Noche 977



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Pero cuando llegó la 977ª noche

Ella dijo:
...Y al oír estas palabras, Hojjr hizo rugir en su pecho un suspiro ruidoso, y poniéndose en pie, dió la voz de marcha y de ataque inmediato al campo kodaida. Y todos los escuadrones de los Kinditas se pusieron en marcha. Y cayeron de improviso sobre el campamento de Ziad. Y se entabló una refriega furiosa. Y no tardaron los Kodaidas de Ziad en ser arrollados y puestos en fuga. Y su campamento, tomado por asalto, fué saqueado y quemado. Y se mató a los que se mató, y se esparció en el viento el furor de lo que quedaba.
En cuanto a Ziad, le advirtió Hojjr entre la muchedumbre cuando trataba de atraer de nuevo hacia la lucha a los que huían. Y chillando y aullando, Hojjr cayó sobre él como ave de rapiña, le cogió a brazo cuando pasaba en su caballo, y levantándole en el aire, le tuvo así un momento a pulso, golpeándole luego contra el suelo, y le molió los huesos. Y le cortó la cabeza y la colgó a la cola de su caballo.
Y satisfecha su venganza respecto a Ziad, se dirigió a Hind, a quien había recuperado. Y la ató a dos caballos, fustigándolos y haciéndolos marchar en sentido inverso. Y mientras se partía y destrozaba ella, le gritó: "Muere, ¡oh mujer, que tan dulce eras de lengua tan amarga de pensamientos secretos!"
Y tras de contar esta venganza salvaje, el joven dijo a sus oyentes: "Ya que aún nos ocupamos de esa época anterior al Islam bendito, escuchad el relato que, acerca de las costumbres de las mujeres árabes de aquel tiempo, nos hace la bienamada esposa del Profeta - ¡con Él la plegaria y la paz! -, nuestra señora Aischah, la más hermosa y alta fisionomía femenina del Islam primitivo, la mujer llena de inteligencia, de pasión, de ternura y de valor, cuya palabra impetuosa tenía el varonil vigor del joven robusto, y cuyo lenguaje elocuente tenía la belleza sana y fresca de una virgen pura." Y dijo ese relato de Aischah:


LOS MARIDOS APRECIADOS POR SUS ESPOSAS
Un día entre los días, se habían reunido a mi morada unas nobles mujeres yemenitas. Y acordaron por juramento decirse con toda verdad, y sin disimular nada, cómo eran sus esposos, buenos o malos.
Y la primera tomó la palabra y dijo: "¿Mi hombre?, es feo e inabordable, semejante a una ración pesada de camello encaramada en la cumbre de una montaña de difícil acceso. Y además, tan delgado y tan seco, que no debe tener en los huesos ni un hilo de médula. ¡Una esterilla usada!"
Y la segunda mujer yemenita dijo: "Del mío, realmente, no debía decir ni una palabra. Porque sólo hablar de él me repugna. Es un animal intratable, y por una palabra que yo le responda, en seguida me amenaza con repudiarme; y si me callo, me zarandea y me tiene como si me llevara en la punta de un hierro de lanza."
Y la tercera dijo: "Por lo que a mí respecta, he aquí a mi encantador marido: si come, lame hasta el fondo de los platos; si bebe, chupa hasta la última gota; si se acurruca, se encoge y salta sobre sí mismo como una pelota; y si ocurre que tiene que matar a algún animal para sustentarnos, mata siempre al más seco y descarnado. En cuanto a lo demás, nada absolutamente: no deslizará su mano sobre mí ni siquiera para saber sólo cómo estoy."
Y la cuarta dijo: "¡Alejado sea el hijo de mi tío! ¡Es una mole que pesa sobre mis ojos y sobre mi corazón de noche y de día! Un conjunto de defectos, extravagancias y locuras. Por cualquier cosa le da a una un golpe en la cabeza, o le apunta y desgarra el vientre, o se abalanza a una, o pega, pincha y hiere al mismo tiempo. ¡Así se muera lobo tan peligroso!"
Y la quinta dijo: "¡Oh!, mi esposo es bueno y hermoso como una buena noche entre las noches de Tihamah, generoso como la generosa lluvia de las nubes, y honrado y temido de todos nuestros guerreros. Cuando sale, es un león magnífico y vigoroso. Es magnánimo, y su generosidad hace que la ceniza de su hogar, abierto a todos, sea siempre abundante. La columna de su nombre es alta y gloriosa. Sobrio, se sobrepone a su hambre en una noche de festín; vigilante, no duerme nunca en noche de peligro; hospitalario, ha establecido su morada muy cerca de la plaza pública para recoger viajeros. ¡Oh! ¡cuán grandioso y hermoso es, cuán encantador! Tiene la piel suave y blanca, como una seda de conejo que os cosquillea deliciosamente. Y el perfume de su aliento es el aroma leve del zarnab. Y no obstante su fuerza y poderío, obro a mi antojo con él".
La sexta dama yemenita, por último, sonrió dulcemente y dijo a su vez: "¡Oh! mi marido es Malik Abu-Zar, el excelente Abu-Zar, conocido de todas nuestras tribus. Me conoció siendo yo hija de una familia pobre que vivía con apuro y estrechez, y me condujo a su tienda de hermosos colores, y me enriqueció las orejas con preciosas arracadas, el pecho con hermosos adornos, las manos y los tobillos con hermosas pulseras, y los brazos con robustas redondeces. Me ha honrado como a esposa, y me ha llevado a una morada donde resuenan sin cesar las vivaces canciones de las tiorbas, donde chispean las hermosas lanzas samharianas de mástiles derechos, donde sin cesar se oyen los relinchos de las yeguas, los gruñidos de las camellas reunidas en parques inmensos, el ruido de la gente que pisa y apalea el grano, los gritos confundidos de veinte rebaños. Al lado suyo, hablo a mi antojo, y jamás me reprende ni me censura. Si me acuesto, no me deja jamás en la sequía; si me duermo, me deja hasta muy tarde. Y ha fecundado mis flancos, y me ha dado un hijo, ¡qué admirable hijo! tan pequeño, que su boquirrita parece el intersticio que deja vacío un junquillo arrancado del tejido de la estera; tan bien educado, que bastaría a su apetito lo que un cabrito pace de un bocado; tan encantador, que cuando anda y se balancea con tanta gracia en los anillos de su pequeña cota de malla, arrebata la razón de los que le miran. ¡Y la hija que me ha dado Abu-Zar es deliciosa, sí, es deliciosa la hija de Abu-Zar! Es el orgullo de la tribu. Está tan regordeta, que llena por completo su vestido, apretada en su mantellina como una trenza de cabellos; tiene el vientre tan formado y sin prominencias; el talle, delicado y ondulante bajo la mantellina; la grupa, rica y desarrollada; el brazo, redondito; los ojos, grandes y muy abiertos; las pupilas, de un negro oscuro; las cejas, finas y graciosamente arqueadas; la nariz, ligeramente arremangada como la punta de un sable suntuoso; la boca, bonita y sincera; las manos lindas y generosas; la alegría franca y vivaracha; la conversación, fresca como la sombra; el soplo de su aliento, más dulce que la seda y más embalsamado que el almizcle que nos transporta el alma. ¡Ah! ¡que el cielo me conserve a Abu-Zar, y al hijo de Abu-Zar, y a la hija de Abu-Zar! ¡Que los conserve para mi ternura y mi alegría!"
Cuando hubo hablado así la sexta dama yemenita, di las gracias a todas por haberme proporcionado el placer de escucharlas, y a mi vez, tomé la palabra, y les dije: "¡Oh hermanas mías! ¡Alah el Altísimo nos conserve al Profeta bendito! Me es más caro que la sangre de mi padre y de mi madre...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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