Noche 787



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Pero cuando llegó la 787ª noche

Ella dijo:
"... la estranguló, exclamando: "¡Mueran así las desvergonzadas de tu especie!"
Y el mercader Abd el-Rahmán, para acabar de reparar los yerros de su hijo Kamar con el joyero, creyó equitativo y meritorio ante Alah el Altísimo casar, el mismo día de las bodas de Kamar, a su hija Estrella-de-la-Mañana con Osta-Obeid. ¡Pero Alah es más grande y más generoso!
Tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló.
Y exclamó el rey Schahriar: "Haga Alah ¡oh Schehrazada! que todas las mujeres desvergonzadas sufran la suerte de la esposa del joyero. ¡Porque así es como debieran terminar varias historias de las que me has contado! Con frecuencia, en efecto, me he irritado en el alma, Schehrazada, al ver que ciertas mujeres tenían un fin contrario a mis ideas y a mis inclinaciones. ¡Pues ya sabes cómo he tratado, por mi parte, a la esposa impúdica y maligna (que Alah no la tenga en su compasión), así como a todas sus infieles esclavas!"
Pero Schehrazada, sin querer que el rey se entregase por mucho tiempo a tales pensamientos, se guardó mucho de responder al particular, y apresuróse a comenzar, como sigue, la HISTORIA DE LA PIERNA DE CARNERO.


HISTORIA DE LA PIERNA DE CARNERO

Cuentan -¡pero Alah es más sabio!- que en El Cairo, bajo el reinado de un rey entre los reyes de aquel país, había una mujer dotada de tanta astucia y de tanta destreza, que pasar por el ojo de la aguja más pequeña era para ella tan sencillo como beberse un sorbo de agua. Y he aquí que Alah (que distribuye a su antojo cualidades y defectos) había infundido a aquella mujer tal ardor de temperamento, que si le hubiese cabido en suerte ser una de las cuatro esposas de un creyente y compartir con justicia las cuatro noches en cuatro lotes, uno para cada una, se hubiera muerto de deseo reconcentrado. Así es que supo ella arreglarse de manera que llegó, no sólo a ser la esposa única de un hombre, sino a casarse a la vez con dos hombres, de la raza de los gallos del Alto Egipto, que podían consolar una tras otra a veinte gallinas. Y había usado de tanta sutileza, y tan bien supo tomar sus medidas, que ninguno de los dos hombres sospechaba un reparto tan contrario a la ley y a las costumbres de los verdaderos creyentes. Y por cierto que favorecía los manejos de ella la profesión que ejercían sus dos maridos, porque uno era ladrón nocturno y el otro ratero diurno. Con lo cual, cuando uno regresaba a casa por la noche, una vez terminada su tarea, el otro había salido ya en busca de algún trabajo apropiado. En cuanto a sus nombres, se llamaban: el ladrón, Haram, y el ratero, Akil.
Y transcurrieron días y meses, y el ladrón Haram y el ratero Akil se dedicaban con provecho en casa a su oficio de gallos, y fuera de casa al de zorros.
Un día entre los días, el ladrón Haram, después que el heredero de su padre hubo consolado a la hija del tío más excelentemente aún que de costumbre, dijo a la mujer: "Un asunto de gran importancia ¡oh mujer! me obliga a ausentarme por algún tiempo. ¡Plugue a Alah escribirme el éxito, a fin de que esté yo de vuelta junto a ti lo más pronto posible!" Y contestó la mujer: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh cabeza de los hombres! Pero ¿qué va a ser de esta desventurada mientras dura la ausencia de su enamorado?" Y se desoló mucho y le dijo mil palabras de desconsuelo, y sólo le dejó partir después de las más cálidas pruebas de afecto. Y cargado con un saco de provisiones de boca que la joven había tenido cuidado de prepararle para el viaje, el ladrón Haram se fué por su camino, satisfecho y chasqueando la lengua de contento.
Haría apenas una hora de tiempo que había partido él, cuando regresó Akil el ratero. Y quiso la suerte que, teniendo necesidad de abandonar la ciudad, precisamente fuese a anunciar su marcha a su esposa. Y la joven no dejó de hacer presente a su otro marido toda la pena que le producía su alejamiento, y después de las pruebas diversas y multiplicadas de una pasión extraordinaria, le llenó de provisiones de boca un saco para el viaje, y le dijo adiós, invocando sobre su cabeza las bendiciones de Alah (¡exaltado sea!) Y el ratero Akil salió de su casa alabándose de tener una esposa tan cálida y tan atenta y chasqueando la lengua de contento.
Y como por lo general, a cada criatura le espera su destino en cualquier encrucijada del camino, ambos maridos debían encontrar el suyo donde menos pensaban. En efecto, al fin de la jornada, el ratero Akil entró en un khan que le pillaba de camino, proponiéndose pasar allí la noche. Y al entrar en el khan, sólo encontró en él a un viajero, con el cual entabló conversación en seguida, después de las zalemas y cumplimientos por una y otra parte. Y he aquí que su interlocutor era precisamente el ladrón Haram, que tomó el mismo camino que su asociado, a quien no conocía. Y el primero dijo al segundo: "¡Oh compañero! ¡parece que estás muy fatigado!" Y el otro contestó: "¡Por Alah! ¡hoy me he hecho de una tirada todo el camino de El Cairo! Y tú, compañero, ¿de dónde vienes?" El aludido contestó: "¡De El Cairo también! Y glorificado sea Alah, que pone en mi camino un compañero tan agradable para continuar el viaje. Porque ha dicho el profeta (¡con él la plegaria y la paz!) : "¡Un compañero es la mayor provisión para el camino!" ¡Pero, entretanto, para sellar nuestra amistad, partamos juntos el mismo pan y probemos la misma sal! ¡He aquí ¡oh compañero! mi saco de provisiones, en el que tengo, para ofrecértelos, dátiles frescos y asado con ajo!" Y el otro contestó: "Alah aumente tus bienes, ¡oh compañero! Acepto la oferta de todo corazón amistoso. ¡Pero permíteme que también contribuya con lo mío!" Y mientras el primero sacaba del saco sus provisiones, puso él las suyas en la estera donde estaban sentados.
Cuando acabaron ambos de colocar sobre la estera lo que tenían que ofrecerse, advirtieron que llevaban provisiones exactamente iguales: panes de sésamo, dátiles y media pierna de carnero. Y hubieron de asombrarse hasta el límite extremo del asombro en cuanto observaron que las dos medias piernas de carnero se acoplaban con perfecta exactitud. Y exclamaron: "¡Alahu akbar! ¡estaba escrito que esta pierna de carnero vería reunirse sus dos mitades, a pesar de la muerte, el horno y el guiso!"
Luego el ratero preguntó al ladrón: "Por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿puedo saber de dónde procede ese trozo de pierna de carnero?" Y el ladrón contestó: "¡Me lo ha dado la hija de mi tío antes de ponerme en marcha! Pero, por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿puedo, a mi vez, saber de dónde sacaste esa media pierna?" Y el ratero dijo: "¡También me la metió en el saco la hija del tío! Pero ¿puedes decirme en qué barrio se encuentra tu honorable casa?" El aludido dijo: "¡Junto a la Puerta de las Victorias!" Y el otro exclamó: "¡Y la mía también!" Y de pregunta en pregunta, pronto ambos ladrones adquirieron la convicción de que desde el día de su matrimonio eran, sin saberlo, asociados de la misma cama y del mismo tizón. Y exclamaron: "¡Alejado sea el Maligno! ¡He aquí que nos ha burlado la maldita!"
Luego, aunque en un principio este descubrimiento les incitó a realizar alguna violencia, como eran avisados y prudentes, acabaron por pensar que el mejor partido que podían tomar consistía en volver sobre sus pasos y esclarecer por sus propios ojos y sus propias orejas lo que tenían que esclarecer con la taimada. Y de acuerdo sobre el particular, emprendieron de nuevo ambos la ruta de El Cairo, y no tardaron en llegar a su vivienda común.
Cuando, tras de abrirles la puerta, la joven vió juntos a sus dos maridos, no pudo dudar de que habían descubierto su estratagema, y como era prudente y avisada, comprendió que sería inútil buscar entonces un pretexto con que ocultar por más tiempo la verdad. Y pensó: "¡El corazón del hombre más duro no puede resistir a las lágrimas de la mujer amada!" Y de pronto, estallando en sollozos y despeinándose los cabellos, se arrojó a los pies de sus dos maridos, implorando su misericordia.
Y he aquí que la amaban ambos y tenían el corazón prendado por los encantos de ella. Así que, a pesar de tan notoria perfidia, sintieron que no se había debilitado su afecto hacia ella y la levantaron y le otorgaron su perdón, pero después de haberle hecho los cargos con ojos furibundos. Luego, como ella permaneciera silenciosa con un aire muy contrito, le dijeron que aquello no era todo, pues tenía que cesar sin tardanza aquel estado de cosas tan contrario a las costumbres y usos de los creyentes. Y añadieron: "¡Es absolutamente necesario que, al punto, te decidas a escoger entre nosotros dos al que quieras conservar como esposo!"
Al oír estas palabras de sus dos maridos, la joven bajó la cabeza, y reflexionó profundamente. Y por más que la apremiaron ellos para que, sin tardanza, tomase una determinación, les fué imposible hacerle designar al que prefería, porque a ambos les encontraba iguales gallardía, fuerza y resistencia. Pero como, impacientes por el silencio de ella, le gritasen con voz amenazadora que tenía que escoger, acabó por levantar la cabeza, y dijo: "¡No hay recurso y misericordia más que en Alah el Altísimo, el Todopoderoso! ¡Oh hombres! ¡ya que me obligáis a escoger entre vosotros y a tomar un partido me lastima al afecto que os dediqué por igual, y como, hecha la reflexión y pesadas las consecuencias, no tengo ningún motivo para preferir el uno al otro, he aquí lo que os propongo! Ambos vivís de vuestra destreza, y sobre eso tenéis tranquila la conciencia, y Alah, que juzga las acciones de sus criaturas conforme a las aptitudes que les ha puesto en el corazón, no os rechazará del seno de Su bondad. Tú, Akil, escamoteas durante el día, y tú, Haram, robas por la noche. ¡Pues bien; declaro ante Alah y ante vosotros que conservaré como esposo a aquel de vosotros dos que dé la mejor prueba de destreza y realice la proeza más ingeniosa!" Y ambos contestaron con el oído y la obediencia, admitiendo en seguida la proposición y preparándose al punto a rivalizar en ingenio.
Y he aquí que el ratero Akil fué quien empezó a actuar, yendo con su asociado Haram al zoco de los cambistas. Y le mostró con el dedo a un viejo judío que se paseaba con lentitud de una tienda a otra, y dijo: "¿Ves ¡oh Haram! a ese hijo de perro? ¡Pues me comprometo a quitarle su saco de cambista antes de que acabe de dar ese paseo!" Y habiendo hablado así, ligero como una pluma, se acercó al judío que paseaba y le sustrajo el saco lleno de dinares de oro que llevaba consigo. Y volvió al lado de su compañero, el cual, poseído de extremado pavor, quiso evitarle en un principio para no arriesgarse a que le detuvieran como cómplice del otro; pero maravillado luego de golpe de mano tan feliz, empezó a felicitarle por la maestría de que acababa de dar prueba, y le dijo: "¡Por Alah! ¡me parece que, por mi parte, jamás podré llevar a cabo una empresa tan brillante! ¡Yo creía que robar a un judío era cosa que superaba a las fuerzas de un creyente!" Pero el ratero se echó a reír, y le dijo: "¡Oh pobre! ¡eso no es más que el principio de la cosa, pues no es así como pretendo apropiarme el saco del judío! Porque un día u otro podría ponerse sobre mi pista la justicia y obligarme a decir la verdad. ¡Quiero convertirme en propietario legal del saco con su contenido, conduciéndome de manera que el propio kadí me adjudique lo que le pertenece a ese judío relleno de oro!" Y así diciendo, se marchó a un rincón retirado del zoco, abrió el saco, contó las monedas de oro, que contenía, quitó de ellas diez dinares y puso en su lugar un anillo de cobre que le pertenecía. Tras de lo cual volvió a cerrar el saco cuidadosamente, y acercándose de nuevo al judío despojado, se lo deslizó diestramente en el bolsillo del kaftán, como si no hubiese pasado nada.
La destreza es un don de Alah, ¡oh creyentes!
Y he aquí que, apenas había dado algunos pasos el judío, cuando el ratero se lanzó otra vez sobre él, pero entonces muy ostensiblemente, gritándole: "¡Miserable hijo de Aarón, se acerca tu castigo! ¡Devuélveme mi saco o vamos ambos a casa del kadi!" Y en el límite de la sorpresa, al verse tratado así por un hombre a quien no conocía, ni de padre, ni de madre, y a quien nunca en su vida había visto, el judío, para eludir los golpes, empezó a deshacerse en excusas, y juró por Ibrahim, Ishak y Yacub que su agresor se equivocaba de persona y que, por su parte, jamás se le había ocurrido, ni por pienso, arrebatarle el saco. Pero Akil, sin querer escuchar sus protestas, amotinó contra el judío a todo el zoco y acabó por agarrarle del kaftán, diciéndole: "¡Yo y tú a casa del kadí!" Y como el otro se resistiese, le cogió de la barba, y entre el tumulto le arrastró a la presencia del kadí.
Y el kadí preguntó: "¿De qué se trata?" Y al punto contestó Akil: "¡Oh nuestro amo el kadí! este judío, de la tribu de los judíos, que traigo entre tus manos, dispensadoras de justicia, es sin duda el ladrón más audaz que ha entrado en la sala de tus decretos. ¡He aquí que, después de haberme robado mi saco lleno de oro, se atreve a pasearse por el zoco con la tranquilidad del musulmán irreprochable!" Y gimió el judío, con la barba a medio arrancar: "¡Oh nuestro amo el kadí, protesto de eso! ¡Jamás he visto ni conocido a este hombre que me ha maltratado y reducido al estado lamentable en que me hallo, después de haber amotinado al zoco contra mí y haber destruido para siempre mi crédito y arruinado mi reputación de cambista irreprochable!"
Pero Akil exclamó: "¡Oh maldito hijo de Israel! ¿desde cuándo la palabra de un perro de tu raza prevalece sobre la palabra de un creyente? ¡Oh nuestro amo el kadí! ¡este embaucador niega su robo con tanta audacia como cierto mercader de las Indias, cuya historia contaré a tu señoría, si no la conoce!"
Y el kadí contestó: "¡No conozco la historia del mercader de las Indias! ¿Pero qué le sucedió? ¡Dímelo brevemente!" Y Akil dijo: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡oh amo nuestro! Para hablar brevemente, te diré que el tal mercader de las Indias era un hombre que había conseguido inspirar tanta confianza a la gente del zoco, que un día le confiaron en depósito una importante cantidad de dinero, sin pedirle recibo. Y se aprovechó de esta circunstancia para negar el depósito el día en que fué a reclamárselo el propietario. Y como éste no podía exhibir contra el demandado testigos ni escrituras, sin duda el mercader se habría comido con toda tranquilidad la hacienda ajena, si el kadí de la ciudad, con su talento, no hubiese logrado hacerle declarar la verdad. ¡Y obtenida esta declaración, le hizo aplicar doscientos palos en la planta de los pies, y le echó de la ciudad!" Luego continuó Akil: "¡Y ahora, ¡oh nuestro amo el kadí! espero de Alah que tu señoría, llena de sagacidad y de talento, hallará fácilmente el medio de demostrar la doblez de este judío! ¡Y primeramente permite a tu esclavo que te ruegue des orden de registrar a mi ladrón para convencerte de su robo!"
Cuando el kadí hubo oído este discurso de Akil, ordenó a los guardias que registraran al judío. Y no tardaron mucho tiempo en encontrarle encima el saco consabido. Y el acusado, gimiendo, insistió en que el saco era de su propiedad legítima. Y por su parte, Akil aseguraba, con toda clase de juramentos e injurias dirigidas al descreído, que él reconocía perfectamente el saco que le habían sustraído. Y el kadí, como juez avisado, ordenó entonces que cada una de las partes declarase lo que había dentro del saco en litigio. Y el judío declaró: "¡En el saco ¡oh amo nuestro! hay quinientos dinares de oro que metí en él esta mañana, ni uno más, ni uno menos!" Y Akil exclamó: "¡Mientes, ¡oh hijo de judíos! a no ser que, al revés de lo que ocurre con los de tu raza, me devuelvas más de lo que cogiste! Yo declaro que en el saco sólo hay cuatrocientos noventa dinares, ni uno más, ni uno menos. ¡Y, además, debe estar guardado ahí un anillo de cobre con mi sello, como no sea que lo hayas tú quitado ya!" Y el kadí abrió el saco en presencia de los testigos, y su contenido hubo de dar la razón al ratero. Y al punto el kadí entregó el saco a Akil y ordenó que inmediatamente se administrase una paliza al judío, ¡que se había quedado mudo de estupefacción!
Cuando el ladrón Haram vió el éxito de la acertada jugarreta de su asociado Akil, le felicitó y le dijo que a él le resultaría muy difícil superarle. No obstante, se citó con él para aquella misma noche en las inmediaciones del palacio del sultán, a fin de intentar, a su vez, alguna hazaña que no fuese indigna de la maravillosa jugarreta de que acababa de ser testigo.
Así es que, al caer la noche, ya estaban en el punto de cita convenido ambos asociados. Y Haram dijo a Akil: "Compañero, te has reído de la barba de un judío y de la del kadí. Yo quiero obrar sobre el propio sultán. ¡Aquí tienes una escala de cuerda, de la que voy a valerme para penetrar en el aposento del sultán! ¡Pero tienes que acompañarme para ser testigo de lo que ocurra!" Y a Akil, que no estaba acostumbrado al robo, sino sencillamente a las raterías, en un principio le asustó mucho la temeridad de aquella tentativa; pero se avergonzó de retroceder ante su asociado, y le ayudó a arrojar por encima de la muralla del palacio la escala de cuerda. Y treparon ambos por ella, bajaron por el lado opuesto, atravesaron los jardines y se adentraron en el mismo palacio, a favor de las tinieblas, y se deslizaron por las galerías hasta el propio aposento del sultán; y levantando una cortina, Haram hizo a su compañero ver al sultán dormido y junto al cual había un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 786



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Y cuando llegó la 786ª noche

Ella dijo:
"... y manipuló con él de manera tan experta, que el joven aprendió de pronto a declinar todos los casos sin vacilar, a poner el régimen pasivo en acusativo, y a exigir el régimen directo en su misión activa. ¡Y en aquella batalla de piernas y de muslos se portó con tanta valentía y tal maestría de choques de vaivén, que aquella noche fué la noche del gallo por excelencia! ¡Loores a Alah, que da alas al primer vuelo de los pájaros, que hace danzar al cabrón desde su nacimiento, que hace desarrollarse el cuello del león joven, que hace saltar al río brotando de la roca y que pone en el corazón de sus creyentes un instinto invencible y hermoso como el canto del gallo por la aurora!
Cuando por medio de aquel valiente justador, que acababa de romper el cascarón, la experta Halima hubo aplacado el ardor que la consumía, le dijo, entre mil caricias: "Sabe ¡oh fruto de mi corazón! que ya no podré pasarme sin ti. ¡Por tanto, no te creas que me bastarán una o dos noches, una o dos semanas, uno o dos meses, uno o dos años! Quiero pasarme contigo la vida entera, abandonando al esposo viejo y feo, y siguiéndote a tu patria. Escúchame, pues, y si me amas y te ha satisfecho la experiencia de esta noche, haz lo que voy a decirte. ¡Helo aquí!
Cuando mi anciano esposo te invite a cenar una vez más, contéstale: "¡Por Alah, tío mío, que Ibn-Adán es demasiado pesado por naturaleza, y tiene muy densa la sangre! ¡Y cuando reitera las visitas a casa de los demás, hace que se harten de él ricos y pobres! ¡Excúsame, por no poder aceptar tu graciosa oferta, pues temería cometer una indiscreción reteniéndote tres o cuatro noches fuera de tu harem!" Y tras de hablarle así, le rogarás que alquile para ti una casa en la vecindad nuestra, con pretexto de que así podréis veros cómodamente ambos y pasar juntos, por turno, parte de la noche, sin que ello resulte importuno para uno ni para otro. Desde luego, sé que mi marido vendrá a consultármelo, y le afirmaré en ese proyecto. ¡Y cuando lo realicemos, Alah se encargará de lo demás!" Y el joven Kamar contestó: "¡Oír es obedecer!" Y le juró conformarse con todos sus deseos, y para sellar su juramento, hizo con ella una repetición de regímenes todavía más detallada que la primera. Y en verdad que aquella noche funcionó con celo el báculo del peregrino sobre el camino allanado ya por la primera marcha del jinete.
Hecho lo cual, Kamar, por consejo de su enamorada, fué a tenderse junto al joyero, como si nada hubiese pasado. Y por la mañana, cuando los polvos antídotos despertaron al joyero, Kamar quiso despedirse de él, como tenía por costumbre. Pero el otro le retuvo a la fuerza, y le invitó a compartir con él una vez más la comida de la noche. Y Kamar no olvidó la recomendación de su enamorada, y no quiso aceptar la invitación del joyero pero le participó el plan concertado, y le dijo que era el único medio de no importunarse uno a otro en lo sucesivo. Y contestó el viejo joyero: "¡No hay inconveniente!" Y sin más tardanza se levantó y fué a alquilar la casa inmediata a la suya, la amuebló ricamente e instaló en ella a su joven amigo. Y por su parte, la experta Halima se cuidó de hacer practicar, con gran secreto, en la medianería, una abertura grande, que se disimulaba por ambos lados con un armario.
Así es que, al día siguiente, quedó Kamar extremadamente asombrado al ver entrar en su aposento a su enamorada, como si surgiera de lo invisible. Pero ella, tras de haberle colmado de caricias, le descubrió el misterio del armario, y acto seguido le hizo seña de que se dedicara a su oficio de gallo. Y Kamar se prestó a ello con diligencia y celeridad, y manejó siete veces seguidas el báculo del peregrino. Tras de lo cual, la joven Halima, húmeda aún del ardor satisfecho, sacó de su seno un puñal espléndido de la pertenencia de su esposo el joyero, que lo había labrado por sí mismo con el mayor cuidado y cuyo puño había adornado con hermosas piedras preciosas, y se lo entregó a Kamar, diciéndole: "Guárdate este puñal en el cinturón y preséntate en la tienda de Osta-Obeid, mi marido; enséñale el puñal y pregúntale si le gusta y cuánto vale. Y te preguntará cómo es que lo tienes; dile entonces, que, al pasar por el zoco de los armeros, has oído a dos hombres hablar entre sí y que uno de ellos decía al otro: "¡Mira el regalo que me ha hecho mi amante, que me da los objetos que pertenecen a su anciano marido, el más feo y el más repugnante de los maridos ancianos!" Y añade que, cuando se te acercó el hombre que así hablaba, le compraste el puñal. ¡Abandona la tienda luego y ven a toda prisa a casa, donde me encontrarás en el armario para recoger el puñal!" Y tomando el puñal, Kamar se presentó en la tienda del joyero, donde desempeñó el papel que le había indicado su amada.
Cuando el joyero vió el puñal y oyó las palabras de Kamar, se sintió muy turbado, y contestó con frases entrecortadas, como hombre a quien se le extravía la razón. Y al ver el estado del joyero, Kamar salió de la tienda y corrió a devolver el puñal a su amada, que ya le esperaba en el armario. Y le pintó el estado cruel y el desvarío en que hubo de dejar a su marido el joyero.
En cuanto al desdichado Osta-Obeid, corrió a su vez a la casa, presa de los tormentos de los celos y silbando cual una serpiente furiosa. Y entró, con los ojos fuera de las órbitas, gritando: "¿Dónde está mi puñal?" Y Halima aparentando el aire más inocente, contestó, abriendo unos ojos muy extrañados: "Está en su sitio, en la arquilla. ¡Pero, por Alah, que me guardaré de dártelo, ¡oh hijo del tío! porque veo que tienes extraviada la razón y temo que quieras herir con él a alguien!" Y el joyero insistió, jurando que no quería herir a nadie. Entonces, abriendo la arquilla, le presentó ella el puñal. Y exclamó él: "¡Oh, prodigio!" Ella preguntó: "Pues, ¿qué tiene de sorprendente?" El dijo: "¡Hace un instante creí ver este puñal en el cinturón de mi joven amigo!" Ella dijo: "¡Por mi vida! ¿has podido abrigar sospechas infundadas de tu esposa, ¡oh el más indigno de los hombres!?" Y el joyero le pidió perdón y se esforzó cuanto pudo por aplacar la cólera de la joven.
Y he aquí que, al día siguiente, Halima, tras de haber jugado con su amante una partida de ajedrez en siete asaltos, pensó de qué medio se valdría para hacer que el viejo joyero se divorciara de ella, y dijo a Kamar: "Ya has visto que el primer medio no nos ha dado resultado. Ahora voy a vestirme de esclava, y me conducirás a la tienda de mi marido. Y me levantarás el velo, diciéndole que acabas de comprarme en el mercado. ¡Y veremos si eso le abre los ojos!" Y se levantó y se vistió de esclava, efectivamente, y acompañó a su amante a la tienda de su marido. Y dijo Kamar al anciano joyero "Mira qué esclava acabo de comprar por mil dinares de oro. ¡A ver si te gusta!" Y así diciendo, le levantó el velo. Y el joyero creyó desmayarse al reconocer a su mujer, adornada con magníficas pedrerías labradas por él mismo y llevando en los dedos las sortijas que le había regalado Kamar. Y exclamó: "¿Cómo se llama esta esclava?" Y Kamar contestó: "¡Halima! " Y al oír estas palabras, el joyero sintió que se le secaba la garganta, y cayó de espaldas. Y Kamar y la joven se aprovecharon del desmayo para retirarse.
Cuando Osta-Obeid volvió de su desvanecimiento, corrió a su casa con todas sus fuerzas, y estuvo a punto de morirse de sorpresa y de espanto al encontrar a su esposa con el mismo atavío con que acababa de verla, y exclamó: "¡No hay fuerza y protección más que en Alah el Omnisciente!" Y ella le dijo: "Y bien, ¡oh hijo del tío! ¿de qué te asombras?" El dijo: "¡Alah confunda al Maligno! ¡Acabo de ver una esclava que ha comprado mi amigo y que parece ser tú misma, de tanto como se te asemeja!" Y Halima, fingiendo sofocarse de indignación, exclamó: "¿Cómo ¡oh calamitoso de barba blanca! te atreves a ultrajarme con sospechas tan vergonzosas? ¡Ve a convencerte por tus propios ojos, y corre a casa de tu vecino para ver si encuentras allí a la esclava!" El dijo: "¡Tienes razón! ¡No hay sospecha que ceda a semejante prueba!" Y bajó la escalera, y salió de su casa para ir a la de su amigo Kamar.
Y como había pasado por el armario, ya se encontraba allí Halima cuando entró su esposo. Y confuso ante tan gran parecido, el infortunado no supo más que murmurar: "¡Alah es grande! ¡El crea los juegos de la Naturaleza y cuanto le place!" Y regresó a su casa en el límite de la turbación y de la perplejidad; y al encontrar a su mujer como la había dejado, no pudo por menos de colmarla de elogios y pedirle perdón. Luego se volvió a su tienda.
En cuanto a Halima, fué a reunirse con Kamar, pasando por el armario, y le dijo: "¡Ya ves que no hay medio de abrir los ojos a ese padre de la barba vergonzosa! Ya sólo nos queda marcharnos de aquí sin tardanza. ¡He tomado mis medidas, y están prontos los camellos cargados, así como los caballos, y la caravana no espera a nadie más que a nosotros para partir!" Y se levantó, y envolviéndose en sus velos, le decidió a llevarla al sitio en que se hallaba la caravana. Y montaron ambos en los caballos que les aguardaban, y partieron. Y Alah les escribió la seguridad, y llegaron a Egipto sin ningún incidente desagradable.
Cuando llegaron a la casa del padre de Kamar, y el venerable mercader se enteró del regreso de su hijo, la alegría dilató todos los corazones, y Kamar fué recibido con lágrimas de dicha. Y cuando Halima entró en la casa, todos los corazones quedaron deslumbrados por su belleza. Y el padre de Kamar preguntó a su hijo: "¡Oh hijo mío! ¿es una princesa?" El joven contestó: "No es una princesa, sino aquella cuya hermosura motivó mi viaje. Pues de ella es de quien nos habló el derviche. ¡Y ahora me propongo casarme con ella conforme a la Sunnah y a la Ley!" Y contó a su padre, desde el principio hasta el fin, toda su historia. Pero no hay utilidad en repetirla.
Al saber aquella aventura de su hijo, el venerable mercader Abd el-Rahmán exclamó: "¡Oh hijo mío! ¡Sea contigo mi maldición en este mundo y en el otro si persistes en querer casarte con esa mujer salida del infierno! ¡Ah! ¡teme ¡oh hijo mío! que un día se conduzca contigo de manera tan desvergonzada como con su primer marido! ¡Mejor será que me dejes buscar para ti una esposa entre las jóvenes de buena familia!" Y le amonestó largamente, y le habló tan cuerdamente, que contestó Kamar: "Haré lo que deseas, ¡oh padre mío!" Y al oír estas palabras, el venerable mercader besó a su hijo y ordenó que al punto encerraran a Halima en un pabellón retirado, mientras tomaba una decisión con respecto a ella.
Tras de lo cual, se ocupó de buscar por toda la ciudad una esposa conveniente para su hijo. Y después de numerosos pasos dados por la madre de Kamar cerca de las mujeres de los notables y de los mercaderes ricos, se celebraron los esponsales de Kamar con la hija del kadí, la cual, sin duda, era la jovenzuela más bella de El Cairo. Y con aquel motivo, durante cuarenta días enteros no se escatimaron los festines, ni las iluminaciones, ni las danzas, ni los juegos. Y el último día tuvo lugar una fiesta reservada especialmente a los pobres, a quienes se cuidaron de invitar a sentarse en torno a las bandejas servidas para ellos con toda generosidad.
Y he aquí que Kamar, que por sí mismo vigilaba a los servidores durante aquel festín, advirtió entre los pobres a un hombre peor vestido que los más pobres y quemado del sol, llevando en su cara las huellas de prolongadas fatigas y de penas abrasadoras. Y al detener en él sus miradas para llamarle, reconoció al joyero Osta-Obeid. Y corrió a participar su descubrimiento a su padre, que le dijo: "¡Ha llegado el momento de reparar, en cuanto nos es posible, el daño que cometiste por instigación de la desvergonzada a quien he encerrado!" Y se adelantó al anciano joyero, que ya se disponía a alejarse, y llamándole por su nombre, le abrazó tiernamente y le interrogó acerca del motivo que habíale reducido a tal estado de pobreza. Y Osta-Obeid le contó que se había marchado de Bassra para que no se difundiese su aventura y no tuviesen ocasión de burlarse de él sus enemigos, pero en el desierto había caído en manos de bandoleros árabes, que le quitaron cuanto poseía. Y el venerable Abd el-Rahmán se apresuró a hacer que le condujeran al hammam, y después del baño que le vistieran con ricos trajes; luego le dijo: "¡Eres mi huésped, y te debo verdad! Sabe, pues, que tu esposa Halima está aquí, encerrada por orden mía en un pabellón retirado. Y pensaba devolvértela con escolta a Bassra pero ya que Alah te condujo hasta aquí, es porque, de antemano, estaba señalada la suerte de esa mujer. Voy, pues, a conducirte a su aposento, y la perdonarás o la tratarás como se merezca. Porque no debo ocultarte que conozco toda la penosa aventura, de que es única culpable tu mujer; pues el hombre que se deja seducir por una mujer no tiene nada que reprocharse, dado que no puede resistir al instinto que Alah ha infundido en él; pero la mujer no está constituida de igual manera, y si no rechaza la aproximación y el ataque de los hombres, siempre será culpable.
¡Ah! ¡hermano mío, se necesita gran acopio de sabiduría y paciencia en el hombre que posee una mujer!" Y dijo el joyero: "¡Tienes razón, hermano mío! Mi mujer es la única culpable en este caso. Pero ¿dónde está? Y dijo el padre de Kamar: "¡En ese pabellón que ves delante de ti, y cuyas llaves aquí tienes!" Y el joyero cogió las llaves con gran alegría y fué al pabellón, cuyas puertas hubo de abrir, y entró en el aposento de su mujer. Y avanzó hacia ella sin decir una palabra, y echándola de repente al cuello las dos manos, la estranguló, exclamando: "¡Mueran así las desvergonzadas de tu especie...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 785



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Y cuando llegó la 785ª noche

Ella dijo:
"… Y le condujo a su casa, donde le festejó con una recepción suntuosa y un espléndido festín. Y tras de retirar las bandejas de manjares y bebidas, una esclava les sirvió sorbetes preparados por las propias manos de la joven dueña de la casa. No obstante, a pesar del deseo que de ello tenía, no quiso infringir la costumbre de las recepciones, donde las mujeres jamás toman parte en las comidas, y permaneció en el harem. Y se limitó a esperar allí que produjese efecto su estratagema. Y he aquí que, apenas Kamar y su huésped probaron el delicioso sorbete, cayeron ambos en un profundo sueño; porque la joven había tenido cuidado de echar en las copas un polvo adormecedor. Y la esclava que les servía se retiró en cuanto los vió tendidos sin movimiento.
Entonces la joven, vestida solamente con su camisa, y preparada toda ella como para la primera entrada nupcial, levantó el cortinaje y penetró en la sala del festín. Y quien hubiese visto a aquella joven, en todo el esplendor de su belleza, con sus ojos cargados de crímenes, habría sentido que se le desmenuzaba el corazón y que la razón se le huía. Avanzó ella, pues, hasta Kamar, a quien hasta entonces no había entrevisto más que por la ventana, cuando entraba él en la casa, y se puso a contemplarle. Y vió que era en absoluto de su conveniencia. Y empezó por sentarse junto a él, y se puso a acariciarle el rostro dulcemente con la mano. Y de pronto, aquella gallina hambrienta se arrojó glotonamente sobre el jovenzuelo y empezó a picotearle los labios y las mejillas con tanta violencia, que hizo saltar la sangre. Y aquellos picotazos crueles duraron algún tiempo y fueron reemplazados por tales movimientos, que sólo Alah sabría lo que pudo ocurrir a consecuencia de toda aquella agitación de la gallina montada a horcajadas sobre el joven gallo dormido.
Y con aquel juego transcurrió la noche entera.
Pero cuando apareció la mañana, aquella ardiente jovenzuela se decidió a levantarse; y se sacó del seno cuatro tabas de cordero y se las metió en el bolsillo de Kamar. Y hecho lo cual, le dejó y volvió al harem. Y mandó a la sala del festín a la esclava confidente que de ordinario ejecutaba sus órdenes, la misma que llevaba el alfanje desnudo al paso del cortejo por los zocos de Bassra. Y la esclava, para disipar el sueño del joven Kamar y del viejo joyero, les echó en las narices unos polvos que eran poderoso antídoto. Y no tardaron en producir su efecto aquellos polvos, porque los dos durmientes se despertaron después de estornudar. Y la joven esclava dijo al joyero: "¡Oh amo vuestro! nuestra ama Halima me envía a despertarte y te dice: "Es la hora de la plegaria de la mañana, y he aquí que desde el minarete el muezín hace el llamamiento a los creyentes. ¡Y he aquí, además, la palangana para las abluciones!" Y exclamó el viejo, aturdido aún: "¡Por Alah ! ¡qué pesadamente se duerme en esta habitación! ¡Siempre que me acuesto aquí no me despierto hasta muy entrado el día!"
Kamar no supo qué responder. Pero, al levantarse para hacer sus abluciones, sintió que le ardían como el fuego los labios y el rostro, sin contar lo que no se veía. Y se asombró de ello en extremo, y dijo al joyero: "No sé qué será, pero siento que los labios y el rostro me arden como el fuego y me queman como carbones encendidos. ¿A qué obedecerá?"
Y el viejo contestó: "¡Oh! eso no es nada. ¡Sencillamente picaduras de mosquitos!" Y dijo Kamar: "Está bien; pero ¿cómo es que en tu rostro no veo trazas de picaduras de mosquitos, si has dormido a mi lado?" El otro contestó: "¡Por Alah, que es verdad! Sin embargo, has de saber ¡oh cara hermosa! que a los mosquitos les gustan las mejillas jóvenes y vírgenes de pelo, y detestan los rostros barbudos. Y he aquí que bajo tu lindo semblante circula una sangre delicada, mientras que de mis mejillas descienden unas barbas luengas". Dicho esto, hicieron sus abluciones, se dedicaron a la plegaria y almorzaron juntos. Tras de lo cual, Kamar se despidió de su huésped, y salió para ir en busca de la mujer del barbero.
Y he aquí que se encontró con que estaba ella esperándole. Y le acogió riéndose, y le dijo: "¡Vamos, ¡oh hijo! cuéntame la aventura de esta noche, por más que la veo escrita con mil signos en tu rostro!" El dijo: "¡Estos signos son simples picaduras de mosquitos y nada más, madre mía!" Y la mujer del barbero se rió aun más fuerte al oír estas palabras, y dijo: "¿De verdad son picaduras de mosquitos? ¿Y no ha tenido otros resultados tu visita a la casa de la que amas?" El contestó: "¡Por Alah, que no, a no ser estas cuatro tabas de jugar los niños, y que me he encontrado en el bolsillo, sin saber cómo han entrado en él!"
Ella dijo: "¡Enséñamelas!" Y las cogió, las miró un momento, y continuó diciendo: "Eres muy inocente, hijo mío, al no haber adivinado que en tu cara llevas todavía la huella, no de picaduras de mosquitos, sino de besos apasionados de la que amas. En cuanto a esos huesos, que ella misma te ha metido en el bolsillo, son un reproche que te dirige por haberte pasado el tiempo durmiendo, pudiéndolo emplear mejor con ella. Ha querido decirte: "Eres un niño que se pasa el tiempo durmiendo. Aquí tienes unas tabas, como cumple a los niños que no saben divertirse con otro juego". Tal es la explicación de estas tabas, hijo mío. Y ha sido hablar bastante claro para la primera vez. Y por otra parte, no tienes más que hacer la prueba esta misma noche. En efecto, te aprovecharás de la invitación del joyero, el cual, sin duda, te convidará de nuevo a cenar, ¡y creo que no te olvidarás de portarte de manera que te satisfaga y la satisfaga, y hagas dichosa a tu madre que te quiere, hijo mío! ¡Y para cuando estés de vuelta en mi casa, ¡oh pupila del ojo! piensa en la miserable condición de mi pobrísimo esposo el barbero!"
Y Kamar contestó: "¡Por encima de la cabeza y de los ojos!" Y regresó al khan en que se alojaba. Y he aquí lo referente a él.
En cuanto a la joven Halima, preguntó a su esposo, el viejo joyero, cuando fué él a buscarla al harem: "¿Cómo te has portado con tu huésped el joven extranjero?" El contestó: "Con todas las galanterías y todas las consideraciones, ¡oh Halima! ¡Pero ha debido pasar muy mala noche, porque le han picado con encarnizamiento los mosquitos!" Ella dijo: "Tú tienes la culpa por no haberle hecho dormir con mosquitero. Pero, sin duda, estará menos incómodo la próxima noche. Pues supongo que le invitarás otra vez. ¡Y es lo menos que con él puedes hacer en agradecimiento por todas las pruebas de generosidad con que te ha colmado!" Y el joyero sólo pudo responder con el oído y la obediencia, máxime cuando él también sentía gran afecto por el joven.
Así es que, cuando Kamar llegó a la tienda, no dejó de invitarle el joyero, y aquella noche sucedió lo mismo que la anterior, a pesar del mosquitero. Porque, una vez que la bebida adormecedora hubo surtido su efecto, la joven Halima se pasó toda la noche agitándose y moviéndose a horcajadas sobre el gallo dormido, y de manera aun más extraordinaria que la primera vez. Y cuando, por la mañana, el joven Kamar salió de su profundo sueño, merced a los polvos que le echaron en las narices, sintió que le ardía el rostro y que tenía todo el cuerpo acribillado a succiones, mordiscos y otras cosas semejantes realizadas por su ardiente enamorada. Pero no dejó entrever nada al joyero, que le interrogaba sobre cómo había dormido, y tras de despedirse de él, salió para ir a dar cuenta a la mujer del barbero de lo que había pasado. Y al mirar en su bolsillo, encontró un cuchillo que le habían metido allí.
Y enseñó a su protectora aquel cuchillo, dándole quinientos dinares de oro de gratificación para aquel pobre barbero esposo suyo. Y después de besarle la mano, exclamó la vieja al ver el cuchillo: "¡Alah os resguarde de la desgracia, ¡oh hijo mío! He aquí que tu bienamada está irritada, y te amenaza con matarte si te vuelve a encontrar dormido. ¡Porque ésa es la explicación del cuchillo encontrado en tu bolsillo!" Y preguntó Kamar, muy perplejo: "¿Pero qué voy a hacer para no dormirme? ¡La noche última estaba yo resuelto a velar a todo trance, pero no lo conseguí!" Ella contestó: "Pues bien; para ello, no tendrás más que dejar beber al joyero solo y fingiendo que te tomas la copa de sorbete, cuyo contenido arrojarás detrás de ti, simularás dormir en presencia de la esclava. ¡Y de tal suerte conseguirás el objeto deseado!" Y Kamar contestó con el oído y la obediencia, y no dejó de seguir exactamente aquel excelente consejo.
Y he aquí que pasaron las cosas de la manera prevista por la vieja. Porque el joyero, por consejo de su esposa, invitó a Kamar a la tercera cena, con arreglo a la costumbre que exige sea el huésped invitado tres noches seguidas. Y cuando la esclava que había llevado los sorbetes vió dormidos a ambos hombres, se retiró para anunciar a su señora que ya se había producido el efecto deseado.
Al escuchar esta noticia, la ardiente Halima, furiosa de ver que el joven no había comprendido ninguna de sus advertencias, entró en la sala del festín, cuchillo en mano, dispuesta a hundirlo en el corazón del imprudente. Pero de pronto Kamar se irguió sobre ambos pies, riendo, y se inclinó hasta tierra ante la joven, que hubo de preguntarle: "¡Ah! ¿y quién te ha enseñado esa estratagema?" Y Kamar no le ocultó que había obrado de acuerdo con los consejos de la mujer del barbero. Y ella sonrió, y dijo: "¡Es lista la vieja! Pero en adelante sólo tienes que tratar conmigo. ¡Y no te arrepentirás!" Y así diciendo, atrajo hacia ella al jovenzuelo, de carne virgen todavía de todo contacto de mujer, y manipuló con él de manera tan experta...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 784



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Y cuando llegó la 784ª noche

Ella dijo:
"... y de traer contigo cien dinares de oro para mi esposo el barbero, que es un pobre!" Y Kamar contestó con el oído y la obediencia y salió de la casa del barbero, repitiéndose, para grabarlas bien en su memoria, las instrucciones de la vendedora de perfumes, esposa del barbero. Y bendecía a Alah, que en su camino puso, como piedra indicadora, a aquella mujer de bien.
Y de tal suerte llegó al zoco de los joyeros y orfebres, en donde todo el mundo se apresuró a indicarle la tienda del jeique de los joyeros Osta-Obeid. Y entró en la tienda y vió entre sus aprendices al joyero, a quien saludó con la mayor cortesía, llevándose la mano al corazón, a los labios y a la cabeza, y diciendo: "¡La paz sea contigo!"
Osta-Obeid le devolvió la zalema y le recibió con finura y le rogó que se sentara. Y Kamar sacó entonces de su bolsa una gema escogida, pero de la especie menos hermosa de las cuatro que poseía, y le dijo: "¡Oh maestro! ¡anhelo vivamente que para esta gema me hagas una montura digna de tus capacidades, pero de la manera más simple y con un peso que no exceda de un miskal!" Y al mismo tiempo le entregó veinte monedas de oro, diciendo: "¡Esto ¡oh maestro! no es más que un ínfimo anticipo de la cantidad con que pienso remunerar el trabajo que me hagas!" Y asimismo entregó una moneda de oro a cada uno de los numerosos aprendices, y también a cada uno de los numerosos mendigos que habían hecho su aparición en la calle en cuanto vieron entrar en la tienda a aquel joven extranjero vestido tan suntuosamente. Y tras de portarse de tal modo, se retiró él, dejando a todo el mundo maravillado de su liberalidad, de su belleza y de sus modales distinguidos.
En cuanto a Osta-Obeid, no quiso retrasar lo más mínimo la confección de la sortija, y como estaba dotado de una destreza extraordinaria y tenía a su disposición medios que ningún otro joyero poseía en el mundo, la empezó y la concluyó al terminar el día, dejándola toda cincelada y limpia. Y como el joven Kamar no debía volver hasta el día siguiente, se la llevó consigo por la noche para enseñársela a su esposa, la joven consabida, pues la piedra le parecía maravillosa, y de un agua tan limpia, que daba gana de humedecerse con ella la boca.
Cuando la joven esposa de Osta-Obeid hubo visto la sortija, la encontró muy hermosa, y preguntó: "¿Para quién?" El contestó: "Para un joven extranjero, que es mucho más deslumbrador que esta maravillosa gema. Porque has de saber que el dueño de esta sortija que ya me ha pagado de antemano como nunca se me pagó trabajo alguno, es hermoso y encantador, con ojos que hieren de deseo, mejillas como pétalos de anémona en un parterre lleno de jazmines, una boca como el sello de Soleimán, labios empapados en sangre de cornalinas, y un cuello como el cuello del antílope, que soporta graciosamente su cabeza fina cual un tallo soporta su corola. Y para resumir lo que está por encima de toda alabanza, bástete oír que es hermoso, verdaderamente hermoso, y tan encantador como hermoso, lo que le hace parecerse a ti, no sólo por sus perfecciones, sino también por su tierna edad y por las facciones de su rostro".
Así describió el joyero a su esposa al joven Kamar, sin advertir que sus palabras acababan de encender en el corazón de la joven una pasión repentina y tanto más viva cuanto que el objeto de ella era invisible. Y aquel propietario de una frente en que iban a crecer cuernos como cohombros en un terreno estercolado, olvidaba que no existe tercería peor ni de éxito más seguro que la de un marido que ante su esposa ensalza los méritos y la belleza de un desconocido, sin cuidarse de las consecuencias. Así es como Alah el Altísimo, cuando quiere que se cumplan los designios decretados con respecto a sus criaturas, las hace tantear en las tinieblas de la ceguera.
Y he aquí que la joven esposa del joyero oyó aquellas palabras y las retuvo en el fondo de su espíritu, pero sin dejar traslucir, ni por asomo, los sentimientos que la agitaban. Y dijo a su esposo con acento indiferente: "¡Déjame ver esa sortija!" Y Osta-Obeid se la entregó, y ella la miró con aire distraído y se la puso en el dedo, impensadamente. Luego dijo: "¡Parece que la han hecho a medida de mi dedo! ¡Mira qué bien me está!" Y contestó el joyero: "¡Vivan los dedos de las huríes! ¡Por Alah, ¡oh mi señora! que, como el propietario de esta sortija está dotado de generosidad y de galantería, mañana le rogaré que me la venda al precio que sea, y te la traeré!"
Mientras tanto, Kamar había ido a dar cuenta a la esposa del barbero de la manera como se había conducido con arreglo a sus instrucciones; y le entregó cien monedas de oro en calidad de regalo para aquel pobre barbero. Y preguntó a su protectora qué le quedaba que hacer. Y ella le dijo: "¡Mira! Cuando veas al joyero, no admitas la sortija que te tenga hecha. Finges que te está muy estrecha en el dedo, y se la das de regalo; y preséntale otra gema mucho más hermosa que la primera, de las que valen a setecientos dinares la pieza, y dile que te la monte con cuidado. Al mismo tiempo, dale sesenta dinares de oro para él y dos para cada uno de sus obreros, como gratificación. Y tampoco olvides a los mendigos de la puerta. Y conduciéndote así, irán a tu gusto las cosas. ¡Y no te olvides ¡oh hijo! de volver a darme cuenta del asunto y de traer contigo algo para mi pobre esposo el barbero!"
Y contestó Kamar: "¡Escucho y obedezco!"
Y salió de casa de la mujer del barbero, y al día siguiente no dejó de ir al zoco en busca del joyero Osta-Obeid, el cual en cuanto le advirtió, levantose en honor suyo, y después de las zalemas y cumplimientos, le presentó la sortija. Y Kamar hizo como que se la probaba, y dijo después: "Por Alah, ¡oh maestro Obeid! que la sortija está muy bien hecha, pero me viene un poco estrecha al dedo. ¡Toma! ¡te la doy para que se la regales a cualquiera de las numerosas esclavas de tu harem! Y aquí tienes otra gema, que prefiero a la anterior, y que, montada sencillamente, resultará mucho más hermosa". Y así diciendo, le entregó una gema de setecientos dinares de oro; y al mismo tiempo le dió sesenta dinares de oro para él y dos para cada uno de sus aprendices, diciendo: "¡Sólo es para que refresquéis con un sorbete pero, si este trabajo se acaba con prontitud, espero que quedaréis satisfechos del modo como seréis remunerados!" Y salió, distribuyendo a derecha e izquierda monedas de oro a los mendigos congregados delante de la puerta de la tienda.
Cuando el joyero vió tanta liberalidad en su joven cliente, quedó extremadamente sorprendido. Y a la noche, una vez que hubo entrado en su casa, no se cansaba de alabar en presencia de su esposa a aquel generoso extranjero, del que decía: "¡Por Alah, que no se contenta con ser hermoso, como jamás lo fueron los más hermosos, sino que tiene la mano abierta de los hijos de los reyes!" Y cuanto más hablaba, hacía incrustarse más en el corazón de su mujer el amor sentido por el joven Kamar. Y cuando él la hubo entregado la sortija, don de su cliente, se la puso ella lentamente en el dedo, y preguntó: "¿Y no te ha encargado otra?" El dijo: "¡Sí, por cierto! Y tanto he trabajado en ella todo el día, que aquí la tienes acabada". Ella dijo: "¡Déjamela ver!" Y la cogió, la miró, sonriendo, y dijo: "¡Quisiera quedarme con ella!" El dijo: "¿Quién sabe? ¡Capaz es de dejármela, como ha hecho con su hermana! "
Mientras tanto, Kamar había ido a concertarse con la esposa del barbero acerca de lo que había pasado y de lo que tenía que hacer. Y le entregó cuatrocientos dinares de oro para su pobre esposo el barbero.
Y ella le dijo: "Hijo mío, tu asunto va por el camino mejor. Cuando veas al joyero, no admitas la sortija encargada, sino haz como que te está muy grande, y déjasela de regalo. Luego entrégale otra piedra preciosa, de las que valen casi a novecientos dinares de oro la pieza; y en espera de que terminen el trabajo, da cien dinares para el maestro y tres para cada uno de los aprendices. ¡Y al volver a darme cuenta de la marcha del asunto, no te olvides de traer para mi pobre esposo el barbero algo con que pueda comprarse un pedazo de pan! Y Alah te guarde y prolongue tus días preciosos, ¡oh hijo de la generosidad!"
Y he aquí que Kamar siguió puntualmente el consejo de la vendedora de perfumes. Y el joyero no encontró ya palabras ni expresión con qué pintar a su mujer la liberalidad del hermoso extranjero. Y ella le dijo, probándose la nueva sortija: "¿No te da vergüenza ¡oh hijo del tío! no haber invitado todavía a tu casa a un hombre que tan generoso se ha mostrado contigo? ¡Y sin embargo, gracias a los beneficios de Alah, no eres avaro ni descendiente de una familia de avaros; pero me parece que a veces faltas a las prácticas sociales! ¡Así, es absolutamente un deber de parte tuya rogar a ese extranjero que venga a tomar mañana la sal de tu hospitalidad!
Por su parte, Kamar, después de haber consultado a la mujer del barbero, a la cual entregó para aquel pobre hombre ochocientos dinares de gratificación, lo preciso para que comprara un pedazo de pan, no dejó de presentarse en la tienda del joyero, a fin de probarse la tercera sortija. Y después de ponérsela en el dedo, se la sacó, la miró un instante con cierto desdén, y dijo: "Está bastante bien; pero no me gusta del todo esta piedra. ¡Quédate, pues, con ella para una de tus esclavas, y móntame esta otra gema! Y aquí tienes un anticipo de doscientos dinares y cuatro para cada uno de tus aprendices. ¡Y perdóname todas las molestias que te causo!" Y así diciendo, le entregó una gema blanca y maravillosa que valía mil dinares de oro. Y en el límite de la confusión, le dijo el joyero: "¡Oh mi señor! ¿querrías honrar mi casa con tu presencia y concederme la gracia de ir a cenar conmigo esta noche? ¡Porque tus beneficios están por encima de mí, y mi corazón se siente atraído por tu mano generosa!"
Y contestó Kamar: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Y le dió las señas del khan donde paraba.
Y he aquí que, llegada la noche, el joyero se presentó en el khan consabido para recoger a su invitado. Y le condujo a su casa...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 783



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Y cuando llegó la 783ª noche

Ella dijo:
"... y llegó él sin contratiempo a aquella ciudad.
Y aconteció que el día de su llegada era precisamente un viernes por la mañana; y Kamar pudo observar que cuanto le había contado el derviche era la pura verdad. Y vió, en efecto, que los zocos estaban vacíos, las calles desiertas y las tiendas abiertas, pero sin vendedores ni compradores. Y como tenía hambre, comió y bebió de lo que le convino, hasta la saciedad. Y apenas había acabado su comida, oyó la música y se apresuró a esconderse, como lo había hecho el derviche. Y en seguida vió aparecer a la bella joven con sus cuarenta mujeres. Y a la vista de su belleza le poseyó una emoción tan fuerte que se cayó desvanecido en su escondite.
Cuando recobró el sentido vió que los zocos estaban animados y llenos de transeúntes, que iban y venían, exactamente igual que si no se hubiese interrumpido el movimiento comercial. Y detallando aún en su espíritu los encantos sobrenaturales de la joven, comenzó por ir a comprarse trajes magníficos, de lo más rico y suntuoso que pudo encontrar en casa de los principales mercaderes. Y se presentó después en el hammam, del cual salió brillante como un rey joven, tras de tomar un baño prolongado y minucioso. Y solamente entonces se dedicó a buscar la tienda del barbero que la otra vez había afeitado la cabeza al derviche, y no tardó en encontrarla. Y entró en la tienda, y después de las zalemas por una y otra parte, dijo al barbero: "¡Oh padre de manos ligeras! deseo hablarte en secreto. ¡Te ruego, pues, que cierres tu tienda a los clientes que tienes costumbre de recibir, y toma esto para indemnizarte de la pérdida de tu tiempo!" Y le entregó una bolsa llena de dinares de oro, la cual se apresuró el barbero a guardarse en su cinturón, tras de tomarla a peso con un leve movimiento de mano. Y cuando ambos estuvieron solos en la tienda, Kamar le dijo: "¡Oh padre de manos ligeras! soy extranjero en esta ciudad. ¡Y únicamente deseo saber por ti el motivo del abandono matinal de los zocos este viernes!" Y conquistado por la generosidad del joven y por su aire de emir, el barbero le contestó: "¡Oh mi señor! se trata de un secreto que no he tratado de penetrar nunca, y hago como todo el mundo y tengo cuidado de ocultarme todos los viernes por la mañana. Pero, ya que la cosa te preocupa, voy a hacer por ti lo que no haría por mi hermano. Te pondré, pues en comunicación con mi mujer, que sabe todo lo que pasa en la ciudad, porque vende perfumes en todos los harenes de Bassra y en los palacios de los grandes y del sultán. Y como, por tu talante, veo que estás impaciente por esclarecer este asunto, y que, por otra parte, te ha agradado mi proposición, voy al instante en busca de la hija de mi tío para someterle el caso.
¡Espérame, pues, tranquilamente en la tienda hasta mi regreso!"
Y el barbero dejó a Kamar en la tienda y se apresuró a ir en busca de su mujer, a quien explicó el motivo que le llevaba; y al mismo tiempo le entregó la bolsa llena de dinares de oro. Y la esposa del barbero, que era fértil de ingenio y servicial de corazón, contestó: "Bienvenido sea a nuestra ciudad. ¡Heme aquí pronta a servirle con mi cabeza y mis ojos! ¡Ve a buscarle y tráemele para que le ponga al corriente de lo que quiere saber!" Y el barbero regresó a su tienda, donde encontró sentado a Kamar esperándole, y le dijo: "¡Oh hijo mío! levántate y ven conmigo a ver a tu madre, la hija de mi tío, que me encarga te diga: "¡El asunto es fácil!"
Y le cogió de la mano y le condujo a su casa, donde su esposa dió al joven la bienvenida con acento afable y atrayente, y le hizo sentarse en el sitio de honor del diván, y le dijo: "¡Familia y comodidad al huésped encantador! ¡La casa es tu casa y esclavos tuyos los dueños de la casa! ¡Estás por encima de nuestra cabeza y de nuestros ojos! ¡Ordena! ¡Oír es obedecer!" Y se apresuró a ofrecerle en una bandeja de cobre los refrescos y las confituras de la hospitalidad, y le obligó a tomar una cucharada de cada especie, formulando cada vez el deseo de que obtuviese: "¡Delicias y reparación para el corazón del huésped!"
Entonces Kamar cogió un puñado grande de dinares de oro y se lo puso en las rodillas a la esposa del barbero, diciendo: "¡Dispénsame lo poco que es! ¡Pero ¡inschalah! ya sabré agradecer mejor tus bondades!"
Luego le dijo: "¡Ahora, madre mía, cuéntame todo lo que sepas acerca de lo que sabes!"
Y dijo la esposa del barbero: "Sabe ¡oh hijo mío! ¡oh luz de mis ojos y corona de mi cabeza! que el sultán de Bassra recibió un día en calidad de regalo del sultán de la India una perla tan hermosa, que debió nacer de un rayo de sol posado en alguna hueva milagrosa del mar. Era a la vez blanca y dorada, según como se la mirara, y parecía encender en su seno un incendio en leche. Y el rey la estuvo contemplando durante todo un día, y para no separarse de ella nunca, quiso llevarla sujeta a su cuello con una cinta de seda. Pero como era virgen e imperforada, mandó llamar a todos los joyeros de Bassra, y les dijo: Deseo que agujereéis con destreza esta perla soberana. Y quien sepa hacerlo, sin estropear la maravillosa substancia que la compone, podrá pedirme cuanto quiera, y será complacido con creces. ¡Pero si no obtiene un resultado perfecto o si su mal destino le hace estropearla lo más mínimo, puede contarse en la pira de los muertos, porque haré que le corten la cabeza después de obligarle a sufrir todos los suplicios a que se haya hecho acreedor por su torpeza sacrílega! ¿Qué os parece, ¡oh joyeros!?"
"Al oír estas palabras del sultán, y comprendiendo que arriesgaban sus almas, los joyeros sintieron un miedo extremado, y contestaron: «¡Oh rey del tiempo ¡es cosa muy delicada una perla como ésa! Y sabido es que, para horadar las perlas ordinarias, hacen falta una habilidad y un pulso muy raros, y que pocos maestros joyeros obtienen en ello buen resultado sin algunos accidentes inevitables. Te suplicamos, pues, que no nos obligues a lo que nuestros débiles medios no pueden soportar, porque declaramos que de nuestras manos jamás podrá salir una habilidad como la que es preciso desplegar para eso.
¡Sin embargo, podemos indicarte quién sabrá llevar a cabo ese prodigio de arte, y es nuestro jeique! » Y el rey preguntó: ¿Y quién es vuestro jeique?» Ellos contestaron: «¡El maestro joyero Obeid! ¡Es infinitamente más hábil que nosotros, y tiene un ojo en la punta de cada dedo y una delicadeza extremada en cada ojo!» Y dijo el rey: ¡Id a buscármele, y no tardéis!» Y los Joyeros se apresuraron a obedecer y volvieron con su jeique, el maestro Obeid, quien, tras de besar la tierra entre las manos del rey, se mantuvo de pie esperando órdenes. Y el rey le explicó el trabajo que exigía de él y la recompensa o el castigo que le esperaba en caso de éxito o de fracaso. Y al propio tiempo le enseñó la perla. Y el joyero Obeid tomó la maravillosa perla y la examinó una hora de tiempo, y contestó:
¡Moriré si no la horado!»
Y acto seguido se puso en cuclillas, con permiso del rey, y sacando de su cinturón ciertas herramientas sutiles, colocó la perla entre ambos dedos gordos de sus pies juntos, y con una habilidad y una ligereza increíbles, manejó sus herramientas igual que un niño manejaría un peón, y en menos tiempo del que se necesita para horadar un huevo, perforó la perla de parte a parte, sin una rebaja ni la menor lasca, con dos agujeros iguales y simétricos. Luego la limpió con el revés de la manga y se la ofreció al rey, el cual se dilató y osciló de satisfacción y de contento. Y se la colgó al cuello con un cordón de seda, y subió a sentarse en su trono. Y miró a todos lados con ojos iluminados de alegría, en tanto que la perla era cual un sol que le colgase del cuello.
"Tras de lo cual se encaró con el joyero Obeid, y le dijo: «¡Oh maestro Obeid! ¡di ya lo que deseas!» Y el joyero reflexionó una hora de tiempo, y contestó: «¡Alah prolongue los días del rey! pero el esclavo cuyas manos tullidas han tenido el honor insigne de tocar la perla maravillosa y de devolvérsela a nuestro amo, perforada con arreglo a su deseo, posee una esposa muy joven, a la que tiene que mimar mucho, pues ya es bastante viejo, y cuando los hombres están de regreso en la vida, si no quieren hacerse antipáticos a sus esposas, deben tratarlas con toda clase de miramientos y no hacer nada sin consultarlas. El esclavo, pues, querría ir a pedir opinión a su esposa con respecto a la petición que le permite hacer nuestro amo magnánimo, y ver si no tiene ella misma que formular un deseo preferible al que pudiera imaginar yo. ¡Porque Alah no sólo le ha dado juventud y gracia, sino un ingenio fértil y perspicaz y una cordura a toda prueba!»
Y dijo el rey: «¡Date prisa, Osta-Obeid, a ir a consultar a tu esposa y volver a traerme la respuesta, pues no tendré reposo espiritual mientras no haya cumplido mi promesa!» Y el joyero salió del palacio y fué en busca de su esposa y le sometió el caso. Y exclamó la joven: «¡Glorificado sea Alah, que hace que llegue mi día antes de tiempo! ¡En efecto, tengo que formular un deseo y poner en práctica una idea singular en verdad! Gracias a los beneficios de Alah y a la prosperidad de tus negocios, somos ricos y estamos al abrigo de la necesidad para el resto de nuestros días. Por ese lado nada tenemos, pues, que desear y el anhelo que quiero satisfacer no costará un dracma al tesoro del reino. ¡Helo aquí! ¡Ve a pedir sencillamente al rey que me dé permiso para pasearme todos los viernes con un cortejo, semejante al de las hijas de los reyes, por los zocos y las calles de Bassra, sin que ose nadie mostrarse entonces en la calle, so pena de perder la cabeza! ¡Y eso es cuanto deseo del rey como recompensa a tu trabajo referente a la perla perforada!»
"Al oír estas palabras de su joven esposa, el joyero llegó al límite del asombro, y se dijo: «¡Alah karim! ¡Muy sagaz tiene que ser quien pueda envanecerse de saber lo que bulle en el cerebro de una mujer!» Pero como amaba a su esposa, y era viejo y muy feo además, ni quiso contrariarla, y se limitó a contestar: «¡Oh hija del tío! tu deseo está por encima de la cabeza y de los ojos. ¡Pero si cuando pase el cortejo abandonan sus tiendas los mercaderes de los zocos para ir a ocultarse, los perros y los gatos devastarán los escaparates y cometerán otros males que han de pesar sobre nuestra conciencia!» Ella dijo: «Para evitarlo, a los habitantes y guardias de los zocos se les dará orden de encerrar aquel día a todos los perros y a todos los gatos. ¡Pues deseo que queden abiertas las tiendas mientras pasa mi cortejo! ¡Y todos, grandes y pequeños, irán a ocultarse en las mezquitas, cuyas puertas se cerrarán para que nadie pueda asomar la cabeza y mirar!»
"Entonces el joyero Obeid fué en busca del rey, y extremadamente confuso, le transmitió el deseo de su esposa. Y el rey le dijo: «¡ No hay inconveniente!' Y por los pregoneros públicos hizo proclamar en toda la ciudad la orden de que los habitantes dejaran abiertas sus tiendas todos los viernes, dos horas antes de la plegaria, y fueran a ocultarse en las mezquitas, guardándose muy mucho de mostrar en la calle sus cabezas, so pena de verlas saltar de sus hombros. Y les recomendó que encerraran a los perros y a los gatos, a los asnos y a los camellos y a cuantos animales de carga pudiesen circular por los zocos.
"Y desde entonces la esposa del joyero se pasea así todos los viernes, dos horas antes de la plegaria de mediodía, sin que se atreva a mostrarse por las calles hombre, ni perro, ni gato. ¡Y precisamente es a ella misma, ya sidi Kamar, a quien viste esta mañana con su belleza verdaderamente sobrenatural, en medio de su cortejo de jóvenes y precedida de la esclava que llevaba en la mano el sable desnudo para cortar la cabeza de quien osase mirarla pasar!"
Y cuando la esposa del barbero hubo contado así a Kamar lo que él quería saber, se calló un momento, le observó sonriendo y añadió: "¡Pero bien veo, ¡oh propietario del rostro encantador! ¡oh mí señor bendito! que no te satisface este relato y que deseas de mi algo más: por ejemplo, que te indique un medio de volver a ver a la maravillosa joven, esposa del anciano joyero!" Y contestó Kamar: "¡Oh madre mía! Tal es, en efecto, el deseo íntimo de mi corazón. Porque para verla vine de mi país, después de haber abandonado la morada, donde mi ausencia deja llorando a un padre y a una madre que me quieren bien". Y la esposa del barbero dijo: "¡En ese caso, ¡oh hijo mío! enumérame algunas de las cosas preciosas y de valor que posees!" El dijo: "¡Oh madre mía! entre otras cosas buenas, tengo conmigo piedras preciosas de cuatro clases: las piedras de la primera clase valen quinientos dinares de oro cada una; las de la segunda clase valen setecientos dinares de oro cada una; las de la tercera, ochocientos cincuenta, y las de la cuarta, mil dinares de oro cada una, por lo menos". Ella preguntó: "¿Y está tu alma dispuesta a ceder cuatro de esas piedras, cada una de clase diferente?" El contestó: "¡Mi alma está dispuesta a ceder gustosa todas las piedras que poseo y todo lo que en mi mano haya!" Ella dijo: "¡Pues bien; levántate, ¡oh hijo! ¡oh corona de la cabeza de los más generosos! y ve al zoco de los joyeros y orfebres en busca del joyero Osta-Obeid, y haz exactamente lo que voy a decirte!"
Y le indicó cuanto quiso indicarle para hacerle llegar al fin deseado, y añadió: "Para todo se necesita prudencia y paciencia, hijo mío. ¡Pero cuando hayas hecho lo que acabo de indicarte no te olvides de venir a darme cuenta de ello y de traer contigo cien dinares de oro para mi esposo el barbero, que es un pobre...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 782



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Pero cuando llegó la 782ª noche

Ella dijo:
"... Entonces dijo el derviche: "Sabe, pues, ¡oh mi señor! que soy un pobre derviche que peregrina continuamente por las tierras y las comarcas de Alah, maravillándose día y noche con la obra del Creador.
"Y he aquí que un viernes por la mañana me condujo mi destino a la ciudad de Bassra. Y al entrar en ella observé que los zocos y las tiendas y los almacenes estaban abiertos, con todas las mercancías expuestas en los escaparates, así como todas las vituallas, y en general, cuanto se vende y se compra, cuanto se come y se bebe; pero también observé que ni en los zocos ni en las tiendas se veían huellas de mercader o de comprador, de mujer o de muchacha, de yente o de viviente, y estaba todo tan abandonado y tan desierto, que en ninguna calle había ni siquiera un perro o un gato o un grupo de niños jugando, sino por doquiera la soledad y el silencio y sólo la presencia de Alah. Y me asombré de todo aquello, y dije para mi ánima: ¿Quién sabe adónde han podido ir los habitantes de esta ciudad, con sus gatos y sus perros, para abandonar de tal manera en los escaparates todas estas mercancías? Pero como me torturaba interiormente un hambre horrible, no me entretuve en estas reflexiones, y escogiendo el mejor escaparate de repostero, comí lo que me deparaba mi suerte para satisfacción de mis anhelos de repostería. Tras de lo cual me dirigí a un escaparate de asados, y me comí dos o tres chuletas de cordero cebado y uno o dos pollos asados, que todavía conservaban el calor del horno, con algunos panecillos tostados como en mi vida los había probado mi lengua de derviche peregrino ni los habían olido mis narices, y di gracias a Alah por sus dones sobre la cabeza de Sus pobres. Luego subí a la tienda de un mercader de sorbetes, y me bebí una o dos jarras de cierto sorbete perfumado con nadd y con benjuí, solamente para acallar las primeras solicitaciones de mi gaznate, que desde hacía tanto tiempo había olvidado las bebidas de los ciudadanos ricos. Y di gracias al Bienhechor, que no olvida a Sus Creyentes y les da en la tierra un anticipo de la fuente Salsabil.
"Cuando me hube tranquilizado interiormente de aquel modo, me puse a reflexionar acerca de la extraña situación de aquella ciudad que, a no dudar, debía haber sido abandonada por sus habitantes hacía unos instantes nada más. Y mi perplejidad aumentaba con mis reflexiones; y comenzaba a sentir mucho miedo del eco de mis pasos en aquella soledad, cuando oí resonar un rumor de instrumentos musicales, que avanzaba precisamente en dirección mía, como podía percibirse escuchando con detenimiento.
"Entonces, con el espíritu un poco turbado por las cosas asombrosas de que yo era único testigo, no dudé de que estaba en una ciudad hechizada, y de que el concierto que oía lo daban los efrits y los genn malhechores (¡que Alah los confunda!). Y víctima de un miedo atroz, me precipité al fondo de un granero, y me escondí detrás de un costal de habas. Pero como en mí era natural ¡oh mi señor! estar bajo la dominación del vicio de la curiosidad -¡que Alah me perdone!-. me situé, a pesar de todo, de manera que pudiese mirar a la calle desde atrás del costal para ver sin ser visto.
Apenas había acabado de acomodarme en la postura menos fatigosa, cuando vi avanzar por la calle un cortejo deslumbrador, no de genn o de efrits, sino sin duda de huríes del Paraíso. Eran cuarenta jóvenes de rostro de luna que avanzaban con su belleza sin velos, en dos hileras, a un paso que por sí solo constituía una música. E iban precedidas de un grupo de tañedoras de instrumentos y de danzarinas, que llevaban el compás de la música con sus movimientos de pájaros. Porque pájaros eran, en verdad, y más blancas que las palomas y más ligeras, ciertamente. ¿Pues podían ser tan armoniosas y tan aéreas las hijas de los hombres? ¿Y no pertenecían más bien a ciertas especies llegadas del palacio de Iram de las Columnas o de los jardines del Edén, para encantar la tierra con su estancia?
"Quienesquiera que fuesen, ¡oh mi señor! apenas la última pareja había pasado por delante de la tienda donde yo estaba escondido detrás del costal de habas, cuando vi avanzar sobre una yegua de frente estrellada, que llevaban de la brida dos negras jóvenes, a una dama revestida de tanta juventud y de tanta belleza, que su vista acabó de dislocarme la razón, y perdí la respiración y estuve a punto de caerme de espaldas detrás del costal de habas, ¡oh señor mío! Y deslumbraba aun más ella, porque sus vestiduras estaban sembradas de pedrerías, y sus cabellos, su cuello, sus muñecas y sus tobillos desaparecían con el resplandor de los diamantes y los collares y pulseras de perlas y gemas preciosas. Y a su derecha marchaba una esclava, que tenía en la mano un sable desnudo con la empuñadura hecha de una sola esmeralda. Y la yegua que la conducía avanzaba como una reina orgullosa de la corona que llevase a la cabeza. Y la visión de esplendor alejose inmediatamente, dejándome un corazón apuñalado por la pasión, un alma reducida para siempre a la esclavitud y unos ojos que recuerdan y dicen al ver cualquier belleza: «¿Quién eres tú en comparación con ella?»
"Cuando el cortejo se perdió de vista por completo y la música de las tañedoras de instrumentos no llevó hasta mí más que sones lejanos, me decidí a salir de detrás del costal de habas y de la tienda a la calle. E hice bien, porque en el mismo momento vi con sorpresa extremada que los zocos se animaban y todos los mercaderes salían como de debajo de la tierra para ir a ocupar sus respectivos puestos, y el tratante de granos propietario de la tienda en que me había ocultado yo apareció, salido de no sé donde, y se dedicó a vender sus granos a los que cebaban aves y a otros compradores. Y yo, cada vez más perplejo, me decidí a abordar a un transeúnte y a preguntarle qué significaba el espectáculo de que fui testigo y el nombre de la dama maravillosa que montaba en la yegua de frente estrellada. Pero, con gran asombro mío, el hombre me lanzó una mirada enloquecida, se puso muy amarillo, y recogiéndose la orla del traje me volvió la espalda y echó a correr con una carrera más rápida que si le persiguiese la hora de su destino. Y abordé a otro transeúnte y le hice la misma pregunta. Pero, en vez de contestarme, hizo como que no me había visto ni oído, y continuó su camino mirando a otro lado. Y todavía interrogué a una porción de personas más; pero ni una quiso responder a mis preguntas y todo el mundo huía de mí como si saliese yo de una fosa de excrementos o como si blandiese una espada cercenadora de cabezas.
Entonces me dije a mí mismo: «¡Oh derviche amigo! para averiguar el asunto sólo te resta entrar en la tienda de un barbero a que te afeite la cabeza, y a interrogar al barbero al mismo tiempo. Porque ya sabes que las gentes que ejercen este oficio tienen la lengua cosquillosa y siempre la palabra en la punta de la lengua. ¡Y quizá únicamente él te enterará de lo que intentas saber!» Y cuando hube reflexionado de tal suerte, entré en casa de un barbero, y después de pagarle generosamente con todo lo que poseía, le hablé de lo que tenía tantas ganas de saber y le pregunté quién era la dama de belleza sobrenatural. Y el barbero, bastante aterrado, giró los ojos de derecha a izquierda, y acabó por contestar: «¡Por Alah, ¡oh tío mío derviche! si quieres conservar la cabeza sobre el cuello y el cuello sano y salvo, guárdate bien de hablar a nadie de lo que tuviste la mala suerte de ver! ¡Y hasta harías bien, para mayor seguridad, en dejar inmediatamente nuestra ciudad, donde estás perdido sin remedio! Y esto es todo lo que puedo decirte acerca del particular, porque se trata de un misterio que tortura a toda la ciudad de Bassra, donde las gentes mueren como langostas si tienen la desgracia de no ocultarse con anterioridad a la llegada del cortejo. En efecto, la esclava que lleva el alfanje desnudo corta la cabeza de los indiscretos que tienen la curiosidad de mirar pasar al cortejo o que no se esconden a su paso. ¡Y he aquí cuanto puedo decirte!»
"Entonces yo ¡oh mi señor! cuando el barbero hubo acabado de afeitarme la cabeza, abandoné la tienda y me apresuré a salir de la ciudad, y no tuve tranquilidad hasta que me hallé muy lejos. Y viajé por tierras y desiertos, hasta que llegué a vuestra ciudad. Y tenía siempre habitada el alma por la belleza entrevista, y pensaba en ella día y noche, hasta el punto de que con frecuencia me olvidaba de comer y de beber. ¡Y en esta disposición fué como acerté a pasar hoy por delante de la tienda de tu señoría, y vi a tu hijo Kamar, cuya hermosura me recordó de una manera exacta la de la joven sobrenatural de Bassra, a quien se parece como un hermano se parece a su hermano. Y me conmovió de tal modo esta semejanza, que no pude contener mis lágrimas, lo cual, sin duda, es propio de un insensato! ¡Y ésa es ¡oh mi señor! la causa de mis suspiros y de mi emoción!"
Y cuando el derviche hubo terminado de tal suerte su relato, de nuevo rompió en lágrimas, mirando al joven Kamar; y añadió entre sollozos: "Por Alah sobre ti, ¡oh señor mío! Ahora que te he contado lo que tenía que contarte, y como no quiero abusar de la hospitalidad que has concedido a un servidor de Alah, ábreme la puerta de salida y déjame marchar en tal estado por mi camino. Y si me es posible formular un anhelo sobre la cabeza de mis bienhechores, ¡pluguiera a Alah, que ha creado dos criaturas tan perfectas como tu hijo y la joven de Bassra, acabar Su obra permitiendo que se uniesen!"
Y tras de hablar así, el derviche se levantó, no obstante los ruegos del padre de Kamar, que le instaba a quedarse, invocó una vez más la bendición sobre sus huéspedes, y se marchó, suspirando, como había venido. Y he aquí lo referente a él.
En cuanto al joven Kamar, no pudo cerrar los ojos en toda la noche, de tan preocupado como estaba por el relato del derviche y de tanto como hubo de impresionarle la descripción que hizo de la joven. Y al día siguiente por la aurora entró en el aposento de su madre y la despertó, y le dijo: "¡Oh madre! ¡hazme un fardo de ropa, pues tengo que partir al instante para la ciudad de Bassra, donde me aguarda mi destino!" Y al oír estas palabras, su madre empezó a lamentarse, llorando, y llamó a su esposo y le participó aquella noticia tan asombrosa y tan inesperada. Y el padre de Kamar trató, aunque en vano, de hacer ponerse en razón a su hijo, que no quiso escuchar ningún argumento, y que dijo, a manera de conclusión: "¡Si no parto en seguida para Bassra, seguramente moriré!" Y en vista de lenguaje tan decisivo y de resolución tan firme, el padre y la madre de Kamar se limitaron a suspirar, aceptando lo que estaba escrito por el Destino. Y el padre de Kamar no dejó de echar en cara a su esposa todas las contrariedades que les habían ocurrido desde la hora en que hubo de escuchar sus consejos él y había conducido a Kamar al zoco.
Y se decía: "¡He aquí en lo que pararon tus cuidados y tu prudencia, ¡ya Abd el-Rahmán! ¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Todopoderoso! ¡Lo que está escrito ha de ocurrir, y nadie puede luchar contra los designios de la suerte!" Y la madre de Kamar, doblemente entristecida por ser víctima de los reproches de su esposo y por la pena que le producía el proyecto de su hijo, se vió obligada a hacerle sus preparativos de marcha. Y le dió un saquito, en que había metido cuarenta gruesas piedras preciosas, como rubíes, diamantes y esmeraldas, diciéndole: "Lleva contigo muy cuidadosamente este saquito, ¡oh hijo mío! Podrá serte útil, si llega a faltarte dinero!" Y su padre le dió noventa mil dinares de oro para sus gastos de viaje y su estancia en el extranjero. Y ambos se abrazaron, llorando, y se despidieron de él. -Y su padre le recomendó al jefe de la caravana que partía para el Irak. Y después de besar la mano a su padre y a su madre, Kamar salió para Bassra, acompañado por los votos de sus padres. Y Alah le escribió la seguridad, y llegó él sin contratiempo a aquella ciudad.. .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 781



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Y cuando llegó la 781ª noche

La pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh hermana mía Schehrazada! ¡por Alah sobre ti, date prisa a contarnos la HISTORIA DE KAMAR Y DE LA EXPERTA HALIMA!" Y dijo Schehrazada:

HISTORIA DE KAMAR Y DE LA EXPERTA HALIMA

Cuentan que, en la antigüedad del tiempo -¡pero Alah es más sabio!-, existía un mercader muy estimado, que se llamaba Abd el-Rahmán, y a quien Alah el Generoso había favorecido con una hija y un hijo. Dió el nombre de Estrella-de-la-Mañana a la niña, en vista de su perfecta belleza, y de Kamar al niño, por ser éste absolutamente como la luna. Pero cuando crecieron, el mercader Abd el-Rahmán, al ver cuántos encantos y perfecciones les había concedido Alah, tuvo por ellos un miedo infinito al mal de ojo de los envidiosos y a las argucias de los corrompidos, y los encerró en su casa, hasta la edad de catorce años, sin permitirles ver a nadie, más que a la vieja esclava, que les cuidaba desde niños. Pero un día en que, contra su costumbre, el mercader Abd el-Rahmán parecía predispuesto a expansiones, su esposa, madre de los niños, le dijo: "¡Oh padre de Kamar! he aquí que nuestro hijo Kamar acaba de llegar a su nubilidad, y en adelante puede comportarse como los hombres. Pero tú no has reparado en ello. ¿Es una muchacha o un muchacho? Di".
Y el mercader Abd el-Rahmán, extremadamente asombrado, le contestó: "¡Un muchacho!" Ella dijo: "En ese caso, ¿por qué te obstinas en tenerle oculto a los ojos de todo el mundo, como si fuese una muchacha, y no le llevas contigo al zoco, y le haces sentarse junto a ti en la tienda para que empiece a conocer gente y la gente le conozca, y sepa así, por lo menos, que tienes un hijo capaz de sucederte y de llevar a buen fin los negocios de venta y compra? De no ser así, cuando termine tu larga vida (¡pluguiera a Alah concedértela sin fin!) ninguno sospechará la existencia de tu heredero, quien, por más que diga a la gente: "¡Soy hijo del mercader Abd el-Rahmán!", verá que le contestan con una incredulidad indignada y justificada: "¡No te hemos visto nunca! ¡Y nunca oímos decir que el mercader Abd el-Rahmán hubiese dejado hijos ni nada que de lejos o de cerca se pareciese a un hijo!" ¡Y entonces ¡oh calamidad sobre nuestra cabeza! el gobierno vendrá a incautarse de tus bienes y privará a tu hijo de lo que le corresponde!" Y tras de hablar así, con mucha animación, continuó en el mismo tono: "¡Y lo mismo ocurre con nuestra hija Estrella-de-la-Mañana! ¡Yo quisiera darla a conocer a nuestras relaciones, en espera de que sea pedida en matrimonio por la madre de algún joven de su condición, y podamos, a nuestra vez, regocijarnos con sus esponsales! ¡Porque el mundo ¡oh padre de Kamar! se compone de vida y de muerte, e ignoramos cuál será el día de nuestro destino!"
Al oír estas palabras de su esposa, el mercader Abd el-Rahmán reflexionó una hora de tiempo; luego levantó la cabeza, y contestó: "¡Oh hija del tío! nadie puede rehuir el destino atado a su cuello. ¡Pero bien sabes que, si guardé así a nuestros hijos en la casa, fué sólo porque temía por ellos al mal de ojo! ¿A qué, pues, reprocharme mi prudencia y olvidar mi solicitud?" Ella dijo: "¡Alejado sea el Maligno, el Maléfico! Ruega al Profeta, ¡oh jeique!" El dijo: "¡La bendición de Alah sea con El y con todos los suyos!" Ella insistió: "Y ahora pon tu confianza en Alah, que sabrá resguardar a nuestro hijo de las malas influencias y del ojo nefasto. ¡Y por cierto que aquí tienes el turbante de seda blanca de Mossul que he confeccionado para Kamar, y en el cual he tenido cuidado de coser el estuche de plata que guarda el rollito de versículos santos, preservador de todo maleficio! ¡Puedes, por tanto, llevarte hoy sin escrúpulos a Kamar para hacerle visitar el zoco y enseñarle por fin la tienda de su padre!" Y sin esperar el asentimiento de su esposo, fué a buscar al muchacho, a quien ya se había cuidado de vestir con sus mejores ropas, y le condujo entre las manos de su padre, que se dilató y se esponjó a su vista, y murmuró "¡Maschalah! ¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡ya Kamar!" Luego, convencido por su esposa, se levantó, le cogió de la mano, y salió con él.

Y he aquí que, en cuanto franquearon el umbral de su casa y dieron algunos pasos por la calle, se encontraron rodeados por los transeúntes que, al verlos, se paraban, turbados hasta el límite extremo de la turbación, a causa del adolescente y de su belleza, llena de condenación para las almas. Pero aun fu más cuando llegaron a la puerta del zoco. Allí los transeúntes dejaron en absoluto de circular, y unos se acercaban para besar las manos a Kamar, después de las zalemas al padre, y otros exclamaban: "¡Ya Alah! ¡El sol sale por segunda vez esta mañana! ¡La tierna media luna de Ramadán brilla sobre las criaturas de Alah! ¡La luna nueva aparece en el zoco hoy!" Y así se expresaban por doquiera, absortos de admiración, y hacían votos por el adolescente, aglomerándose en muchedumbre alrededor suyo. Y por más que el padre, lleno de cólera reconcentrada y de confusión, les apostrofaba y denostaba, ellos no hacían caso y seguían contemplando la belleza extraordinaria que hacía su milagrosa entrada en el zoco aquel día de bendición.
Y con ello daban razón al poeta, aplicándose a sí mismos estas palabras:

¡Señor, has creado la Belleza para arrebatarnos la razón, y nos dices: "¡Temed mi reprobación!"
¡Señor, eres manantial de toda hermosura, y te gusta lo que es hermoso! ¿Cómo se arreglarían tus criaturas para no amar la Belleza o reprimir su deseo ante lo que es bello?

Cuando el mercader Abd el-Rahmán se vió de aquel modo entre filas compactas de hombres y mujeres, de pie entre sus manos y contemplando inmóviles a su hijo, llegó al límite de la perplejidad, y mentalmente se dedicó a abrumar de maldiciones a su esposa y a injuriarla con todas las injurias que hubiese querido lanzar a aquellos importunos, haciéndola responsable de aquello tan enfadoso que le ocurría. Luego, tras muchas argumentaciones inútiles, rechazó con rudeza a los que le rodeaban y ganó a toda prisa su tienda, que hubo de abrir para instalar en ella al punto a Kamar, pero de manera que las importunidades de los que pasaban sólo le alcanzasen de lejos.
Y la tienda se convirtió en el punto de parada del zoco entero y la aglomeración de grandes y pequeños se hizo más intensa de hora en hora porque los que habían visto querían ver más, y los que no habían visto se obstinaban con todas sus fuerzas en ver algo.
Y he aquí que, a la sazón, avanzó hacia la tienda un derviche de mirada extática, que en cuanto divisó al hermoso Kamar, sentado junto a su padre y tan hermoso, se detuvo, lanzando profundos suspiros y con voz extremadamente conmovida recitó esta estrofa:

¡Veo la rama del árbol balanceándose sobre un tallo de azafrán a la luz de la luna de Ramadán!
Y pregunté: "¿Cómo es tu nombre?, ¿cómo es tu nombre?' Me contesta "¡Lu-lu!" (¡Perla!), y exclamó: "¡Li! ¡li!" (¡para mí!), Pero me dice: "¡La! ¡la!" ( ¡Ah, eso no!)

Tras de lo cual, el viejo derviche, sin dejar de acariciarse la barba, que tenía larga y blanca, se acercó a la delantera de la tienda entre las filas de los circunstantes, que se separaban a su paso por respeto a su mucha edad. Y miró al muchacho con los ojos llenos de lágrimas y le ofreció una rama de menta dulce. Luego sentose en el banco que allí había, lo más cerca posible del joven. Y sin ninguna duda, al verle en aquel estado, podían aplicársele estas palabras del poeta:

¡Mientras, el mozalbete de hermoso rostro permanecía en su sitio, su hermoso rostro era la luna apareciéndose a los ayudantes de Ramadán!
¡Mirad! ¡A pasos lentos se adelanta un jeique de aspecto venerable y ascético!
¡Durante mucho tiempo estudió el amor, trabajando en sus investigaciones noche y día y adquirió un singular saber acerca de lo lícito y lo ilícito!
¡Cultivó a la vez jovenzuelos y jovenzuelas, que le pusieron más delgado que un mondadientes! ¡Huesos de una piel vieja!
¡Jeique pederasta como un maghrebín, siempre seguido de su muchachito!
¡Pero más bien superficial para las mujeres, a lo que se dice, aunque versado en el estudio del sexo ácido y del sexo dulce; pues, en un momento dado, entre el joven Zeid y la joven Zeinab no advierte diferencia!
¡Es prodigioso con su corazón tierno y con lo demás duro como el granito! ¡Para el cabrón y para la cabra, para el imberbe y el barbudo, siempre erguido!
¡Pederasta es el jeique como un maghrebín!

Cuando las personas, que se aglomeraban delante de la tienda, vieron el estado de éxtasis del derviche, se participaron unas a otras sus reflexiones, diciendo: "¡Ualalah! ¡todos los derviches se parecen! Son como el cuchillo del vendedor de colocasias: ¡no diferencian el macho de la hembra!" Y exclamaban otras: "¡Alejado sea el Maligno! ¡El derviche se abrasa por el lindo mozuelo! ¡Alah confunda a los derviches de su especie!"
En cuanto al mercader Abd el-Rahmán, padre del joven Kamar, se dijo, al ver todo aquello: "Lo más sensato que podemos hacer será volver a casa más pronto que de costumbre". Y para decidir a marcharse al derviche, sacó del cinturón una moneda y se la ofreció, diciendo: "Toma tu suerte de hoy, ¡oh derviche!" Y al mismo tiempo se encaró con su hijo Kamar, y le dijo: "¡Ah! ¡hijo mío, que Alah trate como se merece a tu madre, que tantos sinsabores nos está causando hoy!"
Pero como el derviche no se movía de su sitio ni tendía la mano para coger la moneda ofrecida, le dijo: "¡Levántate, tío, que vamos a cerrar la tienda y nos marchamos por nuestro camino!"
Y hablando así, se irguió sobre ambos pies y se dispuso a cerrar las dos hojas de la puerta.
Entonces el derviche se vio obligado a levantarse del banco en que estaba clavado, y salió a la calle, pero sin poder separar un instante sus miradas del joven Kamar. Y cuando el mercader y su hijo, tras de cerrar la tienda, se abrieron paso entre la muchedumbre y se encaminaron a la salida, el derviche les siguió fuera del zoco, pisándoles los talones y acompasando su andar con el báculo, hasta la puerta de su casa. Y al ver la tenacidad del derviche y sin atreverse a injuriarle, por respeto a la religión, y también a causa de la gente que le miraba, el mercader se encaró con él, y le preguntó: "¿Qué quieres, ¡oh derviche!?"
El aludido contestó: "¡Oh mi señor! deseo con vehemencia ser esta noche invitado tuyo, y ya sabes que el invitado es el huésped de Alah (¡exaltado sea!) ". Y dijo el padre de Kamar: "¡Bienvenido sea el huésped de Alah! Entra, pues, ¡oh derviche!"
Pero se dijo para sí, aparte: "¡Por Alah, que me enteraré de lo que persigue! ¡Si este derviche tiene malas intenciones para con mi hijo, y si su mal destino le impulsa a intentar algo, con gestos o palabras, seguramente le mataré y le enterraré en el jardín, escupiendo sobre su tumba! ¡De todos modos, empezaré por hacer que le den de comer, suerte deparada a todo huésped encontrado en el camino de Alah!" Y le introdujo en la casa, hizo que la negra le llevara el jarro y la palangana para las abluciones, y de comer y beber. Y una vez que hizo las abluciones, invocando el nombre de Alah, el derviche se puso en actitud de orar, y no salió de ella más que para recitar todo el capítulo de "la Vaca", al que hizo seguir el capítulo de "la Mesa" y el de "la Inmunidad". Tras de lo cual formuló el "Bismilah" y probó los alimentos servidos en la bandeja, pero con discreción y dignidad. Y dio gracias a Alah por sus beneficios.
Cuando el mercader Abd el-Rahmán se enteró, por la negra, de que el derviche había terminado su comida, se dijo: "¡Ha llegado el momento de aclarar la situación!" Y se encaró con su hijo, y le dijo: "¡Oh Kamar! ve con nuestro huésped el derviche, pregúntale si tiene todo lo que necesita, y conversa con él un rato, porque las palabras de los derviches, que recorren la tierra de ancho a largo, son a menudo gratas de escuchar, y sus historias provechosas para el espíritu de quien las escucha. Siéntate, pues, muy cerca de él, y si te coge la mano, no la retires, pues a quien enseña le gusta sentir entre él y su discípulo un contacto directo que contribuye a transmitir mejor la enseñanza. ¡Y guarda con él en todo las consideraciones y la obediencia que te imponen su calidad de huésped y su mucha edad!"
Y tras de predicar así a su hijo, le envió junto al derviche, y se apresuró a apostarse en cierto sitio del piso superior, desde donde podía, sin ser notado, ver todo y escuchar todo lo que pasaba en la sala en que estaba el derviche.
Y he aquí que, en cuanto apareció en el umbral el hermoso adolescente, el derviche fue presa de tal emoción que le brotaron lágrimas de los ojos y se puso a suspirar como una madre que hubiese perdido y encontrado a su hijo. Y Kamar se acercó a él, con voz dulce, y hasta poder tornar en miel la amargura de la mirra, le preguntó si no le faltaba nada y si tenía su parte en los bienes de Alah para Sus criaturas. Y fue a sentarse muy cerca de él con gracia y elegancia, y al sentarse, sin hacerlo a propósito, descubrió un muslo blanco y tierno como pasta de almendras. Y entonces fué cuando el poeta hubiera podido decir con toda verdad, sin temor a ser desmentido:
¡Un muslo ¡oh creyentes! todo de perlas y de almendras! ¡No os asombréis, pues, si es hoy la Resurrección, pues jamás se resucita mejor que cuando están al aire los muslos!
Pero el derviche, al verse solo con el jovenzuelo, lejos de tomarse con él confianza de ningún género, retrocedió algunos pasos del sitio en que estaba, yendo a sentarse un poco más lejos, en la estera, con una actitud irreprochable de decencia y de respeto para sí mismo. Y allá continuó mirándole en silencio, llenos de lágrimas los ojos y presa de la misma emoción que le había inmovilizado en el banco de la tienda. Y Kamar quedó muy sorprendido de aquel modo de portarse que tenía el derviche; y le preguntó por qué se retiraba y si tenía queja de él o de la hospitalidad de su casa. Y el derviche, por toda respuesta, recitó de manera muy sentida estas hermosas palabras del poeta:

¡Mi corazón está prendado de la Belleza, pues por el amor a la Belleza se alcanza la cima de la perfección!
¡Pero mi amor es sin deseo y está libre de cuanto atañe a los sentidos! ¡Y abomino de quienes aman de otra manera!

¡Eso fué todo!
Y el padre de Kamar veía y oía, y estaba en el límite de la perplejidad. Y se decía: "Me humillo ante Alah, a quien ofendí al suponer intenciones perversas en ese honrado derviche! ¡Alah confunda al Tentador, que sugiere al hombre tales pensamientos con respecto a sus semejantes!" Y edificado con la conducta del derviche, bajó a toda prisa y entró en la sala. E hizo zalemas y formuló sus deseos al huésped de Alah, y acabó por decirle: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! te conjuro a que me cuentes el motivo de tu emoción y de tus lágrimas y a que me expliques por qué la presencia de mi hijo te hace lanzar tan profundos suspiros. ¡Porque semejante efecto, ciertamente, debe obedecer a una causa!"
El derviche dijo: "Verdad dices, ¡oh padre de la hospitalidad!" El mercader dijo: "En ese caso, no me obligues a estar más tiempo sin saber por ti esa causa!" El derviche dijo: "¡Oh mi señor! ¿por qué me fuerzas a avivar una herida que se cierra y a revolver en mi carne el cuchillo?"
El mercader dijo: "¡Por los derechos que me confiere la hospitalidad, te ruego ¡oh hermano mío! que satisfagas mi curiosidad!" Entonces dijo el derviche: "Sabe, pues, ¡oh mi señor! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 780



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Y cuando llegó la 780ª noche

Ella dijo:
"... Pero un día, en la selva, al pasar por una vereda tan estrecha que no pudieron separarse a tiempo, ambos hermanos se encontraron con el sultán, que estaba cazando. Y a toda prisa apeáronse de los caballos y se prosternaron con la frente en tierra. Y el sultán, en el límite de la sorpresa al ver en aquella selva a dos jinetes que no conocía y vestidos tan ricamente como los de su séquito, tuvo curiosidad por verles la cara, y les dijo que se levantaran. Y se pusieron de pie ambos hermanos, y se mantuvieron entre las manos del sultán en una actitud llena de nobleza que cuadraba maravillosamente con su aspecto respetuoso. Y al sultán le conmovió su hermosura, y estuvo algún tiempo admirándoles sin hablar y considerándoles desde la cabeza hasta los pies. Luego les preguntó quiénes eran y dónde vivían. Porque su corazón sentíase atraído hacia ellos y se había emocionado. Y contestaron: "¡Oh rey del tiempo! somos hijos de tu difunto esclavo el antiguo intendente de los jardines. ¡Y vivimos cerca de aquí, en la casa que debemos a tu generosidad!" Y el sultán se alegró mucho de conocer a los hijos de su fiel servidor; pero le asombró que no se hubiesen presentado en palacio hasta aquel día para formar parte de su séquito. Y contestaron: "¡Oh rey del tiempo! ¡Perdónanos porque hasta el día nos hayamos abstenido de presentarnos entre tus generosas manos; pero tenemos una hermana, la menor de nosotros, que es la última recomendación de nuestro padre y por la cual velamos con tanto cariño que no podemos pensar en abandonarla!" Y el sultán quedó en extremo conmovido de aquella unión fraternal, y cada vez se felicitó más por su encuentro, diciéndose: "¡Jamás hubiese creído que existieran en mi reino jóvenes tan cumplidos y tan desprovistos de ambición a la vez!" Y sintió un deseo irresistible de visitarles en su morada para refrescarse mejor los ojos con su contemplación. Y así se lo manifestó en seguida a ambos jóvenes, que respondieron con el oído y la obediencia, y se apresuraron a darle escolta. Y el príncipe Farid pronto tomó la delantera para advertir a su hermana Farizada la llegada del sultán.
Y Farizada, que no tenía costumbre de recibir gente, no supo cómo comportarse para hacer dignamente los honores de su casa al sultán. Y en esta perplejidad, no halló nada mejor que ir a consultar a su amigo Bulbul, el pájaro que habla. Y le dijo: "¡Oh Bulbul! el sultán nos ha hecho el honor de venir a ver nuestra casa, y debemos obsequiarle. ¡Date prisa en decirme cómo podremos corresponder de manera que salga contento de nuestra casa!" Y contestó Bulbul: "¡Oh mi señora! Inútil es que la cocinera prepare bandejas y bandejas de manjares. Porque no hay más que un plato que convenga hoy al sultán, y es preciso servírselo. ¡Y es un plato de cohombros rellenos de perlas!" Y Farizada quedó asombrada, y creyendo que al Pájaro se le había trabado la lengua, exclamó: "¡Pájaro! ¡Pájaro! ¡No sabes lo que dices! ¡Cohombros rellenos de perlas! ¡Pero si eso es un guiso nunca oído! ¡Si el rey nos hace el honor de asistir a una comida en nuestra casa, sin duda es para comer y no para tragar perlas! ¡Por lo visto, quieres decir "un plato de cohombros con relleno de arroz!, ¡oh Bulbul!" Pero el Pájaro que habla exclamó, impaciente: "¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡Relleno de perlas, de perlas, de perlas! ¡Pero no de arroz, no de arroz, no de arroz!"
Y Farizada, que tenía plena confianza en el milagroso Pájaro, se apresuró a dar orden a la vieja cocinera de preparar el plato de cohombros con perlas. Y como no faltaban perlas en la morada, no fué difícil encontrarlas en una cantidad lo bastante grande para preparar el plato.
Entretanto hizo su entrada en el jardín el sultán, acompañado del príncipe Faruz. Y Farid, que le esperaba en el umbral, le tuvo el estribo y le ayudó a echar pie a tierra. Y Farizada la de sonrisa de rosa, con el rostro velado por primera vez (pues se lo había recomendado Bulbul), fué a besarle la mano. Y el sultán quedó en extremo conmovido de su gracia y de la pureza de jazmín que exhalaba toda ella, y al pensar en su vejez sin posteridad, lloró. Luego dijo, bendiciéndola: "¡Quien deja posteridad no muere! ¡Alah te conceda ¡oh padre de tan hermosos hijos! un sitio escogido a Su diestra entre los Bienaventurados!" Después añadió, posando de nuevo sus miradas en Farizada, inclinada: "¡Y tú, ¡oh hija de mi servidor, oh tallo perfumado! condúcenos a algún sombrajo delicioso que nos resguarde del calor!"
Y precedido por la temblorosa Farizada, y seguido de ambos hermanos el sultán echó a andar en pos de la frescura.
! Y lo primero que hirió los ojos del sultán Khosru Schah fue el surtidor de Agua Color de Oro. Y se detuvo un momento a mirarlo con admiración, y exclamó: "¡Agua maravillosa, la que tanto complace a la vista!" Y se adelantó para contemplarla más de cerca, y de pronto percibió el concierto del Árbol que canta. Y prestó oído entusiasmado a aquella música que caía del cielo, y estuvo largo rato escuchándola. Luego exclamó. "¡Oh! ¡Jamás oí semejante música!" Y cuando, para escucharla mejor, avanzaba en la dirección por donde creía encontrarla, he aquí que la música cesó, y un gran silencio adormeció todo el jardín. Y del seno de aquel gran silencio se elevó la voz del Pájaro que habla, y con un cántico solitario, brillante y entusiasta. Y decía: ¡Bienvenido -el sultán- Khosrú Schah! ¡Bienvenido! ¡bienvenido! ¡bienvenido!" Y tras la última nota emitida por aquella voz que encantaba el aire todo el coro de pájaros contestó en su lenguaje: "¡Bienvenido! ¡bienvenido! ¡bienvenido!"
Y el sultán Khosrú Schah quedó maravillado de todo aquello, y su alma, ya tan conmovida por cuanto había sentido en tan poco tiempo, llegó a una ternura sin límites. Y exclamó él: "¡He aquí la casa de la dicha! ¡Oh! daría mi poderío y mi trono por habitar con vosotros, ¡oh hijos de mi intendente!" Luego, cuando se disponía a interrogar a Farizada y a sus hermanos acerca de la procedencia de aquellas maravillas, de que no llegaba a darse cuenta exacta, le enseñaron el Árbol que canta y el Pájaro que habla. Y Farizada le dijo: "¡En cuanto a la procedencia de estas maravillas, es una historia que contaré a nuestro amo el sultán cuando descanse!"
E invitó al sultán a sentarse bajo el boscaje mismo que servía de cobijo a Bulbul, y adonde acababan de servir la comida en una bandeja grande. Y el sultán se sentó bajo el boscaje en el sitio de honor. Y en un plato de oro le ofrecieron los cohombros con perlas.
Y el sultán, a quien, por cierto, le gustaban mucho los cohombros rellenos, cuando los vió en el plato, que por sí misma le ofrecía Farizada, se emocionó con aquella atención que no esperaba. Pero no tardó en llegar al límite del asombro al ver que, en vez de estar rellenos, como es corriente, con arroz y alfónsigos, los cohombros estaban condimentados con perlas. Y dijo a Farizada y a sus hermanos: "¡por vida mía! ¡qué novedad en el condimento de los cohombros! ¿y desde cuándo reemplazan las perlas al arroz y a los alfónsigos?" y ya estaba Farizada a punto de soltar el plato y huir llena de confusión, cuando el Pájaro que habla, levantando la voz, llamó al sultán por su nombre, diciéndole: "¡Oh amo nuestro Khosrú Schah!" Y el sultán alzó la cabeza hacia el Pájaro, que continuó con voz grave:
"¡Oh amo nuestro Khosrú Schah! ¿Y desde cuándo pueden convertirse en animales al nacer los hijos de un sultán de Persia? ¡Si antaño ¡oh rey del tiempo! creíste cosa tan increíble, no tienes derecho a asombrarte de cosa tan sencilla como la de hoy!" Luego añadió: "¡Acuérdate ¡oh amo nuestro! de las palabras que hace veinte años oíste una noche en cierta morada humilde! ¡Si las olvidaste, ¡oh amo nuestro! permite al esclavo de Farizada que te las repita!"
Y con voz semejante a la dulce habla de las vírgenes, el Pájaro dijo: "¡Oh hermanas mías! ¡cuando yo sea la esposa del sultán le daré una posteridad bendita! ¡Porque los hijos que Alah hará nacer de nuestra unión serán de todo punto dignos de su padre; y la hija que refrescará nuestros ojos será una sonrisa del cielo mismo! ¡Sus cabellos serán de oro por un lado y de plata por otro; sus lágrimas, cuando llore, serán perlas; sus risas, dinares de oro, y sus sonrisas, botones de rosa!"
Al oír estas palabras, el sultán escondió la cabeza entre las manos y empezó a sollozar. Y su antiguo dolor se hizo más vivo que en los días amargos del pasado. Y todos los pensamientos acumulados en el fondo de su alma desesperada afluyeron a su corazón de pronto, y lo desgarraron. Pero en seguida se elevó de nuevo la voz de Bulbul, cantarina de alegría. Y decía: "¡Levanta tus velos, ¡oh Farizada! ante tu padre!"
Y Farizada, que no sabía desobedecer la voz de su amigo, se levantó los velos. Y con ellos se desprendió la banda que sujetaba su cabellera. Y el sultán, al ver aquello, se incorporó con los brazos en alto, dando un grito horrible. Y le gritó la voz de Bulbul: "Es tu hija, ¡oh rey!" Porque por un lado eran de oro los cabellos de la joven y por el otro lado eran de plata; y en sus párpados había dos perlas de júbilo, y en su boca un botón de rosa.
Y en el mismo momento miró el rey a los dos hermanos, que eran hermosos. Y se reconoció en ellos. Y le gritó la voz de Bulbul: "Son tus hijos, ¡oh rey!"
Y mientras el sultán Khosrú Schah permanecía aún inmóvil de emoción, el Pájaro que habla le contó rápidamente, así como a sus hijos, su verdadera historia, desde el principio hasta el fin, sin olvidar ni un detalle. Pero no hay utilidad en repetirla.
Y antes de que acabara su relato, el sultán y sus hijos, reunidos unos en brazos de otros, mezclaban ya sus lágrimas y sus besos. ¡Loores a Alah, el Magno, el Insondable, que reúne después de separar!
Y cuando se repusieron un poco de su emoción, el sultán dijo: "¡Oh hijos míos, vamos a toda prisa en busca de vuestra madre!" Pero ¡oh oyentes míos renunciemos a describir lo que pasó cuando la pobre madre, que vivía solitaria en el fondo de su mazmorra, volvió a ver a su esposo el sultán, y se reconoció madre de Farizada la de sonrisa de rosa y de sus hermanos los dos jóvenes espléndidos. Y sean dadas gracias a Alah, cuya bondad es infinita y cuya justicia no defrauda nunca; a Alah, que hizo morir de rabia, en el día del triunfo, a las dos hermanas envidiosas, y que deparó las más prolongadas delicias y la vida llena de dicha al rey Khosrú Schah, a su esposa la sultana, al hermoso príncipe Farid, al hermoso príncipe Faruz y a la hermosa princesa Farizada, hasta que llegó la Separadora de amigos y la Destructora de sociedades. Y gloria a Aquel que en su eternidad no conoce la mudanza.
Y es ésta la maravillosa historia de Farizada la de sonrisa de rosa. ¡Pero Alah es más sabio!
Cuando Schehrazada hubo contado esta historia, la pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y encantadoras y frescas y sabrosas son tus palabras! ¡Y qué admirable es esa historia!"
Y dijo el rey Schahriar: "¡Es verdad!"
Y Doniazada creyó ver humedecidos los ojos del rey, y dijo al oído de Schehrazada: "¡Oh hermana mía! ¡veo como una lágrima en el ojo izquierdo del rey y como otra lágrima en su ojo derecho!"
Schehrazada miró al rey con una mirada furtiva, sonrió, y dijo, besando a la pequeñuela: "¡Ojalá no experimente el rey menos placer en oír la historia de Kamar y de la experta Halima!" Y dijo el rey Schahriar: "¡No conozco esa historia, Schehrazada, y ya sabes que la aguardo y la deseo!"
Ella dijo: "¡Si Alah quiere, y si el rey me lo permite, la empezaré mañana". Y el rey Schahriar, que se acordaba de la parábola de la verdadera ciencia, se dijo: "¡Tendré paciencia hasta mañana para oír esa historia!".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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