2021/11/26

Noche 815



Y cuando llegó la 815ª noche

Ella dijo:
...Y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía. E iba vestido con una túnica de seda de Nischabur, llevaba a los hombros un manto de terciopelo con franjas de oro, y en un dedo ostentaba un anillo de rubíes. Y se adelantó hacia ellos con una sonrisa de bienvenida en los labios y llevándose la mano izquierda al corazón, les dijo: "¡La zalema y la cordialidad para los señores benévolos que nos favorecen con el favor supremo de su llegada!"
Y entraron en la morada, y al ver los visitantes su maravillosa disposición, la creyeron un trozo del propio Paraíso, porque su hermosura interior superaba con mucho a su hermosura externa, y sin duda haría perder al enamorado torturado el recuerdo de su bienamada.
Y en la pila de alabastro de la sala de reunión, donde cantaba un surtidor de diamante, mirábase un jardinillo que era una delicia de frescura y un encanto. Porque aunque el jardín grande circundaba la morada con todas las flores y todas las frondas que adornan la tierra de Alah, y aunque por su esplendor era una locura de vegetación, el jardinillo era una cordura indudablemente. Y las plantas que lo componían eran cuatro flores, sí, sólo eran cuatro flores, en verdad, pero como no las habían contemplado ojos humanos más que en los primeros días de la tierra.
La primera flor era una rosa inclinada sobre el tallo y sola en absoluto, no la de los rosales, sino la rosa original, cuya hermana había florecido en el Edén antes de la bajada furiosa del ángel. Y era una llama de oro rojo encendida por sí misma, un fuego de alegría avivado desde dentro, una aurora magnífica, vivaz, encarnadina, aterciopelada, fresca, virginal, inmaculada, deslumbradora. Y contenía en su corola la púrpura necesaria para la túnica de un rey. En cuanto a su olor hacía entreabrirse en un latido los abanicos del corazón, y decía al alma: "¡Embriágate!", y prestaba alas al cuerpo, diciéndole: ¡ Vuela! "
Y la segunda flor era un tulipán erguido en su tallo y solo en absoluto, no un tulipán de cualquier parterre real, sino el tulipán antiguo, regado con sangre de dragones, aquel cuya especie, abolida, florecía en Iram-de-las-Columnas, y cuyo color decía a la copa de vino añejo: "¡Yo embriago sin que me toquen los labios!", y al tizón inflamado: "¡Yo quemo, pero no me consumo!"
Y la tercera flor era un jacinto erguido en su tallo y solo en absoluto, no el de los jardines, sino el jacinto padre de los lirios, el que tiene un blanco puro, el delicado, el oloroso, el frágil, el cándido jacinto que decía al cisne cuando salía del agua: "¡Soy más blanco que tú!"
Y la cuarta flor era un clavel inclinado sobre su tallo y solo en absoluto, no, ¡oh! no el clavel de las terrazas que riegan por la noche las jóvenes, sino un globo incandescente, una partícula del sol que se hunde por Poniente, un pomo de olor encerrando el alma volátil de la pimienta, el propio clavel cuyo hermano fué ofrecido por el rey de los genn a Soleimán para que con él adornara la cabellera de Balkis y prepararse el Elixir de larga vida, el Bálsamo espiritual, el Alcali real y la Triaca.
Y sólo con tocar estas cuatro flores, aunque no fuese más que en imagen, el agua de la pila tenía numerosos estremecimientos de emoción, incluso cuando se callaba el surtidor musical y cesaba la lluvia de diamante. Y como sabían que eran tan hermosas, las cuatro flores se inclinaban sonrientes sobre sus tallos y se miraban con atención.
Y excepto estas cuatro flores que había en aquella pila, nada adornaba aquella sala de mármol blanco y de frescura. Y descansaba allí satisfecha la mirada, sin pedir nada más.
Cuando el califa y su compañero se sentaron en el diván, cubierto con un tapiz de Khorassán, el huésped, tras de nuevos deseos de bienvenida, les invitó a compartir con él la comida, compuesta de cosas exquisitas que acababan de llevar en bandejas de oro los servidores y que colocaban en taburetes de bambú. Y la comida se celebró con la cordialidad de que usan los amigos para con sus amigos, y se animó con la entrada que, a una señal del huésped, hicieron cuatro jóvenes de rostro de luna, que eran la primera una tañedora de laúd, la segunda una tañedora de címbalos, la tercera una cantarina y la cuarta una danzarina. Y en tanto que con la música, el canto y la gracia de los movimientos completaban entre las cuatro la armonía de aquella sala y encantaban el aire, el huésped y sus dos invitados probaban los vinos en las copas y se endulzaban con las frutas cogidas en rama, tan hermosas, que sólo podrían proceder de árboles del Paraíso.
Y el narrador Ibn-Hamdún, aunque estaba habituado a que le tratase suntuosamente su señor, se sintió con el alma tan exaltada por los vinos generosos y por tantas lindezas reunidas, que se volvió hacia el califa con ojos inspirados, y con la copa en la mano recitó un poema que acababa de surgir en él al recuerdo de un joven amigo que poseía:
Y dijo con su hermosa voz rítmica:
¡Oh tú, cuya mejilla está modelada en la rosa silvestre y moldeada como la de un ídolo de la China!
¡Oh jovenzuelo de ojos de azabache, de formas de hurí! ¡abandona tus posturas perezosas, cíñete los riñones y haz reír en la copa este vino color de tulipán nuevo!
Porque hay horas para la prudencia y otras para la locura! ¡Échame de este vino hoy! ¡Pues ya sabes que me gusta la sangre extraída de la garganta de los barriles cuando es pura como tu corazón!
¡Y no me digas que este licor es pérfido! ¿Qué importa la embriaguez a quien nació ebrio? ¡Hoy mis anhelos son complicados al igual de tus bucles!
¡Y no me digas que para los poetas es funesto el vino! ¡Porque mientras sea, como hoy, azul la túnica del cielo y verde el traje de la tierra, querré beber hasta morir!
¡A fin de que los jóvenes de rostro hermoso que vayan a visitar mi tumba, al respirar el olor del vino, victorioso de la tierra, que exhalarán mis cenizas, se sientan ebrios ya por el solo efecto de este olor!
Y acabando de improvisar este poema, el narrador levantó los ojos hacia el califa para sorprender en su rostro el efecto producido por los versos. Pero en vez de la satisfacción que esperaba ver, notó tal expresión de contrariedad y de cólera reconcentrada, que dejó escapar de su mano la copa llena de vino. Y tembló con toda el alma, y se habría creído perdido sin remisión, si no hubiese notado también que el califa no parecía haber oído los versos recitados, y si no le hubiese visto con los ojos extraviados y como distraídos en la solución de un problema insondable. Y se dijo: "¡Por Alah, que hace un instante tenía el rostro satisfecho, y hele aquí ahora negro de contrariedad y tan tempestuoso como no lo he visto nunca! ¡Y sin embargo, por más que estoy acostumbrado a leer sus pensamientos en la expresión de sus facciones y a adivinar sus sentimientos, no sé a qué atribuir esta mudanza súbita! ¡Alah aleje el Maligno y nos preserve de sus maleficios!"
Y mientras él se torturaba de tal suerte el espíritu para llegar a penetrar el motivo de aquella cólera, el califa lanzó de pronto a su huésped una mirada cargada de desconfianza, y contrariando todas las reglas de la hospitalidad, y a despecho de la costumbre que exige que jamás el huésped y el invitado se pregunten sus nombres y cualidades, preguntó al dueño del dominio con voz que intentaba reprimir: "¿Quién eres, ¡oh hombre!?"
El huésped, que al oír esta pregunta había cambiado de color y se sintió en extremo mortificado, no quiso, empero, negarse a contestar, y dijo: "Me llaman generalmente Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani".
Y añadió el califa: "¿Y sabes quién soy?" Y contestó el huésped, más pálido aún: "No, por Alah, que no tengo ese honor, ¡oh mi señor!"
Entonces, advirtiendo cuán penosa se hacía la situación, Ibn-Hamdún se levantó, y dijo al joven: "¡Oh huésped nuestro! estás en presencia del Emir de los Creyentes, el califa Al-Motazid Bi'llah, nieto de Al-Motawakkil Ala'llah".
Al oír estas palabras, el dueño del dominio se levantó a su vez en el límite de la emoción, y besó la tierra: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡por las virtudes de tus generosos antecesores los beneméritos, te conjuro a que perdones a tu esclavo los errores en que sin duda alguna, por inadvertencia, haya podido incurrir para con tu augusta persona, o la falta de cortesía de que haya podido hacerse reo, o la falta de consideraciones, o la falta de generosidad!" Y contestó el califa: "¡Oh hombre! no tengo que reprocharte ninguna falta de ese género. Por el contrario, has dado prueba conmigo de una generosidad que te envidiarían los más munificentes entre los reyes. ¡Y si te he interrogado, por lo visto fué porque una causa muy grande me impulsó a ello de pronto, cuando yo no pensaba más que en darte las gracias por todo lo que de hermoso había visto en tu casa!"
Y dijo el huésped, azorado: "¡Oh mi señor soberano! ¡por favor, no hagas pesar tu cólera sobre tu esclavo sin haberle convencido de su crimen antes!" Y dijo el califa: "¡Al primer golpe de vista he notado ¡oh hombre! que en tu casa todo, desde los muebles hasta las mismas ropas que sobre ti llevas, ostenta el nombre de mi abuelo Al-Motawakkil Ala'llah! ¿Puedes explicarme circunstancia tan extraña? ¿Y no debo pensar en algún saqueo clandestino del palacio de mis santos abuelos? Habla sin reticencias, o te espera la muerte al instante".
Y en lugar de turbarse, el huésped recobró su aire afable y su sonrisa y con su voz más apacible dijo: "Sean contigo las gracias y la protección del Todopoderoso, ¡oh mi señor! ¡Ciertamente, hablaré Sin reticencias pues la verdad es tu ropa interior, la sinceridad tu traje exterior, y en tu presencia nadie podría expresarse de otro modo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/25

Noche 814



Y cuando llegó la 814ª noche

Ella dijo:
... Y el príncipe desanduvo el camino, y llegó con sus jinetes a la puerta de piedra, que hubo de abrirse para dejarles entrar.
Y al verlos volver sobre sus pasos de tal modo, y sin comprender qué motivo les había obligado a ello, la princesa gennia se apresuró a salir al encuentro de su esposo el príncipe Hossein, quien, sin apearse del caballo, le mostró con el dedo a la vieja, que parecía una agonizante, y a quien dos jinetes acababan de dejar en tierra, sosteniéndola por debajo de los brazos, y le dijo: "¡Oh soberana mía! Alah puso en nuestro camino a esta pobre vieja en el estado lamentable en que la ves, y es preciso que le procuremos socorro y asistencia. ¡La recomiendo, pues, a tu compasión, rogándote le prodigues cuantos cuidados juzgues necesarios!" Y la gennia princesa, que tenía fijas en la vieja sus miradas, dió orden a sus mujeres de que la cogieran de manos de los jinetes y la llevaran a un aposento reservado, tratándola con las mismas consideraciones y la misma atención que tendrían para su propia persona. Y cuando se alejaron con la vieja las mujeres, la bella gennia dijo a su esposo, bajando la voz: "¡Alah premie tu compasión, que parte de un corazón generoso! Pero desde ahora puedes estar tranquilo por esa vieja, que no está más enferma que mis ojos, y yo sé la causa que aquí la trae y cuáles son las personas que la han impulsado a ello y lo que se propuso al apostarse en tu camino. ¡Mas no tengas temor por eso, y estate seguro de que, tramen lo que tramen contra ti con intención de mortificarte y de perjudicarte, yo sabré defenderte, haciendo vanas cuantas emboscadas te preparen!" Y abrazándole de nuevo, le dijo: "¡Parte bajo la protección de Alah!" Y el príncipe Hossein, habituado ya a no pedir explicaciones a su esposa la gennia, se despidió de ella y otra vez emprendió su camino hacia la capital de su padre, adonde no tardó en llegar con su séquito. Y el sultán le recibió como de costumbre, sin dejar entrever ante él ni ante sus consejeros los sentimientos que le embargaban.
En cuanto a la vieja hechicera, las dos doncellas de la bella gennia la condujeron, pues, a un hermoso aposento reservado y la ayudaron a acostarse en un lecho con colchones de raso bordado, sábanas de seda fina y mantas de tisú de oro. Y una de ellas le ofreció una taza llena de agua de la Fuente de los Leones, diciéndole: "¡Aquí tienes una taza de agua de la Fuente de los Leones, que cura las enfermedades más tenaces y devuelve la salud a los moribundos!" Y la vieja bebió el contenido de la taza, y unos instantes después exclamó: "¡Qué licor tan admirable! ¡Me siento curada, como si me hubieran sacado con tenazas el mal! ¡Por favor, daos prisa a conducirme a presencia de vuestra ama, con objeto de darle gracias por su bondad y hacerle patente mi gratitud!" Y se levantó acto seguido, fingiendo encontrarse restablecida de un mal que no hubo de sufrir. Y las dos doncellas la llevaron por varios aposentos, a cual más magnífico, hasta la sala en que se hallaba su ama.
Y he aquí que la bella gennia estaba sentada en un trono de oro macizo, enriquecido de pedrerías, y rodeada por muchas de sus damas de honor, que eran todas encantadoras e iban vestidas de manera tan maravillosa como su señora. Y la vieja hechicera, deslumbrada con todo lo que veía, se prosternó a los pies del trono, balbuceando gracias. Y le dijo la gennia: "Me satisface ¡oh buena mujer! que te hayas curado. Y ahora eres libre de permanecer en mi palacio todo el tiempo que quieras. ¡Y mis mujeres van a ponerse a tu disposición para enseñarte mi palacio!" Y la vieja, tras de besar la tierra por segunda vez, se levantó y se dejó guiar por las dos jóvenes, que le enseñaron el palacio con todos sus detalles maravillosos. Y cuando la hicieron recorrerlo por completo, se dijo ella que más valdría retirarse entonces que había visto lo que quería ver. Y expuso este deseo a las dos jóvenes, después de darles las gracias por su amabilidad. Y la hicieron salir por la puerta de piedra, deseándole feliz viaje. Y en cuanto se vió ella en medio de las rocas retrocedió para observar el emplazamiento de la puerta y poder encontrarla; pero como la puerta era invisible para las mujeres de su especie, la buscó en vano; y se vió obligada a volverse sin dar con el camino. Y cuando llegó a presencia del sultán le dió cuenta de todo lo que había hecho, de cuanto había visto y de la imposibilidad en que se hallaba de encontrar la entrada del palacio. Y el sultán, bastante satisfecho con aquellas explicaciones, convocó a sus visires y a sus favoritos y les puso al corriente de la situación, pidiéndoles su opinión.
Y unos le aconsejaron que condenara a muerte al príncipe Hossein, diciéndole que conspiraba contra su trono, y otros opinaron que más valdría apoderarse de él y encerrarle para el resto de sus días. Y el sultán se encaró con la vieja, y le preguntó: "¿Y a ti qué te parece?" Ella dijo: "¡Oh rey del tiempo! me parece que lo mejor sería utilizar las relaciones que tiene tu hijo con esa gennia para pedir y obtener de ella maravillas como las que hay en su palacio. ¡Y si se niega él o se niega ella, sólo entonces habrá que pensar en el procedimiento violento que acaban de indicarte los visires!" Y dijo el rey: "¡No hay inconveniente!" E hizo ir a su hijo, y le dijo: "¡Oh hijo mío! ya que eres más rico y más poderoso que tu padre, ¿podrás traerme, la próxima vez, alguna cosa que me complazca, por ejemplo, una tienda hermosa que me sirva para la caza y para la guerra?" Y el príncipe Hossein contestó como debía, haciendo patente a su padre la alegría que sentiría al poder satisfacerle.
Y cuando estuvo de vuelta junto a su esposa la gennia, le participó el deseo de su padre, y contestó ella: "¡Por Alah! ¡lo que nos pide el sultán es una bagatela!" Y llamó a su tesorera, y le dijo: "Id por el pabellón mayor que haya en mi tesoro! ¡Y decid a vuestro guarda Schaibar que me lo traiga!" Y la tesorera se apresuró a ejecutar la orden. Y volvió unos instantes después acompañada del guarda del tesoro, que era un genni de especie muy particular. En efecto, era de pie y medio de alto, tenía una barba de treinta pies, un bigote espeso y erguido hasta las orejas, y unos ojos como los ojos del cerdo, muy metidos en la cabeza, que era tan gorda como su cuerpo; y llevaba en un hombro una barra de hierro que pesaba cinco veces más que él, y en la otra mano llevaba un paquetito envuelto. Y la gennia le dijo: "¡Oh Schaibar! vas a acompañar en seguida a mi esposo, el príncipe Hossein, a presencia de su padre el sultán. ¡Y harás lo que debas hacer!" Y Schaibar contestó con el oído y la obediencia, y preguntó: "¿Y es preciso también ¡oh mi señora! que lleve el pabellón que tengo en la mano?" Ella dijo: "¡Claro! ¡pero antes lo desenvolverás aquí para que lo vea el príncipe Hossein!" Y Schaibar fué al jardín y desdobló el paquete que llevaba. Y de él salió un pabellón que, completamente desplegado, podría resguardar a todo un ejército, y que tenía la propiedad de agrandarse y achicarse con arreglo a lo que tenía que cubrir. Y tras de enseñarlo, lo volvió a plegar e hizo con él un paquete que cabía en la palma de la mano. Y dijo el príncipe Hossein: "¡Vamos a ver al sultán!"
Y cuando el príncipe Hossein, con Schaibar de espolique, llegó a la capital de su padre, todos los transeúntes corrieron a esconderse en las casas y en las tiendas, cuyas puertas se apresuraron a cerrar, poseídos de espanto a la vista del genni enano, que iba con su barra de hierro al hombro. Y a su llegada a palacio, los porteros, los eunucos y los guardias se pusieron en fuga, lanzando gritos de terror. Y entraron ambos en el palacio y se presentaron al sultán, que estaba rodeado de sus visires y de sus favoritos y charlaba con la vieja hechicera. Y avanzando hasta las gradas del trono, Schaibar esperó a que el príncipe Hossein hubiese saludado a su padre, y dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡te traigo el pabellón!" Y lo desplegó en medio de la sala, y se puso a agrandarlo y a achicarlo, manteniéndose a cierta distancia. Luego blandió de pronto la barra de hierro, y la descargó en la cabeza del gran visir y le mató del golpe. Después mató de la misma manera a los demás visires y a todos los favoritos, que, inmóviles de espanto, no tenían fuerzas ni para levantar un brazo con objeto de defenderse. Y mató más tarde a la vieja hechicera, diciéndole: "¡Para que aprendas a hacerte la agonizante!" Y cuando mató de tal modo a todos los que tenía que matar, volvió a echarse al hombro la barra, y dijo al rey: "¡Les he castigado para que expíen sus malos consejos! En cuanto a ti, ¡oh rey! aunque has sido débil de voluntad, como si pensaste matar o encarcelar al príncipe Hossein fué sólo impulsado por ellos, te indulto de la misma pena. Pero te destituyo de tu realeza. ¡Y si piensa protestar alguno en la ciudad, le mataré! ¡E incluso mataré a toda la ciudad, si se niega a reconocer por rey al príncipe Hossein! ¡Y ahora, baja ya y vete, o te mato!" Y el rey se apresuró a obedecer, y bajando de su trono salió de su palacio y se fué a vivir en soledad con su hijo Alí, sometiéndose a la obediencia del santo derviche.
En cuanto al príncipe Hassán y a su esposa Nurennahar, como no habían intervenido en la conspiración, cuando el príncipe Hossein fué rey les asignó como feudo la provincia más hermosa del reino y mantuvo con ellos las relaciones más cordiales. Y el príncipe Hossein vivió con su esposa, la bella gennia, en medio de delicias y prosperidades. Y dejaron ambos numerosa posteridad, que, a la muerte de ellos, reinó durante años y años. ¡Pero Alah es más sabio!
Y tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló. Y le dijo su hermana Doniazada: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y sabrosas y deleitosas son tus palabras!"
Y Schehrazada sonrió, y dijo: "¿Pues qué es eso comparado con lo que os contaré aún, si el rey me lo permite?" Y el rey Schahriar se dijo: "¿Qué podrá contarme aún que no conozca yo?" Y dijo a Schehrazada: "¡Tienes permiso para ello!"
Y Schehrazada dijo:

HISTORIA DE SARTA-DE-PERLAS

En los anales de los sabios y los libros del pasado se cuenta que el Emir de los Creyentes Al-Motazid Bi'llah, decimosexto califa de la casa de Abbas, nieto de Al-Mota-wakkil, nieto de Harún Al-Raschid, era un príncipe dotado de alma superior, de corazón intrépido y de sentimientos elevados, lleno de distinción y de elegancia, de nobleza y de gracia, de bravura y de gallardía, de majestad y de inteligencia, igualando a los leones en fuerza y en valor, y además, con un ingenio tan fino, que estaba considerado como el poeta más grande de su tiempo. Y en Bagdad, su capital, tenía, para ayudarle a llevar los asuntos de su inmenso imperio, sesenta visires llenos de un celo infatigable, que velaban por los intereses del pueblo con la misma incansable actividad que su señor. Con lo cual no permanecía oculto para él nada de cuanto pasaba en su reino, en los países que extendíanse desde el desierto de Scham hasta los confines del Maghreb, y desde las montañas del Khorassán y el mar occidental hasta los límites profundos de la India y del Afghanistán, ni siquiera el acontecimiento más fútil en apariencia.
Y he aquí que un día en que se paseaba con Ahmad Ibn-Hamdún el narrador, su íntimo y preferido compañero de copa, y el mismo a quien debemos la transmisión oral de tantas hermosas historias y poemas maravillosos de nuestros padres antiguos, llegó ante una morada de apariencia señorial, deliciosamente recatada entre jardines, y cuya armónica arquitectura pregonaba los gustos de su propietario con mucha más delicadeza de lo que hubiese hecho la lengua más elocuente. Porque para quien, como el califa, tenía los ojos sensibles y el alma atenta, aquella morada era la elocuencia misma.
Y estando ambos sentados en el banco de mármol que daba frente a la morada, y mientras descansaban allí de su paseo, respirando la suave brisa que llegaba embalsamada con el alma de los lirios y de los jazmines, vieron aparecer ante ellos, saliendo de lo umbrío del jardín, a dos jóvenes hermosos cual la luna en su decimocuarto día. Y charlaban los tales entre sí, sin advertir la presencia de los dos extranjeros sentados en el banco de mármol. Y uno de ellos decía a su interlocutor: "¡Haga el cielo ¡oh amigo mío! que en este día de esplendor vengan a visitar a nuestro amo huéspedes del azar! ¡Porque le entristece que haya llegado la hora de la comida sin que esté allí nadie para hacerle compañía, cuando, por lo general, tiene siempre a su lado amigos y extranjeros a quienes regala con delicias y a quienes alberga magníficamente!" Y contestó el otro joven: "Cierto que es la primera vez que sucede semejante cosa y se encuentra solo nuestro amo en la sala de los festines. Muy extraño es que, a pesar de la dulzura de este día de primavera, ningún paseante se haya fijado, para descansar, en nuestros jardines, tan hermosos, que de ordinario vienen a visitarlos desde el interior de las provincias.
Al oír estas palabras de los dos jóvenes, Al-Motazid quedó extremadamente asombrado de saber que no sólo existía en su capital un señor de alto rango, cuya morada le era desconocida, sino que aquel señor llevaba una vida tan singular y no le gustaba la soledad en las comidas. Y pensó: "¡Por Alah! ¡A mí, que soy el califa, a menudo me gusta estar a solas conmigo mismo, y moriría en el más breve plazo si tuviese que sentir a perpetuidad una vida extraña al lado de mí! ¡que tan inestimable es a veces la soledad!"
Luego dijo a su fiel comensal: "¡Oh Ibn-Hamdún! ¡oh narrador de lengua de miel! tú, que conoces todas las historias del pasado y nada ignoras de los acontecimientos contemporáneos, ¿sabías de la existencia del hombre propietario de este palacio? ¿Y no te parece que nos urge entablar conocimiento con uno de nuestros súbditos, cuya vida es tan diferente a la vida de los demás hombres, y tan asombrosa de fasto solitario? Y además, ¿no me dará eso ocasión de ejercer con uno de mis súbditos nobles una generosidad que yo quisiera fuese todavía más magnífica que aquella con la cual debe tratar él a sus huéspedes fortuitos?" Y contestó el narrador Ibn-Hamdún: "Sin duda que el Emir de los Creyentes no tendrá que arrepentirse de su visita a este señor desconocido para nosotros. ¡Voy, pues que tal es el deseo de mi señor, a llamar a esos dos encantadores jóvenes y a anunciarles nuestra visita al propietario de ese palacio!" Y se levantó del banco, así como Al-Motazid, que iba disfrazado de mercader, según su costumbre. Y apareció ante los dos buenos mozos, a los cuales dijo: "¡Por Alah sobre vosotros dos! id a prevenir a vuestro amo de que a su puerta hay dos mercaderes extranjeros que solicitan la entrada en su morada y reclaman el honor de presentarse entre sus manos".
Y en cuanto oyeron ambos jóvenes estas palabras, volaron, jubilosos, a la morada, en el umbral de la cual no tardó en aparecer el dueño del dominio en persona, y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/24

Noche 813



Pero cuando llegó la 813ª noche

Ella dijo:
... Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros, al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió, a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido.
Y su esposa la bella gennia le recibió con alegría infinita y con un placer tanto más vivo cuanto que no se esperaba verle a volver tan pronto. Y celebraron juntos aquel regreso feliz, amándose mucho de las maneras más agradables y diversas.
Y a partir de aquel día, nada perdonó la hermosa gennia para hacer a su esposo lo más atractiva posible la estancia en la morada encantada. Y fueron variaciones continuas en el modo de respirar el aire, de pasearse, de comer, de beber, de divertirse, de ver bailar a las bailarinas, de oír cantar a las almeas, de escuchar los instrumentos de armonía, de recitar poesías, de oler el perfume de las rosas, de engalanarse con las flores del jardín, de coger a porfía en las ramas las hermosas frutas maduras y de jugar al incomparable juego de los amantes, que es el juego de ajedrez del lecho, teniendo en cuenta todas las combinaciones sabias de que es susceptible juego tan delicado. Y al cabo de un mes de llevar aquella vida deliciosa, el príncipe Hossein, que ya había puesto a su esposa al corriente de la promesa que hubo de hacer a su padre el sultán, se vió obligado a interrumpir sus placeres y a despedirse de la entristecida gennia. Y equipado y ataviado con más magnificencia que la primera vez, montó en su hermoso caballo y se puso a la cabeza de sus jinetes, los hijos de los genn, para ir a hacer una visita a su padre el sultán.
Y he aquí que, desde que partió la última vez del palacio de su padre, los consejeros favoritos del sultán, que juzgaban del poderío del príncipe Hossein y de sus desconocidas riquezas por las pruebas que de ello había dado él en los tres días que pasó en el palacio, no dejaron, durante su ausencia, de abusar de la libertad que el sultán les concedía para hablarle y del ascendiente que sobre él habían adquirido, para tratar de hacer nacer en su alma sospechas contra su hijo y hacerle creer que el príncipe le hacía sombra. Y le manifestaron que la prudencia más elemental exigía que supiese, por lo menos, en qué lugar se hallaba el retiro de su hijo y de dónde sacaba todo el oro necesario para dispendios como los que había hecho durante su estancia y para el fasto de que alardeaba, únicamente con intención, decían, de humillar a su padre y de demostrar que no tenía necesidad de sus liberalidades ni de su tutela para vivir como un príncipe. Y le dijeron que era muy de temer que se hiciese popular y sublevase a los súbditos fieles contra su soberano para ponerse en lugar suyo.
Pero aunque aquellas palabras dejaron en él alguna duda, el sultán no quiso creer que su hijo Hossein, el preferido, fuese capaz de conspirar contra él, meditando un proyecto tan pérfido como aquél. Y contestó a sus consejeros favoritos: "¡Oh vosotros cuya lengua segrega la duda y la suspicacia! ¿acaso ignoráis que mi hijo Hossein me quiere y que estoy tanto más seguro de su ternura y de su fidelidad cuanto que jamás le he dado motivo para que esté descontento de mí?" Pero el más atendido de los favoritos repuso: "¡Oh rey del tiempo, que Alah te conceda larga vida! Pero ¿supones que el príncipe Hossein ha olvidado tan pronto lo que a él le parece una injusticia de tu parte por lo que concierne a la decisión de la suerte con respecto a la princesa Nurennahar? ¿Y no se te ocurre, aunque de todo se deduce claramente, que el príncipe Hossein no ha tenido el buen acuerdo de aceptar con sumisión el decreto del Destino en vez de imitar el ejemplo de su hermano mayor, quien, antes de rebelarse contra la cosa escrita, ha preferido vestir el hábito del derviche e ir a ponerse bajo la dirección espiritual de un santo jeique versado en el conocimiento del Libro? Y además, ¡oh amo nuestro! ¿no observaste antes que nosotros que, a la llegada del príncipe Hossein, él y sus gentes estaban descansados y sus trajes y los adornos y monturas de sus caballos tenían el mismo brillo que si acabaran de salir de la mano del fabricante? ¿Y no has notado que hasta los caballos tenían el pelo seco y reluciente y no estaban más fatigados que si viniesen de un simple paseo? ¡Pues todo eso ¡oh rey! servirá para probarte que el príncipe Hossein ha establecido su residencia secreta muy cerca de la capital para poder ejecutar a su antojo sus planes perniciosos, y fomentar disturbios en el pueblo, y entregarse a sus propagandas subversivas! ¡Habríamos, pues, faltado a nuestro deber ¡oh gran rey! si no nos hubiésemos impuesto la cruel obligación de despertar tu atención en un asunto tan delicado como importante y grave, a fin de que te decidas a velar por tu propia conservación y por el bien de tus súbditos fieles!"
Cuando el favorito hubo acabado este discurso lleno de malicia y de suspicacia, el sultán dijo: "En verdad que no sé si debo creer o no creer esas cosas sorprendentes. ¡De todos modos, os agradezco vuestra advertencia, y abriré más los ojos en el porvenir!" Y les despidió, sin hacerles ver cuánto se le había impresionado y alarmado el alma con sus palabras. Y con objeto de poder confundirles un día o darles las gracias por su consejo bien intencionado, resolvió vigilar los actos y pasos de su hijo Hossein a su próximo retorno.
Y he aquí que no tardó en llegar el príncipe, cumpliendo su promesa. Y su padre el sultán le recibió con la misma alegría y la misma satisfacción que la primera vez, teniendo mucho cuidado de no participarle las sospechas que despertaron en su espíritu los visires interesados en la perdición del joven. Pero al día siguiente llamó a una vieja, famosa en el palacio por su hechicería y su malicia, y que era capaz de destejer, sin romperlos, los hilos de una tela de araña. Y cuando estuvo ella entre sus manos, le dijo: "¡Oh vieja de bendición! ha llegado el día en que vas a poder probar tu abnegación en interés de tu rey. Sabe, pues, que desde que he vuelto a ver mi hijo Hossein no he podido obtener de él que me diga en qué lugar se ha establecido. Y por no importunarle no he querido hacer valer mi autoridad y obligarle, a pesar suyo, a revelar su secreto. Así es que te he hecho llamar, ¡oh reina de las hechiceras! porque te creo lo bastante hábil para satisfacer mi curiosidad sin que mi hijo ni nadie en el palacio pueda sospecharlo. He de pedirte, pues, que pongas en juego toda tu perspicacia y tu inteligencia, que no tiene igual, para observar a mi hijo desde el momento de su partida, que tendrá lugar mañana por el alba. O quizá sea mejor todavía que vayas hoy mismo, sin pérdida de tiempo, al sitio en que encontró su flecha, cerca de la línea de rocas que limita la llanura por Oriente. ¡Porque allí ha encontrado su Destino al mismo tiempo que su flecha!" Y la vieja hechicera contestó con el oído y la obediencia, y salió para ir a las proximidades de las rocas y ocultarse allí de manera que pudiese verlo todo sin ser vista.
Y he aquí que al día siguiente abandonó el palacio el príncipe Hossein con sus jinetes al despuntar el día, para no llamar la atención de los oficiales y de los transeúntes. Y llegado que fué a la excavación donde estaba la puerta de piedra, desapareció con cuantos le acompañaban. Y la vieja hechicera vió todo aquello y se asombró hasta el límite extremo del asombro.
Y cuando se repuso de su emoción salió de su escondrijo, y fué derecha a la cavidad por donde había visto desaparecer personas y caballos. Pero a pesar de su diligencia, y por más que miró en todas direcciones, yendo y volviendo sobre sus pasos varias veces, no dió con ninguna abertura ni con ninguna entrada. Porque la puerta de piedra, que había sido visible para el príncipe Hossein desde que llegó por primera vez allí, sólo se aparecía a ciertos hombres cuya presencia era agradable a la bella gennia, pero nunca y en ningún caso se aparecía aquella puerta a las mujeres, sobre todo a las viejas feas y horribles a la vista. Y rabiosa por no poder llevar más adelante sus investigaciones, la hechicera no pudo desahogarse de otro modo que lanzando un cuesco, que hizo saltar los guijarros y levantó polvareda. Y con la nariz alargada hasta los pies, volvió al lado del sultán, y le dió cuenta de todo lo que había visto, añadiendo: "¡Oh rey del tiempo! no he perdido la esperanza de ser más afortunada la vez próxima. ¡Y solamente te pido que tengas algo de paciencia y no te informes los medios de que pienso servirme!" Y el sultán, que ya estaba muy satisfecho de aquel primer resultado, contestó a la vieja: "¡Estás en completa libertad de acción! ¡Ve con la protección de Alah, y yo esperaré aquí con paciencia el efecto de tus promesas!" Y para estimularla le dió de regalo un maravilloso diamante, y le dijo: "Acepta esto como prueba de mi satisfacción. ¡Pero sabe que nada es en comparación de lo que pienso recompensarte si obtienes éxito en tu empresa!" Y la vieja besó la tierra entre las manos del rey, y se fué por su camino.
Y he aquí que, un mes después de aquel acontecimiento, salió por la puerta de piedra, como la última vez, el príncipe Hossein con su séquito de veinte jinetes soberbiamente equipados. Y al costear las rocas divisó a una pobre vieja que estaba tendida en el suelo y gemía de una manera lamentable, como una persona aquejada de un mal violento. Y estaba vestida de harapos y lloraba. Y el príncipe Hossein, compadecido, detuvo su caballo, y preguntó dulcemente a la vieja cuál era su mal y qué podía hacer él para aliviarla. Y la vieja artificiosa, que había ido a apostarse allí para conseguir lo que se proponía, contestó, sin levantar la cabeza, con voz entrecortada por gemidos y ahogos: "¡Oh mi caritativo señor! ¡Alah es quien te envía para cavarme la tumba, porque voy a morir! ¡Ah, se me escapa el alma! ¡Oh mi señor! ¡había yo salido de mi pueblo para ir a la ciudad, y en el camino se apoderó de mí una fiebre roja, que me ha dejado sin fuerzas aquí, lejos de todo ser humano, y sin esperanza de que me socorrieran!" Y el príncipe Hossein, que tenía un corazón compasivo, dijo a la vieja: "¡Permite, mi buena tía, que te levanten dos de mis hombres y te lleven al sitio adonde yo mismo voy a volver para que te cuiden!" E hizo seña a dos de sus acompañantes para que incorporaran a la vieja. Y así lo hicieron; y uno de ellos la puso luego a la grupa de su caballo. Y el príncipe desanduvo el camino, y llegó con sus jinetes a la puerta de piedra, que hubo de abrirse para dejarles entrar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/23

Noche 812



Pero cuando llegó la 812ª noche

Ella dijo:
...Y los dos jóvenes esposos se acostaron en el lecho perfumado, y no lo hicieron para dormir, sino para gozar. Y de aquel modo pudo el príncipe Hossein probar y comparar. Y encontró en aquella gennia virgen una excelencia a que jamás se habían aproximado, ni por asomo, las más maravillosas jóvenes hijas de los humanos. Y cuando de nuevo quiso recrearse con sus atractivos incomparables, encontró el sitio tan intacto como si no lo hubieran tocado. Y entonces comprendió que en las hijas de los genn se reconstituía la virginidad indefinidamente. Y se deleitó hasta el límite del deleite con aquel hallazgo. Y cada vez hubo de felicitarse más de su destino, que le había conducido de la mano hacia aquella historia inesperada. Y se pasó aquella noche, y otras muchas noches, y otros días, en las delicias de los predestinados. Y lejos de disminuir su amor con la posesión, lo que ocurría era que aumentaba con los nuevos descubrimientos que sin cesar hacía en su bella gennia princesa, lo mismo en los encantos de su espíritu que en las perfecciones de su persona.
Y he aquí que, al cabo de seis meses de aquella vida dichosa, el príncipe Hossein, que siempre había sentido mucho afecto filial por su padre, pensó que su prolongada ausencia debía tenerle sumido en un dolor sin límites, máxime siendo inexplicable, y experimentó un deseo ardiente de volver a verle. Y se lo confío sin rodeos a su esposa la gennia, que en un principio se alarmó mucho de aquella resolución, pues temía que fuese un pretexto para abandonarla. Pero el príncipe Hossein le había dado y continuaba dándole tantas pruebas de adhesión, y tantas muestras de violenta pasión, y le habló de su anciano padre con tal ternura y tal elocuencia, que no quiso ella oponerse a la expansión filial. Y le dijo abrazándole: "¡Oh bienamado mío! en verdad que, si sólo escuchara a mi corazón, no podría decidirme a verte alejar de nuestras moradas, aunque sólo fuese por un día o por menos tiempo aún. Pero estoy ya tan convencida de tu adhesión a mí, y tengo tanta confianza en la firmeza de tu amor y en la verdad de tus palabras, que no quiero negarte el permiso de ir a ver a tu padre el sultán. ¡Pero es con la condición de que tu ausencia no dure mucho y de que así me lo jures, a fin de tranquilizarme!" Y el príncipe Hossein se echó a los pies de su esposa la gennia para demostrarle cuán lleno de agradecimiento estaba por su bondad para con él, y le dijo: "¡Oh soberana mía! ¡oh dama de la belleza! se todo lo que vale el favor que me otorgas, y por mucho que te diga para darte gracias, ten la seguridad de que pienso más aún. Y por mi cabeza te juro que mi ausencia será de corta duración. Y además, amándote como te amo, ¿crees que podría gastar más tiempo del necesario para ir a ver a mi padre y volver? Tranquiliza, pues, tu alma y refresca tus ojos, porque todo el tiempo estaré pensando en ti y no me sucederá nada desagradable, ¡inschalah!"
Y estas palabras acabaron de calmar la emoción de la encantadora gennia, que contestó, abrazando de nuevo a su esposo: "Parte, pues, ¡oh bienamado mío! bajo la salvaguardia de Alah, y vuelve a mí con buena salud. Pero antes he de rogarte no tomes a mal que te haga algunas indicaciones con respecto a la manera como tienes que portarte en el palacio de tu padre mientras dure tu ausencia de aquí. Y ante todo creo preciso que tengas mucho cuidado de no hablar de nuestro matrimonio a tu padre el sultán o a tus hermanos, ni de mi calidad de hija del rey de los genn, ni del lugar en que habitamos, ni del camino que a él conduce. ¡Diles únicamente a todos que se contenten con saber que eres perfectamente dichoso, que se ven satisfechos todos tus deseos, que no anhelas nada más que vivir en la bienandanza en que vives y que el solo motivo que te lleva a su lado es sencillamente el de hacer cesar las inquietudes que pudieran tener respecto a tu destino!"
Y habiendo hablado así, la gennia dió a su esposo veinte jinetes genn bien armados, bien montados y bien equipados, e hizo que le llevaran un caballo tan hermoso como no lo había en el palacio ni en el reino de su padre. Y cuando todo estuvo dispuesto, el príncipe Hossein se despidió de su esposa la gennia princesa, besándola y renovando la promesa que le había hecho de volver en seguida. Luego se aproximó al hermoso caballo inquieto, le acarició con la mano, le habló al oído, le besó y saltó a la silla con gracia. Y su esposa le vió y le admiró. Y después que se dieron el último adiós, partió él a la cabeza de sus jinetes.
Y como no era largo el camino que conducía a la capital de su padre, el príncipe Hossein no tardó en llegar a la entrada de la ciudad. Y en cuanto le reconoció, el pueblo se alegró mucho de verle, y le recibió con aclamaciones y le acompañó con gritos de júbilo hasta el palacio del sultán. Y su padre, al verle, se sintió muy feliz y le recibió en sus brazos, llorando y lamentando con su ternura paterna el dolor y la aflicción en que hubo de sumirle una ausencia tan larga e inexplicable. Y le dijo: "¡Ah! ¡hijo mío, creí que no iba a tener el consuelo de volver a verte! ¡Porque tenía motivo para temer que, a consecuencia de la decisión de la suerte ventajosa para tu hermano Hassán, te hubieses dejado arrastrar a cualquier acto de desesperación!" Y contestó el príncipe Hossein: "Ciertamente, ¡oh padre mío! fue muy cruel para mí la pérdida de mi prima la princesa Nurennahar, cuya conquista había sido el único objeto de mis deseos. Y el amor es una pasión que no se abandona a voluntad, sobre todo cuando es un sentimiento que nos domina, que nos martiriza y que no nos da tiempo de recurrir a los consejos de la razón. Pero ¡oh padre mío! supongo que no habrás olvidado que al disparar mi flecha, cuando acudí con mis hermanos al concurso del meidán, me sucedió una cosa extraordinaria e inexplicable: a pesar de todas las pesquisas que se hicieron, no pudo encontrarse mi flecha, disparada en una llanura uniforme y despareja. Y he aquí que, vencido de tal modo por el destino adverso, no quise perder tiempo en lamentos sin haber satisfecho por completo mi curiosidad hacia aquella aventura que no comprendía. Y me alejé durante las ceremonias de las bodas de mi hermano, sin que lo advirtiese nadie, y volví yo solo al meidán para ver si encontraba mi flecha. Y me puse a buscarla andando en línea recta, en la dirección que me parecía debió seguir, y mirando por todos lados, acá y allá, a mi derecha y a mi izquierda. Pero fueron inútiles todas mis pesquisas, aunque no me desalenté. Y proseguí mi marcha, siempre fijando los ojos de un lado a otro y tomándome el trabajo de reconocer y examinar la menor cosa que de cerca o de lejos pudiese parecerse a una flecha. Y de aquella manera recorrí una distancia muy larga, y acabé por pensar que no era posible que una flecha, aunque la disparase un brazo mil veces más fuerte que el mío, pudiese llegar tan lejos, y por preguntarme si no habría perdido todo mi buen sentido al mismo tiempo que mi flecha. Y ya me disponía a abandonar la empresa, sobre todo al ver que llegaba a una línea de rocas que tapaban completamente el horizonte, cuando de pronto, al pie mismo de una de aquellas rocas, vi mi propia flecha, no clavada en el suelo por la punta, sino caída a cierta distancia del sitio en que había debido rebotar. Y aquel descubrimiento me sumió en una perplejidad grande en vez de regocijarme. Porque yo no podía imaginarme razonablemente que fuese capaz de lanzar tan lejos una flecha. Y entonces ¡oh padre mío! tuve la explicación de aquel misterio y de cuanto me había acaecido en mi viaje a Samarcanda. Pero es un secreto que no puedo ¡ay! revelarte sin faltar a un juramento. Y todo lo que puedo decirte ¡oh padre mío! es que, desde aquel momento, me olvidé de mi prima, y de mi derrota, y de todas mis tribulaciones, y entré en el camino llano de la dicha. Y comenzó para mí una vida de delicias, que no han sido turbadas más que por el alejamiento en que me encontraba de un padre a quien quiero más que a nada en el mundo, y por el sentimiento que tenía al pensar en lo inquieto que por mi suerte debía estar él. Y entonces creí era mi deber de hijo venir a verte y a tranquilizarte. ¡Y éste es ¡oh padre mío! el único motivo de mi llegada!"
Cuando el sultán hubo oído estas palabras de su hijo, y sólo comprendió por ellas que poseía la felicidad, contestó: "¡Oh hijo mío! ¿qué más podría desear para su hijo un padre afectuoso? Claro que me hubiese gustado mucho más verte disfrutar de esa dicha al lado mío, en mis postreros años, que en un paraje cuya situación y existencia ignoro aún. Pero ¿no puedes decirme, por lo menos, hijo mío, adónde tengo que dirigirme para tener con frecuencia noticias tuyas y no estar en el estado de inquietud en que hubo de sumirme tu ausencia?" Y contestó el príncipe Hossein: "Sabe, para tranquilidad tuya, ¡oh padre mío! que yo mismo tendré cuidado de venir a verte con tanta frecuencia, que hasta temo ser importuno. Pero respecto al paraje en que se puedan tener noticias mías, te suplico que me dispenses de que te lo revele, porque se trata de un misterio de la fe que he jurado y de la promesa que he de mantener". Y sin querer insistir más sobre el particular, el sultán dijo al príncipe Hossein: ¡Oh hijo mío! Alah me libre de penetrar más en el secreto, a pesar tuyo. Cuando quieras puedes regresar a ese lugar de delicias en que habitas. Solamente tengo que pedirte que también a mí, padre tuyo, me hagas una promesa, y es la de volver a verme una vez al mes, sin miedo a importunarme, como dices, ni a molestarme. Pues ¿qué ocupación más grata puede tener un padre amante que la de caldearse el corazón con la proximidad de sus hijos, y refrescarse el alma con su presencia, y alegrarse los ojos con su contemplación?" Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros; al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/22

Noche 811



Pero cuando llegó la 811ª noche

Ella dijo:
... Pero por lo que atañe al príncipe Hossein, cuya flecha habíase perdido en la lejanía, he aquí lo que le aconteció!
Así como su hermano Alí se había abstenido de asistir a las bodas del príncipe Hassán y la princesa Nurennahar, también se abstuvo de tomar parte en ellas. Pero no vistió, como su hermano, el hábito de derviche, y lejos de renunciar a la vida del mundo, resolvió averiguar qué era lo que hubo de privarle de su merecido, y a tal fin se dedicó a la busca de la flecha, que no creía irremediablemente desaparecida. Y mientras en el palacio proseguían las fiestas con motivo de las bodas, salió sin tardanza, a escondidas de su servidumbre, y fué al paraje del meidán en que tuvo lugar la experiencia. Y desde allí echó a andar en línea recta, en la dirección seguida por la flecha, mirando a derecha y a izquierda con atención a cada paso. Y así llegó muy lejos, sin descubrir nada. Pero, en vez de desalentarse, continuó andando más y más, siempre en línea recta, hasta que llegó a una pared de rocas que tapaban completamente el horizonte. Y se dijo que, si la flecha había de encontrarse en alguna parte, no podría estar ya más que allí, puesto que no habría podido clavarse en aquel muro de rocas. Y apenas había él acabado de formular para sí este pensamiento, cuando divisó en tierra, caída con la punta hacia adelante y no clavada en el suelo, la flecha marcada con su nombre, la misma que hubo de lanzar con su propia mano. Y se dijo: "¡Oh prodigio! ¡Ualahi! ni yo ni nadie en el mundo podríamos con nuestro solo esfuerzo disparar tan lejos una flecha. Y el caso es que no solamente ha llegado a esta distancia inaudita, sino que incluso ha debido rebotar con vigor contra la roca, que la ha rechazado con su resistencia. ¡He ahí una cosa extraordinaria! ¿Y quién sabe qué misterio hay en todo esto?"
Y cuando, tras de recoger la flecha, estaba tan pronto contemplándola como mirando la roca en que había rebotado, observó en aquella roca una cavidad tallada en forma de puerta. Y se acercó a ella y vió que, realmente, era una puerta disimulada, sin candado ni cerradura, tallada a golpes en la roca, y que solo se advertía por la ligera separación que la circundaba. Y con un movimiento muy natural en caso semejante, la empujó, sin poder creer que fuera a abrirse con aquella presión. Y se asombró mucho al notar que la puerta cedía bajo su mano y giraba sobre sí misma, lo mismo que si descansase sobre goznes engrasados recientemente. Y sin reflexionar mucho en lo que hacía, entró el joven, con su flecha en la mano, en la galería de pendiente suave a que daba acceso aquella puerta. Pero en cuanto hubo él franqueado el umbral, como movida por su propio esfuerzo, la puerta volvió a girar sobre sí misma y tapó por completo la entrada de la galería. Y el príncipe se encontró sumido en densas tinieblas. Y por más que trató de abrir la puerta otra vez, sólo consiguió lastimarse las manos y romperse las uñas.
Entonces, como ya no podía pensar en salir, y como estaba dotado de un corazón valeroso, no vaciló en aventurarse por las tinieblas siguiendo la pendiente suave de la galería. Y en seguida vió brillar una luz, hacia la cual hubo de dirigirse presuroso; y se encontró en la salida de la galería. Y de pronto se vió bajo el cielo, frente a una llanura verdeante, en medio de la cual se alzaba un magnífico palacio. Y antes de que tuviese tiempo de admirar la arquitectura de aquel palacio, salió de él una dama que avanzó hacia el joven rodeada por un grupo de otras damas, de las cuales, a no dudar, era el ama, a juzgar solamente por su belleza milagrosa y su porte majestuoso. E iba vestida con telas inconsútiles y llevaba sueltos los cabellos, que le caían hasta los pies. Y se adelantó con paso ligero hasta la entrada de la galería, y extendiendo la mano con un gesto lleno de cordialidad, dijo: "Bienvenido seas aquí, ¡oh príncipe Hossein!"
Y el joven príncipe, que se había inclinado profundamente al verla, llegó al límite del asombro cuando oyó llamarle por su nombre a una dama a quien jamás había visto y que vivía en un país del que jamás había oído hablar él, aunque estuviese tan próximo a la capital de su reino. Y como abriera ya la boca para manifestar su sorpresa, la maravillosa joven le dijo: "¡No me interrogues! ¡Yo misma satisfaré tu legítima curiosidad cuando estemos en mi palacio!" Y sonriendo, le cogió de la mano y le condujo por las avenidas a la sala de recepción, que se abría por un pórtico de mármol que daba al jardín. Y le hizo sentarse junto a ella en el sofá que había en medio de aquella sala espléndida. Y tomándole una mano entre las suyas, le dijo: "¡Oh encantador príncipe Hossein! tu sorpresa cesará cuando sepas que te conozco desde que naciste y que te sonreí en tu cuna. Y mi destino está escrito sobre ti. Y yo fui quien hice poner a la venta en Samarcanda la manzana milagrosa que compraste, y en Mischangar la alfombra de plegaria que se llevó tu hermano Alí, y en Schiraz el canuto de marfil que encontró tu hermano Hassán. Y esto debe bastar para hacerte comprender que no ignoro nada de lo que te concierne. Y puesto que mi destino va unido al tuyo, me ha parecido que eras digno de una dicha mayor que la de ser esposo de tu prima Nurennahar. Y por eso hice desaparecer tu flecha y la traje hasta aquí, con objeto de que vinieras tú mismo. ¡Y de ti solo depende ahora dejar escapar la felicidad de entre tus dedos!"
Y tras de pronunciar estas últimas palabras con un tono impregnado de gran ternura, la bella princesa gennia bajó los ojos y se ruborizó mucho. Y su tierna belleza resultó así más exquisita. Y el príncipe Hossein, que sabía bien que su prima Nurennahar no podría ya pertenecerle, al ver cuán superior a ella era la princesa gennia en belleza, en atractivos, en atavíos, en ingenio y en riquezas, al menos según podía él conjeturar por lo que acababa de ver y por la magnificencia del palacio en que se hallaba, no tuvo más que bendiciones para su destino, que le había conducido, como de la mano, hasta aquellos lugares tan próximos y tan ignorados; e inclinándose ante la bella gennia, le dijo: "¡Oh princesa de los genn! ¡oh dama de la belleza! ¡oh soberana! ¡la dicha de ser esclavo de tus ojos y verme encadenado a tus perfecciones, sin méritos por mi parte, es capaz de arrebatar la razón a un ser humano como yo! ¡Ah! ¿cómo es posible que una hija de los genn pueda posar sus miradas en un adamita inferior y preferirle a los reyes invisibles que gobiernan los países del aire y las comarcas subterráneas? ¿Acaso es ¡oh princesa! que estás enfadada con tus padres, y, a consecuencia de un disgusto, has venido a habitar en este palacio en que me recibes sin el consentimiento de tu padre, el rey de los genn, y de tu madre, la reina de los genn, y de tus demás parientes? ¡Y quizá, en ese caso, vaya a ser yo para ti causa de sinsabores y motivo de molestias y fastidios!" Y así diciendo, el príncipe Hossein se inclinó hasta la tierra y besó la orla del traje de la gennia princesa, que le dijo, levantándole y cogiéndole la mano: "Sabe ¡oh príncipe Hossein! que yo soy mi única dueña y que obro siempre a mi antojo, sin sufrir jamás que nadie, entre los genn, se inmiscuya en lo que hago o pienso hacer. ¡Puedes estar tranquilo, a ese respecto, y nada nos sucederá que no sea grato!" Y añadió: "¿Quieres ser mi esposo y amarme mucho?" Y el príncipe Hossein exclamó: "¡Ya Alah! ¿qué si quiero? ¡Pues si daría mi vida entera por pasar un día, no ya como tu esposo, sino como el último de tus esclavos!" Y tras de hablar así, se arrojó a los pies de la bella gennia, que le levantó y dijo: "¡Puesto que así lo quieres, te acepto por esposo y soy tu esposa para en lo sucesivo!" Y añadió: "¡Y ahora, como ya debes tener hambre, vamos a tomar juntos nuestra primera comida!"
Y le condujo a una segunda sala, todavía más espléndida que la primera, iluminada por una infinidad de bujías perfumadas de ámbar, colocadas con una simetría que daba gusto verlas. Y se sentó con él ante una admirable bandeja de oro cargada de manjares de un aspecto regocijante para el corazón. Y se dejó oír en seguida, al son de los instrumentos de armonía, un coro de voces de mujeres que parecía descender del mismo cielo. Y la hermosa gennia se puso a servir con sus propias manos a su reciente esposo, ofreciéndole los trozos más delicados de los manjares, cuyos nombres le iba diciendo. Y al príncipe le parecían exquisitos aquellos manjares de que nunca había oído hablar, así como los vinos, las frutas, los pasteles y las confituras, cosas todas ellas como jamás las había probado en las fiestas y bodas de los seres humanos.
Y cuando se terminó la comida, la bella gennia princesa y su esposo fueron a sentarse en una tercera sala, coronada por una cúpula y más hermosa que la anterior. Y apoyaban la espalda en cojines de seda con flores de diferentes colores, hechos a aguja con una delicadeza maravillosa. Y en seguida entraron en la sala muchas bailarinas, hijas de genn, y bailaron una danza arrebatadora con la ligereza de los pájaros. Y al mismo tiempo se dejaba oír una música invisible, pero presente, que llegaba de arriba. Y continuó la danza hasta que se levantaron la hermosa gennia y su esposo. Y con un ritmo más armonioso, salieron de la sala las bailarinas como una bandada de aves, marchando delante de los recién casados hasta la puerta de la cámara, en que estaba preparado el lecho nupcial. Y se pusieron en hilera para que entrasen ellos, y se retiraron después, dejándoles en libertad de acostarse o de dormir.
Y los dos jóvenes esposos se acostaron en el lecho perfumado, y no lo hicieron para dormir, sino para gozar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/21

Noche 810



Pero cuando llegó la 810ª noche

Ella dijo:
... Y tras de abrazarse con mucha ternura y felicitarse mutuamente por su dichoso arribo, los tres príncipes se sentaron a comer juntos. Y después de la comida tomó la palabra el príncipe Alí, que era el mayor, y dijo: "¡Oh hermanos míos! tenemos por delante toda la vida para contarnos las particularidades de nuestro viaje. ¡Ahora sólo se trata de mostrarnos unos a otros la rareza traída, motivo y fruto de nuestra empresa, a fin de que podamos hacernos justicia de antemano y ver aproximadamente a quien dará la preferencia nuestro padre el sultán con respecto a nuestra prima, la princesa Nurennahar!"
Y se calló por un momento, y añadió: "Por mi parte, como soy vuestro hermano mayor, voy a revelaros mi hallazgo. Sabed, pues, que mi viaje fué a la India marítima, al reino de Bischangar. Y todo lo que he traído es esta alfombra de plegaria sobre la cual me veis sentado, y que es de lana corriente y de una apariencia sin suntuosidad. ¡Pero, merced a esta alfombra, espero conquistar a nuestra prima!" Y contó a sus hermanos toda la historia de la alfombra volante, y sus virtudes, y cómo se había servido de ella para, en un abrir y cerrar de ojos, regresar desde el reino de Bischangar. Y para dar más valor a sus palabras, rogó a sus hermanos que se sentaran con él en la alfombra, y les hizo efectuar por el aire un viaje, que duró lo que un parpadeo, y que en otros vehículos hubiera necesitado meses para llevarlo a cabo. Luego añadió: "¡Ahora supongo que me diréis si lo que habéis traído puede compararse con mi alfombra!" Y cuando hubo acabado de ensalzar de tal suerte el objeto que poseía, se calló.
Y a su vez tomó la palabra el príncipe Hassán, y dijo: "En verdad ¡oh hermano mío! que esta alfombra volante es cosa prodigiosa, y en mi vida la he visto parecida. Pero por muy admirable que sea, ambos convendréis conmigo en que puede haber en el mundo otras cosas dignas de atención; y para daros prueba de ello, aquí tenéis este canuto de marfil, que a primera vista no parece una rareza tan extraordinaria. No obstante, podéis creer que me ha costado lo que me ha costado y que, a pesar de su apariencia modesta, es un objeto de lo más maravilloso. Y no dudaréis en creerme cuando hayáis aplicado un ojo al extremo de este canuto, donde tiene este cristal. ¡Mirad de la manera que voy a enseñaros!"
Y acercó el canuto de marfil a su ojo derecho, cerrando su ojo izquierdo, y diciendo: "¡Oh canuto de marfil, hazme ver en seguida a la princesa Nurennahar!" Y miró a través del cristal. ¡Y sus dos hermanos, que tenían los ojos fijos en él, llegaron al límite del asombro al ver que de repente se le demudaba el semblante y se ponía muy amarillo, como bajo la pesadumbre de una gran aflicción! Y antes de que tuviesen tiempo de interrogarle, exclamó: "¡No hay fuerza ni recurso más que en Alah! ¡Oh hermanos míos! ¡en vano fué que los tres emprendiéramos un viaje tan penoso en espera de la dicha! ¡Ay! dentro de algunos instantes nuestra prima estará sin vida ya, porque acabo de verla en su lecho rodeada por sus mujeres llorosas y por los eunucos desesperados. ¡Vosotros mismos juzgaréis, por cierto, del estado lamentable a que se ve reducida para calamidad nuestra!" Y así diciendo, entregó el canuto de marfil al príncipe Alí, indicándole que formulara mentalmente el anhelo de ver a la princesa. Y el príncipe miró a través del cristal y retrocedió tan afligido como su hermano. Y el príncipe Hossein le quitó de las manos el canuto, y vió el mismo espectáculo entristecedor. Pero, lejos de mostrarse tan afligido como sus hermanos, se echó a reír, y dijo: "¡Oh hermanos míos! ¡refrescad vuestros ojos y calmad vuestra alma, pues, aunque a juzgar por lo que hemos visto, es bastante grave la enfermedad de nuestra prima, no podrá resistir a las propiedades de esta manzana que aquí veis, y cuyo solo aroma resucita a los muertos en el fondo de sus sepulcros!" Y en pocas palabras les contó la historia de la manzana y sus virtudes y los efectos de sus virtudes, y les aseguró que sin duda curaría a su prima.
Al oír estas palabras, exclamó el príncipe Alí: "En ese caso, ¡oh hermano mío! no tenemos más que transportarnos con toda diligencia a nuestro palacio, utilizando para ello mi alfombra. Y experimentarás en nuestra bienamada prima la virtud salvadora de esa manzana".
Y los tres príncipes dieron orden a sus esclavos de que montaran a caballo para reunirse con ellos más tarde, y les despidieron. Luego, sentándose en la alfombra, formularon a su vez el mismo deseo de ser transportados al aposento de la princesa Nurennahar. Y en un abrir y cerrar de ojos encontráronse en medio de la habitación de la princesa sentados en la alfombra.
Así es que, cuando las mujeres y los eunucos de Nurennahar vieron de pronto en la estancia a los tres príncipes, sin comprender cómo habían llegado, se sintieron poseídos de terror y asombro. Y los eunucos les desconocieron en un principio, tomándoles por extranjeros, y ya estaban a punto de arrojarse sobre ellos, cuando volvieron de su error. Y los tres hermanos se levantaron de la alfombra en seguida; y el príncipe Hossein se acercó con presteza al lecho en que yacía Nurennahar en la agonía, y le acercó a las narices la manzana maravillosa. Y la princesa abrió los ojos, movió de un lado a otro la cabeza, mirando con ojos asombrados a las personas que la rodeaban, y se incorporó. Y sonrió a sus primos y les dió a besar su mano, deseándoles la bienvenida, y se informó de su viaje. Y le hicieron presente cuán dichosos eran de haber llegado a tiempo para contribuir a su curación, con ayuda de Alah. Y las mujeres la enteraron de cómo habían llegado los tres hermanos, y de cómo la había vuelto a la vida el príncipe Hossein, haciéndole aspirar el olor de la manzana. Y Nurennahar les dió las gracias a todos, y al príncipe Hossein en particular. Luego, como mandara ella que la vistiesen, sus primos se despidieron, haciendo votos por la larga duración de su vida, y se retiraron. Y dejando a su prima al cuidado de las mujeres, los tres hermanos fueron a echarse a los pies de su padre el sultán, y le presentaron sus respetos. Y el sultán, que ya estaba prevenido por los eunucos de la llegada y de la curación de la princesa, les levantó y les abrazó y se alegró de verles llegar con buena salud. Y tras de dar rienda suelta de aquel modo a su mutuo afecto, los tres príncipes presentaron al sultán la rareza que había traído cada uno de ellos. Y después que le hubieron explicado lo que tenían que explicarle acerca del particular, le suplicaron que diera su opinión y manifestara su preferencia.
Cuando el sultán hubo oído todo lo que sus hijos quisieron decirle para encomiar lo que habían traído, y cuando hubo escuchado sin interrumpirles lo que le contaban con respecto a la curación de su prima, se quedó silencioso por algún tiempo reflexionando profundamente. Tras de lo cual levantó la cabeza, y les dijo: "¡Oh hijos míos! el asunto es muy delicado, y resulta todavía más difícil de resolver que antes de vuestra marcha. Porque por un lado encuentro que las rarezas que me traéis se equiparan con toda justicia, y por otro lado veo que, cada una por su parte, todas han contribuido por igual a la curación de vuestra prima. En efecto, el canuto de marfil fué el primero en descubrir lo que ocurría a la princesa; y la alfombra os transportó a presencia suya con toda diligencia; y la ha curado la manzana. Pero no se habría producido, con asentimiento de Alah, tan maravilloso resultado si hubiese faltado alguna de esas rarezas. Así es que al presente veis a vuestro padre más perplejo aún que antes para hacer su elección. ¡Y vosotros mismos, que estáis dotados del sentido de la justicia, debéis hallaros tan perplejos y fluctuantes como yo me hallo!"
Y habiendo hablado de tal suerte con sabiduría e imparcialidad, el sultán se puso a reflexionar acerca de la situación. Y al cabo de una hora de tiempo exclamó: "¡Oh hijos míos! me queda un solo medio para salir del atolladero. Y voy a indicároslo. Consiste ¡oh hijos míos! en lo siguiente: Como hasta la noche os queda tiempo todavía, coged cada cual un arco y una flecha, y saliendo de la ciudad, id al meidán donde se celebran las justas de caballeros y yo iré con vosotros. ¡Y declaro que daré por esposa la princesa Nurennahar a aquel de vosotros que tire la flecha más lejos!" Y los tres príncipes contestaron con el oído y la obediencia. Y fueron juntos al meidán, seguidos de numerosos oficiales de palacio.
Y como el príncipe Alí era el mayor, cogió su arco y una flecha y tiró el primero; y el príncipe Hassán tiró el segundo, y su flecha fué a caer más lejos que la de su hermano mayor. Y el tercero en tirar fué el príncipe Hossein; pero ninguno de los oficiales apostados de trecho en trecho en un largo recorrido vió caer su flecha, que hendió los aires en línea recta y se perdió en la lejanía. Y corrieron y la buscaron; pero a pesar de todas las pesquisas y de la atención que en ello se puso, no fué posible encontrar la flecha.
Entonces, ante todos sus oficiales reunidos, el sultán dijo a los tres príncipes: "¡Oh hijos míos! ¡ya veis que la suerte está echada! Aunque parezca que tú, ¡oh Hossein ! eres quien llegó más lejos, no eres el vencedor, porque es necesario que se encuentre la flecha para que la victoria se pronuncie evidente y cierta. Y me veo en la obligación de declarar vencedor a mi segundo hijo Hassán, cuya flecha ha caído más lejos que la de su hermano mayor. Así, pues, ¡oh hijo mío Hassán! eres tú, incontestablemente, quien llegará a ser esposo de la hija de su tío, la princesa Nurennahar. ¡Porque ése es tu destino!"
Y habiendo decidido de tal suerte, el sultán dió al punto las órdenes oportunas para los preparativos y las ceremonias de las bodas de su hijo Hassán con la princesa Nurennahar. Y pocos días después se celebraron las nupcias con gran magnificencia. ¡Y he aquí lo referente al príncipe Hassán y a su esposa Nurennahar!
En cuanto al príncipe Alí, no quiso asistir a las ceremonias del matrimonio, y como era muy viva su pasión por su prima y no tenía objeto en lo sucesivo, no pudo resolverse a vivir en palacio, y en sesión pública renunció de buen grado a la sucesión al trono de su padre. Y vistió el hábito de derviche y fué a ponerse bajo la dirección espiritual de un jeique reputado por su santidad, su ciencia y su vida ejemplar en el fondo de la más retirada de las soledades. ¡Y esto es lo referente a él!
¡Pero por lo que atañe al príncipe Hossein, cuya flecha habíase perdido en la lejanía, he aquí lo que le aconteció...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/20

Noche 809



Y cuando llegó la 809ª noche

Ella dijo:
"... Y aquel hombre, en vez de tener el aspecto ávido y presuroso de los demás pregoneros y corredores, se paseaba con lentitud y gravedad, sosteniendo el canuto de marfil como un rey sostendría el cetro de su imperio, y más majestuosamente aún. Y el príncipe Hassán se dijo: "¡He aquí un corredor que me inspira confianza!" Y ya iba a encararse con él para rogarle que le mostrara el canuto que llevaba de manera tan respetuosa, cuando le oyó gritar, pero con voz impregnada de un gran orgullo y de un énfasis magnífico: "¡Oh compradores! ¡no perderá quien compre! ¡En treinta mil dinares de oro el canuto de marfil! ¡Muerto está quien lo hizo, y nunca más ha de dejarse ver! ¡Aquí tenéis el canuto de marfil! ¡Hace ver lo que hace ver! ¡No perderá quien le compre! ¡Quien quiera ver, puede ver! ¡Hace ver lo que hace ver! ¡Aquí tenéis el canuto de marfil!"
Al oír este pregón, el príncipe Hassán, que ya había dado un paso en dirección al vendedor, retrocedió con asombro, y encarándose con el mercader contra cuya tienda estaba apoyado, le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! dime si ese hombre, que a tan exorbitante precio pregona ese canuto de marfil, tiene sana la razón, o si ha perdido todo buen sentido, o si sólo por broma se conduce así!" Y contestó el dueño de la tienda: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! puedo atestiguarte que ese hombre es el más honrado y el más cuerdo de nuestros subastadores; y a él es a quien los mercaderes utilizan con más frecuencia, a causa de la confianza que les inspira, y porque es el más antiguo en el oficio! ¡Y respondo de su buen sentido, a no ser que lo haya perdido esta mañana; pero no lo creo! ¡Preciso es, pues, que ese canuto valga los treinta mil dinares y aun más para que lo vocee a ese precio! ¡Y los valdrá por algo que no se note! ¡Por lo demás, si quieres, voy a llamarle, y le interrogarás tú mismo! Por tanto, te ruego que subas a sentarte en mi tienda y a descansar un momento".
Y el príncipe Hassán aceptó la oferta, muy de agradecer, del mercader; y en cuanto estuvo sentado el joven, se acercó a la tienda el vendedor, que había sido llamado por su nombre. Y el mercader le dijo:
"¡Oh subastador amigo! el señor mercader que aquí ves está muy asombrado de oírte pregonar en treinta bolsas ese canutito de marfil; y yo mismo estaría igual de asombrado si no te tuviera por un hombre dotado de exacta probidad. ¡Responde, pues, a este señor, a fin de que no siga formando de ti una opinión desventajosa!" Y el vendedor se encaró con el príncipe Hassán, y le dijo: "¡En verdad ¡oh mi señor! que está permitida la duda a quien no ha visto! ¡Pero cuando hayas visto, no dudarás ya! En cuanto al precio del canuto, no es de treinta mil dinares, precio sólo para apertura de la subasta, sino de cuarenta mil. ¡Y tengo orden de no dejarlo en menos, y de no cedérselo más que a quien lo pague al contado!" Y el príncipe Hassán dijo: "¡Quisiera creerte bajo tu palabra ¡oh vendedor! pero aun tengo que saber la causa de que ese canuto merezca tal consideración y por qué singularidad se recomienda a la atención!" Y dijo el vendedor: "¡Has de saber ¡oh mi señor! que, si miras con este canuto por el extremo que está provisto de este cristal, sea cualquiera la cosa que desees ver, quedarás satisfecho al punto, y la verás!" Y dijo el príncipe Hassán: "¡Si es verdad lo que dices, ¡oh vendedor de bendición! no solamente te pagaré el precio que pides, sino mil dinares más de corretaje para ti!" Y añadió: "¡Date prisa a enseñarme por qué extremo debo mirar!" Y el vendedor se lo enseñó. Y el príncipe miró, deseando ver a la princesa Nurennahar. Y de pronto la vió, sentada en la bañera de su hammam, entre las manos de sus esclavas, que procedían a su tocado. Y reía ella, jugueteando con el agua, y se miraba en su espejo. Y al verla tan hermosa y tan próxima a él, el príncipe Hassán, en el límite de la emoción, no pudo menos de lanzar un grito agudo, y estuvo a punto de dejar escapar de su mano el canuto.
Y tras de adquirir así la prueba de que aquel canuto era la cosa más maravillosa que había en el mundo, no vaciló ni un instante en comprarlo, convencido de que jamás encontraría una rareza semejante para llevarla como fruto de su viaje, aunque durara este viaje diez años y tuviese él que recorrer el Universo. E hizo seña al vendedor para que le siguiese. Y después de despedirse del mercader, fué al khan donde se alojaba, e hizo que su esclavo contase al vendedor las cuarenta bolsas, añadiendo otra por el corretaje. Y se convirtió en poseedor del canuto de marfil.
Y cuando el príncipe Hassán hubo hecho esta preciosa adquisición, no dudó de su preponderancia sobre sus hermanos, ni de su victoria ante ellos, ni de la conquista de su prima Nurennahar. Y lleno de alegría, como tenía tiempo sobrado, pensó en dedicarse a estudiar los usos y costumbres de los persas, y a ver las curiosidades de la ciudad de Schiraz. Y se pasó los días paseando, mirando y escuchando. Y como estaba bien dotado de ingenio y tenía un alma sensible, frecuentó el trato de los hombres instruidos y de los poetas, y aprendió de memoria los poemas persas más hermosos. Y sólo entonces fué cuando se decidió a regresar a su país; y aprovechando la salida de la misma caravana, se agregó a los mercaderes que la componían y se puso en camino. Y Alah le escribió la seguridad, y llegó sin contratiempo al khan de los tres caminos, que era el punto de cita. Y se encontró allá con su hermano el príncipe Alí. Y se quedó con él, esperando el regreso de su tercer hermano. ¡Y esto es lo referente a él!
¡En cuanto al príncipe Hossein, que era el más joven de los tres príncipes, te ruego ¡oh rey afortunado! que acerques a mí tu oído, pues he aquí lo que le aconteció!
Después de un largo viaje que nada tuvo de extraordinario verdaderamente, llegó a una ciudad que le dijeron era Samarcanda. Y en efecto, era Samarcanda al-Ajam, la propia ciudad en que ahora reina tu glorioso hermano Schahzamán, ¡oh rey del tiempo! Y al día siguiente al de su llegada el príncipe Hossein se presentó en el zoco, que en la lengua del país se llama Bazar. Y aquel bazar le pareció muy hermoso. Y mientras se paseaba, mirando a todos lados con sus dos ojos, vió de pronto a dos pasos de él un vendedor que tenía en la mano una manzana. Y era tan admirable aquella manzana, roja por un lado y dorada por otro, y gorda como una sandía, que al punto deseó comprarla el príncipe Hossein, y preguntó al que la llevaba: "¿Cuánto vale esta manzana, ¡oh vendedor!?" Y dijo el vendedor: "El precio de tasa ¡oh mi señor! es treinta mil dinares de oro. ¡Pero tengo orden de no cederla más que en cuarenta mil dinares, y al contado!" Y el príncipe Hossein exclamó: "¡Por Alah, ¡oh hombre! que esta manzana es muy hermosa, y jamás la vi igual en mi vida! ¡Pero sin duda quieres burlarte al pedir un precio tan exorbitante!" Y contestó el vendedor: "No, ¡oh mi señor! y por Alah que este precio que pido no es nada en comparación con el valor real de esta manzana. Porque, por muy hermosa y admirable que a la vista sea, nada es eso en comparación con su aroma. Y por muy bueno y delicioso que su aroma sea, nada es en comparación con sus virtudes! ¡Y por muy maravillosas que sean sus virtudes, ¡oh corona de mi cabeza! ¡oh hermoso señor mío! nada son en comparación con los efectos benéficos que reporta a los hombres!" Y dijo el príncipe Hossein: "¡Oh vendedor! ya que así es, date prisa a hacerme aspirar primero su aroma. ¡Y luego me dirás cuáles son sus virtudes y efectos!" Y tendiendo la mano, el vendedor acercó la manzana a la nariz del príncipe, que hubo de aspirarla. Y tan penetrante y tan suave pareciole su aroma, que exclamó: "¡Ya Alah! ¡se me ha pasado todo el cansancio del viaje, y estoy como si acabara de salir del seno de mi madre! ¡Ah! ¡qué inefable aroma!" Y dijo el vendedor: "Pues bien, señor; ya que por ti mismo acabas de experimentar efectos tan inesperados aspirando el aroma de esta manzana, has de saber que la tal manzana no es natural, sino fabricada por la mano del hombre; y no es fruto de un árbol ciego e insensible, sino fruto del estudio y las vigilias de un gran sabio, de un filósofo muy célebre, que se pasó toda la vida haciendo investigaciones y experiencias respecto a las virtudes de las plantas y de los minerales. Y logró la composición de esta manzana, que encierra en si la quintaesencia de todos los cuerpos simples, de todas las plantas útiles y de todos los minerales curativos. En efecto, no hay enfermo, cualquiera que sea la calamidad de que esté afligido, aun cuando se trate de la peste, de la fiebre purpúrea o de la lepra, que no recobre la salud al olerla, aunque esté moribundo. Y tú mismo inclusive acabas de sentir hasta cierto punto su efecto, pues que con su olor se te ha disipado el cansancio del viaje. Pero, para mayor certeza, quiero que con ella cure ante tus ojos un enfermo aquejado de un mal incurable, a fin de que estés seguro de sus virtudes y propiedades, como lo están todos los habitantes de esta ciudad. ¡No tienes, en efecto, más que interrogar a los mercaderes que se han congregado aquí, y la mayoría de entre ellos te dirán que, si están con vida todavía, es únicamente merced a esta manzana que ves!"
Y he aquí que, mientras hablaba así el vendedor, varias personas se habían parado y le habían rodeado, diciendo: "¡Sí, por Alah, que todo eso es verdad! ¡Esa manzana es la reina de las manzanas y el más excelente de los remedios! ¡Y saca de las puertas de la muerte a los enfermos más desesperados!" Y como para confirmar todo lo bien que hablaban de ella, acertó a pasar por allí un pobre hombre ciego y paralítico, a quien un mozo llevaba a hombros en una banasta. Y el vendedor se acercó a él con viveza y le puso la manzana junto a la nariz. Y de repente el enfermo se levantó en la banasta, y saltando como un gato por encima de la cabeza del que le llevaba, echó a correr, abriendo unos ojos como tizones. Y todo el mundo le vió y dió fe de ello.
Entonces, convencido de la eficacia de aquella manzana maravillosa, el príncipe Hossein dijo al vendedor: "¡Oh rostro de buen augurio, te ruego que me sigas a mi khan!" Y le llevó al khan en que se alojaba y le pagó los cuarenta mil dinares, y le dió una bolsa de mil dinares de regalo por el corretaje. Y convertido en poseedor de la manzana maravillosa, esperó con paciencia la salida de alguna caravana para volver a su país. Porque estaba persuadido de que con aquella manzana triunfaría fácilmente de sus dos hermanos y sería esposo de la princesa Nurennahar. Y cuando la caravana estuvo dispuesta, partió de Samarcanda, y después de las fatigas de un largo viaje, llegó en seguridad, con permiso de Alah, al khan de los tres caminos, donde le esperaban sus dos hermanos Alí y Hassán.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/19

Noche 808



Y cuando llegó la 808ª noche

Ella dijo:
"... Verdaderamente, ¡oh vendedor! es preciso ¡por Alah! que, para valer semejante precio, esta alfombra sea admirable por algo que ignoro o que no distingo". Y dijo el vendedor: "¡Tú lo has dicho, señor! ¡Has de saber que, en efecto, esta alfombra está dotada de una virtud invisible que hace que al sentarse en ella sea uno transportado inmediatamente adonde quiera ir, y con tanta rapidez, que se efectúa en menos tiempo del que se tarda en cerrar un ojo y abrir el otro! Y ningún obstáculo es capaz de detenerla en su marcha, porque ante ella se aleja la tempestad, huye la tormenta, se entreabren las montañas y las murallas, y por lo mismo, resultan inútiles y vanos los candados más sólidos. ¡Y tal es ¡oh mi señor! la virtud invisible de esta alfombra de plegaria! "
Y tras de hablar así, sin añadir una palabra más, el vendedor comenzaba a doblar la alfombra como para marcharse, cuando exclamó el príncipe Alí, en el límite de la alegría: "¡Oh vendedor de bendición! ¡si esta alfombra es verdaderamente tan extraordinaria como me dan a entender tus palabras, dispuesto estoy a pagarte no solamente los cuarenta mil dinares de oro que pides, sino otros mil más de regalo para ti por el corretaje! ¡Pero es preciso que vea con mis ojos y toque con mis manos!" Y el vendedor contestó sin inmutarse: "¿Dónde están los cuarenta mil dinares de oro, ¡oh mi señor!? ¿Y dónde están los otros mil que me promete tu generosidad?" Y contestó el príncipe Alí: "¡Están en el khan principal de los mercaderes, donde me alojo con mi esclavo! ¡Y allá iré contigo para contártelos, una vez que haya visto y tocado!" Y contestó el vendedor: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Pero el khan principal de los mercaderes está bastante lejos, y llegaremos más de prisa en esta alfombra que con nuestros pies!" Y encarándose con el dueño de la tienda, le dijo: "¡Con tu permiso!" Y se metió en la trastienda, y extendiendo la alfombra, rogó al príncipe que se sentara en ella. Y sentándose junto a él, le dijo: "¡Oh mi señor! ¡desea mentalmente que se te transporte a tu khan y a tu propio domicilio!" Y el príncipe Alí formuló en su alma el deseo. Y antes de que tuviese tiempo de despedirse del dueño de la tienda, que le había recibido tan finamente, se vió transportado a su propio aposento, sin sacudidas y sin incomodidad, en la misma postura en que estaba, y sin poder darse cuenta de si había surcado los aires o había pasado por debajo de tierra. Y el vendedor continuaba a su lado, sonriente y satisfecho. Y ya había acudido entre sus manos el esclavo para ponerse a sus órdenes.
Al adquirir aquella certeza de la virtud maravillosa de la alfombra, el príncipe Alí dijo a su esclavo: "¡Cuenta al instante a este hombre bendito cuarenta bolsas de mil dinares y ponle en la otra mano una bolsa de mil dinares!" Y el esclavo ejecutó la orden. Y dejando la alfombra al príncipe Alí, le dijo el vendedor: "¡Buena adquisición has hecho, ¡oh mi señor!" Y se fué por su camino.
En cuanto al príncipe Alí, convertido de tal suerte en poseedor de la alfombra encantada, llegó al límite de la satisfacción y de la alegría al pensar que había encontrado una rareza tan extraordinaria no bien llegó a aquella ciudad y a aquel reino de Bischangar. Y exclamó: "¡Maschalah! ¡Alhamdú lillah! ¡He aquí que sin esfuerzo he conseguido lo que me proponía con mi viaje, y ya no dudo de ganar a mis hermanos. ¡Y yo soy quien llegaré a esposo de la hija de mi tío, la princesa Nurennahar! Y además, ¿cuál no será la alegría de mi padre y el asombro de mis hermanos cuando yo les haya hecho comprobar las cosas extraordinarias que puede hacer esta alfombra preciosa? ¡Porque es imposible que mis hermanos, por muy favorable que sea su destino, logren encontrar un objeto que de cerca o de lejos pueda compararse con éste!" Y así pensando, se dijo: "¿Y si partiera en seguida para mi país, ahora que para mí no existen distancias?" Luego, tras de reflexionar, se acordó del plazo de un año que había convenido con sus hermanos, y comprendió que, si partía al instante, corría el riesgo de tener que esperarles mucho tiempo en el khan de los tres caminos, punto de cita. Y se dijo: "Entre espera y espera, prefiero pasar el tiempo aquí y no en el desierto khan de los tres caminos. Voy, pues, a distraerme en este país admirable, y al mismo tiempo a instruirme con lo que conozco". Y desde el día siguiente, reanudó sus visitas a los zocos y sus paseos por la ciudad de Bischangar.
Y de tal suerte pudo admirar las curiosidades verdaderamente singulares de aquel país de la India. Entre otras cosas notables, vió, en efecto, un templo de ídolos todo de bronce, con una cúpula situada sobre una terraza a cincuenta codos de altura, y esculpida y coloreada con tres franjas de pinturas muy animadas y de gusto delicado; y todo el templo estaba adornado con bajos relieves de un trabajo exquisito y con dibujos entrelazados; y se hallaba enclavado en medio de un vasto jardín plantado de rosas y otras flores buenas de oler y de mirar. Pero lo que constituía el atractivo principal de aquel templo de ídolos (¡confundidos y rotos sean!) era una estatua de oro macizo, de la altura de un hombre, que tenía por ojos dos rubíes movibles, y dispuestos con tanto arte, que parecían dos ojos con vida y miraban a quien se ponía delante de ellos, siguiendo todos sus movimientos. Y por la mañana y por la noche los sacerdotes de los ídolos celebraban en el templo las ceremonias de su culto descreído, haciéndolas seguir de juegos, de conciertos de instrumentos, de concursos de mimos, de cantos de almeas, danzas de bailarinas y de festines. Y por cierto que aquellos sacerdotes sólo se alimentaban con las ofrendas que continuamente les llevaba la muchedumbre de peregrinos desde el fondo de los países más distantes.
Y durante su estancia en Bischangar, el príncipe Alí pudo también ser espectador de una gran fiesta que se celebraba en aquel país todos los años, y a la cual asistían los walíes de todas las provincias, los jefes del ejército, los brahmanes, que son los sacerdotes de los ídolos, y los jefes del culto descreído y una muchedumbre innumerable de pueblo. Y toda aquella asamblea se congregaba en una llanura inmensa, dominada por un edificio de altura prodigiosa, que albergaba al rey y a su corte, y estaba sostenido por ochenta columnas y pintado por fuera con paisajes, animales, pájaros, insectos y hasta moscas y mosquitos, y todo al natural. Y junto a este edificio había tres o cuatro estrados de una extensión considerable, en donde se sentaba el pueblo. Y lo singular de todas aquellas construcciones consistía en que eran movibles y se las transformaba por momentos, cambiándolas de fachada y de decorado. Y empezó el espectáculo con un concurso de equilibristas de una ingeniosidad extremada, y con juegos de manos y danzas de fakires. Luego se vieron avanzar en orden de batalla, alineados a poca distancia unos de otros, mil elefantes enjaezados suntuosamente y cargado cada uno con una torre cuadrada de madera dorada, con bailarines y tañedoras de instrumentos en cada torre. Y aquellos elefantes tenían la trompa y las orejas pintadas de bermellón y de cinabrio, los colmillos dorados por completo, y en sus cuerpos había dibujadas, con colores vivos, figuras que ostentaban millares de piernas y de brazos en contorsiones terroríficas o grotescas. Y cuando aquel rebaño formidable llegó ante los espectadores, dos elefantes, que no estaban cargados con torres y que eran los mayores de aquel millar, salieron de las filas y avanzaron hasta el centro del círculo que formaban los estrados. Y uno de ellos, al son de los instrumentos, se puso a bailar, sosteniéndose de pie sobre sus patas traseras unas veces y sobre las delanteras otras. Luego trepó con agilidad hasta la parte alta de un poste clavado en tierra perpendicularmente, y agarrándose al extremo con las cuatro patas a la vez, se puso a batir el aire con su trompa y a estirar las orejas y a mover la cabeza en todos sentidos al compás de los instrumentos, mientras el otro elefante se balanceaba agarrado al extremo de otro colocado horizontalmente por en medio sobre un soporte y con una piedra de un tamaño prodigioso sujeta al otro extremo para servir de contrapeso al animal, que subía y bajaba marcando con la cabeza la cadencia de la música.
Y el príncipe Alí quedó maravillado de todo aquello y de otras muchas cosas también. Así es que se dedicó a estudiar con interés creciente las costumbres de aquellos indios, tan distintos a la gente de su país, y continuó paseando y visitando a los mercaderes y a los notables del reino. Pero, como estaba atormentado de continuo por su amor a su prima Nurennahar, aunque no había transcurrido el año, no pudo permanecer alejado de su país por más tiempo y resolvió abandonar la India para acercarse al objeto de sus pensamientos, persuadido de que sería más feliz al no sentirse separado de ella por una distancia tan grande. Y cuando su esclavo se hubo arreglado con el portero sobre el precio de la vivienda, se sentó con él en la alfombra encantada y se recogió en sí mismo deseando con vehemencia ser transportado al khan de los tres caminos. Y como abriera los ojos, que hubo de cerrar por un instante para abstraerse, advirtió que había llegado al khan consabido. Y se levantó de la alfombra y entró en el khan con sus ropas de mercader, y se dispuso a esperar allí tranquilamente el regreso de sus hermanos. ¡Y esto es lo referente a él!
¡En cuanto al príncipe Hassán, segundo de los tres hermanos, he aquí lo que le aconteció!
No bien se puso en camino, se encontró con una caravana que iba a Persia. Y se agregó a aquella caravana, y después de un viaje por llanuras y montañas, desiertos y praderas, llegó con ella a la capital del reino de Persia, que era la ciudad de Schiraz. Y por indicación de los mercaderes de la caravana, con los cuales había entablado amistad, fué a parar al khan principal de la ciudad. Y al día siguiente al de su llegada, en tanto que sus antiguos compañeros de viaje abrían los fardos e instalaban sus mercancías, él se apresuró a salir para ver lo que hubiese de ver. Y se hizo conducir al zoco, que en aquel país se llamaba Bazistán, maravillándose de la prodigiosa cantidad de cosas hermosas que descubría en las tiendas. Y por doquiera veía corredores y pregoneros que iban y venían en todos sentidos desenrollando hermosas piezas de seda, alfombras hermosas y otras cosas buenas que vendían en subasta.
Y he aquí que el príncipe Hassán vió, entre todos aquellos hombres tan atareados, a uno que tenía en la mano un canuto de marfil de una longitud de un pie y un dedo de grueso. Y aquel hombre, en vez de tener el aspecto ávido y presuroso de los demás pregoneros y corredores, se paseaba con lentitud y gravedad sosteniendo el canuto de marfil como un rey sostendría el cetro de su imperio, y más majestuosamente aún...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

2021/11/18

Noche 807



Pero cuando llegó la 807ª noche

La pequeña Doniazada dijo a su hermana: "¡Oh hermana mía! ¡date prisa a empezar la historia prometida, ya que te lo permite nuestro señor, este rey dotado de buenas maneras!" Y dijo Schehrazada: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a este rey bien educado!"
Y contó:

HISTORIA DE LA PRINCESA NURENNAHAR Y DE LA BELLA GENNIA

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos había un rey valeroso y poderoso, que fué dotado por Alah el Generoso con tres hijos como lunas y que se llamaban: el mayor, Alí; el segundo Hassán, y el pequeño, Hossein. Y estos tres príncipes se educaron en el palacio de su padre con la hija de su tío, la princesa Nurennahar, que era huérfana de padre y madre, y que no tenía par en belleza, en ingenio, en encantos y en perfecciones entre las hijas de los hombres, pues por los ojos era comparable a la gacela asustada; por la boca a las corolas de las rosa y a las perlas; por las mejillas a los narcisos y a las anémonas, y por el talle a la flexible rama del árbol ban. Y creció con los tres jóvenes príncipes, hijos de su tío, entre alegrías y felicidades, jugando con ellos, comiendo con ellos y durmiendo con ellos.
Y el sultán, tío de Nurennahar, tuvo siempre pensado dársela en matrimonio a algún hijo del rey, entre sus vecinos, cuando llegase ella a púber. Pero al tomar la princesa el velo de la pubertad, no tardó en advertir él que sus hijos, los tres príncipes, la amaban apasionadamente con un amor igual y deseaban con su corazón conquistarla y poseerla. Y se le turbó mucho el alma y quedó muy perplejo, y se dijo: "Si doy la princesa Nurennahar a uno de sus primos con preferencia a los otros dos, éstos no quedarán contentos y murmurarán de mi decisión; y mi corazón no podrá sufrir el verles entristecidos y dolidos; y si la caso con algún otro príncipe extranjero, mis tres hijos llegarán al límite de la pena y de la angustia, y se les ennegrecerá y resentirá el alma; y quién sabe si en este caso no se matarán de desesperación, o no huirán de nuestra morada a algún país lejano en guerra. ¡En verdad, que el asunto está lleno de escollos y peligros y no es nada fácil de resolver!"
Y el sultán estuvo reflexionando acerca del particular mucho tiempo, y de pronto levantó la cabeza y exclamó: "¡Por Alah, que todo está resuelto!" Y llamó, acto seguido, a los tres príncipes Alí, Hassán y Hossein, y les dijo: "¡Oh hijos míos! a mis ojos tenéis exactamente los mismos méritos, y no puedo determinarme a preferir a uno de vosotros, en detrimento de sus hermanos, concediéndole en matrimonio a la princesa Nurennahar; y tampoco puedo casarla con vosotros tres a la vez. Pero he dado con un medio de satisfaceros por igual, sin lesionar a ninguno, y de mantener entre vosotros la concordia y el afecto. A vosotros, pues, cumple ahora escucharme atentamente y ejecutar lo que vais a oír. He aquí el plan que he discurrido: que cada uno de vosotros se vaya a viajar por diferente país, y que me traiga de allá la rareza que le parezca más singular y más extraordinaria. ¡Y daré la princesa, hija de nuestro tío, a quien vuelva con la maravilla más asombrosa! ¡Si consentís en ejecutar este plan que someto a vuestro criterio, estoy dispuesto a daros cuanto oro sea necesario para vuestro viaje y para la compra del objeto de vuestra elección!"
Los tres príncipes, que siempre fueron hijos sumisos y respetuosos, se adhirieron de común acuerdo a aquel proyecto de su padre, persuadido cada cual de que sería él quien llevara la rareza más maravillosa y llegaría a ser esposo de su prima Nurennahar. Y al verles el sultán tan bien dispuestos, les condujo al tesoro, y les dió cuantos sacos de oro quisieron. Y después de recomendarles que no prolongaran demasiado su estancia en los países extranjeros, se despidió de ellos abrazándoles e invocando sobre sus cabezas las bendiciones. Y disfrazados de mercaderes ambulantes, y seguidos de un solo esclavo cada cual, salieron ellos de su morada en la paz de Alah, montados en sus caballos de noble raza.
Y comenzaron juntos su viaje, yendo a parar a un khan situado en un paraje en que el camino se dividía en tres. Y tras de regalarse con una comida que hubieron de prepararles los esclavos, quedó concertado entre ellos que su ausencia duraría un año, ni un día más ni un día menos. Y se dieron cita en el mismo khan para la vuelta, con la condición de que el que llegara primero esperaría a sus hermanos, a fin de que se presentaran los tres juntos ante su padre el sultán. Y terminada que fué su comida, se lavaron las manos; y después de abrazarse y desearse recíprocamente un retorno feliz, montaron a caballo, y cada cual tomó un camino diferente.
El príncipe Alí, que era el mayor de los tres hermanos, luego de tres meses de viaje por llanuras y montañas, praderas y desiertos, llegó a un país de la India marítima, que era el reino de Bischangar. Y se fué a habitar en el khan principal de los mercaderes, y alquiló la vivienda mayor y más limpia para él y para su esclavo. Y en cuanto descansó de las fatigas del viaje, salió para examinar la ciudad, que tenía tres murallas, y era de una amplitud de dos parasangas a la redonda.
Y sin tardanza se encaminó al zoco, que le pareció admirable, formado como estaba por varias calles importantes que desembocaban en una plaza central con un hermoso estanque de mármol en medio. Y todas aquellas calles estaban abovedadas y frescas y bien alumbradas por las aberturas que tenían en su parte alta. Y cada calle la ocupaban mercaderes de distinta especie, pero que tenían oficios análogos. Porque en una no se veían más que telas finas de las Indias, estofas pintadas de colores vivos y puros con dibujos que representaban animales, paisajes, bosques, jardines y flores, brocatos de Persia y sedas de la China. Mientras que en otra se veían hermosas porcelanas, lozas brillantes, vasos de lindas formas, bandejas labradas y tazas de todos tamaños. En tanto que en la de al lado se veían grandes chales de Cachemira, que doblados cabrían en el hueco de la mano, de tan fino y delicado como era su tejido; alfombras para plegaria y tapices de todos tamaños. Y más hacia la izquierda por ambos lados con puertas de acero, estaba la calle de los plateros y joyeros, relampagueante de pedrerías, de diamantes y de filigranas de oro y plata en prodigiosa confusión. Y al pasearse por aquellos zocos deslumbradores, observó con sorpresa que entre la multitud de indios y de indias que se agrupaban ante los escaparates de las tiendas, incluso las mujeres del pueblo llevaban collares, brazaletes y adornos en las piernas, en los pies, en las orejas y hasta en la nariz, y que cuanto más blanco era el color de las mujeres, más elevado era su rango y más preciosas y espléndidas sus preseas, aun cuando el color negro de las otras tuviese la ventaja de hacer resaltar mejor el brillo de las joyas y la blancura de las perlas.
Pero lo que sobre todo encantó al príncipe Alí fué la gran cantidad de mozalbetes que vendían rosas y jazmines, y el mohín insinuante con que ofrecían estas flores, y la fluidez con que se escurrían entre la compacta muchedumbre de las calles. Y admiró la predilección singular de los indios por las flores, que llegaba hasta el punto de que no solamente las llevaban en el pelo y en la mano, sino también en las orejas y en las narices. Y además, todas las tiendas estaban provistas de búcaros llenos de aquellas rosas y de aquellos jazmines; y el zoco estaba embalsamado con su olor, y se paseaba uno por allí como por un jardín colgante.
Cuando el príncipe Alí se regocijó de aquel modo los ojos con el espectáculo de todas aquella cosas hermosas, quiso descansar un poco, y aceptó la invitación de un mercader que estaba sentado delante de su tienda y con el gesto y la sonrisa le incitaba a que entrara a descansar. Y en cuanto entró, el mercader le cedió el sitio de honor, y le ofreció refrescos, y no le hizo ninguna pregunta ociosa o indiscreta, y no le comprometió a hacer ninguna compra, que tan lleno de cortesía y dotado de buenas maneras estaba. Y el príncipe Alí apreció en extremo todo aquello, y se dijo: "¡Qué encantador país! ¡Y qué habitantes tan deliciosos!" Y quiso comprarle en el momento todo lo que tenía en su tienda, de tanto como le sedujo la finura y el don de gentes del mercader. Pero luego reflexionó que no sabría qué hacer después con todas aquellas mercancías, y se limitó, por el pronto, a entablar más amplio conocimiento con el mercader.
Y he aquí que, mientras conversaba con él y le interrogaba acerca de los usos y costumbres de los indios, vió pasar por delante de la tienda a un subastador que llevaba al brazo un alfombrín de seis pies cuadrados. Y parándose de repente, el vendedor aquel volvió la cabeza de derecha a izquierda, y voceó: "¡Oh gente del zoco! ¡oh compradores! ¡no perderá quien compre! ¡En treinta mil dinares de oro la alfombra! ¡La alfombra de plegaria ¡oh compradores! en treinta mil dinares de oro! ¡No perderá quien compre!"
Al oír este pregón, el príncipe Alí se dijo: "¡Qué país tan prodigioso! ¡una alfombra de plegaria en treinta mil dinares de oro! ¡he ahí una cosa como jamás la oí! ¿No querrá bromear este vendedor?" Luego, al ver que el vendedor repetía su pregón volviéndose hacia él, como quien habla en serio, le hizo seña de que se aproximara y le dijo que le mostrase la alfombra más de cerca. Y el vendedor extendió la alfombra sin decir palabra; y el príncipe Alí la examinó con detenimiento, y acabó por decir: "¡Oh vendedor! ¡por Alah que no veo por qué puede valer esta alfombra el precio exorbitante a que la voceas!" Y el vendedor sonrió, y dijo: "¡Oh mi señor! ¡no te asombres tan pronto de este precio, que no es excesivo en comparación con lo que realmente vale la alfombra! ¡Y mayor aún será tu asombro cuando te diga que tengo orden de hacer subir tal precio en subasta hasta cuarenta mil dinares de oro, y de no entregar la alfombra más que a quien me pague esta suma al contado!" Y el príncipe Alí exclamó: "Verdaderamente, ¡oh vendedor! es preciso ¡por Alah! que, para valer semejante precio, esta alfombra sea admirable por algo que ignoro o que no distingo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.