Noche 191



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Y cuando llegó la 191ª noche

Ella dijo:
... el rey corrió al retrete y vió que, efectivamente, la palangana consabida contenía una cantidad enorme de sangre, y dijo para sí: "¡Este es un indicio de que la contrincante tiene una salud maravillosa y una expansión leal y franca!" Y pensó también: "¡Advierto con certeza en todo esto la mano del visir!"
Después volvió apresuradamente junto a Kamaralzamán, exclamando: "¡Veamos ahora la sortija! Y la cogió, y le dió vueltas y más vueltas, y luego se la devolvió a Kamaralzamán, diciendo: "Es una prueba que me confunde por completo". Y permaneció una hora sin decir palabra. Después se lanzó pronto sobre el visir, y le gritó: "¡Tú eres el que ha armado toda esta intriga, viejo alcahuete!"
Pero el visir cayó a los pies del rey, y juró, por el Libro Noble y por la Fe, que no se había metido en nada de aquello. Y el eunuco hizo el mismo juramento.
Entonces el rey, que cada vez lo entendía menos, dijo a su hijo: "¡Sólo Alah puede aclarar este misterio!" Pero Kamaralzamán muy conmovido, replicó: "¡Oh padre mío! ¡Te suplico que hagas pesquisas y gestiones para devolverme a la deliciosa joven cuyo recuerdo me alborota el alma, y te conjuro a que tengas compasión de mí y hagas que se la encuentre, o moriré!"
El rey se echó a llorar, y dijo a su hijo: "¡Ya Kamaralzamán! ¡Sólo Alah es grande, y sólo él conoce lo desconocido! ¡A nosotros no nos queda sino afligirnos ambos: tú por ese amor sin esperanza, y yo por tu propia aflicción y por mi impotencia para remediarla!"
Enseguida el rey, muy desconsolado, cogió de la mano a su hijo y se lo llevó desde la torre hasta el palacio, en donde se encerró con él. Y se negó a ocuparse en los asuntos de su reino para quedarse llorando con Kamaralzamán, que se había metido en la cama lleno de desesperación por amar a una joven desconocida, que después de tan señaladas pruebas de amor, había desaparecido.
Después, el rey, para verse más libre aun de las cosas y gente de palacio, y no preocuparse más que en cuidar a su hijo, a quien tanto quería, mandó edificar en medio del mar un palacio, unido sólo a la tierra por una escollera de veinte codos de anchura, y lo hizo amueblar para su uso y el de su hijo. Y ambos lo habitaban solos, lejos del mundo y de las preocupaciones, para no pensar más que en su desgracia. Y a fin de consolarse un tanto, Kamaralzamán no encontraba nada como la lectura de buenos libros acerca del amor y el recitar versos de los poetas inspirados, como los siguientes entre otros mil:
¡Oh guerrera hábil en el combate de las rosas! ¡La sangre delicada de los trofeos que adornan tu frente triunfal tiñe de púrpura tu profunda cabellera, y el vergel natal de todas sus flores se inclina para besar tus pies infantiles!
¡Tan suave es ¡oh princesa! tu cuerpo sobrenatural, que el aire encantado, se aromatiza al tocarlo; y si la brisa curiosa penetrase debajo de tu túnica, en ella se eternizaría!
¡Tan bella es tu cintura, ¡oh hurí! que el collar de tu garganta desnuda se queja de no ser tu cinturón! ¡Pero tus piernas sutiles, cuyos tobillos están cercados de cascabeles, hacen crujir de envidia a las pulseras de tus muñecas!
Todo eso en cuanto a Kamaralzamán y a su padre el rey Schahramán.
Vamos ahora con la princesa Budur.
Cuando los dos genios la dejaron en su lecho del palacio de su padre el rey Ghayur, casi había transcurrido la noche. A las tres horas apareció la aurora, y Budur se despertó. Sonreía todavía a su amado y se desperezaba de gusto, en ese momento delicioso de semisueño al lado del amante, a quien creía junto a ella. Y al alargar los brazos vagamente para rodearle el cuello antes de abrir los ojos, no cogió más que el vacío. Entonces se despertó del todo y ya no vió al hermoso adolescente, al cual había amado aquella noche, y le tembló el corazón hasta casi perder el juicio, y exhaló un grito agudo que hizo acudir a las diez mujeres encargadas de su custodia, y entre ellas a su nodriza.
Rodearon ansiosas el lecho, y la nodriza le preguntó con acento asustado: "¿Qué ocurre, ¡oh mi señora!?"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

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Noche 188



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Pero cuando llegó la 188ª noche
Ella dijo:
"¡Sí, por cierto! ¡Será domingo, y después lunes, luego martes, miércoles, jueves, y finalmente viernes, día santo!" Y el rey, en el colmo de la dicha, exclamó: "¡Oh hijo mío! ¡Oh Kamaralzamán! ¡Lejos de ti todo mal agüero! Pero dime también cómo se llama en árabe el mes en que estamos". El príncipe respondió: "Se llama en árabe mes de Zul-Kiidat. Después viene el mes de Zul-Hidjat, luego vendrá Moharram, seguido de Safar, de Rabialaual, de Rabialthaní, de Gamadial- luala, de Gamadialthania, de Ragb, de Schaaban, de Ramadán, y por fin, de Schaual'.
Entonces el rey llegó al límite extremo de la alegría, y tranquilizado ya acerca del estado de su hijo, se volvió hacia el visir y le escupió en la cara, diciéndole: "¡Aquí no hay más loco que tú, viejo visir malhadado!" Y el visir meneó la cabeza y quiso contestar; pero se calló, y dijo: "¡Aguardemos al final!"
Y el rey dijo enseguida a su hijo: "¡Hijo mío, figúrate que este jeique y ese eunuco de betún han ido a contarme tales y cuales palabras que les habías dicho respecto a una supuesta joven que había pasado la noche contigo! ¡Diles en la cara que han mentido!"
Al oír estas palabras Kamaralzamán se sonrió amargamente, y dijo al rey: "¡Oh padre mío! ¡Sabe que en verdad ya no tengo ni ganas ni paciencia para soportar más tiempo esa broma que me parece ha durado bastante! ¡Por favor, ahórrame tal mortificación, y no digas más palabras de ello, pues noto que se me han secado mucho los humores con todo lo que me has hecho pasar! Sin embargo, ¡oh padre mío! sabe que ahora estoy bien resuelto a no desobedecerte más, y consiento en casarme con la hermosa joven que has tenido a bien mandarme esta noche para que me acompañara en la cama. La he encontrado perfectamente deseable, y sólo con verla se me ha puesto toda la sangre en movimiento".
Al oír estas palabras de su hijo, el rey exclamó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti!, y ¡oh hijo mío! ¡El te guarde de los maleficios y la locura! ¡Ah, hijo mío! ¿Qué pesadilla has tenido para usar semejante lenguaje? ¿Qué manjares pesados comiste anoche para que la digestión ejerciera un influjo tan funesto en tu cerebro? ¡Por favor, hijo mío, tranquilízate! ¡No volveré en mi vida a contrariarte! ¡Y malditos sean el casamiento, y la hora del casamiento, y cuantos me vuelvan a hablar de casamiento!" Entonces Kamaralzamán dijo a su padre: "Tus palabras sobre mi cabeza, ¡oh padre mío! ¡Pero júrame antes con el gran juramento que no te has enterado de mi aventura de esta noche con la hermosa joven, que como te probaré, dejó en mí más de una huella de la acción compartida!"
Y el rey Schahramán exclamó: "¡Te lo juro por la verdad del santo nombre de Alah, dios de Muza y de Ibrahim, que envió a Mohammed entre las criaturas como prenda de paz y salvación! ¡Amín!" Y Kamaralzamán repitió: "¡Amín!"
Pero le dijo a su padre: "¿Qué dirías ahora si te diera pruebas de que la joven ha pasado por mis brazos?" Y el rey dijo: "¡Te escucho!"
Y Kamaralzamán prosiguió: "Si alguien, ¡oh padre mío! te dijera: "La noche pasada me desperté sobresaltado y vi delante de mí a uno dispuesto a luchar conmigo de un modo sangriento. Entonces yo, aunque sin querer atravesarle, hice inconscientemente un movimiento que impulsó a mi espada hacia su vientre desnudo. ¡Y por la mañana me desperté y vi que mi espada estaba, en efecto, teñida de sangre y espuma! ¿Qué dirías, ¡oh padre mío! al que después de hablarte así, te enseñara la espada ensangrentada?" El rey dijo: "Le diría que la sangre sola, sin el cuerpo del adversario, no era más que media prueba".
Entonces Kamaralzamán dijo: "¡Oh padre mío! yo también, esta mañana, al despertarme, me encontré el bajo vientre cubierto de sangre; la palangana, que está todavía en el retrete, te lo demostrará. ¡Pero como prueba más convincente todavía, he aquí la sortija de la adolescente! ¡En cuanto a mi sortija, ha desaparecido, como ves!"
Al oír aquello, el rey corrió al retrete y vió que efectivamente la palangana consabida contenía...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

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Noche 187



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Pero cuando llegó la 187ª noche

Ella dijo:
... Kamaralzamán sentado tranquilamente en la cama y leyendo con atención el Corán. Se acercó a él, y después de la zalema más respetuosa, se sentó en el suelo cerca del lecho, y le dijo: "¡Cómo nos ha alarmado este eunuco de betún! ¡Figúrate que este hijo de zorra se presentó trastornado y con facha de perro sarnoso a asustarnos, contándonos cosas que serían indecentes repetir delante de ti! ¡Turbó nuestra quietud de tal manera, que estoy alborotado todavía!"
Y Kamaralzamán dijo: "¡Verdaderamente, no os habrá molestado más de lo que me ha molestado a mí hace poco! ¡Pero, oh visir de mi padre, me alegraría mucho saber lo que os pudo contar!" El visir contestó: "¡Alah preserve a tu juventud! ¡Alah robustezca tu entendimiento! ¡Aleje de ti las acciones no mesuradas y libre a tu lengua de las palabras sin sal! ¡Este hijo de bardaje afirma que te has vuelto loco de repente, y le has hablado de una joven que pasó la noche contigo, y que luego te acaloraste con otras insensateces semejantes, y que has acabado por molerle a golpes y echarle al pozo!
¡Oh Kamaralzamán! ¿No es verdad que todo se reduce a una osadía de ese negro podrido?"
Oídas tales palabras, Kamaralzamán sonrió con aire de superioridad, y dijo al visir: "¡Por Alah! ¿Has acabado con las chanzas, viejo sucio, o quieres también enterarte de si el agua del pozo sirve para el hammam? ¡Te advierto que si ahora mismo no me dices lo que mi padre y tú habéis hecho con mi amante, la joven de hermosos ojos negros y mejillas frescas y sonrosadas, me pagarás tus astucias más caras que el eunuco!" Entonces, sobrecogido otra vez el visir por una inquietud sin límites, se levantó andando hacia atrás, y dijo: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡Ya Kamaralzamán! ¿Por qué hablas de esa manera? ¡Si es que has soñado eso a consecuencia de una mala digestión, apresúrate por favor a disipar el sueño! ¡Ya, Kamaralzamán, esta conversación no es razonable!"
Al oír tales palabras, el joven exclamó: "¡Para demostrarte, oh jeique de maldición, que no he visto a la joven con las orejas, sino con este ojo y este otro, y que no he palpado y olido las rosas de su cuerpo con los ojos, sino con estos dedos y esta nariz, toma!"
Y le dió un cabezazo en el vientre que lo tiró al suelo, y después le agarró las barbas que llevaba muy largas v se las enrolló alrededor de la muñeca y seguro de que no podía escaparse, empezó a darle recios golpes todo el tiempo que se lo permitieron sus fuerzas.
El desdichado gran visir, viendo que perdía las barbas pelo a pelo, y que también el alma estaba a punto de despedirse, se dijo para sí: "¡Ahora tengo que mentir! ¡Es el único medio de librarme de las manos de este loco!"
Por lo tanto, le dijo: "¡Oh mi señor! ¡Te ruego que me perdones por haberte engañado! La culpa es de tu padre, que me encargó mucho, so pena de horca inmediata, que no te revelara todavía el sitio en que se ha depositado a la joven consabida. Pero si quieres soltarme, voy a escape a suplicar al rey tu padre que te saque de esta torre, y le daré cuenta de tu deseo de casarte con la joven. ¡Lo cual le alegrará hasta el límite de la alegría!"
Al oír estas palabras, Kamaralzamán le soltó y le dijo: "¡En tal caso, ve pronto a avisar a mi padre, y vuelve a traerme inmediatamente la contestación!"
En cuanto el visir se vió libre, se precipitó fuera del aposento, cuidando de cerrar la puerta con doble vuelta de llave, y corrió, fuera de sí y con la ropa hecha pedazos, a la sala del trono.
Al ver el rey Schahramán a su visir en aquel estado lamentable, le dijo: "¡Te hallo muy abatido y sin turbante! ¡Y pareces muy mortificado! ¡Bien se ve que ha debido de ocurrirte algo desagradable que ha trastornado tus sentidos!" "¡Es por lo que le sucede a tu hijo; oh rey!"
Este preguntó: "Pues entonces, ¿qué es?" El visir dijo: "¡No cabe duda de que está completamente loco!"
A estas palabras, el rey vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y dijo: "¡Alah me asista! ¡Dime pronto los caracteres de la locura que ataca a mi hijo!" Y el visir contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y refirió al rey todos los pormenores de la escena, sin olvidar cómo escapó de manos de Kamaralzamán.
Entonces el rey se encolerizó en extremo, y gritó: "¡Oh el más calamitoso de los visires! ¡Esta noticia que me anuncias vale tu cabeza! ¡Por Alah! ¡Si es realmente ése el estado de mi hijo, te mandaré crucificar encima del minarete más alto, para enseñarte a no darme consejos tan detestables como los que fueron la primera causa de esta desdicha!" Y se precipitó hacia la torre, y seguido del visir penetró en la habitación de Kamaralzamán.
Cuando Kamaralzamán vió entrar a su padre, se levantó rápidamente en honor suyo, y saltó de la cama, y se quedó respetuosamente a fuer de buen hijo. Y el rey, contentísimo al ver a su hijo tan pacífico, delante de él, cruzado de brazos, después de haberle besado la mano, le echó los brazos con ternura alrededor del cuello, y le besó entre los dos ojos, llorando de alegría.
Tras de lo cual le hizo sentarse junto a él, encima de la cama, y se volvió indignado hacia el visir, y le dijo: "¡Ya ves cómo eres el último de los últimos entre los visires! ¿Cómo osaste venir a contarme que mi hijo estaba de esta o la otra manera, llenando de espanto mi corazón y haciéndome añicos el hígado?" Luego añadió: "¡Además, vas a oír con tus propios oídos las respuestas llenas de sentido común que me dará mi amado hijo!"
Miró entonces paternalmente al joven, y le preguntó: "Kamaralzamán, ¿sabes qué día es hoy?" El otro respondió: "¡Seguramente! ¡Es sábado!" El rey dirigió una mirada llena de ira y triunfo al visir aterrado, y le dijo: "Lo oyes, ¿verdad?"
Después prosiguió: "Y mañana, Kamaralzamán, ¿qué día será? ¿Lo sabes?" El príncipe contestó: "¡Sí, por cierto...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

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Noche 186



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Pero cuando llegó la 186ª noche
Ella dijo:
Y los dos genios respondieron: "¡Inschalah!" Y después se acercaron al lecho, cogieron a la joven, que se echaron a cuestas, y volaron con ella hasta el palacio del rey Ghayur, al cual no tardaron en llegar y la depositaron con delicadeza en su cama para irse en seguida cada cual por un lado.
En cuanto a Maimuna, se volvió a su pozo, después de haber depositado un beso en los ojos de su amigo.
Eso en cuanto a los tres.
Pero en cuanto a Kamaralzamán, por la mañana despertó del sueño con el cerebro todavía turbado por su aventura nocturna. Y se volvió hacia la derecha y hacia la izquierda; pero, como era natural, sin encontrar a la joven.
Entonces dijo para sí: "¡Bien adiviné que era mí padre el que había preparado todo esto para probarme, e impulsarme al matrimonio! De modo que he hecho bien en aguardar para pedirle el consentimiento, como buen hijo".
Después llamó al esclavo echado a la puerta, gritándole: "¡Eh, tumbón, levántate!" Y el esclavo se levantó sobresaltado, y medio dormido aún se apresuró a llevar a su amo el jarro y la palangana. Y Kamaralzamán cogió la jofaina y el jarro, y se fué al retrete a hacer sus necesidades, verificando luego sus abluciones con cuidado, y volvió para cumplir su rezo por la mañana, y comió un bocado, y leyó un versículo del Corán. Después, tranquilamente, y como de pasada, preguntó al esclavo: "Sauab, ¿adónde llevaste a la muchacha de esta noche?"
El esclavo, estupefacto, exclamó: "¿Qué muchacha, ¡oh amo Kamaralzamán!?"
Este dijo levantando la voz: "¡Te ordeno, bribón, que me respondas sin rodeos! ¿Dónde está la joven que ha pasado la noche conmigo en la cama?" El esclavo contestó: "¡Por Alah! ¡Oh señor, no he visto ni muchacha ni muchacho! ¡Y además, nadie ha podido entrar aquí, estando yo echado delante de la puerta!" Kamaralzamán gritó: "¡Eunuco malhadado, también tú te atreves a contrariarme y a disgustarme! ¡Ah maldito, te han enseñado ardides y mentiras! ¡Por última vez te intimo a que me digas la verdad!" Entonces el esclavo levantó los brazos al cielo, y exclamó: "¡Alah es el único grande! ¡Oh amo Kamaralzamán, no entiendo una palabra de lo que me preguntas!"
Entonces Kamaralzamán le gritó: "¡Acércate, maldito!" Y habiéndose acercado el eunuco, le agarró del cuello y lo tiró al suelo, y le pateó con tanta furia, que el eunuco soltó un pedo. Entonces Kamaralzamán siguió dándole patadas y puñetazos hasta que le dejó medio muerto. Y como el eunuco por toda explicación lanzaba gritos inarticulados, Kamaralzamán le dijo: "¡Aguarda un poco!" Y corrió a buscar la soga de cáñamo que servía para sacar el agua del pozo, se la pasó al esclavo por debajo de los sobacos, la ató fuertemente, y le arrastró hasta el orificio del pozo, descolgándole hasta que le sumergió del todo en el agua.
Y como era en invierno, y el agua estaba muy desagradable y corría un viento muy frío, el eunuco empezó a estornudar y pedir perdón. Pero Kamaralzamán le zambulló varias veces, gritando cada vez: "¡No saldrás hasta que confieses la verdad! ¡Si no, te ahogo!"
Entonces el eunuco pensó: "¡Seguramente lo hará como lo dice!" Y después gritó: "¡Amo Kamaralzamán, sácame de aquí y te diré la verdad! Entonces el príncipe lo sacó, y le vió que temblaba como caña al viento, y castañeteaba los dientes de frío y miedo, y presentaba un aspecto asqueroso, chorreando agua y sangrando por la nariz.
El eunuco, al sentirse momentáneamente fuera de peligro, no perdió un instante, y dijo al príncipe: "¡Permíteme que vaya primero a mudarme de ropa y a limpiarme las narices!"
Y Kamaralzamán le dijo: "¡Vete, pero no pierdas tiempo! ¡Y vuelve pronto a darme noticias!" Y el eunuco salió corriendo, y se fué a palacio a buscar al padre de Kamaralzamán.
Y en aquel momento el rey Schahramán conversaba con su gran visir, diciendo: "¡Oh visir mío! ¡He pasado muy mala noche por lo inquieto que está mi corazón respecto a mi hijo Kamaralzamán! ¡Y temo mucho que le haya ocurrido alguna desgracia en esa torre vieja, tan mal acondicionada para un joven tan delicado como mi hijo!"
Pero el visir le contestó: "¡Tranquilízate! ¡Por Alah! ¡Nada ha de sucederle allí! ¡Así se domará su arrogancia y se reducirá su orgullo!
Y en el acto se presentó el eunuco en el estado en que le habían puesto, y cayó a los pies del rey, y exclamó: "¡Oh señor nuestro y sultán! ¡La desventura ha entrado en tu casa! ¡Mi amo Kamaralzamán acaba de despertarse completamente loco! ¡Y para darte una prueba de su locura, sabe que me dijo tal y cual cosa, y me hizo tal y cual otra! ¡Y yo, por Alah, no he visto entrar en el aposento del príncipe muchacha ni muchacho!"
Oídas tales palabras, el rey Schahramán ya no tuvo duda de sus presentimientos, y gritó a su visir: "¡Maldición! ¡Tuya es la culpa, oh visir de perros! ¡Tú me sugeriste la idea calamitosa de encerrar a mi hijo, a la llama de mi corazón! ¡Ah, hijo de perro! ¡Levántate y corre pronto a ver lo que pasa, y vuelve aquí a darme cuenta de ello inmediatamente!
Enseguida salió el gran visir, acompañado del eunuco, y se dirigió a la torre, pidiendo pormenores, que el esclavo le dió, y bien alarmantes. Así es que el visir no entró en la habitación sin precauciones infinitas, metiendo poco a poco primero la cabeza y después el cuerpo. ¡Y cuál no fué su sorpresa al ver a Kamaralzamán sentado tranquilamente en la cama y leyendo con atención el Corán...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 185



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Pero cuando llegó la 185ª noche

Ella dijo:
"¡Y gozaremos hasta que sea de día!"
Pero como Kamaralzamán, cada vez más sumido en el sueño, seguía sin contestar, la hermosa Budur creyó por un momento que era una ficción de aquél para' sorprenderla más, y medio riéndose, le dijo: "¡Vamos; vamos, gentil amigo, no seas tan falso! ¿Es que mi padre te ha dado esas lecciones de malicia para vencer mi orgullo? ¡Inútil trabajo, en verdad! ¡Pues tu belleza, por sí sola, oh joven gamo, esbelto y encantador, me ha convertido en la más sumisa de las esclavas de amor!"
Pero como Kamaralzamán seguía inmóvil, Sett Budur, cada vez más subyugada, añadió: "¡Oh señor de la belleza, mira! ¡Yo también paso por hermosa; a mí alrededor todo vive admirando mis encantos fríos y serenos! ¡Tú fuiste el único que ha logrado encender el deseo en la mirada tranquila de Budur! ¿Por qué no te despiertas, adorable joven? ¿Por qué no te despiertas, di? ¡Heme aquí! ¡Me siento morir!"
Y la joven escondió la cabeza debajo del brazo del príncipe, y le mordió mimosamente en el cuello y en una oreja, pero sin resultado. Entonces, como ya no podía resistir a la llama encendida en ella por vez primera, empezó a rebuscar con la mano por entre las piernas y los muslos del joven, y los encontró tan lisos y redondos, que no pudo evitar que la mano resbalase por su superficie. Entonces, como por casualidad, encontró por el camino y entre ellos un objeto tan nuevo para ella, que lo miró con los ojos muy abiertos, y vió que entre sus manos cambiaba de forma a cada momento. Al principio se asustó mucho; pero rápidamente comprendió su uso particular; pues así como el deseo es mucho más intenso en las mujeres que en los hombres, su inteligencia es también más veloz para apreciar las relaciones entre los órganos encantadores. ¡Lo cogió, pues, a mano llena, y mientras besaba los labios del joven con ardor, sucedió lo que sucedió!
Tras de lo cual, Sett Budur cubrió de besos a su amigo dormido, sin dejar un sitio en que no pusiera los labios. Después, algo calmada, le cogió las manos y se las besó una tras otra en la palma; después le levantó y se lo puso en el regazo, y le rodeó el cuello con los brazos, y así enlazados, cuerpo contra cuerpo, mezclando sus alientos, se durmió sonriendo.
¡Esto fué todo! ¡Y en tanto los tres genios seguían invisibles, sin perder un ademán! Consumada la cosa tan pronto, Maimuna traspuso el límite del júbilo, Dahnasch reconoció sin dificultad que Budur había llegado mucho más allá en las manifestaciones de su ardor y le había hecho perder la apuesta
Pero Maimuna, segura ya de la victoria, fué magnánima, y dijo a Dahnasch: "¡En cuanto a la apuesta que me debes, te la perdono, oh maldito! Y hasta voy a darte un salvoconducto, que en adelante te asegurará la tranquilidad. ¡Pero cuida de no abusar de él, ni vuelvas a faltar a la corrección!"
Después de lo cual la joven efrita se volvió hacia Kaschkasch, y le dijo afablemente: "¡Kaschkasch, te doy mil gracias por tu consejo! ¡Y te nombro jefe de mis emisarios, y de mi cuenta corre que mi padre Domriatt apruebe mi decisión!"
Luego añadió: "¡Ahora, avanzad ambos y coged a esa joven, y transportadla pronto al palacio de su padre Ghayur, señor de El-Budur y El-Kussur! ¡Vistos los rápidos progresos que acababa de hacer delante de mis ojos, le otorgo mi amistad, y tengo ya completa confianza en su porvenir! ¡Ya veréis cómo realiza grandes cosas!"
Y los dos genios respondieron: "¡Inschalah!" y después...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 184



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Pero cuando llegó la 184ª noche

Ella dijo:
Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca arriba, sin otra vestidura que su cabellera suelta, y la enlazó con sus brazos; e iba a practicar el primer ensayo de lo que pensaba hacer, cuando de pronto se estremeció, desenlazose, y pensó meneando la cabeza: "Seguramente es el rey, mi padre, quien ha mandado traer a esta joven a mi cama para experimentar conmigo el efecto del contacto de las mujeres; y ahora debe de estar detrás de esa pared con los ojos aplicados a algún agujero para ver si esto sale bien. Y mañana entrará aquí y me dirá: "¡Kamaralzamán, decías que te inspiraban horror el matrimonio y las mujeres! Pues ¿qué has hecho esta noche con una joven? ¡Ah, Kamaralzamán! ¡Quieres fornicar secretamente, pero te niegas a casarte, aunque sepas lo feliz que me haría ver mi descendencia asegurada y mi trono transmitido a mis hijos!" Y entonces me considerarán falso y embustero. Más vale que me abstenga esta noche de fornicar, a pesar de la mucha gana que tengo, y aguardar a mañana; y entonces pediré a mi padre que me case con esta bella adolescente. ¡Y así él se pondrá contento, y yo podré usar a gusto ese cuerpo bendito!"
Y en el acto, con gran alegría de Maimuna, que había empezado a sentir terribles inquietudes, y con gran disgusto de Dahnasch, que en cambio había pensado que el príncipe copularía y se puso a bailar de gusto, Kamaralzamán se inclinó otra vez hacia Sett Budur, y después de haberla besado en la boca, le quitó del dedo meñique una sortija adornada con un hermoso diamante, y se la puso en su propio dedo meñique, para denotar que desde aquel momento disputaba a la joven por esposa; y luego de haber puesto en el dedo de la joven su propia sortija, le volvió la espalda, aunque con gran pesar, y no tardó en tornar a dormirse.
Maimuna, al ver aquello, se entusiasmó, y Dahnasch quedó muy confuso; pero no tardó en decir a Maimuna: "¡Esto no es más que la mitad de la prueba; ahora te toca a ti!"
Entonces Maimuna se convirtió en seguida en pulga, y saltó al muslo de Sett Budur; y de allí subió al ombligo, retrocediendo después como unos cuatro dedos, y se paró precisamente en la cumbre del montecillo que domina el valle de las rosas; y allí, con una sola picadura, en la cual puso todos sus celos y su venganza, hizo saltar de dolor a la joven, que abrió los ojos y se incorporó a escape, llevándose las dos manos a la delantera. Pero enseguida lanzó un grito de terror y asombro al ver junto a ella al joven tendido de costado. Pero a la primera mirada que le dirigió, no tardó en pasar del espanto a la admiración, y de la admiración al placer, y del placer a un desahogo de alegría que pronto hubo de llegar al delirio.
Efectivamente; al primer susto, dijo para sí: "¡Desventurada Budur, hete aquí comprometida para siempre! ¡En tu cama hay un extraño a quien no viste nunca! ¡Qué audacia la suya! ¡Ah! ¡Voy a llamar a los eunucos, para que acudan y le arrojen por la ventana al río! Y sin embargo, ¡oh Budur! ¿Quién sabe si éste será el marido que tu padre escogió para ti? ¡Mírale, oh Budur, antes de acudir a la violencia! "
Y entonces fué cuando Budur dirigió al joven una mirada, y con aquel rápido examen quedó deslumbrada por su gentileza, y exclamó: "¡Oh corazón mío! ¡Qué hermoso es!" Y desde aquel mismo instante quedó tan por completo cautivada, que se inclinó hacia aquella boca que sonreía en sueños, y le dió un beso en los labios, exclamando: "¡Qué dulce es! ¡Por Alah! ¡A éste sí que le quiero como esposo! ¿Por qué ha tardado tanto mi padre en traérmelo?"
Después cogió temblando la mano del joven y la conservó entre las suyas, y le habló afablemente para despertarle, diciendo: "¡Gentil amigo! ¡Oh luz de mis ojos! ¡Oh alma mía! ¡Levántate, levántate! ¡Ven a besarme, querido mío, ven, ven! ¡Por mi vida sobre ti! ¡Despierta!”
Pero como Kamaralzamán, a causa del encanto a que le había sometido la vengativa Maimuna, no hacía un movimiento indicador de que se despertara, la hermosa Budur supuso que era por culpa de ella, que no le llamaba con bastante ardor. Y sin preocuparse de que la miraran o no, entreabrió la camisa de seda que al principio se había apresurado a echarse encima, y se deslizó lo más cerca posible del joven, y le rodeó con sus brazos, y juntó los muslos con los suyos, y le dijo frenéticamente al oído: "¡Toma! ¡Poséeme toda! ¡Verás cuán obediente y amable soy! ¡He aquí los narcisos de mis pechos y el vergel de mi vientre, que es muy suave, mira! ¡He aquí mi ombligo, que gusta, de la caricia delicada; ven a disfrutar de él! ¡Después saborearás las primicias de la fruta que poseo! ¡La noche no será bastante larga para nuestros juegos! ¡Y gozaremos hasta que sea de día...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, hubo de callar.

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Noche 183



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Pero cuando llegó la 183ª noche

Ella dijo:
Oídas estas palabras del efrit Kaschkasch, Maimuna exclamó: "¡Admirable idea!" Y Dahnasch también exclamó: "¡Me parece muy bien!" E inmediatamente se convirtió otra vez en pulga, pero esta vez para picar en el cuello al hermoso Kamaralzamán.
Al sentir tal picadura, que fué terrible, Kamaralzamán se despertó con sobresalto y se llevó la mano rápidamente al sitio picado: pero nada pudo coger, pues el veloz Dahnasch, que se había vengado algo en la piel del adolescente de todas las afrentas de Maimuna, soportadas en silencio, pronto recobró su forma de efrit invisible para ser testigo de lo que iba a suceder.
En efecto, Kamaralzamán, todavía soñoliento, dejó caer la mano que no había podido cazar la pulga, y la mano fué precisamente a tocar el muslo desnudo de la joven. Aquella sensación le hizo abrir los ojos, e inmediatamente los volvió a cerrar, deslumbrado y conmovido. Y sintió junto a él aquel cuerpo más tierno que la manteca y aquel aliento más grato que el perfume del almizcle. De modo que su sorpresa fué extremada, pero no desprovista de atractivos, y acabó por levantar la cabeza y contemplar la incomparable belleza de la desconocida que dormía a su lado.
Apoyó, pues, el codo en las almohadas, y olvidándose en un momento de la aversión que experimentó por el otro sexo hasta entonces, empezó a detallar con miradas de deleite las perfecciones de la joven. Primero la comparó mentalmente con una hermosa ciudadela coronada por una cúpula, después con una perla, luego con una rosa, ya que de primera intención no podía establecer comparaciones muy exactas, porque siempre se había negado a mirar a las mujeres, y era ignorante en cuanto a sus formas y sus gracias. Pero no tardó en comprender que su última comparación era la más precisa y la más cierta la penúltima; y en cuanto a la primera, pronto lo hizo sonreír.
De modo que Kamaralzamán se inclinó hacia la rosa, y vio que el perfume de su carne era tan delicioso, que pasó la nariz por toda su superficie. Y le agradó tanto aquello, que dijo para sí: "¡Voy a tocarla para enterarme!"
Y paseó los dedos por todos los contornos de la perla, y comprobó que aquel contacto le abrasaba el cuerpo, y provocaba movimientos y latidos en diversas partes de su individuo; de tal modo, que experimentó violento deseo de dar libre carrera a aquel instinto natural tan espontáneo.
Y exclamó: "¡Todo sucede mediante la voluntad de Alah!" Y se dispuso a la copulación. Cogió, pues, a la joven, pensando: "¡Cuánto me asombra que esté sin calzón!" Y le dió vueltas y más vueltas, y la palpó, y después dijo maravillado: "¡Ya Alah! ¡Qué trasero tan gordo!" Luego le acarició el vientre, y dijo: "¡Es una maravilla de ternura!" Después le tentó los pechos, y los cogió, y al llenarse las dos manos, sintió tal estremecimiento voluptuoso, que exclamó: "¡Por Alah!" ¡No tengo más remedio que despertarla para hacer bien las cosas! Pero ¿cómo no se ha despertado en el tiempo que llevo tocándola?"
Y lo que impedía despertarse a la joven era la voluntad del efrit Dahnasch, que la había sumido en aquel sueño tan pesado para facilitar la acción de Kamaralzamán.
Y Kamaralzamán puso sus labios en los de la princesa, y le dió un prolongado beso; y como no se despertara, le dió el segundo, y el tercero, sin que ella manifestara percatarse.
Entonces empezó a hablarle, diciendo: "¡Oh corazón mío! ¡Ojos míos! ¡Hígado mío! ¡Despiértate! ¡Soy Kamaralzamán!" Pero la joven no hizo el menor movimiento. Entonces Kamaralzamán, al ver lo inútil de sus llamamientos, dijo para sí: "¡Por Alah! ¡Ya no puedo aguardar más! ¡Todo me impulsa a entrar en ella! ¡Veré si lo puedo lograr mientras duerme!" Y se tendió encima de la joven.
A todo eso, Maimuna, y Dahnasch y Kaschkasch miraban. Y Maimuna empezaba a alarmarse y se apresuraba ya, en caso de consumarse el acto, a decir que aquello no valía.
Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca arriba...
En este momento de su narración, Schehrazada vió que aparecía la mañana, y como era discreta, se calló.

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Noche 182



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Y cuando llegó la 182ª noche
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Ella dijo:
...sorprendiose en gran manera al encontrar en Dahnasch tanto talento unido a tanta fealdad; como, aunque mujer, estaba dotada de cierta dosis de buen juicio, no dejó de felicitar a Dahnasch, que se ensanchó en extremo. Y le dijo: "¡Verdaderamente, ¡oh Dahnasch! tienes un alma bastante delicada dentro de esa armazón que habitas; pero no creas que vences en el arte de los versos, ni Sett Budur vence tampoco en hermosura a Kamaralzamán!"
Y Dahnasch, sofocado, exclamó: "¿Lo crees así de veras?"
Ella dijo: "¡Seguramente!"
El dijo: "¡No lo creo!"
Ella dijo: "¡Toma!" Y de un aletazo le hinchó un ojo.
El dijo: "¡Eso no prueba nada!"
Ella dijo: "¡Bueno! ¡Mírame el trasero!"
El dijo: "¡Está bastante flaco!"
Al oír estas palabras, Maimuna, doblemente irritada, quiso precipitarse sobre Dahnasch y estropearle alguna parte de su individuo; pero Dahnasch, que lo había previsto, de pronto se convirtió en pulga y se refugió sigilosamente en la cama debajo de los dos jóvenes; y como Maimuna temía despertarlos, se vió obligada, para resolver aquel caso, a jurar a Dahnasch que ya no le haría más daño; y Dahnasch, oído el juramento, recobró su forma, pero se mantuvo en guardia.
Entonces Maimuna le dijo: "¡Oye, Dahnasch: no encuentro más medio para terminar esta disputa que recurrir al arbitraje de un tercero!" El dijo: "¡Me avengo a ello!"
Entonces Maimuna dió con el pie en el suelo, que se entreabrió y dió salida a un efrit espantoso, inmensamente horrible. En la cabeza tenía seis cuernos, cada uno de 4.430 codos de longitud; ostentaba tres rabos ahorquillados no menos extensos.
Uno de sus brazos tenía 5.555 codos de largo, y el otro medio codo nada más; era cojo y jorobado, y sus ojos estaban colocados en el centro de la cara y en sentido longitudinal; las manos, más anchas que calderos, acababan en garras de león; las piernas, rematadas con cascos, le hacían renguear; y su zib, cuarenta veces más gordo que el de un elefante, daba la vuelta por la espalda y surgía triunfador.
Se llamaba Kaschkasch ben-Fakhrasch ben-Atraseh, de la posteridad de Eblis Abú-Hanfasch.
Y cuando la tierra se volvió a cerrar, el efrit Kaschkasch distinguió a Maimuna, y en seguida besó la tierra entre sus manos, quedándose delante de ella humildemente con los brazos cruzados, y le preguntó: "¡Oh mi dueña Maimuna, hija de nuestro rey Domriatt! soy el esclavo que aguarda tus órdenes".
Ella dijo: "¡Quiero, Kaschkasch, que seas juez en la disputa que ha surgido entre ese maldito Dahnasch y yo! Ocurre tal y cual cosa. Te corresponde ser imparcial, y después de echar una mirada a ese lecho, decirnos quién te parece más hermoso, si mi amigo o esa joven".
Entonces Kaschkasch se volvió hacia la cama en que ambos jóvenes dormían tranquilos y desnudos, y al verlos, fué tal su emoción, que se agarró con la mano izquierda la herramienta que se le erguía por encima de la cabeza, y se puso a bailar, cogido con la mano derecha al triple rabo ahorquillado.
Después de lo cual dijo a Maimuna y a Dahnasch: "¡Por Alah! Bien mirado, me parecen iguales en belleza y diferentes sólo en el sexo. ¡Pero de todos modos, sé de un medio, único que puede dirimir la contienda!"
Ellos dijeron: "¡Date prisa a comunicárnoslo!" El contestó: "¡Dejadme primero cantar algo en honor a esa joven, que me alborota en extremo!"
Maimuna dijo: "¡Poco tiempo hay para eso! ¡Como no quieras decirnos versos acerca de ese hermoso adolescente!"
Y Kaschkasch dijo: "¡Acaso resulte algo extraordinario!"
Ella contestó: "¡Canta de todas maneras, siempre que los versos sean bien medidos y breves!"
Entonces Kaschkasch cantó estos versos oscuros y complicados:
¡Adolescente, me recuerdas que al consagrarte a un amor único, el cuidado y la zozobra ahogarían el fervor! ¡Sé prudente, corazón mío!
¡Gusta el azúcar de los besos en el labio virginal; pero para que el porvenir sea propicio, no dejes que se enmohezca la puerta de salida! ¡El sabor a sal es delicioso en los labios menos fáciles!
Entonces Maimuna dijo: "No quiero tratar de entender. ¡Pero dinos pronto el medio para saber quién acierta!" Y el efrit Kaschkasch dijo: "Mi opinión es que el único medio que se ha de emplear consiste en despertarlos sucesivamente, mientras nosotros tres permanecemos invisibles. ¡Y acordemos que aquel de los dos que manifieste amor más ardiente hacia el otro y demuestre más pasión en sus ademanes y actitud, será ciertamente el menos hermoso, pues se reconocerá subyugado por los encantos de su compañero!"
Oídas estas palabras del efrit Kaschkasch…
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, se calló.

Aclaración El traductor une en este capítulo las noches 181 y 182.

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Noche 180



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Pero cuando llegó la 180ª noche

Ella dijo:
Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.
Cuando la joven efrita Maimuna hubo oído esta historia, en vez de contestar, se rió burlonamente, dió un aletazo en el vientre al efrit, y escupiéndole en la cara, le dijo: "¡Qué estúpido estás con tu muchacha meona! ¡Y verdaderamente me pregunto cómo te has atrevido a hablarme de ella, cuando debes saber que no podría soportar por un momento la comparación con el hermoso adolescente a quien amo!"
Y el efrit exclamó, limpiándose la cara: "¡Pero ¡oh mi señora! ignoro en absoluto la existencia de tu joven amigo, y con perdón tuyo, no deseo más que verlo, aunque me cuesta mucho trabajo creer que pueda igualar a la hermosura de mi princesa!"
Entonces Maimuna le gritó: "¿Quieres callar, maldito? ¡Te repito que mi amigo es tan hermoso, que si le vieras, aunque fuese en sueños, te daría un ataque de epilepsia y babearías como un camello!"
Y Dahnasch preguntó: "Pero ¿donde está y quién puede ser?" Maimuna dijo: "¡Oh bribón! sabe que está en el mismo caso que tu princesa, y le han encerrado en la torre vieja a cuyo pie tengo mi morada subterránea. Pero no te forjes la ilusión de que vas a verle sin mí, pues ya conozco tus torpezas, y no te confiaría ni siquiera la custodia del culo de un santón. ¡No obstante, me avengo a consentir en enseñártelo, para saber tu parecer, advirtiéndote que como tengas la audacia de mentir, hablando contra la realidad de lo que vas a ver, te arranco los ojos y te convierto en el más mísero de los genios! ¡Además, me pagarás una buena apuesta si mi amigo resulta más bello que tu princesa; y para ser justa, me comprometo a pagar yo en el caso contrario!"
Y Dahnasch exclamó: "¡Acepto la condición! ¡Ven, pues, conmigo a ver a El-Sett Budur al país de su padre el rey Ghayur!" Pero Maimuna dijo: "¡Acabaremos más pronto yendo a la torre, que está ahí a nuestros pies, para empezar por juzgar la hermosura de mi amigo, y luego compararemos!"
Entonces Dahnasch respondió: "¡Escucho y obedezco!" Y ambos bajaron en línea recta desde lo alto de los aires hasta la techumbre de la torre, y penetraron por la ventana en el aposento de Kamaralzamán. Entonces Maimuna dijo al efrit Dahnasch: "¡No te muevas! ¡Y sobre todo, sé correcto!" Después se acercó al joven dormido, y levantó la sábana que en aquel momento le cubría. Y se volvió hacia Dahnasch y le dijo: "Mira, ¡oh maldito! ¡Y ten cuidado con no caerte todo lo largo que eres!"
Y Dahnasch alargó la cabeza, y retrocedió estupefacto; luego estiró de nuevo el cuello, e inspeccionó largo rato la cara y el cuerpo del hermoso joven, al cabo de lo cual movió la cabeza y dijo: "¡Oh mi señora Maimuna! ¡Ya veo que tienes mucha disculpa al pensar que tu amigo es de belleza incomparable, pues en verdad que nunca he visto tantas perfecciones en un cuerpo de adolescente, y eso que sabes que conozco a los más bellos de los hijos de los hombres; pero, ¡oh Maimuna! el molde que le fabricó no se ha roto sin producir antes una muestra femenil, que es precisamente la princesa Budur!"
Al oír estas palabras, Maimuna se lanzó sobre Dahnasch y le dió un aletazo en la cabeza, que le rompió un cuerno, y le gritó: "¡Oh tú, el más vil de los genios! Ve inmediatamente al palacio de Sett Budur, en ese país del rey Ghayur, y trae a la princesa desde allá hasta aquí, pues no quiero molestarme en acompañarte a casa de esa chiquilla; en cuanto la hayas traído, la acostaremos al lado de mi joven amigo, y compararemos con nuestros propios ojos. ¡Y vuelve pronto, Dahnasch, o te despedazo el cuerpo y te echo como pasto a las hienas y a los cuervos!" Entonces el efrit Dahnasch recogió el cuerno del suelo y se marchó con aire lamentable, rascándose el trasero. Después atravesó el espacio como una saeta, y no tardó en volver, pasada una hora, con su carga a cuestas.
Y la princesa, dormida en hombros de Dahnasch, no tenía puesta más que la camisa, y su cuerpo palpitaba en su blancura. Y en las amplias mangas de la camisa estaban bordados estos versos que se entrelazaban agradablemente:
¡Tres cosas le impiden otorgar a los humanos una mirada que diga "Sí": el temor a lo desconocido, el horror a lo conocido, y su hermosura!

Entonces Maimuna dijo a Dahnasch: "¡Me parece que debiste entretenerte por el camino con esta joven, pues te has retrasado, y a un, buen efrit no le hace falta gastar una hora en ir del país de Khaledán a lo último de la China y volver por el camino más derecho! ¡Bueno! ¡Apresúrate a tender a esa muchacha al lado de mi amigo para que hagamos nuestro examen!"
Y el efrit Dahnasch, con infinitas precauciones, colocó suavemente en la cama a la princesa, y le quitó la camisa.
Verdaderamente, la princesa era muy bella y tal como la había descrito el efrit Dahnasch. Y Maimuna pudo observar que el parecido entre los dos jóvenes era tan perfecto, que se los hubiera tomado por dos gemelos, y solamente diferían en el centro; pero tenían la misma cara de luna, la misma cintura delicada y las mismas nalgas redondas y llenas de opulencia; y también pudo darse cuenta de que si la joven carecía en el centro de lo que adornaba al adolescente, lo sustituía ventajosamente con dos breves pechos maravillosos que denotaban su sexo suculento.
Dijo, pues, a Dahnasch: "Veo que se puede vacilar un momento acerca de la preferencia debido a una u otra de nuestros amigos. ¡Pero hay que ser ciego o insensato como tú, para no reconocer que entre dos jóvenes de igual belleza, siendo uno varón y otra hembra, el varón es superior a la hembra! ¿Qué dices a eso, maldito?" Pero Dahnasch contestó: "¡Por mi parte, sé lo que sé, y veo lo que veo, y el tiempo no me haría creer lo contrario de lo que mis ojos han visto! Pero ¡oh mi señora! ¡Si tuvieras empeño en que mintiese, mentiría para darte gusto!"
Cuando la efrita Maimuna oyó estas palabras, se echó a reír, y comprendiendo que no podría nunca ponerse de acuerdo con el testarudo Dahnasch sólo por medio de un examen, le dijo: "¡Acaso haya un medio de averiguar cuál de nosotros dos tiene razón, y es recurrir a nuestra inspiración! ¡El que diga los mejores versos en loor de su preferido, será quien esté en lo cierto! ¿Estás conforme? ¿0 no eres capaz de esa habilidad, propia sólo de los seres delicados?"
Pero el efrit Dahnasch exclamó: "¡Eso es precisamente, señora mía, lo que quería proponerte! Pues mi padre Schamburasch me enseñó las reglas de la construcción poética y el arte de los versos ligeros de ritmo perfecto. Pero sea tuya la prioridad, ¡oh encantadora Maimuna!"
Entonces Maimuna se acercó a Kamaralzamán dormido, e inclinándose hacia sus labios, se los besó suavemente; después le acarició la frente, y con la mano en su cabellera, dijo, mirándole:

¡Oh cuerpo claro, al que las ramas han dado su flexibilidad y los jazmines su fragancia! ¿Qué cuerpo de virgen vale lo que tu olor?
Ojos en que el diamante puso su luz y la noche sus estrellas, ¿Qué ojos de mujer alcanzarán tu fuego?
Beso de tu boca, más dulce que la miel aromática, ¿que beso femenil lograría tu frescura?
¡Oh! ¡Acariciar tu cabellera y estremecerme con toda mi carne sobre tu carne, y luego ver salir las estrellas en tus ojos!
Cuando el efrit Dahnasch oyó estos versos de Maimuna, se extasió hasta el límite del éxtasis, y después se convulsionó hasta el límite de la convulsión, tanto por rendir homenaje al talento de la efrita como para expresar la emoción que le habían causado ritmos tan afinados; pero no tardó en acercarse a su vez a su amiga Budur, para inclinarse hacia sus pechos desnudos y depositar en ellos una caricia; e inspirado por sus encantos, dijo mirándola:
¡Los arrayanes de Damasco!, ¡Oh joven! ¡Me exaltan el alma cuando sonríen, pero tu belleza...!
¡Las rosas de Bagdad, alimentadas con claror de luna y rocío, me embriagan el alma cuando sonríen; pero tus labios desnudos...!
¡Cuando sonríen tus labios desnudos y tu belleza florida, ¡Oh amada mía! me vuelven loco! ¡Y desaparece todo lo demás!
No bien Maimuna oyó oda tan deliciosa, sorprendiose en gran manera al encontrar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 179



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Pero cuando llegó la 179ª noche

Ella dijo:
"Y así es, poco más o menos, la adolescente princesa Budur, hija del rey Ghayur.
"Pero también he de decirte, ¡oh Maimuna! que el rey Ghayúr amaba en extremo a su hija El-Sett Budur, cuyas perfecciones acabo de enumerarte sencillamente, y la quería con afecto tan vivo, que su placer era ingeniarse para darle cada día una distracción nueva. Pero como pasado cierto tiempo ya se les agotaron toda clase de diversiones, pensó en darle goces diferentes, construyendo para ella palacios maravillosos. Empezó la serie por la edificación de siete, cada cual de estilo distinto y de diversa materia preciosa. Así, mandó construir el primero todo de cristal, el segundo de alabastro diáfano, el tercero de porcelana, el cuarto de mosaicos de pedrería, el quinto de plata, el sexto de oro y el séptimo sólo de perlas y diamantes. Y el rey Ghayur no dejó de mandar que cada palacio se adornase de la manera más adecuada al estilo de su construcción: reunió en ellos todos los atractivos que pudieran hacer su uso todavía más encantador, cuidando, por ejemplo, y sobre todo, de la belleza de sus estanques y jardines.
"Y para distraer a su hija Budur la hizo habitar en estos palacios, pero sólo un año en cada uno, a fin de que no tuviera tiempo de cansarse y el placer sucediera sin fatiga al placer.
"¡Es natural que en medio de tantas cosas bellas, la belleza de la joven se afinara, y llegara por último al estado supremo que hubo de encantarme!
"De tal modo, que no te pasmarás, ¡oh Maimuna! si te digo que todos los reyes vecinos a los Estados del rey Ghayur deseaban ardientemente casarse con la joven de fastuoso trasero. Pero he de apresurarme, no obstante, a tranquilizarte respecto a su virginidad, pues hasta ahora rechazó con horror las proposiciones que su padre le transmitiera, y contentose con responderle cada vez: "¡Soy mi propia reina y mi única dueña! ¿Cómo he de soportar que un hombre roce un cuerpo que tolera apenas el contacto de la seda?"
"Y el rey Ghayur, que habría preferido la muerte a contrariar a Budur, no encontraba nada que replicar, y se veía forzado a no atender a las peticiones de los reyes vecinos suyos y de los príncipes que con tal fin iban a su reino desde los países más remotos. Y un día que un rey joven, más bello y poderoso que los demás, se presentó después de haber enviado muchos regalos preparatorios, el rey Ghayur habló de él a Budur, que, indignada esta vez, estalló en reconvenciones, y exclamó: "¡Ya veo que no me queda más que un medio de acabar con este tormento continuo! ¡Voy a coger ese alfanje que veo ahí, y clavármelo de punta en el corazón para que me salga por la espalda! ¡Por Alah! ¡No tengo otro recurso!" Y como se disponía de veras a emplear tal violencia consigo misma, el rey Ghayur se asustó de tal modo, que sacó la lengua, y sacudió la mano, y puso los ojos en blanco; y después se apresuró a confiar a Budur a diez viejas muy listas y llenas de experiencia, una de las cuales fue la propia nodriza de Budur. Y desde entonces las diez viejas no la dejan un momento y vigilan sucesivamente a la puerta de su habitación".
Y he aquí, ¡oh mi señora Maimuna! el estado actual de las cosas. Y yo no ceso, ciertamente, de ir todas las noches a contemplar la belleza de la princesa y a ensancharme los sentidos viendo sus esplendores. Y puedes creer que no me faltan tentaciones de cabalgarla y deleitarme con su trasero; pero pienso que sería una lástima atentar, a disgusto de la propietaria, contra una suntuosidad tan bien guardada. Sin embargo, ¡oh Maimuna! disfruto algo de ella durante su sueño; la beso, por ejemplo, entre los dos ojos, suavemente, aunque me dan ganas muy grandes de hacerlo con fuerza; pero desconfío de mí mismo, sabiendo que no podré contentarme si empiezo, y prefiero abstenerme del todo por temor de estropear a la joven.
"Te conjuro, pues, ¡oh Maimuna! a que vengas conmigo a ver a mi amiga Budur, cuya belleza te encantará, sin duda alguna, y cuyas perfecciones te garantizo que han de entusiasmarte. ¡Vamos, ¡oh Maimuna! al país del rey Ghayur para admirar a El-Sett Budur!"
Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y como era discreta, se calló.

Aclaración El traductor une en este capítulo las noches 177, 178 y 179.


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Noche 176



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Pero cuando llegó la 176ª noche

(Nota del traductor: Como las noches anteriores ocupan cada una pocos renglones en el texto árabe, he suprimido las indicaciones de su orden numérico para no interrumpir el relato con demasiada frecuencia. Lo mismo procederé en adelante, siempre que se presente el mismo caso.)

Ella dijo:
En efecto, la torre en que se había encerrado a Kamaralzamán estaba abandonada de muchos años atrás, y databa del tiempo de los antiguos romanos; y al pie de la torre había un pozo, también antiquísimo y de construcción romana. Y aquel pozo era precisamente el que servía de habitación a una efrita joven, llamada Maimuna.
La efrita Maimuna, de la posteridad de Eblis, era hija del poderoso efrit Domriatt, jefe principal de los genios subterráneos. Maimuna era una efrita muy agradable, creyente, sumisa, ilustre entre todas las hijas de los genios por sus propias virtudes y las de su ascendencia, famosa en las regiones de lo desconocido.
Sobre las doce de aquella noche, la efrita Maimuna salió del pozo, según solía, a tomar el fresco, y voló ligera hacia los estados del cielo, para dirigirse desde allí al lugar hacia el cual se sintiera atraída. Y al pasar por cerca de la techumbre de la torre, se asombró de ver luz en un sitio en que desde hacía largos años nunca había visto nada.
Dijo, pues, para sí: "¡Seguramente que esa luz está ahí por algo! ¡He de entrar dentro a ver lo que es!"
Entonces dió un rodeo y penetró en la torre, y vió al esclavo echado a la puerta; pero sin pararse, pasó por encima y entró en la habitación. ¡Y cual no fué su encantadora sorpresa al ver al joven que estaba echado medio desnudo en la cama! Empezó por pararse de puntillas, y para verle mejor, se acercó sigilosamente, después de haberse bajado las alas, que la molestaban un tanto en aquella habitación tan angosta. Y levantó por completo la colcha que tapaba la cara del joven, y la dejó estupefacta su hermosura.
Así estuvo sin respirar una hora, por temor a despertarle antes de haber podido admirar a su gusto todas las delicadezas que le formaban, el color delicado de sus mejillas, la tibieza de sus párpados de pestañas llenas de sombra pálida y larguísima, la curva adorable de sus cejas, todo ello, incluso el olor embriagador de su piel y los reflejos dulces de su cuerpo, hubieron de emocionar a la gentil Maimuna, que en toda su vida de excursiones a través de la tierra habitable ,nunca había visto semejante belleza. Ciertamente, bien se le podían aplicar estos versos del poeta:
¡Al contacto de mis labios vi que se ennegrecían sus pupilas, que son mi locura, y se sonrojaban sus mejillas, que son toda mi alma!
Y exclamé: ¡Oh corazón mío! Di a los que se atreven a motejar tu pasión: ¡Oh sensores, enseñadme un objeto tan hermoso como mi bien amado!

Y cuando la efrita Maimuna, hija del efrit Domriatt, sació bien sus ojos con aquel espectáculo maravilloso, alabó a Alah exclamando: ¡Bendito sea el Creador que modela la perfección!"
Después pensó: "¿Y cómo los padres de este adolescente pueden separarse de él para encerrarle solo en esta torre derruida? ¿No temerán los maleficios de los genios malos de mi raza que habitan en los escombros y en los lugares desiertos?
Pero, ¡por Alah! ya que ellos no hacen caso de su hijo, ¡juro otorgarle mi protección y defenderle contra todo efrit que, atraído por sus encantos, quiera abusar de él!"
Después se inclinó sobre Kamaralzamán, y le besó en los labios con gran delicadeza, y en los párpados, y en ambas mejillas, volviendo a taparle con la colcha, sin despertarle, y abrió las alas, volando por la alta ventana hacia el cielo.
Pero al llegar a la región media para tomar el fresco, y cuando se cernía tranquilamente, pensando en el joven dormido, de pronto, y nada lejos, oyó un ruido de precipitado batir de alas que la hizo volverse hacia aquella parte. Y vió que el autor del ruido era el efrit Dahnasch, genio de mala especie, uno de los rebeldes que no acatan ni reconocen la supremacía de Soleimán ben-Daúd.
Y este Dahnasch era hijo de Schamhurasch, el más rápido de los genios en las carreras aéreas.
Cuando Maimuna vió al mal Dahnasch, temió que el bribón vislumbrase la claridad de la torre y perpetrase allí cualquier fechoría, por lo que se arrojó sobre él con un ímpetu semejante al del gavilán, e iba a alcanzarle y agredirle, cuando Dahnasch le hizo seña de que se rendía a discreción, y le dijo temblando de miedo: "¡Oh poderosa Maimuna, hija del rey de los genios! ¡Te conjuro por el Nombre Augusto y por el talismán sagrado del sello de Soleimán, a que no uses de tu poder para hacerme daño! ¡Y por mi parte te prometo no hacer nada reprensible!"
Entonces Maimuna dijo a Dahnasch, hijo de Schamhurasch: "¡Así sea! Me avengo a perdonarte. ¡Pero apresúrate a decirme de dónde vienes a estas horas, qué haces ahí y adónde piensas ir! ¡Y sobre todo, sé verídico en tus palabras, ¡oh Dahnasch! pues si no, estoy dispuesta a arrancarte las plumas de las alas con mis manos, a desollarte y a romperte los huesos, para precipitarte después como una masa! ¡No creas poder librarte con una mentira!, ¡oh Dalmasch!"
Entonces el efrit dijo: "¡Oh mi dueña Maimuna! ¡Sabe que en este momento me has encontrado muy a propósito para oír cualquier cosa completamente extraordinaria! ¡Pero prométeme siquiera dejarme ir en paz si satisfago tu deseo y darme un salvoconducto que en adelante me resguarde de la mala voluntad de todos los genios, mis enemigos del aire, el mar y la tierra, ya que eres la hija del rey de todos nosotros, Domriatt el formidable!" Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.
Entonces Maimuna, hija de Domriatt, dijo: "¡Te lo prometo por la gema grabada con el sello de Soleimán ben-Daúd! (sobre entrambos la oración y la paz). Pero habla, por fin, pues presiento que tu aventura es muy extraña". Entonces el efrit Dahnasch acortó la carrera, giró sobre sí mismo, y fue a colocarse al lado de Maimuna.
Después contó del modo siguiente su aventura:
"Sabe, ¡oh gloriosa Maimuna! que vengo en este momento del fondo de un interior lejano, de los extremos de la China, país en que reina el Gran Ghayur, señor de El-Budur y de El-Kussur, en donde se yerguen en derredor numerosas torres y se encuentran su corte, sus mujeres con sus adornos y sus guardias en las encrucijadas y en todo el contorno. ¡Y allí han visto mis ojos la cosa más hermosa de todos mis viajes y mis jiras, su hija única, El-Sett Budur!
"Y como le es imposible a mi lengua, aun exponiéndose a criar pelo, el pintarte la belleza de esa princesa, me contentaré con enumerarte sencillamente sus cualidades de un modo aproximado. Escucha, pues, ¡oh Maimuna! "¡Te hablaré de su cabellera! ¡Luego te describiré su rostro! ¡Luego sus mejillas, luego sus labios, su saliva, su lengua, su garganta, sus pechos, su vientre, sus caderas, sus nalgas, su centro, sus muslos, y por fin sus pies, oh Maimuna!
“¡Bismilah!
"¡Oh su cabellera, señora mía! ¡Es tan oscura, que resulta más negra que la separación de los amigos! ¡Y cuando se reparte en tres trenzas, que descienden hasta sus pies, creo ver tres noches y a un tiempo!
"¡Y su rostro! ¡Es tan blanco como el día en que se encuentran los amigos! ¡Si lo miro en el momento de brillar la luna llena, veo dos lunas a la vez!
"¡Sus mejillas están formadas por una anémona dividida en dos corolas; sus pómulos parecen la misma púrpura de los vinos, y su nariz es más recta y más fina que una hoja de acero escogido!
"¡Sus labios son ágata coloreada y coral; su lengua -cuando la mueve- segrega la elocuencia; y su saliva es más deseable que el zumo de las uvas; apaga la sed más abrasadora! ¡Tal es su boca!
"¡Pero su seno! ¡Bendito sea el Creador! ¡Es una seducción viviente! ¡Sostiene dos pechos gemelos del marfil más puro, redondos, y que caben en los cinco dedos de la mano!
"¡Su vientre tiene hoyuelos llenos de sombra y colocados con tanta armonía como los caracteres árabes en el sello de un escriba copto de Egipto! ¡Y este vientre da nacimiento a. una cintura elástica ¡ya Alah! y formada...! Pero ¡y sus nalgas!
"¡Sus nalgas! ¡Oh, oh! ¡Me estremezco! ¡Son una masa tan pesada, que obligan a su ama a sentarse cuando se levanta y a levantarse cuando se acuesta! Verdaderamente, ¡oh dueña mía! ¡No puedo darte idea de ellas más que recurriendo a estos versos del poeta!
¡Tiene un trasero enorme y fastuoso, que necesitaría una cintura menos frágil que aquella de que está suspendido!
¡Es, para ella y para mí, origen de torturas incesantes y de alboroto, pues!
A ella la obliga a sentarse cuando se levanta, y a mí, cuando pienso en él, me pone el zib siempre erguido.

"¡Tal es su trasero! Y de él se desprenden dos muslos gloriosos, de mármol blanco, sólidos, unidos en lo alto por una corona. Después vienen las piernas y los pies gentiles, y tan pequeños, que me asombra cómo pueden sostener tantos pesos superpuestos.
"En cuanto a su centro, ¡oh Maimuna! a decir verdad, ¡desespero de poder hablarte de él como corresponde, pues es definitivo y absoluto! ¡Por ahora sólo esto mi lengua puede revelarte, ni siquiera por ademanes me sería posible hacerte apreciar todas sus suntuosidades! "¡Y así es, poco más o menos, ¡oh Maimuna! la adolescente princesa El-Sett Budur, hija del rey Ghayur!
En este punto de su relato, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, aplazó la continuación para el siguiente día.

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Noche 172



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Pero cuando llegó la 172ª noche

Ella dijo:
"... y te contestará oyendo y sometiéndose".
Tanto satisfizo al rey este discurso del visir, que exclamó: "¡Por Alah! ¡Es una idea realizable!"
Y demostró su alegría ofreciendo al visir uno de los más bellos ropones de honor. Después de lo cual tuvo paciencia el tiempo indicado, y mandó reunir entonces la asamblea, ordenando que asistiese a ella su hijo Kamaralzamán. Y el joven entró en la sala, iluminándola con su presencia.
¡Y qué lunar en su barbilla! ¡Y qué perfume, ¡ya Alah! cuando pasaba! Y cuando se vió delante de su padre, besó tres veces la tierra entre sus manos, y se quedó de pie aguardando que su padre le dirigiera la palabra.
El rey le dijo: "¡Oh hijo mío! ¡Sabe que te mandé asistir a esta asamblea sólo para expresarte mi resolución de casarte con una princesa digna de tu categoría, y alegrarme así con mi posteridad antes de fallecer!"
Cuando Kamaralzamán oyó estas palabras de su padre, sintiose de improviso atacado por una especie de locura, que le dictó cierta respuesta tan poco respetuosa, que todos los circunstantes bajaron los ojos, cohibidos, y el rey quedó mortificado hasta el límite extremo de la mortificación; y como estaba obligado a poner coto a tamaña insolencia en público, gritó a su hijo con voz terrible: "¡Ahora verás lo que cuesta a los hijos desobedecer a sus padres y no guardarles la consideración debida!" E inmediatamente mandó a los guardias que ataran a Kamaralzamán los brazos a la espalda y le encerraran en la torre vieja de la ruinosa ciudadela contigua al palacio. Lo cual se ejecutó inmediatamente. Y uno de los guardias se quedó a la puerta para vigilar al príncipe, y acudir a su llamamiento en caso de necesidad.
Cuando Kamaralzamán se vió encerrado de aquel modo, se entristeció mucho, y dijo para sí: "Acaso más me habría valido obedecer a mi padre y casarme contra mi gusto para complacerle. ¡Siquiera así habría evitado darle tal pena, y que me encerraran en esta especie de calabozo, en lo más alto de esta torre vieja! ¡Ah, malditas mujeres, hasta de mi infortunio sois la principal causa!"
Esto en cuanto a Kamaralzamán.
Pero con respecto a Schahramán, se retiró a sus aposentos, y al pensar que su hijo, al cual quería tanto, estaba en aquel momento solo, triste y encerrado, y quizá desesperado, empezó a lamentarse y a llorar. Porque su cariño al hijo era grandísimo, y le hacía olvidar la insolencia de que en público habíase hecho reo.
Y se enfureció mucho contra el visir, que fué quien le instigó a reunir la asamblea, por lo que le mandó llamar y le dijo: "¡Tú eres el mayor culpable! ¡A no ser por tu malhadado consejo, no me habría visto obligado a ser riguroso con mi hijo! ¡Vamos, habla! ¿Qué tienes que contestarme? Y dime cómo nos conduciremos en lo sucesivo. ¡Porque yo no puedo acostumbrarme a la idea del castigo que a estas horas está sufriendo todavía mi hijo, la llama de mi corazón!"
Entonces el visir le dijo: "¡Oh rey, ten paciencia, dejándole solo quince días encerrado, y verás cómo se apresura a someterse a tu deseo!" El rey dijo: "¿Estás bien seguro?"
El visir dijo: "¡Ciertamente!" Entonces el rey exhaló varios suspiros, y fué a tenderse en la cama, y pasó una noche de insomnio, por lo mucho que penaba su corazón a causa de aquel único hijo que era su mayor alegría. Y durmió menos, porque estaba acostumbrado a que su hijo durmiera a su lado, en la misma cama, y a ponerle su propio brazo por almohada, velándole así personalmente el sueño. De modo que aquella noche, por más vueltas y revueltas que dió en todos sentidos, no pudo cerrar los ojos. Eso en cuanto al rey Schahramán.
Y volvamos al príncipe Kamaralzamán.
Al caer la noche, el esclavo encargado de guardar la puerta entró con un candelabro encendido que dejó a los pies del lecho, pues había cuidado de arreglar en aquella habitación una cama bien acondicionada para el hijo del rey; y verificado esto, se retiró.
Entonces Kamaralzamán se levantó, hizo sus abluciones, recitó algunos capítulos del Corán, y pensó en desnudarse para pasar la noche. Se quitó, pues, toda la ropa, sin dejar puesta más que la camisa encima del cuerpo, y se puso a la cabeza un pañuelo de seda azul. Y más que nunca parecía así tan hermoso como la luna de la noche 14. Se tendió entonces en la cama y aunque desconsolado con la idea de haber enojado a su padre, no tardó en dormirse profundamente.
Pero no sabía, ni podía figurárselo, lo que iba a ocurrir aquella noche, en aquella torre vieja, frecuentada por los genios del aire y de la tierra.
En efecto...
En este punto de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 171



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Pero cuando llegó la 171ª noche

Ella dijo:
...con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra a un hijo sumiso para su padre.
Entonces el rey Schahramán le dijo: "¡Oh hijo mío Kamaralzamán: mucho desearía no morirme sin verte casado, para alegrarme contigo y ensancharme el corazón con tu boda!"
Al oír estas palabras de su padre, Kamaralzamán cambió de color, y contestó con voz alterada:
"¡Sabe ¡oh padre! que en realidad no siento inclinación alguna al matrimonio, y mi alma no tiene afecto a las mujeres! ¡Pues además de la aversión instintiva que les tengo, he leído en los libros de los sabios tantos ejemplos de sus maldades y perfidias, que llegué a preferir la muerte a su proximidad! Y por otra parte, ¡oh padre mío! escucha lo que a tal respecto dicen nuestros más estimados poetas:
¡Desdichado aquel a quien el destino dota de una mujer! ¡Está perdido, aunque para encerrarse edifique mil fortalezas de piedras unidas con garfios de acero! ¡Como cañas las sacudirían los ardides de esas criaturas!
¡Ah! ¡Desgraciado de ese hombre! ¡La perfidia posee ojos hermosos, alargados con kohl negro, y bellas trenzas abundantes, pero le hará pasar por la garganta tantos pesares, que le cortarán la respiración!
Otro dice:
¡Me interrogáis acerca de esas criaturas que llamáis mujeres! ¡Sabéis que estoy versado en el conocimiento de sus fechorías, y gastado por toda la experiencia que he adquirido!
¿Qué os diré, ¡oh jóvenes!...? ¡Huid de ellas! ¡Ya veis que mi cabeza ha encanecido! ¡Ya podéis adivinar cuáles fueron los resultados de su amor!
Y ha dicho otro:
¡Hasta la virgen que se llama nueva, no es más que un cadáver que ni los buitres querrían!
¡De noche crees poseerla, porque ha cuchicheado junto a ti mimosamente secretos que no lo son! ¡Qué error! ¡Mañana pertenecerán a otro sus muslos y sus partes mejor guardadas!
¡Créeme, ¡oh amigo mío! que es una posada abierta para todo el que llega! ¡Penetra en ella si quieres; pero al día siguiente sal y vete sin volver la cabeza! ¡Deja para otros el sitio que a su vez habrán de abandonar, si conocen la cordura!
"¡De modo, ¡oh padre! que aunque haya de apenarte mucho, no vacilaré en suicidarme si me quieres obligar a que me case!"
Cuando el rey Schahramán oyó estas palabras de su hijo, quedó en extremo confuso y afligido, y la luz se convirtió en tinieblas ante sus ojos. Pero como quería excesivamente a su hijo, y deseaba no ocasionarle penas, se contentó con decirle: "Kamaralzamán, no he de insistir sobre un asunto que, por lo que veo, no te agrada. ¡Pero todavía eres joven, tienes tiempo para reflexionar, así como para pensar en la alegría que me produciría verte casado y con hijos!"
Y aquel día no volvió a hablarle del asunto, sino que le mimó y le hizo buenos regalos, y procedió del mismo modo con él durante un año.
Pero pasado el año, le mandó llamar como la primera vez, y le dijo: "¿Recuerdas, Kamaralzamán, mi ruego, y has reflexionado sobre lo que te pedí, sobre la felicidad que me causaría que te casaras?"
Entonces Kamaralzamán se prosternó delante del rey, su padre, y le dijo: "¡Oh, padre mío! ¿Cómo olvidar tus consejos, ni dejar de obedecerte, cuando el mismo Alah me ordena el respeto y la sumisión? Pero por lo que afecta al matrimonio, he reflexionado todo este tiempo, y estoy más resuelto que nunca a no contraerlo, y más que nunca los libros de antiguos y modernos me enseñan a evitar las mujeres a toda costa, ¡pues son taimadas, necias y repugnantes! ¡Líbreme Alah de ellas, aunque sea preciso que me mate!"
Oídas estas palabras, el rey Schahramán comprendió que sería contraproducente todavía insistir más u obligar a la obediencia a aquel hijo querido. Pero su pesar fué tan grande, que se levantó desolado y mandó llamar aparte al gran visir, a quien dijo: "¡Oh mi visir! ¡Qué locos son los padres que desean tener hijos! ¡Sólo dan penas y decepciones! ¡He aquí que Kamaralzamán está más resuelto aún que el año pasado a huir de las muchachas y del matrimonio! ¡Qué desdicha la mía, oh mi visir! ¿Y cómo la remediaremos?
Entonces el visir inclinó la frente y recapacitó largo rato. Y luego levantó la cabeza, y dijo al rey: "¡Oh rey del siglo! he aquí el remedio que vamos a emplear: ten paciencia un año más, y entonces, en vez de hablarle de eso en secreto, reúne a todos los emires, visires y grandes de la corte, así como a todos los oficiales de palacio, y delante de todos ellos declárale tu resolución de casarle sin demora.
Y entonces no se atreverá a desobedecerte ante la respetable asamblea, y te contestará oyendo y sometiéndose...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 170



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Pero cuando llegó la 170ª noche

Historia de Kamralzamán y la princesa Budur, la luna más bella entre todas las lunas


La pequeña Doniazada, que ya no podía resistir más su impaciencia, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y dijo a Schehrazada: "¡Oh hermana mía, te ruego que nos cuentes la historia prometida cuyo título sólo ya me estremece de placer y emoción!".
Y Schehrazada sonrió a su hermana, y dijo: "¡Aguardo para empezar, la venia del rey!".
Entonces el rey Schahriar, que aquella noche se había dado prisa a hacer su cosa con Schehrazada, por el mucho ardor con que deseaba tal historia, dijo:
"¡Oh Schehrazada, cuando quieras puedes empezar la historia mágica que, según tu promesa, me ha de gustar tanto!"
Y al punto Schehrazada contó la siguiente historia:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que hubo durante la antigüedad del tiempo, en el país de Khaledán, un rey llamado Schahramán, dueño de poderosos ejércitos y de riquezas considerables. Pero este rey, aunque era extremadamente dichoso y tenía setenta favoritas, sin contar sus cuatro mujeres legítimas, sufría en el alma por su esterilidad en cuanto a descendencia, pues había llegado a avanzada edad, y sus huesos y su médula empezaban a adelgazar, y Alah no le dotaba de un hijo que pudiera sucederle en el trono del reino.
Un día se decidió a poner al gran visir al corriente de sus penas ocultas, y habiéndole mandado llamar, le dijo: "¡Oh mi visir, ya no sé a qué atribuir esta esterilidad que me hace padecer enormemente!"
Y el gran visir reflexionó durante una hora, al cabo de la cual levantó la cabeza, y dijo al rey: "¡Oh rey, verdaderamente es ésta una cuestión muy delicada, y sólo la puede resolver Alah Todopoderoso! Créeme que, después de haber reflexionado bien, no doy más que con una solución". Y el rey le preguntó: "¿Y cuál es?" El visir contestó: "¡Hela aquí! Esta noche, antes de entrar en el harem, cuida de cumplir escrupulosamente los deberes ordenados por el rito; haz tus abluciones con fervor y somete por medio de la oración tu voluntad a la de Alah el Bienhechor. ¡Y de esa manera, tu unión con una esposa escogida será fertilizada por la bendición!".
Al oír estas palabras de su visir, el rey exclamó: "¡Oh visir de prudente palabra, acabas de indicarme un remedio admirable!" Y dió expresivas gracias al visir por el consejo, y le regaló un ropón de honor.
Llegada ya la noche, entró en el departamento de las mujeres, no sin haber cumplido minuciosamente los deberes del rito, y eligió a la más joven de sus mujeres, a la que tenía las caderas más suntuosas, que era una virgen de raza, y se introdujo en ella aquella noche. Y la fecundó en el mismo instante y hora. Y al cabo de nueve meses, día por día, parió la joven un varón, en medio de festejos, y al son de flautas, pífanos y címbalos.
Y el niño que acababa de nacer resultó tan hermoso, y tan semejante era a una luna, que su padre, maravillado, le puso por nombre Kamaralzamán (La Luna del Siglo).
"¡Y en verdad que aquel niño era la más bella de las cosas creadas!"
Hubo de comprobarse especialmente cuando llegó a la adolescencia, y la belleza esparció sobre sus quince años todas las flores que encantan la vista de los humanos. Con la edad, sus perfecciones habían llegado a su límite; sus ojos se habían hecho más mágicos que los de los ángeles Harut y Marut; sus miradas más seductoras que las de Taghut, y sus mejillas más agradables que las anémonas. En cuanto a su cintura, se había hecho más flexible que la caña de bambú y más fina que una hebra de seda. Pero en cuanto a sus nalgas, eran tan pesadas que podían tomarse por una montaña de arena en movimiento, y los ruiseñores se ponían a cantar al verlas.
Así, nada tenía de extraño que su cintura delicadísima se quejara a veces del peso enorme que la seguía, y que a veces, cansada del peso, se enojase con las nalgas.
A todo esto, conservaba tanta frescura como las rosas, y era tan delicioso como la brisa de la tarde. Y precisamente los poetas de su época trataron de expresar de un modo cadencioso la belleza que les pasmaba, y le cantaron en versos numerosos como los siguientes entre otros mil:
Cuando los humanos le ven, exclaman: ¡Mis ojos pueden leer estas palabras que la belleza ha trazado sobre su frente! "¡Afirmo que es el único hermoso!"
¡Cornalinas son sus labios al sonreír; su saliva es miel derretida; sus dientes un collar de perlas; sus cabellos se enroscan junto a sus sienes en rizos negros, como los escorpiones que muerden el corazón de los enamorados!
¡De una recortadura de sus uñas se hizo el cuarto de la luna! ¡Pero su grupa fastuosa que tiembla, los hoyuelos de sus nalgas y la flexibilidad de su cintura, superan ya a toda expresión!
Mucho quería el rey Schahramán a su hijo, hasta tal punto, que no podía separarse de él un momento. Y como tenía que disipar con excesos sus cualidades y su hermosura, deseaba en extremo no morirse sin verle casado, y disfrutar así de su posteridad. Y un día que le preocupaba más que de costumbre tal idea, se la manifestó a su gran visir, que le dijo: "¡La idea es excelente! Porque el matrimonio suaviza el humor".
Entonces el rey Schahramán dijo al jefe de los eunucos: "¡Ve pronto a decir a mi hijo Kamaralzamán que venga a hablar conmigo!"
Y en cuanto el eunuco le transmitió la orden, Kamaralzamán se presentó a su padre, y después de haberle deseado la paz respetuosamente, besó la tierra entre sus manos, con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra a un hijo sumiso para su padre...
En ese momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta se calló.

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Noche 169



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Pero cuando llegó la 169ª noche

Ella dijo:
"... le vimos volver a caer de pronto exhalando un hondo suspiro. Había expirado.
Al ver aquello, el anciano y yo rompimos a llorar, y nos pasamos así toda la noche; y le conté entre lágrimas esta triste historia. Y al llegar la mañana le confié el cadáver hasta que la familia, avisada por mí, fuera a buscarlo. Me despedí de aquel hombre tan bueno, y me dirigí rápidamente a Bagdad, aprovechando la salida de una caravana que allá se dirigía. Y en cuanto llegué, corrí a casa del príncipe, sin mudarme siquiera de ropa, y me presenté a su madre.
"Cuando la madre de ben-Bekar me vió llegar solo, sin su hijo, y observó mi tristeza, empezó a temblar, y yo le dije: "¡Oh venerable madre de Alí, Alah es el que manda, y la criatura tiene que someterse! ¡Cuando se dirige a un alma el escrito de llamada, el alma tiene que presentarse sin demora delante de su amo!"
"Al oír esto la madre de Alí exhaló un gran grito, y cayendo de bruces al suelo, exclamó: "¡Qué horror! ¿Habrá muerto mi hijo?"
Yo bajé los ojos sin poder pronunciar una palabra. Y vi cómo la pobre madre, ahogada por los sollozos, se desmayaba. Y me puse a llorar todas las lágrimas de mi corazón, mientras las mujeres llenaban la casa con sus lamentos.
Cuando por fin pudo oírme la madre de Alí, le conté los pormenores de la muerte, y le dije: "¡Reconozca Alah lo grande de tus méritos, ¡oh madre de Alí! y te remunere con sus beneficios y su misericordia!"
Entonces ella me preguntó: "¿Pero no ha dejado ningún encargo para que me lo transmitieras?" Yo contesté: "¡Me dijo que si moría era su mayor deseo que lo transportaran a Bagdad!" La madre del príncipe volvió a romper en llanto, desgarrándose los vestidos, y dijo que inmediatamente iría con una caravana para recoger el cadáver de su hijo.

"Y dejándola entregada a sus preparativos de marcha, regresé a mi domicilio, pensando: "¡Oh, príncipe Alí, desventurado amante! ¡Qué lástima que tu juventud haya sido segada en su más hermosa floración!"
"Y al llegar a mi casa, cuando eché mano al bolsillo para sacar la llave, me tocaron en el brazo; me volví, y vi a la confidente de Schamsennahar vestida de luto, y con cara muy triste. Quise escaparme, pero la joven me obligó a entrar en casa con ella. Y sin hablarnos rompimos a llorar uno y otro. Después le dije: "¿Ya sabrás la desgracia?" Ella respondió: "¿A cuál te refieres, Amín?" Yo le dije: "¡La muerte del príncipe Alí!" Y al verla llorar de nuevo comprendí que nada sabía, y la enteré en medio de grandes sollozos.
"Después ella me preguntó: "¿Y tú conoces mi desgracia?" Yo exclamé: "¿Habrá perecido Schamsennahar por orden del califa?" Ella contestó: "Schamsennahar ha muerto, pero no como supones. ¡Oh desventurada señora mía!" Y rompió a llorar, hasta que por fin me dijo: "¡Escúchame, Amín!"
"Cuando Schamsennahar llegó acompañada por los veinte eunucos a presencia del califa, éste despidió a todo el mundo, se acercó a ella, la mandó sentar junto a él, y con voz llena de bondad le dijo: "¡Oh Schamsennahar! ¡Tienes enemigos en palacio, y estos enemigos han querido calumniarte deformando tus actos y presentándomelos bajo un aspecto indigno de ti y de mí! ¡Sabe que te quiero más que nunca, y para probarlo ante todo el palacio he dado órdenes de que se aumente tu tren de casa, y el número de tus esclavos, y los gastos tuyos! ¡Te ruego, por lo tanto, que abandones esa aflicción que me aflige también a mí! ¡Y para distraerte, voy a llamar a las cantarinas de palacio, y disponer que traigan bandejas cargadas de frutas y bebidas!"
Inmediatamente entraron las tañedoras de instrumentos y las cantarinas. Los esclavos vinieron cargados con grandes bandejas repletas de apetitoso contenido. Y cuando todo estuvo dispuesto, el califa, sentado al lado de Schamsennahar, que a pesar de tanta bondad se sentía cada vez más débil, mandó a las cantarinas que empezaran. Y una de ellas, al son de los laúdes, pulsados por los dedos de sus compañeras, prorrumpió en este canto:
¡Oh lágrimas, hacéis traición a los secretos de mi alma, no dejando que guarde para mí sola un dolor cultivado en silencio! ¡He perdido al amigo amado por mi corazón!
Al oír esto, Schamsennahar, exhaló un gran suspiro, y cayó de espaldas. El califa, afectadísimo, se inclinó hacia ella rápidamente, creyéndola desmayada, ¡pero la levantó muerta!
"Entonces tiró la copa que tenía en la mano, derribó las bandejas, y mientras dábamos gritos espantosos nos mandó salir a todas ordenando que rompiéramos las guitarras y los laúdes de la fiesta. Yo fui la única a quien permitió que permaneciera en el salón. El emir se colocó a Schamsennahar en las rodillas, y así estuvo llorando toda la noche, mandándome que no dejase entrar a nadie.
"A la mañana siguiente confió el cuerpo a las plañideras y lavadoras, y mandó que se le hicieran funerales de mujer legítima, y todavía más grandiosos. Después se encerró en sus habitaciones, y desde entonces no se le ha vuelto a ver en el salón de justicia".
"Por mi parte lloré con la joven la muerte de Schamsennahar, y ambos nos pusimos de acuerdo para que Alí ben-Bekar fuera enterrado al lado de Schamsennahar. Y aguardamos el regreso de la madre, y cuando regresó, tributamos al cadáver del príncipe unos fastuosos funerales, y logramos que se le sepultara al lado de la tumba de Schamsennahar.
"Y desde entonces yo y la joven confidente, que llegó a ser mi esposa, visitamos las dos tumbas, para llorar por los amantes, de quienes habíamos sido tan amigos".
Y tal es, ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schehrazada- la historia conmovedora de Schamsennahar, favorita del califa Harún Al- Raschid.
En esto la pequeña Doniazada, no pudiendo reprimirse por más tiempo prorrumpió en sollozos, hundiendo la cabeza en la alfombra. Y el rey Schahriar exclamó: "¡Oh Schehrazada! ¡Esa historia me ha entristecido mucho!"
Entonces Schehrazada dijo: "¡Oh rey! ¡Si te he contado esa historia, tan diferente de las otras, ha sido más que nada por los versos admirables que contiene, y sobre todo, para disponerte mejor a la alegría que ha de causarte la que me propongo contar ahora, si tienes a bien permitirlo!"
Y el rey Schahriar contestó: "¡Oh Schehrazada! ¡Hazme olvidar esa tristeza y hazme saber el título de esa historia que me prometes"! y Schehrazada dijo: Es la HISTORIA MÁGICA DE LA PRINCESA BUDUR LA LUNA MÁS BELLA ENTRE TODAS LAS LUNAS.
Y la pequeña Doniazada, levantando la cabeza, exclamó: "¡Oh mi hermana Schehrazada! ¡Cuánta sería tu bondad si la empezaras en el acto!"
Pero Schehrazada dijo: "De todo corazón, y como homenaje debido a este rey bien portado y de buenos modales. ¡Pero no será hasta la noche próxima!" Y como veía aparecer la mañana, Schehrazada, discretamente, se calló.

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Noche 168



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Pero cuando llegó la 168ª noche

Ella dijo:
"... nos pusimos en camino, tomando el del desierto.
"Pero toda cosa que está escrita debe ocurrir, ¡los destinos, bajo un cielo u otro, han de cumplirse! ¡Y efectivamente, nuestras desdichas habían de continuarse, porque huyendo de un peligro, nos arrojábamos a otro mayor todavía!
"He aquí que al anochecer, mientras íbamos por el desierto y encaminándonos hacia un oasis, cuyo alminar sobresalía entre las palmeras, vimos surgir de pronto a nuestra izquierda, una cuadrilla de bandoleros, que en un momento nos cercaron. Y como sabíamos muy bien que el único medio para salvar la vida era no intentar resistencia alguna, nos dejamos desarmar y despojar. ¡Los bandidos nos quitaron las bestias con toda la carga, y hasta nos arrebataron la ropa que llevábamos encima, sin dejarnos más que la camisa! Hecho lo cual se alejaron, sin ocuparse más de nuestra suerte.
Mi pobre amigo el príncipe no era más que una cosa entre mis manos, pues lo habían aniquilado por completo tantas emociones repetidas. De todos modos, le pude ayudar a arrastrarse poco a poco hasta la mezquita que había en el oasis, y entramos allí para pasar la noche. El príncipe se arrojó al suelo y me dijo: "¡Aquí voy a morir, ya que Schamsennahar no debe de estar viva a estas horas!"
En la mezquita estaba rezando un hombre que, al acabar sus devociones, nos miró un instante, se nos acercó, y nos dijo con bondad: "¡Oh jóvenes! ¿Sin duda sois forasteros y venís a pasar la noche aquí?" Le contesté: "¡Oh, jeique, somos unos forasteros a quienes los bandidos del desierto acaban de despojar por completo, sin dejarnos más bienes que la camisa que llevamos encima!"
"Al oír estas palabras, el anciano nos manifestó mucha compasión, y nos dijo: "¡Oh jóvenes, aguardad unos momentos y seré con vosotros! Salió para volver en seguida, acompañándole un muchacho que llevaba un paquete. El jeique sacó de allí unos trajes, y nos rogó que nos los pusiéramos, y después dijo: "¡Venid a mi casa, donde estaréis mejor que en esta mezquita, pues debéis de tener hambre y sed!" ¡Y nos obligó a acompañarle a su casa, a la cual no llegó el príncipe más que para tenderle sin aliento en una alfombra! Y entonces, a lo lejos, como si viniera con la brisa que soplaba por el oasis a través de las palmeras, se dejó oír la voz de alguna pobre que cantaba plañideramente estos versos tristes:
¡Lloraba yo al ver aproximarse el fin de mi juventud! ¡Pero sequé pronto aquellas lágrimas, para no llorar más que la separación de mi amigo!
¡Si el momento de la muerte le parece amargo a mi alma, no es porque sea duro dejar una vida de amarguras, sino por irse lejos de los ojos del amigo!
¡Ah! ¡Si yo hubiera sabido que el momento de la despedida estaba tan próximo, y que me vería privada para siempre de mi amigo, me habría llevado, como provisión para el camino, algo del contacto de sus ojos adorados!
"Apenas Alí ben-Bekar había empezado a oír aquel canto, levantó la cabeza y se puso a escuchar como fuera de sí. Y cuando la voz se extinguió le vimos volver a caer de pronto exhalando un hondo suspiro. Había expirado.
En este momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 167



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Pero cuando llegó la 167ª noche

Ella dijo:
"...y le estreché contra mi pecho y le dije muchas cosas para consolarlo un poco, pero no lo pude conseguir, y me dijo: "¡Oh Amín, como sé que mi alma va a escaparse, deseo antes de morir dejarte una muestra de gratitud!" Y ordenó a sus esclavos: "¡Traed tal y cuál cosa!". Y enseguida los esclavos se apresuraron a traer toda clase de objetos preciosos, vasijas de oro y plata, alhajas de mucho valor. Y me dijo: "¡Te ruego que aceptes esto en sustitución de lo que te han robado!"
Y mandó a los esclavos que transportaran todo a mi casa. Enseguida dijo: "¡Sabe, amigo mío, que en este mundo todas las cosas tienen un fin! ¡Desdichado de quien no alcanza su fin en el amor, pues no le queda más que la muerte! ¡Y si no fuera por mi respeto a la ley del Profeta (¡sea con él la paz!), ya habría yo apresurado el momento de esa muerte, que comprendo que se aproxima! ¡Si supieras los sufrimientos que se ocultan bajo de mis costillas! ¡No creo que haya hombre que haya sufrido tantos dolores como los que llenan mi corazón!"
"Entonces le dije que la confidente me aguardaba en casa para saber noticias suyas, enviada con tal objeto por Schamsennahar. Y fui en busca de la joven para contarle la desesperación del príncipe, y que presentía su fin, y dejaría la tierra sin más pesar que el de verse separado de su amada.
"A los pocos momentos de llegar a mi casa vi entrar a la confidente llena de emoción y de trastorno, y de sus ojos brotaban abundantes lágrimas.
Y yo, cada vez más alarmado, le pregunté: "¡Por Alah! ¿Qué pasa ahora? ¿Puede haber algo peor que lo que nos ha ocurrido?"
Ella me contestó temblando: "¡Ya nos ha caído encima lo que tanto temíamos! ¡Estamos perdidos sin remedio, desde el primero hasta el último! El califa se ha enterado de todo y he aquí lo ocurrido. A consecuencia de la indiscreción de una de sus esclavas, el jefe de los eunucos entró en sospechas, y empezó a interrogar una por una a todas las doncellas de Schamsennahar. Y a pesar de sus negativas, dió con la pista y lo descubrió todo. Enteró inmediatamente al califa, que mandó llamar a la favorita, ordenando que la acompañaran, contra su costumbre, veinte eunucos de palacio. ¡De modo que todas estamos en el límite del espanto! ¡Y yo he podido zafarme un momento para avisarte del peligro que nos amenaza! ¡Ve, pues, a prevenir al príncipe que tome las precauciones necesarias!"
Y dicho esto, la joven regresó corriendo a palacio.
Entonces el mundo se ennegreció ante mis ojos, y exclamé: "¡No hay poder ni hay fuerza más que en Alah el Altísimo y Omnipotente!" ¿Qué otra cosa podía decir frente al Destino? Resolví volver a la casa del príncipe, aunque hacía pocos momentos que lo había dejado; y sin darle tiempo a pedirme ninguna explicación, le grité: "¡Oh Alí, no tienes más remedio que seguirme, o te espera la muerte más ignominiosa! ¡El califa lo sabe todo, y a estas horas habrá ordenado prenderte! ¡Alejémonos, sin perder un momento, y traspongamos las fronteras de nuestro país, fuera del alcance de quienes te buscan!"
Y enseguida, en nombre del príncipe, mandé a los esclavos que cargaran tres camellos con los objetos más valiosos y con víveres suficientes para el camino. Ayudé al príncipe a montar en otro camello, en el cual también monté yo detrás de él. Y en cuanto el príncipe se despidió de su madre nos pusimos en camino, tomando el del desierto...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta, como siempre.

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Noche 166



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Pero cuando llegó la 166ª noche

"Apenas estaba en aquel rincón oscuro, cuando se me unió la confidente, y ya entonces me decidí a hablar con ella, puesto que no teníamos testigos. Empezó por preguntarme: "¿Cómo estás, amigo Amín?"
Le contesté: "Perfectamente de salud. ¡Pero prefiero la muerte a esta constante inquietud en que vivimos!"
"Ella prosiguió: "¿Qué dirías si conocieras el estado en que se halla mi pobre señora?" ¡Ah! ¡Ya rabbi! ¡Me desmayo sólo con recordar el momento en que la vi regresar a palacio! ¡Yo pude llegar antes, huyendo de azotea en azotea, y tirándome al suelo desde la última casa! ¡Si la hubieras visto llegar! ¿Quién habría podido creer que aquella cara tan pálida como la de un cadáver desenterrado era la de Schamsennahar, la luminosa? Así es que al verla rompí en sollozos, echándome a sus pies y besándoselos. Ella me mandó entregar al barquero mil dinares de oro por su trabajo, y después le abandonaron las fuerzas y cayó desmayada en nuestros brazos. La llevamos a la cama, y empecé a rociarle el rostro con agua de flores; le sequé los ojos, le lavé pies y manos, y la mudé de ropa. Entonces tuve la alegría de verla volver en sí, y le di enseguida un sorbete de rosa, le hice oler jazmines, y le dije: "¡Oh mi señora, por Alah sobre ti! ¿Adónde iremos a parar si seguimos así?"
Ella contestó: "¡Oh mi fiel confidente! ¡Ya no hay en la tierra nada que me invite a la vida! Pero antes de morir quiero tener noticias de mi amado. ¡Ve, pues, a buscar al joyero Amín, y llévale estas bolsas llenas de oro, y ruégale que las acepte en compensación de los daños y perjuicios que le ha causado nuestra aventura!"
"Y la confidente me alargó un paquete muy pesado que llevaba y que debía contener más de 5.000 dinares de oro, de lo cual, efectivamente, pude cerciorarme más adelante.
Después prosiguió: "¡Schamennahar me ha encargado después que te pida, como última súplica, que nos des noticias, sean buenas o malas, del príncipe Alí!"
No pude negarle lo que me pedía como un favor, y a pesar de mi firme resolución de no meterme más en aquella aventura peligrosa, dije que aquella noche en mi casa le facilitaría noticias sobre el príncipe. Y después de rogar a la joven que fuese a mi tienda para dejar el paquete, salí de la mezquita y me dirigí a casa del príncipe Alí ben Bekar.
Y allí me enteré de que todos, mujeres y servidores, me estaban aguardando hacía tres días, y no sabían cómo hacer para tranquilizar al príncipe Alí, que me reclamaba sin cesar, exhalando hondos suspiros. Y le encontré con los ojos casi apagados, y con más aspecto de muerto que de vivo. Entonces me acerqué a él con lágrimas en los ojos, y le estreché contra mi pecho...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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