Y fué a parar a un segundo jardín que perfumaba el cerebro con su buen olor. Y se le apareció un palacio al final de las avenidas de aquel jardín. Y en una ventana de aquel palacio vió una joven y encantadora cara con tiernos colores de tulipán, cuyas pupilas habrían dado envidia a la gacela de China. Sus cabellos, color de ámbar, habían retenido todos los rayos del sol, y su tez era de jazmín persa. Y la joven mantenía erguida la cabeza, y sonreía en dirección a Diamante.
Cuando Diamante el gamo estuvo muy próximo a su ventana, ella se levantó a toda prisa y bajó al jardín. Y arrancó algunos puñados de hierba, y como para atraerle e impedirle que huyera al acercársele, le tendió la hierba desde lejos muy cariñosamente, chasqueando la lengua. Y Diamante el gamo, que no esperaba otra cosa que ver cómo salía de aquel segundo paso, se acercó a la joven, acudiendo como los animales hambrientos. Y al punto la joven, que se llamaba Gamila, y que era hermana de padre de Latifa, pero no de la misma madre, cogió el cordón de seda que llevaba al cuello el príncipe gamo y lo utilizó de ronzal para conducirle al interior del palacio. Y se apresuró a ofrecerle frutas y refrescos exquisitos. Y bebió él hasta que estuvo harto.
Y hecho lo cual, inclinó la cabeza y la apoyó en el hombro de la joven, y se echó a llorar. Y Gamila, muy conmovida al ver que de tal suerte fluían lágrimas de los ojos de aquel gamo, le acarició delicadamente con su dulce mano. Y al sentir que le compadecía, el gamo humilló su cabeza a los pies de la joven, y lloró aún más. Y ella dijo: "¡Oh gamo mío querido! ¿por qué lloras? ¡te quiero más que a mí misma!" Pero él redobló en su llanto y lagrimeo, y restregó su cabeza contra los pies de la dulce y compasiva Gamila, que a la sazón comprendió, sin género de duda, que le suplicaba le devolviese su figura humana.
Entonces, aunque tenía mucho miedo a su hermana mayor, la maga Latifa, se levantó ella y cogió de un agujero del muro una cajita enriquecida con pedrerías. Y acto seguido hizo las abluciones rituales, se puso siete trajes de lino recién planchados y tomó de la cajita un poco del electuario que contenía...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 908



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Pero cuando llegó la 908ª noche

Ella dijo:
"… y la sensibilidad de mi corazón trabajará en favor tuyo". Y añadió: "¡No lo dudes!" Y Rama de Coral contestó: "¡Oh joven insigne! claro que no dudo de la sensibilidad del gamo de tu corazón; pero si quieres que te responda con respecto a la pregunta obscura, prométeme por la verdad de nuestra fe que me tomarás por esposa y en tu reino me pondrás a la cabeza de todas las damas del palacio de tu padre". Y el príncipe Diamante cogió la mano de la joven y la besó y la puso sobre su corazón, prometiéndole los desposorios y el rango que pedía.
Cuando la joven Rama de Coral tuvo esta promesa y esta seguridad del príncipe Diamante, se tambaleó de satisfacción y de contento, y le dijo: "¡Oh capital de mi vida! has de saber que debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra está un negro sombrío. Y el tal negro ha venido a establecer allí su morada, ignorado por todos, excepto por la princesa, después de huir de su país, que es la ciudad de Wakak. Y precisamente ese negro calamitoso es quien ha incitado a nuestra princesa a formular pregunta tan obscura a los hijos de reyes. Por lo tanto, si quieres conocer la verdadera solución del problema es preciso que vayas a la ciudad de Wakak. Y de esta sola manera podrá descubrirse el secreto. ¡Y esto es cuanto sé acerca de la clase de relaciones que hay entre Piña y Ciprés! ¡Pero Alah es más sabio!"
Cuando el príncipe Diamante hubo oído estas palabras de boca de Rama de Coral, dijo para sí: "¡Oh corazón mío! conviene tener un poco de paciencia antes de que se haga para nosotros la claridad detrás de la cortina del misterio. Porque, por el pronto, ¡oh corazón mío! sin duda tendrás que experimentar en esta ciudad del negro, o sea en la ciudad de Wakak, muchas cosas enojosas que te pesarán". Luego se encaró con la joven, y le dijo: "¡Oh caritativa! en verdad que mientras no vaya a la ciudad de Wakak, que es la ciudad del negro, y no penetre el misterio de que se trata, me parecerá que me está prohibido el reposo. Pero si Alah me depara la seguridad y me hace obtener el resultado apetecido, cumpliré entonces tu deseo. Si no lo hago, consiento en no volver a levantar la cabeza hasta el día de la resurrección".
Y tras de hablar así, el príncipe Diamante se despidió de la suspirante, la gemebunda, la sollozante Rama de Coral, y con el corazón derretido, salió del jardín, sin ser visto, y se dirigió al khan en donde había dejado sus efectos de viaje, y montó en un caballo hermoso como un animal feérico, y salió al camino de Alah.
Pero como ignoraba hacia qué lado estaba situada la ciudad de Wakak, y el camino que había que tomar para llegar a ella, por dónde había de pasar para llegar a ella, empezó a girar la cabeza en busca de algún indicio que pudiera orientarle, cuando divisó a un derviche que iba en dirección suya, vestido con un traje verde y calzados los pies con babuchas de cuero amarillo limón, llevando un báculo en la mano, y semejante a Khizr el Guardián, de tan radiante como tenía el rostro y claro el espíritu ante las cosas. Y Diamante fué en busca de aquel derviche venerable, y le abordó con la zalema, apeándose del caballo. Y cuando le devolvió la zalema el derviche, le preguntó el príncipe: "¿Hacia qué lado ¡oh venerable! está situada la ciudad de Wakak, y a qué distancia se halla?" Y el derviche, tras de mirar atentamente al príncipe durante una hora de tiempo, le dijo: "¡Oh hijo de reyes! abstente de aventurarte en un camino sin salida y en una ruta espantosa. Renuncia a tan loco proyecto, y ocúpate en otra tarea, porque, aunque te pasaras toda la vida en busca de ese camino, no encontrarías ni vestigios de él. ¡Además, al querer ir a la ciudad de Wakak, entregas, al viento de la muerte, tu existencia y tu vida cara!" Pero el príncipe Diamante le dijo: "¡Oh respetable y venerado jeique! el asunto que me mueve es un asunto decisivo, y mi propósito es un propósito tan importante, que prefiero sacrificar mil vidas como la mía antes que renunciar a ello. Así, pues, si sabes algo referente a ese camino, sírveme de guía como Khizr el Guardián".
Cuando el derviche vió que Diamante en manera alguna desistía de su idea, no obstante los útiles consejos de todas clases que seguía dándole, le dijo: "¡Oh joven bendito! sabe que la ciudad de Wakak está situada en el centro de la montaña Kaf, allí donde los genn, los mareds y los efrits habitan por dentro y fuera. Y para llegar allá hay tres caminos: el de la derecha, el de la izquierda y el del medio; pero es preciso ir por el camino de la derecha, y no por el de la izquierda, como tampoco debe intentarse tomar el de en medio. Además, cuando hayas viajado un día y una noche, y aparezca la verdadera aurora, verás un minarete en el cual se encuentra una losa de mármol con una inscripción en caracteres kúficos. Hay que leer esa inscripción precisamente. ¡Y tendrás que ajustar tu conducta a esa lectura!"
Y el príncipe Diamante dió gracias al anciano y le besó la mano. Luego volvió a montar en su caballo y emprendió el camino de la derecha, que debía conducirle a la ciudad de Wakak.
Y anduvo por aquel camino un día y una noche, y llegó al pie del minarete que le indicó el derviche. Y vió que el minarete era tan grande como el firmamento cerúleo. Y estaba empotrada en él una losa de mármol grabada con caracteres kúficos. Y decían así los tales caracteres: "Los tres caminos que tienes ante ti ¡oh caminante! Conducen todos al país de Wakak. Si tomas el de la izquierda, experimentarás gran número de vejaciones. Si tomas el de la derecha, te arrepentirás. Si tomas el de en medio, te ocurrirá algo espantoso".
Cuando hubo descifrado esta inscripción y comprendido todo su alcance, el príncipe Diamante cogió un puñado de tierra, y echándola por la abertura de su traje, dijo: "¡Que yo me vea reducido a polvo, pero que llegue a la meta!" Y se acomodó de nuevo en la silla, y sin vacilar, tomó por el más peligroso de los tres caminos, el de en medio. Y anduvo por él resueltamente un día y una noche. Y a la mañana, se ofreció a su vista un ancho espacio que estaba cubierto de árboles con ramas que llegaban hasta el cielo. Y los árboles estaban dispuestos en hilera para servir de límite y abrigo contra el viento salvaje a un jardín verdeante. Y la puerta de aquel jardín aparecía cerrada por un bloque de granito. Y para guardar aquella puerta y aquel jardín había un negro cuyo rostro daba un tinte sombrío a todo el jardín y a quien robaba sus tinieblas la noche sin luna. Y aquel producto de brea era gigantesco. Su labio superior se alzaba muy por encima de sus narices, que tenían forma de berenjena, y el labio de abajo le caía hasta el cuello. Llevaba al pecho una muela de molino que le servía de escudo; y una espada de hierro chino iba sujeta a su cinturón, que lo constituía una cadena de hierro tan gorda, que por cada uno de sus anillos hubiera podido pasar con toda facilidad un elefante de guerra. Y en aquel momento, el tal negro estaba echado cuán largo era sobre pieles de animales, y de su ancha boca abierta salían ronquidos hijos del trueno.
Y el príncipe Diamante echó pie a tierra sin conmoverse, ató la brida de su caballo a la cabecera del negro, y retirando la puerta de granito, entró en el jardín.
Y el aire de aquel jardín era tan excelente, que las ramas de los árboles se balanceaban como personas ebrias. Y debajo de los árboles pacían gamos grandes que llevaban sujetos a sus cuernos adornos de oro guarnecidos de pedrerías, cubriéndoles los lomos un ropaje bordado y llevando atados al cuello pañuelos de brocado. Y todos aquellos gamos, con sus patas delanteras y sus patas traseras, con sus ojos y sus cejas, se pusieron a hacer señas expresivas a Diamante para que no entrase. Pero Diamante, sin tener en cuenta sus advertencias, y antes bien, pensando que aquellos gamos sólo agitaban así sus ojos, sus cejas y sus extremidades para manifestarle el gusto que tenían en recibirle, empezó a circular tranquilamente por las avenidas de aquel jardín.
Y paseándose de tal modo, acabó por llegar a un palacio al que no habría igualado el del Kessra o el de Kaissar. Y la puerta de aquel palacio estaba entreabierta como el ojo del amante. Y por la abertura de aquella puerta se mostraba una cabeza encantadora de jovenzuela, que era feérica y que habría hecho retorcerse de envidia a la luna nueva. Y aquella cabecita, cuyos ojos avergonzarían a los del narciso, miraba a un lado y a otro, sonriendo.
Pero, en cuanto advirtió a Diamante, quedó estupefacta a la vez que rendida a su hermosura. Y permaneció algunos instantes en aquel estado; luego le devolvió la zalema, y le dijo: "¿Quién eres, ¡oh joven lleno de audacia! que te permites penetrar en este jardín donde ni los pájaros se atreven a agitar sus alas?"
Así habló a Diamante la joven, que se llamaba Latifa y era bella hasta constituir el alboroto del tiempo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


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Noche 907



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Y cuando llegó la 907ª noche

Ella dijo:
"... reflejarse en él de repente el rostro tierno de un joven tan hermoso, que no supe si pertenecía a un hijo de los genn o de los hombres. Y en mi emoción, dejé caer de mi mano al agua la copa de oro".
Al oír estas palabras de Rama de Coral, la princesa Mohra ordenó que, para comprobar la cosa, fuese en seguida otra de sus mujeres a mirar en el agua. Y al punto corrió al arroyo una segunda joven, y al ver reflejarse el rostro encantador, volvió corriendo, con el corazón abrasado y gimiendo de amor, a decir a su señora: "¡Oh nuestra señora Mohra! ¡no estoy segura, pero creo que esa imagen que se refleja en el agua es de un ángel o de un hijo de los genn! ¡O quizá sea que la propia luna ha bajado al arroyo!"
A estas palabras de su servidora, la princesa Mohra sintió chispear en su alma el tizón de la curiosidad; y en su corazón surgió el deseo de ver por sí misma. Y se irguió sobre sus pies encantadores, y orgullosa a la manera de los pavos reales, se dirigió al arroyo. Y vió la imagen de Diamante. Y se puso muy pálida, y se sintió presa del amor.
Y tambaleándose ya y sostenida por sus mujeres, hizo llamar a toda prisa a su nodriza y le dijo: "Ve ¡oh nodriza! y traéme a ése cuyo rostro se refleja en el agua. ¡Porque si no lo haces, me muero!" Y la nodriza contestó con el oído y la obediencia, y se alejó, mirando a todos lados. Y al cabo de cierto tiempo fué a caer su mirada en el rincón donde estaba escondido el príncipe de cuerpo encantador, el joven de cara de sol, aquel de quien tenían envidia los astros. Y por su parte, al verse descubierto, el hermoso Diamante tuvo de pronto la idea de simular la locura para salvar su vida.
Así es que, cuando la nodriza, que acababa de coger al joven por la mano con todas las precauciones que se toman para tocar las alas de la mariposa, le hubo conducido ante su señora sin par, aquel joven de cara de sol, aquel príncipe de cuerpo encantador, se echó a reír como los insensatos, y empezó a decir: "¡Estoy hambriento y no tengo hambre!" Y a decir también: "¡La mosca se ha convertido en búfalo!" Y a decir también: "¡Una montaña de algodón se ha vuelto de arcilla por efecto del agua!" Y dijo igualmente, poniendo los ojos en blanco: "¡La cera se ha derretido bajo la acción de la nieve; el camello ha comido carbón; el ratón ha devorado al gato!" Y añadió: "¡Yo, y solamente yo, voy a comerme el mundo entero!" Y continuó soltando de tal suerte, sin perder aliento, una porción de palabras sin orden ni concierto y sin ton ni son, hasta que la princesa quedó convencida de su locura.
Entonces, cuando ella hubo admirado la hermosura de él detenidamente, se emocionó su corazón y se turbó su espíritu, y dijo, llena de pena, encarándose con sus servidoras: "¡Ay! ¡qué lástima!" Y tras de pronunciar estas palabras se agitó y se tambaleó como un pollo medio muerto. Porque por primera vez entraba en su seno el amor y producía los efectos habituales.
Al cabo de algún tiempo pudo arrancarse a la contemplación del joven, y dijo tristemente a sus mujeres: "Ya veis que este joven está loco, pues tiene el espíritu habitado por los genn. Y ya sabéis que los locos de Alah son santos muy grandes, y que es tan grave faltar al respeto a los santos como dudar de la misma existencia de Alah o del origen divino del Korán. Hay que dejarle, pues, aquí en toda libertad, a fin de que viva a su gusto y haga lo que quiera. Y no pretenda nadie contrariarle o negarle cualquier cosa que anhele o pida". Luego se encaró con el joven, a quien tomaba por un santón, y le dijo, besándole la mano con religioso respeto: "¡Oh santón venerado! haznos la merced de elegir por morada este jardín y el pabellón que ves en este jardín, donde tendrás cuanto te sea necesario". Y el joven santón, que era el propio Diamante con sus mismos ojos, contestó, abriendo mucho los párpados: "¡Necesario! ¡necesario! ¡necesario!" Y añadió: "¡Nada! ¡nada! ¡nada!"
Entonces le dejó la princesa, tras de inclinarse ante él por última vez, y se marchó edificada y desolada, seguida de sus acompañantas y de la vieja nodriza.
Y, en consecuencia, el joven santón vióse desde entonces rodeado de toda clase de miramientos y cuidados. Y el pabellón que se le cedió para vivienda fué ataviado por las más abnegadas entre las esclavas de Mohra, y desde por la mañana hasta por la noche lo llenaban bandejas cargadas de manjares de todas clases y confituras de todos los colores. Y la santidad del joven sirvió de general edificación al palacio. Y rivalizaban en ir a cuál más pronto a barrer el suelo hollado por él y a recoger los restos de su comida o las recortaduras de sus uñas o cualquier otra cosa semejante para guardarla como amuleto.
Un día entre los días, la joven que se llamaba Rama de Coral, y que era la favorita de la princesa Mohra, entró en el aposento del joven santón, que estaba solo, y se acercó a él, muy pálida y temblorosa de emoción, y abatió la cabeza ante sus plantas humildemente, y lanzando suspiros y gemidos le dijo: "¡Oh corona de mi cabeza! ¡oh dueño de las perfecciones! Alah el Altísimo, autor de la belleza que te distingue, hará más en favor tuyo por mediación mía, si accedes a ello. Mi corazón, que tiembla por ti, está entristecido y se derrite de amor como la cera, porque las flechas de tus miradas lo han atravesado y el dardo del amor lo ha penetrado. Dime, pues, por favor, quién eres y cómo has llegado a este jardín, con objeto de que, conociéndote mejor, pueda yo servirte más eficazmente". Pero Diamante, que temía algún ardid de la princesa Mohra, no se dejó conquistar por las frases suplicantes y las miradas apasionadas de la joven, y continuó expresándose como los que tienen realmente sometido el espíritu al poder de los genn. Y Rama de Coral, gemebunda y suspirante, continuó suplicando al joven y dando vueltas a su alrededor, cual la mariposa nocturna en torno de la llama. Y como él se abstenía siempre de responder concretamente, acabó ella por decirle: "¡Por Alah sobre ti y por el Profeta! ábreme los abanicos de tu corazón y aventa para acá tu secreto. Porque no cabe duda de que guardas un secreto. Y yo tengo un corazón que es un cofrecillo cuya llave se pierde cuando se cierra. ¡Date prisa, pues, en vista del amor por ti que hay ya en ese cofrecillo, a decirme con toda confianza lo que indudablemente tienes que decirme!"
Cuando el príncipe Diamante hubo oído estas palabras de la encantadora Rama de Coral, quedó convencido de que en sus palabras se hacía sentir el olor del amor, y por tanto, no había ningún inconveniente en explicar la situación a aquella encantadora joven. La miró, pues, un momento sin hablar, luego sonrió, y abriendo los abanicos de su corazón, le dijo: "¡Oh encantadora! si llegué hasta aquí después de haber sufrido mil penalidades y de exponerme a grandes peligros, fué únicamente con la esperanza de contestar a la pregunta de la princesa Mohra, que dice así: "¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?" Por tanto, ¡oh compasiva! si sabes la verdadera respuesta que hay que dar a esta pregunta obscura, dímela, y la sensibilidad de mi corazón trabajará en favor tuyo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 906



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Y cuando llegó la 906ª noche

Ella dijo:
Porque el amor le había penetrado hasta los huesos, le había tornado débil y sin energías, y al presente le consumía el corazón y el hígado. Y el rey, a fuerza de súplicas y de ruegos, acabó por decidir a su hijo a revelarle la causa de su doloroso estado. Y al descorrerse el velo de aquel camino oculto, el rey besó a su hijo y le estrechó contra su pecho y le dijo: "¡No te importe! refresca tus ojos y calma tu alma cara, pues voy a enviar embajadores míos al rey Qamús, hijo de Tammuz, que reina en las comarcas de Sinn y de Massin, con una carta de mi puño y letra, en que le pediré en matrimonio para ti a su hija Mohra. Y le mandaré, en camellos, fardos de trajes preciosos, joyas valiosas y presentes de todos los colores, dignos de reyes. Y si por desdicha para su vida, el padre de la princesa Mohra no accede a nuestra demanda y con ello se torna en motivo de humillación y de pena para nosotros, enviaré contra él ejércitos de devastación que harán hundirse en sangre su trono y arrojarán al viento su corona. ¡Y de tal suerte nos apoderaremos honorablemente de la bella Mohra la de maneras encantadoras! ".
Así habló, con su trono dorado, el rey Schams-Schah a su hijo Diamante ante los visires, los emires y los ulemas, que aprobaron con la cabeza las palabras reales.
Pero el príncipe Diamante contestó: "¡Oh asilo del mundo! eso no puede hacerse; antes bien, iré yo mismo y daré la respuesta exigida. Y sólo por mis méritos me llevaré a la princesa milagrosa".
Y al oír esta respuesta de su hijo, el rey Schams-Schah empezó a lanzar gemidos dolorosos, y dijo: "¡Oh alma de tu padre! hasta ahora he conservado por ti la claridad de mis ojos y la vida de mi cuerpo, porque tú eres el único consuelo de mi viejo corazón de rey y el único sostén de mi frente. ¿Cómo, pues, puedes abandonarme para correr en pos de una muerte sin remedio?" Y continuó hablando en estos términos para enternecer su corazón. Pero fué en vano. Y para no verle morir de pena reconcentrada ante sus ojos, se vió obligado a dejarle en libertad de partir.
Y el príncipe Diamante montó en un caballo hermoso como un animal feérico, y emprendió el camino que conducía al reino de Qamús. Y su padre y su madre y todos los suyos se retorcieron las manos de desesperación, y quedaron sumidos en el pozo sin fondo de su desolación.
Y el príncipe Diamante recorrió etapa tras etapa, y gracias a la seguridad que le fué escrita, acabó por llegar a la capital profunda del reino de Qamús. Y se encontró frente a un palacio más alto que una montaña. Y en los pináculos de aquel palacio había colgadas millares de cabezas de príncipes y de reyes, unas con su corona y otras desnudas y melenudas. Y en la plaza del meidán se habían armado tiendas de tisú de oro y de raso chino; con cortinas de muselina dorada.
Y cuando hubo contemplado todo aquello, el príncipe Diamante observó que en la puerta principal del palacio estaba colgado un tambor enriquecido de pedrerías, así como el palillo correspondiente. Y sobre el tambor aparecía escrito en letras de oro: "Todo aquel, de sangre real, que desee ver a la princesa Mohra, debe hacer sonar este tambor por medio de este palillo". Y Diamante, sin vacilar, se apeó de su caballo, y fué resueltamente a la puerta consabida. Y tomó el palillo enriquecido de pedrerías, y tocó el tambor con tanta fuerza, que el sonido que sacó de él hizo retemblar toda la ciudad.
Y al punto se presentaron los criados del palacio y condujeron al príncipe a presencia del rey Qamús. Y a la vista de su hermosura, el rey quedó seducido hasta el alma y quiso salvarle de la muerte.
Y entonces le dijo: "¡Ay de tu juventud, oh hijo mío! ¿Por qué quieres perder la vida, como todos los que no pudieron responder a la pregunta de mi hija? Renuncia a esa empresa, ten compasión de ti mismo, y serás mi chambelán. Porque nadie, a no ser Alah el Omnisciente, desentraña los misterios ni puede explicar las ideas fantásticas de una joven".
Y como el príncipe Diamante persistiera en su propósito, el rey Qamús aún le dijo: "Escucha, ¡oh hijo mío! Me duele mucho ver exponerse a esa muerte sin gloria a tan hermoso joven de las comarcas orientales. Por eso te ruego que, antes de afrontar la prueba fatal, reflexiones durante tres días y vuelvas luego a pedir la audiencia que ha de separar tu graciosa cabeza del reino de tu cuerpo". Y le hizo seña de que se retirara.
Y el príncipe Diamante se vió obligado a salir del palacio aquel día. Y para pasar el tiempo, se dedicó a andar por zocos y tiendas, y observó que las gentes de aquel país de Sinn y de Massin estaban llenas de tacto y de inteligencia. Pero se sintió atraído invenciblemente por la morada donde vivía aquella cuya influencia le había atraído desde el fondo de su país como el imán atrae a la aguja. Y llegó ante el jardín del palacio, y pensó que, si conseguía introducirse en aquel jardín, podría atisbar a la princesa y satisfacer su alma con la vista. Pero no sabía cómo arreglarse para entrar sin que le detuviesen los guardias en las puertas, cuando advirtió un canal que iba a desaguarse en el jardín por debajo de la muralla. Y se dijo que bien podría él entrar en el jardín con el agua. Así es que, tirándose de pronto al canal, entró sin dificultad en el jardín. Y se sentó un instante, en un paraje retirado, para que se le secasen al sol las vestiduras.
Entonces se levantó y empezó a pasearse a pasos lentos por entre los macizos. Y admiraba aquel jardín verdeante, bañado por el agua de los arroyos, donde la tierra estaba adornada como un rico en día de fiesta; donde la rosa blanca sonreía a su hermana la rosa roja; donde el lenguaje de los ruiseñores, enamorados de sus amantes, las rosas, era conmovedor como una hermosa música puesta a versos tiernos; donde se manifestaban múltiples bellezas sobre los lechos de flores de los parterres; donde las gotas de rocío, sobre el púrpura de las rosas, eran como las lágrimas de una joven honesta que ha recibido una ligera afrenta; donde los pájaros, ebrios de alegría, cantaban en el vergel todos los cánticos de su gaznate, mientras que, entre las ramas de los cipreses erguidos a orillas del agua, arrullaban las tórtolas, que tienen el cuello adornado con el collar de la obediencia; donde todo era tan perfectamente hermoso, en fin, que los jardines de Irem, en comparación con aquél, sólo hubieran sido un matorral de abrojos.
Y paseándose de aquel modo, con lentitud y precaución, el príncipe Diamante se encontró de pronto, a la vuelta de una avenida, frente a un estanque de mármol blanco, al borde del cual estaba extendido un tapiz de seda. Y en aquel tapiz estaba sentada perezosamente, como una pantera en reposo, una joven tan bella, que a su resplandor brillaba todo el jardín. Y tan penetrante era el aroma de los bucles de sus cabellos, que iba hasta el cielo a perfumar de ámbar el cerebro de las huríes.
Y el príncipe Diamante, a la vista de aquella bienaventurada a quien no podía dejar de mirar, como el hidrópico no puede dejar de beber agua del Eufrates, comprendió que semejante belleza no podía adjudicarse más que a Mohra, aquella por quien millares de almas se sacrificaban como las mariposas en la llama.
Y he aquí que, mientras permanecía él en el éxtasis y la contemplación, una joven del séquito de Mohra se acercó al sitio donde estaba escondido, y se dispuso a llenar con agua del arroyo una copa de oro que llevaba en la mano. Y de improviso la joven lanzó un grito de horror y dejó caer en el agua su copa de oro. Y corriendo temblorosa y con la mano en el corazón, se volvió al lado de sus compañeras. Y éstas la condujeron al punto a presencia de su señora Mohra para que explicase el motivo de su atolondramiento y la caída de la copa en el agua.
Y la joven, que tenía el nombre de Rama de Coral, cuando pudo reprimir un poco los latidos de su corazón, dijo a la princesa: "¡Oh corona de mi cabeza! ¡oh mi señora! estando yo inclinada sobre el arroyo, vi reflejarse en él de repente el rostro tierno de un joven tan hermoso, que no supe si pertenecía a un hijo de los genn o de los hombres. Y en mi emoción, dejé caer de mi mano al agua la copa de oro...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 905



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Pero cuando llegó la 905ª noche

Ella dijo:
"... Y con todo el ímpetu de su corcel, se lanzó sobre el hermoso animal salvaje, el cual, comprendiendo que en aquel instante corría su vida gran peligro, dió un salto tremendo, y tras de desviarse rápidamente, se puso fuera del alcance con sus cuatro patas, devorando a su paso la distancia en la llanura. Y Diamante, abandonado a la embriaguez de la carrera, siguió al gamo por el desierto, alejándose de su séquito armado. Y continuó su persecución por arenas y piedras, hasta que al caballo, todo espumeante y sin aliento, le colgó seca la lengua en aquel desierto donde no aparecía huella ni olor de un hijo de Adán, y donde, por toda presencia no había más que la de lo Invisible.
A la sazón había llegado él frente a una colina arenosa que se interponía ante la vista y detrás de la cual había desaparecido el gamo. Y el desesperado Diamante subió a aquella colina, y llegado que fue a la otra vertiente, vió de pronto desarrollarse a sus miradas un espectáculo distinto. Porque, en lugar de la aridez inexorable del desierto, vivía allí una vida de verdor cierto oasis refrescante, entrecruzado de arroyos y adornado con macizos naturales de flores rojas y de flores blancas, comparables al crepúsculo vespertino y al crepúsculo matutino. Y Diamante sintió holgarse su alma y dilatarse su corazón, igual que si estuviese en el jardín de que Rizwán es el guardián alado.
Cuando el príncipe Diamante hubo contemplado la obra admirable de su Creador, y dado de beber por sí mismo a su caballo, en el hueco de la mano, el agua deliciosa del oasis, se levantó y dió expansión a sus miradas para juzgar las cosas al detalle. Y he aquí que vió un trono solitario al abrigo de un árbol añoso cuyas raíces debían llegar hasta las puertas interiores de la tierra. Y en aquel trono estaba sentado un viejo rey, con la cabeza coronada con la corona real y los pies desnudos, reflexionando. Y Diamante le abordó con la zalema, respetuoso. Y el viejo rey le devolvió su zalema, y le dijo: "¡Oh hijo de reyes! ¿a qué obedece el que hayas atravesado el desierto terrible en donde ni siquiera el pájaro puede agitar sus alas y donde la sangre de las alimañas feroces se torna hiel?" Y Diamante le contó su aventura, y añadió: "Y tú, ¡oh venerable rey! ¿puedes decirme el motivo de tu estancia en este sitio rodeado de desolación? Porque tu historia debe ser una historia extraña". Y el viejo rey contestó: "¡Ciertamente, mi historia es extraña y prodigiosa! Pero lo es de tal modo, que más valdría que renunciaras a oírla relatar de mi boca. De no hacerlo así, constituirá para ti un motivo de lágrimas y calamidades". Pero el príncipe Diamante dijo: "Puedes hablar, ¡oh venerable! porque me he criado con leche de mi madre, y soy hijo de mi padre". E insistió mucho para decidirle a que le relatara lo que anhelaba oír.
Entonces el viejo rey, que estaba sentado en el trono debajo del árbol, dijo: "Escucha, pues, las palabras que van a salir de la cáscara de mi corazón. Recógelas y ponlas en la orla de tu traje". Y bajó la cabeza un instante, luego la levantó, y habló así:
"Has de saber ¡oh joven! que antes de mi llegada a este islote perdido en medio del desierto, yo reinaba en las tierras de Babil, en medio de mis riquezas, de mi corte, de mis ejércitos y de mi gloria. Y Alah el Altísimo (¡exaltado sea!) me había concedido una posteridad de siete hijos reales que bendecían a su creador y constituían la alegría de mi corazón. Y todo era paz y prosperidad en mi Imperio, cuando un día mi hijo mayor supo, por boca de un caravanero, que en las comarcas lejanas de Sinn y de Masinn había una princesa, hija del rey Qamús, hijo de Tammuz, la cual se llamaba Mohra, y no tenía par en el mundo; que la perfección de su belleza ennegrecía el rostro de la luna nueva, y que Josef y Zuleikha tenían, ante ella, la oreja horadada por la argolla de la esclavitud. En una palabra, que estaba modelada con arreglo a estos versos del poeta:
¡Es una belleza ladrona de corazones, espléndida por todos lados! ¡Los bucles de sus cabellos son el nardo del jardín de la excelencia, y su mejilla es la rosa lozana!
¡Sus labios tienen a la vez rubíes y azúcar cande!
¡Sus dientes son de una pureza asombrosa, y hasta en la cólera sonríen!
¡Es una belleza ladrona de corazones, espléndida por todos lados!
"Y el caravanero enteró también a mi hijo de que el tal rey Qamús no tenía otra hija que aquella bienaventurada. Y como retoño encantador de la hermosura había llegado a la primavera de su desarrollo, y las abejas empezaban a agruparse junto a su cuerpo florido, se hizo urgente, según la costumbre, reunir, para escoger esposo, a los príncipes de todas las comarcas, siempre que estuviesen en edad de merecer y de ser admitidos. Pero se impuso por toda condición la de que los pretendientes respondieran a una pregunta que les haría la princesa, y que consistía sencillamente en estas palabras:
"¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?". Y esto era cuanto del pretendiente se reclamaba a modo de viudedad para la princesa, pero con la cláusula de que a aquel que no pudiera contestar satisfactoriamente a la pregunta se le cortaría la cabeza, clavándola en el pináculo del palacio.
"Y he aquí que cuando mi hijo mayor supo estos detalles por boca del caravanero, se abrasó su corazón como carne a la parrilla; y fué a mí vertiendo llanto cual un chaparrón tempestuoso. Estaba decidido a arriesgar su vida. Y gimiendo me pidió permiso de partir, para irse a ver si obtenía a la princesa de los países de Sinn y de Massin. Y aunque yo estaba en extremo asustado de aquella empresa loca, por más que procuré remediar semejante situación, la medicina del aviso no dió resultado en la vehemencia del mar del amor. Y dije entonces a mi hijo: "¡Oh luz de mis ojos! si, a trueque de morir de tristeza, no puedes por menos de ir a las comarcas de Sinn y de Massin, donde reina el rey Qamús, hijo de Tammuz, padre de la princesa Mohra, yo te acompañaré, llevándote a la cabeza de mis ejércitos. Y si el rey Qamus consiente de buen grado en concederme a su hija para ti, todo irá bien; pero de no ser así, ¡por Alah! que haré derrumbarse sobre su cabeza los escombros de su palacio y aventaré su reino. Y de tal suerte la joven se tornará en cautiva tuya y propiedad tuya". Pero parece que mi hijo mayor no encontró de su gusto este proyecto, y me contestó: "No es digno de nosotros, ¡oh padre nuestro! tomar por fuerza lo que no se conceda por persuasión. Es preciso, pues, que vaya yo mismo a dar la respuesta exigida y a contestar a la hija del rey."
"Entonces comprendí mejor que nunca que ninguna criatura puede borrar lo escrito por el Destino, ni siquiera un carácter de las palabras que en el libro de los destinos traza el escriba alado. Y viendo que la cosa estaba así decretada en la suerte de mi hijo, le concedí, no sin muchos suspiros, el permiso de partir. Y acto seguido se despidió él de mí y se fué en busca de su destino.
"Y llegó a las comarcas profundas donde reinaba el rey Qamús, y se presentó en el palacio donde residía la princesa Mohra, y no pudo contestar a la pregunta de que te he hablado, ¡oh extranjero! Y la princesa hizo que le cortaran la cabeza sin piedad, y la mandó clavar en el pináculo de su palacio. Y al tener noticia de ello, lloré todas mis lágrimas de desesperación. Y vestido con trajes de luto, permanecí enterrado con mi dolor durante cuarenta días. Y mis íntimos se cubrieron la cabeza con polvo. Y nos desgarramos la vestidura de la paciencia. Y los gritos de duelo hicieron retemblar todo el palacio con un ruido parecido al de la resurrección.
"Entonces mi segundo hijo produjo en mi corazón con su propia mano la segunda herida penosa, tragando, como su hermano, la bebida de la muerte. Porque, como el mayor, quiso intentar la empresa. Igual ocurrió después a mis otros cinco hijos, que de la propia manera pusiéronse por turno en marcha hacia el camino de la defunción, y perecieron mártires del sentimiento del amor.
"Y mordido incurablemente por el Destino negro, y abatido por un dolor sin esperanza, abandoné la realeza y mi país, y salí errante por el camino de la fatalidad. Y atravesé, como un sonámbulo, llanuras y desiertos. Y llegué, como ves, con la corona a la cabeza y los pies descalzos, al rincón en que estoy esperando la muerte sobre este trono". Cuando el príncipe Diamante oyó este relato del viejo rey, quedó herido por la flecha del sentimiento torturador, y lanzó suspiros de amor que echaban chispas. Porque, como dice el poeta:
¡El amor se ha insinuado en mí sin que yo haya visto al objeto que lo infunde por el oído solamente!
¡E ignoro lo que ha pasado entre la amiga desconocida y mi corazón!

¡Y esto es lo referente al anciano rey de Babil, que estaba sentado sobre el trono en el oasis, y a su dolorosa historia! En cuanto a los compañeros de cacería de Diamante, se inquietaron mucho por la desaparición del príncipe, y al cabo de cierto tiempo, a pesar de la orden que les había dado de no seguirle, se pusieron en busca suya, y acabaron por encontrarle cuando salía del oasis. Y llevaba él la cabeza inclinada tristemente sobre el pecho y el rostro atacado de palidez. Y le rodearon, cual las mariposas a la rosa, y le presentaron un caballo de repuesto, rápido en la carrera, un céfiro por la ligereza, pues marchaba más de prisa que la imaginación. Y Diamante confió su primer caballo a las gentes de su séquito, y montó en el que le presentaban, que tenía una silla dorada y unas bridas enriquecidas con perlas. Y llegaron todos sin contratiempo al palacio del rey Schams-Schah, padre de Diamante.
Y en lugar de encontrarse a su hijo con el rostro satisfecho y el corazón dilatado a consecuencia de aquel paseo y de aquella cacería, el rey le halló muy alterado de color y sumido en un océano de pena negra. Porque el amor le había penetrado hasta los huesos, le había tornado débil y sin energías, y al presente le consumía el corazón y el hígado.. .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 904



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Pero cuando llegó la 904ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh hermano mío Ataf! has de saber que la hija de tu tío, que te ama, está intacta, y que no he visto descubierto su rostro desde el día de nuestra separación. Y he aquí que me he desligado de ella, y me he divorciado en honor tuyo; y he anulado nuestro contrato. Y en el mismo estado en que se hallaba te devuelvo el precioso depósito que pusiste entre mis manos".
Y así lo hizo. Y Ataf y su prima se reunieron con la misma ternura y el mismo afecto que antes.
Pero en cuanto al naieb de Damasco, que había sido el autor de todos los sufrimientos de Ataf, el califa mandó emisarios, que le arrestaron, y le rodearon de cadenas, y le arrojaron a un calabozo. Y allí quedó hasta nueva orden.
Y Ataf pasó en Bagdad varios meses, disfrutando de una dicha perfecta, al lado de su prima, y al lado de su amigo Giafar, y en la intimidad de Al-Raschid. Y bien hubiera querido pasarse toda la vida en Bagdad; pero de Damasco le llegaron numerosas cartas de sus parientes y de sus amigos, que le suplicaban volviera a su país, y pensó que tenía el deber de hacerlo. Y fué a pedir el beneplácito al califa, que le concedió la autorización, no sin pena y suspiros amistosos. Y no quiso, empero, dejarle partir sin darle pruebas duraderas de su benevolencia. Y le nombró walí de Damasco, y le dió todas las insignias de su cargo. E hizo que le acompañara una escolta de jinetes, de mulos y de camellos cargados con regalos magníficos. Y así fué escoltado Ataf hasta Damasco.
Y toda la ciudad se iluminó y empavesó con motivo del regreso de Ataf, el más generoso de los hijos de la ciudad. Porque Ataf era querido y respetado por todas las clases populares, y sobre todo por los pobres, que habían llorado siempre su ausencia.
Pero, volviendo al naieb, llegó un segundo decreto del califa condenándole a muerte por sus injusticias. Pero el generoso Ataf intercedió en favor suyo ante Al-Raschid, que se limitó entonces a conmutarle la pena de muerte por la de destierro de por vida.
En cuanto al libro mágico en que el califa había leído las cosas que le habían hecho reír y llorar, no se habló más de él. Porque Al-Raschid, con la alegría de volver a ver a su visir Giafar, no se acordó ya de las cosas pasadas. Y Giafar, que por su parte, no había logrado adivinar el contenido de aquel libro ni encontrar hombre capaz de adivinarlo, se guardó mucho de iniciar conversación a este respecto. Y por cierto que no hay ninguna utilidad en saber semejante cosa, ya que desde entonces vivieron todos con dicha, tranquilidad y amistad sin mácula, y gozando de todos los placeres de la vida hasta la llegada de la Destructora de alegrías y Constructora de tumbas, la que está mandada por el Dueño de los destinos, el Único Viviente, el Misericordioso para sus creyentes.
"Y esto es ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- lo que nos han transmitido los narradores acerca de Ataf el Generoso, que habitaba en Damasco. Pero su historia no puede compararse de cerca ni de lejos con la que me reservo contarte, si mis palabras no han pesado en tu espíritu".

Y Schahriar contestó: "¿Qué dices, ¡oh Schehrazada!? Esa historia me ha instruido y me ha ilustrado y me ha hecho reflexionar. Y heme aquí dispuesto a escucharte como el primer día".

HISTORIA ESPLÉNDIDA DEL PRÍNCIPE DIAMANTE

‘’A la condesa Jacques de Chabannes La Palite.’’

Y dijo Schehrazada:
Se cuenta en los libros de las gentes perfectas, sabios y poetas que abrieron el palacio de su inteligencia a los que van a tientas por la pobreza -¡loores múltiples y escogidos al que sobre la tierra ha dotado de excelencia a ciertos hombres, lo mismo que ha colocado en el firmamento el sol, tragaluz de la casa de Su gloria, y en el borde del cielo la aurora, antorcha de la sala nocturna de Su belleza; que ha vestido a los cielos con un manto de raso húmedo y a la tierra con un manto de verdor brillante; que ha adornado los jardines con sus árboles y los árboles con sus trajes verdes; que ha dado a los sedientos los manantiales de hermosas aguas, a los borrachos la sombra de las viñas, a las mujeres su hermosura, a la primavera las rosas, a las rosas la sonrisa, y para celebrar a las rosas, la garganta cantarina del ruiseñor; que ha puesto a la mujer ante los ojos del hombre, y el deseo en el corazón del hombre, joyel en medio de la piedra!; se cuenta, repito, que en un reino entre los grandes reinos había un rey magnífico, cada paso del cual era una felicidad, con esclavas que constituían la fortuna y la dicha, y el cual superaba a Khosroes-Anuschirwán en justicia y a Hatim-Tai en generosidad.
Y aquel rey de frente serena se llamaba Schams-Schah, y tenía un hijo de maneras exquisitas y de hechizos encantadores, semejante en belleza a la estrella Canopea cuando brilla sobre el mar.
Y aquel príncipe jovenzuelo, que se llamaba Diamante, fué un día en busca de su padre, y le dijo: "¡Oh padre mío! hoy está triste mi alma por vivir en la ciudad, y desea que vaya yo de caza y de paseo para recrearnos. Si no, el fastidio hará que me desgarre hasta abajo las vestiduras".
Cuando el rey Schams-Schah hubo oído estas palabras-de su hijo, se apresuró, movido del gran cariño que por él sentía, a dar las órdenes oportunas para la cacería y el paseo en cuestión. Y los montoneros y los halconeros prepararon los halcones, y los palafreneros ensillaron a los caballos de montaña. Y el príncipe Diamante se puso a la cabeza de una brillante tropa de jóvenes de complexión robusta, y se encaminó con ellos a los lugares en donde anhelaba cazar para disipar su hastío.
Y cabalgando entre el tumulto heroico, acabó por llegar al pie de una montaña que tocaba al cielo con su cima. Y al pie de la tal montaña había un árbol corpulento; y al pie de tal árbol corría un arroyo; y en el tal arroyo bebía un gamo, con la cabeza inclinada hacia el agua. Y Diamante, entusiasmado al ver aquello, mandó a sus gentes que detuvieran sus caballos y le dejaran ir solo a la busca y captura de aquella presa. Y con todo el ímpetu de su corcel, se lanzó sobre el hermoso animal salvaje...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 903



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Pero cuando llegó la 903ª noche

Ella dijo:
"... Por eso, lo que voy a hacer es abandonar mi destino al Dueño de los destinos. He aquí que todo se vuelve contra mí y todo sale al contrario de lo que yo esperaba.
Y el poeta estaba en lo cierto cuando decía:
¡Oh amigo! ¡he corrido a través del mundo, de Oriente a Occidente! ¡Pero todo lo que encontré fueron penas y fatigas!
¡He tratado a los hombres de la época! ¡Pero no he encontrado ni un amigo agradable ni mi igual!
Y de nuevo lloró y exclamó: "¡Oh Dios! ¡dame la virtud de la paciencia! Tras de lo cual se levantó y se dirigió a una mezquita, entrando en ella. Y allí se quedó hasta la tarde. Y aunque aumentaba su hambre, dijo: "Por Tu magnanimidad y Tu majestad, Señor, juro que no pediré nada a nadie más que a Ti". Y se quedó en la mezquita, sin tender la mano a ningún creyente, hasta la caída de la noche Y entonces salió, diciendo: "Conozco la frase del Profeta (¡con É1 la bendición y la paz de Alah!) que dice: "Alah te dejaría dormir en el santuario; pero tú debes abandonarlo a Sus adoradores, porque el santuario se hizo para la plegaria y no para el sueño". Y anduvo algún tiempo por las calles, y acabó por llegar a una construcción en ruinas, donde entró para pasar la noche y dormir. Y tropezó en la oscuridad y cayó de bruces. Y notó que había caído sobre el mismo obstáculo que le había hecho tropezar. Y vió que era un cadáver de un hombre recientemente asesinado. Y a su lado estaba, en el suelo, el cuchillo del asesinato.
Y ante aquel descubrimiento, Ataf se levantó vivamente, con sus andrajos cubiertos de sangre. Y allí permaneció inmóvil, perplejo y sin saber qué partido tomar, diciéndose: "¿Me quedaré o huiré?" Y mientras estaba en aquella situación acertaron a pasar por delante de la entrada de la ruina el walí y sus agentes de policía, y Ataf les gritó "¡Venid a ver esto!" Y entraron ellos con sus antorchas y se encontraron con el cuerpo del asesinado, y con el cuchillo al lado suyo, y con el desdichado Ataf de pie a la cabecera del cadáver y manchados de sangre sus andrajos. Y le gritaron: "¡Oh miserable! ¡tú eres quien le ha matado!" Y Ataf no dió respuesta alguna. Entonces se apoderaron de él, y el walí dijo: "Amarradle y arrojadle al calabozo hasta que demos cuenta del asunto al gran visir Giafar. Y si Giafar ordena su muerte, le ejecutaremos".
E hicieron como habían dicho.
En efecto, al día siguiente, el hombre encargado de los escritos escribió a Giafar una comunicación concebida así: "Entramos en una ruina y nos encontramos en ella a un hombre que había matado a otro. Y le interrogamos, y con su silencio declaró que era el autor del asesinato. ¿Cuáles son, pues, tus órdenes?". Y el visir les ordenó que le condenaran a muerte. Y en consecuencia, sacaron a Ataf de la prisión, le arrastraron a la plaza donde se ahorcaba y se cortaban cabezas, arrancaron una tira de sus andrajos y le vendaron con ella los ojos. Y le entregaron al porta alfanje. Y el porta alfanje preguntó al walí: "¿Le corto el cuello, ¡oh mi señor!?". Y el walí contestó: "¡Córtaselo!". Y el porta alfanje blandió su hoja bien afilada, que brilló y lanzó chispas en el aire; y la hizo voltear, y ya la bajaba para hacer saltar la cabeza, cuando se dejó oír un grito detrás de él: "¡Detén tu mano!". Y aquella era la voz del gran visir Giafar, que volvía de paseo. Y el walí se puso ante él, y besó la tierra entre sus manos. Y Giafar le preguntó: "¿Por qué hay aquí tanta gente?". Y el walí contestó: 'Porque se procedía a la ejecución de un joven de Damasco, al que encontramos ayer en unas ruinas, y que a todas nuestras preguntas, repetidas por tres veces, ha contestado con el silencio en lo que afecta al asesinado, hombre de sangre noble".
Y dijo Giafar: "¡Oh! ¿cómo va a venir de Damasco hasta aquí un hombre para arriesgarse en semejante empresa? ¡Ualahí, eso no es posible!". Y ordenó que llevaran a su presencia al hombre. Y cuando el hombre estuvo entre sus manos, Giafar no le reconoció, porque la fisonomía de Ataf había cambiado y su buena cara y su buen aspecto se habían desvanecido.
Y Giafar le preguntó: "¿De qué país eres, ¡oh joven!?". Y el otro contestó: "¡Soy un hombre de Damasco!". Y Giafar preguntó: "¿De la ciudad misma o de los pueblos que la rodean?".
Y Ataf contestó: "¡Ualahí! ¡oh mi señor! de la propia ciudad de Damasco, en donde he nacido". Y Giafar preguntó: "¿Conociste, por casualidad, allí a un hombre reputado por su generosidad y su mano abierta, que se llamaba Ataf?". Y el condenado a muerte contestó: "¡Le he conocido cuando tú eras amigo suyo y vivías con él en tal casa, en tal calle y en tal barrio, ¡oh mi señor! y cuando ambos ibais a pasearos juntos por los jardines! ¡Le he conocido cuando te casaste con su prima-esposa! ¡Le he conocido cuando os despedisteis en el camino de Bagdad y cuando bebisteis en la misma copa!" Y Giafar contestó: "¡Sí, es cierto cuanto dices con respecto a Ataf. Pero ¿qué ha sido de él después de separarse de mí?" Y el otro contestó: "¡Oh mi señor! ¡le ha perseguido el Destino y le ha ocurrido tal y cual cosa!". Y le hizo el relato de cuanto le había ocurrido desde el día de su separación en el camino que conducía a Bagdad hasta el momento en que el porta alfanje iba a cercenarle el cuello.
Y recitó estos versos:
¡El tiempo ha hecho de mí su víctima, mientras tú vives en la gloria! ¡Los lobos tratan de devorarme, y he aquí que llegas tú, el león!
¡Apagas la sed de cualquier sediento que se presenta! ¿Es posible que tenga yo sed, siendo tú siempre nuestro refugio?
Y cuando hubo recitado estos versos, gritó: “¡Oh mi señor Giafar, te reconozco!". Y gritó también: "¡Soy Ataf!". Y Giafar, por su parte, se irguió sobre ambos pies, lanzando un grito estridente, y se precipitó en los brazos de Ataf. Y tanta fué la emoción de ambos, que perdieron el conocimiento por unos instantes. Y cuando volvieron en sí se besaron y se interrogaron mutuamente acerca de lo que les había sucedido, desde el principio hasta el fin. Y aún no habían acabado de hacerse confidencias, cuando se dejó oír un grito penetrante; y se volvieron y vieron que había sido lanzado por un jeique que se adelantaba diciendo: "¡No es humano lo que hace!". Y le miraron, y vieron que el tal jeique era un anciano que tenía la barba teñida con henné y la cabeza cubierta con un pañuelo azul. Y al verle, Giafar le mandó avanzar y le preguntó qué quería. Y el jeique de la barba teñida exclamó: "¡Oh hombres! ¡alejad del alfanje al inocente! ¡Porque el crimen que se le imputa no es un crimen cometido por él, y el cadáver del joven asesinado no es obra suya, y él nada tiene que ver con eso! ¡Porque yo mismo soy el único matador!"
Y Giafar el visir le dijo: "Entonces ¿eres tú quien le ha matado?" El aludido contestó: "¡Sí!" El visir preguntó: "¿Y por qué le has matado? ¿Es que no albergas en tu corazón el temor de Alah, ya que de tal suerte matas a un hijo de sangre noble, a un Haschimita?". Y el jeique contestó: "Ese joven a quien habéis encontrado muerto era propiedad mía, y le había criado yo mismo. Y todos los días tomaba dinero mío para sus gastos. Pero, en vez de serme fiel, iba a divertirse tan pronto con el llamado Schumuschag como con el llamado Nagisch, y con Ghasis, y con Ghubar, y con Ghouschir, y con muchos otros libertinos; se pasaba los días con ellos, abandonándome. Y todos se envanecían en mis barbas de haberle poseído, hasta Odis el basurero y Abu-Butrán el zapatero remendón.
"Y mis celos aumentaban a diario. Y por más que le predicaba e intentaba disuadirle de obrar así, él no aceptaba ningún consejo ni ninguna reprimenda; por fin, aquella noche lo sorprendí con el llamado Schumuschag el mondonguero; y al ver aquello, el mundo se ennegreció ante mi rostro, ¡y en las mismas ruinas donde le sorprendí le maté! Y con ello me libré de todos los tormentos que me ocasionaba. ¡Y tal es mi historia!".
Luego añadió: "Y he guardado silencio hasta hoy. Pero al saber que iban a ejecutar a un inocente en lugar del culpable, no he podido callar mi secreto, y he venido para sacar al inocente de debajo del alfanje. Y heme aquí ante vosotros. Herid mi nuca y tomad vida por vida! ¡Pero antes libertad a ese joven inocente que no tiene que ver nada en este asunto!".
Y Giafar, al oír estas palabras del jeique, reflexionó un instante, y dijo: "¡El caso es dudoso! ¡Y en la duda, se debe alejar la mano! ¡Oh jeique! ¡vete en la paz de Alah, y séate perdonado tu crimen!". Y le despidió.
Tras de lo cual cogió a Ataf de la mano, y le estrechó de nuevo contra su pecho, y le condujo al hammam. Y cuando el arruinado Ataf se refrescó y restauró, fué con él al palacio del califa. Y entró a ver al califa y besó la tierra entre sus manos, y dijo: "Ahí está ¡oh Emir de los Creyentes! Ataf el Generoso, el que ha sido mi huésped en Damasco, quien me ha tratado con tantos miramientos, tanta bondad y tanta generosidad, y quien me ha preferido a su propia alma". Y Al-Raschid dijo: "¡Tráemele inmediatamente!". Y Giafar le condujo tal y como estaba, débil, extenuado y temblando de emoción todavía. Y sin embargo, Ataf no dejó de rendir sus homenajes al califa, de la mejor manera y con el lenguaje más elocuente. Y Al-Raschid suspiró al verle, y le dijo: "¡En qué estado te hallo!, ¡oh pobre!". Y Ataf se echó a llorar; e invitado por Al-Raschid, contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. Y mientras él la contaba, Al-Raschid lloraba y sufría, así como el desolado Giafar.
Y he aquí que, entretanto, entró el jeique de la barba teñida, que había sido indultado por Giafar. Y el califa se echó a reír al verle.
Luego rogó a Ataf el Generoso que se sentara, y le hizo repetir su historia. Y cuando Ataf hubo acabado de hablar, el califa miró a Giafar y le dijo: "¡Cuéntame ¡oh Giafar! lo que piensas hacer por tu hermano Ataf!" Y Giafar contestó: "Por lo pronto, le pertenece mi sangre y soy su esclavo. Además, tengo para él cofres que contienen tres millones de dinares de oro, y otros tantos millones en caballos de raza, mozalbetes, esclavos negros y blancos, jóvenes de todos los países y todo género de suntuosidades. Y se quedará con nosotros para que nos regocijemos con su compañía". Y añadió: "¡Por lo que respecta a su prima-esposa, es cosa a tratar entre yo y él!".
Y el califa comprendió que había llegado el momento de dejar juntos a los dos amigos; y les permitió salir. Giafar condujo a Ataf a su casa, y le dijo: "¡Oh hermano mío Ataf! has de saber que la hija de tu tío, que te ama, está intacta, y que no he visto descubierto su rostro desde el día de nuestra separación...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 902



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Pero cuando llegó la 902ª noche

Ella dijo:
"¡...Y entonces es cuando tu cabeza no estará segura sobre tus hombros!".
Cuando el naieb de Damasco oyó estas palabras, salió de su sueño y levantó la mano, y detuvo el alfanje que tan de cerca amenazaba la vida de Ataf. Y ordenó que solamente se encarcelase a Ataf y se le echase una cadena al cuello. Y a pesar de sus gritos y súplicas, le arrastraron a la cárcel de la ciudad y le encadenaron por el cuello, como había sido ordenado. Y Ataf se pasaba las noches y los días llorando, poniendo a Alah por testigo y suplicándole que le librara de su aflicción y de sus desdichas. Y vivió tres meses de aquella manera.
Una noche entre las noches se despertó, se humilló ante Alah, y recorrió su prisión hasta donde le permitía su cadena. Y observó que estaba solo en su prisión y que el carcelero que la víspera le había llevado el pan y el agua se había olvidado de cerrar la puerta detrás de él. Y por la puerta entreabierta penetraba un débil resplandor. Y al ver aquello, Ataf sintió de pronto que se le henchían los músculos de una fuerza extraordinaria, y alzando los ojos en dirección al cielo de Alah, hizo un gran esfuerzo y de primera intención rompió la cadena que le sujetaba. Y a tientas, con mil precauciones, se aventuró por los recovecos de la cárcel dormida, y acabó por encontrarse ante la propia puerta que daba a la calle. Y no le costó trabajo encontrar la llave, colgada en un rincón. Y abriendo sin hacer el menor ruido, salió a la calle y se perdió en la noche. Y las tinieblas de Alah le protegieron hasta por la mañana. Y no bien se abrieron las puertas de la ciudad, salió él, mezclándose con la muchedumbre, y apresuró su marcha en dirección a Alepo. Y después de largas caminatas, llegó sin contratiempo a la ciudad de Alepo y entró en la mezquita principal. Y se encontró allí con un grupo de extranjeros que se disponían de modo manifiesto a partir. Y les preguntó adónde iban. Y le contestaron: "¡A Bagdad!" Y al punto exclamó Ataf: "¡Y yo con vosotros!" Y ellos le dijeron: "¡Esa es la tierra a que pertenecen nuestros cuerpos; pero nuestra subsistencia está al lado de Alah solamente!". Y partieron con Ataf entre ellos. Y al cabo de veinte días de camino llegaron a la ciudad de Kufa; y prosiguieron el viaje hasta llegar a Bagdad: Y Ataf vió una ciudad con grandes edificios, y elegante, y rica en palacios magníficos que ascendían hasta el cielo, y en deleitables jardines; y contenía por igual a sabios y a ignorantes, a pobres y a ricos, a buenos y a malos. Y entró él en la ciudad con su traje de pobre, con un turbante sucio y desgarrado a la cabeza, y una barba inculta y cabellos demasiado largos. Y era lamentable su condición. Y franqueó la puerta de la primera mezquita que encontró. Y hacía dos días que no había comido. Y estaba sentado en un rincón, descansando y reflexionando tristemente, cuando entró en la mezquita un vagabundo, de la especie de los vagabundos que mendigan a las puertas de Alah, y fué a sentarse precisamente enfrente de él. Y se descargó un zurrón viejo que llevaba al hombro, y lo abrió y sacó un pan, luego un pollo, luego otro pan, luego confituras, luego una naranja, luego aceitunas, luego pasteles de dátiles y luego un cohombro. Y el hambriento Ataf veía con sus ojos y olía con su nariz. Y el vagabundo se puso a comer y Ataf a mirarle cómo engullía con calma aquella comida que se diría la del propio mantel de Issa, (Jesús) hijo de Miriam (Maria) (¡con ambos la paz y la bendición de Alah!) Y Ataf, que no solamente no había comido desde hacía dos días, sino que ni siquiera se había hartado ninguna vez desde hacía cuatro meses, dijo para sí: "¡Por Alah, que me tomaría un bocado de ese excelente pollo, y un pedazo de ese pan, y por lo menos una raja de ese cohombro delicioso!". Y tanto le salía a los ojos el deseo del pan y del pollo y del cohombro, que el vagabundo le miró. Y torturado por su hambre extremada, Ataf no pudo por menos de llorar. Y el vagabundo movió la cabeza contemplándole, y cuando hubo tragado el bocado de cosas buenas que a la sazón le llenaba la boca, tomó la palabra y dijo: "¿Por qué ¡oh padre de la barba sucia! haces como los extranjeros y como los perros famélicos, que piden con la mirada el pedazo que se come su amo? ¡Por la protección de Alah, que aun cuando viertas lágrimas bastantes para alimentar el Yaxarte, el Bactros, y el Dajlah, y el Eufrates, y el río de Bassra, y el río de Antioquía, y el Oronto, y el Nilo de Egipto, y el mar salado, y la profundidad de todos los océanos, no te cederé ni un trozo de lo que como. Pero si quieres comer pollo blanco, y pan caliente, y cordero tierno, y todas las confituras y pasteles de Alah, no tienes más que llamar en la casa del gran visir Giafar, hijo de Yahia el Barmecida. Porque ha recibido en Damasco la hospitalidad de un hombre llamado Ataf, y en recuerdo suyo y en honor suyo prodiga así sus beneficios; y no se levanta ni se acuesta sin hablar de él".
Cuando Ataf oyó estas palabras al vagabundo del zurrón bien provisto, alzó los ojos al cielo y dijo: "¡Oh Tú, cuyos designios son impenetrables, he aquí que de nuevo prodigas Tus beneficios sobre Tu servidor!".
Y recitó estos versos:
¡Confía tus asuntos al Creador en cuanto los veas embrollados! ¡Luego siéntate con tus penas y desecha tus pensamientos!
Después fué a casa de un mercader de papel y le pidió por caridad un trozo de papel y el préstamo de un cálamo sólo por el tiempo preciso para escribir unas palabras. Y el mercader accedió a darle lo que le pedía. Y Ataf escribió lo que sigue:
"¡De parte de tu hermano Ataf, a quien Alah conoce! Quien posea el mundo no se enorgullezca, porque día llegará en que se vea arruinado y permanezca solo en el polvo con su amargo destino. Si me vieras, no me reconocerías por mi pobreza y mi miseria, pues los reveses del tiempo, el hambre, la sed y un largo viaje han reducido mi alma y mi cuerpo al estado de inanición. Y mira por dónde te encuentro al llegar aquí. ¡Y la paz sea contigo!".
Luego dobló el papel y devolvió el cálamo a su propietario, dándole muchas gracias. Y preguntó dónde estaba la casa de Giafar. Y cuando se la indicaron, se detuvo y se quedó de pie ante la puerta a cierta distancia. Y los guardias de la puerta le vieron así, de pie y sin pronunciar una palabra, y tampoco le hablaron. Y cuando ya empezaba a sentirse muy azorado por aquella situación, pasó junto a él un eunuco vestido con un traje magnífico y con cinturón de oro. Y Ataf se le aproximó y le besó la mano y le dijo: "¡Oh mi señor! el enviado de Alah (¡con Él la plegaria y la paz!) ha dicho: "El intermediario de una buena acción vale tanto como el que hace la buena acción, y el que la hace se halla entre los bienaventurados de Alah en el cielo" Y el eunuco preguntó: "¿Y qué necesitas?". Ataf dijo: "Deseo de tu bondad que lleves este papel al dueño de esa casa, diciéndole: "Tu hermano Ataf está a la puerta".
Cuando el eunuco hubo oído estas palabras, montó en cólera y los ojos se le salieron de la cabeza, y gritó: "¡Oh descarado embustero! ¿cómo pretendes ser hermano del visir Giafar?" Y con un bastón de oro que llevaba en la mano golpeó a Ataf en el rostro. Y brotó la sangre del rostro de Ataf, que cayó al suelo cuan largo era, porque la fatiga, el hambre y las lágrimas le habían debilitado en extremo.
Pero, como dice el Libro: "Alah ha puesto el instinto de la bondad en el corazón de ciertos esclavos, lo mismo que ha puesto el instinto de la maldad en el de los otros". Así es que un segundo eunuco, que veía desde lejos lo que pasaba, se acercó al primero, lleno de cólera y de indignación por lo que acababa de hacer, y movido a piedad por Ataf. Y el primer eunuco le dijo: "¿No has oído que pretende ser hermano del visir Giafar?". Y el segundo eunuco le contestó: "¡Oh mal hombre, hijo de la maldad, esclavo de la maldad! ¡oh maldito! ¡oh cochino! ¿Acaso Giafar es uno de nuestros profetas? ¿No es un perro de la tierra como nosotros? Todos los hombres son hermanos, que tienen por padre y por madre a Adán y Eva, y ha dicho el poeta:
¡Los hombres, por comparación, son todos hermanos! ¡Su padre es Adán y su madre es Eva!
"Y la diferencia que hay entre unos y otros sólo estriba en la mayor o menor bondad de los corazones".
Y tras de hablar así se inclinó sobre Ataf y le incorporó y le hizo sentarse, y secó la sangre que le corría por la cara y le lavó y sacudió el polvo de la ropa, y le preguntó: "¡Oh hermano mío! ¿qué es lo que deseas?". Y Ataf contestó: "Solamente deseo que lleven a Giafar este papel y lo entreguen entre sus manos". Y el servidor de corazón compasivo cogió el papel de manos de Ataf y entró en la sala donde se hallaba el gran visir Giafar el Barmecida, en medio de sus oficiales, de sus parientes y de sus amigos, sentados unos a su derecha y otros a su izquierda. Y todos bebían y recitaban versos, y se regocijaban con música de laúdes y de cánticos deliciosos. Y el visir Giafar; con la copa en la mano, decía a los que les rodeaban: "¡Oh vosotros todos los que os reunís aquí! la ausencia de los ojos no impide ver la presencia en el corazón. Y nada puede hacerme que no piense en mi hermano Ataf ni hable de él. Es el hombre más magnífico de su tiempo y de su edad. Me ha regalado caballos, esclavos jóvenes blancos y negros, muchachas y hermosas telas, y cosas suntuosas, en cantidad bastante para constituir la dote y la viudedad de mi esposa. Y si no se hubiese conducido así, habría perecido yo, sin duda, y estaría perdido sin remedio. ¡Fué mi bienhechor sin saber quién era yo, y se mostró generoso sin la menor mira de provecho o interés!".
Cuando el excelente servidor hubo oído estas palabras de su señor, se regocijó en el alma, y avanzó e inclinó su cuello y su cabeza ante él, y le presentó el papel. Y Giafar lo cogió, y habiéndolo leído, quedó tan trastornado que parecía que había bebido veneno. Y ya no supo qué hacer ni qué decir. Y cayó de bruces, teniendo todavía en la mano la copa de cristal y el papel. Y la copa se rompió en mil pedazos y le hirió profundamente en la frente. Y corrió su sangre, y de su mano se escapó el papel. Cuando el servidor vió aquello, se apresuró a poner pies en polvorosa por miedo a las consecuencias. Y los amigos del visir Giafar levantaron a su señor y le restañaron la sangre. Y exclamaron: "¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Altísimo, el Todopoderoso! Estos malditos están siempre afligidos del mismo carácter: turban la vida de los reyes en sus placeres e interrumpen su buen humor. ¡Por Alah, que quien ha escrito este papel merece sencillamente ser arrastrado a casa del walí para que le aplique quinientos palos y le meta en la cárcel!".
Y acto seguido, los esclavos del visir salieron a la busca del que había escrito el papel. Y Ataf evitó la pesquisa, diciendo: "Es mío, ¡oh mis señores!". Y se apoderaron de él y le arrastraron a presencia del walí, y pidieron para él quinientos palos. Y el walí se los concedió. Y además hizo escribir en las cadenas de Ataf: "Cadena perpetua". ¡Así se portaron con Ataf el Generoso! Y de nuevo le arrojaron a un calabozo, donde estuvo aún dos meses, y donde se perdieron y borraron sus huellas.
Y al cabo de estos dos meses le nació un niño al Emir de los Creyentes Harún Al-Raschid, quien, con tal motivo, ordenó que se distribuyesen limosnas y se hiciesen dádivas a todo el mundo, y que se libertase de cárceles y calabozos a los presos. Y entre los que se soltaron se encontró Ataf el Generoso.
Cuando Ataf se vió libre de la prisión, débil, hambriento, arruinado y desnudo, alzó sus miradas al cielo y exclamó: "¡Gracias te sean dadas, Señor, en toda circunstancia!" Y sollozó y dijo: "Sin duda he sufrido todo esto a causa de alguna falta cometida por mí en el pasado, pues Alah me ha favorecido con sus mejores beneficios y yo le he correspondido con la desobediencia y la rebeldía. ¡Pero le suplico que me perdone, aunque haya ido demasiado lejos en el libertinaje y en mi abominable conducta!".
Luego recitó estos versos:
¡Oh Dios! ¡el adorador hace lo que no debería hacer; es pobre y depende de ti!

¡En los placeres de la vida, se olvida; y como lo hace por ignorancia, perdónale sus culpas!
Y todavía vertió algún llanto más y dijo para sí: "¿Qué voy a hacer ahora? Si parto para mi país tan débil como estoy, moriré antes de llegar; y si, por suerte mía, llego, no habrá ninguna seguridad para mi vida, a causa del naieb; y si me quedo aquí entre los mendigos, mendigando yo también, ninguno de ellos me admitirá en la corporación, ya que nadie me conoce; y no podré proporcionarme a mí mismo la menor ayuda ni la menor utilidad. Por eso, lo que voy a hacer es abandonar mi destino al Dueño de los destinos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 901



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Y cuando llegó la 901ª noche

Ella dijo:
"... He aquí ahora lo referente a la joven divorciada, nueva esposa de Giafar. Cuando advirtió que los camellos y la caravana habían detenido su marcha, sacó la cabeza fuera de la litera, y vió a su primo Ataf sentado en tierra sobre el tapiz al lado de Giafar, y que ambos comían y bebían juntos y se decían adiós. Y dijo ella para sí: "¡Por Alah! ése es mi primo Ataf, y ese otro es el hombre que me vió a la ventana y sobre el cual hasta creo que dejé caer agua cuando regaba el jardín de mi ventana. Y sin duda alguna el amigo de mi primo es él. Se ha prendado de amor por mí y se ha lamentado por ello ante mi primo Ataf. Y me ha descripto, y ha descripto mi casa; y entonces la generosidad y la grandeza de alma de mi primo le han impulsado a divorciarse para que su amigo me tome por esposa". Y pensando de este modo, se puso a llorar sola en la litera, y a lamentarse por lo que les había ocurrido, por su separación de su primo, a quien amaba, de sus parientes y de su ciudad. Y recordó cuanto era y cuanto había sido. Y de sus ojos cayeron lágrimas abrasadoras, mientras recitaba estos versos:
¡Lloro el recuerdo de los sitios que amaba y de las bellezas que he perdido! ¡Oh! ¡no censuréis al enamorado si un día se vuelve loco!
¡Porque los seres queridos habitan en esos sitios, en esos parajes! ¡Oh, loores a Alah! ¡cuán dulce es su habitación!
¡Alah proteja los días pasados entre nosotros, ¡oh queridos amigos míos! y ojalá nos reúna la dicha en la misma casa!
Y cuando acabó este recitado, lloró y se lamentó, y recitó aún:
¡Asombrado estoy de vivir todavía sin vosotros, en medio de todas las preocupaciones que nos abruman!
¡Deseo por vosotros, caros ausentes bienamados, que con vosotros quede mi corazón herido!
Tras de lo cual lloró y sollozó más aún, y no pudo por menos de recordar estos versos:
¡Venid, ¡oh vosotros a quienes he dado mi alma! ¡He deseado arrancarla de vosotros, pero no lo pude conseguir!
¡Y tú, apiádate del resto de una vida que te he sacrificado antes de que yo lance mi última mirada a la hora de la muerte!
¡Si os hubierais perdido todos, no me asombraría; mi asombro existiría si su destino perteneciese a otro!
¡Y he aquí lo referente a ella!
Pero he aquí ahora lo relativo al gran visir Giafar. En cuanto la caravana se puso en marcha otra vez, se acercó él al palanquín y dijo a la recién casada: "¡Oh señora del palanquín, el viaje nos ha matado!". Pero a estas palabras, ella le miró con dulzura y modestia, y contestó: "No debo hablarte, porque soy la prima-esposa de tu amigo y compañero Ataf, príncipe de la generosidad y de la abnegación. Si hay en ti el menor sentimiento humano, debes hacer por él lo que en su abnegación ha hecho él mismo por ti".
Cuando Giafar hubo oído estas palabras, se le turbó mucho el alma; pero comprendiendo lo difícil de la situación, dijo a la joven: "¡Oh tú! ¿eres verdaderamente su prima-esposa?"
Y ella dijo: "¡Sí! Yo soy la que viste a la ventana en tal día, cuando ocurrieron tales y cuales cosas y tu corazón se prendó de mí. Y se lo contaste todo. Y él se divorció. Y mientras expiraba el plazo legal, ha preparado cuanto me está causando tanta pena ahora. Y ya que te he explicado la situación, no te queda más remedio que conducirte como un hombre".
Cuando Giafar oyó estas palabras empezó a sollozar muy fuerte, diciendo: "De Alah procedemos y tornamos a Él. ¡Oh tú! He aquí que ahora estás prohibida para mí, y serás entre mis manos un depósito sagrado hasta que vuelvas al sitio que quieras indicar". Entonces dijo a uno de sus servidores: "Quedas encargado de la guardia de tu señora". Y así continuaron viajando día y noche, ¡y esto es lo referente a ellos!
Pero he aquí lo referente al califa Harún Al-Raschid.
En seguida de partir Giafar, se sintió a disgusto y lleno de pena por su ausencia. Y tuvo una gran impaciencia y le atormentó el deseo de volver a verle. Y se arrepintió de las condiciones irrealizables que le había impuesto, obligándolo con ello a errar por desiertos y soledades como un vagabundo y forzándolo a abandonar su comarca natal. Y despachó emisarios en todas direcciones para buscarle. Pero no pudo saber noticia alguna de él, y quedó disgustado por no tenerle junto a sí. Y le añoraba y le esperaba.
Y he aquí que, cuando Giafar estuvo próximo a Bagdad con su caravana, el califa se enteró de ello y se regocijó en el alma, y sintió que se le aligeraba el corazón y se le dilataba el pecho. Y salió a su encuentro, y en cuanto estuvo a su lado, le besó y le estrechó contra su seno. Y entraron juntos en palacio, y el Emir de los Creyentes hizo sentarse al lado suyo a su visir, y le dijo: "Ahora cuéntame tu historia, a partir del momento en que abandonaste este palacio, y todo lo que te ha sucedido durante tu ausencia".
Y Giafar le contó todo lo que le había sucedido desde el momento de su marcha hasta el de su regreso. Pero no hay ninguna utilidad en repetirlo. Y el califa se asombró mucho, y dijo: "¡Ualahí! me has causado mucha pena con tu ausencia. ¡Pero ahora tengo muchas ganas de conocer a tu amigo! Y en cuanto a la joven del palanquín, mi opinión es que inmediatamente debes divorciarte de ella y ponerla en camino, para que regrese acompañada de un servidor de confianza. Porque si tu compañero encuentra en ti un enemigo, se hará enemigo nuestro; y si encuentra en ti un amigo, se hará también amigo nuestro. Y le haremos venir entre nosotros, y le veremos, y tendremos el gusto de oírle y pasaremos el tiempo con él alegremente.
Un hombre así no es de despreciar, y de su generosidad sacaremos una enseñanza grande y otras muchas cosas útiles".
Y Giafar contestó: "Oír es obedecer". E hizo arreglar, para la joven consabida, una casa muy hermosa con un jardín delicioso; y puso a su disposición todo un séquito de esclavos y de servidores. Y además le envió tapices y porcelanas y todas las demás cosas de que podía tener necesidad. Pero nunca se acercó a ella ni trató de verla nunca. Y a diario le transmitía sus zalemas y palabras tranquilizadoras concernientes a su regreso y a su reunión con su primo. Y le dió mil dinares al mes para los gastos de su existencia. ¡Y esto es lo referente a Giafar, al califa y a la joven del palanquín!
¡Por lo que a Ataf respecta, las cosas sucedieron de modo muy distinto! En efecto, no bien se despidió de Giafar y desanduvo su camino, cuantos le tenían envidia se aprovecharon de los acontecimientos para combinar su perdición, embaucando al naieb de Damasco. Y dijeron al naieb: "¡Oh señor nuestro! ¿cómo es posible que no vuelvas tus ojos hacia Ataf? ¿No sabes que el visir Giafar era amigo suyo? ¿Y no sabes que Ataf ha echado a correr detrás de él para decirle adiós después de regresar nuestras gentes, y le ha acompañado hasta Katifa? ¿Y no sabes que Giafar le dijo entonces?: "¿No necesitas nada de mi, ¡oh Ataf!?". Y Ataf contestó: "Sí, necesito una cosa. Y es un edicto del califa por el cual sea destituido el naieb de Damasco". Y así se ha acordado y prometido entre ellos. Y lo más prudente que puedes hacer es invitarle a tu mantel para la comida de la mañana, antes de que él te invite al suyo para la comida de la noche. Porque el éxito estriba en la ocasión, y el asalto no aprovecha más que a quien lo da".
Y el naieb de Damasco les contestó: "Bien dicho. Traédmele, pues, inmediatamente". Y fueron a casa de Ataf, que descansaba tranquilamente, ignorando que pudiese nadie tramar contra él cosa alguna. Y se abalanzaron a él, armados de sables y garrotes, y le maltrataron hasta que estuvo cubierto de sangre. Y le arrastraron a la presencia del naieb. Y el naieb ordenó que saquearan su casa. Y sus esclavos, sus riquezas y toda su familia pasaron a manos de los saqueadores. Y Ataf preguntó "¿Cuál es mi crimen?". Y le contestaron: "¡Oh rostro de brea! ¿tan ignorante estás de la justicia de Alah (¡exaltado sea!) que atacas al naieb de Damasco, nuestro señor y nuestro padre, y crees que vas a poder dormir en paz después en tu casa?" Y se ordenó al porta alfanje que le cortara la cabeza en aquella hora y en aquel instante. Y el porta alfanje le desgarró un trozo del traje y le vendó los ojos. Y ya esgrimía el alfanje sobre su cuello, cuando uno de los emires que asistían a la ejecución se levantó y dijo: "¡Oh naieb! no te apresures tanto a hacer cortar la cabeza de este hombre. Porque la precipitación es un consejo del Cheitán, y dice el proverbio: "Sólo consigue su propósito el que alberga a la paciencia en su corazón, mientras el error es patrimonio de quien se precipita".
No te apresures, pues, a poner en peligro el cuello de este hombre, porque quizá no sean más que unos embusteros los que han hablando mal de él. Y nadie se halla exento de envidia. Así, pues, ten paciencia, porque acaso más tarde te arrepentirás de haberle quitado la vida injustamente.
¿Y quién sabe lo que sucedería si el visir Giafar se entera del trato que has hecho sufrir a su amigo y compañero? ¡Y entonces es cuando tu cabeza no estará segura sobre tus hombros...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 900



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Pero cuando llegó la 900ª noche

Ella dijo:
". . .Porque desde la infancia amaba a su esposo Ataf, que era el hijo de su tío, y sentía una ternura extremada por él.
En cuanto a Ataf, tras de dar aquella noticia a su tío, se apresuró a ir en busca de su huésped, y le dijo: "¡Oh hermano mío! he estado ocupándome de la joven divorciada, y Alah ha querido llevar a buen fin mi empresa. Regocíjate, pues, porque tu unión con ella será fácil ahora. Levántate y desecha tu tristeza y tu malestar". Y Giafar se levantó al punto, y desapareció su malestar, comió y bebió con apetito, y dió gracias a su Creador. Y Ataf le dijo entonces: "Ahora has de saber ¡oh hermano mío! que para que yo pueda intervenir más eficazmente todavía en la cosa, no conviene que el padre de tu amada, al cual voy a volver a hablar de tu matrimonio, sepa que eres un extranjero, y me diga: "¡Oh Ataf! ¿y desde cuándo los padres casan a sus hijas con hombres extranjeros a quienes no conocen?" Por eso mi propósito es que seas ventajosamente conocido por el padre de la joven. Y a tal fin, haré armar para ti, fuera de la ciudad, unas tiendas con hermosas alfombras, cojines, cosas suntuosas y caballos. Y sin que nadie sepa que sales de aquí, irás a habitar en esas hermosas tiendas, que serán tu campamento de viaje, y harás una entrada pomposa en nuestra ciudad. Y yo, por mi parte, tendré cuidado de difundir por toda la ciudad el rumor de que eres un gran personaje de Bagdad, ¡y hasta diré que eres Giafar Al-Barmaki en persona, y que vienes, de parte del Emir de los Creyentes, a visitar nuestra ciudad! Y el walí de Damasco, el kadí y el naieb, a quien yo mismo habré ido a informar de la llegada del visir Giafar, saldrán en persona a tu encuentro, y te harán sus zalemas y besarán la tierra entre tus manos. Y entonces dirás a cada uno las palabras que debes decir, y les tratarás con arreglo a su rango. Y también yo iré a visitarte a tu tienda, y nos dirás a todos: "¡Vengo a vuestra ciudad para cambiar de aires y encontrar una esposa de mi gusto! ¡Y como he oído hablar de la belleza de la hija del emir Amr, a ella es a quien quisiera tener por esposa!" Y entonces ¡oh hermano mío! no sucederá más que lo que anhelas".
Así habló el generoso Ataf al huésped de quien no conocía nombre ni posición, y que no era otro que Giafar Al-Barmaki con sus propios ojos. Y se conducía de tal suerte con él solo porque era su huésped y había probado el pan y la sal de su hospitalidad. Porque el generoso Ataf estaba dotado de un alma generosa y de sentimientos sublimes. Y antes de él jamás hubo sobre la tierra hombre que se le pudiese comparar, y después de él no lo habrá jamás tampoco.
Por lo que respecta a Giafar, cuando hubo oído aquellas palabras de su amigo, se irguió sobre ambos pies y cogió la mano de Ataf y quiso besársela; pero Ataf lo comprendió, y retiró vivamente su mano. Y Giafar continuó callando su nombre y ocultando a su huésped su alta condición de gran visir y cabeza de los Barmecidas y corona suya, dió gracias con efusión a su huésped, y pasó con él aquella noche, y se acostó en el mismo lecho que él. Y al día siguiente, al despuntar el alba, se levantaron ambos, e hicieron sus abluciones y recitaron sus plegarias de la mañana. Luego salieron juntos, y Ataf acompañó a su amigo hasta las afueras de la ciudad. Tras de lo cual Ataf hizo preparar las tiendas y todo lo necesario, como caballos, camellos, mulas, esclavos, mamalik, cofres conteniendo toda clase de regalos para repartir y cajones conteniendo sacos de oro y plata. Y envió todo aquello fuera de la ciudad, secretamente, y fué en busca de su amigo, y le puso un traje de gran visir, de lo más suntuoso y de mucho valor. Y mandó que levantaran para él, en la tienda principal, un trono de gran visir, y le hizo sentarse allí. ¡Y no sabía que aquel a quien iba a llamar en lo sucesivo gran visir Giafar era en realidad el propio Giafar, hijo de Yahía el Barmecida! Y hecho y combinado aquello, envió esclavos mensajeros al naiab de Damasco para anunciarle la llegada de Giafar el gran visir, enviado en comisión por el califa.
Y en cuanto el naieb de Damasco se enteró de aquel acontecimiento, salió de la ciudad, acompañado por los notables de la ciudad de su autoridad y de su gobierno, y fué al encuentro del visir Giafar y besó la tierra entre sus manos, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¿por qué no nos has informado antes de tu llegada bendita, a fin de que hubiésemos podido prepararte una recepción digna de tu rango?". Y Giafar contestó: "¡No hay para qué! Plegue a Alah favorecerte y aumentar tu buena salud; pero no he venido aquí más que con intención de cambiar de aires y visitar la ciudad. Y por cierto que voy a permanecer aquí muy poco tiempo, lo preciso para casarme. Porque me he enterado de que el emir Arar tiene una hija de noble raza, y deseo de ti que hables del asunto con su padre y que me la obtengas de él por esposa". Y el naieb de Damasco contestó: "Escucho y obedezco. Precisamente su esposo acaba de divorciarse de ella, porque desea ir al Hedjaz en peregrinación. Y en cuanto haya transcurrido el tiempo legal de la separación, no habrá ya ningún inconveniente para que se celebren los esponsales de Tu Honor".
Y se despidió de Giafar, y en aquella hora y en aquel instante fué en busca del padre de la joven, esposa divorciada del generoso Ataf, y le hizo ir a las tiendas y le dijo que el gran visir Giafar había manifestado deseos de casarse con su hija, que era de noble linaje. Y el emir Arar no pudo contestar más que con el oído y la obediencia.
Entonces Giafar dió orden de llevar los ropones de honor y el oro de los sacos y de que lo distribuyeran. E hizo ir al kadí y a los testigos, y les mandó extender sin tardanza el contrato de matrimonio. E hizo inscribir, como dote y viudedad de la joven, diez cofres de suntuosidades y diez sacos de oro. Y ordenó sacar los regalos, grandes y pequeños, y los hizo distribuir, con la generosidad de un Barmecida, a los concurrentes ricos y pobres, para que todo el mundo quedase contento. Y cuando estuvo escrito el contrato sobre una tela de raso, mandó llevar agua con azúcar, e hizo poner ante los invitados las mesas de manjares y de cosas excelentes. Y todo el mundo comió y se lavó las manos. Luego se sirvieron los dulces y las frutas y las bebidas refrescantes. Y cuando se dió fin a todo y se revisó el contrato, el naieb de Damasco dijo al visir Giafar: "¡Voy a preparar una casa para tu residencia y para recibir a tu esposa!"
Y Giafar contestó: "No es posible. He venido aquí en comisión oficial del Emir de los Creyentes, y he de llevarme conmigo a mi esposa a Bagdad, donde solamente deberán tener lugar las ceremonias de las bodas". Y el padre de la desposada dijo: "Celebremos ya los desposorios, y parte cuando te plazca". Y Giafar contestó: "¡Tampoco puedo acceder a eso, porque primero es preciso que haga yo preparar el equipo de tu hija, y una vez que esté dispuesto y sólo entonces, partiré". Y el padre contestó: "¡No hay inconveniente!".
Y cuando estuvo dispuesto el equipo y todas las cosas se encontraron a punto, el padre de la desposada hizo sacar el palanquín y sentarse dentro a su hija. Y el convoy emprendió el camino de las tiendas, entre una muchedumbre. Y después de las despedidas por una y otra parte, se dió la señal de marcha. Y Giafar en su caballo y la desposada en el soberbio palanquín, emprendieron la ruta de Bagdad con un séquito numeroso y bien ordenado.
Y viajaron durante cierto tiempo. Y ya habían llegado al paraje llamado Tiniat el'lgab, que está a media jornada del camino de Damasco, cuando Giafar miró atrás y divisó en lontananza, por la parte de Damasco, a un jinete que galopaba hacia ellos. Y al punto mandó parar la caravana para ver de qué se trataba. Y cuando el jinete estuvo muy cerca de ellos, Giafar le miró, y he aquí que era Ataf el Generoso, que iba gritando: "No te detengas, ¡oh hermano mío!". Y se acercó a Giafar y le abrazó y le dijo: "¡Oh mi señor! no tengo ningún sosiego lejos de ti. ¡Oh hermano mío Abu'l-Hassán! más me hubiera valido no haberte visto ni conocido nunca, porque ahora no podré soportar tu ausencia". Y Giafar le dió las gracias y le dijo: "No he podido corresponder a todos los beneficios de que me has colmado. Pero ruego a Alah que facilite nuestra reunión para pronto y para no separarnos ya nunca. ¡Él es Todopoderoso, y puede lo que quiera!" Luego Giafar se apeó del caballo, e hizo extender un tapiz de seda, y se sentó al lado de Ataf. Y les sirvieron una bandeja con un gallo asado, pollos, dulces y otras cosas delicadas. Y comieron. Y les llevaron frutas secas, y confituras secas y dátiles maduros. Luego bebieron durante una hora de tiempo, y volvieron a montar en sus caballos. Y Giafar dijo a Ataf: "¡Oh hermano mío! cada viajero debe partir hacia su punto de destino".
Y Ataf le estrechó contra su pecho, y le besó entre ambos ojos y le dijo: "¡Oh hermano mío Abu'l-Hassán! no interrumpas el envío de tus cartas a nosotros y no prolongues tu ausencia a costa de nuestro corazón. Y tenme al corriente de cuanto te ocurra, de modo que me parezca que estoy cerca de ti". Y aún se dijeron otras palabras de adiós, y se despidieron uno de otro, y cada cual se fué por su camino. ¡Y he aquí lo referente al gran visir Giafar, de quien su amigo no sospechaba que fuese el propio Giafar, y a Ataf el Generoso!
He aquí ahora lo referente a la joven divorciada, nueva esposa de Giafar...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 899



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Y cuando llegó la 899ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh hermano mío! ¡no me siento bien, y estoy desesperado!" Al oír estas palabras, Ataf el Generoso, el Excelente, se emocionó hasta el límite extremo de la emoción, y al punto envió un esclavo blanco en busca de un médico. Y el esclavo blanco fué a toda prisa a cumplir su misión, y no tardó en volver con el mejor médico de Damasco y el más hábil de los médicos de su tiempo.
Y el médico, que era un gran sabio, se acercó a Giafar, que estaba tendido en su lecho, con los ojos perdidos, y le miró al rostro, y le dijo: "¡No te turbes a mi vista, y que el don de la salud sea contigo! ¡Dame la mano!" Y le cogió la mano, y le tomó el pulso, y vió que todo estaba en su sitio, y no había ninguna molestia, ni sufrimiento, ni dolor, y que las pulsaciones eran fuertes y las intermitencias eran regulares. Y al observar todo esto, comprendió la causa del mal y que el enfermo estaba enfermo de amor. Y no quiso hablar de su descubrimiento al enfermo delante de Ataf. Y para hacer las cosas con elegancia y discreción, cogió un papel y escribió su prescripción. Y puso cuidadosamente aquel papel debajo de la cabeza de Giafar, diciéndole: "¡El remedio está bajo tu cabeza! Te he recetado una purga. Si la tomas, te curarás". Y tras de hablar así, el médico se despidió de Giafar para ir a visitar a sus demás enfermos, que eran numerosos. Y Ataf le acompañó hasta la puerta, y le preguntó: "¡Oh señor! ¿qué tiene?"
Y contestó el otro: "Ya lo he puesto en el papel". Y se marchó.
Y Ataf volvió junto a su huésped, y le encontró acabando de recitar este poema:
¡Un médico viene a mí un día, y me coge la mano y me toma el pulso! Pero le digo: "¡Deja mi mano, porque el fuego está en mi corazón!"
Y me dice: "¡Bebe jarabe de rosas después de mezclarlo bien con el agua de la lengua! ¡Y no se lo digas a nadie!"
Y contesto: "¡Conozco mucho el jarabe de rosas: es el agua de las mejillas que me han destrozado el corazón!"
"Pero ¿cómo podré procurarme el agua de la lengua? ¿Y cómo podré refrescar el fuego ardiente que se alberga dentro de mí?"
Y él me dice: "¡Estás enamorado!" Yo le digo: "¡Sí!" Y él contesta: "¡El único remedio para eso es tener aquí al objeto de tu amor!"
Y Ataf, que no había oído el poema y no había cogido más que el último verso, sin comprenderlo, se sentó a la cabecera del lecho e interrogó a su huésped acerca de lo que había dicho y recetado el médico.
Y Giafar contestó: "¡Oh hermano mío! me ha escrito un papel que está ahí, debajo de la almohada". Y Ataf sacó el papel de debajo de la almohada, y lo leyó. Y encontró estas líneas trazadas de mano del médico:
"¡En el nombre de Alah el Curador, maestro de las curaciones y de los regímenes buenos! ¡He aquí lo que hay que tomar con la ayuda y la bendición de Alah! Tres medidas de esencia pura de la amada mezcladas con un poco de prudencia y de temor a ser espiado por los envidiosos; además, tres medidas de excelente unión clasificada con un grano de ausencia y de alejamiento; además, dos pesas de afecto puro y de discreción sin mezcla con la madera de la separación; hacer una mixtura de ello con un poco de extracto de incienso de besos, dados en los dientes y en el centro; dos medidas de cada variedad, más cien besos dados en las dos hermosas granadas consabidas, cincuenta de los cuales deben ser endulzados pasando por los labios, como hacen las palomas, y veinte como lo hacen los pajarillos; además, dos medidas iguales de movimientos de Alepo y de suspiros del Irak; además, dos okes de puntas de lenguas en la boca y fuera de la boca, bien mezcladas y trituradas; después poner en un crisol tres dracmas de granos de Egipto, adicionándoles grasa de buena calidad, haciéndolo cocer en el agua del amor y el jarabe del deseo sobre un fuego de leña de placer en el retiro del ardor; tras de lo cual se decantará el total en un diván bien mullido, y se añadirán dos okes de jarabe de saliva, y se beberá en ayunas durante tres días. Y al cuarto día, en la comida de mediodía, se tomará una raja de melón del deseo, con leche de almendras y zumo de limón del acuerdo, y por último, con tres medidas de buena maniobra de muslos. Y acabar con un baño en beneficio de la salud. ¡Y la zalema!"
Cuando Ataf el Generoso hubo acabado la lectura de esta receta, no pudo por menos de reír y dar palmadas. Luego miró a Giafar, y le dijo: "¡Oh hermano mío! este médico es un gran médico y su descubrimiento un gran descubrimiento. ¡He aquí que ha averiguado que estás enfermo de amor!" Y añadió "Dime, pues, cómo y de quién te has enamorado". Pero Giafar, cabizbajo, no dió respuesta alguna ni quiso pronunciar ninguna palabra. Y Ataf se apenó mucho por el silencio que el otro guardaba y había guardado con él, y se afligió mucho por su falta de confianza, y le dijo: "¡Oh hermano mío! ¿no eres para mí más que un amigo? ¿no estás en mi casa como el alma en el cuerpo? ¿Y no hay entre tú y yo cuatro meses pasados en la ternura, la camaradería, la charla y la amistad pura? ¿Por qué, pues, ocultarme tu estado? ¡Por lo que a mí respecta, estoy muy entristecido y asustado de verte solo y sin guía en asunto tan delicado! Porque eres un extranjero en esta capital, y yo soy un hijo de la ciudad, y puedo ayudarte con eficacia, y disipar tu turbación y tu inquietud. ¡Por mi vida, que te pertenece, y por el pan y la sal que hay entre nosotros, te suplico que me reveles tu secreto!" Y no cesó de hablarle de tal suerte, hasta que le decidió a hablar. Y Giafar levantó la cabeza, y le dijo: "No te ocultaré por más tiempo el motivo de mi turbación, ¡oh hermano mío! Y en lo sucesivo no censuraré ya a los enamorados que enferman de inquietud y de impaciencia. ¡Porque he aquí que me ha sucedido una cosa que jamás pensé que me sucedería, no, jamás! Y no sé lo que eso va a traerme, porque mi caso es un caso embarazoso y complicado con pérdida de la vida!"
Y le contó lo que le había ocurrido: cómo se había sentado en el banco de mármol, se había abierto la ventana enfrente de él y había aparecido una joven, la más bella de su tiempo, que había regado el jardín de su ventana. Y añadió: "¡Ahora mi corazón tumultuoso está agitado de amor por ella, que ha cerrado súbitamente su ventana después de lanzar una sola ojeada a la calle en donde yo estaba, y la ha cerrado tan de prisa como si hubiese sido vista al descubierto por un extraño. Y heme aquí ya incapaz de nada e imposibilitado de comer y de beber a causa de la excesiva excitación y del ardor de amor en que estoy por ella; y ha truncado mi sueño la fuerza de mi deseo por ella que se ha albergado en mi corazón". Y añadió: "Y tal es mi caso, ¡oh hermano mío Ataf! y ya te he contado cuanto me ha ocurrido, sin ocultarte nada".
Cuando el generoso Ataf oyó las palabras de su huésped y comprendió su alcance, bajó la cabeza y reflexionó una hora de tiempo. Porque acababa de descubrir, sin género de duda, en vista de todos los detalles e indicios oídos y de la descripción de la casa, de la ventana y de la calle, que la joven consabida no era otra que su propia esposa, la hija de su tío, a la cual amaba y de la cual era amado, y que habitaba en una casa separada, con sus esclavas y sus servidores. Y dijo para sí: "¡Oh Ataf! ¡no hay recurso ni poder más que en Alah el Altísimo, el Magno, pues venimos de Alah y a Él volveremos!" Y su generosidad y su grandeza de alma tomaron al punto una decisión, y pensó: "No seré semejante en mi amistad al que construyere sobre arena y sobre agua, y por el Dios magnánimo, que serviré a mi huésped con mi alma y mis bienes!"
Y así pensando, con rostro sonriente y tranquilo, se encaró con su huésped, y le dijo: "¡Oh hermano mío! calma tu corazón y refresca tus ojos, porque pongo sobre mi cabeza el llevar a buen fin tu asunto en el sentido que deseas. Conozco, en efecto, a la familia de la joven de quien me has hablado, y que es una mujer divorciada de su marido hace unos días. Y desde esta hora y este instante voy a ocuparme de tu asunto. Por lo que a ti respecta, ¡oh hermano mío! espera mi regreso con toda tranquilidad y ponte contento". Y aún le dijo otras palabras para calmarle, y salió de su casa.
Y fué a la casa donde vivía su esposa, la joven que había visto Giafar, y entró en la sala de los hombres sin cambiar de traje y sin dirigir la palabra a nadie, y llamó a uno de los pequeños eunucos, y le dijo: "¡Ve a casa de mi tío, padre de tu señora, y dile que venga"! Y el eunuco se apresuró a ir a casa del suegro y a llevarle a casa de su amo.
Y Ataf se levantó en honor suyo para recibirle, y le abrazó, y le hizo sentarse, y le dijo: "¡Oh tío mío! ¡todo es para bien! Sabe que, cuando Alah envía sus beneficios a sus servidores, les enseña al mismo tiempo el camino que tienen que seguir. Y he aquí que he encontrado mi camino, porque mi corazón se inclina hacia la Meca y anhela ir a visitar la casa de Alah y besar la piedra negra de la Kaaba santa, además de ir a El-Medinah a visitar la tumba del Profeta (¡con Él la plegaria, la paz, las gracias y las bendiciones!). Y he resuelto visitar en este año esos lugares santos, e ir a ellos en peregrinación, para volver hecho un perfecto hajj. Por eso no conviene dejar tras de mí ataderos, deudas ni obligaciones, ni nada que pueda proporcionarme preocupaciones, pues ningún hombre sabe si será amigo de su destino al día siguiente. ¡Y por eso ¡oh tío! te llamo para entregarte el acta de divorcio de tu hija, esposa mía!"
Cuando el tío del generoso Ataf, padre de su esposa, hubo oído estas palabras y comprendido que Ataf quería divorciarse, quedó extremadamente conmovido, y exagerando en su espíritu la gravedad del caso, dijo: "¡Oh Ataf, hijo mío! ¿qué te obliga a recurrir a semejantes procedimientos? ¡Si vas a partir dejando aquí a tu esposa, por muy larga que sea tu ausencia y por mucha duración que le des, no por eso dejará tu esposa de ser esposa tuya y dependencia tuya y propiedad tuya! Nada te obliga a divorciarte, ¡oh hijo mío!" Y Ataf contestó, mientras de sus ojos rodaban lágrimas: "¡Oh tío mío! ¡he hecho ese juramento, y lo que está escrito debe ocurrir!"
Y el padre de la joven, consternado con estas palabras de Ataf, sintió entrar la desolación en su corazón. Y la joven esposa de Ataf se quedó como muerta al saber esta noticia, y su estado fué un estado lamentable, y su alma nadó en la noche, en la amargura y en el dolor, porque desde la infancia amaba a su esposo Ataf, que era el hijo de su tío, y sentía una ternura extremada por él...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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