2023/09/10

Noche 132



Y cuando llegó la 132ª noche

Ella dijo:
Y el baño había dado mayor esplendor a la belleza de los jóvenes y más frescura a su tez, y el anciano los comparó, dentro de su alma, con dos cervatillos esbeltos y gentiles. Y vió cuán sonrosadas tenían ahora las mejillas, cuánto se habían obscurecido sus ojos, y cómo se habían iluminado sus semblantes. Y al contemplarlos tan tiernos como dos ramas a las que dan color sus frutos, o cual dos lunas blancas y delicadas como la leche, pensó en estos versos del poeta:
¡Sólo con tocar su mano me estremezco, y todos mis sentidos se excitan! ¿Qué me pasaría si viese su cuerpo, donde se unen la limpieza del agua y el oro de la luz?
Corrió, pues, a su encuentro, y les dijo: "¡Oh mis hijos! ¡Ojalá os haya deleitado el baño! ¡Nunca os prive de él Alah, y os lo renueve eternamente!" Y el príncipe, con un ademán encantador y una voz muy afable, contestó: "¡Habríamos deseado compartir contigo ese placer!" Y ambos le atendieron respetuosamente, y por deferencia a su edad y a su categoría, fueron delante de él, abriéndole camino y dirigiéndole hacia la tienda.
Ahora bien, como iban delante los dos jóvenes, el jeique pudo observar cuán graciosamente caminaban, y cómo oscilaban sus caderas por debajo de la ropa, estremeciéndose al compás de los pasos. Entonces, no pudiendo reprimir sus arranques, le centellearon los ojos, resolló, sopló y recitó estas estrofas de complicado sentido:
¡No es asombroso que al contemplar las formas que encantan a nuestro corazón, las veamos estremecerse aunque sean macizas!
¡Todas las esferas del cielo vibran al girar, y todos los globos se estremecen con el movimiento!
Pero los dos jóvenes, aunque oyeron estos versos, no podían acertar su sentido ni sospechar la lujuria del jeique. ¡Al contrario! Creyeron ver en ellos una delicada alabanza hacia sus personas, y se lo agradecieron mucho, y a la fuerza quisieron llevarle con ellos al hammam, por ser aquélla la mayor muestra de amistad. Y el viejo, después de oponer por pura fórmula algunos obstáculos, aceptó, echando chispas de deseo dentro de su alma, y emprendió con ellos nuevamente el camino del hammam.
Cuando hubieron entrado, los vió el visir, que se estaba secando en una de las salas, y corrió hacia el estanque, en el cual se habían parado, e invitó al jeique a entrar en el cuarto de él. Pero el jeique dijo que no quería abusar de tanta bondad, tanto más cuanto que Diadema y Aziz le tenían sujeto cada uno por una mano, y le arrastraban hacia la sala que habían reservado para ellos. Entonces el visir no insistió más, y se volvió a su cuarto para secarse.
Diadema y Aziz, en cuanto estuvieron solos, desnudaron al venerable jeique, y ellos se desnudaron también, y empezaron por darle un enérgico masaje, mientras que el viejo les dirigía furtivas miradas.
Después juró Diadema que a él le correspondería el honor de enjabonarle, y Aziz dijo que a él le correspondería echarle agua con la jarrita de cobre. Y el anciano jeique, entre ambos, se creía transportado al paraíso.
Y no cesaron de friccionarlo, enjabonarlo y echarle agua hasta que el visir volvió junto a ellos, con gran desolación del jeique. Entonces le secaron con las grandes toallas calientes y perfumadas, le vistieron y le sentaron en la tarima, donde le ofrecieron sorbetes de almizcle y agua de rosas.
Y el jeique fingía seguir con gran interés la conversación del visir, pero en realidad toda su atención y todas sus miradas no eran más que para los dos jóvenes, que iban y venían muy solícitos por servirle. Y cuando el visir le dirigió el saludo de costumbre después del baño, el jeique contestó: "¡Qué bendición ha entrado con vosotros en nuestra ciudad! ¡Qué dicha tan grande nos ha producido vuestra llegada!" Y recitó esta estrofa:
¡Al venir ellos, han reverdecido nuestras colinas! ¡Nuestro suelo se ha estremecido y ha dado nuevas flores! Y la tierra y los habitantes de la tierra, han exclamado: "¡Dulce bienestar y dulce amistad para nuestros encantadores huéspedes!"
Y los tres le dieron gracias por sus bondades. Y el jeique replicó: "¡Que Alah os asegure a todos la vida más agradable! ¡Y que preserve del mal de ojo, ¡oh mercader ilustre! a tus hermosos hijos!" El visir dijo: "¡Y que el baño sea para ti, por gracia de Alah, un aumento de fuerza y de salud! Porque ¡oh venerable jeique! ¿No es cierto que el agua es el bien verdadero de la vida en este mundo, y el hammam una morada de delicias?" El jeique contestó: "¡Sí, por Alah! ¡Y cuántos poemas admirables han inspirado el hammam a los grandes poetas! ¿No recordáis alguno de ellos?"
Y Diadema se apresuró a contestar: "Sí los recuerdo; oíd éstos:
¡Vida del hammam, es maravillosa tu dulzura! ¡Oh hammam, cuán breve es tu duración! ¿Por qué no podrá pasar toda mi vida en tu seno? ¡Hammam admirable, hammam de mis sentidos!
¡Cuando se te tiene, haces odioso hasta al mismo Paraíso! ¡Si fueras el infierno, con qué dicha me precipitaría en él!"
Cuando el príncipe hubo recitado este poema, exclamó Aziz: "¡Yo también sé versos acerca del hammam!" Y el jeique dijo: "Déjanos saborearlos". Y Aziz recitó los siguientes:
¡Es una morada que robó sus bordados a las rocas floridas! ¡Su calor te haría creerte en una boca del infierno, si no experimentases enseguida sus delicias, y no vieras en su centro tantas lunas y soles!
Cuando Aziz hubo acabado esta estrofa, se sentó al lado de Diadema. Entonces el jeique, maravillado completamente, exclamó: "¡Por Alah! ¡Habéis sabido unir la elocuencia con la belleza! Dejadme ahora deciros a mi vez algunos versos exquisitos. O más bien, os lo voy a cantar, pues sólo el canto puede expresar las bellezas de estos ritmos".
Y el jeique apoyó la mejilla en la mano, entornó los ojos, movió la cabeza, y cantó acompasadamente:
¡Oh fuego del hammam, tu calor es nuestra vida! ¡Oh fuego del hammam, devuelves la vida a nuestros cuerpos, y aligeras nuestras almas, que se confortan gracias a ti!
¡Oh hammam! ¡Oh amigo! ¡Tibieza del aire, frescura de la pila, rumor del agua, luz de lo alto, mármoles puros, salas umbrosas, olores de incienso y de cuerpos perfumados, os adoro!
¡Ardes con una llama que nunca se extingue, y permaneces frío en la superficie, y lleno de suaves tinieblas! ¡Eres umbrío, hammam, a pesar del fuego, como mis deseos y como mi alma! ¡Oh Hammam!
Después miró a los jóvenes, dejó que su alma vagara un instante por el jardín de su belleza, e inspirándose en ella les dedicó estas dos estrofas:
¡Fuí a su morada, y desde la puerta me recibieron con afable semblante y ojos llenos de sonrisas!
¡Gusté todas las delicias de su hospitalidad, y sentí la dulzura! ¿Cómo no he de ser esclavo de sus encantos?
Al oír estos versos y la anterior canción, quedaron maravillados del arte del jeique. Le dieron las gracias, y como ya anochecía, le acompañaron hasta la puerta del hammam, y aunque insistió mucho para que fuesen a cenar a su casa, se excusaron, y se alejaron después de despedirse, mientras el jeique permanecía inmóvil mirándolos todavía.
Llegados a la casa, comieron y se acostaron con perfecta felicidad hasta el día siguiente. Entonces se levantaron, hicieron sus abluciones, cumplieron los deberes de la oración, y en cuanto se abrió el zoco, marcharon a su tienda y la abrieron por primera vez.
Ahora bien: los servidores la habían arreglado perfectamente, demostrando su buen gusto. La habían tapizado con telas de seda, colocando en el mejor lugar dos regios tapices que bien valdrían cada uno cien dinares. Y en las anaquelerías de marfil, ébano y cristal, aparecían muy bien puestas las mercaderías de valor y los tesoros inestimables. Entonces Diadema se sentó en una de las alfombras, Aziz en otra y el visir entre ambos, en el mismo centro de la tienda. Y los servidores los rodearon, dispuestos a cumplir sus órdenes.
Así es que pronto se hizo famosa aquella tienda, y los parroquianos afluyeron desde todas partes. Y todos porfiaban por recibir sus compras de manos de aquel joven llamado Diadema, cuya hermosura hacía enloquecer todas las cabezas y perder todas las razones. Y el visir, habiendo comprobado que los negocios marchaban maravillosamente, encargó de nuevo a Diadema y a Aziz una gran discreción, y volvió a su casa a descansar tranquilamente.
Y esta situación se prolongó cierto tiempo, terminado el cual, Diadema, al no ver aparecer a nadie que conociese a la princesa Donia, empezó a impacientarse y hasta a perder el sueño. Pero un día, mientras hablaba de sus penas con su amigo Aziz a la puerta de su tienda...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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