Noche 345



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Y cuando llegó la 345ª noche

... para impedir el paso a los visitantes ni para animarles a seguir en su asombrada exploración.
Continuaron, pues, por esta galería, cuya parte superior estaba decorada con una cornisa bellísima, y vieron, grabada en letras de oro sobre fondo azul, una inscripción en lengua jónica que contenía preceptos sublimes, y cuya traducción fiel hizo el jeique Abdossamad en esta forma:
¡En el nombre del Inmutable, Soberano de los Destinos! ¡Oh hijo de los hombres, vuelve la cabeza y verás que la muerte se dispone a caer sobre tu alma! ¿Dónde está Adán, padre de los humanos? ¿Dónde está Nuh y su descendencia? ¿Dónde está Nemrod el formidable? ¿Dónde están los reyes, los conquistadores, los Khosroes, los Césares, los Faraones, los emperadores de la India y del Irak, los dueños de Persia y de Arabia e Iscandar el Bicornio? ¿Dónde están los soberanos de la tierra Hamán y Karún, y Scheddad, hijo de Aad, y todos los pertenecientes a la posteridad de Canaán? ¡Por orden del Eterno, abandonaron la tierra para ir a dar cuenta de sus actos el día de la Retribución!”
¡Oh hijo de los hombres, no te entregues al mundo y a sus placeres! ¡Teme al Señor, y sírvele con corazón devoto! ¡Teme a la muerte! ¡La devoción por el Señor y el temor a la muerte son el principio de toda sabiduría! ¡Así cosecharás buenas acciones, con las que te perfumarás el día terrible del Juicio!
Cuando escribieron en sus pergaminos esta inscripción, que les conmovió mucho, franquearon una gran puerta que se abría en medio de la galería, y entraron en una sala, en el centro de la cual había una hermosa pila de mármol transparente, de donde se escapaba un surtidor de agua. Sobre la pila, a manera de techo agradablemente colocado, se alzaba un pabellón cubierto con colgaduras de seda y oro en matices diferentes, combinados con un arte perfecto. Para llegar a aquella pila, el agua se encauzaba por cuatro canalillos trazados en el suelo de la sala con sinuosidades encantadoras, y cada canalillo tenía un lecho de color especial: el primero tenía un lecho de pórfido rosa; el segundo, de topacios; el tercero, de esmeraldas, y el cuarto, de turquesas; de tal modo, que el agua de cada uno se teñía del color de su lecho, y herida por la luz atenuada que filtraban las sedas en la altura, proyectaba sobre los objetos de su alrededor y las paredes de mármol una dulzura de paisaje marino.
Allí franquearon una segunda puerta, y entraron en la segunda sala. La encontraron llena de monedas antiguas de oro y plata, de collares, de alhajas, de perlas, de rubíes y de toda clase de pedrerías. Y tan amontonado estaba todo, que apenas se podía cruzar la sala y circular por ella para penetrar en la tercera.
Aparecía ésta llena de armaduras de metales preciosos, de escudos de oro enriquecidos con pedrerías, de cascos antiguos, de sables de la India, de lanzas, de venablos y de corazas del tiempo de Daúd y de Soleimán; y todas aquellas armas estaban en tan buen estado de conservación, que creeríase habían salido la víspera de entre las manos que las fabricaron.
Entraron luego en la cuarta sala, enteramente ocupada por armarios y estantes de maderas preciosas, donde se alineaban ordenadamente ricos trajes, ropones suntuosos, telas de valor y brocados labrados de un modo admirable. Desde allí se dirigieron a una puerta abierta que les facilitó el acceso a la quinta sala. La cual no contenía entre el suelo y el techo más que vasos y enseres para bebidas, para manjares y para abluciones: tazones de oro y plata, jofainas de cristal de roca, copas de piedras preciosas, bandejas de jade y de ágata de diversos colores.
Cuando hubieron admirado todo aquello, pensaron en volver sobre sus pasos, y he aquí que sintieron la tentación de llevarse un tapiz inmenso de seda y oro que cubría una de las paredes de la sala. Y detrás del tapiz vieron una gran puerta labrada con finas marqueterías de marfil y ébano, y que estaba cerrada con cerrojos macizos, sin la menor huella de cerradura donde meter una llave. Pero el jeique Abdossarnad se puso a estudiar el mecanismo de aquellos cerrojos, y acabó por dar con un resorte oculto, que hubo de ceder a sus esfuerzos. Entonces la puerta giró sobre sí misma y dio a los viajeros libre acceso a una sala milagrosa, abovedada en forma de cúpula y construida con un mármol tan pulido, que parecía un espejo de acero. Por las ventanas de aquella sala, a través de las celosías de esmeraldas y diamantes, filtrábase una claridad que inundaba los objetos con un resplandor imprevisto. En el centro, sostenido por pilastras de oro, sobre cada una de las cuales había un pájaro con plumaje de esmeraldas y pico de rubíes, erguíase una especie de oratorio adornado con colgaduras de seda y oro, y al que unas gradas de marfil unían al suelo, donde una magnífica alfombra, diestramente fabricada con lana de colores gloriosos, abría sus flores sin aroma en medio de su césped sin savia, y vivía toda la vida artificial de sus florestas pobladas de pájaros y animales copiados de manera exacta, con su belleza natural y sus contornos verdaderos.
El emir Muza y sus acompañantes subieron por las gradas del oratorio, y al llegar a la plataforma se detuvieron mudos de sorpresa. Bajo un dosel de terciopelo salpicado de gemas y diamantes, en amplio lecho construido con tapices de seda superpuestos, reposaba una joven de tez brillante, de párpados entornados por el sueño tras unas largas pestañas combadas, y cuya belleza realzábase con la calma admirable de sus facciones, con la corona de oro que ceñía su cabellera, con la diadema de pedrerías que constelaba su frente y con el húmedo collar de perlas que acariciaban su dorada piel. A derecha y a izquierda del lecho se hallaban dos esclavos, blanco uno y negro otro, armado cada cual con un alfanje desnudo y una pica de acero. A los pies del lecho había una mesa de mármol, en la que aparecían grabadas las siguientes frases:
¡Soy la virgen Tadnaar, hija del rey de los amalecitas, y esta ciudad es mi ciudad! ¡Puedes llevarte cuanto te plazca a tu deseo, viajero que lograste penetrar hasta aquí! ¡Pero ten cuidado con poner sobre mí una mano violadora, atraído por mis encantos y por la voluptuosidad!
Cuando el emir Muza se repuso de la emoción que hubo de causarle la presencia de la joven dormida, dijo a sus acompañantes: "Ya es hora de que nos alejemos de estos lugares después de ver cosas tan asombrosas, y nos encaminemos hacia el mar en busca de los vasos de cobre. ¡Podéis, no obstante, coger de este palacio todo lo que os parezca; pero guardaos de poner la mano sobre la hija del rey o de tocar sus vestidos!...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 344



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Y cuando llegó la 344ª noche

Ella dijo:

... Comenzaron a trepar por ella lentamente, con el emir Muza a la cabeza. Pero quedáronse algunos en la parte baja de los muros para vigilar el campamento y los alrededores.
El emir Muza y sus acompañantes anduvieron durante algún tiempo por lo alto de los muros, y llegaron al fin ante dos torres unidas entre sí por una puerta de bronce, cuyas dos hojas encajaban tan perfectamente, que no se hubiera podido introducir por su intersticio la punta de una aguja. Sobre aquella puerta aparecía grabada en relieve la imagen de un jinete de oro que tenía un brazo extendido y la mano abierta, y en la palma de esta mano había trazado unos caracteres jónicos, que descifró enseguida el jeique Abdossamad y los tradujo del siguiente modo: "Frota la puerta doce veces con el clavo que hay en mi ombligo".
Aunque muy sorprendido de tales palabras, el emir Muza se acercó al jinete y notó que, efectivamente, tenía metido en medio del ombligo un clavo de oro. Echó mano e introdujo y sacó el clavo doce veces. Y a las doce veces que lo hizo, se abrieron las dos hojas de la puerta, dejando ver una escalera de granito rojo que descendía caracoleando. Entonces el emir Muza y sus acompañantes bajaron por los peldaños de esta escalera, la cual les condujo al centro de una sala que daba a ras de una calle en la que se estacionaban guardias armados con arcos y espadas. Y dijo el emir Muza: "¡Vamos a hablarles, antes de que se inquieten con nuestra presencia!"
Acercáronse, pues a estos guardias, unos de los cuales estaban de pie, con el escudo al brazo y el sable desnudo, mientras otros permanecían sentados o tendidos. Y encarándose con el que parecía el jefe, el emir Muza le deseó la paz con afabilidad; pero no se movió el hombre ni le devolvió la zalema; y los demás guardias permanecieron inmóviles igualmente y con los ojos fijos, sin prestar ninguna atención a los que acababan de llegar y como si no les vieran.
Entonces, por si aquellos guardias no entendían el árabe, el emir Muza dijo al jeique Abdossamad: "¡Oh jeique, dirígeles la palabra en cuantas lenguas conozcas!" Y el jeique hubo de hablarles primero en lengua griega; luego, al advertir la inutilidad de su tentativa, les habló en indio, en hebreo, en persa, en etíope y en sudanés; pero ninguno de ellos comprendió una palabra de tales idiomas ni hizo el menor gesto de inteligencia. Entonces dijo el emir Muza: "¡Oh jeique!" Acaso estén ofendidos estos guardias porque no les saludaste al estilo de su país. Conviene, pues, que les hagas zalemas al uso de cuantos países conozcas. Y el venerable Abdossamad hizo al instante todos los ademanes acostumbrados en las zalemas conocidas en los pueblos de cuantas comarcas había recorrido. Pero no se movió ninguno de los guardias, y cada cual permaneció en la misma actitud que al principio.
Al ver aquello, llegó al límite del asombro el emir Muza, y sin querer insistir más dijo a sus acompañantes que le siguieran, y continuó su camino, no sabiendo a qué causa atribuir semejante mutismo. Y se decía el jeique Abdossamad: "¡Por Alah, que nunca vi cosa tan extraordinaria en mis viajes!"
Prosiguieron andando así hasta llegar a la entrada del zoco.
Como encontráronse con las puertas abiertas, penetraron en el interior. El zoco estaba lleno de gentes que vendían y compraban; y por delante de las tiendas se amontonaban maravillosas mercancías. Pero el emir Muza y sus acompañantes notaron que todos los compradores y vendedores, como también cuantos se hallaban en el zoco, habíanse detenido, cual puestos de común acuerdo, en la postura en que se les sorprendieron; y se diría que no esperaban para reanudar sus ocupaciones habituales más que a que se ausentasen los extranjeros. Sin embargo, no parecían prestar la menor atención a la presencia de éstos, y contentábanse con expresar por medio del desprecio y la indiferencia el disgusto que semejante intrusión les producía. Y para hacer aún más significativa tan desdeñosa actitud, reinaba un silencio general al paso de los extraños hasta el punto de que en el inmenso zoco abovedado se oían resonar sus pisadas de caminantes solitarios entre la quietud de su alrededor. Y de esta guisa recorrieron el zoco de los joyeros, el zoco de las sederías, el zoco de los guarnicioneros, el zoco de los pañeros, el de los zapateros remendones y el zoco de los mercaderes de especias y sahumerios, sin encontrar por parte alguna el menor gesto benévolo u hostil, ni la menor sonrisa de bienvenida o burla.
Cuando cruzaron el zoco de los sahumerios, desembocaron en una plaza inmensa, donde deslumbraba la claridad del sol después de acostumbrarse la vista a la dulzura de la luz tamizada de los zocos. Y al fondo, entre columnas de bronce de una altura prodigiosa, que servían de pedestales a enormes pájaros de oro con las alas desplegadas, erguíase un palacio de mármol, flanqueado con torreones de bronce y guardado por una cadena de guardias, cuyas lanzas y espadas despedían de continuo vivos resplandores. Daba acceso a aquel palacio una puerta de oro, por la que entró el emir Muza seguido de sus acompañantes.
Primeramente vieron abrirse a lo largo del edificio una galería sostenida por columnas de pórfido, y que limitaba un patio con pilas de mármoles de colores; y utilizábase como armería esta galería, pues veíanse allí, por doquier, colgadas de las columnas, de las paredes y del techo, armas admirables, maravillas enriquecidas con incrustaciones preciosas, y que procedían de todos los países de la tierra. En torno a la galería se adosaban bancos de ébano de un labrado maravilloso, repujados de plata y oro, y en los que aparecían, sentados o tendidos, guerreros en traje de gala, quienes, por cierto, no hicieron movimiento alguno para impedir el paso a los visitantes, ni para animarles a seguir en su asombrada exploración...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 343



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Y cuando llegó la 343ª noche

Ella dijo:
... aquella ciudad que no quería dejarse violar por las tentativas humanas.
Al principio no pudieron distinguir nada en las tinieblas, porque ya la noche había espesado sus sombras sobre la llanura; pero de pronto hízose un vivo resplandor por Oriente, y en la cima de la montaña apareció la luna, iluminando cielo y tierra con un parpadeo de sus ojos. Y a sus plantas desplegose un espectáculo que les contuvo la respiración.
Estaban viendo una ciudad de ensueño.
Bajo el blanco cendal que caía de la altura, en toda la extensión que podía abarcar la mirada fija en los horizontes hundidos en la noche, aparecían dentro del recinto de bronce cúpulas de palacios, terrazas de casas, apacibles jardines, y a la sombra de los macizos brillaban los canales, que iban a morir en un mar de metal, cuyo seno frío reflejaban las luces del cielo. Y el bronce de las murallas, las pedrerías encendidas de las cúpulas, las terrazas cándidas, los canales y el mar entero, así como las sombras proyectadas por Occidente amalgamábanse bajo la brisa nocturna y la luna mágica.
Sin embargo, aquella inmensidad estaba sepultada, como en una tumba, en el universal silencio. Allá dentro no había ni un vestigio de vida humana. Pero he aquí que con un mismo gesto, quieto, destacábanse sobre monumentales zócalos altas figuras de bronce, enormes jinetes tallados en mármol, animales alados que se inmovilizaban en un vuelo estéril; y los únicos seres dotados de movimiento en aquella quietud eran millares de inmensos vampiros que daban vueltas a ras de los edificios bajo el cielo, mientras búhos invisibles turbaban el estático silencio con sus lamentos y sus voces fúnebres en los palacios muertos y las terrazas solitarias.
Cuando saciaron la mirada con aquel espectáculo extraño, el emir Muza y sus compañeros bajaron de la montaña, asombrándose en extremo por no haber advertido en aquella ciudad inmensa la huella de un ser humano vivo. Y ya al pie de los muros de bronce, llegaron a un lugar donde vieron cuatro inscripciones grabadas en caracteres jónicos, y que enseguida descifró y tradujo al emir Muza el jeique Abdossamad.
Decía la primera inscripción:
¡Oh hijo de los hombres, qué vanos son tus cálculos! ¡La muerte está cercana; no hagas cuentas para el porvenir; se trata de un Señor del Universo que dispersa las naciones y los ejércitos, y desde su palacio de vastas magnificencias precipita a los reyes en la estrecha morada de la tumba; y al despertar su alma en la igualdad de la tierra, han de verse reducidos a un montón de ceniza y polvo!
Cuando oyó estas palabras, exclamó el emir Muza: "¡oh sublimes verdades! ¡Oh sueños del alma en la igualdad de la tierra! ¡Qué conmovedor es todo esto!" Y copió al punto en sus pergaminos aquellas frases. Pero ya traducía el jeique la segunda inscripción, que decía:
¡Oh hijo de los hombres! ¿Por qué te ciegas con tus propias manos? ¿Cómo puedes confiar en este vano mundo? ¿No sabes que es un albergue pasajero, una morada transitoria? ¡Di! ¿Dónde están los reyes que cimentaron los imperios? ¿Dónde están los conquistadores, los dueños del Irak, de Ispahán y del Khorassán? ¡Pasaron cual si nunca hubieran existido!
Igualmente copió esta inscripción el emir Muza, y escuchó muy emocionado al jeique, que traducía la tercera:
¡Oh hijo de los hombres! ¡Anegas tu alma en los placeres., y no ves que la muerte se te monta en los hombros espiando tus movimientos! ¡El mundo es como una tela de araña, detrás de cuya fragilidad está acechándote la nada! ¿Adónde fueron a parar los hombres llenos de esperanzas y sus proyectos efímeros? ¡Cambiaron por la tumba los palacios donde habitan búhos ahora!
No pudo el emir Muza contener su emoción y se estuvo largo tiempo llorando con las manos en las sienes, y decía: "¡Oh el misterio del nacimiento y de la muerte! ¿Por qué nacer, si hay que morir? ¿Por qué vivir, si la muerte da el olvido de la vida? ¡Pero sólo Alah conoce los destinos, y nuestro deber es inclinarnos ante El con obediencia muda!"
Hechas estas reflexiones, se encaminó de nuevo al campamento con sus compañeros, y ordenó a sus hombres que al punto pusieran manos a la obra para construir con madera y ramajes una escala larga y sólida, que les permitiese subir a lo alto del muro, con objeto de intentar luego bajar a aquella ciudad sin puertas.
Enseguida dedicáronse a buscar madera y gruesas ramas secas; las mondaron lo mejor que pudieron con sus sables y sus cuchillos; las ataron unas a otras con sus turbantes, sus cinturones, las cuerdas de los camellos, las cinchas y las guarniciones, logrando construir una escala lo suficiente larga para llegar a lo alto de las murallas. Y entonces la tendieron en el sitio más a propósito, sosteniéndola por todos lados con piedras gruesas; e invocando el nombre de Alah, comenzaron a trepar por ella lentamente...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 342



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Y cuando llegó la 342ª noche

Ella dijo:
"... Hice una seña a mis tropas, y a la cabeza de ellas me precipité sobre el tropel de genios enemigos que mandaba el rey Domriat. E intentaba atacar yo mismo al jefe de los adversarios, cuando le vi convertirse de improviso en una montaña inflamada que empezó a vomitar fuego a torrentes, esforzándose por aniquilarme y ahogarme con los despojos que caían hacia nuestra parte en olas abrasadoras. Pero me defendí y ataqué con encarnizamiento, animando a los míos, y sólo cuando me convencí de que el número de mis enemigos me aplastaría a la postre, di la señal de retirada y me puse en fuga por los aires a fuerza de alas. Pero nos persiguieron por orden de Soleimán, viéndonos por todas partes rodeados de adversarios, genios, hombres, animales y pájaros; y de los nuestros quedaron extenuados unos, aplastados otros por las patas de los cuadrúpedos, y precipitados otros desde lo alto de los aires, después que les sacaron los ojos y les despedazaron la piel. También a mí alcanzáronme en mi fuga, que duró tres meses. Preso y amarrado ya, me condenaron a estar sujeto a esta columna negra hasta la extinción de las edades, mientras que aprisionaron a todos los genios que yo tuve a mis órdenes, los transformaron en humaredas y los encerraron en vasos de cobre, sellados con el sello de Soleimán, que arrojaron al fondo del mar que baña las murallas de la Ciudad de Bronce.
"En cuanto a los hombres que habitan este país, no sé exactamente qué fué de ellos, pues me hallo encadenado desde que se acabó nuestro poderío. ¡Pero si vais a la Ciudad de Bronce, quizás os tropecéis con huellas suyas y lleguéis a saber su historia!"
Cuando acabó de hablar el busto, comenzó a agitarse de un modo frenético para desligarse de la columna. Y temerosos de que lograra libertarse y les obligara a secundar sus esfuerzos, el emir Muza y sus acompañantes no quisieron permanecer más tiempo allí, y se dieron prisa a proseguir su camino hacia la ciudad, cuyas torres y murallas veían ya destacarse en lontananza.
Cuando sólo estuvieron a una ligera distancia de la ciudad, como caía la noche y las cosas tomaban a su alrededor un aspecto hostil, prefirieron esperar al amanecer para acercarse a las puertas; y montaron tiendas donde pasar la noche, porque estaban rendidos de las fatigas del viaje.
Apenas comenzó el alba por Oriente a aclarar las cimas de las montañas, el emir Muza despertó a sus acompañantes, y se puso con ellos en camino para alcanzar una de las puertas de entrada. Entonces vieron erguirse formidables ante ellos, en medio de la claridad matinal, las murallas de bronce, tan lisas, que diríase acababan de salir del molde en que las fundieron. Era tanta su altura, que parecían como una primera cadena de los montes gigantescos que las rodeaban, y en cuyos flancos incrustábanse, cual nacidas allí mismo, con el metal de que se hicieron.
Cuando pudieron salir de la inmovilidad que les produjo aquel espectáculo sorprendente, buscaron con la vista alguna puerta por donde entrar bordeando las murallas, siempre en espera de encontrar la entrada. Pero no vieron entrada ninguna. Y siguieron andando todavía horas y horas, sin ver puerta ni brecha alguna, ni nadie que se dirigiese a la ciudad o saliese de ella. Y a pesar de estar ya muy avanzado el día, no oyeron dentro ni fuera de las murallas el menor rumor, ni tampoco notaron el menor movimiento arriba ni al pie de los muros.
Pero el emir Muza no perdió la esperanza, animando a sus acompañantes para que anduviesen más aún; y caminaron así hasta la noche, y siempre veían desplegarse ante ellos la línea inflexible de murallas de bronce que seguían la carrera del sol por valles y costas, y parecían surgir del propio seno de la tierra.
Entonces el emir Muza ordenó a sus acompañantes que hicieran alto para descansar y comer. Y se sentó con ellos durante algún tiempo, reflexionando acerca de la situación.
Cuando hubo descansado, dijo a sus compañeros que se quedaran allí vigilando el campamento hasta su regreso, y seguido del jeique Abdossamad y de Taleb ben-Sehl, trepó con ellos a una alta montaña con el propósito de inspeccionar los alrededores y reconocer aquella ciudad que no quería dejarse violar por las tentativas humanas...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 341



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Pero cuando llegó la 341ª noche

Ella dijo:
.. .y emprendió de nuevo con sus acompañantes el camino de la Ciudad de Bronce.
Anduvieron uno, dos y tres días, hasta la tarde del tercero. Entonces vieron destacarse a los rayos del rojo sol poniente, erguida sobre un alto pedestal, la silueta de un jinete inmóvil que blandía una lanza de larga punta, semejante a una llama incandescente del mismo color que el astro que ardía en el horizonte.
Cuando estuvieron muy cerca de aquella aparición, advirtieron que el jinete, y su caballo, y el pedestal eran de bronce, y que en el palo de la lanza, por el sitio que iluminaban aún los postreros rayos del astro, aparecían grabadas en caracteres de fuego estas palabras:
¡Audaces viajeros que pudisteis llegar, hasta las tierras vedadas, ya no sabréis volver sobre vuestros pasos!
¡Si os es desconocido el camino de la ciudad, movedme sobre mi pedestal con la fuerza de vuestros brazos, y dirigíos hacia donde yo vuelva el rostro cuando quede otra vez quieto!
Entonces el emir Muza se acercó al jinete y le empujó con la mano. Y súbito, con la rapidez del relámpago, el jinete giró sobre sí mismo y se paró volviendo el rostro en dirección completamente opuesta a la que habían seguido los viajeros. Y el jeique Abdossamad hubo de reconocer que, efectivamente, habíase equivocado y que la nueva ruta era la verdadera.
Al punto volvió sobre sus pasos la caravana, emprendiendo el nuevo camino, y de esta suerte prosiguió el viaje durante días y días, hasta que una noche llegó ante una columna de piedra negra, a la cual estaba encadenado un ser extraño del que no se veía más que medio cuerpo, pues el otro medio aparecía enterrado en el suelo. Aquel busto que surgía de la tierra, diríase un engendro monstruoso arrojado allí por la fuerza de las potencias infernales. Era negro y corpulento como el tronco de una palmera vieja, seca y desprovista de sus palmas. Tenía dos enormes alas negras, y cuatro manos, dos de las cuales semejaban garras de leones. En su cráneo espantoso se agitaba de un modo salvaje una cabellera erizada de crines ásperas, como la cola de un asno silvestre. En las cuencas de sus ojos llameaban dos pupilas rojas, y en la frente, que tenía dobles cuernos de buey, aparecía el agujero de un solo ojo que abríase inmóvil y fijo, lanzando iguales resplandores verdes que la mirada de tigres y panteras.
Al ver a los viajeros, el busto agitó los brazos dando gritos espantosos y haciendo movimientos desesperados como para romper las cadenas que le sujetaban a la columna negra. Y asaltada por un terror extremado, la caravana se detuvo allí sin alientos para avanzar ni retroceder.
Entonces se encaró el emir Muza con el jeique Abdossamad y le preguntó: "¿Puedes ¡oh venerable! decirnos qué significa esto?" El jeique contestó: "¡Por Alah, ¡oh emir! que esto supera a mi entendimiento!" Y dijo el emir Muza: "¡Aproxímate, pues, más a él, e interrógale! ¡Acaso él mismo nos lo aclare!"
Y el jeique Abdossamad no quiso mostrar la menor vacilación, y se acercó al monstruo, gritándole: "¡En nombre del Dueño que tiene en su mano los imperios de lo Visible y de lo Invisible, te conjuro a que me respondas! ¡Dime quién eres, desde cuándo estás ahí y por qué sufres un castigo tan extraño!"
Entonces ladró el busto. Y he aquí las palabras que entendieron luego el emir Muza, el jeique Abdossamad y sus acompañantes. "Soy un efrit de la posteridad de Eblis, padre de los genios. Me llamo Daesch ben-Alaemasch, y estoy encadenado aquí por la Fuerza Invisible hasta la consumación de los siglos.
"Antaño, en este país, gobernado por el rey del mar, existía en calidad de protector de la Ciudad de Bronce un ídolo de ágata roja, del cual yo era guardián y habitante al propio tiempo, porque me aposenté dentro de él; y de todos los paises venían muchedumbres a consultar por conducto mío la suerte y a escuchar los oráculos y las predicciones augurales que hacía yo.
"El rey del Mar, de quien yo mismo era vasallo, tenía bajo su mando supremo al ejército de los genios que se habían rebelado contra Soleimán ben-Daúd; y me había nombrado jefe de ese ejército para el caso de que estallara una guerra entre aquél y el señor formidable de los genios. Y, en efecto, no tardó en estallar tal guerra.
"Tenía el rey del Mar una hija tan hermosa, que la fama de su belleza llegó a oídos de Soleimán, quien deseoso de contarla entre sus esposas, envió un emisario al rey del Mar para pedírsela en matrimonio, a la vez que le instaba a romper la estatua de ágata y a reconocer que no hay más Dios que Alah, y que Soleimán es el profeta de Alah. Y le amenazaba con su enojo y su venganza si no se sometía inmediatamente a sus deseos.
"Entonces congregó el rey del Mar a sus visires y a los jefes de los genios, y les dijo: "Sabed que Soleimán me amenaza con todo género de calamidades para obligarme a que le dé mi hija y rompa la estatua que sirve de vivienda a vuestro jefe Daesch ben-Alaemasch. ¿Qué opináis acerca de tales amenazas? ¿Debo inclinarme o resistir? "
Los visires contestaron: "¿Y qué tienes que temer del poder de Soleimán, ¡oh rey nuestro!? ¡Nuestras fuerzas son tan formidables como las suyas por lo menos, y sabremos aniquilarlas!"
Luego encaráronse conmigo y me pidieron mi opinión. Dije entonces: "¡Nuestra única respuesta para Soleimán será dar una paliza a su emisario!" Lo cual ejecutose al punto. Y dijimos al emisario: "¡Vuelve ahora para dar cuenta de la aventura a tu amo!"
"Cuando enterose Soleimán del trato inflingido a su emisario, llegó al límite de la indignación, y reunió en seguida todas sus fuerzas disponibles, consistentes en genios, hombres, pájaros y animales. Confió a Assaf ben-Barkhia el mando de los guerreros humanos, y a Domriat, rey de los efrits, el mando de todo el ejército de genios, que ascendía a sesenta millones, y el de los animales y aves de rapiña recolectados en todos los puntos del universo y en las islas y mares de la tierra.
Hecho lo cual, yendo a la cabeza de tan formidable ejército, Soleimán se dispuso a invadir el país de mi soberano el rey del Mar. Y no bien llegó, alineó su ejército en orden de batalla.
"Empezó por formar en dos alas a los animales, colocándolos en líneas de a cuatro, y en los aires apostó a las grandes aves de rapiña, destinadas a servir de centinelas que descubriesen nuestros movimientos, y a arrojarse de pronto sobre los guerreros para herirles y sacarles los ojos. Compuso la vanguardia con el ejército de hombres, y la retaguardia con el ejército de genios; y mantuvo a su diestra a su visir Assaf ben-Barkhia y a su izquierda a Domriat, rey de los efrits del aire. El permaneció en medio, sentado en su trono de pórfido y de oro, que arrastraban cuatro elefantes. Y dió entonces la señal de la batalla.
"De repente hízose oír un clamor que aumentaba con el ruido de carreras al galope y el estrépito tumultuoso de los genios, hombres, aves de rapiña y fieras guerreras; resonaba la corteza terrestre bajo el azote formidable de tantas pisadas, en tanto que retemblaba el aire con el batir de millones de alas, y con las exclamaciones, los gritos y los rugidos.
"Por lo que a mí respecta, se me concedió el mando de la vanguardia del ejército de genios sometidos al rey del Mar. Hice una seña a mis tropas, y a la cabeza de ellas me precipité sobre el tropel de genios enemigos que mandaba el rey Domriat...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 340



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Y cuando llegó la 340ª noche

Ella dijo:
"...Y cuando esté preparado todo, haz tu testamento, emir Muza, y partamos."
Al oír tales palabras, el emir Muza, gobernador de Moghreb, invocando el nombre de Alah, no quiso tener un momento de vacilación; congregó a los jefes de sus soldados y a los notables del reino, testó ante ellos y nombró como sustituto a su hijo Harún. Tras de lo cual, mandó hacer los preparativos consabidos, no se llevó consigo más que algunos hombres seleccionados de antemano, y en compañía del jeique Abdossamad y de Taleb el enviado del califa, tomó el camino del desierto, seguido por mil camellos cargados con agua y por otros mil cargados con víveres y provisiones.
Durante días y meses marchó la caravana por las llanuras solitarias, sin encontrar por su camino un ser viviente en aquellas inmensidades monótonas cual el mar encalmado. Y de esta suerte continuó el viaje en medio del silencio infinito, hasta que un día advirtieron en lontananza como una nube brillante a ras del horizonte, hacia la que se dirigieron. Y observaron que era un edificio con altas murallas de acero chino, sostenido por cuatro filas de columnas de oro que tenían cuatro mil pasos de circunferencia. La cúpula de aquel palacio era de oro y servía de albergue a millares y millares de cuervos, únicos habitantes que bajo el cielo se veían allá. En la gran muralla donde abríase la puerta principal, de ébano macizo incrustado de oro, aparecía una placa inmensa de metal rojo, la cual dejaba leer estas palabras trazadas en caracteres jónicos, que descifró el jeique Abdossamad y se las tradujo al emir Muza y a sus acompañantes:
¡Entra aquí para saber la historia de los dominadores!
¡Todos pasaron ya! ¡Y apenas tuvieron tiempo para descansar a la sombra de mis torres!
¡Los dispersó la muerte como si fueran sombras! ¡Los disipó la muerte como a la paja el viento!
Con exceso se emocionó el emir Muza al oír las palabras que traducía el venerable Abdossamad, y murmuró: "¡No hay más Dios que Alah!" Luego dijo: "¡Entremos!" Y seguido por sus acompañantes, franqueó los umbrales de la puerta principal y penetró en el palacio.
Entre el vuelo mundo de los pajarracos negros, surgió ante ellos la alta desnudez granítica de una torre cuyo final perdíase de vista, y al pie de la cual se alineaban en redondo cuatro filas de cien sepulcros cada una, rodeando un monumental sarcófago de cristal pulimentado, en torno del cual se leía esta inscripción, grabada en caracteres jónicos realzados por pedrerías:
¡Pasó cual el delirio de las fiebres la embriaguez del triunfo! ¿De cuántos acontecimientos no hube de ser testigo?
¿De qué brillante fama no gocé en mis días de gloria?
¿Cuántas capitales no retemblaron bajo el casco sonoro de mi caballo?
¿Cuántas ciudades no saqueé, entrando en ellas como el simún destructor? ¿Cuántos imperios no destruí, impetuoso como el trueno?
¿Qué de potentados no arrastré a la zaga de mi carro?
¿Qué de leyes no dicté en el universo? ¡Y ya lo veis!
¡La embriaguez de mi triunfo pasó cual el delirio de la fiebre, sin dejar más huella que la que en la arena pueda dejar la espuma!
¡Me sorprendió la muerte, sin que mi poderío la rechazase, ni lograran mis cortesanos defenderme de ella!
Por tanto, viajero, escucha las palabras que jamás mis labios pronunciaron mientras estuve vivo:
¡Conserva tu alma! ¡Goza en paz la calma de la vida, la belleza, que es calma de la vida! ¡Mañana se apoderará de ti la muerte!
Mañana responderá la tierra a quien te llame: "¡Ha muerto!" ¡Y nunca mi celoso seno devolvió a los que guarda para la eternidad!
Al oír estas palabras que traducía el jeique Abdossamad, el emir Muza y sus acompañantes no pudieron por menos de llorar. Y permanecieron largo rato en pie ante el sarcófago y los sepulcros, repitiéndose las palabras fúnebres. Luego se encaminaron a la torre, que se cerraba con una puerta de dos hojas de ébano, sobre la cual se leía esta inscripción, también grabada en caracteres jónicos realzados por pedrerías:
¡En el nombre del Eterno, del Inmutable!
¡En el nombre del Dueño de la furia y del poder!
¡Aprende, viajero que pasas por aquí, a no enorgullecerte de las apariencias, porque su resplandor es engañoso!
¡Aprende con mi ejemplo a no dejarte deslumbrar por ilusiones que te precipitarían en el abismo!
¡Voy a hablarte de mi poderío!
¡En mis cuadras, cuidadas por los reyes que mis armas cautivaron, tenía yo diez mil caballos generosos!
¡En mis estancias reservadas tenía yo como concubinas mil vírgenes escogidas entre aquellas cuyos senos son gloriosos y cuya belleza hace palidecer el brillo de la luna!
¡Diéronme mis esposas una posteridad de mil príncipes reales, valientes cual leones!
¡Poseía inmensos tesoros: y bajo mi dominio se abatían los pueblos y los reyes, desde el Oriente hasta los límites extremos de Occidente, sojuzgados por mis ejércitos invencibles!
¡Y creí eterno mi poderío y afirmada por los siglos de los siglos la duración de mi vida, cuando de pronto se hizo oír la voz que me anunciaba los irrevocables decretos del que no muere!
¡Entonces reflexioné acerca de mi destino!
¡Congregué a mis jinetes y a mis hombres de a pie, que eran millares, armados con sus lanzas y con sus espadas!
Y a presencia de todos ellos hice llevar mis arquillas y los cofres de mis tesoros, y les dije a todos:
"¡Os doy estas riquezas, estos quintales de oro y plata si prolongáis por un día mi vida sobre la tierra!"
¡Pero se mantuvieron con los ojos bajos, y guardaron silencio!
¡Hube de morir a la sazón! ¡Y mi palacio se tornó en asilo de la muerte!
¡Si deseas conocer mi nombre, sabe que me llamé Kusch ben-scheddad ben-Aad el Grande!
Al oír tan sublimes verdades, el emir Muza y sus acompañantes prorrumpieron en sollozos y lloraron largamente. Tras de lo cual penetraron en la torre, y hubieron de recorrer inmensas salas habitadas por el vacío y el silencio. Y acabaron por llegar a una estancia mayor que las otras, con bóveda redondeada en forma de cúpula, y que era única de la torre que tenía algún mueble. El mueble consistía en una colosal mesa de madera de sándalo, tallada maravillosamente, y sobre la cual se destacaba, en hermosos caracteres análogos a los anteriores, esta inscripción:
¡Otrora se sentaron a esta mesa mil reyes tuertos y mil reyes que conservaron bien sus ojos! ¡Ahora son ciegos todos en la tumba!
El asombro del emir Muza hubo de aumentar frente a aquel misterio, y como no pudo dar con la solución, transcribió tales palabras en sus pergaminos; luego, conmovido en extremo, abandonó el palacio y emprendió de nuevo con sus acompañantes el camino de la Ciudad de Bronce...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 339



Pero cuando llegó la 339ª noche

Historia prodigiosa de la ciudad de Bronce

Dijo Schehrazada:
Cuentan que en el trono de los califas Omníadas, en Damasco, se sentó un rey (¡sólo Alah es rey!) que se llamaba Abdalmalek ben-Merwán. Le gustaba departir a menudo con los sabios de su reino acerca de nuestro señor Soleimán ben-Daúd (¡con él la plegaria y la paz!), de sus virtudes, de su influencia y de su poder ilimitado sobre las fieras de las soledades, los efrits que pueblan el aire y los genios marítimos y subterráneos.
Un día en que el califa, oyendo hablar de ciertos vasos de cobre antiguo, cuyo contenido era una extraña humareda negra de formas diabólicas, asombrose en extremo y parecía poner en duda la realidad de hechos tan verídicos, hubo de levantarse entre los circunstantes el famoso viajero Taleb ben-Sehl, quien confirmó el relato que acababan de escuchar, y añadió: "En efecto, ¡oh Emir de los Creyentes! esos vasos de cobre no son otros que aquellos donde se encerraron, en tiempos antiguos, a los genios que se rebelaron ante las órdenes de Soleimán, vasos arrojados al fondo del mar mugiente, en los confines del Moghreb, en el África occidental, tras de sellarlos con el sello temible. Y el humo que se escapa de ellos es simplemente el alma condensada de los efrits, los cuales no por eso dejan de tomar su aspecto formidable si llegan a salir al aire libre".
Al oír tales palabras, aumentaron considerablemente la curiosidad y el asombro del califa Abdalmalek, que dijo al Taleb ben-Sehl: "¡Oh Taleb, tengo muchas ganas de ver uno de esos vasos de cobre que encierran efrits convertidos en humo! ¿Crees realizable mi deseo? Si es así, pronto estoy a hacer por mí propio las investigaciones necesarias. Habla". El otro contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! Aquí mismo puedes poseer uno de esos objetos, sin que sea preciso que te muevas y sin fatigas para tu persona venerada. No tienes más que enviar una carta al emir Muza, tu lugarteniente en el país del Moghreb. Porque la montaña a cuyo pie se encuentra el mar que guarda esos vasos está unida al Moghreb por una lengua de tierra que puede atravesarse a pie enjuto. ¡Al recibir una carta semejante, el emir Muza no dejará de ejecutar las órdenes de nuestro amo el califa!"
Estas palabras tuvieron el don de convencer a Abdalmalek, que dijo a 'Taleb en el instante: "¿Y quién mejor que tú ¡oh Taleb! será capaz de ir con celeridad al país del Moghreb, con el fin de llevar esa carta a mi lugarteniente el emir Muza? Te otorgo plenos poderes para que tomes de mi tesoro lo que juzgues necesario para gastos de viaje, y para que lleves cuantos hombres te hagan falta en calidad de escolta. Pero date prisa, ¡oh Taleb!" Y al punto escribió el califa una carta de su puño y letra para el emir Muza, la selló y se la dio a Taleb, que besó la tierra entre las manos del rey, y no bien hizo los preparativos oportunos, partió con toda diligencia hacia el Moghreb, adonde llegó sin contratiempos.
El emir Muza le recibió con júbilo y le guardó todas las consideraciones debidas a un enviado del Emir de los Creyentes; y cuando Taleb le entregó la carta, la cogió, y después de leerla y comprender su sentido, se la llevó a sus labios, luego a su frente y dijo: "¡Escucho v obedezco!" Y enseguida mandó que fuera a su presencia el jeique Abdossamad, hombre que había recorrido todas las regiones habitables de la tierra, y que a la sazón pasaba los días de su vejez anotando cuidadosamente, por fechas, los conocimientos que adquirió en una vida de viajes no interrumpidos. Y cuando presentose el jeique; el emir Muza le saludó con respeto y le dijo: "¡Oh jeique Abdossamad! He aquí que el Emir de los Creyentes me transmite sus órdenes para que vaya en busca de los vasos de cobre antiguos, donde fueron encerrados por nuestro Soleimán ben-Daúd los genios rebeldes. Parece ser que yacen en el fondo de un mar situado al pie de una montaña que debe hallarse en los confines extremos del Moghreb. Por más que desde hace mucho tiempo conozco todo el país, nunca oí hablar de ese mar ni del camino que a él conduce; pero tú, ¡oh jeique Abdossamad! que recorriste el mundo entero, no ignorarás sin duda la existencia de esa montaña y de ese mar.
Reflexionó el jeique una hora de tiempo, y contestó: "¡Oh emir Muza ben-Nossair! No son desconocidos para mi memoria esa montaña y ese mar; pero, a pesar de desearlo, hasta ahora no puedo ir donde se hallan; el camino que allá conduce se hace muy penoso a causa de la falta de agua en las cisternas, y para llegar se necesitan dos años y algunos meses, y más aún para volver, ¡suponiendo que sea posible volver de una comarca cuyos habitantes no dieron nunca la menor señal de su existencia, y viven en una ciudad situada, según dicen; en la propia cima de la montaña consabida, una ciudad en la que no logró penetrar nadie y que se llama la Ciudad de Bronce!"
Y dichas tales palabras, se calló el jeique, reflexionando un momento todavía; y añadió: "Por lo demás, ¡oh emir Muza! no debo ocultarte que ese camino está sembrado de peligros y de cosas espantosas, y que para seguirle hay que cruzar un desierto poblado por efrits y genios, guardianes de aquellas tierras vírgenes de la planta humana desde la antigüedad. Efectivamente, sabe ¡oh Ben-Nossair! que esas comarcas del extremo Occidente africano están vedadas a los hijos de los hombres. Sólo dos de ellos pudieron atravesarlas: Soleimán ben-Daúd, uno, y El-Iskandar de Dos-Cuernos, el otro. ¡Y desde aquellas épocas remotas, nada turba el silencio que reina en tan vastos desiertos! Pero si deseas cumplir las órdenes del califa e intentar, sin otro guía que tu servidor, ese viaje por un país que carece de rutas ciertas, desdeñando obstáculos misteriosos y peligros, manda cargar mil camellos con odres repletos de agua y otros mil camellos con víveres y provisiones; lleva la menos escolta posible, porque ningún poder humano nos preservaría de la cólera de las potencias tenebrosas cuyos dominios vamos a violar, y no conviene que nos indispongamos con ellas alardeando de armas amenazadoras e inútiles. ¡Y cuando esté preparado todo, haz tu testamento, emir Muza, y partamos! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 338



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Y cuando llegó la 338ª noche


Ella dijo:
"...Ha dicho un poeta:
¡Las morenas tienen en sí un sentido oculto! ¡Si lo adivinas, tus ojos no se dignarán mirar nunca a las demás mujeres!
¡Las encantadoras saben del arte sutil con todos sus rodeos, y se lo enseñarían hasta al ángel Harut!
Otro ha dicho:
¡Amo a una morena encantadora, cuyo color me hechiza, y cuya cintura es recta como una lanza!
¡Cuántas veces me arrebató la sedosa manchita negra, tan acariciada y tan besada, que adorna su cuello!
¡Por el color de su piel lisa, por el perfume delicioso que exhala, se parece al tallo oloroso del áloe!
Y cuando la noche tiende el velo de las sombras, la morena viene a verme. Y la sujeto junto a mí, hasta que las mismas sombras sean del color de nuestros sueños.
"Pero tú ¡oh amarilla! estás marchita como las hojas de la mulukhia (Liliácea comestible) de mala calidad que se coge en Bab El-Luk y que es fibrosa y dura.
"Tienes el color de la marmita de barro cocido que utiliza el vendedor de cabezas de carnero.
"Tienes el color del ocre y el de la grama.
"Tienes una cara de cobre amarillo, parecido a la fruta del árbol Zakum, que en el infierno da como frutos cráneos diabólicos.
"Y de ti ha dicho el poeta:
¡La suerte me ha dado una mujer de color amarillo tan chillón, que me da dolor de cabeza, y mi corazón y mis ojos se estremecen de malestar!
¡Si mi alma no quiere renunciar a verla por siempre, para castigarme me daré tan grandes golpes en la cara que me arrancaré las muelas!"
Cuando Ali El-Yamaní oyó estas palabras, se estremeció de placer, y se echó a reír de tal modo, que se cayó de espaldas, después de lo cual dijo a las dos jóvenes que se sentaran en sus sitios; y para demostrarles a todas el gusto que le había dado oírlas, les hizo regalos iguales de hermosos vestidos y pedrerías terrestres y marítimas.
Y tal es, ¡oh Emir de los Creyentes! prosiguió Mohammad El-Bassri, dirigiéndose al califa El-Mamún, la historia de las seis jóvenes, que ahora siguen viviendo muy a gusto unas con otras en la morada de su amo Alí El-Yamaní en Bagdad, nuestra ciudad".
Extremadamente encantado quedó el califa con esta historia, y preguntó: "Pero ¡oh Mohammad! ¿Sabes siquiera en dónde está la casa del amo de esas jóvenes, y podrías ir a preguntarle si quiere vendérmelas? ¡Si accede, cómpramelas y tráemelas!"
Mohammad contestó: "Puedo decir ¡oh Emir de los Creyentes! que estoy seguro que el amo de estas esclavas no querrá separarse de ellas, porque le tienen enamorado hasta el extremo". Y El-Mamún dijo: "Lleva contigo como precio de cada una diez mil dinares, o sea sesenta mil en total. Los entregarás de mi parte a ese Alí-El-Yamaní y le dirás que deseo sus seis esclavas".
Oídas estas palabras del califa, Mohammad El-Bassri se apresuró a coger la cantidad consabida y fué a buscar al amo de las esclavas, al cual manifestó el deseo del Emir de los Creyentes. Alí El-Yamaní, en el primer impulso, no se atrevió a negarse a la petición del califa, y habiendo cobrado los sesenta mil dinares, entregó las seis esclavas a Mohammad El-Bassri, que las condujo enseguida a presencia de ElMamún.
El califa al verlas, llegó al límite del encanto, tanto por lo vario de sus colores como por sus maneras elegantes, su ingenio cultivado y sus diversos atractivos. Y le dio a cada una en su harem, un sitio escogido, y durante varios días pudo gozar de sus perfecciones y de su hermosura.
A todo esto, el primer amo de las seis, Alí El-Yamaní, sintió pesar sobre sí la soledad, v empezó a lamentar el impulso que le había hecho ceder al deseo del califa. Y un día falto ya de paciencia, envió al califa una carta llena de desesperación, en la cual, entre otras cosas tristes, había los versos siguientes:
¡Llegue mi desesperado saludo a las hermosas de quienes está separada mi alma! ¡Ellas son mis ojos, mis orejas, mi alimento, mi bebida, mi jardín y mi vida!
¡Desde que estoy lejos de ellas, nada distrae mi dolor, y hasta el sueño ha huido de mis párpados!
¿Por qué no las tengo, más celoso que antes, encerradas las seis en mis ojos, y por qué no he bajado mis párpados como tapices encima de ellas?
¡Oh dolor, oh dolor! ¡Preferiría no haber nacido, a caer herido por las flechas -¡sus miradas mortales!- y sacadas de la herida!
Cuando el califa El-Mamún recorrió esta carta, como tenía el alma magnánima, mandó llamar en seguida a las seis jóvenes, les dió a cada una diez mil dinares y vestidos maravillosos y otros regalos admirables, y las mandó devolver a su antiguo amo.
No bien Alí El-Yamaní las vio llegar, más bellas que antes y más ricas y más felices, alcanzó el límite de la alegría, y siguió viviendo con ellas entre delicias y placeres, hasta el día de la última separación.
Pero -prosiguió Schehrazada no creas, ¡oh rey afortunado! que todas las historias que has oído hasta ahora puedan valer de cerca ni de lejos lo que la HISTORIA PRODIGIOSA DE LA CIUDAD DE BRONCE, que me reservo contarte la noche próxima, si quieres.
Y la pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh, qué amable sería, Schehrazada, si entretanto nos dijeras siquiera las primeras palabras!"
Entonces Schehrazada sonrió y dijo:
"Cuentan que había un rey (¡Alah sólo es rey!) en la ciudad de...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 337



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Pero cuando llegó la 337ª noche

Ella dijo:
...En cuanto a ti ¡oh gorda!, déjame que te diga las verdades.
"Cuando andas ¡oh montón de grasa y carne! lo haces como el pato; cuando comes, como el elefante: insaciable eres en la copulación, y en el reposo, intratable.
"Además, ¿cuál será el hombre de zib bastante largo para llegar a tu cavidad oculta por las montañas de tu vientre y tus muslos?
"Y si tal hombre se encuentra y puede penetrar en ti, enseguida lo rechaza un envite de tu vientre hinchado.
"Parece que no te das cuenta de que, tan gorda como eres, no vales más que para que te vendan en la carnicería.
"Tu alma es tan tosca como tu cuerpo. Tus chanzas son tan pesadas que sofocan. Tus juegos son tan tremendos, que matan. Y tu risa es tan espantosa, que rompe los huesos de la oreja.
"Si tu amante suspira en tus brazos, apenas puedes respirar; si te besa, te encuentra húmeda y pegajosa de sudor.
"Cuando duermes, roncas; cuando velas, resuellas como un búfalo; apenas puedes cambiar de sitio; y cuando descansas, eres un peso para ti misma; pasas la vida moviendo las quijadas como una vaca y regoldando como un camello.
"Cuando orinas, te mojas la ropa; cuando gozas, inundas los divanes; cuando vas al retrete, te metes hasta el cuello; cuando vas a bañarte, no puedes alcanzarte la vulva, que se queda macerada en su jugo y revuelta en su cabellera nunca depilada.
"Si te miran por la parte delantera, pareces un elefante; si te miran de perfil, pareces un camello; si te miran por detrás, pareces un pellejo hinchado.
"En fin, seguramente fue de ti de quien dijo el poeta:
¡Es pesada como la vejiga llena de orines; sus muslos son dos estribaciones de montaña, y al andar mueve el suelo como un terremoto!
¡Si en Occidente suelta un cuesco, resuena en el Oriente todo!"
A estas palabras de Hurí-del-Paraíso, Alí El-Yamaní, su amo, le dijo: "¡En verdad ¡oh Hurí! que tu elocuencia es notoria! ¡Y tu lenguaje ¡oh Luna-Llena! es admirable! Pero ya es hora de que volváis a vuestros sitios, para dejar hablar a la rubia y a la morena".
Entonces Sol-del-Día y Llama-de-Hoguera se levantaron, y se colocaron una enfrente de otra.
Y la joven rubia fue la primera que dijo a su rival:
"¡Soy la rubia descrita largamente en el Korán! Soy la que calificó Alah cuando dijo: "¡El amarillo es el color que alegra las miradas!" De modo que soy el más bello de los colores.
"Mi color es una maravilla, mi belleza es un límite, y mi encanto es un fin. Porque mi color da su valor al oro y su belleza a los astros y al sol.
"Este color embellece las manzanas y los melocotones, y presta su matiz al azafrán. Doy sus tonos a las piedras preciosas y su madurez al trigo.
"Los otoños me deben el oro de su adorno, y la causa de que la tierra esté tan bella con su alfombra de hojas, es el matiz que fijan sobre ella los rayos del sol.
"Pero en cambio, ¡oh morena! cuando tu color se encuentra en un objeto, sirve para despreciarlo. ¡Nada tan vulgar ni tan feo! ¡Mira a los búfalos, los burros, los lobos y los perros: todos son morenos!
"¡Cítame un solo manjar en que se vea con gusto tu color! Ni las flores ni las pedrerías han sido nunca morenas.
"Ni eres blanca, ni eres negra. De modo que no se te pueden aplicar ninguno de los méritos de ambos colores, ni las frases con que se los alaba".
Oídas estas palabras de la rubia, su amo le dijo: "¡Deja ahora hablar a Llama-de-Hoquera!"
Entonces la joven morena hizo brillar en una sonrisa el doble collar de sus dientes -¡perlas!-, y como además de su color de miel tenía formas graciosas, cintura maravillosa, proporciones armoniosas, modales elegantes y cabellera de carbón que bajaba en pesadas trenzas hasta sus nalgas admirables, empezó por realzar sus encantos en un momento de silencio, y después dijo a su rival la rubia:
"¡Loor a Alah, que no me ha hecho ni gorda deforme, ni flaca enfermiza, ni blanca como el yeso, ni negra como el polvo de carbón, ni amarilla como el cólico, sino que ha reunido en mí con arte admirable los colores más delicados y las formas más atractivas.
"Además, todos los poetas han cantado a porfía mis loores en todos los idiomas, y soy la preferida de todos los siglos y de todos los sabios. "Pero sin hacer mi elogio, que harto hecho está, he aquí sólo algunos de los poemas escritos en honor mío:
"Ha dicho un poeta...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 336



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Y cuando llegó la 336ª noche

Ella dijo: m
.. Y entonces, después de algunos estremecimientos, se volvió hacia su rival, la delgada Hurí-del-Paraíso, y le dijo:
"¡Loor a Alah, que me ha creado gruesa, que ha puesto cojines en todas mis esquinas, que ha cuidado de rellenarme la piel con grasa que huele a benjuí de cerca y de lejos, y que, sin embargo, no dejó de darme como añadidura bastantes músculos para que en caso necesario pueda aplicar a mi enemigo un puñetazo que lo convierta en mermelada de membrillo!
"Ahora bien, ¡oh flaca! sabe que los sabios han dicho: "La alegría de la vida y la voluptuosidad consisten en tres cosas: ¡comer carne, montar carne y meter carne en carne!"
"¿Quién podría contemplar mis formas opulentas sin estremecerse de placer? Alah mismo, en el Libro, hace el elogio de la grasa cuando manda inmolar en los sacrificios carneros gordos, o corderos gordos, o terneras gordas.
"Mi cuerpo es un huerto cuyas frutas son: las granadas, mis pechos; los melocotones, mis mejillas; las sandías, mis nalgas.
"¿Cuál fue el pájaro que más echaron de menos en el desierto los Beni-lsrail (hijos de Israel), al huir de Egipto? ¿No era indudablemente la codorniz, de carne jugosa y gorda?
"¿Se ha visto nunca a nadie pararse en casa del carnicero para pedir la carne tísica? ¿Y no da el carnicero a sus mejores parroquianos los pedazos más carnosos?
"Oye, además, ¡oh flaca! lo que dijo el poeta respecto a la mujer gruesa como yo:

¡Mírala andar cuando mueve hacia los dos lados dos odres balanceados, pesados y temibles en su lascivia!
¡Mírala, cuando se sienta, deja impresas, en el sitio que abandona, sus nalgas, como recuerdo de su paso!
¡Mírala bailar cuando con movimientos de caderas hace estremecerse a nuestras almas y caer nuestros corazones a sus pies!
"En cuanto a ti, ¡oh flaca! ¿A qué puedes parecerte, como no sea a un gorrión desplumado? ¿Y no son tus piernas lo mismo que patas de cuervo? ¿Y no se parecen tus muslos al palo del horno? ¿Y no es tu cuerpo seco y duro como el poste de un ahorcado?
"De ti, mujer descarnada, se trata en estos versos del poeta:
¡Líbreme Alah de verme obligado nunca a abrazar a esa mujer flaca ni de servir de frotadero a su pasaje obstruido por guijarros!
¡En cada miembro tiene un asta que choca y se bate con mis huesos, hasta el punto de que me despierto con la piel amoratada y resquebrajada!"
Cuando Alí El-Yamaní oyó estas palabras de la gruesa Luna-Llena, le dijo: "¡Ya te puedes callar! ¡Ahora le toca a Hurí-del-Paraíso!" Entonces la delgada y esbelta joven miró a la gruesa Luna-Llena, sonriendo, y le dijo:
"¡Loor a Alah, que me ha creado dándome la forma de la frágil rama del álamo, la flexibilidad del tallo del ciprés y el balanceo de la azucena!
"Cuando me levanto, soy ligera: cuando me siento, soy gentil; cuando bromeo, soy encantadora; mi aliento es suave y perfumado, porque mi alma es sencilla y pura de todo contacto que manche.
"Nunca he oído ¡oh gorda! que un amante alabe a su amada diciendo: "¡Es enorme como un elefante; es carnosa como alta es una montaña!"
"En cambio, siempre he oído decir al amante para describir a su amada: "Su cintura es delgada, flexible y elegante. ¡Su andar es tan ligero, que sus pasos apenas dejan huellas! Sus juegos y caricias son discretas, y sus besos están llenos de voluptuosidad. Con poca cosa se la alimenta, y le apagan la sed pocas gotas de agua. ¡Es más ágil que el gorrión y más viva que el estornino! ¡Es flexible como el tallo del bambú! Su sonrisa es graciosa y graciosos son sus modales. Para atraerla hacia mí no necesito hacer esfuerzos. Y cuando hacia mí se inclina, inclínase delicadamente; y si se me sienta en las rodillas, no se deja caer con pesadez, sino que se posa como una pluma de ave".
"Sabe, pues, ¡oh gorda! que yo soy la esbelta, la fina, por la cual arden los corazones todos. ¡Soy la que inspiro las pasiones más violentas y vuelvo locos a los hombres más sensatos!
"En fin, yo soy la que comparan con la parra que trepa por la palmera y que se enlaza al tronco con tanta indolencia. Soy la gacela esbelta, de hermosos ojos húmedos y lánguidos. ¡Y tengo bien ganado mi nombre de Hurí!
"En cuanto a ti, ¡oh gorda! déjame decirte las verdades...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 335



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Y cuando llegó la 335ª noche

Ella dijo:
". ..Y si el color negro no fuera el más estimable de los colores, Alah no lo habría hecho tan querido al núcleo de los ojos y del corazón. Por eso son tan verdaderas estas palabras del poeta:
¡Si me gusta tanto su cuerpo de ébano, es porque es joven y encierra un corazón cálido y pupilas de fuego!
¡En cuanto a lo blanco, me horroriza en extremo! ¡Escasas son las veces que me veo obligado a tragar una clara de huevo, o a consolarme, a falta de otra cosa, con carne color de clara de huevo!
¡Pues nunca me veréis experimentar amor extremado por un sudario blanco, o gustar de una cabellera del mismo color!
"Y dijo otro poeta:
¡Si me vuelve loco el exceso de mi amor a esa mujer negra de cuerpo brillante, no lo extrañéis, oh amigos míos!
¡Pues a toda locura, según dicen los médicos, preceden ideas negras!
"Dijo asimismo otro:
¡No me gustan esas mujeres blancas, cuya piel parece cubierta de harina tamizada!
¡La amiga a quien amo es una negra cuyo color es el de la noche y cuya cara es la de la luna! ¡Color y rostro inseparables, pues si no existiese la noche, no habría claridad de luna!
"Y además, ¿cuándo se celebran las reuniones íntimas de los amigos más que de noche? ¿Y cuánta gratitud no deben los enamorados a las tinieblas de la noche, que favorecen sus retozos, les preservan de los indiscretos y les evitan censuras? Y en cambio; ¿qué sentimiento de repulsión no les inspira el día indiscreto, que los molesta y compromete? ¡Sólo esta diferencia debería bastarte, oh blanca!
Pero oye lo que dice el poeta:
¡No me gusta ese muchacho pesado, cuyo color blanco se debe a la grasa que le hincha; me gusta ese joven negro, esbelto y delgado, cuyas carnes son firmes!
¡Pues por naturaleza he preferido siempre como cabalgadura para el torneo de lanza, un garañón nuevo, de finos corvejones, y he dejado a los demás montar en elefantes!
"Y otro dijo:
¡El amigo ha venido a verme esta noche, y nos acostamos juntos deliciosamente! ¡La mañana nos encontró abrazados todavía!
¡Si he de pedir algo al Señor, es que convierta todos mis días en noches, para no separarme nunca del amigo!
"De modo ¡oh blanca! que si hubiera de seguir enumerando los méritos y alabanzas del color negro, faltaría a la sentencia siguiente: "¡Palabras claras y cortas valen más que un discurso largo!"

Pero todavía he de añadir que tus méritos valen bien poco comparados con los míos. ¡Eres blanca, efectivamente, como la lepra es blanca, y fétida, y sofocante! Y si te comparas con la nieve, ¿olvidas que en el infierno no sólo hay fuego, sino que en ciertos sitios la nieve produce un frío terrible que tortura a los réprobos más que la quemadura de la llama? Y al compararme con la tinta, ¿olvidas que con tinta negra se ha escrito el Libro de Alah, y que es negro el almizcle preciado que los reyes se ofrecen entre sí? Por último, y por tu bien, te aconsejo que recuerdes estos versos del poeta:
¿No has notado que el almizcle no sería almizcle si no fuera tan negro, y que el yeso no es despreciable más que por ser blanco?
¡Y en qué estimación se tiene la parte negra del odio mientras se hace poco caso de la blanca!
Cuando llegaba a este punto Pupila-del-Ojo, su amo Alí El-Yamaní, le dijo: "Verdaderamente, ¡oh negra! y tú, esclava blanca, habéis hablado ambas de un modo excelente. ¡Ahora les toca a otras dos!"
Entonces se levantaron la gruesa y la delgada, mientras la blanca y la negra volvían a su sitio. Y aquéllas quedaron de pie una frente a otra, y la gruesa Luna-Llena se dispuso a hablar la primera.
Pero empezó por desnudarse, dejando descubiertas las muñecas, los tobillos, los brazos y los muslos, y acabó por quedarse casi completamente desnuda, de modo que realzaba las opulencias de su vientre con magníficos pliegues superpuestos, y la redondez de su ombligo umbroso, y la riqueza de sus nalgas considerables. Y no se quedó más que con la camisa fina, cuyo tejido leve y transparente, sin ocultar sus formas redondas, las velaba de manera agradable. Y entonces, después de algunos estremecimientos, se volvió hacia su rival, la delgada Hurí-del-Paraíso, y le dijo...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 334



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Pero cuando llegó la 334ª noche

Ella dijo: "... la autoridad de los poetas y el auxilio del Korán". Y las seis jóvenes contestaron oyendo y obedeciendo, y se aprestaron a la lucha encantadora.
La primera que se levantó fue la esclava Cara-de-Luna, que hizo seña a la negra Pupila-del-Ojo para que se pusiera delante de ella, y enseguida dijo:
"¡Oh, negra! En los libros de los sabios, se dice que habló así la Blancura: ¡Soy una luz esplendorosa! ¡Soy una luna que se alza en el horizonte! ¡Mi color es claro y evidente! Mi frente brilla con el resplandor de la plata. Y mi belleza inspiró al poeta que ha dicho:
¡La blanca de mejillas finas, suaves y pulidas, es una bellísima perla esmeradamente guardada!
¡Es derecha como la letra aleph; la letra mim es su boca; sus cejas son dos nuns al revés y sus miradas son flechas que dispara el arco formidable de sus cejas!
¡Pero si quieres conocer sus mejillas y su cintura, he de decirte: Sus mejillas, pétalos de rosas, flores de arrayán y narcisos. Su cintura, una tierna rama flexible que se balancea con gracia en el jardín, y por la cual se daría todo el jardín y sus vergeles!
"Pero prosigo, ¡oh negra!
"Mi color es el color del día; también es el color de la flor de azahar y de la estrella de la mañana.
"Sabe que Alah el Altísimo, en el Libro venerado, dijo a Musa (¡con él la plegaria y, la paz!), quien tenía la mano cubierta de lepra: "¡Métete la mano en el bolsillo, y cuando la saques la encontrarás blanca, o sea pura e intacta!"
"También está escrito en el Libro de nuestra fe: "¡Los que hayan sabido conservar la cara blanca, es decir, indemne de toda mancha, serán los elegidos por la misericordia de Alah!"
"Por lo tanto, mi color es el rey de los colores, y mi belleza es mi perfección, y mi perfección es mi belleza.
"Los trajes ricos y las hermosas preseas sientan bien siempre a mi color y hacen resaltar más mi esplendor, que subyuga almas y corazones.
"¿No sabes que siempre es blanca la nieve que cae del cielo? ¿Ignoras que los creyentes han preferido la muselina blanca para la tela de sus turbantes?”
"¡Cuántas más cosas admirables podría decirte acerca de mi color! Pero no quiero extenderme más hablando de mis méritos, pues la verdad es evidente por sí misma, como la luz que hiere la mirada. ¡Y además, quiero empezar a criticarlo ahora mismo, ¡oh negra!, color de tinta y de estiércol, limadura de hierro, cara de cuervo, la más nefasta de las aves!
"Empieza por recordar los versos del poeta que hablan de la blanca y la negra:
¿No sabes que el valor de una perla depende de su blancura, y que un saco de carbón apenas cuesta un dracma?
¿No sabes que las cosas blancas son de buen agüero y ostentan la señal del paraíso, mientras las caras negras no son más que pez y alquitrán, destinados a alimentar el fuego del infierno?
"Sabe también que según los anales de los hombres justos, el santo Nuh (Noé) se durmió un día, estando a su lado sus dos hijos Sam (Sem) y Ham (Cam). Y de pronto se levantó una brisa que le arremangó la ropa y le dejó las interioridades al descubierto. Al ver aquello, Ham se echó a reír, y como le divertía el espectáculo -pues Nuh, segundo padre de los hombres, era muy rico en rigideces suntuosas-, no quiso cubrir la desnudez de su padre. Entonces Sam se levantó gravemente, y se apresuró a taparlo todo bajando la ropa. A la sazón despertose el venerable Nuh, y al ver reírse a Ham, le maldijo, y al ver el aspecto serio de Sam, le bendijo.
Y al momento se le puso blanca la cara a Sam, y a Ham se le puso negra. Y desde entonces, Sam (Los pueblos semíticos) fue el tronco del cual nacieron los profetas, los pastores de los pueblos, los sabios y los reyes, y Ham que había huido de la presencia de su padre, fue el tronco del cual nacieron los negros, los sudaneses.
¡Y ya sabes, ¡oh negra! que todos los sabios, y los hombres en general, sustentan la opinión de que no puede haber un sabio en la especie negra ni en los países negros!"
Oídas estas palabras de la esclava blanca, su amo le dijo: "¡Ya puedes callar! ¡Ahora le toca a la negra!"
Entonces, Pupila-del-Ojo, que había permanecido inmóvil, se encaró con Cara-de-Luna, y le dijo:
"¿No conoces, ¡oh blanca ignorante! el pasaje del Korán en que Alah el Altísimo juró por la noche tenebrosa y el día resplandeciente? Pues Alah el Altísimo, en aquel juramento, empezó por mentar la noche y luego el día, lo cual no habría hecho si no prefiriese la noche al día. Y además, el color negro de los cabellos y pelos, ¿no es signo y ornato de juventud, así como el blanco es indicio de vejez y del fin de los goces de la vida? Y si el color negro no fuera el más estimable los colores...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 333



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Pero cuando llegó la 333ª noche

Ella dijo:
... se volvió hacia la esclava rubia, y le dijo: "¡Oh Sol-del-Día, cuerpo de ámbar y oro! ¿Quieres bordarnos más versos sobre un delicado motivo de amor?" Y la rubia joven inclinó su cabeza de oro hacia el sonoro instrumento, cerró a medias sus ojos claros como la aurora, preludió con algunos acordes melodiosos, que hicieron vibrar sin esfuerzo las almas y los cuerpos por dentro como por fuera, y tras de haber iniciado los transportes con un principio no muy fuerte, dio a su voz, tesoro de los tesoros, su mayor arranque y cantó:
¡Cuando me presento ante él, el amigo que tengo
Me contempla y asesta a mi corazón
La cortante espada de sus miradas
Y yo le digo a mi pobre corazón atravesado:
¿Por qué no quieres curar tus heridas?
¿Por qué no te guardas de él?
¡Pero mi corazón no me contesta, y cede siempre a la inclinación que le arrastra hacia debajo de los pies del amado!

Al oír estos versos, el dueño de la esclava rubia Sol-del-Día se conmovió de gusto, y después de haber mojado sus labios en la copa, se la ofreció a la joven, que se la bebió. Tras de lo cual la llenó él otra vez, y con ella en la mano se volvió hacia la esclava negra, y le dijo: "¡Oh Pupila-del-Ojo, tan negra en la superficie y tan blanca por dentro! ¡Tú, cuyo cuerpo lleva el color de luto y cuyo rostro cordial causa la dicha de nuestros umbrales, di algunos versos que sean maravillas tan rojas como el sol!"

Entonces la negra Pupila-del-Ojo cogió el laúd y tocó variantes de veinte maneras diferentes. Después de lo cual volvió a la primera música y entonó esta canción que cantaba a menudo, y que había compuesto al modo impar:
¡Ojos míos, dejad correr abundantemente las lágrimas, pues ha sido asesinado mi corazón por el fuego de mi amor!
¡Todo este fuego que me abrasa, toda esta pasión que me consume, se los debo al amigo cruel que me hace languidecer, al cruel que constituye la alegría de mis rivales!
¡Mis censores me reconvienen y me animan a renunciar a las rosas de sus mejillas floridas!
Pero ¿qué voy a hacer si tengo el corazón sensible a las flores y a las rosas?
¡Ahora, he aquí la copa de vino que circula allá lejos!
¡Y los sonidos de la guitarra invitan al placer a nuestras simas, y a la voluptuosidad a nuestros cuerpos!...
¡Pero a mí no me gusta más que su aliento!
¡Mis mejillas ¡ay de mí! están marchitas por el fuego de mis deseos! Pero ¡qué me importa! ¡He aquí las rosas del paraíso: sus mejillas!
¡Qué me importa, puesto que le adoro! ¡A no ser que mi crimen resulte demasiado grande por querer a la criatura!
Al oír estos versos, el dueño de Pupila-del-Ojo se conmovió de gusto, y después de mojar los labios en la copa, se la ofreció a la joven, que se la bebió.
Tras de lo cual, las seis se levantaron a un tiempo, y besaron la tierra entre las manos de su amo, y le rogaron que les dijera cuál le había encantado más y qué voz y versos le habían sido más gratos. Y Alí El-Yamaní se vio en el límite de la perplejidad, y estuvo contemplándolas mucho rato, admirando sus hechizos y sus méritos con miradas indecisas, y pensaba en su interior que sus formas y colores eran igualmente admirables.
Y acabó por decidirse a hablar, y dijo:
"¡Loor a Alah, el Distribuidor de gracias y belleza, que me ha dado en vosotras seis mujeres maravillosas, dotadas de todas las perfecciones! Pues bien; declaro que os prefiero a todas por igual, y que no puedo faltar a mi conciencia otorgando a una de vosotras la supremacía. ¡Venid, pues, corderas mías, a besarme todas a un tiempo!"
Al oír estas palabras de su amo, las seis jóvenes se echaron en sus brazos, y durante una hora le hicieron mil caricias, a las que correspondió él.
Y luego las formó en corro ante sí, y les dijo: "No he querido cometer la injusticia de determinar mi elección de una de vosotras, concediéndole la preferencia entre sus compañeras. Pero lo que no he hecho yo, podéis hacerlo vosotras. Todas estáis versadas igualmente en la lectura del Korán y en la literatura; habéis leído los anales de los antiguos y la historia de nuestros padres musulmanes; por último, estáis dotadas de elocuencia y dicción maravillosas. Quiero, pues, que cada cual se prodigue las alabanzas que crea merecer; que realce sus artes y cualidades y rebaje los hechizos de su rival. De modo que la lucha ha de trabarse, por ejemplo, entre dos rivales de colores o formas diferentes, entre la blanca y la negra, la gruesa y la delgada, la rubia y la morena; pero en esa lucha no se han de usar más armas que las máximas hermosas, las citas de sabios, la autoridad de los poetas y el auxilio del Korán...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 332



Y cuando llegó la 332ª noche

Ella dijo:
La joven blanca se llamaba Cara-de-Luna; la morena se llamaba Llama-de-Hoguera; la gruesa, Luna-Llena; la delgada, Hurí-del-Paraíso; la rubia, Sol-del-Día; la negra, Pupila-del-Ojo.
Un día feliz, Alí El-Yamaní, con la quietud disfrutada por él en la deleitosa Bagdad, y sintiéndose en una disposición de espíritu mejor aún que de ordinario, invitó a sus seis esclavas a un tiempo a ir a la sala de reunión para acompañarle, y a pasar el rato bebiendo, departiendo y cantando con él. Y las seis se le presentaron enseguida, y con toda clase de juegos y diversiones se deleitaron juntos infinitamente.
Cuando la alegría más completa reinó entre ellos, Alí El-Yamaní cogió una copa, la llenó de vino, y volviéndose hacia Cara-de-Luna, le dijo: "¡Oh blanca y amable esclava! ¡Oh Cara-de-Luna! ¡Déjanos oír algunos acordes delicados de tu voz encantadora!" Y la esclava blanca, Cara-de-Luna, cogió un laúd, templó sus sonidos y ejecutó algunos preludios en sordina que hicieron bailar a las piedras y levantarse los brazos. Y después se acompañó el canto con estos versos que hubo de improvisar:
¡Esté lejos o cerca, el amigo que tengo ha impreso para siempre su imagen en mis ojos, y para siempre ha grabado su nombre en mis miembros fieles!
¡Para acariciar su recuerdo, me convierto, por completo en un corazón, y para contemplarle, me convierto completamente en un ojo! El censor que me reconviene de continuo me ha dicho: "¿Olvidarás por fin ese amor inflamado?" Y yo le digo: "¡Oh censor severo, déjame y vete! ¿No ves que te alucinas pidiéndome lo imposible?"

Al oír estos versos, el dueño de Cara-de-Luna se conmovió de gusto, y después de haber mojado los labios en la copa, se la ofreció a. la joven, que se la bebió. La llenó él por segunda vez, y con ella en la mano se volvió hacia la esclava morena, y le dijo: "¡Oh Llama-de-Hoguera, remedio de las almas! ¡Procura, sin besarme, hacerme oír los acentos de tu voz, cantando los versos que te plazcan!" Y Llama-de-Hoguera cogió el laúd y lo templó en otro tono; y preludió con unos tañidos que hacían bailar a las piedras y a los corazones y enseguida cantó:
¡Lo juro por esa cara querida! ¡Te quiero, y a nadie más que a ti querré hasta morir! ¡Y nunca haré traición a tu amor!
¡Oh rostro brillante que la belleza envuelve con sus velos, a los más bellos seres enseñas lo que puede ser una cosa bella!
¡Con tu gentileza has conquistado todos los corazones, pues eres la obra pura salida de manos del Creador!
Al oír estos versos, el dueño de Llama-de-Hoguera se conmovió de gusto, y después de haber mojado los labios en la copa, se la ofreció a la joven, que se la bebió. La llenó él entonces otra vez, y con ella en la mano se volvió hacia la esclava gruesa, y le dijo: "¡Oh Luna-Llena, pesada en la superficie, pero de sangre tan simpática y ligera! ¿Quieres cantarnos una canción de hermosos versos claros como tu carne?" Y la joven gruesa cogió el laúd y lo templó, y preludió de tal modo, que hacía vibrar las almas y las duras rocas, y tras de algunos gratos murmullos, cantó con voz pura:
¡Si yo pudiera lograr agradarte, objeto de mi deseo, desafiaría a todo el universo y a su ira, sin aspirar a otro premio que tu sonrisa!
¡Si hacia mi alma que suspira avanzaras con tu altivo paso cimbreante, todos los reyes de la tierra desaparecerían sin que yo me enterase!
¡Si aceptaras mi humilde amor, mi dicha sería pasar a tus pies toda mi vida, oh tú hacia quien convergen los atributos y adornos de la belleza!
Al oír estos versos, el dueño de la gruesa Luna-Llena se conmovió de gusto, y después de haber mojado los labios en la copa, se la ofreció a la joven, que se la bebió. Entonces la llenó él otra vez, y con ella en la mano se volvió hacia la esclava delgada, y le dijo: "¡Oh esbelta Hurí-del-Paraíso! ¡Ahora te toca a ti proporcionarnos el éxtasis con hermosos cantos!" Y la esbelta joven se inclinó hacia el laúd, como una madre hacia su hijo, y cantó los siguientes versos:
¡Extremado es mi ardor por ti, y lo iguala tu indiferencia! ¿Dónde rige la ley que aconseja sentimientos tan opuestos?
¿En casos de amor, hay un Juez supremo para recurrir a él? ¡Dejaría a ambas partes iguales, dando el exceso de mi ardor al amado, y dándome a mí el exceso de su indiferencia!
Al oír estos versos, el dueño de la delgada y esbelta Hurí-del-Paraíso se conmovió de gusto, y después de haber mojado los labios en la copa, se la ofreció a la joven, que se la bebió. Después de lo cual la llenó él otra vez, y con ella en la mano se volvió hacia la esclava rubia, y le dijo...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 331



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Pero cuando llegó la 331ª noche

Ella dijo:
...Al ver aquello, los dos eunucos se apresuraron a alejarse silenciosamente, diciendo: "¡La verdad es que esta manera de obrar del rey no es propia de un hombre, sino de una mujer delirante!"
Por la mañana, Zumurrud se puso su traje regio, y mandó reunir en el patio principal de palacio a sus visires, chambelanes, consejeros, emires, jefes de ejército y personajes notables de la ciudad, y les dijo: "Os permito a vosotros todos, mis súbditos fieles, que vayáis hoy mismo a la carretera en que me habéis encontrado y busquéis a alguien a quien nombrar rey en mi lugar. ¡Pues he resuelto abdicar la realeza e irme a vivir al país de ese joven, al cual he elegido por amigo para toda la vida, pues quiero consagrarle todas mis horas, como le he consagrado mi afecto! ¡Uasalam!"
A estas palabras, los circunstantes contestaron oyendo y obedeciendo, y los esclavos se apresuraron rivalizando en celo, a hacer los preparativos de marcha, y llenaron para el camino cajones y cajones de provisiones, de riquezas, de alhajas, de ropas, de cosas suntuosas, de oro y de plata, y las cargaron en mulos y camellos. Y en cuanto estuvo todo dispuesto, Zumurrud y Alischar subieron a un palanquín de terciopelo y brocado colocado en un dromedario, y sin más séquito que los dos eunucos volvieron a Khorasán, la ciudad en que se encontraban su casa y sus parientes. Y llegaron con toda felicidad. Y Alischar, hijo de Gloria, no dejó de repartir grandes limosnas a los pobres, las viudas y los huérfanos, ni de entregar regalos extraordinarios a sus amigos, conocidos y vecinos. Y ambos vivieron muchos años, con muchos hijos que les otorgó el Donador. ¡Y llegaron al límite de las alegrías y felicidades, hasta que los visitó la Destructora de placeres y la Separadora de los amantes! ¡Gloria a Aquel que permanece en su eternidad! ¡Y bendito sea Alah en todas ocasiones!
Pero -prosiguió Schehrazada dirigiéndose al rey Schahriar- no creas ni un momento que esta historia sea más deliciosa que la HISTORIA DE LAS SEIS JÓVENES DE DISTINTOS COLORES. ¡Y si sus versos no son mucho más admirables que los que ya has oído, mándame cortar la cabeza sin demora!
Y dijo Schehrazada:

[editar] HISTORIA DE LAS SEIS JOVENES DE DISTINTOS COLORES

Cuentan que un día entre los días el Emir de los Creyentes El-Mamún tomó asiento en el trono que había en la sala de su palacio, e hizo que se congregaran entre sus manos, además de sus visires, a sus emires y a los principales jefes de su imperio, a todos los poetas y a cuantas gentes de ingenio delicioso se contaban entre sus íntimos. Por cierto que el más íntimo entre los más íntimos reunidos allí era Mohammad El Bassri. Y el califa El-Mamún se encaró con él y le dijo: "¡Oh, Mohammad, tengo deseos de oírte contar alguna historia nunca oída!" El aludido contestó: "¡Fácil es complacerte, oh Emir de los Creyentes! Pero ¿quieres de mí una historia oída con mis orejas, o prefieres el relato de un hecho que yo presenciara y observara con mis ojos?" Y dijo El-Mamún: "¡Me da lo mismo, oh Mohammad! ¡Pero quiero que sea de lo más maravilloso!" Entonces dijo Mohammad El-Bassri
"Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que en estos últimos tiempos conocí a un hombre de fortuna considerable, nacido en el Yamán, que dejó su país para venir a habitar en Bagdad, nuestra ciudad, con objeto de llevar en ella una vida agradable y tranquila. Se llamaba Alí El-Yamaní. Y como al cabo de cierto tiempo encontró las costumbres de Bagdad absolutamente de su gusto, hizo venir del Yamán todos sus efectos, así como su harem, compuesto de seis jóvenes esclavas, hermosas cual otras tantas lunas.
La primera de estas jóvenes era blanca, la segunda morena, la tercera gruesa, la cuarta delgada, la quinta rubia y la sexta negra. Y en verdad que las seis alcanzaban el límite de las perfecciones, avalorando su espíritu con el conocimiento de las bellas letras y sobresaliendo en el arte de la danza y de los instrumentos armónicos.
La joven blanca se llamaba...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 330



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Pero cuando llegó la 330ª noche

Ella dijo:
"... más que hasta los muslos. Ya he hecho cuanto sabía".
Al oír estas palabras, Zumurrud exclamó con acento muy duro: "¡Cómo! ¿Te atreves a desobedecerme? ¡Por Alah! ¡Como vaciles otra vez, la noche será bien nefasta para tu cabeza! ¡Apresúrate, pues, a inclinarte y a satisfacer mí deseo! ¡Y yo, en cambio, te convertiré en mi amante titular, y te nombraré emir entre los emires, y jefe del ejército entre mis jefes de ejército!" Alischar preguntó: "No comprendo exactamente lo qué quieres ¡oh rey! ¿Qué he de hacer para obedecerte?"
Ella contestó: "¡Desátate el calzón y tiéndete boca abajo!" Alischar exclamó: "¡Se trata de una cosa que no he hecho en mi vida, y si me quieres obligar a cometerla, te pediré cuenta de ello el día de la Resurrección!”. ¡Por lo tanto, déjame salir de aquí y marcharme a mi tierra!"
Pero Zumurrud replicó con tono más furioso: "¡Te ordeno que te quites el calzón y te tiendas boca abajo, si no, inmediatamente mandaré que te corten la cabeza! ¡Ven enseguida, oh joven! y acuéstate conmigo. ¡No te arrepentirás de ello!"
Entonces, desesperado Alischar, no tuvo más remedio que obedecer.
Y se desató el calzón y se echó boca abajo. Enseguida Zumurrud le cogió entre sus brazos, y subiéndose encima de él, se tendió a lo largo sobre la espalda de Alischar.
Cuando Alischar sintió que el rey le pesaba con aquella impetuosidad sobre su espalda, dijo para sí: "¡Va a estropearme sin remedio!" Pero pronto notó encima de él ligeramente algo suave que le acariciaba como seda o terciopelo, algo a la vez tierno y redondo, blando y firme al tacto a la vez, y dijo para sí: "¡Ualah! Este rey tiene una piel preferible a la de todas las mujeres".
Y aguardó el momento temible. Pero al cabo de una hora de estar en aquella postura sin sentir nada espantoso ni perforador, vio que el rey se separaba de pronto de él y se echaba de espaldas a su lado.
Y pensó: "¡Bendito y glorificado sea Alah, que no ha permitido que el zib se enarbolase! ¡Qué habría sido de mí en otro caso!"
Y empezaba a respirar más a gusto, cuando el rey le dijo: "¡Sabe, oh Alischar! que mi zib no acostumbra a encabritarse como no lo acaricien con los dedos. ¡Por lo tanto, tienes que acariciarlo, o eres hombre muerto! ¡Vamos, venga la mano!"
Y tendida de espaldas, Zumurrud le cogió la mano a Alischar, hijo de Gloria, y se la colocó suavemente sobre la redondez de su historia.
Y Alischar, al tocar aquello notó una exuberancia alta como un trono, y gruesa como un pichón, y más caliente que la garganta de un palomo, y más abrasadora que un corazón quemado por la pasión; y aquella exuberancia era lisa y blanca, y suave y amplia.
Y de pronto sintió que al contacto de sus dedos se encabritaba aquello como un mulo pinchado en los hocicos, o como un asno aguijado en mitad del lomo.
Al comprobarlo, Alischar dijo para sí en el límite del asombro: "¡Este rey tiene hendidura! ¡Es la cosa más prodigiosa de todos los prodigios!"
Y alentado por este hallazgo, que le quitaba los últimos escrúpulos, empezó a notar que el zib se le sublevaba hasta el extremo límite de la erección.
¡Y Zumurrud no aguardaba más que aquel momento! Y de pronto se echó a reír de tal modo, que se habría caído de espaldas si no estuviera ya echada. Después le dijo a Alischar: "¿Cómo es que no conoces a tu servidora? ¡Oh mi dueño amado!"
Pero Alischar todavía no lo entendía, y preguntó: "¿Qué servidora ni qué dueño ¡oh rey del tiempo!?" Ella contestó: "¡Oh, Alischar, soy Zumurrud tu esclava! ¿No me conoces en todas estas señas?"
Al oír tales palabras, Alischar miró más atentamente al rey, y conoció a su amada Zumurrud. Y la cogió en brazos y la besó con los mayores transportes de alegría.
Y Zumurrud le preguntó: "¿Opondrás todavía resistencia?"
Y Alischar, por toda respuesta, se echó encima de ella como el león sobre la oveja, y reconociendo el camino; metió el palo del pastor en el saco de provisiones, y echó adelante sin importarle lo estrecho del sendero. Y llegado al término del camino, permaneció largo tiempo tieso y rígido, como portero de aquella puerta e imán de aquel mirab.
Y ella, por su parte, no se separaba ni un dedo de él, y con él se alzaba, y se arrodillaba, y rodaba, y se erguía, y jadeaba, siguiendo el movimiento.
Y al amor respondía el amor, y a un arrebato un segundo arrebato, y diversas caricias y distintos juegos.
Y se contestaban con tales suspiros y gritos, que los dos pequeños eunucos, atraídos por el ruido, levantaron el tapiz para ver si el rey necesitaba sus servicios.
Y ante sus ojos espantados apareció el espectáculo de su rey tendido de espaldas, con el joven cubriéndole íntimamente, en diversas posturas, contestando a ronquidos con ronquidos, a los asaltos con lanzazos, a las incrustaciones con golpes de cincel, y a los movimientos con sacudidas.
Al ver aquello, los dos eunucos...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 329




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Y cuando llegó la 329ª noche

Ella dijo:
"... En cuanto al motivo de mi venida a este país ha sido la busca de una persona amada a quien he perdido, y a quien quería más que a mi vida, a mis oídos y a mi alma. ¡Y tal es mi lamentable historia!" Y Alischar, al terminar estas palabras, prorrumpió en llanto, y se puso tan malo, que se desmayó.
Entonces, Zumurrud, en el límite del enternecimiento, mandó a sus dos eunucos que le rociaran la cara con agua de rosas. Y los dos esclavos ejecutaron enseguida la orden, y Alischar volvió en sí al oler el agua de rosas. Entonces Zumurrud dijo: "¡Ahora, que me traigan la mesa de arena y la pluma de cobre!" Y cogió la mesa y la pluma, y después de haber trazado renglones y caracteres, reflexionó durante una hora, y dijo con dulzura, pero de modo que todo el pueblo oyera: "¡Oh, Alischar, hijo de Gloria! la arena adivinatoria confirma tus palabras. Dices la verdad. Por eso puedo predecirte que Alah te hará encontrar pronto a tu amada. ¡Apacígüese tu alma y refrésquese tu corazón!" Después levantó la sesión y mandó a los esclavos que condujeran a Alischar al hammam, y después del baño le pusieron un traje del armario regio, y montándole en un caballo de las caballerizas reales se lo volvieran a presentar al anochecer. Y los dos eunucos contestaron oyendo y obedeciendo, y se apresuraron a ejecutar las órdenes del rey.
En cuanto a la gente del pueblo, que había presenciado toda aquella escena y oído las órdenes dadas, se preguntaban unos a otros: "¿Qué oculta causa habrá movido al rey a tratar a ese hermoso joven con tanta consideración y dulzura?" Y otros contestaron: "¡Por Alah! El motivo está bien claro: ¡el muchacho es muy hermoso!" Y otros dijeron: "Hemos previsto lo que iba a pasar sólo con ver al rey dejarle saciar el hambre en aquella fuente de arroz con leche, ¡Ualah! ¡Nunca habíamos oído decir que el arroz con leche pudiera producir semejantes prodigios!"
Y se marcharon, diciendo cada cual lo que le parecía o insinuando una frase picaresca.
Volviendo a Zumurrud, aguardó con una impaciencia indecible que llegase la noche para poder al fin aislarse con el amado de su corazón. De modo que apenas desapareció el sol y los almuédanos llamaron a los creyentes a la oración, Zumurrud se desnudó y se tendió en la cama, sin más ropa que su camisa de seda. Y bajó las cortinas para quedar a oscuras, y mandó a los dos eunucos que hicieran entrar a Alischar, el cual aguardaba en el vestíbulo.
Por lo que respecta a los chambelanes y dignatarios de palacio, ya no dudaron de las intenciones del rey al verle tratar de aquel modo desacostumbrado al hermoso Alischar. Y se dijeron: "Bien claro está que el rey se prendó de ese joven. ¡Y seguramente, después de pasar la noche con él, mañana le nombrará chambelán o general del ejército!"
Eso en cuanto a ellos.
He aquí, por lo que se refiere a Alischar. Cuando estuvo en presencia del rey, besó la tierra entre sus manos, ofreciéndole sus homenajes y votos, y aguardó que le interrogaran. Entonces Zumurrud dijo para sí: "No puedo revelarle de pronto quién soy, pues si me conociera de improviso, se moriría de emoción". Por consiguiente, se volvió hacia él, y le dijo: "¡Oh gentil joven! ¡Ven más cerca de mí! Dime: ¿has estado en el hammam?" El contestó: "¡Sí, oh señor mío!" Ella preguntó: "¿Te has lavado, y refrescado, y perfumado por todas partes?"
El contestó: "¡Sí, oh señor mío!"
Ella preguntó: "¡Seguramente el baño te habrá excitado el apetito, oh Alischar! Al alcance de tu mano, en ese taburete, hay una bandeja llena de pollos y pasteles. ¡Empieza por aplacar el hambre!" Entonces Alischar respondió oyendo y obedeciendo, y comió lo que le hacía falta, y se puso contento. Y Zumurrud le dijo: "¡Ahora debes de tener sed! Ahí en otro segundo taburete, está la bandeja de las bebidas. Bebe cuanto desees y luego acércate a mí".
Y Alischar bebió una taza de cada frasco, y muy tímidamente se acercó a la cama del rey.
Entonces el rey le cogió de la mano, y le dijo: "¡Me gustas mucho, oh joven! ¡Tienes la cara muy linda, y a mí me gustan las caras hermosas! Agáchate y empieza por darme masaje en los pies". Al cabo de un rato, el rey le dijo: "¡Ahora dame masaje en las piernas y en los muslos!". Y Alischar, hijo de Gloria, empezó a dar masajes en las piernas y en los muslos del rey. Y se asombró y maravilló a la vez de encontrarlas suaves y flexibles, y blancas hasta el extremo. Y decía para sí: "¡Ualah! ¡Los muslos de los reyes son muy blancos! ¡Y además no tienen pelos!"
En este momento Zumurrud le dijo: "¡Oh lindo joven de manos tan expertas para el masaje, prolonga los movimientos hasta el ombligo, pasando por el centro!" Pero Alischar se paró de pronto en su masaje, y muy intimidado, dijo: "Dispénsame, señor, pero no sé hacer masaje del cuerpo más que hasta los muslos. Ya he hecho cuanto sabía...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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