Noche 986



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Y cuando llegó la 986ª noche

Ella dijo:
"… He aquí ahora cómo salió de mi mano aquel collar, para volver... a mí hoy, y por qué he llorado al verlo.
"En efecto, después de haber pasado cierto tiempo cantando, cuando refrescó la brisa del lago, El-Walid se levantó, y nos dijo: "Embarquémonos para pasear por el agua". Y al punto acudieron unos servidores que estaban distanciados, y trajeron una barca. Y el califa pasó a la barca el primero; luego yo. Y cuando le tocó el turno a la joven que me había hecho don del collar, adelantó una pierna para pasar a la barca. Pero como se había envuelto en su velo grande para que no la observaran los remeros, aquello la entorpeció y faltándole pie, cayó al lago, y antes de que hubiese tiempo de socorrerla, se fué al fondo del agua. Y a pesar de cuantas pesquisas hicimos, no logramos encontrarla. ¡Alah la tenga en Su compasión!
"Y fueron muy profundas la pena y la aflicción de El-Walid, y bañó su rostro el llanto. Y también yo derramé lágrimas amargas por la suerte de aquella infortunada joven. Y el califa, que había permanecido silencioso largo rato después de aquella catástrofe, me dijo: "¡Oh Hachem! para mi dolor sería un ligero consuelo entre mis manos el collar de esa pobre joven, como recuerdo de lo que para mí fué durante su corta vida. Pero Alah me libre de recogerte lo que te hemos dado. Te ruego, pues, que consientas en venderme ese collar".
"Y al punto entregué el collar al califa, quien, a nuestra llegada a la ciudad, hizo que me contaran treinta mil dracmas de plata, y me colmó de regalos preciosos.
"Y tal es, ¡oh Emir de los Creyentes! la causa que me hace llorar hoy. Y Alah el Altísimo, que desposeyó a los califas ommiadas del poder soberano en favor de los Beni-Abbas de los que eres gloriosa descendencia, ha permitido que este collar llegase a tus manos con la herencia de tus nobles antepasados, para volver a mí por este camino apartado".

Y Al-Raschid se emocionó mucho con este relato de Hachem ben Soleimán, y dijo: "¡Alah tenga en Su compasión a los que merecen compasión!". Y con esta fórmula general evitó pronunciar el nombre de uno de los individuos de la dinastía rival abatida". Luego dijo el joven: "Puesto que hablamos de músicos y cantarinas, voy a contaros un rasgo, entre mil, de la vida del más célebre entre los músicos de todos los tiempos, Ishak ben Ibrahim, de Mossul". Y dijo:

ISHAK DE MOSSUL Y EL AIRE NUEVO

"Entre los diversos escritos de mano del músico-cantor Ishak ben Ibrahitn, de Mossul, que han llegado a nosotros, se halla éste. Dice Ishak: "Un día, según mi costumbre, entré en el aposento del Emir de los Creyentes Al-Raschid, y le encontré sentado en compañía de su visir El-Fadl y de un jeique del Hedjaz, el cual tenía una fisonomía hermosísima y un continente impregnado de nobleza y de gravedad. Y después de las zalemas por una y otra parte, me incliné discretamente hacia el visir El-Fadl y le pregunté el nombre de aquel jeique hedjaziense que me gustaba y a quien no había visto nunca. Y me contestó el visir: "Es el nieto del viejo poeta músico y cantor del Hedjaz, Maabad, cuya fama conoces". Y como yo me mostrara satisfecho de conocer al nieto de aquel viejo Maabad a quien tanto hube de admirar en mi juventud, El-Fadl me dijo al oído: "¡Oh Ishak! el jeique del Hedjaz que aquí ves, si te muestras amable con él te dará a conocer y aun te cantará todas las composiciones de su abuelo. Es complaciente, y está dotado de hermosa voz".
Entonces yo, queriendo experimentar su método y aprenderme de memoria los cantos antiguos que habían encantado mis años jóvenes, me mostré lleno de consideraciones para el hedjaziense; y tras de una amigable charla sobre diferentes cosas, le dije: "¡Oh nobilísimo jeique! ¿puedes recordarme cuántos cantos ha compuesto tu abuelo, el ilustre Maabad, honor del Hedjaz?". Y me contestó: "¡Sesenta, ni uno más ni uno menos!". Y le pregunté: "¿Sería pesar demasiado sobre tu paciencia rogarte que me dijeras cuál de esos sesenta cantos es el que más te gusta por su compás o por otros motivos?" Y me contestó: "Sin duda, y en todos sentidos, el canto cuadragésimo tercero, que empieza con este verso:
¡Oh hermosura del cuello de mi Molaikah, mi Molaikah la de hermoso pecho!"
Y como si el simple recitado de aquel verso tuviera la virtud de excitar en él la inspiración, tomó de pronto el laúd de mi mano, y después de un ligerísimo preludio de acordes, cantó la cantinela consabida con una voz maravillosa, y nos hizo sentir aquella música nueva y tan antigua, con un arte, un encanto, una gracia y una emoción inexpresables. Y oyéndola, me estremecía yo de placer, deslumbrado, fuera de mí, en el límite del entusiasmo. Y como estaba seguro de mi facilidad para retener los aires nuevos, por muy complicados que fuesen, no quise repetir inmediatamente delante del jeique hedjaziense la cantinela deliciosa y tan nueva para mí que acababa él de hacerme oír. Y me limité a darle las gracias. Y se volvió él a Medina, su país, mientras yo salía del palacio, embriagado con aquella melodía…

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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