Noche 379



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Pero cuando llegó la 379ª noche

Ella dijo:
... la rama rechinó de pronto y Sett Zobeida se volvió asustada, llevándose las dos manos a su historia, para sustraerla a las miradas, con un gesto instintivo. Por cierto, que la historia de Sett Zobeida era cosa tan considerable, que podían ocultarla más que a medias las dos manos; y era aquélla historia tan gruesa y tan escurridiza, que Sett Zobeida no logró retenerla, y se le escapó por entre los dedos y apareció en toda su gloria a la vista del califa.
Al-Raschid, que hasta entonces nunca tuvo ocasión de observar al aire libre y al natural la historia de su prima, quedó maravillado y a la vez estupefacto de su enormidad y de su fastuosidad, y se apresuró a alejarse furtivamente como había venido. Pero aquel espectáculo despertó la inspiración en él, que se sintió dispuesto a improvisar. Siguiendo un ritmo ligero, empezó por componer el verso siguiente:
¡En el baño vi la plata cándida!...
Pero en vano siguió torturándose el espíritu para construir otros ritmos, porque no sólo no consiguió acabar el poema, sino que ni siquiera hizo otro verso que rimase; y se puso muy triste, y sudaba repitiendo ¡En el baño vi la plata cándida!... y no salía del apuro. Entonces se decidió a llamar al poeta Abu-Nowas, y le dijo: "Vamos a ver si compones un poema corto cuyo primer verso sea: ¡En el baño vi la plata cándida!..." Entonces Abu-Nowas, que también había merodeado por los alrededores del estanque y observado toda la escena consabida, contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y ante la estupefacción del califa, improvisó enseguida los siguientes versos:
¡En el baño vi la plata cándida, y mis ojos se embriagaron de leche!
¡Una gacela cautivó mi alma a la sombra de sus caderas mientras su historia se escurría entre sus dedos juntos!
¡Oh! ¿Por qué no pude convertirme en onda para acariciar aquella delicada historia escurridiza, o convertirme en pez durante una hora o dos?
El califa no intentó averiguar cómo se había arreglado Abu-Nowas para dar a sus versos una significación tan exacta, y le recompensó espléndidamente para demostrarle su satisfacción.
Luego añadió Schehrazada: "Pero no creas ¡oh rey afortunado! que esta sutileza de ingenio de Abu-Nowas era menos admirable que su encantadora improvisación en la anécdota que vas a oír:

ABU-NOWAS IMPROVISA

Presa de un insomnio tenaz, el califa Harún Al-Raschid se paseaba una noche por las galerías de su palacio, cuando se encontró con una de sus esclavas, a la cual amaba en extremo, que se dirigía al pabellón reservado para ella. La siguió y penetró en el pabellón detrás de la joven. La cogió entonces en brazos y se puso a acariciarla y a juguetear con ella de tal modo, que cayó el velo que la envolvía y la túnica también se escurrió de sus hombros.
Al ver aquello, se encendió el deseo en el alma del califa, que al instante quiso poseer a su bella esclava; pero se excusó ella diciendo: "Por favor, ¡oh Emir de los Creyentes! dejemos la cosa para mañana, porque no esperaba el honor de tu visita y no estoy preparada. ¡Pero mañana, si Alah quiere, me encontrarás toda perfumada, y embalsamarán la cama mis jazmines!" Entonces no insistió Al-Raschid y volvió a pasearse.
Al día siguiente, a la misma hora, envió a Massrur, jefe de sus eunucos, para que previniera a la joven de su visita proyectada. Pero precisamente la joven había tenido durante el día un principio de fatiga, y como se sentía floja y peor dispuesta que nunca, se limitó a citar por toda respuesta a Massrur, que la recordaba su promesa de la víspera, este proverbio: "¡El día borra las palabras de la noche!"
En el momento en que Massrur transmitía al califa las palabras de la joven, entraron los poetas Abu-Nowas, El-Rakaschi y Abu-Mossab. Y el califa se encaró con ellos y les dijo: "Improvisadme al instante cada uno de vosotros algunos ritmos donde se pongan en juego estas frases:
Entonces dijo primeramente El-Rakaschi:
Guárdate, corazón mío, de una hermosa niña inflexible que no gusta de hacer ni recibir visitas, que promete una cita sin acudir a ella, y se excusa diciendo: "¡El día borra las palabras de la noche!"
Luego se adelantó Abu-Mossab, y dijo:
¡A toda velocidad vuela mi corazón, y ella se burla de su ardor! ¡Mis ojos lloran, y se abrasan de deseo por ella mis entrañas; pero ella se limita a sonreír! Y si la recuerdo su promesa, me responde: "¡El día borra las palabras de la noche!"
Abu-Nowas se adelantó el último, y dijo
¡Oh, cuán linda estaba en su turbación aquella noche, y qué encanto tenía su resistencia!
¡El viento embriagado de la noche balanceaba lentamente la rama de su talle y su pesada grupa ondulante, y también plegábase su busto, en el que apuntaban las dos leves granadas de sus senos!
¡Con jugueteos amables, con caricias enardecidas, hice escurrirse el velo que ostentaba, y de sus hombros ¡oh redondez de perlas! se escurrió la túnica también!
¡Y apareció medio desnuda entonces, surgiendo de la ropa que la rodeaba cual surge de su cáliz una flor!
Como la noche corría ante nosotros su cortina de sombras, quise ser más audaz a la sazón; y le dije: ¡Coronemos el acto!"
Pero ella contestó: "¡Mañana seguiremos!"
Fuí a ella al día siguiente, y le dije: "¡Cumple tu promesa!" Se echó a reír y me contestó: "¡El día borra las palabras de la noche!"
Al oír tan diversas improvisaciones, Al-Raschid hizo que dieran una gruesa suma de plata a cada uno de los poetas, exceptuando a Abu-Nowas, a quien ordenó que condenaran a muerte al instante, exclamando: "¡Por Alah, tú estás de acuerdo con esa joven! De no ser así, ¿cómo pudiste hacer una descripción tan exacta de una escena que presencié yo solo?"
Abu-Nowas se echó a reír y contestó: "¡Nuestro dueño el califa olvida que el verdadero poeta sabe adivinar en lo que se le dice aquello que se le oculta! Y por cierto que nos pintó excelentemente el Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) cuando dijo hablando de nosotros:
"Los poetas van como insensatos por todos los caminos. ¡Sólo les guían su inspiración y el demonio! ¡Cuentan y dicen cosas que no hacen!"
Ante tales palabras, no quiso Al-Raschid profundizar más en este misterio y después de perdonar a Abu-Nowas, le dió una suma doble de la recibida por los otros poetas.
Cuando el rey Schahriar hubo oído esta anécdota, exclamó: "¡No, por Alah! no sería yo quien perdonase a ese Abu-Nowas, y habría profundizado en aquel misterio y hubiera hecho que cortaran la cabeza a ese pillo. ¡No quiero, Schehrazada, que me hables más de ese canalla que no respetaba a califas ni a leyes! ¿Lo oyes bien?"
Y dijo Schehrazada: "Entonces ¡oh rey afortunado! voy a contarle la anécdota del asno.

EL ASNO

Un día, un buen hombre entre esos hombres que parecen llamados a que se burlen de ellos los demás, iba por el zoco llevando detrás de él a su asno atado con una sencilla cuerda que servía de cabestro al animal. Le divisó un ladrón muy experimentado, y resolvió robarle el asno. Participó su proyecto a uno de sus compañeros, que hubo de preguntarle: "¿Pero cómo te vas a arreglar para no llamar la atención del hombre?" El otro contestó: "¡Sígueme y ya verás!..."
En ese momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

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Noche 378



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Pero cuando llegó la 378ª noche
 
Ella dijo:
"... ¿A qué obedece el que no lo hagas?"
Levantó entonces ella la cabeza, me miró con los ojos muy abiertos, y me contestó con los versos siguientes:
¡Teñidos estuvieron antaño, pero desapareció su color y les queda el tiempo!
¿Para qué teñirlos ahora, si cuando quiero puedo balancear mi grupa fastuosamente, y hacérmelo meter a capricho por delante o por detrás?

Y dijo luego Schehrazada:

LA CUESTION ZANJADA

Cuentan que el visir Giafar recibió en su casa una noche al califa Harún Al-Raschid y no escatimó nada para divertirle agradablemente. De pronto dijo el califa: "Giafar, he sabido que compraste para ti una esclava muy bella, en la que había puesto los ojos yo y que quise comprar para mí mismo. ¡Deseo, pues, que me la cedas por el precio que te convenga!" Giafar contestó: "No tengo la menor intención de venderla, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa dijo: "¡Entonces, ofrécemela como regalo!" Giafar contestó: "Tampoco tengo esa intención, ¡oh Emir de los Creyentes!"
Entonces frunció las cejas Al-Raschid y exclamó: "¡Juro por los tres juramentos' que al instante me divorciaré de mi esposa Sett Zobeida, si no quieres consentir en venderme la esclava o en cedérmela!" Giafar contestó: "¡Juro por los tres juramentos que al instante me divorciaré de mi esposa, madre de mis hijos, si consiento en venderte la esclava o en cedértela!" (Ver la historia del desligador en Grano de Belleza Tomo 2)
Cuando hubieron hecho tal juramento ambos, comprendieron de pronto que habían ido demasiado lejos, cegados por los vapores del vino, y de común acuerdo se preguntaron qué medio emplearían para salir del apuro. Después de algunos instantes de perplejidad y reflexión, dijo Al-Raschid: "¡Para salir de este trance tan apurado, no tenemos más remedio que recurrir a las luces del kadí Abi-Yussuf, que tan versado está en la jurisprudencia del divorcio!" Enviaron a buscarle en seguida, y Abi-Yussuf pensó: "¡Cuando el califa envía a buscarme a media noche, es porque en el Islam ocurre algún acontecimiento muy grave!" Luego salió de su casa a toda prisa, aparejó su mula, y dijo a su esclavo, que iba detrás de la mula: "¡Llévate el saco de forraje del animal, que no ha terminado su ración todavía, y no te olvides de colgárselo de la cabeza a nuestra llegada, para que siga comiendo!"
Cuando entró en la sala donde le esperaban el califa y Giafar, el califa se levantó en honor suyo y le hizo sentarse a su lado, privilegio que no concedía nunca más que a Abi-Yussuf. Luego le dijo: "¡Te he llamado para un asunto de la mayor gravedad!" Y le explicó el caso. Entonces dijo Abi-Yussuf: "¡Pero si la solución es la cosa más sencilla del mundo!" Se encaró entonces con Giafar, y le dijo: "¡No tienes más que vender al califa media esclava y regalarle la otra media!"
Esta solución entusiasmó en extremo al califa, que admiró toda su sutileza, porque a ambos los desligaba de su juramento, haciéndole beneficiarse con la esclava que anhelaba. Llamaron, pues, a la esclava, y dijo el califa: "No puedo esperar a que pase el tiempo reglamentario para la liberación definitiva que me permite tomar la esclava a su primer amo. Es preciso, pues, ¡oh Abi-Yussuf! que des también con el medio de lograr inmediatamente esa liberación". Abi-Yussuf contestó: "¡La cosa es todavía más fácil! ¡Que hagan venir a un mameluco joven!" Al punto hicieron ir al mameluco en cuestión, y dijo Abi-Yussuf: "Para que sea lícita esta liberación inmediata, es necesario que la esclava esté casada legítimamente. ¡Voy, pues a dársela en matrimonio a este mameluco, quien mediante una retribución se divorciará de ella antes de tocarla! Y solamente ¡oh Emir de los Creyentes! podrá pertenecerte como concubina la esclava". Y se encaró con el mameluco y le dijo: "¿Aceptas como esposa legítima esta esclava?" El otro contestó: "¡La acepto!" Entonces le dijo el kadí: "¡Ya estás casado! ¡He aquí ahora mil dinares para ti! ¡Divórciate de ella!" El mameluco contestó: "¡Ya que me casé legítimamente, quiero permanecer casado, porque me gusta la esclava!"
Al oír esta respuesta del mameluco, el califa frunció las cejas con cólera, y dijo al kadí: "¡Por el honor de mis antepasados, que la solución que buscaste va a llevarte a la horca!" Pero Abi-Yussuf dijo sonriendo: "¡No se preocupe nuestro dueño el califa de la respuesta de este mameluco, y convénzase de que es más fácil que nunca la solución ahora!"
Luego añadió: "Solamente has de permitirme ¡oh Emir de los Creyentes! que me conduzca con este mameluco como si fuera un esclavo mío". El califa le dijo: "¡Te lo permito! ¡Es tu esclavo y tu propiedad!" Entonces Abi-Yussuf se encaró con la joven y le dijo: "¡Te regalo este mameluco y te lo doy como esclavo comprado! ¿Le aceptas así?" Ella contestó: "¡Le acepto!" Abi-Yussuf exclamó: "En ese caso, queda anulado el matrimonio que acaba de contraer contigo. ¡Y ya estás desligada de él! ¡Así lo ordena la ley del matrimonio! ¡He sentenciado!"
Al oír esta sentencia, Al-Raschid se irguió sobre ambos pies y exclamó en el límite de la admiración: "¡Oh Abi-Yussuf, no tienes par en el Islam!" E hizo que le entregaran una gran bandeja llena de oro y le rogó que la aceptase. El kadí dió las gracias al califa; pero no supo como llevar consigo todo aquel oro. De pronto se acordó del saco de la mula, en el que cabía un celemín, y tras de mandar por él vació todo el oro de la bandeja y se marchó.
Esta anécdota nos demuestra que el estudio de la jurisprudencia hace ricos a los hombres. ¡Sea, pues, con todos ellos la misericordia de Alah!"
Luego dijo Schehrazada:

ABÚ-NOWAS Y EL BAÑO DE SETT ZOBEIDA

Cuentan que el califa Harún Al-Raschid, que amaba con un amor extremado a su esposa y prima Sett Zobeida, había hecho construir, en un jardín reservado para ella sola, un estanque de agua rodeado por un bosquecillo de árboles frondosos, donde podía bañarse sin exponerse nunca a las miradas de los hombres y a los rayos del sol, pues el follaje era impenetrable.
Y he aquí que un día en que hacía mucho calor, Sett Zobeida fue al bosquecillo completamente sola, se desnudó del todo al borde del estanque y se metió en el agua. Pero no sumergió más que sus piernas hasta las rodillas, porque la daba miedo el escalofrío que produce el agua al sumergirse de una vez y, además, porque no sabía nadar. Pero con un jarro que había traído se vertía en los hombros agua poco a poco, estremeciéndose con la caricia húmeda de su frescura.
El califa, que la había visto encaminarse al estanque, la siguió sigilosamente, y amortiguando sus pisadas, llegó cuando ella estaba ya desnuda. A través de las hojas, se puso él a observar y admirar la desnudez de su esposa, blanca sobre el agua. Como tenía la mano apoyada en una rama, la rama rechinó de pronto, y Sett Zobeida...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 377



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Pero cuando llegó la 377ª noche

Ella dijo:

... Decía una: "¡Oh hermana mía! ¿Cómo puedes soportar la rudeza de la barba de tu amante cuando, al besarte, te frota con ella los senos y las espinas de su bigote rozan las mejillas y los labios? ¿Qué haces para que no te lastime y desgarre la piel cruelmente cada vez? Créeme, hermana mía; cambia de enamorado y haz lo que yo; búscate a un joven con un ligero vello en las mejillas deseables cual una fruta, con una carne delicada que se derrita en tu boca durante el beso. ¡Por Alah, que ya sabrá él compensar a tu lado su falta de barba con muchas otras cosas llenas de sabor!"

Al oír estas palabras, le contestó su compañera: "¡Qué tonta eres, hermana mía, y cómo careces de finura y buen sentido! ¿Acaso no sabes que el árbol sólo resulta hermoso cuando está lleno de hojas, y el cohombro sólo resulta sabroso con su pelusa y con todas sus asperezas? ¿Hay en el mundo algo más feo que un hombre imberbe y calvo como una cotufa? Has de saber que la barba y el bigote son para el hombre lo que para las mujeres son las trenzas de pelo. ¡Y tan notorio es, que Alah el Altísimo (¡glorificado sea!) creó en el cielo especialmente a un ángel que no tiene otra ocupación que la de cantar alabanzas al Creador por haber dado barba a los hombres y dotado de cabellos largos a las mujeres! ¿A qué me hablas, pues, de elegir como enamorado a un joven imberbe? ¿Crees que consentiría yo en tenderme debajo de quien apenas se pone encima piensa en quitarse, apenas está en tensión piensa en aflojarse, apenas se une piensa en desatar el nudo, apenas se halla en su sitio piensa en abandonarlo, apenas adquiere consistencia piensa en derretirse, apenas erigido piensa en derruirse, apenas enlazado piensa en desligarse, apenas pegado piensa en despegarse, y apenas en funciones piensa en ceder? ¡Desengáñate, pobre hermana mía! ¡Nunca abandonaré al hombre que no se separa de la que enlaza, que cuando entra permanece en su sitio, cuando se vacía se llena otra vez, cuando acaba recomienza, cuando se mueve es excelente, cuando funciona es superior, cuando da es generoso y cuando empuja perfora!"

Al oír tal explicación, exclamó la mujer que tenía el amante imberbe: "¡Por el Dueño de la Kaaba santa, ¡oh hermana mía! que me hiciste entrar en ganas de probar al hombre barbudo!

Luego, tras una corta pausa, dijo seguidamente Schehrazada:

EL PRECIO DE LOS COHOMBROS

Un día en que el emir Moinben-Zaida iba de caza, se encontró con un árabe que volvía del desierto montado en su borrico. Se puso delante de él, y después de las zalemas consiguientes, le preguntó: "¿Adónde vas, hermano árabe, y qué llevas envuelto tan cuidadosamente en ese saquito?" El árabe contestó: "Voy en busca del emir Moinben para llevarle estos cohombros tempranos que ha dado la primera recolección de mis tierras. Como se trata del hombre más generoso que se conoce, estoy seguro que me pagará mis cohombros a un precio digno de su esplendidez". El emir Moinben, a quien el árabe no había visto hasta entonces, le preguntó: "¿Y cuánto esperas que te dé por esos cohombros el emir Moinben?" El árabe contestó: "¡Mil dinares de oro, por lo menos!" El emir preguntó: "¿Y si te dice que eso es mucho?" El otro contestó: "¡No le pediré más que quinientos!" - "¿Y si te dice que es mucho?" - "¡Cincuenta!" - "¿Y si te dice que es mucho?" - "¡Treinta! - "¿Y si te dice todavía que es mucho?" - "¡Oh! ¡Entonces meteré mi borrico en su harem y me daré a la fuga con las manos vacías!"

Al oír estas palabras, Moinben se echó a reír y espoleó a su caballo para reunirse con su séquito y entrar enseguida en su palacio, donde dio orden a sus esclavos y a su chambelán para que dejaran entrar al árabe con sus cohombros.

Así es que cuando una hora más tarde llegó el árabe al palacio, el chambelán se apresuró a conducirle a la sala de recepción, donde le esperaba el emir Moinben sentado majestuosamente en medio de la pompa de la corte y rodeado por sus guardias, que ostentaban la espada desnuda en la mano. Y he aquí que el árabe estuvo muy lejos de reconocer en él al jinete que había encontrado en el camino y con el saco de cohombros en las manos esperó, después de las zalemas, a que el emir le interrogara.

El emir le preguntó: "¿Qué me traes en ese saco, hermano árabe?" El otro contestó: "¡Confiando en la esplendidez de nuestro dueño el emir, le traigo los primeros cohombros tempranos que nacieron en mi campo!" - "¡Qué inspiración tan buena! ¿Y en cuánto estimas mi esplendidez?" - "¡En mil dinares!" - "¡Es mucho!" - "¡En trescientos!" "¡Es mucho!" - "¡En ciento!" - "¡Es mucho!" - "¡En cincuenta!" - "¡Es mucho!" - "¡En treinta, entonces!" - ¡También es mucho!" Entonces exclamó el árabe: "¡Por Alah, que fue de real augurio el encuentro que tuve antes cuando vi en el desierto aquel rostro de brea! ¡No, por Alah, ¡oh emir! no puedo dar mis cohombros en menos de treinta dinares!'"

Al oír estas palabras, sonrió sin contestar el emir Moinben. Entonces le miró el árabe, y al darse cuenta de que el hombre con quien se encontró en el desierto, no era otro que el propio emir Moinben dijo:

"¡Por Alah, oh mi amo! haz que traigan los treinta dinares, porque tengo el borrico atado ahí a la puerta." A estas palabras, el emir Moinben rompió a reír de tal manera, que se cayó de trasero; e hizo llamar a su intendente y le dijo: "¡Es preciso contar inmediatamente mil dinares primero, luego quinientos, luego trescientos, luego ciento, luego cincuenta, y por último, treinta, para dárselos a este hermano árabe con objeto de que se decida a dejar atado donde está a su borrico!" Y el árabe llegó al límite de la estupefacción al recibir mil novecientos ochenta dinares por un saco de cohombros. ¡Tanta era la esplendidez del emir Moinben! ¡Sea por siempre con todos ellos la misericordia de Alah!

Después dijo Schehrazada:


CABELLOS BLANCOS

Cuenta Aba-Suwaid:

"Un día entré en un huerto para comprar fruta, y he aquí que desde lejos vi sentada a la sombra de un albaricoquero a una mujer peinándose. Cuando me acerqué a ella, noté que era vieja y que estaban blancos sus cabellos; pero su rostro resultaba perfectamente gentil y su tez fresca y deliciosa. Al ver que me acercaba a ella no hizo ningún movimiento para taparse el rostro ni ningún ademán para cubrirse la cabeza, y continuó, sonriendo, en su tarea de alisarse los cabellos con su peine, que era de marfil. Me paré enfrente de ella, y después de las zalemas, le dije: "¡Oh vieja de edad, pero joven de rostro! ¿Por qué no te tiñes los cabellos y parecerías entonces una joven de verdad? ¿A qué obedece el que no lo hagas? ...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 376



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Y cuando llegó la 376ª noche

Ella dijo:

... Entonces se encaró conmigo el kadí y me preguntó: "¿Y qué tienes tú que contestar?"

Yo ¡oh Emir de los Creyentes! estaba estupefacto con todo aquello.

Sin embargo, avancé un poco y contesté: "¡Eleve y honre Alah a nuestro amo el kadí! ¡Yo bien sé que en mi saco solamente hay un pabellón en ruinas, una casa sin cocina, un albergue para perros, una escuela de adultos, unos jóvenes que juegan a los dados, una guarida de salteadores, un ejército con sus jefes, la ciudad de Bassra y la ciudad de Bagdad, el palacio antiguo del emir Scheddad ben-Aad, un horno de herrero, una caña de pescar, una cayada de pastor, cinco buenos mozos, doce jóvenes intactas, y mil conductores de caravanas dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco!"

Cuando el kurdo hubo oído mi respuesta, rompió a llorar y a sollozar, y luego exclamó con la voz entrecortada por las lágrimas: "¡Oh nuestro amo el kadí! este saco que me pertenece es conocido y reconocido, y todo el inundo sabe que es de mi propiedad. ¡Encierra, además, dos ciudades fortificadas y diez torres, dos alambiques de alquimista, cuatro jugadores de ajedrez, una yegua y dos potros, un semental y dos jacas, dos lanzas largas, dos liebres, un mozo experto y dos mediadores, un ciego y dos clarividentes, un cojo y dos paralíticos, un capitán marino, un navío con sus marineros, un sacerdote cristiano y dos diáconos, un patriarca y dos frailes y por último, un kadí y dos testigos dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco!"

Al oír estas palabras se encaró conmigo el kadí y me preguntó: "¿Qué tienes que contestar a todo eso?"

Yo ¡oh Emir de los Creyentes! me sentía cargado de rabia hasta las narices. Me adelanté, no obstante, algunos pasos y contesté con toda la calma de que era capaz: "¡Alah esclarezca y consolide el juicio de nuestro amo el kadí! ¡Debo añadir que en este saco hay, además, medicamentos contra el dolor de cabeza, filtros v hechizos, cotas de malla y armarios llenos de armas, mil carneros destinados a luchar a cornadas, un parque con ganados, hombres dados a las mujeres, aficionados a los muchachos, jardines llenos de árboles y de flores, viñas cargadas de uvas, manzanas e higos, sombras y fantasmas, frascos y copas, recién casados con todo el séquito de su boda, gritos y chistes, doce cuescos vergonzosos, y otros tantos follones sin olor, amigos sentados en una pradera, banderas y pendones, una casada saliendo del hammam, veinte cantarinas, cinco hermosas esclavas abisinias, tres indias, cuatro griegas, cincuenta turcas, setenta persas, cuarenta cachemirenses, ochenta kurdas, otras tantas chinas, noventa georginas, todo el país del Irak, el Paraíso terrenal, dos establos, una mezquita, varios hammams, cien mercaderes, una tabla de madera, un clavo, un negro que toca el clarinete, mil dinares, veinte cajones llenos de tela, veinte danzarinas, cincuenta almacenes, la ciudad de Kufa, la ciudad de Gasa, Damieta, Assuán, el palacio de Khoshú -Anuschriván y el de Soleimán; todas las comarcas situadas entre Balkh e Ispahán, las Indias y el Sudán, Bagdad y el Khorassán; contiene, además -¡ Alah persevere los días de nuestro amo el kadí!- una mortaja, un ataúd y una navaja de afeitar para la barba del kadí, si el kadí no quisiera reconocer mis derechos y sentencias que este saco es mi saco!"

Cuando el kadí hubo oído todo aquello, nos miró y me dijo: "¡Por Alah, o sois dos bribones que os burláis de la ley y de su representante, o este saco debe ser un abismo sin fondo o el propio Valle del Día del Juicio!"

Y para comprobar mis palabras hizo al punto el kadí que se abriera el saco ante testigos. ¡Contenía unas cáscaras de naranjas y unos huesos de aceitunas!

Entonces, pasmado hasta el límite del pasmo, declaré al kadí que aquel saco pertenecía al kurdo, pero que el mío había desaparecido, y me marché”.

Cuando el califa Harún Al-Raschid hubo escuchado esta historia, le tiró de espalda la fuerza explosiva de su risa, e hizo un magnífico regalo a Alí el Persa. ¡Y aquella noche durmió con un profundo sueño hasta por la mañana!

Luego añadió Schehrazada: "Pero no creas ¡oh rey afortunado! que es menos deliciosa esta anécdota que aquella otra en que Al-Raschid se encuentra en un apurado caso de amor". Y preguntó el rey Schahriar: "¿Qué anécdota es esa que no conozco?"

Entonces Schehrazada dijo:

AL-RASCHID, JUSTICIERO DE AMOR

Cuentan que una noche en que Harún Al-Raschid estaba acostado entre dos hermosas jóvenes que le gustaban por igual, y de las cuales una era de Medina y otra de Kufa, no quería expresar con la terminación final su preferencia por una en detrimento de la otra. Debía, pues, alcanzar tal premio la que hiciera más méritos para ello. Así es que la esclava de Medina empezó por cogerle de las manos y se puso a acariciarle dulcemente, en tanto que la de Kufa, echada un poco más abajo, le frotaba los pies, aprovechándose de la ocasión para deslizar su mano hasta la mercancía de más arriba y sopesarla de cuando en cuando.

Bajo la influencia de este tanteo delicado, la mercancía empezó de pronto a aumentar de peso considerablemente. Entonces se apresuró a apoderarse de ella la esclava de Kufa, y trayéndola toda hacia sí, la ocultó entre sus manos; pero la esclava de Medina, le dijo: "¡Ya veo que guardas el capital para ti sola y no piensas dejarme siquiera los intereses!"

Y con un ademán rápido rechazó a su rival y se apoderó del capital a su vez, oprimiéndole cuidadosamente con las manos.

Entonces la esclava defraudada, que estaba muy versada en el conocimiento de las tradiciones del Profeta, dijo a la esclava de Medina: "Yo soy quien debe tener derecho al capital, en virtud de estas palabras del Profeta (¡con él la plegaria y la paz!): "¡Quien hace revivir una tierra muerta, se convierte en su único propietario!"

Pero la esclava de Medina, que no cedía la mercancía, no estaba menos versada en la suma que su rival de Kufa, y le contestó al punto: "El capital me pertenece en virtud de estas palabras del Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) que nos fueron conservadas y transmitidas por Sofián: "¡La casa pertenece, no a quien la levanta, sino a quien le da alcance!"

Cuando oyó estas citas el califa, le parecieron tan justas, que satisfizo por igual a ambas jóvenes aquella noche.

Luego añadió Schehrazada: "Pero ninguna de estas anécdotas ¡oh rey afortunado! vale tanto como aquella en que dos mujeres discuten para saber si en amor conviene dar la preferencia al joven o al hombre maduro.


¿PARA QUIEN LA PREFERENCIA? ¿PARA EL JOVEN O PARA EL HOMBRE MADURO?

La anécdota siguiente nos la relata Abul-Afina. Dice.

"Un día había yo subido a mi terraza para tomar el aire, cuando oí una conversación de mujeres en la terraza contigua. Las que así charlaban eran dos esposas de mi vecino, cada una de las cuales tenía un amante que la contentaba como no lo hacía el esposo viejo e impotente. Pero el amante de una era un hermoso joven de lo más tierno aún y con las mejillas sonrosadas e imberbes, y el amante de la otra era un hombre maduro y peludo; de barba compacta y espesa. Y he aquí que sin saber que las escuchaban, mis dos vecinas discutían precisamente acerca de los méritos respectivos de sus enamorados. Decía una...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 375



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Y cuando llegó la 375ª noche

Dijo Schehrazada:

...El joven aceptó la proposición, y llegada la noche, fingió dormir, y cuando el visir se retiró a su estancia, subió él a la terraza, donde ya le esperaba el jeique, que en seguida le cogió de la mano y se dio prisa a conducirle a su terraza, en la que ya estaban dispuestas las copas llenas y las frutas. Se sentaron, pues, a la luz de la luna en la esterilla blanca, y con la inspiración propicia en la serenidad de la hermosa noche, se pusieron a cantar y a beber, en tanto que los dulces rayos del astro les iluminaban hasta el éxtasis.

Mientras dejaban transcurrir así el tiempo ellos, el visir Badr pensó, antes de acostarse, ir a ver a su hermano pequeño, y se sorprendió mucho al no encontrarle. Dedicose a buscarle por toda la casa, y acabó por subir a la terraza y acercarse a la tapia divisoria; vio entonces a su hermano y al jeique con la copa en la mano, cantando sentados uno junto a otro. Pero el jeique también había tenido tiempo de verle avanzar desde lejos, y con un aplomo admirable interrumpió la canción que estaba diciendo, para improvisar estos versos que cantó con el mismo motivo y sin cambiar de tono:

¡Me hace beber un vino mezclado con la saliva de su boca; y el rubí de la copa brilla en sus mejillas, que se coloran a la vez con la púrpura del pudor!

¿Qué nombre le daré? Su hermano se llama ya la Luna Llena de la Religión, y en verdad que nos alumbra como la luna en este momento. ¡Le llamaré, pues, la Luna Llena de la Belleza!

Cuando el visir Badreddin hubo oído estos versos, que contenían la alusión tan delicada con respecto a él, como era discreto y muy galante, y como tampoco veía que ocurriera nada inconveniente, se retiró, diciendo: "¡Por Alah! ¡No seré yo quien turbe su coloquio!" Y los otros dos llegaron a sentir una felicidad perfecta.

Y después de contar esta anécdota, Schehrazada se detuvo un instante, y dijo luego:

EL SACO PRODIGIOSO

Cuentan que el califa Harún Al-Raschid, atormentado una noche por uno de sus frecuentes insomnios, llamó a Giafar, su visir, y le dijo: "¡Oh Giafar! esta noche tengo extremadamente oprimido el pecho por el insomnio, y anhelo mucho ver cómo te arreglas para dilatármelo!"

Giafar contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! tengo un amigo llamado Alí el Persa, que posee en su alforja una porción de historias deliciosas a propósito para borrar las penas más tenaces y calmar los humores irritados."

Al-Raschid contestó: "¡Venga, pues, a mi presencia al instante tu amigo!" Y Giafar le puso enseguida entre las manos del califa, que le hizo sentarse y le dijo: "¡Escucha, Alí! Me han dicho que sabes historias capaces de disipar la pena y el fastidio, y hasta de procurar el sueño a quien sufre insomnio. ¡Deseo de ti una de esas historias!" Alí el Persa contestó: "¡Escucho y obedezco, oh Emir de los Creyentes! ¡Pero no sé si debo contarte algo que haya oído con mis oídos o algo que haya visto con mis ojos!" Al-Raschid dijo: "¡Prefiero una historia en que tú mismo intervengas!"

Entonces dijo Alí el Persa:

"Un día estaba yo sentado en mi tienda vendiendo y comprando, cuando llegó un kurdo para ajustar conmigo algunos objetos; pero de pronto se apoderó de un saquito que había delante de mí, y sin tomarse el trabajo de ocultarlo quiso llevárselo, como si le perteneciese absolutamente desde que nació. Entonces me planté en la calle de un salto, le agarré por el faldón de su traje y le insté a que me devolviera mi saco; pero se encogió de hombros, y me dijo: "¡Pero si este saco me pertenece con todo lo que tiene!"

Entonces grité en el límite de la sofocación: "¡Oh musulmanes, salvad de las manos de ese descreído lo que es mío!" Al oír mis gritos, todo el zoco se agrupó a nuestro alrededor, y los mercaderes me aconsejaron que fuese a quejarme al kadí en el instante. Acepté y me ayudaron a arrastrar a casa del kadí al kurdo que me robó mi saco.

Cuando estuvimos en presencia del kadí, nos mantuvimos de pie respetuosamente entre sus manos, y empezó por preguntarnos él: "¿Quién de vosotros es el querellante y de quién se querella?"

Entonces el kurdo, sin darme tiempo para abrir la boca, se adelantó algunos pasos y contestó: "¡Dé Alah su apoyo a nuestro amo el kadí! Este saco que tengo es mi saco, y me pertenece todo lo que contiene. ¡Lo había perdido y acabo de encontrarlo delante de este hombre!"

El kadí le preguntó: "¿Cuándo lo perdiste?" El otro contestó: "¡Durante el día de ayer, y su pérdida me impidió dormir toda la noche!" El kadí le dijo: "¡En ese caso, enumérame los objetos que contiene!"

Entonces, sin dudar un instante, contestó el kurdo: "En mi saco ¡oh nuestro amo el kadí! hay dos frascos de cristal llenos de kohl, dos varillas de plata para extender el kohl, un pañuelo, dos vasos de limonada con el borde dorado, dos antorchas, dos cucharas, un almohadón, dos tapetes para mesa de juego, dos pucheros con agua, dos azafates, una bandeja, una marmita, un depósito de agua de barro cocido; un cazo de cocina, una aguja de hacer calceta, dos sacos con provisiones, una gata preñada, dos perras, una escudilla con arroz, dos burros, dos literas para mujer, un traje de paño, dos pellizas, una vaca, dos becerros, una oveja con dos corderos, una camella y dos camellitos, dos dromedarios de carrera con sus hembras, un búfalo y dos bueyes, una leona y dos leones, una osa, dos zorros, un diván, dos camas, un palacio con dos salones de recepción, dos tiendas de campaña de tela verde, dos doseles, una cocina con dos puertas, y una asamblea de kurdos de mi especie dispuestos a dar fe de que este saco es mi saco".

Entonces se encaró conmigo el kadí y me preguntó...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 373



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Pero cuando llegó la 373ª noche

Ella dijo:

.. Entonces la madre de Hassib corrió a sacar de la maleta, donde la había guardado con sus alhajas, la hojita de papel, único legado del sabio Danial, y fue a entregársela a Hassib, que la cogió y la desenrolló.

Y leyó en ella estas sencillas palabras: "Toda ciencia es vana, porque llegaron los tiempos en que el Elegido de Alah indicará a los hombres las fuentes de la sabiduría. ¡Se llamará Mohammed! ¡Con él y con sus compañeros y con sus creyentes sean la paz y la bendición hasta la extinción de las edades!"

Y tal es ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- la historia de Hassib, hijo de Danial, y de la reina Yamlika, princesa subterránea. ¡Pero Alah es más sabio!

Cuando Schehrazada hubo acabado de contar esta historia extraordinaria, el rey Schahriar exclamó de repente:

"Siento que me invade el alma un gran fastidio, Schehrazada. ¡Y ten cuidado, porque como esto continúe, me parece que mañana por la mañana estará por un lado tu cabeza y tu cuerpo por el otro!"

Al oír estas palabras, la pequeña Doniazada, compungida, se acurrucó más aún en la alfombra, y Schehrazada contestó sin inmutarse: "En ese caso ¡oh rey afortunado! voy a contarte una o dos historias cortas, lo preciso para pasar el resto de la noche. ¡Al fin y al cabo, Alah es el Omnisciente!"

Y preguntó el rey Schahriar: "¿Pero cómo vas a arreglarte para: encontrar una historia que sea breve y divertida a la vez?" Schehrazada sonrió, y dijo: "Precisamente ¡oh rey afortunado! esas historias son las que mejor conozco. Voy, pues, a contarte al instante una o dos anécdotas entresacadas del PARTERRE FLORIDO DEL INGENIO y del JARDÍN DE LA GALANTERÍA. ¡Y después quiero que me cortes la cabeza!"

Y dijo en seguida:

AL-RASCHID Y EL CUESCO

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que un día en que el califa Harún Al-Raschid se sentía presa del fastidio y se hallaba en el mismo estado de espíritu en que se halla en este momento Tu Serenidad, salió a pasear por el camino que va de Bagdad a Bassra, llevando en su compañía a su visir Giafar Al-Barmaki, a su copero favorito Abu-Ishak y al poeta Abu-Nowas.

Mientras se paseaban y el califa seguía con la mirada torva y los labios apretados, pasó por el camino un jeique montado en un burro. Entonces el califa se encaró con su visir Giafar, y le dijo: "¡Interroga a ese jeique por el lugar adonde se dirige!" Y Giafar, que desde hacía un momento no sabía qué inventar para distraer al califa, resolvió al punto divertirle a costa del jeique, que iba tranquilamente por su camino, dejando el ronzal suelto sobre el cuello del asno que le conducía. Se acercó, pues, al jeique, y le preguntó: "¿Adónde se va, ¡oh venerable!?"

El jeique contestó: "¡A Bagdad, de vuelta de Bassra, que es mi país!" Giafar preguntó: "¿Y a qué obedece un viaje tan largo?" El otro contestó: "¡Por Alah!; voy en busca de un médico bueno que me recete un colirio para mi ojo." Giafar dijo: "¡La suerte y la curación están entre las manos de Alah!, ¡oh jeique! Pero ¿qué me darás si para evitarte pesquisas y gastos te receto yo mismo aquí un colirio que te cure el ojo en una noche?

El otro contestó: "¡Sólo Alah podría remunerarte con arreglo a tus méritos!" Entonces Giafar se volvió hacia el califa y hacia Abu-Nowas, y les guiñó el ojo; luego dijo al jeique: "Así es, mi buen tío, y no olvides la receta que voy a darte, porque es sencillísima.

Hela aquí: toma tres onzas de soplo de viento, tres onzas de rayos de sol y tres onzas de luz de linterna; lo mezclas todo cuidadosamente en un mortero sin fondo, y durante tres meses lo dejas expuesto al aire libre. Entonces tendrás que machacarlo durante dos o tres meses y verterlo en una escudilla agujereada, que expondrás al viento y al sol durante otros tres meses todavía. Después de hacer esto estará a punto el colirio, no tendrás más que espolvorearte con él el ojo trescientas veces la primera noche, cogiendo para ello tres dedadas grandes cada vez, y te dormirás. ¡Al día siguiente te despertarás curado, si Alah quiere!"

Al oír estas palabras, en prueba de gratitud y de respeto el jeique se puso de bruces encima de su burro delante de Giafar y de repente soltó un detestable cuesco seguido de dos largos follones, y dijo a Giafar:

"Corre ¡oh médico! para recogerlos antes de que se desparramen. Por el momento es la única respuesta que da mi gratitud a tu remedio ventoso; pero ten la seguridad de que apenas me halle de regreso en mi tierra, si Alah quiere, te enviaré como regalo una esclava de trasero tan arrugado como un higo seco, la cual ha de proporcionarte tanto placer que expirará tu alma; y entonces sentirá tu esclava tanto dolor y tanta emoción al llorar sobre tu cadáver ¡que no podrá menos de mearse en tu rostro frío y regar tu barba seca!"

Y el jeique acarició tranquilamente a su asno y siguió su camino, en tanto que el califa se dejaba caer de trasero en el límite de la convulsión y reventaba de risa al ver la cara de su visir, inmóvil y mudo de sorpresa, y Abu-Nowas, que con un gesto paternal fingía felicitarle.

Al oír esta anécdota, se serenó de pronto el rey Schahriar y dijo a Schehrazada: "¡Date prisa, Schehrazada, a contarme aún esta noche una anécdota que sea tan divertida como la anterior, por lo menos!"

Y exclamó la pequeña Doniazada: "¡Oh Schehrazada; hermana mía, cuán dulces y sabrosas son tus palabras!" Entonces, tras una pausa corta, Schehrazada dijo:


EL JOVENZUELO Y SU MAESTRO

Cuentan que el visir Badreddin, gobernador del Yamán, tenía un hermano que era un joven dotado de una belleza tan incomparable, que a su paso volvían la cabeza hombres y mujeres para admirarle y hartarse los ojos de sus encantos. Así es que temeroso de que le sobreviniera alguna aventura considerable, el visir Badr le tenía cuidadosamente alejado de las miradas de los hombres y le impedía que se tratara con los jóvenes de su edad. Como no quería llevarle a la escuela por no poder vigilarle allí lo suficiente, hizo ir a la casa en calidad de maestro a un jeique venerable y piadoso, de costumbres notoriamente castas, y le puso entre sus manos. Y el jeique iba todos los días a ver a su discípulo, con el cual se encerraba algunas horas en una estancia que les había reservado el visir para dar las lecciones.

Al cabo de cierto tiempo, la belleza y los encantos del joven no dejaron de surtir su efecto habitual en el jeique, que acabó por quedar locamente prendado de su discípulo, y al verle sentía cantar a todos los pájaros de su alma que despertaban con sus cánticos cuanto estaba dormido en él.

Así es que sin saber qué hacer para calmar su emoción, decidióse un día a participar al joven la turbación de su alma y le declaró que no podía ya pasarse sin su presencia. Entonces, muy conmovido por la emoción de su maestro, le dijo el joven: "¡Ay! bien sabes que tengo las manos atadas y que mi hermano vigila todos mis movimientos". El jeique suspiró, y dijo: "¡Quisiera pasar solo contigo una velada!" El joven contestó: "¡Quién piensa en eso!" Si durante el día me vigilan, ¡qué no será por las noches!" El jeique añadió: "Ya lo sé; pero la terraza de mi casa está contigua y al mismo nivel que la terraza de esta casa en que nos hallamos, y te será fácil, cuando tu hermano se durmiera esta noche, subir sigilosamente allá, donde yo te esperaré y te llevaré conmigo, sin más que saltar la tapia divisoria, a mi terraza, en la que no vendrá nadie a vigilarnos".

El joven aceptó la proposición, diciendo: "¡Escucho y obedezco!"...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente:

Y el rey Schahriar se dijo: "¡En verdad que no la mataré antes de saber lo que pasó entre ese jovenzuelo y su maestro!"

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Noche 372



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Y cuando llegó la 371ª noche

Ella dijo:

"...la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas o empleada como díctamo, cura las enfermedades más incurables!"

Al oír tales palabras, comprendió Hassib que aquellos informes provenían de su entrada en el hammam, y trató de negar. Exclamó, pues: ¡Jamás he visto esa leche, ¡oh señor! y no se quién es la princesa Yamlika! ¡Es la primera vez que oigo semejante nombre!" El visir sonrió y dijo: "¡Puesto que te niegas aún, voy a demostrarte que no te servirá de nada! ¡Te digo que has estado en los dominios de la reina Yamlika! Además, cuantos fueron allá en los tiempos antiguos, volvieron con la piel del vientre negra. Así lo dice este libro que tengo a la vista. Pero la piel del vientre no se le pone negra al visitante de la reina Yamlika más que después de su entrada en el hammam, ¡oh hijo de Danial! Y he aquí que los espías que yo tenía apostados en el hammam para que examinaran el vientre a todos los bañistas, han venido hace un rato a decirme que se te había puesto de pronto negro el vientre mientras te bañaban. ¡Es inútil, pues, que continúes negando!"

Al oír estas palabras; exclamó Hassib: "¡No, por Alah! ¡Nunca estuve en los dominios de la princesa subterránea!" Entonces se acercó a él el gran visir, le quitó las toallas que le envolvían y le dejó el vientre al descubierto. Estaba negro como el vientre de un búfalo.

Al ver aquello, Hassib estuvo a punto de caerse desmayado de espanto; luego tuvo una idea, y dijo al visir: "Debo declararte ¡oh mi señor! que nací con el vientre completamente negro". El visir sonrió v dijo: "Pues no lo estaba cuando entraste en el hammam. ¡Así me lo dijeron los espías!" Pero Hassib, que de ninguna manera quería hacer traición a la princesa subterránea revelando su residencia, siguió negando haber tenido relaciones con ella ni haberla visto nunca. Entonces el visir hizo una seña a dos verdugos, que se acercaron al joven, le echaron en el suelo, desnudo como estaba, y empezaron a administrarle en las plantas de los pies palos tan crueles y tan repetidos, que habría muerto si no se decidiera a pedir gracia confesando la verdad.

En seguida hizo el visir que levantaran al joven, y ordenó que le pusiesen un magnífico ropón de honor en lugar de las toallas con que a su llegada se envolvía. Tras de lo cual lo condujo por sí mismo al patio del palacio, donde le hizo montar en el caballo más hermoso de las caballerizas reales, montando él a caballo también, y acompañados ambos por un séquito numeroso, tomaron el camino de la casa ruinosa por donde salió Hassib de los dominios de la reina Yamlika.

El visir, que había aprendido en los libros la ciencia de los conjuros, se puso a quemar allá perfumes y a pronunciar las fórmulas mágicas que abren las puertas, mientras Hassib, por su parte, siguiendo órdenes del visir, emplazaba a la reina para que se mostrase a él. Y de pronto se produjo un temblor de tierra que tiró al suelo a la mayoría de los circunstantes, y se abrió un agujero por el que surgió, sentada en un azafate de oro transportado por cuatro serpientes con cabeza humana que vomitaban llamas, la reina Yamlika, cuyo rostro tenía áureos resplandores. Y miró a Hassib con ojos preñados de reproches, y le dijo: "¿Es así, ¡oh Hassib! como cumples el juramento que me hiciste?" Y exclamó Hassib: "¡Por Alah! ¡Oh reina! La culpa es del visir, que por poco me mata a golpes." Ella dijo: "¡Ya lo sé! Y por eso no quiero castigarte; te han hecho venir aquí, y hasta a mí misma me obligan a salir de mi morada para curar al rey. Y vienes a pedirme leche para realizar esa curación. ¡De buen grado te la concedo como recuerdo de la hospitalidad que te di y de la atención con que me escuchaste! He aquí dos frascos con leche mía. Para operar la curación del rey, conviene que te enseñe el modo de emplearla. ¡Acércate más a mí!" Hassib se acercó a la reina, la cual le dijo en voz baja para que no la oyese nadie más que él: "Uno de los frascos, el que está marcado con una raya roja, debe servir para curar al rey. Pero el otro lo destino al visir que mandó que te apalearan. En efecto, cuando el visir vea la curación del rey, querrá beber de mi leche para preservarse de las enfermedades, y tú le darás a beber del otro frasco.

Luego, la reina Yamlika entregó a Hassib los dos frascos de leche, y desapareció enseguida, mientras la tierra volvía a cerrarse sobre ella y las que la transportaban.

Cuando llegó Hassib al palacio, hizo exactamente lo que le había indicado la reina. Se acercó, pues, al rey, y le dio a beber del primer frasco. Y no bien el rey hubo bebido aquella leche, se puso a sudar por todo su cuerpo, y al cabo de algunos instantes comenzó a caérsele a pedazos la piel atacada de lepra, a la vez que le nacía otra piel dulce y blanca como la plata. Y quedó curado en el momento. En cuanto al visir, quiso beber también de aquella leche, cogió el segundo frasco y lo vació de un trago. Y al punto empezó a hincharse poco a poco, y después de ponerse gordo como un elefante, estalló de pronto y murió inmediatamente. Y le retiraron de allí enseguida para enterrarle.

Cuando el rey se vio curado de aquel modo, hizo sentarse a Hassib al lado suyo, le dio muchas gracias y le nombró gran visir en lugar del que había muerto en su presencia. Y luego hizo que le pusieran un ropón de honor avalorado con pedrerías, y mandó que proclamaran por todo el palacio su nombramiento, después de regalarle trescientos mamalik y trescientas jóvenes para concubinas, además de tres princesas de sangre real que, con la mujer de Hassib, hicieron cuatro esposas legítimas; y le dio también trescientos mil dinares de oro, trescientas mulas, trescientos camellos y muchos rebaños de búfalos, bueyes y carneros.

Tras de lo cual, todos los oficiales, chambelanes y notables, por orden del rey, que les dijo: "¡Quien me honre que le honre!" se acercaron a Hassib y le besaron la mano por orden de categorías, demostrándole su sumisión y patentizándole su respeto. Luego tomó Hassib posesión del palacio del antiguo visir, y habitó en él con su madre, sus esposas y sus favoritas. Y vivió así rodeado de honores y de riquezas durante largos años, en los cuales tuvo tiempo de aprender a leer y a escribir.

Cuando aprendió Hassib a leer y a escribir, se acordó de que su padre Danial había sido un gran sabio, y tuvo la curiosidad de preguntar a su madre si no le había dejado como herencia sus libros y sus manuscritos. Y la madre de Hassib contestó: "Hijo mío, tu padre destruyó antes de morir todos sus papeles y todos sus manuscritos, y no te dejó como herencia más que una hojita de papel, que me encargó te entregase cuando me expresaras tal deseo". Y dijo Hassib: "¡Anhelo mucho poseerla, porque ahora deseo instruirme para dirigir mejor los asuntos del reino!”

Entonces la madre de Hassib...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 371



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Pero cuando llegó la 371ª noche

Ella dijo:

"... Porque hice voto de no entrar nunca en el hammam". Al oír tales palabras, el dueño del hammam, que no podía creer en semejante juramento, ya que ningún hombre puede, a trueque de morir, dejar de tomar baños cuantas veces se acerca sexualmente a su esposa, exclamó: "¿Por qué rehúsas, ¡oh mi señor!?" ¡Pues, ¡por Alah! te juro a mi vez que si persistes en tu resolución iré inmediatamente a divorciarme de mis tres esposas! ¡Lo juro tres veces por el divorcio!" Pero como a pesar del juramento tan grave que acababa de oír, Hassib se obstinaba en no aceptar, el propietario del hammam se echó a sus pies; suplicándole que no le obligara a cumplir su juramento; y le besó los pies llorando, y le dijo: "¡Pongo sobre mi cabeza la responsabilidad de tu acto y todas sus consecuencias!"

Y al enterarse de qué se trataba al oír el juramento del divorcio, los transeúntes que habíanse agrupado en torno suyo se pusieron asimismo a suplicar a Hassib que no ocasionara sin más ni más la desdicha de un hombre que le ofrecía un baño gratuito. Luego como vieran la inutilidad de sus palabras, se decidieron todos a emplear la fuerza, apoderándose de Hassib y llevándole, a pesar de sus gritos terribles, al interior del hammam, donde le despojaron de su ropa, le echaron todos a la vez sobre el cuerpo el agua de veinte o treinta jofainas, le friccionaron, le dieron masaje, le enjabonaron, le secaron y le envolvieron el cuerpo en toallas calientes y le pusieron en la cabeza un pañuelo grande festoneado y bordado. Luego el dueño del hammam, en el límite de la alegría por verse desligado de su juramento, llevó a Hassib una taza de sorbete perfumado con ámbar, y le dijo: "¡Séate leve y bendito el baño! ¡Que te refresque esta bebida como me has refrescado tú!" Pero Hassib, a quien todo aquello aterraba cada vez más, no sabía si rehusar o aceptar esta última invitación, e iba a responder, cuando de pronto invadieron el hammam los guardias del rey, que se precipitaron sobre el joven, apoderándose de él tal y como estaba con su atavío de baño, y a pesar de sus protestas y su resistencia lo llevaron al palacio del rey, y lo pusieron entre las manos del gran visir, que los esperaba a la puerta con la mayor impaciencia.

Al ver a Hassib, el gran visir tuvo una alegría extremada, le recibió con las señales más notorias de respeto, y le rogó que le acompañase a la presencia del rey. Y resuelto ya a dejar correr su destino, Hassib siguió al gran visir, que le introdujo, para presentarle al rey, en una sala donde se alineaban por orden jerárquico dos mil gobernadores de provincia, dos mil jefes militares y dos mil portaalfanjes, que no esperaban más que un signo para hacer volar las cabezas. En cuanto al rey, estaba acostado en amplio lecho de oro y parecía dormir, con la cabeza y el rostro cubiertos por un pañuelo de seda.

Al ver todo aquello, el aterrado Hassib se sintió morir y cayó al pie del lecho, protestando públicamente de su inocencia. Pero el gran visir se apresuró a levantarle con toda clase de respetos, y le dijo: "¡Oh hijo de Danial, esperamos de ti que salves a nuestro rey Karazdan! ¡Una lepra, que hasta ahora no tuvo remedio, le cubre el rostro y el cuerpo! ¡Y hemos pensado en ti para que le cures, ya que eres hijo del sabio Danial!" Y todos los circunstantes, gobernadores, chambelanes y portaalfanjes, gritaron a la vez: "¡Sólo de ti esperamos la curación del rey Karazdán!"

Al oír estas palabras, se dijo el asustado Hassib: "¡Por Alah! ¡Me toman por un sabio!" Luego dijo al gran visir: "En verdad que soy el hijo de Danial! ¡Pero no soy más que un ignorante! Me llevaron a la escuela y no aprendí en ella nada; quisieron enseñarme la medicina, pero al cabo de un mes renunciaron a ello al ver la mala calidad de mi entendimiento. Y como último recurso, mi madre me compró un asno y cuerdas, e hizo de mí un leñador: ¡Y eso es todo lo que sé!"

Pero el visir le dijo: "Es inútil, ¡oh hijo de Danial! que sigas ocultando tus conocimientos. ¡Demasiado sabemos que aunque recorriéramos el Oriente y el Occidente, no encontraríamos quien te igualase como médico!" Aterrado, dijo Hassib: "Pero ¡oh visir lleno de sabiduría! ¿Cómo podré curarle si no conozco las enfermedades ni los remedios?" El visir añadió: "Vamos, joven, es inútil negar más. ¡Todos sabemos que la curación del rey está en tus manos!" Hassib alzó al cielo las manos y preguntó: "¿Cómo es eso?" El visir dijo: "¡Muy sencillo! ¡Puedes obtener esa curación porque conoces a la princesa subterránea, la reina Yamlika, cuya leche virginal, tomada en ayunas o empleada como díctamo, cura las enfermedades más incurables...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 370



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Pero cuando llegó la 370ª noche

Ella dijo:

"¡...Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma!"

Estuvo con él una hora todavía, tratando de decidirle a que le acompañara a su reino para cambiar de aires y horizontes; pero fue en vano. Entonces vióse obligado a abandonarle para no importunarle, y después que le abrazó y le dijo aún algunas palabras de consuelo, emprendió de nuevo el camino de su ciudad, a la que llegó sin incidentes tras una ausencia de cinco años. ¡Y desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas!

Y como ahora te hallas aquí tú, ¡oh Hassib! olvidaré completamente a aquel joven rey Belukia, a quien esperaba volver a ver por acá un día u otro. ¡Tú, al menos, no me abandonarás tan pronto, porque pienso retenerte en mi compañía largos años, sin dejarte carecer de nada para persuadirte a que accedas! ¡Por cierto que todavía he de contarte tantas historias asombrosas, que la del rey Belukia y del hermoso joven triste parecerán simples aventuras corrientes! ¡Y para darte desde ahora una prueba de que te quiero bien por haberme escuchado todo este tiempo con tanta atención, he aquí que mis mujeres van a servirnos de comer y beber, y van a cantar para deleitarnos, y nos van a aligerar el espíritu hasta que llegue la mañana!"

Cuando la reina Yamlika, princesa subterránea, hubo acabado de contar al joven Hassib, hijo del sabio Danial, la historia de Belukia y la del hermoso joven triste, y cuando el festín, y los cantos, y las danzas de las mujeres serpientes llegaron a su término, se levantó la sesión y se formó el cortejo para volver a la otra residencia. Pero el joven Hassib, que amaba en extremo a su madre y a su esposa, dijo: "¡Oh reina Yamlika! ¡No soy más que un pobre leñador, y me ofreces aquí una vida llena de delicias; pero en mi casa me esperan una madre y una esposa! Y no puedo ¡por Alah! dejar que me esperen más tiempo sumidas en la desesperación que las producirá mi ausencia. Permíteme, pues, que regrese junto a ellas, porque si no morirían de dolor. ¡Y créeme que en verdad sentiré toda mi vida no haber podido escuchar las demás historias con que tenías la intención de deleitarme durante mi estancia en tu reino!"

Al oír estas palabras, la reina Yamlika comprendió que estaba justificado el motivo de la partida de Hassib, y le dijo: "Consiento ¡oh Hassib! en dejarte regresar junto a tu madre y esposa, aunque me cuesta mucho trabajo separarme de un auditor tan atento como tú. Solamente exijo de ti un juramento, sin el cual me será imposible dejarte partir. Vas a prometerme no ir nunca en lo sucesivo a tomar un baño en el hammam durante toda tu vida. De lo contrario, llegará tu perdición. ¡Por el momento no puedo ser más explícita!"

El joven Hassib, a quien tal petición asombraba en extremo, no quiso contrariar a la reina Yamlika, y prestó el juramento consabido, en el cual prometía no ir en toda su vida a tomar un baño en el hammam. Entonces, después de las despedidas, la reina Yamlika hizo que una de sus mujeres serpientes le acompañara hasta los confines del reino, del que se salía por una abertura escondida en una casa ruinosa que estaba enclavada en el lado opuesto al paraje donde se hallaba el agujero por el cual pudo penetrar Hassib en la residencia subterránea.

Amarilleaba el sol cuando Hassib llegó a su calle y llamó a la puerta de su casa, fue a abrir su madre, y al conocerle lanzó un grito agudo y se arrojó en sus brazos llorando de alegría. Y su esposa, por su parte, al oír el grito y los sollozos de la madre, corrió a la puerta, le reconoció también y le saludó respetuosamente besándole las manos. Después de lo cual entraron en la casa y se entregaron con libertad a los más vivos transportes de júbilo.

Cuando estuvieron un poco calmados, Hassib les pidió noticias de sus antiguos camaradas los leñadores que le habían abandonado en la cueva de la miel. Su madre le contó que fueron a darle la mala nueva de su muerte entre los dientes de un lobo, y que se habían hecho ricos mercaderes y propietarios de muchos bienes y de hermosas tiendas, viendo a diario dilatarse cada vez más el mundo ante sus ojos.

Entonces Hassib reflexionó un instante, y dijo a su madre: "¡Mañana irás a buscarles al zoco, y cuando estén reunidos, les anunciarás mi regreso, diciéndoles que tendré mucho gusto en verles!" Así es que al día siguiente la madre de Hassib no dejó de hacer el encargo, y al saber la noticia, los leñadores cambiaron de color y contestaron escuchando y obedeciendo en lo concerniente a la visita de bienvenida. Luego se concertaron entre sí y resolvieron arreglar el asunto lo mejor posible. Empezaron por regalar a la madre de Hassib sedas hermosas y hermosas telas, y la acompañaron a la casa, aviniéndose a entregar a Hassib cada uno la mitad de las riquezas, esclavas y propiedades que tenían en su poder.

Al llegar a la presencia de Hassib, le saludaron y le besaron las manos, ofreciéndole todo aquello y rogándole que lo, aceptara y olvidara sus yerros para con él. Y Hassib no quiso guardarles rencor, aceptó sus ofrecimientos, y les dijo: "¡Lo pasado, pasado, y ninguna preocupación puede impedir que suceda lo que ha de suceder!" Entonces se despidieron de él, asegurándole su gratitud, y Hassib se convirtió desde aquel día en un hombre rico, y se estableció como mercader en el zoco, abriendo una tienda que llegó a ser la más honrosa entre todas las tiendas.

Un día que iba a su tienda, como de costumbre, pasó por delante del hammam, situado a la entrada del zoco. Y he aquí que el propietario del hammam estaba precisamente tomando el aire a la puerta, y al reconocer a Hassib, le saludó y le dijo: "Hazme el honor de entrar a mi establecimiento. Nunca te he tenido ni una sola vez como cliente. ¡Pero hoy quiero que vengas solamente para complacerme, y los masajistas te frotarán con un guante nuevo de crin y te enjabonarán con filamentos de lifa, que no ha usado nadie!" Pero contestó Hassib, que se acordaba de su juramento: "No, ¡por Alah! no puedo aceptar tu ofrecimiento ¡oh jeique! ¡Porque hice voto de no entrar nunca en el hammam! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 369



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Pero cuando llegó la 369ª noche


Ella dijo:

... Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo.

Por la mañana fue Schamsa quien se puso primero en pie. Vistióse con su manto de plumas, me despertó, me besó entre los dos ojos, y me dijo: "Ya es hora de que vayamos al palacio de los diamantes a ver a mi padre el rey Nassr. ¡Vístete, pues, cuanto antes!" Obedecí en seguida, y cuando estuve dispuesto, fuimos a besar las manos del jeique gobernador de las aves y le dimos muchas gracias. Entonces me dijo Schamsa: "¡Ahora súbete en mis hombros y sostente bien, porque el viaje será un poco largo, aunque me propongo hacerlo a toda velocidad!" Y me tomó en sus hombros, y después de tributar a nuestro protector las últimas despedidas, me transportó por los aires con la rapidez del rayo, y al poco tiempo me dejó en tierra a alguna distancia de la entrada al palacio de los diamantes. Y desde allí nos encaminamos tranquilamente hacia el palacio, mientras corrían a anunciar nuestra llegada los genn servidores que había instalado el rey por aquellos sitios.

El rey Nassr, padre de Schamsa y, señor de los genn, experimentó una inmensa alegría al verme; me cogió en brazos y me oprimió contra su pecho. Luego ordenó que me vistieran con un magnífico ropón de honor, me puso en la cabeza una corona tallada en un solo diamante, me condujo después a la presencia de la reina, madre de mi esposa, la cual reina me manifestó su júbilo y felicitó a su hija por la elección que de mi persona hizo. Y regaló más tarde a su hija una cantidad enorme de pedrerías, pues el palacio estaba lleno de ellas; y ordenó que a ambos nos llevaran al hammam, en donde nos lavaron y perfumaron con agua de rosas, almizcle, ámbar y aceites aromáticos, que nos refrescaron maravillosamente. Tras de lo cual se dieron en honor nuestro festines que duraron treinta días y treinta noches consecutivas.

Entonces manifesté mis deseos de presentar a mi vez mi esposa a mis padres en mi país. Y aunque muy apenados por tener que separarse de su hija, el rey y la reina aprobaron mi proyecto, pero me hicieron prometer que todos los años iríamos a pasar con ellos una temporada. Después hizo el rey construir un trono de tal magnificencia y tal tamaño, que en sus peldaños podía contener doscientos genios varones y doscientos genios hembras. Subimos al trono los dos, y los cuatrocientos genios de ambos sexos, que se hallaban allí para servirnos, se pusieron de pie en las gradas, mientras actuaban de portadores todo un ejército compuesto por otros genios. Cuando nos despedimos por última vez los portadores se elevaron por los aires con el trono, y empezaron a recorrer el espacio con tanta rapidez, que en dos días hicieron un trayecto de dos años de marcha. Y llegamos sin incidentes al palacio de mi padre en Kabul.

Cuando mi padre y mi madre me vieron llegar después de una ausencia que les había hecho perder toda esperanza de encontrarme, y cuando contemplaron a mi esposa y supieron quién era y en qué circunstancias me case con ella, llegaron al límite de la alegría y lloraron mucho besándome y besando a mi muy amada Schamsa. Y tanto se conmovió mi pobre madre, que cayó desvanecida y no volvió en sí más que gracias al agua de rosas que llevaba en un frasco grande mi esposa Schamsa.

Después de todos los festines y todos los regocijos que se organizaron con motivo de nuestra llegada y del nuestros esponsales, mi padre preguntó a Schamsa: "¿Qué quieres que haga para agradarte, hija mía?"

Y Schamsa, que tenía gustos muy modestos, contestó: "¡Oh rey afortunado! Solamente anhelo tener para nosotros dos un pabellón en medio de un jardín regado por arroyos". Y al punto dió mi padre el rey las órdenes necesarias, y al cabo de un corto espacio de tiempo tuvimos nuestro pabellón y nuestro jardín, donde vivimos en el límite de la felicidad.

Pasado de tal suerte un año en un mar de delicias, mi esposa Schamsa quiso volver al palacio de los diamantes para ver de nuevo a su padre y a su madre, y me recordó la promesa que les hice de ir todos los años a pasar con ellos una temporada. No quise contrariarla, porque la amaba mucho; pero ¡ay! la desgracia debía abatirse sobre nosotros por causa de aquel maldito viaje.

Nos colocamos, pues, en el trono llevado por nuestros genios servidores, y viajamos a gran velocidad, recorriendo cada día una distancia de un mes de camino, y deteniéndonos por las tardes para descansar cerca de algún manantial o a la sombra de los árboles. Y he aquí que un día hicimos alto precisamente en este sitio para pasar la noche, y mi esposa Schamsa quiso ir a bañarse en el agua de ese río que corre ante nosotros. Me esforcé cuanto pude por disuadirla, hablándole del fresco excesivo de la tarde y de los perjuicios que la podría ocasionar; no quiso escucharme, y se llevó en su compañía a algunas de sus esclavas para que se bañaran con ella. Se desnudaron en la ribera y se metieron en el agua, donde Schamsa parecía la luna al salir en medio de un cortejo de estrellas. Estaban retozando y jugando entre sí, cuando de repente Schamsa lanzó un grito de dolor y cayó en brazos de sus esclavas, que se apresuraron a sacarla del agua y llevarla a la orilla. Pero cuando quise hablarle y cuidarla, ya estaba muerta. Y las esclavas me enseñaron en el talón de mi esposa una mordedura de serpiente acuática.

Ante aquel espectáculo, caí desmayado, y permanecí en tal estado tanto tiempo que me creyeron muerto también. Pero ¡ay! hube de sobrevivir a Schamsa para llorar por ella y erigirle esta tumba que ves. En cuanto a la otra tumba, es la mía propia, que hice construir junto a la de mi pobre bienamada. ¡Y dejo transcurrir mi vida ahora entre lágrimas y recuerdos crueles, esperando el momento de dormir al lado dé mi esposa Schamsa, lejos de mi reino, al que renuncié, lejos del mundo, que es para mí un desierto horrible, en este asilo solitario de la muerte!"

Cuando el hermoso joven triste acabó de contar su historia a Belukia, escondió el rostro entre sus manos y se echó a llorar. Entonces le dijo Belukia: "¡Por Alah, oh hermano mío! ¡Tu historia es tan asombrosa y tan extraordinaria, que olvidé mis propias aventuras, aunque las creía prodigiosas entre todas las aventuras! ¡Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma!...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló.

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Noche 368



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Pero cuando llegó la 368ª noche


Ella dijo:

... el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas. Entonces el anciano me tendió la mano, me levantó y me dijo: "Veo que tu corazón está consumido de pasión por la joven, y voy a indicarte el medio de volver a verla. Vas a ocultarte detrás de los árboles y a esperar pacientemente la vuelta de las palomas. Las dejarás desnudarse y meterse en el estanque, y entonces te precipitarás de repente sobre sus mantas de plumas y te apoderarás de ellas. Entonces verás cómo dulcifican contigo su lenguaje; se acercarán a ti, te harán mil caricias y te suplicarán, con palabras extremadamente gentiles, que les devuelvas sus plumas. Pero guárdate bien de dejarte conmover, porque entonces acabarían por siempre para ti las jóvenes. Por el contrario, rehúsa enérgicamente devolvérselas, y diles: "¡Os daré de buen grado vuestros mantos, pero no sin que venga el jeique!" Y efectivamente, esperarás mi regreso entreteniéndolas con galanterías; ¡y yo encontraré el medio de que las cosas se tornen favorables para ti!"

Al oír estas palabras, dí muchas gracias al venerable gobernador de las aves, y enseguida corrí a ocultarme detrás de los árboles, en tanto que se retiraba él a su pabellón para recibir a sus súbditos.

Permanecí bastante tiempo esperando la llegada de las tres palomas. Al fin oí un batir de alas y risas aéreas, y vi que las tres palomas se posaban en el borde del estanque y miraban a derecha y a izquierda para enterarse de si no las observaba nadie. Luego, la que me había hablado se encaró con las otras dos, y les dijo: "¿No creéis, hermanas mías, que puede estar escondido alguien en el jardín? ¿Qué habrá sido del joven a quien vimos?"

Pero le dijeron sus hermanas: "¡Oh Schamsa, no te preocupes por eso y date prisa a hacer como nosotras!" Y las tres se despojaron de sus plumas entonces, y se sumergieron en el agua para entregarse enseguida a mil locos juegos, blancas y desnudas cual la plata virgen. Y creí ver tres lunas reflejadas en el agua.

Esperé a que hubiesen nadado hasta la mitad del estanque, y me erguí sobre ambos pies para ponerme de pronto en movimiento con la rapidez del rayo y apoderarme del manto de la joven a quien amaba. Y respondieron a mi ademán raptor tres gritos de espanto, y vi que las jóvenes, avergonzadas por haber sido sorprendidas en sus retozos, se sumergían enteramente, sin dejar fuera del agua más que la cabeza, y corrían hacia mí lanzándome miradas llorosas. Pero seguro entonces de tenerlas a mi arbitrio, me eché a reír, retrocediendo del borde del estanque y ostentando el manto de plumas con aire victorioso.

Al ver aquello, la joven que me había hablado la primera vez, y cuyo nombre era Schamsa, me dijo: "¿Cómo te atreves ¡oh joven! a apoderarte de lo que no te pertenece?" Yo contesté: "¡Oh paloma mía, sal del baño y ven a conversar conmigo!" Ella dijo: "Bien quisiera conversar contigo, ¡oh hermoso joven! pero estoy completamente desnuda y no puedo salir así del baño. ¡Devuélveme mi manto y te prometo salir del agua para distraerme contigo, y hasta te dejaré que me acaricies y me beses cuanto quieras!" Yo dije: "¡Oh, luz de mis ojos, eh dueña mía, oh soberana de belleza, oh fruto de mi hígado! ¡Si te devolviera tu manto, sería como darme la muerte con mi propia mano! ¡No puedo, pues, hacerlo, por lo menos mientras no llegue mi amigo el jeique, gobernador de las aves!" Ella me dijo: "Entonces, puesto que no cogiste más que mi manto, aléjate un poco y vuelve la cabeza a otro lado para dejarme salir del baño y dar tiempo a que se cubran mis hermanas; ¡y para ocultar lo más esencial, me prestarán ellas entonces algunas de sus plumas!" Yo dije: "¡Eso sí, puedo hacerlo!" Y me alejé y me puse detrás del trono de rubí.

Entonces salieron primeramente las dos hermanas mayores v se pusieron con presteza sus mantos; luego arrancaron algunas de las plumas finas e hicieron con ellas una especie de mandilillo; después ayudaron a salir a su vez del agua a su hermana pequeña, la taparon con aquel mandil lo más esencial y me dijeron: "¡Ya puedes venir!" Y yo corrí a presentarme ante aquellas gacelas, y me eché a los pies de la amable Schamsa y le besé los pies, siempre sujetando con fuerza su manto para que no lo cogiese y emprendiese el vuelo. Entonces me hizo ella levantarme, y empezó a decirme mil palabras gentiles y a hacerme mil caricias para decidirme a que le devolviese su manto; pero me guardé mucho de ceder a sus deseos, y logré arrastrarla hacia el trono de rubí, donde me senté colocándola sobre mis rodillas.

Entonces, al ver ella que no podía escaparse, se decidió por fin a corresponder a mis deseos, y me rodeó el cuello con sus brazos, y me devolvió beso por beso y caricia por caricia, en tanto que nos sonreían sus hermanas, mirando a todos lados para ver si llegaba alguien.

Mientras estábamos de aquella manera, mi protector el jeique abrió la puerta y entró. Entonces, nos levantamos en honor suyo, nos adelantamos a recibirle, y le besamos las manos respetuosamente. Nos rogó él entonces que nos sentáramos, y encarándose con la amable Schamsa, le dijo: "Estoy encantado, hija mía, de la elección que has hecho correspondiendo a este joven que te ama con locura. ¡Porque has de saber que pertenece a un linaje ilustre! Su padre es el rey Tigmos, señor del Afghanistán. ¡Harás bien, pues, al aceptar esa alianza y al decidir igualmente a tu padre el rey Nassr para que otorgue su consentimiento!"

Ella contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Entonces le dijo el jeique: "Si verdaderamente aceptas esa alianza, ¡júrame y prométeme ser fiel a tu esposo y no abandonarle nunca!" Y la bella Schamsa se levantó al punto y prestó el consabido juramento entre las manos del venerable jeique. Entonces nos dijo él: "Demos gracias al Altísimo por vuestra unión, hijos míos. ¡Y ya podéis ser dichosos! ¡He aquí que invoco la bendición para vosotros! Ahora podéis amaros libremente. ¡Y tú, Janschah, devuélvele su manto pues no ha de dejarte!"

Y dichas estas palabras, el jeique nos introdujo en una sala, donde había colchones cubiertos con tapices, y también fuentes llenas de hermosas frutas y otras cosas exquisitas. Y tras de rogar a sus hermanas que la precedieran en su vuelta al palacio de su padre para anunciarle su matrimonio y prevenirle de su regreso en mi compañía, Schamsa estuvo extremadamente amable, y quiso mondarme ella misma las frutas y repartirlas conmigo. Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 367



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Y cuando llegó la 367ª noche


Ella dijo:

... de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro, y permanecí largo tiempo mirándola, sin osar ni siquiera tocarla con la mano en vista de la prohibición que me hizo el anciano; pero al cabo no pude resistir a la tentación que colmaba mi alma, metí la llave de oro en la cerradura, abrí la puerta y presa del temor penetré en el lugar prohibido.

Pero, lejos de tener ante los ojos un espectáculo asombroso, vi, primeramente, en medio de un pabellón con el piso incrustado de pedrerías de todos colores, un estanque de plata rodeado de pájaros de oro que echaban agua por el pico, con un ruido tan maravilloso, que creí oír los trinos de cada uno de ellos resonar melodiosamente contra las paredes de plata. Había en torno al estanque, divididos por clases, cuadros de flores de suaves perfumes que casaban sus colores con los de las frutas de que estaban cargados los árboles que esparcían sobre el agua su frescura asombrosa. La arena que yo hallaba era polvo de esmeralda y diamante, y se extendía hasta las gradas de un trono que se alzaba enfrente del estanque maravilloso. Estaba hecho aquel trono con un solo rubí, cuyas facetas reflejaban en el jardín el rojo de sus rayos fríos, que iluminaban el agua con un brillo de pedrerías.

Me detuve extático ante cosas tan sencillas nacidas de la unión pura de los elementos; luego fui a sentarme en el trono de rubí, que aparecía coronado por un dosel de seda roja, y cerré los ojos un instante para que penetrara mejor aquella fresca visión en mi alma entusiasmada.

Cuando abrí los ojos vi que se adelantaban hacia el estanque, sacudiendo sus plumas blancas, tres elegantes palomas que iban a darse un baño. Saltaron con gracia el ancho borde del estanque de plata, y después de abrazarse y hacerse mil caricias encantadoras, ¡oh mis ojos maravillados! las vi arrojar lejos de sí su virginal manto de plumas y aparecer en una desnudez de jazmín, con el aspecto de tres jóvenes bellas como lunas. Y al punto se sumergieron en el estanque para entregarse a mil juegos y mil locuras, ora desapareciendo, ora reapareciendo entre remolinos brillantes, para volver a desaparecer riendo a carcajadas, mientras sólo sus cabelleras flotaban sobre el agua, sueltas en un vuelo de llama.

Ante tal espectáculo, ¡oh hermano Belukia! sentí que mi corazón nadaba en mi cerebro y trataba de abandonarlo. Y como no podía contener mi emoción, corrí enloquecido hacia el estanque y grité: "¡Oh, jóvenes; oh, lunas, oh, soberanas!"

Cuando me vislumbraron las jóvenes lanzaron un grito de terror, y saliendo del agua con ligereza, corrieron a coger sus mantos de plumas, que echaron sobre su desnudez, y volaron al árbol más alto entre los que daban sombra a la pila, y se echaron a reír mirándome.

Entonces me acerqué al árbol, levanté hacia ellas los ojos, y les dije: "¡Oh, soberanas, os ruego que me digáis quiénes sois! ¡Yo soy Janschah, hijo del rey Tigmos, soberano de Kabul y jefe de los Bani-Schalán!" Entonces la más joven de las tres, precisamente aquella cuyos encantos habíanme impresionado más, me dijo: "Somos las hijas del rey Nassr, que habita en el palacio de los diamantes. Venimos aquí para dar un paseo y con el sólo fin de distraernos".

Dije: "En ese caso, ¡oh mi señora! ten compasión de mí y baja a completar el juego conmigo". Ella me dijo: "¿Y desde cuándo pueden las jóvenes jugar con los jóvenes, ¡oh Janschah!? ¡Pero si deseas absolutamente conocerme mejor, no tienes más que seguirme al palacio de mi padre!" Y habiendo dicho estas palabras, me lanzó una mirada que me penetró el hígado, y emprendió el vuelo en compañía de sus dos hermanas hasta que la perdí de vista.

Al ver aquello, en el límite ya de la desesperación, di un grito agudo y caí desmayado bajo el árbol.

No sé cuánto tiempo permanecí echado de aquel modo; pero cuando volví en mí, el anciano gobernador de las aves estaba a mi lado y me rociaba el rostro con agua de flores. Cuando me vio abrir los ojos, me dijo: "¡Ya ves, hijo mío, lo que te ha costado desobedecerme! ¿No te prohibí que abrieras la puerta de este pabellón?"

Yo, por toda respuesta, me limité a prorrumpir en sollozos, y luego improvisé estos versos:

¡Ha arrebatado mi corazón una esbelta joven de cuerpo armonioso!

¡Arrebatador es su talle entre todos los talles! ¡Cuando sonríe, sus labios excitan los celos de las rosas y los rubíes!

¡Su cabellera oscila por encima de su hermosa grupa redonda!

¡Las flechas que disparan los arcos de sus pestañas dan en el blanco, aun desde lejos, y hacen heridas incurables!

¡Oh belleza suya! ¡No tienes rival y borras las bellezas todas de la India!

Cuando acabé de recitar estos versos, me dijo el anciano: "Comprendo lo que te ha sucedido. Viste a las jóvenes vestidas de palomas, que algunas veces vienen a darse un baño aquí". Yo exclamé: "Las vi, padre mío, y te ruego que me digas dónde se halla el palacio de los diamantes, en que habitan con su padre el rey Nassr".

Contestó: "No hay para qué pensar en ir allí, hijo mío, pues el rey Nassr es uno de los jefes más poderosos de la genn, y dudo mucho que te diera en matrimonio a una de sus hijas. Ocúpate, pues, de preparar tú regreso a tu país. Yo mismo te facilitaré la tarea recomendándote a las aves que enseguida van a venir a presentarme sus respetos, y que te servirán de guías". Contesté: "¡Te doy las gracias, padre mío; pero renuncio a regresar al lado de mis padre, si no debo volver ya a ver a la joven que me habló!" Y al decir estas palabras me arrojé a los pies del anciano llorando, y le supliqué que me indicara el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 366



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Pero cuando llegó la 366ª noche


Ella dijo:

... la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía.

Entonces, después de haberme puesto el ropón de seda consabido, los esclavos me llevaron a la estancia donde me esperaba la joven, que debía ser virgen, según afirmación del viejo judío. Y me encontré, en efecto, con una joven muy bella, en cuya compañía me dejaron solo para pasar la noche. Y al punto me acosté con ella y la encontré perfecta en verdad.

Tres días y tres noches pasé con ella, comiendo y bebiendo y haciendo lo que tenía que hacer, y a la mañana del cuarto día el anciano hizo que me llamaran, y me dijo: "¿Estás ahora dispuesto a ejecutar el trabajo que te he pagado y que de antemano aceptaste?”

Declaré que estaba dispuesto a prestarme a aquel trabajo, sin saber de qué se trataba.

Entonces el viejo judío ordenó a sus esclavos que enjaezaran y llevaran dos mulas; y los esclavos llevaron dos mulas enjaezadas. Montó en una él y yo en otra, y me dijo que le siguiera. Íbamos a buen paso, y de tal suerte caminamos hasta mediodía, hora en la que llegamos al pie de una alta montaña cortada a pico, y en cuyas laderas no se veía ningún sendero por donde pudiese aventurarse un hombre o una cabalgadura cualquiera. Echamos pie a tierra, y el viejo judío me tendió un cuchillo, diciéndome: "¡Clávalo en el vientre de tu mula! ¡Ha llegado el momento de empezar a trabajar!" Yo obedecí y clavé el cuchillo en el vientre de la mula, que no tardó en sucumbir; luego, por orden del judío, desollé al animal y limpié la piel. Entonces mi interlocutor me dijo: "Tienes que echarte ahora encima de esa piel, para que yo la cosa contigo dentro como si estuvieras en un saco". Y obedecí asimismo, y me eché encima de la piel, la cual cosió el anciano cuidadosamente conmigo dentro; luego me dijo: "¡Escucha bien mis palabras! De un instante a otro se arrojará sobre ti un pájaro enorme y te cogerá para llevarte a su nido, que está situado en la cima de esta montaña escarpada. Ten mucho cuidado de no moverte cuando te sientas transportado por los aires, porque te soltaría el pájaro y te estrellarías al caer al suelo; pero cuando te haya dejado en la montaña, corta la piel con el cuchillo que te di y sal del saco. El pájaro se asustará y no te hará nada. Entonces has de recoger las piedras preciosas de que está cubierta la cima de esta montaña y me las arrojas. Hecho lo cual, bajarás a reunirte conmigo".

Y he aquí que apenas había acabado de hablar el viejo judío, me sentí transportado por los aires, y al cabo de algunos instantes me dejaron en el suelo. Entonces corté con mi cuchillo el saco y asomé por la abertura mi cabeza. Aquello asustó al pájaro monstruoso, que huyó volando a toda prisa. Yo me puse entonces a recoger rubíes, esmeraldas y demás piedras preciosas que cubrían el suelo, y se las arrojé al viejo judío. Pero cuando quise bajar advertí que no había ni un sendero donde poner el pie, y vi que el viejo judío montaba en su mula después de recoger las piedras, y se alejaba rápidamente hasta desaparecer de mi vista.

Entonces, en el límite de la desesperación, lloré mi destino y pensando hacia qué lado me convendría más encaminarme, eché a andar todo derecho delante de mí y a la ventura, errando de tal suerte dos meses hasta llegar al final de la cadena de montañas, a la entrada de un valle magnífico, en el que los arroyos, los árboles y las flores glorificaban al Creador entre gorjeos de pájaros.

Allí vi un inmenso palacio que se elevaba a gran altura por los aires y hacia el cual me encaminé. Llegué a la puerta, donde hallé sentado en el banco del zaguán a un anciano cuyo rostro brillaba de luz. Tenía en la mano un cetro de rubíes y llevaba en la cabeza una corona de diamantes. Le saludé y me devolvió el saludo con amabilidad, y me dijo: "¡Siéntate junto a mí, hijo mío!" Y cuando me senté, me preguntó: "¿De dónde vienes a esta tierra que nunca halló la planta de un adamita?" ¿Y adónde te propones ir?"

Por toda respuesta estallé en sollozos, y se diría que me iba a ahogar el llanto. Entonces me dijo el anciano: "Cesa de llorar así, hijo mío, porque me encoges el corazón. Ten valor y empieza por reanimarte comiendo y bebiendo". Y me introdujo en una vasta sala, dándome de comer y de beber. Y cuando me vio en mejor estado de ánimo, me rogó que le contase mi historia, y satisfice su deseo, y a mi vez le rogué que me dijese quién era y a quién pertenecía aquel palacio. Me contestó: "Sabe, hijo mío, que este palacio fue construido antaño por nuestro señor Soleimán, de quien soy representante para gobernar a las aves. Cada año vienen aquí a rendirme pleitesía todas las aves de la tierra. Si deseas regresar a tu país, te recomendaré a ellas la primera vez que vengan a recibir órdenes mías, y te transportarán a tu país. En tanto, para matar el tiempo hasta que lleguen, puedes circular por todo este inmenso palacio, y puedes entrar en todas las salas, con excepción de una sola, la que se abre con la llave de oro que ves entre todas estas llaves que te doy".

Y el anciano gobernador de las aves me entregó las llaves y me dejó en completa libertad.

Empecé por visitar las salas que daban al patio principal del palacio; luego penetré en las otras estancias, que estaban todas arregladas para que sirvieran de jaulas a las aves, y de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 365



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Pero cuando llegó la 365ª noche

Ella dijo:

... el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle de las Hormigas. Pero aún no llevábamos una jornada de marcha, cuando sentimos temblar el suelo bajo nuestros pies, y al punto vimos aparecer detrás de nosotros a mis súbditos los monos, que llegaban a toda velocidad con el gran visir a la cabeza. Cuando nos dieron alcance, nos rodearon por todos lados, lanzando aullidos de alegría por habernos encontrado, y el gran visir se hizo intérprete de todos pronunciando una arenga para cumplimentarnos por haber salido con bien.

Aquel encuentro nos contrarió mucho, aunque tuvimos cuidado de ocultarlo e íbamos a emprender de nuevo con mis súbditos el camino de palacio, cuando del valle que en aquel momento atravesábamos vimos salir un ejército de hormigas, cada una de las cuales tenía la corpulencia de un perro. Y en un abrir y cerrar de ojos comenzó una pelea espantable entre mis súbditos y, las hormigas monstruosas, cogiendo con sus patas a los monos y partiéndolos en dos de un golpe, y abalanzándose de diez en diez los monos contra cada hormiga para poder matarla.

En cuanto a nosotros, quisimos aprovecharnos del combate para huir a lomos de nuestros perros; pero desgraciadamente fui yo el único que pude escaparme, porque las hormigas advirtieron a mis tres mamalik y se apoderaron de ellos, partiéndolos en dos con sus garras formidables. Y me salvé, deplorando la pérdida de mis últimos compañeros, y llegué a un río, que atravesé a nado, abandonando mi cabalgadura, y llegué sano y salvo a la otra orilla, donde lo primero que hice fue secar mi ropa; y luego me quedé dormido hasta la mañana, seguro ya de que no me perseguían, pues el río me separaba de las hormigas y de mis súbditos los monos.

Cuando me desperté, eché a andar durante días y días, comiendo plantas y raíces, hasta llegar a la montaña consabida, al pie de la cual vi, efectivamente, una gran ciudad, que era la Ciudad de los Judíos, tal como me lo había indicado la inscripción. Pero me asombró mucho en esta ciudad un detalle del que no hablaba la inscripción, y que noté más tarde; en efecto, hube de comprobar que el río que atravesé a pie enjuto aquel día para llegar a la ciudad estaba lleno de agua todo el resto de la semana; y también supe que aquel río, caudaloso los demás días no llevaba agua el sábado, que es el día de fiesta de los judíos.

Y he aquí que entré en la ciudad aquel día y no vi por las calles a nadie. Me encaminé entonces a la primera casa que encontré en mi camino, abrí la puerta y penetré en ella. Me hallé entonces en una sala donde estaban sentados en corro muchos personajes de aspecto venerable. Entonces, animado por la bondad de sus rostros, me acerqué a elles respetuosamente, y después del saludo, les dije: "Soy Janschah, hijo del rey Tigmos, señor de Kabul y jefe de los Bani-Schalán. Os ruego ¡oh mis señores! que me digáis a qué distancia estoy de mi país y qué camino debo tomar para llegar a él. ¡Además, tengo hambre!" Entonces me miraron sin contestarme cuantos estaban sentados allí, y el que parecía ser su jeique me dijo por señas solamente y sin pronunciar una palabra: "¡Come y bebe, pero no hables!" Y me mostró una bandeja de manjares asombrosos, que por cierto jamás había yo visto, y que estaban guisados con aceite, a juzgar por el olor. Entonces comí, bebí y guardé silencio.

Cuando hube acabado, se acercó a mí el jeique de los judíos, y me preguntó igualmente por señas: "¿Quién? ¿De dónde? ¿Adónde?" Entonces le pregunté por señas si podía contestar, y tras una señal afirmativa suya seguida de otra que quería decir: ¡No pronuncies más de tres palabras! pregunté: "¿Caravana Kabul, cuándo?"

Me contestó: "¡No lo sé!", siempre sin pronunciar una palabra, y me hizo seña de que me marchara, porque ya había terminado mi comida. Entonces le saludé, como también a todos los circunstantes, y salí, asombrándome en extremo de sus maneras extrañas. Ya en la calle intentaba orientarme, cuando por fin oí a un pregonero público que decía a voces: "¡Quién quiera ganarse mil monedas de oro y poseer una esclava joven de belleza sin igual, que venga conmigo, para efectuar un trabajo de una hora!"

Como yo estaba en la penuria, me acerqué al pregonero, y le dije: "¡Acepto el trabajo, y al mismo tiempo los mil dinares y la esclava joven!" Entonces me cogió de la mano y me llevó a una casa amueblada muy ricamente, en la que estaba sentado en un sillón de ébano un judío viejo, ante el cual se inclinó el pregonero, presentándome, y dijo: "¡He aquí, al fin, a un joven extranjero, que ha sido el único que respondió a mi llamamiento en los tres meses que hace que pregono la cosa!"

Al oír estas palabras, el viejo judío, dueño de la casa, me hizo sentar a su lado, estuvo conmigo muy amable, ordenando que me sirvieran de comer y de beber sin parsimonia, y terminada la comida me dio una bolsa con mil monedas de oro que no eran falsas, a la vez que mandaba a sus esclavas que me pusieran un ropón de seda y me llevaran junto a la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía...


En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 364



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Pero cuando llegó la 364ª noche

Ella dijo:

...nos respondió el hombre con una voz de falsete semejante al graznido de un cuervo o de cualquier otra ave de rapiña. Luego se levantó de un salto, se partió en dos partes al hacer un movimiento, cortándose por la mitad, y corrió a nosotros con el tronco solamente, mientras su parte inferior corría en dirección distinta. Y en el mismo momento surgieron de todos los puntos de la selva otros hombres semejantes a aquél, los cuales corrieron a la fuente, se partieron en dos partes con un movimiento de retroceso y se abalanzaron a nosotros con su tronco solamente. Arrojáronse entonces sobre los tres de mis mamalik más próximos a ellos, y se pusieron al punto a devorarlos vivos, mientras que yo y mis otros mamalik nos lanzamos a nuestra barca, y prefiriendo mil veces ser devorados por el agua que devorados por aquellos monstruos, nos dimos prisa a alejarnos de la orilla, dejándonos de nuevo llevar por la corriente.

Y entonces, mientras los troncos devoraban a mis tres desgraciados mamalik, vimos correr por la ribera todas las piernas y nalgas con un galope furioso y desordenado, que nos aterró en nuestra barca, fuera ya de su alcance. Y también nos asombramos mucho del terrible apetito de aquellos troncos cortados por el vientre, y nos preguntamos cómo era posible semejante cosa, deplorando siempre la suerte de nuestros desgraciados compañeros.

Nos impulsó la corriente hasta el siguiente día, y llegamos entonces a una tierra cubierta de árboles frutales y grandes jardines de flores encantadoras. Pero cuando amarramos nuestra barca, no quise echar pie a tierra, y encargué a mis tres mamalik que fuesen primero a inspeccionar el terreno. Así lo hicieron, y después de estar ausentes medio día, volvieron a contarme que habían recorrido una distancia grande, caminando de un lado a otro, sin encontrar nada sospechoso; más tarde habían visto un palacio de mármol blanco, cuyos pabellones eran de cristal puro, y en medio del cual aparecía un jardín magnífico con un lago soberbio; entraron en el palacio y vieron una sala inmensa, donde se alineaban sillones de marfil alrededor de un trono de oro enriquecido con diamantes y rubíes; pero no encontraron a nadie ni en los jardines ni en el palacio.

En vista de un relato tan tranquilizador, me decidí a salir de la barca, y emprendí con ellos el camino del palacio. Empezamos por satisfacer nuestra hambre comiendo las frutas deliciosas de los árboles del jardín, y luego entramos a descansar en el palacio. Yo me senté en el trono de oro y mis mamalik en los sillones de marfil; y aquel espectáculo hubo de recordarnos a mi padre el rey, a mi madre y al trono que perdí, y me eché a llorar; y mis mamalik también lloraron de emoción.

Cuando nos sumíamos en tan tristes recuerdos, oímos un gran ruido semejante al del mar, y enseguida vimos entrar en la sala donde nos hallábamos un cortejo formado por visires, emires, chambelanes y notables; pero pertenecientes todos a la especie de los monos. Los había entre ellos grandes y pequeños. Y creíamos que había llegado nuestro fin. Pero el gran visir de los monos, que pertenecía a la variedad más corpulenta, fue a inclinarse ante nosotros con las más evidentes muestras de respeto, y en lenguaje humano me dijo que él y todo el pueblo me reconocían como a su rey y nombraban jefes de su ejército a mis tres mamalik. Luego, tras de haber hecho que nos sirvieran de comer gacelas asadas, me invitó a pasar revista al ejército de mis súbditos, los monos, antes del combate que debíamos librar con sus antiguos enemigos los ghuls, que habitaban la comarca vecina.

Entonces, yo, como estaba muy fatigado, despedí al gran visir y a los demás, conservando en mi compañía sólo a mis tres mamalik. Después de discutir durante una hora acerca de nuestra nueva situación, resolvimos huir de aquel palacio y de aquella tierra cuanto antes, y nos dirigimos a nuestra embarcación; pero al llegar al río notamos que había desaparecido la barca, y nos vimos obligados a regresar al palacio, donde estuvimos durmiendo hasta la mañana.

Cuando nos despertamos, fue a saludarnos el gran visir de mis nuevos súbditos, y me dijo que todo estaba dispuesto para el combate contra los ghuls. Y al mismo tiempo los demás visires llevaron a la puerta del palacio cuatro perros enormes que debían servirnos de cabalgadura a mí y a mis mamalik, y estaban embridados con cadenas de acero. Y nos vimos obligados yo y mis mamalik a montar en aquellos perros y tomar la delantera, en tanto que a nuestras espaldas, lanzando aullidos y gritos espantosos, nos seguía todo el ejército innumerable de mis súbditos monos capitaneados por mi gran visir.

Al cabo de un día y una noche de marcha, llegamos frente a una alta montaña negra, en la que se encontraban las guardias de los ghuls, los cuales no tardaron en mostrarse. Los había de diferentes formas, a cual más espantables. Unos ostentaban cabeza de buey sobre un cuerpo de camellos, otros parecían hienas, mientras otros tenían un aspecto indescriptible por lo horroroso, y no se asemejaban a nada conocido que permitiera establecer una comparación.

Cuando los ghuls nos vislumbraron, bajaron de la montaña, y parándose a cierta distancia nos abrumaron con una lluvia de piedras. Mis súbditos respondieron del propio modo, y la refriega se hizo terrible por una y otra parte. Armados con nuestros arcos, yo y mis mamalik disparamos a los ghuls una cantidad de flechas, que mataron a un gran número, para júbilo de mis súbditos, a quienes aquel espectáculo llenó de ardor. Así es que acabamos por lograr la victoria, y nos pusimos a perseguir ghuls.

Entonces, yo y mis mamalik determinamos aprovecharnos del desorden de aquella retirada, y montados en nuestros perros, escapar de mis súbditos los monos, poniéndonos en fuga por el lado opuesto, sin que se diesen ellos cuenta; y a galope tendido desaparecimos de su vista.

Después de correr mucho, nos detuvimos para dar un respiro a nuestras cabalgaduras, y vimos enfrente de nosotros una roca grande, tallada en forma de tabla, y en la que aparecía grabada en lengua hebraica una inscripción que decía así:

¡Oh tú, cautivo, a quien arrojó el Destino a esta región para hacer de ti el rey de los monos! Si quieres renunciar a tu realeza por medio de la fuga, dos caminos se abren a tu liberación: uno de estos caminos se halla a tu derecha, y es el que antes te conducirá a orillas del Océano que rodea al mundo; pero cruza por desiertos terribles llenos de monstruos y de genios malhechores. El otro, el de la izquierda, se tarda cuatro meses en recorrerle, y atraviesa un gran valle, que es el Valle de las Hormigas. Si tomas ese camino, resguardándote de las hormigas, irás a parar a una montaña de fuego, al pie de la cual se encuentra la Ciudad de los Judíos. ¡Yo, Soleimán ben-Daúd, escribí esto para tu salvación!

Cuando leímos tal inscripción, llegamos al límite del asombro, y nos apresuramos a emprender el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle de las Hormigas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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