Noche 985



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Pero cuando llegó la 985ª noche

Ella dijo:
... Y al contemplar aquella joya, Hachem, lejos de mostrarse satisfecho y alegre, nubló sus ojos con lágrimas. Y la tristeza anidó en su corazón e hizo amarillear su rostro. Y Harún, que ni por asomo esperaba tal manifestación, se mostró muy sorprendido, y creyó que la joya no era del gusto del músico. Y le preguntó: "¿A qué vienen esas lágrimas y esa tristeza ¡oh Hachem!? Y si no te agrada ese collar, ¿por qué guardas un silencio molesto para mí y para ti?". Y el músico contestó: "¡Alah aumente Sus favores sobre la cabeza del más generoso de los reyes! Pero el motivo que hace correr lágrimas y abruma de tristeza mi corazón no es lo que tú crees, ¡oh mi señor! Y si me lo permites, te contaré la historia de este collar, y el porqué de que su vista me haya sumido en el estado en que me ves". Y Harún contestó: "Claro que te lo permito. Porque debe ser asombrosa en extremo la historia de ese collar que poseo como herencia de mis padres. Y tengo mucha curiosidad por saber lo que acerca de ello conoces tú y yo ignoro".
"Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que el incidente relativo a este collar data del tiempo de mi primera juventud. En aquella época vivía yo en el país de Scham, que es la patria de mi cabeza, el sitio donde nací.
"Una tarde, a la hora del crepúsculo, me paseaba a orillas de un lago, e iba vestido con el traje de los árabes del desierto de Scham, y con el rostro cubierto hasta cerca de los ojos por el litham. Y he aquí que me encontré con un hombre magníficamente vestido, acompañado, contra toda costumbre, por dos jóvenes soberbias, de una elegancia rara, que, a juzgar por los instrumentos musicales que llevaban, sin duda alguna eran cantarinas. Y de pronto reconocí en aquel paseante al califa El-Walid segundo de este nombre, que había dejado Damasco, su capital, para ir a cazar gacelas en nuestros parajes, por el lado del lago de Tabariah.
"Y por su parte, el califa, al verme, se encaró con sus acompañantes, y les dijo, sin querer que le oyesen más que ellas: "He ahí un árabe que llega del desierto, tan lleno de grosería y salvajismo. ¡Por Alah! voy a llamarle para que nos haga compañía y nos divirtamos un poco a costa suya". Y me hizo señas con la mano. Y cuando me acerqué, me mandó sentarme en la hierba, a su lado, enfrente de las dos cantarinas. "Y he aquí que, por deseo del califa, que ni por asomo me conocía ni me había visto nunca, una de las jóvenes acordó su laúd, y con voz emocionante cantó una melopea compuesta por mí. Pero a pesar de toda su habilidad, cometió algunos errores ligeros, y hasta truncó el aire en varios pasajes. Y yo, no obstante la actitud reservada que me había impuesto, precisamente para no atraer sobre mí las chanzas a que el califa estaba dispuesto, no pude por menos de exclamar, dirigiéndome a la cantarina: "¡Te has equivocado, ¡oh mi señora! te has equivocado!".
Y al oír mis observaciones, la joven se echó a reír con una risa burlona, y dijo, encarándose con el califa: "Ya has oído ¡oh Emir de los Creyentes! lo que acaba de decirnos este árabe beduino conductor de camellos. ¡No teme acusarnos de error el insolente!". Y El-Walid me miró con un aire burlón y disconforme a la vez, y me dijo: "¿Es en tu tribu ¡oh beduíno! donde te han enseñado el canto y el tañer delicado de los instrumentos musicales?". Y me incliné respetuosamente y contesté: "No, por tu vida, ¡oh Emir de los Creyentes! Pero, si no te opones, voy a probar a esta admirable cantarina que, a pesar de todo su arte, ha cometido algunos errores de ejecución". Y habiéndomelo permitido El-Walid, para ver qué hacía, dije a la joven: "Aprieta un cuarto la segunda cuerda y afloja otro tanto la cuarta. Y empieza el tono grave de la melodía. Y verás entonces cómo se resienten la expresión y el colorido de tu canto, y cómo algunos pasajes que has truncado ligeramente se resuelven por sí mismos".
"Y sorprendida al ver a un beduíno hablar de esta manera, la joven cantarina acordó su laúd en el tono que le indiqué, y recomenzó su canto. Y salió tan hermoso y tan perfecto, que ella misma quedó profundamente conmovida y asombrada a la vez. Y levantándose de pronto, se arrojó a mis pies, exclamando: "¡Por el Señor de la kaaba, juro que eres Hachem ben Soleimán!". Y como no estaba yo menos conmovido que la joven, ni contestaba, el califa me preguntó: "¿Eres verdaderamente quien dice ella?". Y contesté, descubriendo entonces mi cara: "Sí, ¡oh Emir de los Creyentes! soy tu esclavo Hachem el Tabariano".
"Y el califa quedó extremadamente satisfecho de conocerme, y me dijo: "Loado sea Alah, que te ha puesto en mi camino, ¡oh hijo de Soleimán! ¡Esta joven te admira más que a todos los músicos de este tiempo, y jamás me canta otra cosa que cantos y composiciones tuyas!". Y añadió: "¡Por tanto quiero que en adelante seas amigo y compañero mío!". Y le di las gracias y le besé la mano.
"Luego la joven que había cantado se encaró con el califa, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡después de este momento dichoso, tengo que hacerte una petición!". Y el califa dijo: "¡Puedes hacerla!". Ella dijo: "Te suplico que me permitas rendir homenaje a mi maestro, ofreciéndole una prueba de mi gratitud".
El califa dijo: "Desde luego; así debe ser". Entonces la encantadora cantarina desató el magnífico collar que llevaba, y que le había regalado el califa, y me lo puso al cuello, diciéndome: "¡Acéptalo como don de mi reconocimiento, y dispénsame que sea tan poca cosa!". Y precisamente aquel collar era el que de nuevo recibo hoy como presente de tu generosidad, ¡oh Emir de los Creyentes!
"He aquí ahora cómo salió de mi mano aquel collar, para volver a mí hoy...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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