2021/11/30

Noche 819



Pero cuando llegó la 819ª noche

Ella dijo:
... Y así permanecimos enlazados no sé cuánto tiempo. Pues creo que debí caer en el éxtasis o en algo parecido.
Pero cuando volví a la realidad un poco, iba a contarle todo lo que había sufrido, y he aquí que oímos en la galería un rumor creciente. Y era el propio califa, que iba a ver a su favorita Pasta-de-Almendras, hermana de Sarta-de-Perlas. Y sólo tuve tiempo para levantarme y meterme en un cofre grande, que cerraron ellas encima de mí como si no hubiese pasado nada.
Y tu abuelo el califa Al-Motawakkil ¡oh mi señor! entró en el aposento de su favorita, y advirtiendo a Sarta-de-Perlas, le dijo:
"Por vida mía, ¡oh Sarta-de-Perlas! que me alegro de encontrarte hoy con tu hermana Pasta-de-Almendras. ¿Dónde estabas estos últimos días, que no te veía yo por ninguna parte en el palacio ni oía tu voz que tanto me gusta?" Y añadió, sin aguardar respuesta: "¡Coge ya el laúd que tienes abandonado y cántame una cosa apasionada, acompañándote con él!"
Y a Sarta-de-Perlas, que sabía que el califa estaba en extremo enamorado de una joven esclava llamada Benga, no le costó trabajo dar con la canción requerida; porque, como ella misma estaba enamorada, dejóse llevar sencillamente de sus sentimientos, y afinando su laúd, se inclinó ante el califa y cantó:
¡El bienamado a quien amo -¡ah! ¡ah!
Con su mejilla aterciopelada- ¡oh noche!
Supera en dulzura -¡oh los ojos!
A la mejilla lavada de las rosas!- ¡oh noche!
¡El bienamado a quien amo -¡ah! ¡ah!
Es un lozano jovenzuelo -¡oh noche!
Cuya amorosa mirada ¡ah! ¡ah!
Habría hechizado- ¡oh los ojos!
A los reyes de Babilonia! -¡oh noche!
¡Y tal es- ¡ah! ¡ah!
El bienamado a quien amo!

Cuando el califa Al-Motawakkil hubo oído este canto, quedó extremadamente emocionado, y encarándose con Sarta-de-Perlas, le dijo: "¡Oh joven bendita! ¡oh boca de ruiseñor! para darte una prueba de mi satisfacción, quiero que me formules un deseo. ¡Y por los merecimientos de mis gloriosos antecesores, los beneméritos, te juro que aun la mitad de mi reino te concederé!"
Sarta-de-Perlas contestó, bajando los ojos: "¡Alah prolongue la vida de nuestro señor! ¡pero no deseo nada más que la continuación de la gracia del Emir de los Creyentes sobre mi cabeza y la de mi hermana Pasta-de-Almendras!" Y dijo el califa: "¡Es preciso, Sarta-de-Perlas, que me pidas algo!" Entonces ella dijo: "¡Puesto que me lo ordena nuestro amo, he de pedirle que me liberte y me deje, por toda hacienda, los muebles de este aposento y cuanto contiene este aposento!" Y le dijo el califa: "Dueña de ello eres, ¡oh Sarta-de-Perlas! Y tu hermana Pasta-de-Almendras tendrá por aposento en lo sucesivo el pabellón más hermoso de palacio. ¡Y como eres libre, puedes quedarte o marcharte!" Y levantándose, salió del cuarto de su favorita para ir en busca de la joven Benga, favorita del momento.
En cuanto se marchó él, mi amiga mandó a su eunuco que avisase a los mandaderos y cargadores, e hizo transportar a mi casa todos los muebles del aposento, las tapicerías, los cofres y las alfombras. Y el cofre en que yo estaba encerrado salió el primero, a hombros de los mozos, y gracias a la Seguridad, llegó sin contratiempos a mi casa. Y aquel mismo día ¡oh Emir de los Creyentes! me casé ante Alah con Sarta-de-Perlas, en presencia del kadí y de los testigos. ¡Y lo demás pertenece al misterio de la fe musulmana!
¡Y tal es ¡oh mi señor! la historia de estos muebles, de estas tapicerías y de estas ropas marcadas con el nombre de tu glorioso abuelo el califa Al-Motawakkil Ala'llah. Y -¡lo juro por mi cabeza!- no he añadido a esta historia una sílaba, ni la he disminuido en una sílaba. ¡Y el Emir de los Creyentes es la fuente de toda generosidad y la mina de todos los beneficios!"
Y tras de hablar así Abu'l Hassán se calló. Y el califa Al-Motazid Bi'llah exclamó: "¡Tu lengua ha segregado la elocuencia ¡oh huésped nuestro! y tu historia es una historia maravillosa! ¡Así, pues, para demostrarte la alegría que experimento, te ruego que me traigas un cálamo y una hoja de papel!" Y cuando Abu'l Hassán llevó el cálamo y el papel, el califa se los entregó al narrador Ibn-Hamdún, y le dijo: "¡Escribe lo que yo te dicte!"
Y le dictó: "¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso! Por este firmán, firmado de nuestro puño y sellado con nuestro sello, eximimos de impuestos durante toda su vida a nuestro fiel súbdito Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani. ¡Y le nombramos nuestro principal chambelán!" Y después de sellar el firmán, se lo entregó, y añadió: "¡Y desearé verte en mi palacio como fiel comensal y amigo mío!"
Y desde entonces Abu'l Hassán fué el compañero inseparable del califa Al-Motazid Bi'llah. Y vivieron todos entre delicias, hasta la inevitable separación que hace habitar las tumbas a los mismos que habitaban los palacios más hermosos. ¡Gloria al Altísimo que habita un palacio por encima de todos los niveles!
Y tras de contar así su historia, Schehrazada no quiso dejar pasar aquella noche sin empezar la HISTORIA DE LAS DOS VIDAS DEL SULTÁN MAHMUD.

LAS DOS VIDAS DEL SULTAN MAHMUD

Schehrazada dijo al rey Schahriar:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el sultán Mahmud, que fué uno de los más cuerdos y de los más gloriosos entre los sultanes de Egipto, con frecuencia se sentaba solo en su palacio, presa de accesos de tristeza sin causa, durante los cuales el mundo entero se ennegrecía ante su rostro. Y en aquellos momentos la vida le parecía llena de insulsez y desprovista de toda significación. Y sin embargo, no le faltaba ninguna de las cosas que hacen la dicha de las criaturas; porque Alah le había otorgado sin tasa la salud, la juventud, el poderío y la gloria, y para capital de su imperio le había dado la ciudad más deliciosa del Universo, la cual, para regocijar el alma y los sentidos, tenía la hermosura de su tierra, la hermosura de su cielo y la hermosura de sus mujeres, doradas como las aguas del Nilo. Pero todo eso se borraba a los ojos de él durante sus reales tristezas; y envidiaba entonces la de los felahs encorvados sobre los surcos de la tierra, y la de los nómadas perdidos en los desiertos sin agua.
Un día en que, con los ojos anegados en la negrura de sus preocupaciones, se hallaba sumido en un abatimiento más acentuado que de ordinario, rehusando comer, beber y ocuparse de los asuntos del reino y sin desear más que morir, el gran visir entró en la estancia en que el soberano estaba echado con la cabeza entre las manos, y después de los homenajes debidos, le dijo: "¡Oh mi amo soberano! a la puerta se halla, en solicitud de audiencia, un viejo jeique venido de los países del extremo Occidente, del fondo del Maghreb lejano. Y a juzgar por la conversación que tuve con él y por las escasas palabras que de su boca oí, sin duda es el sabio más prodigioso, el médico más extraordinario y el mago más asombroso que ha vivido entre los hombres. ¡Y como sé que mi soberano es presa de la tristeza y del abatimiento, quisiera que ese jeique obtuviese permiso para entrar, con la esperanza de que su proximidad contribuya a ahuyentar los pensamientos que pesan sobre las visiones de nuestro rey".
El sultán Mahmud hizo con la cabeza una seña de asentimiento, y al punto el gran visir introdujo en la sala del trono al jeique extranjero ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

2021/11/29

Noche 818



Y  cuando llegó la 818ª noche

Ella dijo:
... Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! juré al niño, con los juramentos más sagrados, que estaba perdidamente enamorado de su señora, y que sin duda moriría como no la viera en seguida. Y el niño eunuco me dijo: "Ya que así es, ¡oh mi señor Abu'l Hassán! te pertenezco en absoluto. ¡Y no quiero tardar más en ayudarte a tener una entrevista con mi señora!" Y me dejó, diciéndome: "¡Vuelvo al instante!"
Y en efecto, no tardó en volver a casa del sastre en busca mía. Y llevaba un paquete, que desenvolvió; e hizo salir de él una túnica de lino bordada de oro fino y un manto, que era uno de los mantos del propio califa, como pude observar por las señales que lo distinguían y por el nombre inscrito en la trama con letras de oro, y que era el nombre de Al-Motawakkil Ala'llah. Y me dijo el pequeño eunuco: "Te traigo ¡oh mi señor Abu'l Hassán, la ropa con que se viste el califa cuando va por la noche al harén!" Y me obligó a ponérmela, y me dijo: "Una vez que hayas llegado a la larga galería interior, en que están los aposentos reservados de las favoritas, tendrás mucho cuidado, al pasar, de ir cogiendo granos de almizcle del pomo que aquí ves, y de ir dejando uno a la puerta de cada aposento, pues el califa acostumbra a hacer eso todas las noches cuando atraviesa la galería del harén. ¡Y una vez que hayas llegado a la puerta que tiene el umbral de mármol azul, la abrirás sin llamar, y te encontrarás en los brazos de mi señora!" Luego añadió: "¡Respecto a tu salida de allí después de la entrevista, Alah proveerá!"
Tras de darme estas instrucciones, me dejó, deseándome buena suerte, y desapareció.
Entonces yo, ¡oh mi señor! aunque no estaba acostumbrado a aquella clase de aventuras y se trataba de mi entrada en la complicación, no vacilé en vestirme con la ropa del califa, y como si toda mi vida hubiese habitado en el palacio y hubiese nacido allí, me puse en marcha resueltamente, atravesando patios y columnatas, y llegué a la galería de los aposentos reservados para el harén. Y al punto saqué de mi bolsillo el pomo que contenía los granos de almizcle, y conforme a las instrucciones del eunuco, al llegar a la puerta de cada favorita no dejé de echar un grano de almizcle en el platillo de porcelana que estaba allí a ese efecto. Y de tal suerte llegué a la puerta que tenía el umbral de mármol azul. Y ya me disponía a empujarla para penetrar por fin en el aposento de la tan deseada, felicitándome de que hasta entonces no me hubiera reconocido nadie, cuando de pronto oí un rumor muy pronunciado, y en el mismo momento me sorprendió la claridad de gran número de antorchas. Y he aquí que llegaba el califa Al-Motawakkil en persona, rodeado de la muchedumbre de sus cortesanos y de su séquito habitual. Y sólo tuve tiempo para volver sobre mis pasos, sintiendo que el corazón se me sobresaltaba de emoción. Y mientras huía por la galería, oía las voces de las favoritas, que desde dentro lanzaban exclamaciones, diciendo: "¡Por Alah, qué cosa tan asombrosa! He aquí que el Emir de los Creyentes pasa hoy por la galería por segunda vez. El fue sin duda quien pasó hace un momento, echando en la salvilla de cada cual el grano de almizcle acostumbrado. ¡Y además le hemos reconocido por el perfume de su ropa!"
Y continué huyendo desatentadamente; pero hube de pararme, no pudiendo avanzar más por la galería sin peligro de descubrirme. Y oía siempre el rumor de la escolta, y veía acercarse las antorchas. Entonces, sin querer ser sorprendido en aquella situación y con aquel disfraz, empujé la primera puerta que se ofreció a mi mano, y me precipité dentro, olvidando que iba disfrazado de califa y todo lo consiguiente. Y me hallé en presencia de una joven de rasgados ojos asustados, que, levantándose sobresaltada de la alfombra en que estaba tendida, lanzó un grito estridente de terror y de confusión, y con rápido ademán se levantó la orla de su traje de muselina y se cubrió con ella el rostro y los cabellos.
Y ante ella me quedé muy embobado, muy perplejo y deseando con el alma, para escapar a aquella situación, que se abriese la tierra a mis pies y me tragase. ¡Ah! en verdad que lo deseaba ardientemente, y además maldecía la confianza inmoderada que tuve en aquel eunuco de perdición, quien, a no dudar, iba a ser la causa de mi muerte por ahogo o por empalamiento. Y conteniendo la respiración, esperaba ver salir de labios de aquella joven espantada los gritos de alarma que harían de mí un motivo de lástima y un ejemplo del castigo reservado a los aficionados a las complicaciones.
Y he aquí que tras la orla de muselina se movieron los labios jóvenes, y la voz que salía de allí era encantadora, y me decía: "¡Bienvenido seas a mi aposento, ¡oh Abu'1 Hassán! ya que eres el que ama a mi hermana Sarta-de-Perlas y es amado por ella!" Y al oír estas palabras inesperadas, ¡oh mi señor! me eché de bruces en tierra entre las manos de la joven, y le besé el borde de sus vestiduras y me cubrí la cabeza con su velo protector. Y me dijo ella: "¡Bienvenida y larga vida a los hombres generosos, ya Abu'l Hassán! ¡Con tus procedimientos has superado a mi hermana Sarta-de-Perlas! ¡Y cuán ventajosamente saliste de las pruebas a que hubo de someterte ella! De modo que no cesa de hablarme de ti y de la pasión que has sabido inspirarle. Puedes, pues, bendecir tu destino, que te ha traído a mí, cuando hubiera podido conducirte a tu perdición, disfrazado como estás con esa ropa del califa. ¡Y puedes estar tranquilo a este respecto, porque voy a arreglarlo todo de manera que no suceda nada más que lo que está marcado con el sello de la prosperidad!"
Y sin saber cómo darle las gracias, continué besándole en silencio el borde de su túnica. Y añadió: ella: "Solamente, ya Abu'l Hassán, quisiera, antes de intervenir en interés tuyo, estar bien segura de tus intenciones con respecto a mi hermana. ¡Porque no conviene que haya equívocos acerca del particular!" Y contesté, alzando los brazos: "Alah te guarde y te conserve en el camino de la rectitud, ¡oh caritativa señora mía! ¡Por tu vida! ¿crees acaso que mis intenciones pudieran no ser puras y desinteresadas? No deseo, en efecto, más que una cosa, y es volver a ver a tu dichosa hermana Sarta-de-Perlas, sencillamente para que mis ojos se regocijen con su vista y mi lánguido corazón vuelva a la vida. ¡Sólo deseo eso y nada más! ¡Y pongo por testigo de mis palabras a Alah el Omnividente, que nada ignora de mis pensamientos!"
Entonces me dijo ella: "¡En ese caso, ya Abu'l Hassán, nada perdonaré para hacerte lograr el móvil lícito de tus deseos!"
Y tras de hablar así, dió una palmada, y dijo a una pequeña esclava que acudió a aquella señal: "Ve en busca de tu ama Sarta-de-Perlas, y dile: «Tu hermana Pasta-de-Almendras te envía la zalema y te ruega que vayas a verla sin tardanza, pues se siente esta noche con el pecho oprimido, y sólo tu presencia podrá dilatárselo. ¡Y además, entre tú y ella hay un secreto! "
Y la esclava salió inmediatamente a ejecutar la orden.
A los pocos momentos ¡oh mi señor! la vi entrar con su belleza, en la plenitud de su gracia. E iba envuelta en un velo grande de seda azul por todo vestido; y tenía los pies descalzos y los cabellos sueltos.
Y he aquí que en un principio no me vió, y dijo a su hermana Pasta-de-Almendras: "Aquí me tienes, querida mía. Salgo del hammam y todavía no he podido vestirme. ¡Pero dime pronto qué secreto hay entre tú y yo!"
Y por toda respuesta mi protectora me mostró con el dedo a Sarta-de-Perlas, haciéndome seña de que me aproximara. Y salí de la sombra en que permanecía.
Al verme, mi bienamada no manifestó vergüenza ni azoramiento, sino que fué a mí, blanca y temblorosa, y se arrojó en mis brazos como un niño en los brazos de su madre. Y creí tener contra mi corazón a todas las huríes del Paraíso. Y no sabía ¡oh mi señor! si era ella un rollo de manteca o una pasta de almendras, de tan tierna y frágil como la sentía por doquiera. ¡Bendito sea Quien la ha formado! Mis brazos no osaban oprimir aquel cuerpo infantil. Y al besarla entró en mí una nueva vida de cien años.
Y así permanecimos enlazados no sé cuánto tiempo. Pues creo que debí caer en el éxtasis o en algo parecido . . .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/28

Noche 817



Pero cuando llegó la 817ª noche

Ella dijo:
... Sin pronunciar una palabra aquella vez, puso el dedo en un tapete de terciopelo del que pendían joyas inestimables, y se limitó a acentuar su sonrisa. Y al instante ¡oh Emir de los Creyentes! aparté el tapete de terciopelo, lo doblé con todo lo que contenía, y se lo entregué a la hechicera, que lo cogió y se marchó sin más ni más.
Pero al verla desaparecer aquella vez, no pude determinarme a seguir inmóvil, y sobreponiéndome a mi timidez, que me hacía temer una afrenta semejante a la que había sufrido mi contable, me levanté y seguí sus huellas. Y caminando de tal suerte tras ella, llegué a orillas del Tigris, donde la vi embarcarse en un barquito que, con remos rápidos, ganó el palacio de mármol del Emir de los Creyentes Al-Motawakkil, abuelo tuyo, ¡oh mi señor! Y al ver aquello, llegué al límite de la inquietud y pensé para mi ánima: "¡Hete aquí ahora, ya Abu'l Hassán, metido en aventuras y llevado en el molino de la complicación!"
Y a pesar mío, medité en esta frase del poeta:
¡Ten cuidado y examina bien el brazo blanco y dulce de la bienamada, el cual te parece más blando, para apoyar en él tu frente, que el plumón de los cisnes!
Y permanecí pensativo mucho rato, mirando sin verla el agua del río, y toda mi vida, pasada sin tropiezos y tan dulcemente monótona, desfiló ante mis ojos, siguiendo la corriente de aquella agua, en barcas sucesivas y semejantes todas. Y de pronto reapareció ante mis ojos la barca colgada de púrpura que la joven hubo de utilizar y que entonces estaba amarrada al pie de la escalera de mármol y sin remeros. Y exclamé: "¡Por Alah! ¿no te da vergüenza de tu vida somnolienta, ya Abu'l Hassán? ¿Y cómo te atreves a vacilar entre esa pobre vida y la vida ardiente que llevan los que no temen la complicación? Por lo visto, no conoces esta otra frase del poeta:
¡Levántate, amigo, y sacude tu modorra! ¡La rosa de la dicha no florece en el sueño! ¡No dejes pasar sin quemarlos los instantes de esta vida! ¡Siglos tendrás para dormir!
Y reconfortado con estos versos y con el recuerdo de la emocionante joven, entonces, que ya sabía donde habitaba, resolví no perdonar nada para llegar hasta ella. Y alimentando este proyecto, fui a casa y entré en el aposento de mi madre, que me quería con toda su ternura, y sin ocultarle nada le conté lo que acaecía en mi vida. Y mi madre, asustada, me estrechó contra su corazón y me dijo: "¡Alah te resguarde ¡oh hijo mío! y preserve tu alma de la complicación! ¡Ah! hijo mío Abu'l Hassán, único lazo que me une a la vida, ¿en dónde vas a comprometer tu reposo y el mío? Si esa joven habita en el palacio del Emir de los Creyentes, ¿cómo te obstinas en querer encontrártela de nuevo? ¿No ves el abismo a que corres al atreverte a dirigirte, aunque no sea más que con el pensamiento, a la morada de nuestro señor el califa? ¡Oh hijo mío! ¡por los nueve meses durante los cuales incubé tu vida, te suplico que abandones el proyecto de volver a ver a esa desconocida y no dejes que en tu corazón se imprima una pasión funesta!" Y contesté, procurando tranquilizarla: "¡Oh madre mía! apacigua tu alma cara y refresca tus ojos. No sucederá nada que no debe suceder. Y lo que está escrito ha de ocurrir. ¡Y Alah es el más grande!"
Y al día siguiente, que había ido yo a mi tienda del zoco de los joyeros recibí la visita del representante mío que estaba al frente de los negocios de mi tienda del zoco de los drogueros. Y era un hombre de edad, en quien mi difunto padre tenía una confianza ilimitada y a quien consultaba todos los asuntos difíciles o complicados. Y después de las zalemas y deseos de rigor, me dijo: "¡Ya sidi! ¿a qué obedece esa mudanza que veo en tu fisonomía y esa palidez y ese aire preocupado? ¡Alah nos preserve de malos negocios y de clientes de mala fe! ¡Pero sea cual sea la desgracia que haya podido sobrevenirte, no es irremediable, puesto que estás con buena salud!" Y le dije: "No, por Alah ¡oh venerable tío! que no tengo malos negocios ni soy víctima de la mala fe de otro. Pero mi vida ha cambiado por completo de rumbo. Y ha entrado en mí la complicación al pasar una jovenzuela de catorce años".
Y le conté lo que me había sucedido, sin olvidar un detalle. Y le describí, como si se encontrase allí ella, a la arrebatadora de mi corazón.
Y tras de haber reflexionado un momento, me dijo el venerable jeique: "Ciertamente, el asunto es complicado. Pero no está por encima de la experiencia de tu viejo esclavo, ¡oh mi señor! En efecto, entre mis conocimientos tengo a un hombre que se aloja en el propio palacio del califa Al-Motawakkil, pues se trata del sastre de los funcionarios y de los eunucos. Por tanto, voy a presentarte a él; y le encargarás algún trabajo, remunerándoselo espléndidamente. ¡Y te será él de gran utilidad entonces!" Y sin tardanza me condujo al palacio y entró conmigo a ver al sastre, que nos recibió con afabilidad. Y para inaugurar mis pedidos de ropa, le enseñé uno de mis bolsillos, que en el camino había tenido cuidado de descoser, y le rogué que me lo recosiera con urgencia. Y el sastre lo hizo de buen grado. Y para remunerar su trabajo, le deslicé en la mano diez dinares de oro, excusándome por lo poco que era y prometiéndole indemnizarle espléndidamente al segundo pedido. Y el sastre no supo qué pensar de mi manera de conducirme; pero mirándome con estupefacción, me dijo: "¡Oh mi señor! vistes como un mercader y estás lejos de tener sus modales. Por lo general, un mercader repara en gastos y no saca un dracma sin estar seguro de ganar diez. ¡Y tú, por una labor insignificante, me das el precio de un traje de emir!"
Luego añadió: "¡Sólo los enamorados son tan magníficos! ¡Por Alah sobre ti!, ¡oh mi señor! ¿acaso estás enamorado?" Yo contesté, bajando los ojos: "¿Cómo no estarlo después de haber visto lo que he visto?" El me preguntó: "¿Y quién es el objeto de tus tormentos? ¿Es un cervatillo o una gacela?" Yo contesté: "¡Una gacela!" El me dijo: "Está bien. ¡Aquí me tienes dispuesto, ¡oh mi señor! a servirte de guía, si su morada es este palacio, ya que se trata de una gacela, y aquí se encuentran las más hermosas variedades de esa especie!" Yo dije: "¡Sí, aquí es donde habita!" El dijo: "¿Y cuál es su nombre?" Yo dije: "¡Sólo Alah le conoce, y tú mismo quizá!" El dijo: "Descríbemela entonces". Y se la describí lo mejor que pude, y exclamó él: "¡Por Alah, que es nuestra señora Sarta-de-Perlas, la tañedora de laúd del Emir de los Creyentes Al-Motawakkil Ala'llah! Y añadió: "He aquí precisamente a su pequeño eunuco, que se dirige hacia nosotros. ¡No dejes escapar la ocasión de sobornarle ¡oh mi señor! para que te sirva de introductor ante su señora Sarta-de-Perlas!"
Y, efectivamente, ¡oh Emir de los Creyentes! vi entrar en el taller del sastre a un esclavito blanco, tan hermoso como la luna del mes de Ramadán. Y después de saludarnos con amabilidad, dijo al sastre, indicándole una pequeña túnica de brocato: "¿Cuánto cuesta esta túnica de brocato, ¡oh jeique Alí!? ¡Precisamente tengo necesidad de ella para acompañar a mi ama Sarta-de-Perlas!" Y al punto descolgué yo la túnica del sitio en que estaba, y se la entregué, diciendo: "¡Está pagada, y te pertenece!"
El niño me miró sonriendo de soslayo, igual que su ama, y me dijo cogiéndome de la mano y llevándome aparte: "Sin duda alguna eres Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani". Y en el límite del asombro, al ver yo tanta sagacidad en un niño y al oír que me llamaba por mi nombre, le puse en el dedo un anillo de precio, que hube de quitarme, y contesté: "Verdad dices, ¡oh encantador jovenzuelo! Pero ¿quién te ha revelado mi nombre?" El dijo: "Por Alah, ¿cómo no he de saberlo, cuando mi ama lo pronuncia tantas veces al día delante de mí todo el tiempo que lleva enamorada de Abu'l Hassán Alí el magnífico señor? ¡Por los méritos del Profeta (¡con El las gracias y las bendiciones!), que si estás tan enamorado de mi ama como ella lo está de ti, me encontrarás dispuesto a secundarte para llegar hasta ella!"
Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! juré al niño, con los juramentos más sagrados, que estaba perdidamente enamorado de su señora, y que sin duda moriría como no la viera en seguida ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/27

Noche 816



Y cuando llegó la 816ª noche

Ella dijo:
"¡Ciertamente hablaré sin reticencias, pues la verdad es tu ropa interior, la sinceridad tu traje exterior, y en tu presencia nadie podría expresarse de otro modo!"
Y el califa le dijo: "¡En ese caso, siéntate y habla!"
"Has de saber ¡oh Emir de los Creyentes! (¡pluguiera a Alah prolongarte triunfos y favores!) que no soy, como pudiera suponerse, ni un hijo del rey, ni un cherif, ni un hijo de visir, ni nada que de cerca o de lejos tenga que ver con la nobleza de nacimiento. Pero mi historia es una historia tan extraña, que si se escribiese con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de enseñanza a quien la leyera con respeto y atención. Porque, aunque yo no sea noble, hijo de noble, ni de una familia noble, creo que puedo afirmar a mi señor, sin ánimo de mentir, que la tal historia le satisfará, si quiere prestarme oído, y aplacará su cólera acumulada contra el esclavo que le habla".
Y Abu'l Hassán dejó de hablar por un instante, coordinó sus recuerdos, los precisó en su pensamiento, y continuó de este modo:
"He nacido en Bagdad ¡oh Emir de los Creyentes! de un padre y una madre que sólo me tenían a mi por toda posteridad. Y mi padre era un simple mercader del zoco, si bien era el más rico entre los mercaderes y el más respetado. Y no era mercader en un zoco únicamente, sino que en cada zoco tenía una tienda que era la más hermosa, lo mismo en el zoco de los cambistas, que en el de los drogueros, que en el de los mercaderes de telas. Y en cada una de sus tiendas tenía un representante hábil para las operaciones de venta y de compra. Y en el piso de encima de cada trastienda poseía un cuarto reservado en que poder ponerse cómodo, al abrigo de las idas y venidas, y dormir la siesta en la época de los calores, mientras que, para refrescarse durante su sueño, un esclavo desempeñaba las funciones de hacerle aire con un abanico, abanicándole con respeto los testículos especialmente. Pues mi padre tenía los testículos sensibles al calor, y nada le hacía tanto bien como la brisa del abanico.
Como yo era su único hijo, me quería con ternura, no me privaba de nada y no perdonaba ningún dispendio para mi educación. Y además, de año en año se multiplicaban sus riquezas, gracias a la bendición, y resultaban difíciles de enumerar. Y entonces fué cuando, al llegar la hora de su Destino, murió (¡Plegue a Alah cubrirle con Su misericordia, admitirle en Su paz y alargar con los días que perdió el difunto la vida del Emir de los Creyentes!)
En cuanto a mí, habiendo heredado de mi padre bienes inmensos, continué haciendo marchar, como en vida suya, los negocios del zoco. Y por cierto que no me privaba de nada, comiendo, bebiendo y divirtiéndome en la medida de mis fuerzas con mis amigos predilectos. Y me pareció que la vida era excelente, y traté de hacérsela a los demás tan agradable como resultaba para mí. Por eso era mi dicha completa y sin amargura, y no deseaba yo nada mejor que mi vida de todos los días. Porque todo eso que los hombres llaman ambición, y que los vanidosos llaman gloria, y que los pobres de espíritu llaman renombre, y los honores y el ruido, eran un sentimiento insoportable para mí. Y me prefería yo a todo eso. Y a las satisfacciones de fuera prefería la tranquilidad de mi existencia, y a las falsas grandezas mi sencilla felicidad escondida entre mis amigos de rostro dulce.
Pero ¡oh mi señor! por muy sencilla y límpida que sea una vida, jamás está libre de complicaciones. Y yo mismo había de experimentarlo pronto como mis semejantes. Y fue bajo el aspecto más encantador como entró en mi vida la complicación. Pues Alah, ¿hay en la tierra encanto comparable al de la belleza cuando, para manifestarse, elige el rostro y las formas de una adolescente de catorce años? ¿Y hay ¡oh mi señor! adolescente más seductora que la que no se espera, cuando, para abrasarnos el corazón, tiene el rostro y las formas de una jovenzuela de catorce años? Porque bajo ese aspecto, y no bajo otro, fué como se me apareció ¡oh Emir de los Creyentes! la que para siempre había de sellarme la razón con el sello de su imperio.
En efecto, estaba un día yo sentado delante de mi tienda, y charlaba de unas cosas y de otras con mis amigos habituales, cuando vi detenerse frente a mí a una arrebatadora y sonriente joven, ataviada con dos ojos babilónicos, que me lanzó una mirada, una sola mirada, y nada más. Y como bajo la picadura de una flecha acerada, me estremecí en mi alma y en mi carne, y sentí que se conmovía todo mi ser como ante la llegada misma de mi dicha. Y al cabo de un instante avanzó hacia mí la joven, y me dijo: "¿Es aquí, por ventura, la tienda reservada del señor Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani?" Y me preguntó esto ¡oh mi señor! con una voz de agua corriente; y se erguía ante mí, esbelta y flexible en su gracia; y bajo el velo de muselina, su boca de virgen niña era una corola de púrpura abriéndose sobre dos húmedas hileras de granizos. Y contesté, levantándome en honor suyo: "¡Sí, ¡oh mi señora! ésta es la tienda de tu esclavo!" Y mis amigos, por discreción, se levantaron todos y se marcharon.
Entonces la joven entró en la tienda, ¡oh Emir de los Creyentes! arrastrando mi razón tras su hermosura. Y se sentó en el diván como una reina, y me preguntó: "¿Y dónde está él?" Muy azorado y trabandoseme de emoción la lengua, contesté: "Soy yo mismo, ¡ya setti!" Y sonrió ella con la sonrisa de su boca, y me dijo: "Di entonces a ese dependiente tuyo que me cuente trescientos dinares de oro". Y al instante me encaré con mi primer contable, y le di orden de pesar trescientos dinares y entregárselos a aquella dama sobrenatural. Y tomó ella el saco de oro que le entregaba mi empleado, y levantándose se marchó, sin tener una palabra de agradecimiento ni un gesto de despedida. Y en verdad, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi razón no pudo hacer otra cosa que continuar tras ella, atada a sus pies.
Y he aquí que, cuando la hermosa joven hubo desaparecido, mi dependiente me dijo respetuosamente: "¡Oh mi señor! ¿a nombre de quién debo inscribir la suma adelantada?" Yo contesté: "¡Ah! ¿lo sé yo acaso? ¿Y desde cuándo inscriben los humanos en sus libros de cuentas los nombres de las huríes? Si quieres, escribe: Adelantada la suma de trescientos dinares a la Abrasadora-de-Corazones".
Cuando mi primer contable oyó estas palabras, se dijo: "¡Por Alah! Mi amo, que de ordinario es tan mirado, no obra conmigo de un modo tan inconsecuente más que para poner a prueba mi sagacidad y mi deber. ¡Voy, pues, a echar a correr detrás de la desconocida y a preguntarle su nombre!" Y sin consultarme sobre el particular, salió de la tienda, lleno de celo, y echó a correr en pos de la joven, que ya se había perdido de vista. Y al cabo de cierto tiempo volvió a la tienda, pero con la mano en su ojo izquierdo y con el rostro bañado en lágrimas. Y se fué, cabizbajo, a ocupar su sitio en la caja, limpiándose las mejillas. Y le pregunté: "¿Qué te pasa?" Me contestó: "Alejado sea el Maligno, ¡oh mi señor! Creí obrar bien siguiendo a la joven señora que estaba aquí, con intención de preguntarle su nombre. Pero en cuanto sintió que la seguían se volvió bruscamente hacia mí, y me asestó en el ojo izquierdo un puñetazo que por poco me parte la cabeza. Y aquí me tienes con un ojo aplastado por una mano más fuerte que la de un herrero".
¡Eso fué todo!
¡Loores a Alah, ¡oh mi señor! que esconde tanta fuerza en las manos de las gacelas y pone tanta prontitud en sus movimientos!
Y todo aquel día permanecí con el espíritu encadenado por el recuerdo de aquellos ojos de asesinato, y con el alma torturada a la par que refrescada por el paso de la que me arrebató la razón.
Y he aquí que al día siguiente a la misma hora, mientras yo me abismaba en su amor, vi de pie ante mi tienda a la encantadora, que me miraba sonriendo. Y a su vista estuvo a punto de huírseme de alegría la poca razón que me quedaba. Y cuando abría yo la boca para desearle la bienvenida, me dijo ella: "Sin duda, ya Abu'l Hassán, habrás dicho para tu ánima, pensando en mí: "¿Qué trapisonda no será, que ha cogido lo que ha cogido y se ha marchado tan tranquila?"
Pero yo contesté: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh mi soberana! ¡No has hecho más que tomar lo que te pertenecía, pues aquí todo es de tu propiedad, el recipiente con el contenido! ¡En cuanto a tu esclavo, su alma ya no es de él desde que viniste, y está comprendida en el lote de objetos sin valor de esta tienda!" Y al oír aquello, la joven se levantó el velillo del rostro, y se inclinó como una rosa en el tallo de un lirio, y se sentó riendo, con un ruido de brazaletes y de sedas. Y entró con ella en la tienda el olor balsámico de todos los jardines.
Luego me dijo: "¡Sí así es, ya Abu'l Hassán, cuéntame quinientos dinares!" Y contesté: "¡Escucho y obedezco!" Y tras de hacer pesar los quinientos dinares, se los di. Y los tomó y se marchó. Y esto fué todo. Y como la víspera, continué sintiéndome prisionero de sus encantos y cautivo de su belleza. Y sin saber qué sortilegio era el que me había dejado sin pensamiento ni raciocinio, no pude determinarme a tomar un partido o a hacer un esfuerzo que me sacara del estado de embrutecimiento en que me hallaba sumido.
Pero al día siguiente, estando yo más pálido e inactivo que nunca, apareció ante mí ella, con sus largos cabellos de llama y de tinieblas y su sonrisa enloquecedora. Y sin pronunciar una palabra aquella vez, puso el dedo en un tapete de terciopelo del que pendían joyas inestimables, y se limitó a acentuar su sonrisa ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/26

Noche 815



Y cuando llegó la 815ª noche

Ella dijo:
...Y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía. E iba vestido con una túnica de seda de Nischabur, llevaba a los hombros un manto de terciopelo con franjas de oro, y en un dedo ostentaba un anillo de rubíes. Y se adelantó hacia ellos con una sonrisa de bienvenida en los labios y llevándose la mano izquierda al corazón, les dijo: "¡La zalema y la cordialidad para los señores benévolos que nos favorecen con el favor supremo de su llegada!"
Y entraron en la morada, y al ver los visitantes su maravillosa disposición, la creyeron un trozo del propio Paraíso, porque su hermosura interior superaba con mucho a su hermosura externa, y sin duda haría perder al enamorado torturado el recuerdo de su bienamada.
Y en la pila de alabastro de la sala de reunión, donde cantaba un surtidor de diamante, mirábase un jardinillo que era una delicia de frescura y un encanto. Porque aunque el jardín grande circundaba la morada con todas las flores y todas las frondas que adornan la tierra de Alah, y aunque por su esplendor era una locura de vegetación, el jardinillo era una cordura indudablemente. Y las plantas que lo componían eran cuatro flores, sí, sólo eran cuatro flores, en verdad, pero como no las habían contemplado ojos humanos más que en los primeros días de la tierra.
La primera flor era una rosa inclinada sobre el tallo y sola en absoluto, no la de los rosales, sino la rosa original, cuya hermana había florecido en el Edén antes de la bajada furiosa del ángel. Y era una llama de oro rojo encendida por sí misma, un fuego de alegría avivado desde dentro, una aurora magnífica, vivaz, encarnadina, aterciopelada, fresca, virginal, inmaculada, deslumbradora. Y contenía en su corola la púrpura necesaria para la túnica de un rey. En cuanto a su olor hacía entreabrirse en un latido los abanicos del corazón, y decía al alma: "¡Embriágate!", y prestaba alas al cuerpo, diciéndole: ¡ Vuela! "
Y la segunda flor era un tulipán erguido en su tallo y solo en absoluto, no un tulipán de cualquier parterre real, sino el tulipán antiguo, regado con sangre de dragones, aquel cuya especie, abolida, florecía en Iram-de-las-Columnas, y cuyo color decía a la copa de vino añejo: "¡Yo embriago sin que me toquen los labios!", y al tizón inflamado: "¡Yo quemo, pero no me consumo!"
Y la tercera flor era un jacinto erguido en su tallo y solo en absoluto, no el de los jardines, sino el jacinto padre de los lirios, el que tiene un blanco puro, el delicado, el oloroso, el frágil, el cándido jacinto que decía al cisne cuando salía del agua: "¡Soy más blanco que tú!"
Y la cuarta flor era un clavel inclinado sobre su tallo y solo en absoluto, no, ¡oh! no el clavel de las terrazas que riegan por la noche las jóvenes, sino un globo incandescente, una partícula del sol que se hunde por Poniente, un pomo de olor encerrando el alma volátil de la pimienta, el propio clavel cuyo hermano fué ofrecido por el rey de los genn a Soleimán para que con él adornara la cabellera de Balkis y prepararse el Elixir de larga vida, el Bálsamo espiritual, el Alcali real y la Triaca.
Y sólo con tocar estas cuatro flores, aunque no fuese más que en imagen, el agua de la pila tenía numerosos estremecimientos de emoción, incluso cuando se callaba el surtidor musical y cesaba la lluvia de diamante. Y como sabían que eran tan hermosas, las cuatro flores se inclinaban sonrientes sobre sus tallos y se miraban con atención.
Y excepto estas cuatro flores que había en aquella pila, nada adornaba aquella sala de mármol blanco y de frescura. Y descansaba allí satisfecha la mirada, sin pedir nada más.
Cuando el califa y su compañero se sentaron en el diván, cubierto con un tapiz de Khorassán, el huésped, tras de nuevos deseos de bienvenida, les invitó a compartir con él la comida, compuesta de cosas exquisitas que acababan de llevar en bandejas de oro los servidores y que colocaban en taburetes de bambú. Y la comida se celebró con la cordialidad de que usan los amigos para con sus amigos, y se animó con la entrada que, a una señal del huésped, hicieron cuatro jóvenes de rostro de luna, que eran la primera una tañedora de laúd, la segunda una tañedora de címbalos, la tercera una cantarina y la cuarta una danzarina. Y en tanto que con la música, el canto y la gracia de los movimientos completaban entre las cuatro la armonía de aquella sala y encantaban el aire, el huésped y sus dos invitados probaban los vinos en las copas y se endulzaban con las frutas cogidas en rama, tan hermosas, que sólo podrían proceder de árboles del Paraíso.
Y el narrador Ibn-Hamdún, aunque estaba habituado a que le tratase suntuosamente su señor, se sintió con el alma tan exaltada por los vinos generosos y por tantas lindezas reunidas, que se volvió hacia el califa con ojos inspirados, y con la copa en la mano recitó un poema que acababa de surgir en él al recuerdo de un joven amigo que poseía:
Y dijo con su hermosa voz rítmica:
¡Oh tú, cuya mejilla está modelada en la rosa silvestre y moldeada como la de un ídolo de la China!
¡Oh jovenzuelo de ojos de azabache, de formas de hurí! ¡abandona tus posturas perezosas, cíñete los riñones y haz reír en la copa este vino color de tulipán nuevo!
Porque hay horas para la prudencia y otras para la locura! ¡Échame de este vino hoy! ¡Pues ya sabes que me gusta la sangre extraída de la garganta de los barriles cuando es pura como tu corazón!
¡Y no me digas que este licor es pérfido! ¿Qué importa la embriaguez a quien nació ebrio? ¡Hoy mis anhelos son complicados al igual de tus bucles!
¡Y no me digas que para los poetas es funesto el vino! ¡Porque mientras sea, como hoy, azul la túnica del cielo y verde el traje de la tierra, querré beber hasta morir!
¡A fin de que los jóvenes de rostro hermoso que vayan a visitar mi tumba, al respirar el olor del vino, victorioso de la tierra, que exhalarán mis cenizas, se sientan ebrios ya por el solo efecto de este olor!
Y acabando de improvisar este poema, el narrador levantó los ojos hacia el califa para sorprender en su rostro el efecto producido por los versos. Pero en vez de la satisfacción que esperaba ver, notó tal expresión de contrariedad y de cólera reconcentrada, que dejó escapar de su mano la copa llena de vino. Y tembló con toda el alma, y se habría creído perdido sin remisión, si no hubiese notado también que el califa no parecía haber oído los versos recitados, y si no le hubiese visto con los ojos extraviados y como distraídos en la solución de un problema insondable. Y se dijo: "¡Por Alah, que hace un instante tenía el rostro satisfecho, y hele aquí ahora negro de contrariedad y tan tempestuoso como no lo he visto nunca! ¡Y sin embargo, por más que estoy acostumbrado a leer sus pensamientos en la expresión de sus facciones y a adivinar sus sentimientos, no sé a qué atribuir esta mudanza súbita! ¡Alah aleje el Maligno y nos preserve de sus maleficios!"
Y mientras él se torturaba de tal suerte el espíritu para llegar a penetrar el motivo de aquella cólera, el califa lanzó de pronto a su huésped una mirada cargada de desconfianza, y contrariando todas las reglas de la hospitalidad, y a despecho de la costumbre que exige que jamás el huésped y el invitado se pregunten sus nombres y cualidades, preguntó al dueño del dominio con voz que intentaba reprimir: "¿Quién eres, ¡oh hombre!?"
El huésped, que al oír esta pregunta había cambiado de color y se sintió en extremo mortificado, no quiso, empero, negarse a contestar, y dijo: "Me llaman generalmente Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani".
Y añadió el califa: "¿Y sabes quién soy?" Y contestó el huésped, más pálido aún: "No, por Alah, que no tengo ese honor, ¡oh mi señor!"
Entonces, advirtiendo cuán penosa se hacía la situación, Ibn-Hamdún se levantó, y dijo al joven: "¡Oh huésped nuestro! estás en presencia del Emir de los Creyentes, el califa Al-Motazid Bi'llah, nieto de Al-Motawakkil Ala'llah".
Al oír estas palabras, el dueño del dominio se levantó a su vez en el límite de la emoción, y besó la tierra: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡por las virtudes de tus generosos antecesores los beneméritos, te conjuro a que perdones a tu esclavo los errores en que sin duda alguna, por inadvertencia, haya podido incurrir para con tu augusta persona, o la falta de cortesía de que haya podido hacerse reo, o la falta de consideraciones, o la falta de generosidad!" Y contestó el califa: "¡Oh hombre! no tengo que reprocharte ninguna falta de ese género. Por el contrario, has dado prueba conmigo de una generosidad que te envidiarían los más munificentes entre los reyes. ¡Y si te he interrogado, por lo visto fué porque una causa muy grande me impulsó a ello de pronto, cuando yo no pensaba más que en darte las gracias por todo lo que de hermoso había visto en tu casa!"
Y dijo el huésped, azorado: "¡Oh mi señor soberano! ¡por favor, no hagas pesar tu cólera sobre tu esclavo sin haberle convencido de su crimen antes!" Y dijo el califa: "¡Al primer golpe de vista he notado ¡oh hombre! que en tu casa todo, desde los muebles hasta las mismas ropas que sobre ti llevas, ostenta el nombre de mi abuelo Al-Motawakkil Ala'llah! ¿Puedes explicarme circunstancia tan extraña? ¿Y no debo pensar en algún saqueo clandestino del palacio de mis santos abuelos? Habla sin reticencias, o te espera la muerte al instante".
Y en lugar de turbarse, el huésped recobró su aire afable y su sonrisa y con su voz más apacible dijo: "Sean contigo las gracias y la protección del Todopoderoso, ¡oh mi señor! ¡Ciertamente, hablaré Sin reticencias pues la verdad es tu ropa interior, la sinceridad tu traje exterior, y en tu presencia nadie podría expresarse de otro modo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/25

Noche 814



Y cuando llegó la 814ª noche

Ella dijo:
... Y el príncipe desanduvo el camino, y llegó con sus jinetes a la puerta de piedra, que hubo de abrirse para dejarles entrar.
Y al verlos volver sobre sus pasos de tal modo, y sin comprender qué motivo les había obligado a ello, la princesa gennia se apresuró a salir al encuentro de su esposo el príncipe Hossein, quien, sin apearse del caballo, le mostró con el dedo a la vieja, que parecía una agonizante, y a quien dos jinetes acababan de dejar en tierra, sosteniéndola por debajo de los brazos, y le dijo: "¡Oh soberana mía! Alah puso en nuestro camino a esta pobre vieja en el estado lamentable en que la ves, y es preciso que le procuremos socorro y asistencia. ¡La recomiendo, pues, a tu compasión, rogándote le prodigues cuantos cuidados juzgues necesarios!" Y la gennia princesa, que tenía fijas en la vieja sus miradas, dió orden a sus mujeres de que la cogieran de manos de los jinetes y la llevaran a un aposento reservado, tratándola con las mismas consideraciones y la misma atención que tendrían para su propia persona. Y cuando se alejaron con la vieja las mujeres, la bella gennia dijo a su esposo, bajando la voz: "¡Alah premie tu compasión, que parte de un corazón generoso! Pero desde ahora puedes estar tranquilo por esa vieja, que no está más enferma que mis ojos, y yo sé la causa que aquí la trae y cuáles son las personas que la han impulsado a ello y lo que se propuso al apostarse en tu camino. ¡Mas no tengas temor por eso, y estate seguro de que, tramen lo que tramen contra ti con intención de mortificarte y de perjudicarte, yo sabré defenderte, haciendo vanas cuantas emboscadas te preparen!" Y abrazándole de nuevo, le dijo: "¡Parte bajo la protección de Alah!" Y el príncipe Hossein, habituado ya a no pedir explicaciones a su esposa la gennia, se despidió de ella y otra vez emprendió su camino hacia la capital de su padre, adonde no tardó en llegar con su séquito. Y el sultán le recibió como de costumbre, sin dejar entrever ante él ni ante sus consejeros los sentimientos que le embargaban.
En cuanto a la vieja hechicera, las dos doncellas de la bella gennia la condujeron, pues, a un hermoso aposento reservado y la ayudaron a acostarse en un lecho con colchones de raso bordado, sábanas de seda fina y mantas de tisú de oro. Y una de ellas le ofreció una taza llena de agua de la Fuente de los Leones, diciéndole: "¡Aquí tienes una taza de agua de la Fuente de los Leones, que cura las enfermedades más tenaces y devuelve la salud a los moribundos!" Y la vieja bebió el contenido de la taza, y unos instantes después exclamó: "¡Qué licor tan admirable! ¡Me siento curada, como si me hubieran sacado con tenazas el mal! ¡Por favor, daos prisa a conducirme a presencia de vuestra ama, con objeto de darle gracias por su bondad y hacerle patente mi gratitud!" Y se levantó acto seguido, fingiendo encontrarse restablecida de un mal que no hubo de sufrir. Y las dos doncellas la llevaron por varios aposentos, a cual más magnífico, hasta la sala en que se hallaba su ama.
Y he aquí que la bella gennia estaba sentada en un trono de oro macizo, enriquecido de pedrerías, y rodeada por muchas de sus damas de honor, que eran todas encantadoras e iban vestidas de manera tan maravillosa como su señora. Y la vieja hechicera, deslumbrada con todo lo que veía, se prosternó a los pies del trono, balbuceando gracias. Y le dijo la gennia: "Me satisface ¡oh buena mujer! que te hayas curado. Y ahora eres libre de permanecer en mi palacio todo el tiempo que quieras. ¡Y mis mujeres van a ponerse a tu disposición para enseñarte mi palacio!" Y la vieja, tras de besar la tierra por segunda vez, se levantó y se dejó guiar por las dos jóvenes, que le enseñaron el palacio con todos sus detalles maravillosos. Y cuando la hicieron recorrerlo por completo, se dijo ella que más valdría retirarse entonces que había visto lo que quería ver. Y expuso este deseo a las dos jóvenes, después de darles las gracias por su amabilidad. Y la hicieron salir por la puerta de piedra, deseándole feliz viaje. Y en cuanto se vió ella en medio de las rocas retrocedió para observar el emplazamiento de la puerta y poder encontrarla; pero como la puerta era invisible para las mujeres de su especie, la buscó en vano; y se vió obligada a volverse sin dar con el camino. Y cuando llegó a presencia del sultán le dió cuenta de todo lo que había hecho, de cuanto había visto y de la imposibilidad en que se hallaba de encontrar la entrada del palacio. Y el sultán, bastante satisfecho con aquellas explicaciones, convocó a sus visires y a sus favoritos y les puso al corriente de la situación, pidiéndoles su opinión.
Y unos le aconsejaron que condenara a muerte al príncipe Hossein, diciéndole que conspiraba contra su trono, y otros opinaron que más valdría apoderarse de él y encerrarle para el resto de sus días. Y el sultán se encaró con la vieja, y le preguntó: "¿Y a ti qué te parece?" Ella dijo: "¡Oh rey del tiempo! me parece que lo mejor sería utilizar las relaciones que tiene tu hijo con esa gennia para pedir y obtener de ella maravillas como las que hay en su palacio. ¡Y si se niega él o se niega ella, sólo entonces habrá que pensar en el procedimiento violento que acaban de indicarte los visires!" Y dijo el rey: "¡No hay inconveniente!" E hizo ir a su hijo, y le dijo: "¡Oh hijo mío! ya que eres más rico y más poderoso que tu padre, ¿podrás traerme, la próxima vez, alguna cosa que me complazca, por ejemplo, una tienda hermosa que me sirva para la caza y para la guerra?" Y el príncipe Hossein contestó como debía, haciendo patente a su padre la alegría que sentiría al poder satisfacerle.
Y cuando estuvo de vuelta junto a su esposa la gennia, le participó el deseo de su padre, y contestó ella: "¡Por Alah! ¡lo que nos pide el sultán es una bagatela!" Y llamó a su tesorera, y le dijo: "Id por el pabellón mayor que haya en mi tesoro! ¡Y decid a vuestro guarda Schaibar que me lo traiga!" Y la tesorera se apresuró a ejecutar la orden. Y volvió unos instantes después acompañada del guarda del tesoro, que era un genni de especie muy particular. En efecto, era de pie y medio de alto, tenía una barba de treinta pies, un bigote espeso y erguido hasta las orejas, y unos ojos como los ojos del cerdo, muy metidos en la cabeza, que era tan gorda como su cuerpo; y llevaba en un hombro una barra de hierro que pesaba cinco veces más que él, y en la otra mano llevaba un paquetito envuelto. Y la gennia le dijo: "¡Oh Schaibar! vas a acompañar en seguida a mi esposo, el príncipe Hossein, a presencia de su padre el sultán. ¡Y harás lo que debas hacer!" Y Schaibar contestó con el oído y la obediencia, y preguntó: "¿Y es preciso también ¡oh mi señora! que lleve el pabellón que tengo en la mano?" Ella dijo: "¡Claro! ¡pero antes lo desenvolverás aquí para que lo vea el príncipe Hossein!" Y Schaibar fué al jardín y desdobló el paquete que llevaba. Y de él salió un pabellón que, completamente desplegado, podría resguardar a todo un ejército, y que tenía la propiedad de agrandarse y achicarse con arreglo a lo que tenía que cubrir. Y tras de enseñarlo, lo volvió a plegar e hizo con él un paquete que cabía en la palma de la mano. Y dijo el príncipe Hossein: "¡Vamos a ver al sultán!"
Y cuando el príncipe Hossein, con Schaibar de espolique, llegó a la capital de su padre, todos los transeúntes corrieron a esconderse en las casas y en las tiendas, cuyas puertas se apresuraron a cerrar, poseídos de espanto a la vista del genni enano, que iba con su barra de hierro al hombro. Y a su llegada a palacio, los porteros, los eunucos y los guardias se pusieron en fuga, lanzando gritos de terror. Y entraron ambos en el palacio y se presentaron al sultán, que estaba rodeado de sus visires y de sus favoritos y charlaba con la vieja hechicera. Y avanzando hasta las gradas del trono, Schaibar esperó a que el príncipe Hossein hubiese saludado a su padre, y dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡te traigo el pabellón!" Y lo desplegó en medio de la sala, y se puso a agrandarlo y a achicarlo, manteniéndose a cierta distancia. Luego blandió de pronto la barra de hierro, y la descargó en la cabeza del gran visir y le mató del golpe. Después mató de la misma manera a los demás visires y a todos los favoritos, que, inmóviles de espanto, no tenían fuerzas ni para levantar un brazo con objeto de defenderse. Y mató más tarde a la vieja hechicera, diciéndole: "¡Para que aprendas a hacerte la agonizante!" Y cuando mató de tal modo a todos los que tenía que matar, volvió a echarse al hombro la barra, y dijo al rey: "¡Les he castigado para que expíen sus malos consejos! En cuanto a ti, ¡oh rey! aunque has sido débil de voluntad, como si pensaste matar o encarcelar al príncipe Hossein fué sólo impulsado por ellos, te indulto de la misma pena. Pero te destituyo de tu realeza. ¡Y si piensa protestar alguno en la ciudad, le mataré! ¡E incluso mataré a toda la ciudad, si se niega a reconocer por rey al príncipe Hossein! ¡Y ahora, baja ya y vete, o te mato!" Y el rey se apresuró a obedecer, y bajando de su trono salió de su palacio y se fué a vivir en soledad con su hijo Alí, sometiéndose a la obediencia del santo derviche.
En cuanto al príncipe Hassán y a su esposa Nurennahar, como no habían intervenido en la conspiración, cuando el príncipe Hossein fué rey les asignó como feudo la provincia más hermosa del reino y mantuvo con ellos las relaciones más cordiales. Y el príncipe Hossein vivió con su esposa, la bella gennia, en medio de delicias y prosperidades. Y dejaron ambos numerosa posteridad, que, a la muerte de ellos, reinó durante años y años. ¡Pero Alah es más sabio!
Y tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló. Y le dijo su hermana Doniazada: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y sabrosas y deleitosas son tus palabras!"
Y Schehrazada sonrió, y dijo: "¿Pues qué es eso comparado con lo que os contaré aún, si el rey me lo permite?" Y el rey Schahriar se dijo: "¿Qué podrá contarme aún que no conozca yo?" Y dijo a Schehrazada: "¡Tienes permiso para ello!"
Y Schehrazada dijo:

HISTORIA DE SARTA-DE-PERLAS

En los anales de los sabios y los libros del pasado se cuenta que el Emir de los Creyentes Al-Motazid Bi'llah, decimosexto califa de la casa de Abbas, nieto de Al-Mota-wakkil, nieto de Harún Al-Raschid, era un príncipe dotado de alma superior, de corazón intrépido y de sentimientos elevados, lleno de distinción y de elegancia, de nobleza y de gracia, de bravura y de gallardía, de majestad y de inteligencia, igualando a los leones en fuerza y en valor, y además, con un ingenio tan fino, que estaba considerado como el poeta más grande de su tiempo. Y en Bagdad, su capital, tenía, para ayudarle a llevar los asuntos de su inmenso imperio, sesenta visires llenos de un celo infatigable, que velaban por los intereses del pueblo con la misma incansable actividad que su señor. Con lo cual no permanecía oculto para él nada de cuanto pasaba en su reino, en los países que extendíanse desde el desierto de Scham hasta los confines del Maghreb, y desde las montañas del Khorassán y el mar occidental hasta los límites profundos de la India y del Afghanistán, ni siquiera el acontecimiento más fútil en apariencia.
Y he aquí que un día en que se paseaba con Ahmad Ibn-Hamdún el narrador, su íntimo y preferido compañero de copa, y el mismo a quien debemos la transmisión oral de tantas hermosas historias y poemas maravillosos de nuestros padres antiguos, llegó ante una morada de apariencia señorial, deliciosamente recatada entre jardines, y cuya armónica arquitectura pregonaba los gustos de su propietario con mucha más delicadeza de lo que hubiese hecho la lengua más elocuente. Porque para quien, como el califa, tenía los ojos sensibles y el alma atenta, aquella morada era la elocuencia misma.
Y estando ambos sentados en el banco de mármol que daba frente a la morada, y mientras descansaban allí de su paseo, respirando la suave brisa que llegaba embalsamada con el alma de los lirios y de los jazmines, vieron aparecer ante ellos, saliendo de lo umbrío del jardín, a dos jóvenes hermosos cual la luna en su decimocuarto día. Y charlaban los tales entre sí, sin advertir la presencia de los dos extranjeros sentados en el banco de mármol. Y uno de ellos decía a su interlocutor: "¡Haga el cielo ¡oh amigo mío! que en este día de esplendor vengan a visitar a nuestro amo huéspedes del azar! ¡Porque le entristece que haya llegado la hora de la comida sin que esté allí nadie para hacerle compañía, cuando, por lo general, tiene siempre a su lado amigos y extranjeros a quienes regala con delicias y a quienes alberga magníficamente!" Y contestó el otro joven: "Cierto que es la primera vez que sucede semejante cosa y se encuentra solo nuestro amo en la sala de los festines. Muy extraño es que, a pesar de la dulzura de este día de primavera, ningún paseante se haya fijado, para descansar, en nuestros jardines, tan hermosos, que de ordinario vienen a visitarlos desde el interior de las provincias.
Al oír estas palabras de los dos jóvenes, Al-Motazid quedó extremadamente asombrado de saber que no sólo existía en su capital un señor de alto rango, cuya morada le era desconocida, sino que aquel señor llevaba una vida tan singular y no le gustaba la soledad en las comidas. Y pensó: "¡Por Alah! ¡A mí, que soy el califa, a menudo me gusta estar a solas conmigo mismo, y moriría en el más breve plazo si tuviese que sentir a perpetuidad una vida extraña al lado de mí! ¡que tan inestimable es a veces la soledad!"
Luego dijo a su fiel comensal: "¡Oh Ibn-Hamdún! ¡oh narrador de lengua de miel! tú, que conoces todas las historias del pasado y nada ignoras de los acontecimientos contemporáneos, ¿sabías de la existencia del hombre propietario de este palacio? ¿Y no te parece que nos urge entablar conocimiento con uno de nuestros súbditos, cuya vida es tan diferente a la vida de los demás hombres, y tan asombrosa de fasto solitario? Y además, ¿no me dará eso ocasión de ejercer con uno de mis súbditos nobles una generosidad que yo quisiera fuese todavía más magnífica que aquella con la cual debe tratar él a sus huéspedes fortuitos?" Y contestó el narrador Ibn-Hamdún: "Sin duda que el Emir de los Creyentes no tendrá que arrepentirse de su visita a este señor desconocido para nosotros. ¡Voy, pues que tal es el deseo de mi señor, a llamar a esos dos encantadores jóvenes y a anunciarles nuestra visita al propietario de ese palacio!" Y se levantó del banco, así como Al-Motazid, que iba disfrazado de mercader, según su costumbre. Y apareció ante los dos buenos mozos, a los cuales dijo: "¡Por Alah sobre vosotros dos! id a prevenir a vuestro amo de que a su puerta hay dos mercaderes extranjeros que solicitan la entrada en su morada y reclaman el honor de presentarse entre sus manos".
Y en cuanto oyeron ambos jóvenes estas palabras, volaron, jubilosos, a la morada, en el umbral de la cual no tardó en aparecer el dueño del dominio en persona, y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/24

Noche 813



Pero cuando llegó la 813ª noche

Ella dijo:
... Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros, al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió, a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido.
Y su esposa la bella gennia le recibió con alegría infinita y con un placer tanto más vivo cuanto que no se esperaba verle a volver tan pronto. Y celebraron juntos aquel regreso feliz, amándose mucho de las maneras más agradables y diversas.
Y a partir de aquel día, nada perdonó la hermosa gennia para hacer a su esposo lo más atractiva posible la estancia en la morada encantada. Y fueron variaciones continuas en el modo de respirar el aire, de pasearse, de comer, de beber, de divertirse, de ver bailar a las bailarinas, de oír cantar a las almeas, de escuchar los instrumentos de armonía, de recitar poesías, de oler el perfume de las rosas, de engalanarse con las flores del jardín, de coger a porfía en las ramas las hermosas frutas maduras y de jugar al incomparable juego de los amantes, que es el juego de ajedrez del lecho, teniendo en cuenta todas las combinaciones sabias de que es susceptible juego tan delicado. Y al cabo de un mes de llevar aquella vida deliciosa, el príncipe Hossein, que ya había puesto a su esposa al corriente de la promesa que hubo de hacer a su padre el sultán, se vió obligado a interrumpir sus placeres y a despedirse de la entristecida gennia. Y equipado y ataviado con más magnificencia que la primera vez, montó en su hermoso caballo y se puso a la cabeza de sus jinetes, los hijos de los genn, para ir a hacer una visita a su padre el sultán.
Y he aquí que, desde que partió la última vez del palacio de su padre, los consejeros favoritos del sultán, que juzgaban del poderío del príncipe Hossein y de sus desconocidas riquezas por las pruebas que de ello había dado él en los tres días que pasó en el palacio, no dejaron, durante su ausencia, de abusar de la libertad que el sultán les concedía para hablarle y del ascendiente que sobre él habían adquirido, para tratar de hacer nacer en su alma sospechas contra su hijo y hacerle creer que el príncipe le hacía sombra. Y le manifestaron que la prudencia más elemental exigía que supiese, por lo menos, en qué lugar se hallaba el retiro de su hijo y de dónde sacaba todo el oro necesario para dispendios como los que había hecho durante su estancia y para el fasto de que alardeaba, únicamente con intención, decían, de humillar a su padre y de demostrar que no tenía necesidad de sus liberalidades ni de su tutela para vivir como un príncipe. Y le dijeron que era muy de temer que se hiciese popular y sublevase a los súbditos fieles contra su soberano para ponerse en lugar suyo.
Pero aunque aquellas palabras dejaron en él alguna duda, el sultán no quiso creer que su hijo Hossein, el preferido, fuese capaz de conspirar contra él, meditando un proyecto tan pérfido como aquél. Y contestó a sus consejeros favoritos: "¡Oh vosotros cuya lengua segrega la duda y la suspicacia! ¿acaso ignoráis que mi hijo Hossein me quiere y que estoy tanto más seguro de su ternura y de su fidelidad cuanto que jamás le he dado motivo para que esté descontento de mí?" Pero el más atendido de los favoritos repuso: "¡Oh rey del tiempo, que Alah te conceda larga vida! Pero ¿supones que el príncipe Hossein ha olvidado tan pronto lo que a él le parece una injusticia de tu parte por lo que concierne a la decisión de la suerte con respecto a la princesa Nurennahar? ¿Y no se te ocurre, aunque de todo se deduce claramente, que el príncipe Hossein no ha tenido el buen acuerdo de aceptar con sumisión el decreto del Destino en vez de imitar el ejemplo de su hermano mayor, quien, antes de rebelarse contra la cosa escrita, ha preferido vestir el hábito del derviche e ir a ponerse bajo la dirección espiritual de un santo jeique versado en el conocimiento del Libro? Y además, ¡oh amo nuestro! ¿no observaste antes que nosotros que, a la llegada del príncipe Hossein, él y sus gentes estaban descansados y sus trajes y los adornos y monturas de sus caballos tenían el mismo brillo que si acabaran de salir de la mano del fabricante? ¿Y no has notado que hasta los caballos tenían el pelo seco y reluciente y no estaban más fatigados que si viniesen de un simple paseo? ¡Pues todo eso ¡oh rey! servirá para probarte que el príncipe Hossein ha establecido su residencia secreta muy cerca de la capital para poder ejecutar a su antojo sus planes perniciosos, y fomentar disturbios en el pueblo, y entregarse a sus propagandas subversivas! ¡Habríamos, pues, faltado a nuestro deber ¡oh gran rey! si no nos hubiésemos impuesto la cruel obligación de despertar tu atención en un asunto tan delicado como importante y grave, a fin de que te decidas a velar por tu propia conservación y por el bien de tus súbditos fieles!"
Cuando el favorito hubo acabado este discurso lleno de malicia y de suspicacia, el sultán dijo: "En verdad que no sé si debo creer o no creer esas cosas sorprendentes. ¡De todos modos, os agradezco vuestra advertencia, y abriré más los ojos en el porvenir!" Y les despidió, sin hacerles ver cuánto se le había impresionado y alarmado el alma con sus palabras. Y con objeto de poder confundirles un día o darles las gracias por su consejo bien intencionado, resolvió vigilar los actos y pasos de su hijo Hossein a su próximo retorno.
Y he aquí que no tardó en llegar el príncipe, cumpliendo su promesa. Y su padre el sultán le recibió con la misma alegría y la misma satisfacción que la primera vez, teniendo mucho cuidado de no participarle las sospechas que despertaron en su espíritu los visires interesados en la perdición del joven. Pero al día siguiente llamó a una vieja, famosa en el palacio por su hechicería y su malicia, y que era capaz de destejer, sin romperlos, los hilos de una tela de araña. Y cuando estuvo ella entre sus manos, le dijo: "¡Oh vieja de bendición! ha llegado el día en que vas a poder probar tu abnegación en interés de tu rey. Sabe, pues, que desde que he vuelto a ver mi hijo Hossein no he podido obtener de él que me diga en qué lugar se ha establecido. Y por no importunarle no he querido hacer valer mi autoridad y obligarle, a pesar suyo, a revelar su secreto. Así es que te he hecho llamar, ¡oh reina de las hechiceras! porque te creo lo bastante hábil para satisfacer mi curiosidad sin que mi hijo ni nadie en el palacio pueda sospecharlo. He de pedirte, pues, que pongas en juego toda tu perspicacia y tu inteligencia, que no tiene igual, para observar a mi hijo desde el momento de su partida, que tendrá lugar mañana por el alba. O quizá sea mejor todavía que vayas hoy mismo, sin pérdida de tiempo, al sitio en que encontró su flecha, cerca de la línea de rocas que limita la llanura por Oriente. ¡Porque allí ha encontrado su Destino al mismo tiempo que su flecha!" Y la vieja hechicera contestó con el oído y la obediencia, y salió para ir a las proximidades de las rocas y ocultarse allí de manera que pudiese verlo todo sin ser vista.
Y he aquí que al día siguiente abandonó el palacio el príncipe Hossein con sus jinetes al despuntar el día, para no llamar la atención de los oficiales y de los transeúntes. Y llegado que fué a la excavación donde estaba la puerta de piedra, desapareció con cuantos le acompañaban. Y la vieja hechicera vió todo aquello y se asombró hasta el límite extremo del asombro.
Y cuando se repuso de su emoción salió de su escondrijo, y fué derecha a la cavidad por donde había visto desaparecer personas y caballos. Pero a pesar de su diligencia, y por más que miró en todas direcciones, yendo y volviendo sobre sus pasos varias veces, no dió con ninguna abertura ni con ninguna entrada. Porque la puerta de piedra, que había sido visible para el príncipe Hossein desde que llegó por primera vez allí, sólo se aparecía a ciertos hombres cuya presencia era agradable a la bella gennia, pero nunca y en ningún caso se aparecía aquella puerta a las mujeres, sobre todo a las viejas feas y horribles a la vista. Y rabiosa por no poder llevar más adelante sus investigaciones, la hechicera no pudo desahogarse de otro modo que lanzando un cuesco, que hizo saltar los guijarros y levantó polvareda. Y con la nariz alargada hasta los pies, volvió al lado del sultán, y le dió cuenta de todo lo que había visto, añadiendo: "¡Oh rey del tiempo! no he perdido la esperanza de ser más afortunada la vez próxima. ¡Y solamente te pido que tengas algo de paciencia y no te informes los medios de que pienso servirme!" Y el sultán, que ya estaba muy satisfecho de aquel primer resultado, contestó a la vieja: "¡Estás en completa libertad de acción! ¡Ve con la protección de Alah, y yo esperaré aquí con paciencia el efecto de tus promesas!" Y para estimularla le dió de regalo un maravilloso diamante, y le dijo: "Acepta esto como prueba de mi satisfacción. ¡Pero sabe que nada es en comparación de lo que pienso recompensarte si obtienes éxito en tu empresa!" Y la vieja besó la tierra entre las manos del rey, y se fué por su camino.
Y he aquí que, un mes después de aquel acontecimiento, salió por la puerta de piedra, como la última vez, el príncipe Hossein con su séquito de veinte jinetes soberbiamente equipados. Y al costear las rocas divisó a una pobre vieja que estaba tendida en el suelo y gemía de una manera lamentable, como una persona aquejada de un mal violento. Y estaba vestida de harapos y lloraba. Y el príncipe Hossein, compadecido, detuvo su caballo, y preguntó dulcemente a la vieja cuál era su mal y qué podía hacer él para aliviarla. Y la vieja artificiosa, que había ido a apostarse allí para conseguir lo que se proponía, contestó, sin levantar la cabeza, con voz entrecortada por gemidos y ahogos: "¡Oh mi caritativo señor! ¡Alah es quien te envía para cavarme la tumba, porque voy a morir! ¡Ah, se me escapa el alma! ¡Oh mi señor! ¡había yo salido de mi pueblo para ir a la ciudad, y en el camino se apoderó de mí una fiebre roja, que me ha dejado sin fuerzas aquí, lejos de todo ser humano, y sin esperanza de que me socorrieran!" Y el príncipe Hossein, que tenía un corazón compasivo, dijo a la vieja: "¡Permite, mi buena tía, que te levanten dos de mis hombres y te lleven al sitio adonde yo mismo voy a volver para que te cuiden!" E hizo seña a dos de sus acompañantes para que incorporaran a la vieja. Y así lo hicieron; y uno de ellos la puso luego a la grupa de su caballo. Y el príncipe desanduvo el camino, y llegó con sus jinetes a la puerta de piedra, que hubo de abrirse para dejarles entrar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/23

Noche 812



Pero cuando llegó la 812ª noche

Ella dijo:
...Y los dos jóvenes esposos se acostaron en el lecho perfumado, y no lo hicieron para dormir, sino para gozar. Y de aquel modo pudo el príncipe Hossein probar y comparar. Y encontró en aquella gennia virgen una excelencia a que jamás se habían aproximado, ni por asomo, las más maravillosas jóvenes hijas de los humanos. Y cuando de nuevo quiso recrearse con sus atractivos incomparables, encontró el sitio tan intacto como si no lo hubieran tocado. Y entonces comprendió que en las hijas de los genn se reconstituía la virginidad indefinidamente. Y se deleitó hasta el límite del deleite con aquel hallazgo. Y cada vez hubo de felicitarse más de su destino, que le había conducido de la mano hacia aquella historia inesperada. Y se pasó aquella noche, y otras muchas noches, y otros días, en las delicias de los predestinados. Y lejos de disminuir su amor con la posesión, lo que ocurría era que aumentaba con los nuevos descubrimientos que sin cesar hacía en su bella gennia princesa, lo mismo en los encantos de su espíritu que en las perfecciones de su persona.
Y he aquí que, al cabo de seis meses de aquella vida dichosa, el príncipe Hossein, que siempre había sentido mucho afecto filial por su padre, pensó que su prolongada ausencia debía tenerle sumido en un dolor sin límites, máxime siendo inexplicable, y experimentó un deseo ardiente de volver a verle. Y se lo confío sin rodeos a su esposa la gennia, que en un principio se alarmó mucho de aquella resolución, pues temía que fuese un pretexto para abandonarla. Pero el príncipe Hossein le había dado y continuaba dándole tantas pruebas de adhesión, y tantas muestras de violenta pasión, y le habló de su anciano padre con tal ternura y tal elocuencia, que no quiso ella oponerse a la expansión filial. Y le dijo abrazándole: "¡Oh bienamado mío! en verdad que, si sólo escuchara a mi corazón, no podría decidirme a verte alejar de nuestras moradas, aunque sólo fuese por un día o por menos tiempo aún. Pero estoy ya tan convencida de tu adhesión a mí, y tengo tanta confianza en la firmeza de tu amor y en la verdad de tus palabras, que no quiero negarte el permiso de ir a ver a tu padre el sultán. ¡Pero es con la condición de que tu ausencia no dure mucho y de que así me lo jures, a fin de tranquilizarme!" Y el príncipe Hossein se echó a los pies de su esposa la gennia para demostrarle cuán lleno de agradecimiento estaba por su bondad para con él, y le dijo: "¡Oh soberana mía! ¡oh dama de la belleza! se todo lo que vale el favor que me otorgas, y por mucho que te diga para darte gracias, ten la seguridad de que pienso más aún. Y por mi cabeza te juro que mi ausencia será de corta duración. Y además, amándote como te amo, ¿crees que podría gastar más tiempo del necesario para ir a ver a mi padre y volver? Tranquiliza, pues, tu alma y refresca tus ojos, porque todo el tiempo estaré pensando en ti y no me sucederá nada desagradable, ¡inschalah!"
Y estas palabras acabaron de calmar la emoción de la encantadora gennia, que contestó, abrazando de nuevo a su esposo: "Parte, pues, ¡oh bienamado mío! bajo la salvaguardia de Alah, y vuelve a mí con buena salud. Pero antes he de rogarte no tomes a mal que te haga algunas indicaciones con respecto a la manera como tienes que portarte en el palacio de tu padre mientras dure tu ausencia de aquí. Y ante todo creo preciso que tengas mucho cuidado de no hablar de nuestro matrimonio a tu padre el sultán o a tus hermanos, ni de mi calidad de hija del rey de los genn, ni del lugar en que habitamos, ni del camino que a él conduce. ¡Diles únicamente a todos que se contenten con saber que eres perfectamente dichoso, que se ven satisfechos todos tus deseos, que no anhelas nada más que vivir en la bienandanza en que vives y que el solo motivo que te lleva a su lado es sencillamente el de hacer cesar las inquietudes que pudieran tener respecto a tu destino!"
Y habiendo hablado así, la gennia dió a su esposo veinte jinetes genn bien armados, bien montados y bien equipados, e hizo que le llevaran un caballo tan hermoso como no lo había en el palacio ni en el reino de su padre. Y cuando todo estuvo dispuesto, el príncipe Hossein se despidió de su esposa la gennia princesa, besándola y renovando la promesa que le había hecho de volver en seguida. Luego se aproximó al hermoso caballo inquieto, le acarició con la mano, le habló al oído, le besó y saltó a la silla con gracia. Y su esposa le vió y le admiró. Y después que se dieron el último adiós, partió él a la cabeza de sus jinetes.
Y como no era largo el camino que conducía a la capital de su padre, el príncipe Hossein no tardó en llegar a la entrada de la ciudad. Y en cuanto le reconoció, el pueblo se alegró mucho de verle, y le recibió con aclamaciones y le acompañó con gritos de júbilo hasta el palacio del sultán. Y su padre, al verle, se sintió muy feliz y le recibió en sus brazos, llorando y lamentando con su ternura paterna el dolor y la aflicción en que hubo de sumirle una ausencia tan larga e inexplicable. Y le dijo: "¡Ah! ¡hijo mío, creí que no iba a tener el consuelo de volver a verte! ¡Porque tenía motivo para temer que, a consecuencia de la decisión de la suerte ventajosa para tu hermano Hassán, te hubieses dejado arrastrar a cualquier acto de desesperación!" Y contestó el príncipe Hossein: "Ciertamente, ¡oh padre mío! fue muy cruel para mí la pérdida de mi prima la princesa Nurennahar, cuya conquista había sido el único objeto de mis deseos. Y el amor es una pasión que no se abandona a voluntad, sobre todo cuando es un sentimiento que nos domina, que nos martiriza y que no nos da tiempo de recurrir a los consejos de la razón. Pero ¡oh padre mío! supongo que no habrás olvidado que al disparar mi flecha, cuando acudí con mis hermanos al concurso del meidán, me sucedió una cosa extraordinaria e inexplicable: a pesar de todas las pesquisas que se hicieron, no pudo encontrarse mi flecha, disparada en una llanura uniforme y despareja. Y he aquí que, vencido de tal modo por el destino adverso, no quise perder tiempo en lamentos sin haber satisfecho por completo mi curiosidad hacia aquella aventura que no comprendía. Y me alejé durante las ceremonias de las bodas de mi hermano, sin que lo advirtiese nadie, y volví yo solo al meidán para ver si encontraba mi flecha. Y me puse a buscarla andando en línea recta, en la dirección que me parecía debió seguir, y mirando por todos lados, acá y allá, a mi derecha y a mi izquierda. Pero fueron inútiles todas mis pesquisas, aunque no me desalenté. Y proseguí mi marcha, siempre fijando los ojos de un lado a otro y tomándome el trabajo de reconocer y examinar la menor cosa que de cerca o de lejos pudiese parecerse a una flecha. Y de aquella manera recorrí una distancia muy larga, y acabé por pensar que no era posible que una flecha, aunque la disparase un brazo mil veces más fuerte que el mío, pudiese llegar tan lejos, y por preguntarme si no habría perdido todo mi buen sentido al mismo tiempo que mi flecha. Y ya me disponía a abandonar la empresa, sobre todo al ver que llegaba a una línea de rocas que tapaban completamente el horizonte, cuando de pronto, al pie mismo de una de aquellas rocas, vi mi propia flecha, no clavada en el suelo por la punta, sino caída a cierta distancia del sitio en que había debido rebotar. Y aquel descubrimiento me sumió en una perplejidad grande en vez de regocijarme. Porque yo no podía imaginarme razonablemente que fuese capaz de lanzar tan lejos una flecha. Y entonces ¡oh padre mío! tuve la explicación de aquel misterio y de cuanto me había acaecido en mi viaje a Samarcanda. Pero es un secreto que no puedo ¡ay! revelarte sin faltar a un juramento. Y todo lo que puedo decirte ¡oh padre mío! es que, desde aquel momento, me olvidé de mi prima, y de mi derrota, y de todas mis tribulaciones, y entré en el camino llano de la dicha. Y comenzó para mí una vida de delicias, que no han sido turbadas más que por el alejamiento en que me encontraba de un padre a quien quiero más que a nada en el mundo, y por el sentimiento que tenía al pensar en lo inquieto que por mi suerte debía estar él. Y entonces creí era mi deber de hijo venir a verte y a tranquilizarte. ¡Y éste es ¡oh padre mío! el único motivo de mi llegada!"
Cuando el sultán hubo oído estas palabras de su hijo, y sólo comprendió por ellas que poseía la felicidad, contestó: "¡Oh hijo mío! ¿qué más podría desear para su hijo un padre afectuoso? Claro que me hubiese gustado mucho más verte disfrutar de esa dicha al lado mío, en mis postreros años, que en un paraje cuya situación y existencia ignoro aún. Pero ¿no puedes decirme, por lo menos, hijo mío, adónde tengo que dirigirme para tener con frecuencia noticias tuyas y no estar en el estado de inquietud en que hubo de sumirme tu ausencia?" Y contestó el príncipe Hossein: "Sabe, para tranquilidad tuya, ¡oh padre mío! que yo mismo tendré cuidado de venir a verte con tanta frecuencia, que hasta temo ser importuno. Pero respecto al paraje en que se puedan tener noticias mías, te suplico que me dispenses de que te lo revele, porque se trata de un misterio de la fe que he jurado y de la promesa que he de mantener". Y sin querer insistir más sobre el particular, el sultán dijo al príncipe Hossein: ¡Oh hijo mío! Alah me libre de penetrar más en el secreto, a pesar tuyo. Cuando quieras puedes regresar a ese lugar de delicias en que habitas. Solamente tengo que pedirte que también a mí, padre tuyo, me hagas una promesa, y es la de volver a verme una vez al mes, sin miedo a importunarme, como dices, ni a molestarme. Pues ¿qué ocupación más grata puede tener un padre amante que la de caldearse el corazón con la proximidad de sus hijos, y refrescarse el alma con su presencia, y alegrarse los ojos con su contemplación?" Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros; al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/22

Noche 811



Pero cuando llegó la 811ª noche

Ella dijo:
... Pero por lo que atañe al príncipe Hossein, cuya flecha habíase perdido en la lejanía, he aquí lo que le aconteció!
Así como su hermano Alí se había abstenido de asistir a las bodas del príncipe Hassán y la princesa Nurennahar, también se abstuvo de tomar parte en ellas. Pero no vistió, como su hermano, el hábito de derviche, y lejos de renunciar a la vida del mundo, resolvió averiguar qué era lo que hubo de privarle de su merecido, y a tal fin se dedicó a la busca de la flecha, que no creía irremediablemente desaparecida. Y mientras en el palacio proseguían las fiestas con motivo de las bodas, salió sin tardanza, a escondidas de su servidumbre, y fué al paraje del meidán en que tuvo lugar la experiencia. Y desde allí echó a andar en línea recta, en la dirección seguida por la flecha, mirando a derecha y a izquierda con atención a cada paso. Y así llegó muy lejos, sin descubrir nada. Pero, en vez de desalentarse, continuó andando más y más, siempre en línea recta, hasta que llegó a una pared de rocas que tapaban completamente el horizonte. Y se dijo que, si la flecha había de encontrarse en alguna parte, no podría estar ya más que allí, puesto que no habría podido clavarse en aquel muro de rocas. Y apenas había él acabado de formular para sí este pensamiento, cuando divisó en tierra, caída con la punta hacia adelante y no clavada en el suelo, la flecha marcada con su nombre, la misma que hubo de lanzar con su propia mano. Y se dijo: "¡Oh prodigio! ¡Ualahi! ni yo ni nadie en el mundo podríamos con nuestro solo esfuerzo disparar tan lejos una flecha. Y el caso es que no solamente ha llegado a esta distancia inaudita, sino que incluso ha debido rebotar con vigor contra la roca, que la ha rechazado con su resistencia. ¡He ahí una cosa extraordinaria! ¿Y quién sabe qué misterio hay en todo esto?"
Y cuando, tras de recoger la flecha, estaba tan pronto contemplándola como mirando la roca en que había rebotado, observó en aquella roca una cavidad tallada en forma de puerta. Y se acercó a ella y vió que, realmente, era una puerta disimulada, sin candado ni cerradura, tallada a golpes en la roca, y que solo se advertía por la ligera separación que la circundaba. Y con un movimiento muy natural en caso semejante, la empujó, sin poder creer que fuera a abrirse con aquella presión. Y se asombró mucho al notar que la puerta cedía bajo su mano y giraba sobre sí misma, lo mismo que si descansase sobre goznes engrasados recientemente. Y sin reflexionar mucho en lo que hacía, entró el joven, con su flecha en la mano, en la galería de pendiente suave a que daba acceso aquella puerta. Pero en cuanto hubo él franqueado el umbral, como movida por su propio esfuerzo, la puerta volvió a girar sobre sí misma y tapó por completo la entrada de la galería. Y el príncipe se encontró sumido en densas tinieblas. Y por más que trató de abrir la puerta otra vez, sólo consiguió lastimarse las manos y romperse las uñas.
Entonces, como ya no podía pensar en salir, y como estaba dotado de un corazón valeroso, no vaciló en aventurarse por las tinieblas siguiendo la pendiente suave de la galería. Y en seguida vió brillar una luz, hacia la cual hubo de dirigirse presuroso; y se encontró en la salida de la galería. Y de pronto se vió bajo el cielo, frente a una llanura verdeante, en medio de la cual se alzaba un magnífico palacio. Y antes de que tuviese tiempo de admirar la arquitectura de aquel palacio, salió de él una dama que avanzó hacia el joven rodeada por un grupo de otras damas, de las cuales, a no dudar, era el ama, a juzgar solamente por su belleza milagrosa y su porte majestuoso. E iba vestida con telas inconsútiles y llevaba sueltos los cabellos, que le caían hasta los pies. Y se adelantó con paso ligero hasta la entrada de la galería, y extendiendo la mano con un gesto lleno de cordialidad, dijo: "Bienvenido seas aquí, ¡oh príncipe Hossein!"
Y el joven príncipe, que se había inclinado profundamente al verla, llegó al límite del asombro cuando oyó llamarle por su nombre a una dama a quien jamás había visto y que vivía en un país del que jamás había oído hablar él, aunque estuviese tan próximo a la capital de su reino. Y como abriera ya la boca para manifestar su sorpresa, la maravillosa joven le dijo: "¡No me interrogues! ¡Yo misma satisfaré tu legítima curiosidad cuando estemos en mi palacio!" Y sonriendo, le cogió de la mano y le condujo por las avenidas a la sala de recepción, que se abría por un pórtico de mármol que daba al jardín. Y le hizo sentarse junto a ella en el sofá que había en medio de aquella sala espléndida. Y tomándole una mano entre las suyas, le dijo: "¡Oh encantador príncipe Hossein! tu sorpresa cesará cuando sepas que te conozco desde que naciste y que te sonreí en tu cuna. Y mi destino está escrito sobre ti. Y yo fui quien hice poner a la venta en Samarcanda la manzana milagrosa que compraste, y en Mischangar la alfombra de plegaria que se llevó tu hermano Alí, y en Schiraz el canuto de marfil que encontró tu hermano Hassán. Y esto debe bastar para hacerte comprender que no ignoro nada de lo que te concierne. Y puesto que mi destino va unido al tuyo, me ha parecido que eras digno de una dicha mayor que la de ser esposo de tu prima Nurennahar. Y por eso hice desaparecer tu flecha y la traje hasta aquí, con objeto de que vinieras tú mismo. ¡Y de ti solo depende ahora dejar escapar la felicidad de entre tus dedos!"
Y tras de pronunciar estas últimas palabras con un tono impregnado de gran ternura, la bella princesa gennia bajó los ojos y se ruborizó mucho. Y su tierna belleza resultó así más exquisita. Y el príncipe Hossein, que sabía bien que su prima Nurennahar no podría ya pertenecerle, al ver cuán superior a ella era la princesa gennia en belleza, en atractivos, en atavíos, en ingenio y en riquezas, al menos según podía él conjeturar por lo que acababa de ver y por la magnificencia del palacio en que se hallaba, no tuvo más que bendiciones para su destino, que le había conducido, como de la mano, hasta aquellos lugares tan próximos y tan ignorados; e inclinándose ante la bella gennia, le dijo: "¡Oh princesa de los genn! ¡oh dama de la belleza! ¡oh soberana! ¡la dicha de ser esclavo de tus ojos y verme encadenado a tus perfecciones, sin méritos por mi parte, es capaz de arrebatar la razón a un ser humano como yo! ¡Ah! ¿cómo es posible que una hija de los genn pueda posar sus miradas en un adamita inferior y preferirle a los reyes invisibles que gobiernan los países del aire y las comarcas subterráneas? ¿Acaso es ¡oh princesa! que estás enfadada con tus padres, y, a consecuencia de un disgusto, has venido a habitar en este palacio en que me recibes sin el consentimiento de tu padre, el rey de los genn, y de tu madre, la reina de los genn, y de tus demás parientes? ¡Y quizá, en ese caso, vaya a ser yo para ti causa de sinsabores y motivo de molestias y fastidios!" Y así diciendo, el príncipe Hossein se inclinó hasta la tierra y besó la orla del traje de la gennia princesa, que le dijo, levantándole y cogiéndole la mano: "Sabe ¡oh príncipe Hossein! que yo soy mi única dueña y que obro siempre a mi antojo, sin sufrir jamás que nadie, entre los genn, se inmiscuya en lo que hago o pienso hacer. ¡Puedes estar tranquilo, a ese respecto, y nada nos sucederá que no sea grato!" Y añadió: "¿Quieres ser mi esposo y amarme mucho?" Y el príncipe Hossein exclamó: "¡Ya Alah! ¿qué si quiero? ¡Pues si daría mi vida entera por pasar un día, no ya como tu esposo, sino como el último de tus esclavos!" Y tras de hablar así, se arrojó a los pies de la bella gennia, que le levantó y dijo: "¡Puesto que así lo quieres, te acepto por esposo y soy tu esposa para en lo sucesivo!" Y añadió: "¡Y ahora, como ya debes tener hambre, vamos a tomar juntos nuestra primera comida!"
Y le condujo a una segunda sala, todavía más espléndida que la primera, iluminada por una infinidad de bujías perfumadas de ámbar, colocadas con una simetría que daba gusto verlas. Y se sentó con él ante una admirable bandeja de oro cargada de manjares de un aspecto regocijante para el corazón. Y se dejó oír en seguida, al son de los instrumentos de armonía, un coro de voces de mujeres que parecía descender del mismo cielo. Y la hermosa gennia se puso a servir con sus propias manos a su reciente esposo, ofreciéndole los trozos más delicados de los manjares, cuyos nombres le iba diciendo. Y al príncipe le parecían exquisitos aquellos manjares de que nunca había oído hablar, así como los vinos, las frutas, los pasteles y las confituras, cosas todas ellas como jamás las había probado en las fiestas y bodas de los seres humanos.
Y cuando se terminó la comida, la bella gennia princesa y su esposo fueron a sentarse en una tercera sala, coronada por una cúpula y más hermosa que la anterior. Y apoyaban la espalda en cojines de seda con flores de diferentes colores, hechos a aguja con una delicadeza maravillosa. Y en seguida entraron en la sala muchas bailarinas, hijas de genn, y bailaron una danza arrebatadora con la ligereza de los pájaros. Y al mismo tiempo se dejaba oír una música invisible, pero presente, que llegaba de arriba. Y continuó la danza hasta que se levantaron la hermosa gennia y su esposo. Y con un ritmo más armonioso, salieron de la sala las bailarinas como una bandada de aves, marchando delante de los recién casados hasta la puerta de la cámara, en que estaba preparado el lecho nupcial. Y se pusieron en hilera para que entrasen ellos, y se retiraron después, dejándoles en libertad de acostarse o de dormir.
Y los dos jóvenes esposos se acostaron en el lecho perfumado, y no lo hicieron para dormir, sino para gozar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/21

Noche 810



Pero cuando llegó la 810ª noche

Ella dijo:
... Y tras de abrazarse con mucha ternura y felicitarse mutuamente por su dichoso arribo, los tres príncipes se sentaron a comer juntos. Y después de la comida tomó la palabra el príncipe Alí, que era el mayor, y dijo: "¡Oh hermanos míos! tenemos por delante toda la vida para contarnos las particularidades de nuestro viaje. ¡Ahora sólo se trata de mostrarnos unos a otros la rareza traída, motivo y fruto de nuestra empresa, a fin de que podamos hacernos justicia de antemano y ver aproximadamente a quien dará la preferencia nuestro padre el sultán con respecto a nuestra prima, la princesa Nurennahar!"
Y se calló por un momento, y añadió: "Por mi parte, como soy vuestro hermano mayor, voy a revelaros mi hallazgo. Sabed, pues, que mi viaje fué a la India marítima, al reino de Bischangar. Y todo lo que he traído es esta alfombra de plegaria sobre la cual me veis sentado, y que es de lana corriente y de una apariencia sin suntuosidad. ¡Pero, merced a esta alfombra, espero conquistar a nuestra prima!" Y contó a sus hermanos toda la historia de la alfombra volante, y sus virtudes, y cómo se había servido de ella para, en un abrir y cerrar de ojos, regresar desde el reino de Bischangar. Y para dar más valor a sus palabras, rogó a sus hermanos que se sentaran con él en la alfombra, y les hizo efectuar por el aire un viaje, que duró lo que un parpadeo, y que en otros vehículos hubiera necesitado meses para llevarlo a cabo. Luego añadió: "¡Ahora supongo que me diréis si lo que habéis traído puede compararse con mi alfombra!" Y cuando hubo acabado de ensalzar de tal suerte el objeto que poseía, se calló.
Y a su vez tomó la palabra el príncipe Hassán, y dijo: "En verdad ¡oh hermano mío! que esta alfombra volante es cosa prodigiosa, y en mi vida la he visto parecida. Pero por muy admirable que sea, ambos convendréis conmigo en que puede haber en el mundo otras cosas dignas de atención; y para daros prueba de ello, aquí tenéis este canuto de marfil, que a primera vista no parece una rareza tan extraordinaria. No obstante, podéis creer que me ha costado lo que me ha costado y que, a pesar de su apariencia modesta, es un objeto de lo más maravilloso. Y no dudaréis en creerme cuando hayáis aplicado un ojo al extremo de este canuto, donde tiene este cristal. ¡Mirad de la manera que voy a enseñaros!"
Y acercó el canuto de marfil a su ojo derecho, cerrando su ojo izquierdo, y diciendo: "¡Oh canuto de marfil, hazme ver en seguida a la princesa Nurennahar!" Y miró a través del cristal. ¡Y sus dos hermanos, que tenían los ojos fijos en él, llegaron al límite del asombro al ver que de repente se le demudaba el semblante y se ponía muy amarillo, como bajo la pesadumbre de una gran aflicción! Y antes de que tuviesen tiempo de interrogarle, exclamó: "¡No hay fuerza ni recurso más que en Alah! ¡Oh hermanos míos! ¡en vano fué que los tres emprendiéramos un viaje tan penoso en espera de la dicha! ¡Ay! dentro de algunos instantes nuestra prima estará sin vida ya, porque acabo de verla en su lecho rodeada por sus mujeres llorosas y por los eunucos desesperados. ¡Vosotros mismos juzgaréis, por cierto, del estado lamentable a que se ve reducida para calamidad nuestra!" Y así diciendo, entregó el canuto de marfil al príncipe Alí, indicándole que formulara mentalmente el anhelo de ver a la princesa. Y el príncipe miró a través del cristal y retrocedió tan afligido como su hermano. Y el príncipe Hossein le quitó de las manos el canuto, y vió el mismo espectáculo entristecedor. Pero, lejos de mostrarse tan afligido como sus hermanos, se echó a reír, y dijo: "¡Oh hermanos míos! ¡refrescad vuestros ojos y calmad vuestra alma, pues, aunque a juzgar por lo que hemos visto, es bastante grave la enfermedad de nuestra prima, no podrá resistir a las propiedades de esta manzana que aquí veis, y cuyo solo aroma resucita a los muertos en el fondo de sus sepulcros!" Y en pocas palabras les contó la historia de la manzana y sus virtudes y los efectos de sus virtudes, y les aseguró que sin duda curaría a su prima.
Al oír estas palabras, exclamó el príncipe Alí: "En ese caso, ¡oh hermano mío! no tenemos más que transportarnos con toda diligencia a nuestro palacio, utilizando para ello mi alfombra. Y experimentarás en nuestra bienamada prima la virtud salvadora de esa manzana".
Y los tres príncipes dieron orden a sus esclavos de que montaran a caballo para reunirse con ellos más tarde, y les despidieron. Luego, sentándose en la alfombra, formularon a su vez el mismo deseo de ser transportados al aposento de la princesa Nurennahar. Y en un abrir y cerrar de ojos encontráronse en medio de la habitación de la princesa sentados en la alfombra.
Así es que, cuando las mujeres y los eunucos de Nurennahar vieron de pronto en la estancia a los tres príncipes, sin comprender cómo habían llegado, se sintieron poseídos de terror y asombro. Y los eunucos les desconocieron en un principio, tomándoles por extranjeros, y ya estaban a punto de arrojarse sobre ellos, cuando volvieron de su error. Y los tres hermanos se levantaron de la alfombra en seguida; y el príncipe Hossein se acercó con presteza al lecho en que yacía Nurennahar en la agonía, y le acercó a las narices la manzana maravillosa. Y la princesa abrió los ojos, movió de un lado a otro la cabeza, mirando con ojos asombrados a las personas que la rodeaban, y se incorporó. Y sonrió a sus primos y les dió a besar su mano, deseándoles la bienvenida, y se informó de su viaje. Y le hicieron presente cuán dichosos eran de haber llegado a tiempo para contribuir a su curación, con ayuda de Alah. Y las mujeres la enteraron de cómo habían llegado los tres hermanos, y de cómo la había vuelto a la vida el príncipe Hossein, haciéndole aspirar el olor de la manzana. Y Nurennahar les dió las gracias a todos, y al príncipe Hossein en particular. Luego, como mandara ella que la vistiesen, sus primos se despidieron, haciendo votos por la larga duración de su vida, y se retiraron. Y dejando a su prima al cuidado de las mujeres, los tres hermanos fueron a echarse a los pies de su padre el sultán, y le presentaron sus respetos. Y el sultán, que ya estaba prevenido por los eunucos de la llegada y de la curación de la princesa, les levantó y les abrazó y se alegró de verles llegar con buena salud. Y tras de dar rienda suelta de aquel modo a su mutuo afecto, los tres príncipes presentaron al sultán la rareza que había traído cada uno de ellos. Y después que le hubieron explicado lo que tenían que explicarle acerca del particular, le suplicaron que diera su opinión y manifestara su preferencia.
Cuando el sultán hubo oído todo lo que sus hijos quisieron decirle para encomiar lo que habían traído, y cuando hubo escuchado sin interrumpirles lo que le contaban con respecto a la curación de su prima, se quedó silencioso por algún tiempo reflexionando profundamente. Tras de lo cual levantó la cabeza, y les dijo: "¡Oh hijos míos! el asunto es muy delicado, y resulta todavía más difícil de resolver que antes de vuestra marcha. Porque por un lado encuentro que las rarezas que me traéis se equiparan con toda justicia, y por otro lado veo que, cada una por su parte, todas han contribuido por igual a la curación de vuestra prima. En efecto, el canuto de marfil fué el primero en descubrir lo que ocurría a la princesa; y la alfombra os transportó a presencia suya con toda diligencia; y la ha curado la manzana. Pero no se habría producido, con asentimiento de Alah, tan maravilloso resultado si hubiese faltado alguna de esas rarezas. Así es que al presente veis a vuestro padre más perplejo aún que antes para hacer su elección. ¡Y vosotros mismos, que estáis dotados del sentido de la justicia, debéis hallaros tan perplejos y fluctuantes como yo me hallo!"
Y habiendo hablado de tal suerte con sabiduría e imparcialidad, el sultán se puso a reflexionar acerca de la situación. Y al cabo de una hora de tiempo exclamó: "¡Oh hijos míos! me queda un solo medio para salir del atolladero. Y voy a indicároslo. Consiste ¡oh hijos míos! en lo siguiente: Como hasta la noche os queda tiempo todavía, coged cada cual un arco y una flecha, y saliendo de la ciudad, id al meidán donde se celebran las justas de caballeros y yo iré con vosotros. ¡Y declaro que daré por esposa la princesa Nurennahar a aquel de vosotros que tire la flecha más lejos!" Y los tres príncipes contestaron con el oído y la obediencia. Y fueron juntos al meidán, seguidos de numerosos oficiales de palacio.
Y como el príncipe Alí era el mayor, cogió su arco y una flecha y tiró el primero; y el príncipe Hassán tiró el segundo, y su flecha fué a caer más lejos que la de su hermano mayor. Y el tercero en tirar fué el príncipe Hossein; pero ninguno de los oficiales apostados de trecho en trecho en un largo recorrido vió caer su flecha, que hendió los aires en línea recta y se perdió en la lejanía. Y corrieron y la buscaron; pero a pesar de todas las pesquisas y de la atención que en ello se puso, no fué posible encontrar la flecha.
Entonces, ante todos sus oficiales reunidos, el sultán dijo a los tres príncipes: "¡Oh hijos míos! ¡ya veis que la suerte está echada! Aunque parezca que tú, ¡oh Hossein ! eres quien llegó más lejos, no eres el vencedor, porque es necesario que se encuentre la flecha para que la victoria se pronuncie evidente y cierta. Y me veo en la obligación de declarar vencedor a mi segundo hijo Hassán, cuya flecha ha caído más lejos que la de su hermano mayor. Así, pues, ¡oh hijo mío Hassán! eres tú, incontestablemente, quien llegará a ser esposo de la hija de su tío, la princesa Nurennahar. ¡Porque ése es tu destino!"
Y habiendo decidido de tal suerte, el sultán dió al punto las órdenes oportunas para los preparativos y las ceremonias de las bodas de su hijo Hassán con la princesa Nurennahar. Y pocos días después se celebraron las nupcias con gran magnificencia. ¡Y he aquí lo referente al príncipe Hassán y a su esposa Nurennahar!
En cuanto al príncipe Alí, no quiso asistir a las ceremonias del matrimonio, y como era muy viva su pasión por su prima y no tenía objeto en lo sucesivo, no pudo resolverse a vivir en palacio, y en sesión pública renunció de buen grado a la sucesión al trono de su padre. Y vistió el hábito de derviche y fué a ponerse bajo la dirección espiritual de un jeique reputado por su santidad, su ciencia y su vida ejemplar en el fondo de la más retirada de las soledades. ¡Y esto es lo referente a él!
¡Pero por lo que atañe al príncipe Hossein, cuya flecha habíase perdido en la lejanía, he aquí lo que le aconteció...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.