Noche 474



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Y cuando llegó la 474ª noche

Ella dijo:
"... ¡Ya lo sé perfectamente! ¿Pero qué ser humano podrá afrontar esos formidables talismanes de que hablas y soportar tan terribles peligros?" El moghrabín contestó: "¡Oh Juder, no les tengas ningún temor! ¡Los diversos personajes a quienes verás en las puertas, no son más que vanos fantasmas sin alma! ¡Puedes, pues, estar verdaderamente tranquilo!"
Y pronunció Juder: "¡Pongo mi confianza en Alah!" Al punto comenzó el moghrabín con sus fumigaciones mágicas. Y echó de nuevo incienso en la lumbre del brasero, y se puso a recitar las fórmulas conjuratorias. Y he aquí que el agua del río disminuyó poco a poco y desapareció, y el lecho del río quedó seco, ostentando la enorme puerta del tesoro.
Al ver aquello, Juder, sin dudar ya, avanzó por el cauce del río y se encaminó a la puerta de oro, llamando a ella ligeramente una, dos y tres veces. Y desde dentro se hizo oír una voz que decía: "¿Quién llama a la puerta de los Tesoros sin saber romper los encantos?"
El contestó: "¡Soy Juder-ben-Omar!" Y al instante se abrió la puerta, y en el umbral apareció un personaje que hubo de gritarle, alfanje en mano: "¡Presenta el cuello!" Y Juder le presentó su cuello; y el otro iba a darle con su alfanje, pero cayó en el mismo momento. Y sucedió lo propio con las otras puertas, hasta la séptima, exactamente como se lo había predicho y recomendado el moghrabín. Y a cada vez rompía Juder con gran valor todos los encantos, hasta que se le apareció su madre saliendo de la séptima puerta. Le miró, y le dijo: "¡Contigo todas las zalemas, ¡oh hijo mío!"
Pero Juder le gritó: "¿Y quién eres tú?" Ella contestó: "Soy tu madre, ¡oh hijo mío! ¡Soy la que te ha llevado nueve meses en su seno, la que te ha amamantado y te ha dado la educación que tienes, ¡oh hijo mío!" El exclamó: "¡Quítate la ropa!" Ella replicó: "¿Cómo, siendo mi hijo, me pides que me ponga desnuda?" El dijo: "¡Quítatelo todo, o si no, te derribaré la cabeza con este alfanje!" Y echó mano al alfanje que pendía de la pared, y lo empuñó, gritando: "¡Como no te desnudes, te mato!" Entonces decidiose ella a quitarse parte de sus vestiduras; pero le dijo él: "¡Quítate lo demás!" Y se quitó ella algo más. El le dijo: "¡Más todavía!" Y continuó apremiándola hasta que se quitó ella toda la ropa y no tuvo encima más que el calzón, y hubo de decirle avergonzada: "¡Ah hijo mío! ¡todo el tiempo que empleé en educarte lo perdí! ¡Qué decepción! ¡Tienes un corazón de piedra! ¡Y he aquí que quieres ponerme en una posición vergonzosa, obligándome a mostrar mi desnudez más íntima! ¡Oh hijo mío! ¿no te parece una cosa ilícita y un sacrilegio?"
El dijo: "¡Es verdad! ¡Quédate, pues, con el calzón!" Pero apenas hubo pronunciado Juder estas palabras, exclamó la vieja: "¡Ha consentido! ¡Pegadle!" Y al punto sintió él que le daban en los hombros golpes fuertes y tan numerosos como gotas de lluvia, los cuales le eran asestados por todos los guardianes invisibles del tesoro. ¡Y en verdad que aquello fue para Juder una paliza sin precedentes y que nunca en su vida olvidaría! ¡Luego, en un abrir y cerrar de ojos, los efrits invisibles le echaron a golpes fuera de las salas del tesoro y de la última puerta, la cual dejaron cerrada, como estaba antes!
Y he aquí que el moghrabín vio que le arrojaban de la puerta, y se apresuró a recogerle, pues ya las aguas surgían otra vez con gran estrépito, invadiendo el lecho del río y tornando a su curso interrumpido. Y le transportó a la orilla, desmayado, y se puso a recitar sobre él versículos del Corán hasta que recobró el sentido.
Entonces le dijo: "¡Ya había salvado todos los obstáculos y roto todos los encantos! ¡Fué el calzón de mi madre lo que me hizo perder cuanto gané antes, y me atrajo esa paliza de la que aun tengo señales!" Y le contó todo lo que le había ocurrido en el sitio del tesoro.
Entonces le dijo el moghrabín: "¿No te recomendé que no me desobedecieras? ¡Ya lo ves! ¡Me has defraudado y te has defraudado a ti mismo por no querer obligarla a que se quitara el calzón! ¡Por este año todo ha terminado! ¡Y tendremos que esperar hasta el año próximo para repetir nuestras tentativas! ¡Desde ahora hasta entonces vivirás conmigo!"
Y llamó a los dos negros, que aparecieron en seguida, y plegaron la tienda de campaña, y recogieron lo que estaba por recoger y se ausentaron un momento para volver con las dos mulas, sobre las cuales montaron Juder y el moghrabín, regresando inmediatamente a la ciudad de Fas.
Juder vivió, pues, en casa del moghrabín un año entero, poniéndose cada día un traje nuevo de gran valor y comiendo bien y bebiendo de cuanto salía del saco, conforme a sus anhelos y deseos.
Y he aquí que llegó el día de la nueva tentativa, a primeros del año siguiente, y el moghrabín fué en busca de Juder, y le dijo: "¡Levántate! ¡Y vamos adonde tenemos que ir!"
Juder contestó: "¡Bueno!" Y salieron de la ciudad, y vieron a los dos negros, que les presentaron las dos mulas, y subieron al punto a ellas y las guiaron en dirección del río, a cuyas orillas no tardaron en llegar. Se levantó, y alfombró, y amuebló la tienda de campaña como la vez anterior.
Y después de comer, el moghrabín cogió la caña hueca, las tabletas de cornalina roja, el braserillo con lumbre y el incienso; y antes de comenzar las fumigaciones mágicas, dijo a Juder: "¡Oh Juder, tengo que hacerte una recomendación!"
Juder exclamó: "¡Oh mi señor peregrino, en verdad que no vale la pena! ¡Como no me olvidé de la paliza que recibí, tampoco me olvidé de tus excelentes recomendaciones del año pasado ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente

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Noche 473



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Pero cuando llegó la 473ª noche

Ella dijo:
"... Sabe ¡oh Juder! que en cuanto yo me ponga a recitar las fórmulas mágicas sobre el incienso humeante, el agua del río empezará a disminuir poco a poco, y el río acabará por secarse completamente y dejar su lecho al descubierto. Entonces verás que en la pendiente del cauce seco se te aparece una gran puerta de oro, tan alta como la puerta de la ciudad, con dos aldabas del mismo metal. Dirígete a esa puerta y golpéala muy ligeramente con una de las aldabas que tiene en cada hoja, y espera un instante. Llama luego con un segundo aldabonazo más fuerte que el primero, ¡y espera todavía! Después llamarás con un tercer aldabonazo más fuerte que los otros dos, y no te muevas ya. Y cuando hayas llamado así con tres aldabonazos consecutivos, oirás gritar a alguien desde dentro: «¿Quién llama a la puerta de los Tesoros sin saber romper los encantos?» Tú contestarás: «¡Soy Juder el pescador, hijo de Omar, de El Cairo! Y se abrirá la puerta y en el umbral se te aparecerá un personaje que ha de decirte, alfanje en mano: «¡Si eres verdaderamente ese hombre, presenta el cuello para que te corte la cabeza! Y le presentarás tu cuello sin temor, y alzará sobre ti el alfanje, cayendo a tus pies inmediatamente, ¡y no verás ya más que un cuerpo sin alma! Y no te habrá hecho daño alguno. Pero si por miedo te niegas a obedecerle, te matará en aquella hora y en aquel instante.
"Cuando hayas roto de tal modo ese primer encanto, pasarás dentro y verás una segunda puerta, a la que llamarás con un aldabonazo solo, pero muy fuerte. Entonces se te aparecerá un jinete con una lanza grande al hombro, y te dirá, amenazándote con su lanza enristrada de repente: «¿Qué motivo te trae a estos lugares que no frecuentan ni pisan nunca las hordas humanas ni las tribus de los genn?» Y por toda respuesta, le presentarás resueltamente tu pecho descubierto para que te hiera; y te dará con su lanza. Pero no sentirás daño ninguno, y caerá él a tus pies, ¡y no verás más que un cuerpo sin alma! ¡Pero te matará si retrocedes!
"Llegarás entonces a una tercera puerta, por la que saldrá a tu encuentro un arquero que te amenazará con su arco armado de flecha; pero preséntale resueltamente tu pecho como blanco, ¡y caerá a tus pies convertido en un cuerpo sin alma! ¡No obstante, te matará, como vaciles!
"Penetrarás más adentro y llegarás a una cuarta puerta, desde la cual se abalanzará sobre ti un león de cara espantosa, que abrirá las anchas fauces para devorarte. No has de tenerle ningún miedo ni huir de él, sino que le tenderás tu mano, y en cuanto le des con ella en la boca, caerá a tus pies sin hacerte daño.
"Dirígete entonces a la quinta puerta, de la que verás salir a un negro de betún que te preguntará: «¿Quién eres» Tú dirás: «¡Soy Juder!» Y te contestará él: «¡Si eres verdaderamente ese hombre, intenta abrir la sexta puerta!»
"Al punto irás a abrir la sexta puerta, y exclamarás: «¡Oh Jesús, ordena a Moisés que abra la puerta! » Y la puerta se abrirá ante ti y verás aparecer dos dragones enormes, uno a la derecha y otro a la izquierda, los cuales saltarán sobre ti con las fauces abiertas. ¡No tengas miedo! Tiéndele a cada uno una de tus manos, en las que te querrán morder; pero en vano, porque ya habrán caído impotentes a tus pies. Y sobre todo no aparentes temerlos, pues tu muerte sería segura.
"Llegarás a la séptima puerta, por último, y llamarás en ella. ¡Y la persona que ha de abrirte y aparecerte en el umbral, será tu madre! Y te dirá: «¡Bienvenido seas, hijo mío! ¡Acércate a mí para que te desee la paz!» Pero le contestarás: «¡Sigue donde estabas! ¡Y desnúdate!»
Ella te dirá: «¡Oh hijo mío, soy tu madre! ¡Y me debes alguna gratitud y respeto, en gracia a que te amamanté y a la educación que te di ¿Cómo quieres obligarme a que me ponga desnuda?» Tú le contestarás, gritando: «¡Si no te quitas la ropa, te mato!» Y cogerás un alfanje que hallarás colgado en la pared, a la derecha, y le dirás: «¡Empieza pronto!» Y ella procurará conmoverte y hará para engañarte, para que te apiades de ella. Pero guárdate de dejarte persuadir por sus ruegos, y cada vez que se quite una prenda de vestir, has de gritarle: «¡Quítate lo demás!» Y continuarás amenazándola con la muerte hasta que esté completamente desnuda. ¡Pero entonces verás que se desvanece y desaparece!
"Y de esta manera ¡oh Juder! habrás roto todos los encantos y disuelto todos los hechizos, a la vez que pondrás en salvo tu vida. Y te restará sólo recoger el fruto de tus trabajos.
"A tal fin, no tendrás más que franquear esa séptima puerta, y dentro encontrarás montones de oro. Pero no les prestes la menor atención, y dirígete a un pabellón pequeño que hay en medio de la estancia del tesoro, y sobre el cual se extiende una cortina corrida. ¡Levanta entonces la cortina, y verás, acostado en un trono de oro, al gran mago Schamardal, el mismo a quien pertenece el tesoro! Y junto a su cabeza verás brillar una cosa redonda como la luna: es la esfera celeste. ¡Le verás con el alfanje consabido a la cintura, con el anillo en un dedo y con la redomita del kohl sujeta al cuello por una cadena de oro! ¡No vaciles entonces! ¡Apodérate de esos cuatro objetos preciosos, y date prisa a salir del tesoro para venir a entregármelos!
"Pero ten mucho cuidado ¡oh Juder! con no olvidar nada de lo que acabo de enseñarte o con no obrar conforme a mis recomendaciones. En ese caso, te arrepentirás de ello más tarde, y habría que temer mucho por ti!"
Y cuando hubo hablado, así, el moghrabín reiteró a Juder sus recomendaciones una, dos, tres y cuatro veces para que se las aprendiera bien, y siguió repitiéndoselas, hasta que el propio Juder le dijo: "¡Ya lo sé perfectamente! ¿Pero qué ser humano. . .
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.

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Noche 472



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Y cuando llegó la 472ª noche

Ella dijo:
"... Cuando Juder hubo penetrado en el palacio, quedó deslumbrado por el esplendor y la multitud de riquezas que encerraba y por la hermosura de las arañas de plata y las lámparas de oro, así como la profusión de pedrerías y metales. Y una vez sentados en la alfombra, el moghrabín dijo a su hija: "¡Ya Rahma, ve a traernos el paquete de seda que sabes!" Y al punto echó a correr la joven, volviendo con el paquete consabido, y se lo dio a su padre, que lo abrió y sacó de él un traje que valía mil dinares por lo menos, y dándoselo a Juder, le dijo: "¡Póntelo, ¡oh Juder! y bienvenido seas como huésped aquí!" Y Juder se vistió con aquella ropa, y quedó tan espléndido que parecía un rey entre los reyes de los árabes occidentales.
Tras de lo cual, el moghrabín, que tenía ante sí el saco, metió la mano en él y sacó multitud de platos, que colocó en el mantel puesto por la joven, y no se detuvo en su tarea mientras no hubo alineado de aquel modo cuarenta platos de color diferente y con manjares diferentes. Luego dijo a Juder: "Extiende la mano y come, ¡oh mi señor! y dispénsanos por lo poco que te servimos; porque verdaderamente aún no sabemos tus gustos y preferencias sobre manjares. ¡No tienes más que decir lo que quieres mejor y lo que anhela tu alma, y te lo presentaremos sin tardanza!" Juder contestó: "¡Por Alah, ¡oh mi señor peregrino! que me gustan todos los manjares, sin excepción, y ninguno me repugna! ¡No me interrogues, pues, acerca de mis preferencias y ponme todo lo que te parezca! ¡Porque lo único que sé es comer, y eso es lo que más me gusta en el mundo! ¡Ya sabes que tengo buen diente!"
Y comió mucho aquella noche, y también los demás días, sin que nunca viese salir humo de la cocina. Porque no tenía el moghrabín más que meter su mano en el saco, pensando en un manjar, y al punto lo sacaba en un plato de oro. Y lo mismo ocurría con las frutas y las cosas de repostería. Y de tal suerte vivió Juder en el palacio del moghrabín durante veinte días, cambiando de traje todas las mañanas; y cada traje era más maravilloso que el anterior.
Por la mañana del vigésimo primer día, fue a buscarle el moghrabín, y le dijo: "¡Levántate, oh Juder! ¡Hoy es el día fijado para la apertura del tesoro de Schamardal!" Y Juder se levantó y salió con el moghrabín. Y cuando llegaron extramuros de la ciudad, aparecieron de pronto dos mulas, en las que se montaron ellos, y dos esclavos negros que echaron a andar detrás de las mulas. Y caminaron de aquel modo hasta mediodía, en que llegaron a orillas de un río; y el moghrabín echó pie a tierra, y dijo a Juder: "¡Apéate!" Y cuando se hubo apeado Juder, el otro hizo una seña con la mano a los dos negros, diciéndoles: "¡Vamos! Los dos negros se llevaron las mulas, que desaparecieron, volviendo luego los esclavos cargados con una tienda de campaña y una alfombra y pusieron dentro alrededor los cojines y las almohadas. Tras de lo cual aportaron el saco y los dos botes en que estaban encerrados los dos peces de color de coral. Después extendieron el mantel y sirvieron una comida de veinticuatro platos que sacaron del saco. Tras de lo cual desaparecieron.
Entonces levantose el moghrabín, colocó ante él encima de un taburete los dos botes, y se puso a murmurar sobre ellos fórmulas mágicas y conjuros, hasta que empezaron a gritar ambos peces dentro: "¡Henos aquí! ¡Oh, soberano mago, ten misericordia de nosotros!" Y continuaron suplicándole en tanto que formulaba él los conjuros.
De pronto estallaron a la vez y volaron en pedazos ambos botes, mientras aparecían frente al moghrabín dos personajes que decían, con los brazos cruzados humildemente: "¡La salvaguardia y el perdón, oh poderoso adivino! ¿Qué intención abrigas para con nosotros?"
El moghrabín contestó: "¡Mi intención es estrangularos y quemaros a menos que me prometáis abrir el tesoro de Schamardal!" Los otros dijeron: "¡Te lo prometemos y abriremos para ti el tesoro! Pero es absolutamente preciso que hagas venir aquí a Juder, el pescador de El Cairo. ¡Porque está escrito en el libro del Destino que el tesoro no puede abrirse más que en presencia de Juder! ¡Y nadie puede entrar en el lugar en que se encuentra el tal tesoro, no siendo Juder, hijo de Omar!" El moghrabín contestó: "¡Ya he traído al individuo de quien habláis!
¡Aquí mismo está presente! ¡Este es! ¡Os está viendo y oyendo!" Y los dos personajes miraron a Juder con atención, y dijeron: "¡Ya están salvados todos los obstáculos y puedes contar con nosotros! ¡Te lo juramos por el Nombre!" Así es que el moghrabín les permitió marcharse adonde tenían que ir. Y desaparecieron en el agua del río.
Entonces el moghrabín cogió una gruesa caña hueca, encima de la cual colocó dos láminas de cornalina roja, y encima de estas dos láminas puso un braserillo de oro lleno de carbón, soplándolo una sola vez. Y al punto encendió el carbón y hubo de tornarse brasa ardiente. A la sazón el moghrabín esparció incienso sobre las brasas, y dijo: "¡Oh Juder, ya se eleva el humo del incienso, y en seguida voy a recitar los conjuros mágicos de la apertura! ¡Pero como una vez comenzados los conjuros no podré interrumpirlos sin riesgo de anular los poderes talismánicos, voy antes a instruirte acerca de lo que tienes que hacer para lograr el fin que nos hemos propuesto al venir al Maghreb!" Y contestó Juder: "¡Instrúyeme, oh mi señor soberano!"
Y el moghrabín dijo: "¡Sabe, oh Juder! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 471



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Pero cuando llegó la 471ª noche

Ella dijo:
"... Y he aquí que el viaje despertó un gran apetito en Juder, que tenía mucha hambre. Pero como no veía provisiones en el saco de viaje, dijo al moghrabín: "¡Oh mi señor peregrino, me parece que se te olvidó de coger víveres para comer durante el viaje!" El otro contestó: "¿Acaso tienes hambre?" Juder dijo: "¡Ya lo creo! ¡Ualah!" Entonces el moghrabín paró la mula, echó pie a tierra seguido de Juder, y dijo a éste: "¡Dame el saco!"
Y cuando le dio el saco Juder, le preguntó: "¿Qué anhela tu alma, oh hermano mío?" Juder contestó: "¡Cualquier cosa!" El moghrabín dijo: "¡Por Alah sobre ti, dime qué quieres comer!" Juder contestó: "¡Pan y queso!" El otro sonrió, y dijo: "¿Nada más que pan y queso, ¡oh pobre!? ¡Verdaderamente, es poco digno de tu categoría! ¡Pídeme, pues, algo excelente!"
Juder contestó: "¡En este momento todo lo encontraría excelente!" El moghrabín le preguntó: "¿Te gustan los pollo asados?" Juder dijo: "¡Ya Alah! ¡Sí!" El otro le preguntó: "Te gusta el arroz con miel?" Juder dijo: "¡Mucho!" El otro le preguntó: "¿Te gustan las berenjenas rellenas? ¿Y las cabezas de pájaros con tomate? ¿Y las cotufas con perejil y las colocasias? ¿Y las cabezas de carnero al horno? ¿Y los buñuelos de harina de cebada rebozados? ¿Y las hojas de vid rellenas? ¿Y los pasteles? ¿Y ésta y aquella cosa y la de más allá?" Y enumeró así hasta veinticuatro platos distintos, en tanto que Juder pensaba: "¿Estará loco? Porque, ¿de dónde va a sacar los platos que acaba de enumerarme, si no hay aquí cocina ni cocinero? ¡Voy a decirle que ya basta en verdad!" Y dijo al moghrabín: "¡Basta! ¿Hasta cuándo vas a estar haciéndome desear esos diferentes manjares sin mostrarme ninguno?"
Pero contestó el moghrabín: "¡La bienvenida sobre ti, ¡oh Juder!" Y metió la mano en el saco, y extrajo de él un plato de oro con dos pollos asados y calientes; luego metió la mano por segunda vez, y sacó un plato de oro con chuletas de cordero, y uno tras otro, sacó exactamente los veinticuatro platos que había enumerado.
Estupefacto quedó Juder al ver aquello. Y le dijo el moghrabín: Come, pobre amigo mío!" Pero exclamó Juder: "¡Ualah! ¡oh mi señor peregrino! sin duda has colocado en ese saco una cocina con sus utensilios y cocineros!" El moghrabín se echó a reír, y contestó: Oh Juder, este saco está encantado! ¡Lo sirve un efrit que, si quisiéramos nos traería al instante mil manjares indios y mil manjares chinos!"
Y exclamó Juder: "¡Oh, qué hermoso saco, y qué prodigios contiene y qué opulencia!" Luego comieron ambos hasta saciarse, y tiraron lo que les sobró de la comida. Y el moghrabín guardó otra vez en el saco los platos de oro; luego metió la mano en el otro bolso de las alforjas, y sacó una jarra de oro llena de agua fresca y dulce.
Y bebieron e hicieron sus abluciones y recitaron la plegaria de la tarde, metiendo después la jarra en el saco junto a uno de los botes, poniendo el saco a lomos de la mula y montando en la mula ellos para continuar su viaje.
Al cabo de cierto tiempo, el moghrabín preguntó a Juder: "¿Sabes ¡oh Juder! el camino que hemos recorrido desde El Cairo hasta aquí?" Juder contestó: "¡Por Alah, que no lo sé!" El otro dijo: "En dos horas hemos recorrido exactamente un trayecto que exige un mes de camino, por lo menos!" Juder preguntó: "¿Y cómo es eso?"
El otro dijo: "¡Sabe oh Juder que esta mula que montamos es nada menos que una gennia entre los genn. En un día suele recorrer el trayecto de un año de camino; pero hoy va despacio, al paso, para que no te fatigues".
Y así prosiguieron su camino hacia el Maghreb; y todos los días, por la mañana y por la tarde, el saco atendía a todas las necesidades; y Juder no tenía más que desear un manjar, aunque fuera el más complicado y el más extraordinario, para encontrarlo al punto en el fondo del saco, completamente guisado y servido en un plato de oro.
Y de tal suerte, al cabo de cinco días llegaron al Maghreb y entraron en la ciudad de Mas y Miknas.
Y he aquí que todos los transeúntes que se encontraban a lo largo de las calles conocían al moghrabín, y le deseaban la zalema o iban besarle la mano, hasta que llegaron a la puerta de una casa, donde se apeó el moghrabín para llamar. Y enseguida se abrió la puerta y en el umbral apareció una joven absolutamente como la luna, y bella esbelta cual una gacela sedienta, que les sonrió con una sonrisa de bienvenida.
Y el moghrabín le dijo, paternal: "¡Oh Rahma, hija mía! Date prisa a abrirnos la sala principal del palacio!" Y contestó la joven Rahma: "¡Sobre la cabeza y sobre los ojos!" Y los precedió al interior del palacio, balanceando sus caderas. Y Juder perdió la razón; y dijo para sí: "¡No cabe duda! ¡Esta joven es, indiscutiblemente, la hija de un rey!"
En cuanto al moghrabín, comenzó primero por coger del lomo de la mula el saco, y dijo: "¡Oh, mula, vuélvete al sitio de donde viniste! ¡Y Alah te bendiga!"
Y he aquí que de pronto se abrió la tierra y recibió en su seno a la mula para cerrarse sobre ella inmediatamente.
Y exclamó Juder: "¡Oh, Protector! ¡Loores a Alah, que nos libró de tal cosa y veló por nosotros mientras estuvimos a lomos de esta mula!" Pero el moghrabín dijo: "¿Por qué te asombras, ¡oh Juder!? ¿No te previne que era una gennia entre los efrits? ¡Pero démonos prisa a entrar en el palacio y a subir a la sala principal!"
Y siguieron a la joven.
Cuando Juder hubo penetrado en el palacio, quedó deslumbrado...
En este momento de su narración, Schherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 470



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Pero cuando llegó la 470ª noche

Ella dijo:
"... Sabed, hijos míos, que el tal tesoro de Schamardal se encuentra bajo la dominación de los dos hijos del rey Rojo. En otro tiempo vuestro padre trató de apoderarse de ese tesoro; pero para abrirlo era necesario apoderarse antes de los hijos del rey Rojo. Y he aquí que en el momento en que vuestro padre iba a ponerles la mano encima, se escaparon y fueron a arrojarse, transformados en peces rojos, al fondo del lago Karún, en las proximidades de El Cairo. Y como aquel lago estaba también encantado, por mucho que hizo vuestro padre no pudo atrapar a los dos peces. Entonces fué a buscarme y se me quejó de la ineficacia de sus tentativas. Y enseguida hice yo mis cálculos astrológicos y saqué el horóscopo; y descubrí que aquel tesoro de Schamardal no podía abrirse más que con ayuda y en presencia de un joven de El Cairo llamado Juder ben-Omar, pescador de oficio. Se encontrará el tal Juder a orillas del lago Karún. Y el encanto de ese lago no puede romperse más que por el propio Juder, que deberá atar los brazos a aquel cuyo destino sea bajar al lago; y le tirará al agua. Y el que se arroje allí tendrá que luchar contra los dos hijos encantados del rey Rojo; y si tiene la suerte de vencerlos y apoderarse de ellos, no se ahogará, y sobrenadará por encima del agua su mano antes que nada. ¡Y le recogerá Juder con su red! ¡Pero el que perezca, sacará del agua antes que nada los pies, y deberá ser abandonado!"
"Al oír estas palabras del jeique Profundísimo Cohén, contestamos: «¡Ciertamente, intentaremos la empresa, aun a riesgo de perecer!' Sólo nuestro hermano Abd Al-Rahim no quiso intentar la aventura, y nos dijo: "¡Yo no quiero!" Entonces le decidimos a que se disfrazara de mercader judío; y juntos convinimos en enviarle la mula y las alforjas para que se las comprase al pescador, dado caso de que pereciéramos en nuestra tentativa.
"Por lo demás, ya sabes ¡oh Juder! lo ocurrido. ¡Mis dos hermanos perecieron en el lago, víctimas de los hijos del rey Rojo! Y también yo creí sucumbir a mi vez luchando contra ellos cuando me tiraste al lago, pero gracias a un conjuro mental, logré desembarazarme de mis ligaduras, romper el encanto invencible del lago y apoderarme de los dos hijos del rey Rojo, que son estos dos peces color de coral que me has visto encerrar en los botes de mis alforjas. Y he aquí que esos dos peces encantados, hijos del rey Rojo son nada menos que dos efrits poderosos; y merced a su captura, por fin voy a poder abrir el tesoro de Schamardal.
"¡Pero para abrir el tal tesoro, es absolutamente necesario que estés presente, porque el horóscopo sacado por El Profundísimo Cohén predecía que la cosa no podría hacerse más que a tu vista!
"¿Quieres, pues, ¡oh Juder! consentir en ir conmigo al Maghreb, a un paraje situado cerca de Fas y Miknas, para ayudarme a abrir el tesoro de Schamardal? ¡Y te daré todo lo que pidas! ¡Y serás por siempre mi hermano en Alah! ¡Y después de ese viaje, regresarás entre tu familia con el corazón jubiloso!"
Cuando Juder hubo oído estas palabras, contestó: "¡Oh mi señor peregrino, tengo pendientes de mi cuello a mi madre y a mis hermanos! ¡Y soy yo el encargado de mantenerles! Así, pues, si consiento en marcharme contigo, ¿quién les dará el pan para alimentarse?" El moghrabín contestó: "¡Te abstienes sólo por pereza! ¡Si verdaderamente no te impide partir más que la falta de dinero y el cuidado de tu madre, estoy dispuesto a darte ya, mil dinares de oro para que subsista tu madre mientras tú vuelves, que será al cabo de una ausencia de cuatro meses apenas!" Al oír lo de los mil dinares, Juder exclamó: "¡Dame ¡oh peregrino! los mil dinares para que vaya a llevárselos a mi madre y parta luego contigo!" Y el moghrabín le entregó al punto los mil dinares, y el pescador fué a dárselos a su madre, diciéndole: "¡Toma estos mil dinares para tus gastos y los de mis hermanos, porque me marcho con un moghrabín a hacer un viaje de cuatro meses al Maghreb! Y haz votos por mí durante mi ausencia, ¡oh madre! y tu bendición me colmará de beneficios". Ella contestó: "¡Oh hijo mío, cómo me va a hacer languidecer de tristeza tu ausencia! ¡Y qué miedo tengo por ti!"
El joven dijo: "¡Oh madre mía! ¡nada hay que temer por quien está bajo la guarda de Alah! ¡Además, el moghrabín es un buen hombre!" Y le elogió mucho el moghrabín. Y su madre, le dijo: "¡Incline Alah hacia ti el corazón de ese moghrabín de bien! ¡Vete con él, hijo mío! ¡Acaso sea generoso contigo!"
Entonces Juder dijo adiós a su madre y se fué en busca del moghrabín.
Y al verle llegar el moghrabín le preguntó: "¿Consultaste a tu madre?" Juder contestó: "¡Sí, por cierto, e hizo votos por mí y me bendijo!" Díjole el otro: "¡Sube detrás de mí a la grupa!" Y Juder montó a lomos de la mula detrás del moghrabín, y de aquel modo viajó desde mediodía hasta media tarde.
Y he aquí que el viaje despertó un gran apetito en Juder, que tenía mucha hambre...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.

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Noche 469



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Cuando llegó la 469ª noche

Ella dijo:
"... El moghrabín le preguntó: "¿Has visto pasar moghrabines por aquí?" El pescador contestó: "¡Dos!" El otro preguntó: "¿Por dónde han ido?" El pescador dijo: "¡Les até los brazos y les tiré a este lago, en donde se ahogaron! ¡Y si te conviene seguir su suerte, puedo hacer contigo lo mismo!"
Al oír estas palabras, el moghrabín se echó a reír y contestó: "¡Oh, pobre! ¿No sabes que toda vida tiene fijado de antemano su término?"
Y se apeó de su mula, y añadió tranquilamente: "¡Oh Juder, deseo que hagas conmigo igual que hiciste con ellos!" Y sacó de sus alforjas unos cordones gordos de seda y se los entregó; y le dijo Juder: "¡Entonces deja que te coja las manos para atártelas a la espalda; y date prisa, porque estoy muy atareado y el tiempo apremia! ¡Por lo demás, estoy muy al corriente del oficio, y puedes tener confianza en mi habilidad de ahogador!"
Entonces el moghrabín le presentó los brazos. Juder se los ató a la espalda; luego lo levantó en alto y lo arrojó al lago, en donde le vió hundirse y desaparecer. Y antes de marcharse con la mula, esperó a que saliesen del agua los pies del moghrabín; pero con gran sorpresa por su parte, vió que surgían del agua las dos manos precediendo a la cabeza y al moghrabín entero, que le gritó: "¡No sé nadar! ¡Cógeme en seguida con tu red, oh pobre!" Y Juder le echó la red y consiguió sacarle a la orilla. A la sazón vió en las manos de aquel hombre, sin que lo hubiese notado antes, dos peces de color rojo como el coral, un pez en cada mano. Y el moghrabín se apresuró a coger de su mulo los dos botes de cristal, metió un pez en cada bote, los tapó, y colocó de nuevo los botes en las alforjas. Tras de lo cual volvió hacia Juder, y cogiéndole en brazos, se puso a besarle con mucha efusión en la mejilla derecha y en la mejilla izquierda; y le dijo: "¡Por Alah! ¡Sin ti no estaría vivo yo ahora, y no hubiera podido atrapar estos dos peces!" ¡Eso fué todo!
Y he aquí que Juder, que estaba inmóvil de sorpresa, acabó por decirle: "¡Por Alah, oh mi señor peregrino! ¡Si verdaderamente crees que intervine algo en tu liberación y en la captura de esos peces, cuéntame pronto, como única prueba de gratitud, lo que sepas con respecto de los dos moghrabines ahogados, y la verdad acerca de los dos peces consabidos y acerca del judío Schamayaa el del zoco!"
Entonces dijo el moghrabín:
"¡Oh Juder! Sabe que los dos moghrabines que se ahogaron eran hermanos míos. Uno se llamaba Abd Al-Salam y el otro se llamaba Abd Al-Abad. En cuanto a mí me llamo Abd Al-Samad. Y el que tú crees judío no tiene nada de judío, pues es un verdadero musulmán del rito malekita; su nombre es Abd Al-Rahim, y también es hermano nuestro. Y he aquí ¡ya Juder! que nuestro padre, que se llamaba Abd Al-Wadud, era un gran mago que poseía a fondo todas las ciencias misteriosas, y nos enseñó a sus cuatro hijos la magia, la hechicería y el arte de descubrir y abrir los tesoros más ocultos. Así es que hubimos de dedicarnos incesantemente al estudio de esas ciencias en las que logramos alcanzar tal grado de sabiduría, que acabamos por someter a nuestras órdenes a los genn, a los mareds y a los efrits.
"Cuando murió nuestro padre, nos dejó muchos bienes y riquezas inmensas. Entonces nos repartimos equitativamente los tesoros que nos dejó, los talismanes y los libros de ciencia; pero no nos pusimos de acuerdo sobre la posesión de ciertos manuscritos. El más importante de aquellos manuscritos era un libro titulado Anales de los Antiguos, verdaderamente inestimable de precio y de valor, que ni siquiera podría pagarse con su peso en pedrerías. Porque en él se encontraban indicaciones precisas acerca de la solución de los enigmas y los signos misteriosos. Y en aquel manuscrito precisamente había agotado nuestro padre toda la ciencia que poseía.
"Cuando comenzaba a acentuarse entre nosotros la discordia, vimos entrar en nuestra casa a un venerable jeique, el mismo que había educado a nuestro padre y le había enseñado la magia y la adivinación. Y aquel jeique, que se llamaba El Profundísimo Cohén, nos dijo: "¡Traedme ese libro!" Y le llevamos los Anales de los Antiguos, que cogió él y nos dijo: "¡Oh hijos míos, sois hijos de mi hijo, y no puedo favorecer a uno de vosotros en detrimento de los demás! ¡Es necesario, pues, que aquel de vosotros que desee poseer este libro vaya a abrir el tesoro llamado Al-Schamardal, y me traiga la esfera celeste, la redomita de kohl, el alfanje y el anillo, que todos estos objetos contiene el tesoro! ¡Y son extraordinarias sus virtudes! En efecto, el sello está guardado por un genni, cuyo sólo nombre da miedo pronunciarlo: se llama el Efrit Trueno-Penetrante. Y el hombre que se haga dueño de este anillo, puede afrontar sin temor el poderío de los reyes y sultanes; y cuando quiera podrá ser el dominador de la tierra en todo lo que tiene de ancha y larga. Quien posea el alfanje, podrá destruir a su albedrío ejércitos sin más que blandirlo, pues al punto saldrán de él llamas y relámpagos, que reducirán a la nada a todos los guerreros. Quien posea la esfera celeste, podrá viajar a su antojo por todos los puntos del universo sin molestarse ni cambiar de sitio, y visitar todas las comarcas de Oriente a Occidente. Para ello, le bastará tocar con el dedo el punto adonde quiere ir y las regiones que desea recorrer, y la esfera empezará a dar vueltas, haciendo desfilar ante sus ojos todas las cosas interesantes del país en cuestión, así como sus pobladores, todo cual si lo tuviese entre las manos. Y si a veces está quejoso de la hospitalidad de los indígenas de cualquier país o el recibimiento que le dispensó una ciudad entre las ciudades, le bastará dirigir el sol hacia el punto en que se encuentra la región enemiga, e inmediatamente será la tal presa de las llamas y arderá con todos sus habitantes. En cuanto a la redomita de kohl, quien se frota los párpados con el kohl que contiene, ve al instante todos los tesoros ocultos en la tierra. ¡Ya lo sabéis! Así, pues, el libro no le pertenecerá de derecho más que a quien realice la empresa; y quienes fracasen, no podrán hacer reclamación ninguna. ¿Aceptáis estas condiciones?" Contestamos: "Las aceptamos, ¡oh jeique de nuestro padre! ¡Pero no sabemos nada relativo a ese tesoro de Schamardal!" Entonces nos dijo: "Sabed, hijos míos, que el tal tesoro de Schamardal se encuentra...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 468



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Pero cuando llegó la 468ª noche

Ella dijo:
"... ¡Pero has de guardar el secreto de todo esto!" Entonces contestó Juder: "¡Escucho y obedezco!" Y ató los brazos al moghrabín, que le decía: "¡Más fuerte todavía!" Y cuando acabó la cosa, lo levantó y lo tiró al lago. Luego esperó algunos instantes para ver qué pasaba.
Pero al cabo de cierto tiempo vió de pronto surgir del agua los dos pies del moghrabín.
Entonces comprendió que había muerto el hombre, y sin inquietarse más por él cogió la mula y fue al zoco de los mercaderes, donde, efectivamente, vio sentado en una silla, a la puerta de su tienda, al consabido judío, que exclamó al ver la mula: "¡No hay duda! ha perecido el hombre!" Luego prosiguió: "¡Ha sido víctima de la codicia!" Y sin añadir una palabra, tomó de manos de Juder la mula, y le contó cien dinares de oro, recomendándole que guardara el secreto. Juder cogió, pues, el dinero del judío, y se apresuró a ir en busca del panadero, al cual tomó el pan de costumbre, y dándole un dinar, le dijo: "¡Esto es para pagarte lo que te debo, oh mi amo!" Y el panadero echó la cuenta, y le dijo: "¡Todavía con lo que sobra, tienes pagado en mi casa el pan de dos días!"
Juder le dejó y fue en busca del carnicero y del verdulero, y dándoles un dinar a cada uno, les dijo: "¡Dadme lo que necesito y quedaos con el resto del dinero a cuenta de lo que compre más adelante!" Y compró carne y verduras y lo llevó todo a su casa, donde encontró a sus hermanos con mucha hambre y a su madre que les decía que tuviesen paciencia hasta la vuelta del hermano. Entonces dejó ante ellos las provisiones, sobre las cuales se precipitaron como ghuls, y empezaron por devorar todo el pan mientras se hacía la comida.
Al día siguiente, antes de marcharse, Juder entregó a su madre todo el oro que tenía, diciéndole: "¡Guárdalo para ti y para mis hermanos, a fin de que nunca carezcan de nada!"
Y cogió su red de pesca, y volvió al lago Karún; y ya iba a comenzar su trabajo, cuando vio avanzar hacia él a un segundo moghrabín que se parecía al primero e iba vestido con más riqueza y montado en una mula: "¡La zalema contigo, oh Juder, hijo de Omar!"
El pescador contestó: "¡Y contigo la zalema, oh mi señor peregrino!"
El otro dijo: "¿Viste ayer a un moghrabín montado en una mula como ésta?" Pero Juder, que tenía miedo que le acusaran por la muerte del hombre, se dijo que valdría más negar absolutamente, y contestó: "¡No, no vi a nadie!"
El segundo moghrabín sonrió y dijo: "¡Oh pobre Juder! ¿Acaso no sabes que no ignoro nada de lo que ha pasado? ¡El hombre a quien tiraste al lago y cuya mula vendiste al judío Schamayaa por cien dinares es mi hermano! ¿Por qué intentas negar?"
El pescador contestó: "Si sabías todo eso, ¿para qué me lo preguntas?"
El otro dijo: "Porque necesito ¡oh Juder! que me hagas el mismo servicio que a mi hermano". Y sacó de sus alforjas preciosas unos cordones gordos de seda, que entregó a Juder, diciéndole:
"¡Atame todo lo sólidamente que puedas y arrójame al agua! ¡Si ves salir mi pie antes que nada, es que habré muerto! Entonces cogerás la mula y se la venderás al judío por cien dinares!" Juder contestó: "¡Acércate, entonces!"
Y se acercó el moghrabín y Juder le ató los brazos, y levantándolo en alto lo tiró al fondo del lago.
Y he aquí que al cabo de algunos instantes vio salir del agua dos pies. Y comprendió que había muerto el moghrabín y se dijo:
"¡Ha muerto! ¡Que no vuelva y quédese con su calamidad! ¡Inschalah! ¿Vendrá a mí cada día un moghrabín para que le tire al agua, haciéndome ganar cien dinares?
Y cogió la mula y se fue en busca del judío, que exclamó al verle: "¡Ha muerto el segundo!"
Juder contestó: ¡Ojalá viva tu cabeza!" Y añadió el judío: "¡Esa es la recompensa de los ambiciosos!" Y se quedó con la mula y dio cien dinares a Juder, que volvió con su madre y se los entregó. Y le preguntó su madre: "¿Pero de dónde sacas tanto dinero, ¡oh hijo mío!?" Entonces le contó él lo que le había pasado; y su madre le dijo muy asustada: "¡No debes volver al lago Karún! ¡Tengo miedo que los moghrabines te acarreen alguna desgracia!"
El contestó: "¡Pero si los tiro al agua con su consentimiento! ¡oh madre! Además, ¿por qué no hacerlo, si el oficio de ahogador me reporta cien dinares diarios? ¡Por Alah! ¡que ahora quiero ir todos los días al lago Karún hasta que con mis manos ahogue al último de los moghrabines y no quede la menor señal de moghrabines!"
Al tercer día, pues, volvió Juder al lago Karún, y en el mismo instante vio llegar a un tercer moghrabín, que se parecía asombrosamente a los dos primeros, pero que les superaba aún en la riqueza de sus vestidos y en la hermosura de los jaeces con que estaba adornada la mula en que montaba; y detrás de él, en cada lado de las alforjas, había un bote de cristal con su tapadera. Se acercó aquel hombre a Juder, y le dijo: "¡La zalema contigo, oh, Juder, hijo de Omar!"
El pescador le devolvió la zalema, pensando: "¿Cómo me conocerán y sabrán mi nombre todos?"
El moghrabín le preguntó...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente

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Noche 467



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Y cuando llegó la 467ª noche

Ella dijo:
"... Pero un día entre los días, Juder echó su red al río, y cuando la recogió, la encontró vacía; la echó por segunda vez, y la recogió vacía; entonces dijo para sí: "¡No hay pescado en esta parte!" Y cambió de sitio, y echando su red, la recogió vacía de nuevo. Cambió de sitio por segunda vez, por tercera vez, y así sucesivamente, desde por la mañana hasta por la noche, sin conseguir pescar ni un solo gobio. Entonces exclamó: "¡Oh prodigios! ¿No habrá ya peces en el agua? ¿O será otra cosa la causa de ello?" Y como caía la tarde, se cargó la red a la espalda y regresó muy apenado, muy triste, apesadumbrándose y preocupándose por sus hermanos y su madre, sin saber cómo iba a arreglarse para darles de cenar; y de tal suerte pasó por delante de una panadería, donde tenía costumbre de entrar a comprar el pan para la noche. Y vio a la muchedumbre de clientes que con el dinero en la mano se apretujaban para comprar pan, sin que el panadero se fijase en él. Y Juder se apartó tristemente, mirando a los compradores y suspirando. Entonces le dijo el panadero: "¡La bienvenida sobre ti, oh Juder! ¿Necesitas pan?" Pero Juder guardó silencio. El panadero le dijo: "¡Aunque no traigas dinero encima, llévate lo que necesites, y ya me lo pagarás!"
Y Juder le dijo entonces: "¡Dame pan por valor de diez monedas de cobre, y quédate con mi red en prenda!" Pero contestó el panadero: "No, ¡oh pobre! tu red es la puerta de tu ganancia, y si me quedara yo con ella, te cerraría la puerta de la subsistencia. ¡He aquí, pues, los panes que sueles comprar! Y he aquí la parte mía de diez monedas de cobre, por si acaso las necesitas. ¡Y mañana ¡ya Juder! me traerás pescado por valor de veinte monedas de cobre!"
Y contestó Juder: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Y después de dar al panadero muchas gracias, cogió el pan y las diez monedas de cobre, con las cuales fué a comprar carne y verduras, diciéndose: "¡Mañana el Señor me procurará los medios de desquitarme, y disipará mis preocupaciones!" Y volvió a su casa, y su madre hizo la cena como de ordinario. Y Juder cenó y se fue a dormir.
Al día siguiente cogió su red y se preparó para salir; pero le dijo su madre: "¡Qué ¿te vas sin comer el pan que tomas por la mañana?!" El contestó: "Cómetelo tú con mis hermanos, ¡oh madre!" Y se fue al río, donde echó su red por primera, segunda y tercera vez, cambiando de sitio varias veces, y llegó la hora de la plegaria de la siesta sin que pescase nada. Entonces recogió su red y regresó desolado en extremo; y como no había otro camino para dirigirse a su casa, se vio obligado a pasar por delante de la panadería, y al verle el panadero le contó diez nuevos panes y diez monedas de cobre, y le dijo: "¡Toma eso y vete! ¡Y mañana llegará lo que la suerte ha decidido que no llegue hoy!" Y Juder quiso excusarse; pero el panadero le dijo: "No tienes para qué disculparte conmigo, ¡oh pobre! ¡Si hubieras pescado algo, ya me habrías pagado! ¡Y si no pescas nada mañana, ven sin vergüenza aquí, porque tienes crédito a plazo ilimitado!"
Tampoco al día siguiente pescó Juder nada en absoluto, y una vez más se vio obligado a presentarse en casa del panadero; y tuvo la misma mala suerte durante siete días seguidos, al cabo de los cuales se le puso muy angustiado el corazón, y dijo para sí: "Hoy voy a ir a pescar al lago Karún. ¡Acaso encuentre mi destino allí!"
Fue, pues, al lago Karún, situado no lejos de El Cairo, y se disponía a echar su red, cuando vio ir hacia él a un moghrabín montado en una mula. Iba vestido con un traje extraordinariamente hermoso, y tan envuelto estaba en su albornoz y en su pañuelo de la cabeza, que no se le veía más que un ojo. También la mula estaba cubierta y enjaezada con tisú de oro y sedas, y a la grupa llevaba unas alforjas de lana de color.
Cuando el moghrabín estuvo junto a Juder, se apeó de su mula, y dijo: "¡La zalema contigo, ¡oh Juder! ¡Oh hijo de Omar!" Y contestó Juder: "¡Y contigo la zalema, ¡oh mi señor peregrino!" El moghrabín dijo: "¡Oh, Juder, te necesito! ¡Si quieres obedecerme, alcanzarás grandes ventajas y una ganancia inmensa, y serás mi amigo, y arreglarás todos mis asuntos!"
Juder contestó: "¡Oh mi señor peregrino! dime ya lo que estás pensando, y te obedeceré en seguida!" Entonces le dijo el moghrabín: "¡Empieza, pues, por recitar el capítulo liminar del Korán!" Y Juder recitó con él la fatiha del Korán.
Entonces le dijo el moghrabín: "¡Oh, Juder, hijo de Omar! Vas a atarme los brazos con estos cordones de seda lo más sólidamente que puedas! Después de lo cual me arrojarás al lago y esperarás algún tiempo. Si ves aparecer por encima del agua una mano mía antes que mi cuerpo, echa en seguida tu red y sácame con ella a la orilla; pero si ves aparecer un pie mío fuera del agua, sabe que habré muerto. No te inquietes por mí ya entonces, coge la mula con las alforjas y ve al zoco de los mercaderes, donde encontrarás a un judío llamado Schamayaa. ¡Le entregarás la mula, y te dará él cien dinares, con los cuales te irás por tu camino!
¡Pero has de guardar el secreto de todo esto!...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 466



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Y cuando llegó la 466ª noche

Ella dijo:
"¡... La fortuna de nuestro padre fue a parar a tus manos!"
Y Juder se vio obligado a recurrir en contra de ellos a los jueces y a hacer comparecer a los testigos musulmanes que habían asistido al reparto y que dieron fe de lo que sabían; así es que el juez prohibió a los dos hermanos mayores que tocaran el patrimonio de Juder. Pero los costos del proceso hicieron perder a Juder y a sus hermanos parte de lo que poseían. Aquello, sin embargo, no impidió que estos últimos conspiraran contra Juder, el cual se vio obligado a apelar una vez más en contra de ellos a los jueces; y de nuevo el pleito les hizo gastar a los tres una buena parte de su peculio en las costas. Pero no cejaron en sus propósitos, y fueron a un tercer juez, y luego al cuarto, y así sucesivamente, hasta que los jueces se comieron toda la herencia, y los tres quedaron tan pobres que no tenían ni una moneda de cobre para comprarse un panecillo y una cebolla.
Cuando los dos hermanos Salem y Salim se vieron en aquel estado, como ya no podían reclamar nada a Juder, que estaba tan miserable como ellos, conspiraron contra su madre, a la que engañaron y despojaron después de maltratarla. Y la pobre mujer fué llorando en busca de su hijo Juder, y le dijo: "¡Tus hermanos me han hecho tal y cual cosa! ¡Y me han privado de mi parte de herencia!" Y empezó a proferir imprecaciones contra ellos.
Pero Juder le dijo:
"¡Oh madre mía! ¡no lances contra ellos imprecaciones! ¡Porque ya se encargará Alah de tratar a cada cual según sus actos! Por lo que a mí respecta, no quiero denunciarles al kadí y a los demás jueces, porque los procesos exigen dispendios, y en juicios perdí todo mi capital. Vale más, pues, que nos resignemos al silencio ambos. Después de todo, ¡oh madre! no tienes más que venirte a vivir conmigo y te cederé el pan que yo coma. Encárgate tú ¡oh madre mía! de hacer votos por mí, y Alah me concederá lo necesario para mantenerte.
En cuanto a mis hermanos, déjales, que ya recibirán del Juez Soberano la recompensa por su acción, y consuélate con estas palabras del poeta:
¡Si te oprime el insensato, sopórtale con paciencia; y no cuentes para vengarte, más que con el tiempo!
¡Pero evita la tiranía! ¡porque si una montaña oprimiera a otra montaña, sería rota a su vez por otra más sólida que ella y volaría hecha trizas!
Y Juder siguió prodigando a su madre palabras de consuelo, acariciándola y calmándola, y consiguió así aliviarla y decidirla a que se fuera a vivir con él. Y para ganarse el sustento, se procuró una red de pesca, y todos los días se iba a pescar al Nilo, en Bulak, a los estanques grandes o a otros sitios en que hubiese agua; y de aquel modo sacaba una ganancia de diez monedas de cobre unas veces, de veinte, otras, de treinta otras; y se lo gastaba todo en su madre y en sí mismo; así es que comían bien y bebían bien.
En cuanto a sus dos hermanos, no poseían nada; ni oficio, ni venta, ni compra. Abrumábanles la miseria, la ruina y todas las calamidades; y como no tardaron en disipar lo que habían arrebatado a su madre, quedaron reducidos a la más miserable condición, y se convirtieron en dos mendigos desnudos que carecían de todo. Así es que se vieron obligados a recurrir a su madre y a humillarse ante ella hasta el extremo, y a quejársele del hambre que les torturaba. ¡Y el corazón de una madre es compasivo y piadoso! Y conmovida de su miseria, su madre les daba los mendrugos que sobraban y que con frecuencia estaban mohosos; y les servía también las sobras de la comida de la víspera, diciéndoles: "¡Comed pronto y marchaos antes de que vuelva vuestro hermano, pues al veros aquí se disgustará y se le endurecerá el corazón en contra mía, con lo que me comprometeréis ante él!"
Y se daban prisa ellos a comer y a marcharse. Pero un día entre los días, entraron en casa de su madre, que, como de costumbre, les sacó manjares y pan para que comiesen; y entró de pronto Juder. Y la madre se quedó muy avergonzada y bastante confusa; y temiendo que se enfadase con ella, bajó la cabeza, con miradas muy humildes para su hijo. Pero Juder lejos de mostrarse contrariado sonrió a sus hermanos, y les dijo: '¡Bienvenidos seáis, oh hermanos míos! ¡ Y bendita sea vuestra jornada! ¿Pero qué os ocurrió para que al fin os hayáis decidido a venir a vernos en este día de bendición?" Y se colgó a su cuello, y les abrazó con efusión, diciéndoles: "¡En verdad que hicisteis mal en dejarme languidecer así con la tristeza de no veros! ¡No vinisteis nunca a mi casa para saber de mí y de vuestra madre!" Ellos contestaron: "¡Por Alah! ¡oh hermano nuestro! también nos hizo languidecer el deseo de verte; y no nos ha alejado de ti más que la vergüenza por lo que hubo de pasar entre nosotros y tú. ¡Pero henos aquí ya en extremo arrepentidos! ¡Sin duda aquella fué obra de Satán (¡maldito sea por Alah el Exaltado!), y ahora no tenemos otra bendición que tú y nuestra madre!"
Y Juder, muy conmovido con estas palabras, les dijo: "¡Y yo no tengo otra bendición que vosotros dos, hermanos míos!" Entonces la madre se encaró con Juder, y le dijo: "¡Oh hijo mío, blanquee Alah tu rostro y aumente tu prosperidad, pues eres el más generoso de todos nosotros, ¡oh hijo mío!" Y dijo Juder: "¡Bienvenidos seáis y venid conmigo! ¡Alah es generoso, y en la morada hay abundancia!" Y acabó de reconciliarse con sus hermanos, que cenaron en su compañía y pasaron la noche en su casa.
Al día siguiente almorzaron todos juntos, y Juder, cargado con su red, se marchó confiando en la generosidad del Abridor, mientras sus dos hermanos se iban por otra parte y permanecían ausentes hasta mediodía para volver a comer con su madre. En cuanto a Juder, no volvía hasta la noche llevando consigo carne y verduras compradas con su ganancia del día. Y así vivieron durante el transcurso de un mes, pescando Juder peces para venderlos y gastar el producto con su madre y sus hermanos, que comían y triunfaban.
Pero un día entre los días...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.

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Noche 465



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Pero cuando llegó la 465ª noche

Ella dijo.
"¡... En cuanto a Mahmud el Aborto, no podemos castigarle porque va a ser pariente tuyo al entrar tú en la familia!"
Cuando hubo dicho estas palabras, Hassán-la-Peste cogió el traje de oro, la corona de oro, el cinturón de oro y la babucha de oro y fue al khan de las palomas, donde encontró a Dalila y a Zeinab dedicadas precisamente a repartir la comida a las palomas. Después de las zalemas, les dijo que hicieran ir a Zoraik, les hizo ver los presentes nupciales que habían reclamado para dote de Zeinab, y les dijo: "¡Ahora es imposible cualquier repulsa! ¡Si no, sería la ofensa para mí, para Hassán!" Y Dalila y Zoraik aceptaron los presentes, y dieron su consentimiento para el casamiento de Zeinab con Alí Azogue.
Al día siguiente Alí Azogue fue a tomar posesión del palacio del judío Azaria; y aquella noche, ante el kadí y los testigos por una parte, y ante Ahmad-la-Tiña con sus cuarenta y Hassán-la-Peste con su cuarenta por otra parte, se extendió el contrato de matrimonio de Alí Azogue con Zeinab, hija de Dalila; con Kamaria, hija de Azaria; con la hija del prendero y con la joven esclava del prendero. Y se celebraron suntuosamente las ceremonias de los cuatro casamientos. Y sin duda era Zeinab, según todas las mujeres del cortejo, la más atrayente y la más bella bajo sus velos de desposada. Y por cierto que iba vestida con el traje de oro, la corona de oro, el cinturón de oro y la babucha de oro; y las otras tres jóvenes se mostraban a su alrededor como las estrellas alrededor de la luna.
Así es que aquella misma noche Alí Azogue comenzó a hacer sus visitas nupciales, penetrando primero en su esposa Zeinab. Y se encontró con que era una verdadera perla imperforada y una cabalgadura sin montar aún. Y se deleitó con ella hasta el límite del deleite, y luego penetró por turno en cada una de sus otras tres esposas. Y como las halló absolutamente perfectas de belleza y de virginidad, se deleitó también con ellas y les tomó lo que tenía que tomarles y les dio lo que tenía que darles, y se hizo por una y otra parte con toda generosidad y a completa satisfacción.
Respecto de los festines dados con ocasión de las bodas, duraron treinta días y treinta noches; y no se perdonó nada para que fuesen dignos de su dispensador. Y hubo regocijo, y se rió, y se cantó, y se divirtieron extremadamente los invitados.
Cuando se terminaron los festejos, Hassán-la-Peste fue en busca de Azogue, y después de reiterarle sus felicitaciones, le dijo: "¡Ya Alí! ¡he aquí que te llegó la hora de ser presentado a nuestro amo el califa para que te otorgue sus favores!" Y le llevó al diwán, donde no tardó en hacer su entrada el califa.
Al ver a Alí Azogue, el califa quedó muy encantado; porque en verdad que la buena cara del joven predisponía en favor suyo, y la belleza podía dar fe de que le reconocía como su elegido. Y empujado por Hassán-la-Peste, Alí Azogue avanzó ante el califa y besó la tierra entre sus manos. Luego se levantó, y cogiendo una bandeja que tenía cubierta Lomo-de-Camello con un paño de seda, la descubrió ante el califa. Y se vió la cabeza cortada del judío Azaria, el mago.
Asombró aquello al califa, que hubo de preguntar: "¿De quién es esta cabeza?" Y contestó Azogue: "¡Del mayor de tus enemigos, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Su propietario era un insigne mago capaz de destruir Bagdad con todos sus palacios!" Y contó a Harún Al-Raschid toda la historia desde el principio hasta el fin sin omitir un detalle.
Aquella historia maravilló al califa de tal modo, que al instante nombró a Azogue intendente general de policía, con la misma categoría, las mismas prerrogativas y los mismos emolumentos que Ahmad-la-Tiña y Hassán-la-Peste; luego le dijo: "¡Vivan los bravos como tú, ¡ya Alí! ¡Quiero que me pidas alguna cosa mas!" Azogue contestó: "¡La eterna duración de la vida del califa, y permiso para hacer venir de El Cairo, mi patria, a mis cuarenta compañeros antiguos para tenerles aquí como guardias, al igual de los de mis dos colegas!" Y contestó el califa: "¡Ya puedes hacerlo!" Luego ordenó a los más hábiles escribas del palacio que escribieran cuidadosamente aquella historia y la encarpetaran en los archivos del reino para qué a la vez sirviese de lección y de diversión a los pueblos musulmanes y a todos los futuros creyentes en Alah y en su profeta Mahomed, el mejor de los hombres (¡con El la plegaria y la paz!).
¡Y vivieron todos la vida más deliciosa y más alegre, hasta que fué a visitarles la Destructora de Alegrías y la Separadora de los Amigos!
¡Y tal es como ha llegado a mí, con todos sus detalles exactos, oh rey afortunado! la historia verídica de Dalila la Taimada y de su hija Zeinab la Embustera con Ahmad-la-Tiña, Hassán-la-Peste, Alí Azogue y Zoraik, el vendedor de pescado frito! ¡Pero Alah (¡glorificado y exaltado sea!) es más sabio y más penetrante!
Luego añadió Schehrazada: "No creas, sin embargo, ¡oh rey afortunado! que esta historia es más verídica que la de JUDER EL PESCADOR y sus hermanos". Y en seguida contó:

HISTORIA DE JUDER EL PESCADOR O EL SACO ENCANTADO

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que había antaño un mercader llamado Omar, que tenía una posteridad de tres hijos: uno se llamaba Salem, el segundo se llamaba Salim y el más pequeño se llamaba Juder. Les educó hasta que llegaron a la edad de hombres; pero como quería a Juder mucho más que a sus hermanos, notaron éstos tal preferencia, se apoderó de ellos la envidia y detestaron a Juder. Así es que, cuando el mercader Omar, que era hombre cargado ya de años, notó a su vez el odio que sus dos hijos mayores tenían al hermano, temió que a su muerte hiciesen sufrir a Juder. Congregó, pues, a los miembros de su familia y a algunos hombres de ciencia, así como a diversas personas que por orden del kadí se ocupaban de las sucesiones, y les dijo: "¡Que traigan todos mis bienes y todas las telas de mi tienda!" Y cuando se lo llevaron todo, dijo: "¡Dividid estos bienes y estas telas en cuatro partes, como manda la ley!" Y lo dividieron en cuatro partes. Y el anciano dio a cada uno de sus hijos una parte, guardó para sí la cuarta parte, y dijo: "Esa era toda mi fortuna y se la he repartido en vida para que nada tengan que reclamarme ni reclamarse entre ellos y no disputen a mi muerte. ¡En cuanto a la cuarta parte que me reservé, será para mi esposa, la madre de mis hijos, a fin de que con ella pueda atender a sus necesidades!"
Y he aquí que poco tiempo después murió el anciano; pero sus hijos Salem y Salim no quisieron contentarse con el reparto que se había hecho, y reclamaron a Juder parte de lo que le había tocado, diciéndole: "¡La fortuna de nuestro padre fué a parar a tus manos...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 464



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Pero cuando llegó la 464ª noche

Ella dijo:
... Y he aquí que apenas hubo entrado en su casa el prendero, su hija se tapó el rostro y exclamó: "¡Oh padre mío! ¿cómo te atreves a hacer entrar en el aposento de tu hija a un extraño?" El prendero dijo: "¿Quién es ese extraño? ¡No hay aquí nadie más que un perro!" Ella contestó: "¡Ese perro no es otro que Alí Azogue, de El Cairo, que fué hechizado por el judío Azaria el mago a causa del traje de su hija Kamaria!" Al oír estas palabras, el prendero se encaró con el perro, y le preguntó: "¿Es verdad eso?" Y el perro hizo con la cabeza una seña que significaba: "¡Sí!" Y continuó la joven: "¡Dispuesta estoy, si quiere casarse conmigo, a devolverle su primitiva forma humana!" Y exclamó el prendero: "¡Por Alah! ¡oh hija mía! ¡Devuélvele su forma, y sin duda se casará contigo! Luego se volvió hacia el perro, y le preguntó:
"¡Ya lo has oído! ¿Consientes en ello?" El perro meneó la cola e hizo con la cabeza una seña que significaba: "¡Sí!" Entonces la joven cogió una taza talismánica llena de agua, y comenzaba a pronunciar sobre ella las palabras conjuratorias, cuando de improviso se dejó oír un grito estridente y la esclava de la joven entró entonces en el aposento diciendo a su ama: "¿Qué fué ¡oh mi señora! de la promesa y del pacto que entre las dos hicimos? ¡Cuando te enseñé la hechicería, me juraste no verificar nunca una operación mágica sin consultarme! precisamente también yo quiero casarme con el joven Alí Azogue, que ahora está convertido en perro: y no consentiré que se le transforme en hombre más que con la condición de que nos pertenezca a ambas en común y pase una noche conmigo y una noche contigo!" Y en cuanto la joven accedió a este arreglo, su padre le preguntó, muy asombrado de todo aquello: "¿Y desde cuándo estás iniciada en la hechicería?" Ella contestó: "¡Desde que llegó esta esclava nueva, que la había aprendido estando al servicio del judío Azaria, pues a hurtadillas hojeaba los libros mágicos y los volúmenes antiguos de ese insigne mago!"
Tras de lo cual cada una de las dos jóvenes cogió una taza talismánica, y después de haber murmurado en lengua hebrea algunas palabras, rociaron con el agua al perro Alí, diciéndole: "¡Por las virtudes, y los méritos de Soleimán, torna a convertirte en un ser humano vivo! Y al instante saltó sobre sus dos pies Alí Azogue, más joven y más hermoso que nunca. Pero en aquel mismo momento se dejó oír un grito estridente, abriose de par en par la puerta, y una maravillosa joven hizo su entrada en la estancia, llevando en sus brazos dos bandejas de oro superpuestas; en la bandeja áurea de abajo estaban el traje de oro, la corona de oro, el cinturón de oro y la babucha de oro, y en la bandeja de arriba, que era más pequeña, estaba la cabeza cortada del judío Azaria, sanguinolenta y con los ojos extraviados.
"Porque aquella tercera joven tan bella no era otra que Kamaria, la hija del mago, que poniendo las dos bandejas a los pies de Alí Azogue le dijo: "¡Aquí te traigo, ¡oh Alí! los efectos que codiciabas y la cabeza de mi padre el judío, porque te amo! ¡Sabrás también que me he vuelto musulmana ahora!" Y pronunció: "¡No hay más dios que Alah! ¡Y Mohammed es el enviado de Alah!".
Al oír estas palabras, contestó Alí Azogue: "¡Consiento en casarme contigo a la vez que con estas dos jóvenes que están aquí, ya que siendo mujer y contra los usos corrientes, me traes un presente nupcial tan hermoso! ¡Pero es con la condición de regalar estos objetos a Zeinab, hija de Dalila, a quien deseo tener como cuarta esposa, pues que la ley permite cuatro esposas legítimas!'" Kamaria accedió a ello, y también las otras dos jóvenes. Y preguntó, el prendero: "¿Nos prometerás, por lo menos, no tomar concubinas además de tus cuatro esposas legítimas?" Alí contestó: "¡Lo prometo!" Y cogió la bandeja de oro que contenía los efectos de Kamaria, y salió para llevárselos a Zeinab, la hija de Dalila.
Mientras se dirigía a casa de Dalila, vió a un vendedor ambulante que llevaba a la cabeza una bandeja grande con confituras secas, halawa y almendras garrapiñadas, y se dijo: "¡Estará bien que lleve conmigo dulces de estos para dárselos a Zeinab!" Y he aquí que el vendedor, que parecía acecharle, le dijo: "¡Oh mi amo, no hay en Bagdad quien saque como yo la confitura de zanahorias con nueces! ¿Cuánto necesitas? ¡Pero antes de comprarme nada, prueba este pedacito y dime cómo lo encuentras!" Y Azogue cogió el pedazo y se lo tragó. Pero en el mismo momento cayó al suelo como inanimado. El pedazo de confitura estaba mezclado con bang; y el vendedor no era otro que Mahmud el Aborto, que ejercía el oficio lucrativo de despojar a sus clientes. Había visto todas las cosas hermosas que llevaba Azogue, y le había narcotizado para robárselas. En efecto, no bien quedó Azogue tendido sin movimiento, el Aborto se apoderó del traje de oro y de las demás cosas y se dispuso a huir; pero de pronto apareció a caballo Hassán-la- Peste, acompañado por sus cuarenta guardias, y vio al ladrón y le detuvo. Y el Aborto no tuvo más remedio que declarar y enseñar a Hassán aquel cuerpo tendido en el suelo. Al punto Hassán, que desde la desaparición de Alí recorría en busca suya con sus guardias todos los barrios de Bagdad, hizo traer contrabang y se lo administró. Y cuando hubo despertado el joven, sus primeras palabras fueron para pedir noticias de los efectos que llevaba a Zeinab. Y Hassán se los enseñó, y después de las efusiones propias del encuentro, le felicitó por su destreza, y le dijo: "¡Por Alah, nos superas a todos!" Luego le condujo a casa de Ahmad-la-Tiña, y tras nuevas zalemas por una y otra parte, se hizo contar toda la aventura, y le dijo: "¡Pues entonces el palacio encantado del mago te corresponde por derecho propio, ya que una de tus cuatro esposas va a ser Kamaria! ¡Allí celebraremos tus bodas cuádruples! Voy al instante a llevar a Zeinab de tu parte los presentes y a decidir a su tío Zoraik a que te la conceda en matrimonio. ¡Y te lo prometo que no rehusará esta vez el viejo bribón! ¡En cuanto a Mahmud el Aborto no podemos castigarle porque va a ser pariente tuyo al entrar tú en su familia...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana. y se calló discreta.

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Noche 463



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Y cuando llegó la 463ª noche

Ella dijo:
... Como la víspera, hizo surgir de la tierra y del fondo del aire el palacio encantado, y penetró con el burro en el recinto protector alzado en un extremo del patio. Comenzó por murmurar ante el borrico Alí palabras cabalísticas, y le roció con algunas gotas de agua, que le tornaron a su primera forma humana; luego, manteniéndose a cierta distancia de él, le dijo: "¿Quieres ¡ya Alí! seguir ahora mis consejos, y antes de que te metamorfosee bajo cualquier otra forma peor que la primera, renunciar a tu proyecto temerario y marcharte por tu camino?" El joven contestó: "¡No, ¡por Alah! ya que está escrito que mi fortuna sobrepujará a tu fortuna, necesito matarte o apoderarme del traje de Kamaria y convertirte a la fe del Islam!"
Y quiso precipitarse sobre el mago Azaria, que, al ver aquello, extendió la mano y le arrojó al rostro algunas gotas del agua que contenía la taza grabada con palabras talismánicas, gritándole: "¡Conviértete en oso!" Y al punto Alí Azogue quedó transformado en oso, con una gruesa cadena unida a una anilla de hierro que le atravesaba el hocico, y con bozal, como los osos amaestrados para que bailen. Luego se inclinó el judío al oído del joven, y le dijo: "¡Ah malvado, eres semejante a la nuez, de la que no puede uno servirse mientras no le rompe la cáscara!" Y le ató a una estaca hincada en el recinto fortificado, y no fue a buscarle hasta el día siguiente. Montó entonces en su mula de los días anteriores y arrastró detrás de él al oso Alí a la tienda después de haber hecho desaparecer el castillo encantado, y le ató junto a la mula, para ocuparse luego de su oro y de sus clientes. ¡Y el oso Alí oía y comprendía, pero no podía hablar!
Entretanto, acertó a pasar por delante de la tienda un hombre que vio al oso encadenado, y entró al instante para preguntar al judío: "¡Oh maese Azaria! ¿quieres venderme ese oso? A mi esposa, que está enferma, la han recetado carne de oso y grasa de oso para ungüentos: pero no encuentro nada de eso por ninguna parte". El mago le dijo: "¿Vas a inmolarle en seguida o le cebarás primero para que te dé más ungüento?" El otro contestó: "Está bastante gordo así para lo que necesita mi esposa. ¡Y hoy mismo voy a hacer que le degüellen!" El mago repuso en el límite de la alegría: "¡Puesto que es para bien de tu esposa, te lo cedo de balde!" Entonces el hombre se llevó al oso a su casa y llamó a un carnicero que llegó con dos hachas grandes, poniéndose a afilarlas una contra otra después de remangarse. Al ver aquello, el aprecio en que tenía su alma duplicó las fuerzas del oso Alí, que, en el momento en que le derribaban para degollarle, saltó súbito de entre las manos de sus verdugos, y voló más que corrió hasta el palacio del mago.
Cuando Azaria vió volver al oso Alí, se dijo: "¡Voy a hacer aún con él la última tentativa!" Le roció, como de costumbre, y le devolvió su forma humana después de haber llamado aquella vez a su hija Kamaria para que presenciase la metamorfosis. Y la joven vio a Alí en su forma humana y le encontró tan hermoso, que concibió en su corazón un amor violento hacia él. Así es que encarándosele, le preguntó: "¿Es verdad, ¡oh hermoso joven! que no es a mí a quien deseas, sino sólo mi traje y mis efectos?" El contestó: "¡Es verdad! ¡Porque se los destino a Zeinab, la sensible hija de Dalila, la lista!" Estas palabras sumieron a la joven en un dolor y una consternación grandes,'haciendo exclamar a su padre: "¡Tú misma oíste al malvado! ¡No se arrepiente!" Y roció al instante a Alí con el agua de la taza talismánica, gritándole: "¡Vuélvete perro!" Y Alí se encontró en seguida convertido en perro callejero; y el mago le escupió en la cara y le dió un puntapié, echándole del palacio.
El perro Alí empezó a vagabundear extramuros de la ciudad; pero como no encontraba nada que comer, se decidió a entrar en Bagdad. Y he aquí que inmediatamente le acogieron los ladridos de todos los perros de los diversos barrios por donde pasaba, que al ver a aquel extranjero a quien no conocían y que así violaba las fronteras de que eran ellos guardianes, hubieron de perseguirle a dentelladas hasta los límites respectivos. Y de tal suerte iba el intruso de sitio en sitio, acosado y mordido cruelmente por doquiera; pero por fin pudo refugiarse en una tienda abierta que por casualidad estaba enclavada en territorio neutral. Por cierto que el propietario, que era un prendero vendedor de objetos de segunda mano, al ver a aquel desgraciado perro con la cola entre piernas, perseguido furiosamente por el ejército de los demás perros, cogió su bastón y le defendió contra los agresores, que acabaron por dispersarse ladrando desde lejos. Entonces, para demostrar su agradecimiento al prendero, el perro Alí se echó a sus pies con lágrimas en los ojos y le acarició, lamiéndole y moviendo la cola con emoción. Y permaneció a su lado hasta la noche, diciéndose: "¡Más vale ser perro que mono, por ejemplo, o algo peor todavía!" Y por la noche, cuando el prendero cerró su tienda, se pegó a él y le siguió a su casa.
Y he aquí que apenas hubo entrado en su casa el prendero, su hija se tapó el rostro, y exclamó ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 462



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Y cuando llegó la 462ª noche

Ella dijo:
... Y Alí se encontró sostenido sólo con el pie izquierdo. Y por más que quiso servirse de sus miembros inútiles, no consiguió más que perder el equilibrio, tan pronto cayéndose como levantándose, hasta que se quedó rendido, y le dijo el mago: "¿Has renunciado a tu proyecto?" Pero Alí replicó: "¡Necesito absolutamente los efectos de tu hija!" Entonces le dijo el judío: "¡Ah! ¿quieres los efectos? ¡Pues bien; voy a hacer que te los traigan!"
Y cogió una taza llena de agua, con la que le roció, y gritó: "¡Conviértete en burro!" Y al instante Alí Azogue se transformó en burro, con figura de burro, cascos herrados y orejas monumentales. Y se puso desde luego a rebuznar como un burro, levantando el hocico y la cola y sorbiendo el aire. Y el judío pronunció las palabras dominadoras para adueñarse de él completamente, y le obligó a bajar la escalera sobre sus patas traseras; y una vez que estuvieron en el patio del palacio, trazó un círculo mágico en la arena alrededor del burro; y al punto alzóse en torno a él una muralla que le encerraba en un recinto muy estrecho, del que no podía escaparse.
Por la mañana fué allá el judío, lo ensilló, lo embridó, lo montó, y le dijo al oído: "¡Vas a reemplazar a la mula!" Y le hizo salir del palacio encantado, el cual desapareció en seguida, y le guió por el camino de la tienda, adonde no tardó en llegar. Abrió su tienda, ató al borrico Alí en el sitio en que estaba atada la mula el día anterior y se puso a maniobrar con sus balanzas, sus pesos, su oro y su plata. Y el borrico Alí, que dentro de su piel conservaba todas sus facultades, excepto la de la palabra, se vio obligado, para no morirse de hambre, a morder con sus dientes su ración de habas secas; pero para consolarse desahogaba su mal humor soltando varias series de cuescos sonoros en la cara de los clientes.
Entretanto, llegó en busca del judío usurero Azaria un joven mercader arruinado por reveses de fortuna, y le dijo: "Estoy arruinado, y sin embargo, necesito ganarme la vida y mantener a mi esposa. ¡He aquí que te traigo sus brazaletes de oro, única y última propiedad que nos resta, para que me des a cambio su valor en dinero y pueda yo comprarme una mula o un asno y ejercer el oficio de vendedor de agua de riego". El judío contestó: "¿Piensas maltratar al asno que vas a comprar y darle mala vida si se niega a andar o a llevar cargas pesadas de agua?" El futuro arriero contestó: "¡Por Alah! ¡si se niega a trabajar, le obligaré a cumplir su tarea!" ¡Eso fué todo! Y el borrico Alí oyó semejantes palabras, y a manera de protesta, lanzó un cuesco espantoso.
En cuanto al judío Azaria, contestó a su cliente: "En ese caso, te cederé a cambio de esos brazaletes mi propio burro, que está ahí atado a la puerta. No tengas con él contemplaciones para que no se acostumbre a holgazanear; y cárgale bien el lomo, porque es robusto y joven".
Luego, terminada la compra, el vendedor de agua se llevó al borrico Alí, en tanto que pensaba éste para su ánima: "¡Ya Alí! ¡tu amo está dispuesto a cargarte al lomo unas aguaderas de madera dura y pesados odres grandes, y te obligará a hacer cada día diez carreras largas o más! ¡Indudablemente, estás perdido sin remedio!"
Cuando el vendedor de agua condujo el asno a su casa, dijo a su esposa que bajara a la cuadra a dar el pienso al animal. Y la esposa, que era joven y muy agradable a la vista, cogió la ración de habas y bajó en busca del borrico Alí para colgarle del pescuezo el saco de pienso. Pero el borrico Alí, que desde hacía un momento la miraba de reojo, se puso de pronto a resollar con fuerza y le dio un cabezazo que la tiró con las ropas desordenadas encima de la pila de beber las caballerías, la cubrió, acariciándole la cara con sus gruesos labios temblorosos, y puso de manifiesto su mercancía de burro, considerable herencia de burros antepasados.
Al ver aquello, la esposa del vendedor de agua empezó a lanzar gritos tan agudos que al punto acudieron a la cuadra todas las vecinas, y al ver el espectáculo, se apresuraron a hacer bajar el asno de la mujer derribada. Y he aquí que también llegó el marido que hubo de preguntarle: "¿Qué te pasa?" Ella le escupió en la cara y le dijo: "¡Ah hijo de adulterinos! ¿no supiste comprar en todo Bagdad más que este asno acosador de mujeres? ¡Por Alah! ¡escoge entre el divorcio o la devolución de este borrico!". El marido preguntó: "¿Pero qué ha hecho este borrico?" Ella dijo: "¡Me ha derribado y me ha cubierto! ¡Y si no es por las vecinas, me habría penetrado espantosamente!" Entonces el vendedor de agua la emprendió a estacazos con el asno, y acabó por llevársele de nuevo al judío, a quien dio cuenta de sus atentados inconvenientes y le obligó a quedarse con él otra vez y a restituirle los brazaletes.
Cuando se hubo marchado el vendedor de agua, el mago Azaria se encaró con el borrico Alí y le dijo: "¿Conque te dedicas a hacer bribonadas con las mujeres,  !oh malvado!? ¡Espera! ¡ya que estás contento con tu condición de asno y no refrenas tus caprichos desvergonzados, te voy a convertir en algo que sea la irrisión de pequeños y grandes!" Y cerró su tienda, cinchó al burro y salió de la ciudad.
Como la víspera, hizo surgir de la tierra y del fondo del aire el palacio encantado ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 461



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Pero cuando llegó la 461ª noche

Ella dijo:
¡... Has de saber que hizo juramento de no dejarse cabalgar de frente por ninguno sin que la hubiese llevado antes, como presentes nupciales, el traje recamado de oro de la joven Kamaria, hija del judío Azaria, así como su corona de oro, su cinturón de oro y su babucha de oro!" Entonces exclamó Azogue: "¡Si no es más que eso, deseo perder todo derecho a casarme con Zeinab como no la lleve esta misma noche los presentes reclamados!"
Al oír estas palabras, le dijo Hassán-la-Peste: "¡Desgraciado de ti, ¡ya Alí! lo que acabas de jurar! ¡Eres hombre muerto! ¿Acaso no sabes que el judío Azaria es un mago pérfido, taimado y lleno de malicia? ¡A sus órdenes tiene a todos los genn y los efrits! ¡Vive fuera de la ciudad en un palacio construido con ladrillos de oro y plata alternados! Pero ese palacio, visible sólo cuando le habita el mago, desaparece a diario cuando su propietario viene a la ciudad para ventilar sus asuntos de usurero. Todas las noches, una vez que ha regresado a él, el judío se asoma a su ventana y enseña en una bandeja de oro el traje de su hija, gritando: "¡Oh vosotros todos, maestros en el arte de robar y bergantes del Irak, de Persia y de Arabia! ¡venid, si podéis, a apoderaros del traje de mi hija Kamaria! ¡Y daré a Kamaria en matrimonio al que logre llevarse su traje!" Pero, ¡ya Alí! ni los ladrones más listos ni los bergantes más astutos de entre nosotros pudieron hasta ahora intentar la aventura sin sufrir sus consecuencias; porque el insigne mago ha convertido, a los que pretendieron emprender la hazaña, en mulas, en osos, en burros o en monos. ¡Te aconsejo, pues, que renuncies a la cosa y te quedes con nosotros!"
Pero Alí exclamó: "¡Qué vergüenza para mí si por esa dificultad renunciara yo al amor de la sensible Zeinab! ¡Por Alah, que me traeré el traje de oro y vestiré a Zeinab con él la noche de la boda, y pondré en su cabeza la corona de oro, y el cinturón de oro en torno de su talle exquisito, y la babucha de oro en su pie!" Y salió inmediatamente en busca de la tienda del judío mago y usurero Azaria.
Llegado que fué al zoco de los cambistas, Alí preguntó por la tienda, y le enseñaron al judío, que precisamente estaba ocupado en pesar oro en sus balanzas para meterlo luego en sacos y cargar los sacos a lomos de una mula atada a la puerta. ¡Era muy feo y de aspecto avinagrado! Y a Alí le impresionó un poco su fisonomía. Sin embargo, esperó a que el judío acabase de alinear los sacos, de cerrar su tienda y de cinchar su mula, siguiéndole sin ser notado. Y de tal suerte llegó tras él fuera de las murallas de la ciudad.
Comenzaba a preguntarse Alí hasta dónde iba a seguir andando aún, cuando de pronto vio al judío extraer del bolsillo de su manto un saco, meter en él la mano, sacarla llena de arena y arrojar la arena al aire soplando por encima de ella. Y al punto vio elevarse ante él un magnífico palacio de ladrillos de oro y plata alternados, con un inmenso pórtico de alabastro y escalones de mármol, por los que subió el judío con su mula para desaparecer en el interior. Pero algunos instantes más tarde, apareció en la ventana con una bandeja de oro en la que había un traje espléndido recamado de oro, una corona, un cinturón y la babucha de oro, y exclamó: "¡Oh vosotros todos, maestros en el arte de robar y bergantes del Irak, de Persia y de Arabia! ¡venid, si podéis, a apoderaros de todo esto, y os pertenecerá mi hija Kamaria!"
Al ver y oír aquellas cosas, Azogue, que era muy juicioso, se dijo: "¡Por lo pronto, lo más prudente es ir a buscar a ese maldito judío y pedirle el traje con buenas palabras, explicándole lo que me ocurre con Zoraik!" Y levantó un dedo en el aire, gritando al mago: "¡Yo, Alí Azogue, el primero de los subalternos de Ahmad el mokaddem del califa, deseo hablarte!"
Y le dijo el judío: "¡Puedes subir!" Y cuando estuvo Alí en su presencia, le preguntó: "¿Qué quieres?" Y Alí le contó su historia, y le dijo: "¡Ahora, por último, necesito ese traje de oro y los demás objetos para llevárselos a Zeinab, la hija de Dalila!"
Al oír estas palabras, el judío se echó a reír, enseñando unos dientes espantosos, cogió una mesa con arena adivinatoria, y después de haber sacado el horóscopo de Alí, le dijo: "¡Escucha! ¡si aprecias tu vida y no quieres perderte sin remedio, sigue mi consejo! ¡Renuncia a tu proyecto! ¡Porque los que te impulsaron a emprender esa aventura no lo hicieron más que para perderte, como se han perdido todos los que intentaron ya la cosa! ¡Y cuenta que si no acabase yo de sacar tu horóscopo y saber por la arena que tu fortuna sobrepujará a mi fortuna, no hubiera vacilado, ciertamente, en cortarte el cuello!" Pero Alí, a quien inflamaron y estimularon estas últimas palabras, sacó de repente su alfanje, y amenazando con él al pecho del mago judío, exclamó: "¡Si no consientes en darme esos efectos ya, y en abjurar, además, de tus herejías y hacerte musulmán pronunciando el acto de fe, tu alma va a salir de tu cuerpo!" Entonces el judío extendió la mano como para pronunciar el acto de fe, y dijo: "¡Que se te seque la mano derecha!" E inmediatamente la mano derecha de Alí, con la cual sostenía el alfanje, se secó en la posición en que estaba, y el alfanje cayó al suelo. Pero lo recogió Alí con la mano izquierda y amenazó de nuevo el pecho del judío; mas éste pronunció: "¡Oh mano izquierda, sécate!" Y se secó la amenazadora mano izquierda de Alí, y el alfanje cayó al suelo. Entonces Alí, en el límite del furor, levantó la pierna derecha y quiso dar una patada en el vientre al judío; pero extendiendo éste su mano, pronunció: "¡Oh pierna derecha, sécate!" Y la pierna derecha de Alí se secó en el aire en la misma posición en que estaba, y Alí se encontró sostenido sólo con el pie izquierdo...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 460



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Y cuando llegó la 460ª noche

Ella dijo:
... Entonces Zoraik salió de su casa a toda prisa, y por atajos llegó antes que Azogue a casa de Ahmad-la-Tiña, donde sabía que se alojaba el joven; abrió el picaporte de la puerta valiéndose de diversas llaves con que iba siempre pertrechado, la cerró con cuidado tras él y esperó tranquilamente a Azogue que no tardó en llegar a su vez y llamar como tenía por costumbre. Entonces preguntó Zoraik, simulando la voz de Hassán-la-Peste: "¿Quién es?" El joven contestó: "¡Alí el egipcio!" El viejo le preguntó: "¿Y traes la bolsa de ese bribón de Zoraik?" Alí contestó: "¡La traigo!" El otro dijo: "¡Pásamela entonces por el ventanillo antes de que te abra la puerta, porque he hecho con la Tiña una apuesta de la que ya te hablaré!" Y Azogue pasó la bolsa por el ventanillo de la puerta de Zoraik, quien al punto escaló la terraza y desde allí saltó a la terraza de una casa contigua, por cuya escalera bajó, y abriendo la puerta, se escapó a la calle y se encaminó a su casa.
En cuanto a Alí Azogue, estuvo esperando en la calle mucho rato; pero cuando vio que no se decidía nadie a abrirle, llamó a la puerta con un golpe terrible, que despertó a toda la casa, y exclamó Hassán-la-Peste: "¡Alí está a la puerta! ¡Ve a abrirle enseguida, ¡oh Lomo-de-Camello!" Luego, cuando hubo entrado Azogue, le preguntó irónico: "¿Y la bolsa del bribón?" Azogue exclamó: "¡Basta de chanzas, maestro! ¡Ya sabes que te la he dado por el ventanillo de la puerta!" Al oír estas palabras, Hassán-la-Peste se cayó de trasero por la fuerza explosiva de su risa, y exclamó: "¡Todo está por hacer de nuevo, ¡ya Alí! ¡Zoraik ha recuperado lo suyo!"
Entonces Azogue reflexionó un instante, y exclamó: "¡Por Alah, oh maestro! que como de esta hecha no te traiga la tal bolsa, no quiero considerarme digno de mi nombre!" Y sin tardanza corrió por el camino más corto a casa de Zoraik, llegando antes que éste; penetró en ella por la terraza contigua, y empezó por entrar al aposento donde dormía la negra con su hijo, el pequeñuelo a quien debían circuncidar al día siguiente. Y se abalanzó primeramente a la negra, la inmovilizó en su colchón atándole brazos y piernas y la amordazó; luego cogió al pequeñuelo, a quien también amordazó, le puso en un cesto lleno de pasteles, calientes todavía, que estaban preparados para la fiesta del día siguiente, y fue a asomarse a la ventana, esperando la llegada de Zoraik, que no tardó en llamar a la puerta.
Entonces Azogue, simulando la voz y el modo de hablar de la negra, preguntó: "Eres tú, ¡ya sidi!?" El viejo contestó: "¡Sí, soy yo!" Azogue dijo: "¿Traes la bolsa?" Zoraik dijo: "¡Mírala!" "¡No la veo en la oscuridad! ¡Y no te abriré la puerta mientras no haya contado el dinero! ¡Voy a bajar por la ventana un cesto y la pondrás en él! ¡Y te abriré la puerta luego!" Después Azogue bajó por la ventana un cesto, donde Zoraik puso la bolsa; y entonces se apresuró a subirlo el joven. Cogió la bolsa, el pequeñuelo y el cesto de pasteles y huyó por el camino por donde había ido, para llegar a casa de Ahmad-la-Tiña y poner por fin entre las manos de Hassán-la-Peste el triple botín triunfal. Al ver aquello, la-Peste le felicitó mucho y quedó muy complacido de él; y todos se pusieron luego a comer los pasteles de la fiesta, gastando mil bromas a costa de Zoraik.
En cuanto a Zoraik, esperó en la calle mucho rato a que le abriese su esposa la negra; pero la negra no acudía, e impaciente, acabó por llamar a la puerta con golpes tan redoblados, que despertaron todos los vecinos y perros del barrio. Y no le abría nadie. Entonces derribó la puerta, y subió al aposento de su esposa, y vio lo que vio.
Cuando tras de libertar a su esposa se enteró por ella de lo que acababa de ocurrir, se golpeó con fuerza el rostro, se mesó la barba, y de aquella manera corrió a llamar a la puerta de Ahmad-la-Tiña. Ya había amanecido, y estaba levantado todo el mundo. Así es que Lomo-de-Camello fue a abrir e introdujo a Zoraik en un estado deplorable en la sala de reunión, donde se le acogió con una carcajada general. Entonces se encaró él con Azogue, y le dijo: "¡Por Alah, ¡ya Alí! te has ganado la bolsa! ¡Pero devuélveme a mi hijo!" Y contestó Hassán-la-Peste: "Has de saber ¡oh Zoraik! que mi discípulo Alí Azogue está dispuesto a devolverte tu hijo y hasta tu bolsa, si quieres consentir en darle en matrimonio a la hija de tu hermana Dalila, a la joven Zeinab de quien está enamorado". El viejo contestó: "¿Y desde cuándo se imponen condiciones al padre para pedirle en matrimonio su hija?
¡Devuélvanseme antes el niño y la bolsa, y después ya hablaremos del asunto!" Entonces Hassán hizo una seña a Alí, quien al punto entregó a Zoraik el niño y la bolsa, y le dijo: "¿Cuándo va a ser el casamiento?"
Y Zoraik sonrió, y contestó: "¡Despacio! ¡Despacio! ¿Acaso crees, ¡ya Alí! que puedo disponer de Zeinab como de un carnero o de un pescado frito? ¡No puedo concedértela mientras no le aportes la dote que reclama!"
Azogue contestó: "¡Dispuesto estoy a aportarle la dote que reclama. “¿Qué es?"
Zoraik dijo: "¡Has de saber que hizo juramente no dejarse cabalgar de frente por ninguno sin que la hubiese llevado antes como presentes nupciales, el traje recamado de oro de la joven Kamaria, hija del judío Azaria, así como su corona de oro, su cinturón de oro y su babucha de oro...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 459



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Y cuando llegó la 459ª noche

Ella dijo:
... se presentó en la tienda de Zoraik para comprar pescado. Dió las cinco monedas de cobre a Zoraik, y le dijo: "¡Echame pescado en esta fuente!" Y Zoraik contestó: "¡Por encima de mi cabeza, ¡oh mi amo!" Y quiso dar al palafrenero del pescado que estaba expuesto en la bandeja de muestra; pero el palafrenero lo rechazó diciendo: "¡Lo quiero caliente!" Y contestó Zoraik: "Todavía está por freír. ¡Espera un poco, que atizaré el fuego!" Y entró en la trastienda.
Al punto se aprovechó de aquel momento Azogue para echar mano a la bolsa; pero de pronto retembló toda la tienda con el estrépito ensordecedor de las campanillas, cascabeles, sonajas y cascajo; y Zoraik saltando de un extremo a otro de su tienda, agarró una pella de plomo y la tiró con toda su fuerza a la cabeza del falso palafrenero, gritando: "¡Ah viejo marica! ¿acaso crees que no había adivinado tus intenciones sólo con ver tu modo de llevar la fuente y las monedas?" Pero Azogue, a quien ya había puesto en guardia la primera experiencia, esquivó el golpe, bajando la cabeza con rapidez, y abandonó la tienda; ¡en tanto que la pella de plomo iba a estrellarse contra una bandeja que contenía porcelanas llenas de leche cuajada y que llevaba a la cabeza el esclavo del kadí! Y la leche cuajada saltó a la cara y a la barba del kadí y le inundó su traje y su turbante. Y los transeúntes, reunidos frente a la tienda, gritaron a Zoraik: "Esta vez ¡oh Zoraik! el kadí te hará pagar los intereses del capital encerrado en tu bolsa, ¡oh jefe de los batalladores!"
Volviendo a Azogue, una vez que hubo llegado a casa de Ahmad-la-Tiña, a quien dio cuenta, a la vez que a la-Peste, de su segunda tentativa fracasada, no quiso desalentarse, porque le sostenía el amor de Zeinab. Se disfrazó de encantador de serpientes y prestidigitador, y se puso delante de la tienda de Zoraik. Se sentó en el suelo, sacó de su saco tres serpientes gordas, de cuello hinchado y lengua puntiaguda como un dardo, y se puso a tocar la flauta, interrumpiéndose de cuando en cuando para hacer una multitud de juegos de manos; pero de pronto, con un movimiento brusco, lanzó la serpiente más gorda en medio de la tienda, a los pies de Zoraik, que huyó aullando espantado al último rincón de su establecimiento, porque nada le asustaba tanto como las serpientes. Y Azogue saltó inmediatamente sobre la bolsa, y quiso llevársela.
Pero no contaba con Zoraik que a pesar de su terror le vigilaba con un ojo, y logró primero asestar a la serpiente con una pella de plomo un golpe tan certero que le aplastó la cabeza, y con la otra mano arrojó luego con todas sus fuerzas una nueva pella a la cabeza de Azogue, el cual la esquivó inclinándose y huyó, mientras la pella formidable iba a dar a una vieja y la aplastaba sin remedio. Entonces gritaron todas las personas agrupadas en torno: "¡Ya Zoraik ! eso no es lícito, ¡por Alah! ¡Es absolutamente necesario que descuelgues de ahí tu bolsa calamitosa o te la quitaremos a la fuerza! ¡Bastantes desgracias suscitaste ya con tu maldad!"
Y contestó Zoraik: "¡Sobre mi cabeza!"
Y aunque de muy mala gana, se decidió a descolgar la bolsa y a ocultarla en su casa, diciéndose: "¡Si no lo hago así, ese bergante de Alí Azogue, con lo terco que es, llegaría a introducirse por la noche en mi tienda y me arrebataría la bolsa!"
Y he aquí que Zoraik estaba casado con una negra que en otro tiempo fué esclava de Giafar Al-Barmaki, y a quien la generosidad de su amo había libertado después. Y Zoraik había tenido de su esposa la negra un hijo varón cuya circuncisión iba a celebrarse pronto. Así es que cuando Zoraik entregó la bolsa a su mujer, le dijo ésta: "¡He ahí una generosidad que no sueles tener, oh padre de Abdalah! ¡La circuncisión de Abdalah va a celebrarse, pues, suntuosamente!" Zoraik contestó: "¿Pero acaso crees que te traigo la bolsa para que la dejes vacía gastando en la circuncisión? ¡No, por Alah! ¡Vé ya a ocultarla abajo dentro de un agujero abierto en el suelo de la cocina! ¡Y vuelve pronto para que durmamos!" Y la negra bajó a abrir un agujero en la cocina, enterró allí la bolsa y volvió a acostarse a los pies de Zoraik. Y con el calor que despedía la negra, Zoraik se sintió invadido por el sopor, y tuvo un sueño en el cual le parecía ver que un pájaro muy grande abría con el pico un agujero en su cocina, desenterraba la bolsa y se la llevaba en las garras volando por los aires. Y se despertó sobresaltado y gritando: "¡Oh madre de Abdalah, acaban de robar la bolsa! ¡Ve a ver a la cocina, rápido!" Y despierta de su sueño, la negra se apresuró a bajar a la cocina con luz, y efectivamente, vio, no un pájaro, sino un hombre que con la bolsa en la mano huía por la puerta abierta y corría a la calle. Era Azogue, que había seguido a Zoraik, espiando sus movimientos y los de su esposa, y oculto detrás de la puerta de la cocina acabó por conseguir apoderarse al fin de aquella bolsa tan codiciada.
Cuando supo Zoraik la pérdida de su bolsa, exclamó: "¡Por Alah, que la recuperaré esta misma noche!"
Y le dijo su esposa la negra: Como no la traigas, no te abro la puerta de nuestra casa y te dejo dormir en la calle!"
Entonces Zoraik ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.

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