2023/08/29

Noche 120


Pero cuando llegó la 120ª noche

Ella dijo:
"¡Ah hijo mío! ¡Qué prometido tan fatal has sido para la pobre Aziza!" Y cuando iba a seguir agobiándome con sus reconvenciones, entró mi padre; y se calló delante de él.
Mi padre empezó entonces a hacer los preparativos para los funerales. Y cuando todos los amigos y los parientes estuvieron reunidos, celebramos los funerales e hicimos las ceremonias acostumbradas en los grandes entierros. Y permanecimos tres días en unas tiendas de campaña que se levantaron junto a la tumba para recitar allí el Libro Sublime.
Entonces volví a la casa, junto a mi madre, y sentía mi corazón lleno de piedad hacia la infortunada muerta. Y mi madre se me acercó, y me dijo: "¡Hijo mío! confíame qué cosas has hecho contra la pobre Aziza para hacerle estallar el corazón. Porque ¡Oh hijo mío! por más que le pregunté la causa de su enfermedad, nunca quiso revelarme nada. Y sobre todo, jamás pronunció una queja contra ti, pues hasta el último momento no hizo más que bendecirte. Conque ¡por Alah sobre ti! cuéntame lo que le hiciste a esa desventurada para hacerla morir de ese modo".
Y yo contesté; "¡No le he hecho nada absolutamente!"
Pero mi madre insistió: "Cuando Aziza estaba a punto de expirar, abrió un instante los ojos, y me dijo: "¡Oh mujer de mi tío! ¡Yo suplico al Señor que a nadie pida cuentas del precio de mi sangre, y perdone a los que han torturado mi corazón! ¡He aquí que dejo un mundo perecedero por otro inmortal!"
Y le dije: "¡Oh hija mía! no hables de la muerte. ¡Que Alah te restablezca pronto!" Pero ella sonriendo tristemente, me dijo: “¡Oh mujer de mi tío! te ruego que transmitas a tu hijo Aziz mi último encargo, suplicándole que no lo olvide. Cuando vaya donde tiene costumbre de ir, que diga: "¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!"
Y añadió: "¡De esta manera le quedaré agradecida, y velaré por él después de muerta, como velé por él en vida!" Y levantó la almohada, y sacó de debajo de ella un objeto para ti, pero me hizo jurar que no te lo entregaría hasta que te viese llorar su muerte. Guardo, pues, ese objeto, y no te lo daré hasta que te vea cumplir la condición impuesta". Y dije a mi madre: "Bien podías enseñarme ese objeto". Pero mi madre se negó resueltamente, y se retiró.
Bien puedes adivinar, ¡Oh mi señor! cuánto me dominarían los placeres y cuán poco sentado tenía el juicio, cuando no quería oír la voz de mi corazón. En vez de llorar a la pobre Aziza, y llevarle luto en el alma, sólo pensaba en distraerme y divertirme. Y nada era más delicioso para mí que visitar la casa de mi amante. Así es que apenas llegó la noche, me apresuré a dirigirme a su casa; y la encontré tan impaciente como si hubiese estado sentada sobre unas parrillas.
Y apenas había entrado, corrió hacia mí, se me colgó del cuello y me pidió noticias de mi prima; y cuando le hube contado los detalles de su muerte y de los funerales, se sintió llena de compasión, y me dijo: "¿Por qué no habré sabido antes de su muerte los muchos favores que te había hecho y su abnegación admirable? ¡Cómo le habría dado las gracias y cómo la habría recompensado!"
Y yo añadí:
"Y ha recomendado a mi madre que me dijese, para que yo te las repitiese a ti, sus últimas palabras: ¡Qué dulce es la muerte, y cuán preferible a la traición!
Cuando mi amante oyó estas palabras, exclamó: "¡Que Alah la tenga en su misericordia! ¡He aquí que te protege hasta después de muerta! ¡Pues con esas palabras te salva de lo que había maquinado contra ti, y de la emboscada en que había resuelto perderte!"
Entonces llegué al límite del asombro, y dije: "¿Qué palabras son ésas? ¿Cómo uniéndonos el cariño maquinabas mi perdición? ¿En qué emboscada pensabas hacerme caer?"
Ella contestó: "¡Oh niño ingenuo! Veo que no conoces las perfidias de que somos capaces las mujeres. Pero no he de insistir. Sabe únicamente que debes a tu prima el haberte librado de mis manos. Desisto de mis planes contra ti, pero con la condición de que no hablarás ni mirarás a otra mujer, sea joven o vieja. De lo contrario, ¡desgraciado de ti! porque ya no habrá quien pueda librarte de mis manos, pues la que te podía ayudar con sus consejos ha muerto. ¡Guárdate, pues, de olvidar esa condición! Y ahora tengo que pedirte una cosa..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre interrumpió su relato.

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