Noche 948



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Pero cuando llegó la 948ª noche

Ella dijo:
... Y he aquí que, no bien el joven príncipe vió a Dalal subir las escaleras, tan hermosa, el amor por ella le invadió el corazón. Y por su parte, el alma de Dalal se conmovió a la vista del joven príncipe. Y a su vez, la dama esposa del rey, cuando vió a Dalal, dijo para sí: "Eran exactas las palabras de la esclava. Es más hermosa que yo, en efecto".
Así es que, después de las zalemas y cumplimientos, el hijo del rey dijo a su madre: "Quisiera casarme con ella, porque es evidente que se trata de una princesa con sangre de reyes". Y la madre le dijo: "Eso es cosa tuya, hijo mío. Tú debes saber lo que haces".
Y el joven príncipe llamó al kadí, y en aquella hora y en aquel instante hizo extender el contrato de matrimonio y celebrar sus nupcias con Dalal. Y entró en la cámara nupcial.
Pero ¿qué fué del ghul mientras tanto? Helo aquí.
El mismo día en que se celebraron las bodas, un hombre que conducía un carnero blanco muy grande, fué a decir al rey, padre del príncipe: "¡Oh mi señor! soy un feudatario, y te traigo de regalo, con motivo de las bodas, este gordo carnero blanco que hemos cebado. Pero hay que tener atado este carnero a la puerta del harén, porque ha nacido y se ha criado entre mujeres, y si le deja abajo, balará toda la noche y no dejará dormir a nadie".
Y el rey dijo: "Está bien, lo acepto". Y dió un ropón de honor al feudatario, que se marchó por su camino. Y entregó el carnero blanco al agha del harén, diciéndole: "¡Sube a atar este carnero a la puerta del harén, porque no le gusta estar más que entre mujeres!"
Y he aquí que, cuando llegó la noche de la penetración, y el hijo del rey entró en la cámara nupcial y se durmió al lado de Dalal, después de haber hecho lo que tenía que hacer, el carnero blanco rompió su cuerda y entró en la habitación. Y se llevó a Dalal, y salió con ella al patio. Y le dijo, sin enfadarse: "Dime, Dalal, ¿me has dejado aún algo de honor?"
Ella le dijo: "¡Bajo tu protección! ¡No me comas! El le dijo: "¡De esta vez no pasa!" Entonces le dijo ella: "Antes de comerme, espera a que entre en el retrete del patio para hacer una necesidad". Y el ghul dijo: "Está bien". Y la condujo al retrete y se quedó guardando la puerta en espera de que acabase.
No bien Dalal estuvo dentro del retrete, elevó ambas manos, y dijo: ".¡Oh Nuestra Señora Zeinab, hija de nuestro Profeta bendito! ¡oh tú, que salvas de la desdicha, ven en mi socorro!" Y al punto le envió la santa una de sus secuaces entre las hijas de los genn, que hendió el muro, y dijo a Dalal: "¿Qué deseas, Dalal?" Y Dalal contestó: "Ahí fuera está el ghul, que va a comerme en cuanto salga".
La aparecida dijo: "Si te libro de él, ¿me dejarás besarte una vez?"
Dalal dijo: "Sí". Entonces la gennia de Sett Zeinab hendió el tabique del patio, y cayó bruscamente sobre el ghul, y le aplicó un puntapié en los testículos. Y cayó él, muerto de repente.
Entonces la gennia volvió al retrete y cogió a Dalal de la mano y le mostró al carnero blanco, tendido en tierra sin vida. Luego le sacaron del patio y le echaron al foso. ¡Y esto es, en definitiva, lo referente a él!
Y la gennia besó a Dalal una vez en la mejilla, y le dijo: "Ahora, Dalal, voy a pedirte un servicio". Dalal contestó: "A tus órdenes, querida".
La gennia dijo: "¡Deseo que vengas conmigo, solamente por una hora, al mar de Esmeralda!" Dalal contestó: "Está bien. Pero ¿para qué?" La gennia contestó: "Está enfermo mi hijo, y ha dicho nuestro médico que no se curará más que bebiendo una escudilla en el mar de Esmeralda. Pero nadie puede llenar de agua una escudilla en el mar de Esmeralda, a no ser una hija de los hombres. Y aprovecho el haber venido a verte para pedirte ese servicio".
Y Dalal contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, con tal de estar aquí de regreso antes que se levante mi esposo". La gennia dijo: "Desde luego". Y la hizo montarse en sus hombros y la llevó a orillas del mar de Esmeralda. Y le dió una escudilla de oro. Y Dalal llenó la escudilla con aquella agua maravillosa. Pero, al retirarla, una ola le mojó la mano, que inmediatamente se le puso verde como el trébol. Tras de lo cual la gennia hizo subir de nuevo a Dalal en sus hombros, y la dejó en la cámara nupcial junto al joven. Y esto es lo referente a la secuaz de Sett Zeinab (¡con ella la plegaria y la paz!)
Pero el mar de Esmeralda tiene un pesador que lo pesa cada mañana para ver si ha ido o no alguien a robar. Y ése es responsable de ello. Y aquella mañana lo pesó y lo midió, y lo encontró menguado en una escudilla exactamente. Y se preguntó: "¿Quién es el autor de este robo? Voy a correr en busca suya hasta que le descubra. Porque, si tiene en la mano la señal del mar de Esmeralda, le conduciré a presencia de nuestro sultán, que sabrá lo que tiene que hacer con él".
A continuación, cogió brazaletes de vidrio y sortijas, y los colocó en una bandeja que se puso en la cabeza. Y se dedicó a viajar por toda la tierra, gritando bajo las ventanas de los palacios de los reyes: "Brazaletes de vidrio, ¡oh princesas! Sortijas de esmeralda, ¡oh jóvenes!"
Y así recorrió países y países, sin encontrar a la propietaria de la mano verde, hasta que llegó al pie de las ventanas del palacio en que se hallaba Dalal. Y volvió a gritar: "Brazaletes de vidrio, ¡oh princesas! Sortijas de esmeralda, ¡oh jóvenes!" Y Dalal, que estaba a la ventana, vió los brazaletes y sortijas de la bandeja, que le gustaron. Y dijo al vendedor: "¡Oh vendedor! espera que baje a probármelos en la mano". Y bajó adonde estaba el mercader, que era el pesador del mar de Esmeralda, y le tendió su mano izquierda, diciendo: "Pruébame las sortijas y brazaletes más hermosos que tengas". Pero el vendedor prorrumpió en exclamaciones, diciendo: "¿No te da vergüenza, ¡oh señora! tenderme la mano izquierda? Yo no pruebo en las manos izquierdas". Y Dalal, muy azorada por tener que mostrarle su mano derecha, que era verde como el trébol, le dijo: "Es que me duele la mano derecha". El le dijo: "¿Qué tiene que ver? No quiero más que verla con mis ojos, y sabré la medida". Y Dalal le enseñó la mano.
Y he aquí que cuando el pesador del mar de Esmeralda vió la mano de Dalal, que tenía la señal verde, comprendió que era ella quien había cogido la escudilla de agua. Y de improviso la tomó en brazos, y la transportó a presencia del sultán del mar de Esmeralda. Y le hizo entrega de ella, diciendo: "Ha robado una escudilla de tu agua, ¡oh rey del mar! Y tú sabrás lo que tienes que hacer con ella".
Y el sultán del mar de Esmeralda miró a Dalal con ira. Pero en cuanto sus ojos se posaron en ella, quedó conmovido por su belleza, y le dijo: "¡Oh joven! voy a hacer mi contrato de matrimonio contigo". Ella le dijo: "¡Qué lástima! Pero estoy casada, por contrato lícito con un joven semejante en hermosura a la estrella Canopea cuando brilla sobre el mar".
Entonces le dijo él: "¿Y no tienes una hermana que se te parezca, o una hija, o incluso un hijo?" Ella dijo: "Tengo una hija de diez años, que hoy es núbil y que se parece a su padre en hermosura". El dijo: "Está bien". Y llamó al pesador del mar de Esmeralda y le dijo: "Lleva a tu señora al sitio de donde la sacaste". Y el pescador la cogió a hombros. Y el sultán del mar de Esmeralda partió con ellos, llevando a Dalal de la mano.
Y entraron en el palacio del rey, y el sultán siguió a Dalal al aposento de su esposo, y le dijo, después de la presentación: "Quiero alianza contigo por medio de tu hija". El rey le dijo: "Está bien, precisa la dote que me darás por ella". Y el sultán del mar de Esmeralda dijo: "La dote que te daré por ella la constituirán cuarenta camellos cargados de esmeraldas y de jacintos".
Y quedaron de acuerdo. Y celebráronse las bodas del sultán del mar de Esmeralda con la hija de Dalal y del príncipe canopeano. Y vivieron todos juntos en completa armonía. ¡Y loor a Alah en toda circunstancia!"
Cuando el capitán de policía Gamal Al-Din hubo contado esta historia, el sultán Baibars, sin darle tiempo a volver a su sitio, le dijo: "¡Por Alah, ya Gamal Al-Din, que ésa es la historia más hermosa que oí jamás!"

Y el capitán contestó: "¡Se tornó así para agradar a nuestro amo!" Y volvió a la fila. Entonces avanzó el séptimo, que se llamaba el capitán Fakhr Al-Din; y besó la tierra entre las manos del sultán Baibars, y dijo: "¡Yo ¡oh emir y rey nuestro! te diré una aventura que me ha sucedido a mí mismo, y que no tiene más mérito que el de ser corta! Hela aquí:

HISTORIA CONTADA POR EL SÉPTIMO CAPITÁN DE POLICÍA

"Un día entre los días, en la localidad donde yo me encontraba, un ladrón entre los árabes entró de noche en casa de un cortijero para robar un saco de trigo. Pero las gentes del cortijo oyeron ruido, y me llamaron a grandes gritos, diciendo: "¡Al ladrón!" Pero nuestro hombre consiguió esconderse tan bien, que, a pesar de todas nuestras pesquisas, no pudimos llegar a descubrirle. Y cuando yo emprendía el camino de la puerta para marcharme, pasé junto a un gran montón de trigo que había en el patio. Y encima del montón había una cazoleta de cobre que servía de medida. Y de pronto oí un cuesco espantoso que salía del montón de trigo. Y en el mismo momento vi la cazoleta de cobre volar por los aires a cinco metros de altura. Entonces, no obstante mi asombro, registré precipitadamente en el montón de trigo, y allí descubrí al árabe, que se había ocultado dentro, con el trasero en pompa. Y cuando le prendí y le maniaté, le interrogué acerca del extraño ruido que me había revelado su presencia.
Y me contestó: "Lo he hecho adrede, ¡oh mi señor!" Y le contesté: "¡Alah te maldiga! ¡Y alejado sea el Maligno! ¿Por qué ventosear así contra tu interés?"
Y me contestó: "Es verdad, ¡ya sidi! he obrado contra mi interés, eso es cierto. Pero precisamente lo hice en interés tuyo".
Y le pregunté: "¿Por qué, ¡oh hijo de perro!? ¿Y desde cuándo un cuesco, aunque sea de esa calidad, ha sido en interés de alguien en la tierra?" Y contestó: "No me injuries, ¡oh capitán! Sólo he ventoseado para ahorrarte el trabajo de más largas pesquisas, y la fatiga de recorrer inútilmente la ciudad y los campos en mi seguimiento. ¡Te ruego, pues, que me devuelvas bien por bien, ya que eres hijo de gentes de bien!"
Entonces ¡oh mi señor! no pude resistir a semejante argumento. Y le solté generosamente.
¡Y ésta es mi historia!"
Y al oír este relato del capitán Fakhr Al-Din, el sultán Baibars le dijo: "¡Ualah! ¡tu indulgencia estaba justificada!" Luego, como Fakhr Al-Din hubiera vuelto a su sitio, avanzó el octavo, que se llamaba Nizam Al-Din. Y dijo: "Lo que voy a contar yo no tiene nada que ver, de cerca ni de lejos, con lo que acabas de oír, ¡oh nuestro amo el sultán!"

Y Baibars le preguntó: "¿Se trata de una cosa vista o de una cosa oída?" El otro dijo: "No, ¡por Alah, ¡oh mi señor! se trata de una cosa que solamente he oído. ¡Hela aquí!" Y dijo:

HISTORIA CONTADA POR EL OCTAVO CAPITÁN DE POLICÍA

"Había una vez un tañedor de clarinete ambulante. Y estaba casado con una mujer. Y la dejó encinta, y parió ella un varón, con ayuda de Alah. Pero el tañedor de clarinete no tenía en su casa ni una moneda de plata con que pagar a la comadrona o comprar algo a su esposa, la recién parida. Y sin saber qué hacer, y hallándose en una situación embarazosa, se marchó desesperado, diciendo a su mujer: "Voy a ir al camino de Alah a mendigar dos monedas de cobre a las personas piadosas; y daré a cuenta una a la comadrona, y la segunda, también a cuenta, al pollero para comprarte un pollo con que te alimentes en este día de parto".
Y salió de su casa. Y cuando cruzaba un campo, encontró una gallina subida en una piedra. Y se acercó sigilosamente a la gallina, y la cogió antes de que el animal tuviese tiempo de escaparse. Y debajo de ella descubrió un huevo recién puesto. Y se lo guardó en el bolsillo, diciendo: "La bendición ha llegado hoy. Precisamente esto es lo que me hace falta, y ya no tengo necesidad de ir a mendigar. Porque voy a dar esta gallina a la hija del tío, después de guisarla para ella en este día en que ha salido del apuro; y venderé el huevo por una moneda de cobre, que daré a cuenta a la comadrona".
Y fué al zoco de los huevos, abrigando esta intención.
Al pasar por el zoco de los orfebres y de los joyeros, se encontró con un judío conocido suyo, que le preguntó: "¿Qué llevas ahí?" El hombre contestó: "¡Una gallina con su huevo!"
El judío le dijo: "¡Enséñamelo!" Y el tañedor de clarinete enseñó al judío la gallina y el huevo.
Y el judío le preguntó: "¿Quieres vender este huevo?" El hombre contestó: "¡Sí!" El judío le dijo: "¿En cuánto?"
El tañedor de clarinete contestó: "¡Habla tú el primero!" El judío dijo: "¡Te lo compro por diez dinares de oro! ¡No vale más!"
Y dijo el pobre, creyendo que el judío se burlaba de él: "Te burlas de mí porque soy pobre; demasiado sabes que no es ése su precio". Y el judío creyó que le pedía más, y le dijo: "¡Te ofrezco, como último precio, quince dinares!" El otro contestó: "¡Abra Alah!" Entonces el judío dijo: "Aquí tienes veinte dinares de oro nuevo. Los tomas o los dejas".
Entonces el tañedor de clarinete, al ver que la oferta era seria, entregó el huevo al judío a cambio de los veinte dinares de oro, y se apresuró a volver la espalda. Pero el judío echó a correr detrás de él, y le preguntó: "¿Tienes muchos huevos así en tu casa?"
El pobre hombre contestó: "Ya te traeré otro mañana, cuando haya puesto la gallina, y te lo daré en el mismo precio. ¡Pero a otro que tú no se lo vendería por menos de treinta dinares de oro!"
Y el judío le dijo: "Enséñame tu casa; y todos los días iré por el huevo para que no te molestes; y te daré los veinte dinares". Y el tañedor de clarinete le enseñó su casa, y se apresuró luego a buscar otra gallina en lugar de aquella tan ponedora, y la hizo guisar para su esposa. Y pagó liberalmente su trabajo a la comadrona.
Y al día siguiente dijo a su esposa: "¡Oh hija del tío! guárdate de degollar a la gallina negra que hay en la cocina. Es la bendición de la casa. Nos pone huevos que al precio corriente valen veinte dinares de oro cada uno...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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