Noche 939



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Pero cuando llegó la 939ª noche

Ella dijo:
"... ya estoy casada y ligada por promesas, por fe y por juramento con la que posee mi corazón. ¡Pero sólo Alah conoce el porvenir! Y no sucederá nada que no deba suceder. ¡Uassalam!"
Y salí de su casa, bendiciéndola, y sin tardanza me presenté con mis hombres ante el kadí, que exclamó en cuanto me vió: "¡Bismilah! ¡ya está ahí mi deudor! pero ¿dónde está mi hacienda?". Y contesté: "¡Oh señor kadí, mi cabeza no es nada al lado de la cabeza del kadí, y no tengo nadie que me apoye. Pero si la razón está de parte mía, lucirá claramente". Y el kadí, furioso, me gritó: "¿Qué estás hablando de razón? ¿Acaso piensas poder disculparte o librarte de lo que te espera, si no has encontrado a la mujer y mi hacienda? ¡Por Alah, que entre la razón y tú hay una distancia considerable!"
Entonces yo, con mucho aplomo, le miré fijamente a los ojos, y le recité la asombrosa historia que hube de aprender y que de acusado me convertía en acusador. Y el efecto que produjo fué exactamente igual a como lo había previsto la joven. Porque el kadí, indignado, vió ennegrecerse el mundo ante sus ojos; y le llenó el pecho una cólera grande; y se le puso el rostro como el pimentón; y exclamó: "¿Qué estás diciendo; ¡oh el más insolente de los soldados!? ¡No temes hacer semejantes suposiciones con respecto a mí, delante de mí y en mi casa? ¡Pero no importa! Ya que tienes sospechas, puedes practicar un registro en seguida. Y cuando quede bien demostrado que obraste arbitrariamente, será más importante el castigo que te imponga el sultán". Y mientras hablaba así, se había puesto como una marmita al rojo en la que se echara agua fría.
Entonces invadimos la casa, y registramos por todas partes, en todos los rincones y escondrijos, de arriba a abajo, sin perdonar un cofre, un agujero ni un armario. Y mientras duraron las pesquisas, no dejé de vislumbrar, a medida que huía ella de una habitación a otra para escapar de miradas extrañas, a la encantadora gacela de quien su semejante estaba enamorada. Y pensé para mí: "¡Maschalah, ua bismilah! ¡Y el nombre de Alah sobre ella y alrededor de ella! ¡Qué rama tan flexible! ¡Qué elegancia y qué hermosura! ¡Bendito sea el seno que la ha llevado, y loores al Creador, que la ha moldeado en el molde de la perfección!". Y comprendí hasta cierto punto por qué una joven así podía subyugar a otra semejante a ella, pues me dije: "¡El botón de rosa se inclina hacia el botón de rosa y el narciso hacia el narciso!" Y me alegró tanto aquello, que hubiera querido comunicárselo sin tardanza a la joven prodigiosa, a fin de que me diese ella su aprobación y no me considerara desprovisto en absoluto de pensamientos delicados y discernimiento.
Y he aquí que de tal suerte llegamos hasta la cocina, acompañados del kadí, que estaba más furioso que nunca, sin encontrar nada sospechoso y sin descubrir ningún rastro ni vestigio de la mujer.
Entonces, siguiendo las instrucciones de mi docta maestra, fingí que estaba muy avergonzado de mi arbitrario proceder, y me excusé ante el kadí, que se regocijaba con mi azoramiento, y me humillé a él. Pero todo ello tenía por objeto dar el golpe preparado. Y aquel kadí de ingenio espeso se dejó coger en la tela de araña, y se aprovechó de aquella ocasión para abrumarme con lo que él creía su triunfo. Y me dijo: "Bueno, ¿a qué han quedado ahora reducidas tus acusaciones amenazadoras y tus imputaciones ofensivas, insolente embustero, e hijo de embustero, y embusteros también de generación en generación? ¡Pero no tengas cuidado, que pronto verás lo que cuesta faltar al respeto al kadí de la ciudad!" Y mientras tanto, apoyado en una enorme zafra de aceite sin tapa, tenía yo la cabeza baja y el aire contrito. Pero de repente levanté la cabeza y exclamé: "¡Por Alah! no estoy seguro; pero me parece que de esta zafra sale cierto olor de sangre". Y miré en la zafra y metí el brazo, y lo saqué diciendo: "¡Alah akbar! ¡bismilah!" Y cogí el paquete de ropa manchada de sangre arrojado en la zafra, antes de desaparecer, por mi joven maestra. Y allí estaba su velo, su pañuelo de la cabeza, su pañuelo del seno, su calzón, su camisa, sus babuchas y otras ropas que no recuerdo, todo ensangrentado.
Al ver aquello, el kadí, como había previsto la joven, se quedó confuso y lleno de estupor; y se puso muy amarillo de color; y le temblaron las coyunturas; y se desplomó en el suelo, desmayado, dando con la cabeza antes que con los pies. Y en cuanto recobró el sentido, no dejé de hacer ver que se habían vuelto las tortas, y le dije: "Pues bien, ya El-Kadí, ¿quién de entre nosotros es el embustero y quién el verídico? ¡Loores a Alah! ¡Creo que estoy desagraviado de haber perpetrado el supuesto robo en connivencia con la joven! Pero ¿qué has hecho tú de tu sabiduría y de tu jurisprudencia? ¿Y cómo, siendo rico como lo eres, y nutrido en las leyes, has echado sobre tu conciencia el dar asilo a una pobre mujer para engañarla, robándola y asesinándola tras de violentarla probablemente de la peor manera? ¡Por mi vida! ése es un acto espantoso del que hay que dar cuenta sin tardanza a nuestro señor el sultán. Porque no cumpliría con mi deber callándole la cosa; y como nada queda oculto, no dejaría de enterarse por otro conducto; y con ello perdería yo a la vez mi plaza y mi cabeza".
Y el infortunado kadí, en el límite del asombro, permanecía delante de mí con los ojos muy abiertos, como si no oyera nada ni comprendiera nada de aquello. Y lleno de turbación y de angustia, seguía inmóvil, semejante a un árbol muerto. Porque, como en su espíritu se había hecho la noche, ya no sabía distinguir su brazo derecho de su brazo izquierdo, ni lo verdadero de lo falso. Y cuando estuvo un poco repuesto de su atontamiento, me dijo: "¡Oh capitán Moin! se trata de un asunto oscuro que sólo Alah puede comprender. ¡Pero si quieres no divulgarlo, no te arrepentirás!" Y así diciendo, se dedicó a colmarme de consideraciones y miramientos. Y me entregó un saco que contenía tantos dinares de oro como los que él había perdido. Y de tal suerte compró mi silencio y extinguió un fuego cuyos estragos temía.
Entonces me despedí del kadí, dejándole aniquilado, y fui a dar cuenta del hecho a la joven, que me recibió riendo, y me dijo: "¡Seguramente no sobrevivirá al golpe!". Y lo cierto ¡oh mi señor sultán! es que no se pasaron tres días sin que llegara a mí la noticia de que el kadí había muerto por rotura de su bolsa de la hiel. Y como no dejara yo de visitar a la joven para ponerla al corriente de lo que había pasado, las servidoras me enteraron de que su señora acababa de marcharse con la hija del kadí a una propiedad que poseía en el Nilo, cerca de Tantah. Y maravillado de todo aquello, sin llegar a comprender qué podrían hacer juntas aquellas dos gacelas sin clarinete, hice lo posible por seguir sus huellas, pero sin lograrlo. Y desde entonces espero que un día u otro quieran ellas darme noticias suyas y esclarecer para mi espíritu un asunto tan difícil de comprender.
Y tal es mi historia, ¡oh mi señor sultán! y tal es la aventura más singular que me ha ocurrido desde que ejerzo las funciones con que me ha investido tu confianza".

Cuando el capitán de policía Moin Al-Din acabó este relato, avanzó entre las manos del sultán Baibars un segundo capitán, y después de los deseos y los votos, dijo: "Yo ¡oh mi señor sultán! te contaré también una aventura personal, y que, si Alah quiere, dilatará tu pecho". Y dijo:

HISTORIA CONTADA POR EL SEGUNDO CAPITAN DE POLICIA

Has de saber ¡oh mi señor sultán! que, antes de aceptarme por esposo, la hija de mi tío (¡Alah la tenga en Su misericordia!) me dijo: "¡Oh hijo del tío! si Alah quiere, nos casaremos; pero no podré tomarte por esposo mientras no aceptes de antemano mis condiciones, que son tres, ¡ni una más, ni una menos!" Y contesté: "¡No hay inconveniente! Pero ¿cuáles son?". Ella me dijo: "¡No tomarás nunca haschisch, no comerás sandía y no te sentarás nunca en una silla!". Y contesté: "Por tu vida, ¡oh hija del tío! duras son esas condiciones. Pero, tales como son, las acepto de corazón sincero, aunque no comprendo el motivo a que obedecen". Ella me dijo: "Pues son así. ¡Y pueden tomarse o dejarse!" Y dije: "¡Las tomo, y de todo corazón amistoso!". Y se celebró nuestro matrimonio, y se realizó la cosa, y todo pasó como debía pasar. Y vivimos juntos varios años en perfecta unión y tranquilidad.
Pero llegó un día en que mi espíritu anheló saber el motivo de las tres famosas condiciones relativas al haschisch, a las sandías y a la silla; y me decía yo: "¿Pero qué interés puede tener la hija de tu tío en prohibirte esas tres cosas cuyo uso en nada puede lesionarla? ¡Ciertamente, en todo esto debe haber un misterio que me gustaría mucho aclarar!" Y sin poder ya resistir a las solicitudes de mi alma y a la intensidad de mis deseos, entré en la tienda de uno de mis amigos, y por el pronto me senté en una silla rellena de paja. Luego hice que me llevaran una sandía excelente, tras de tenerla en agua para que se refrescara. Y después de comerla con delectación, absorbí un grano de haschisch en pasta, y emprendí el vuelo hacia el ensueño y el placer tranquilo. Y me sentí perfectamente dichoso; y mi estómago era dichoso a causa de la sandía; y a causa de la silla rellena, también era muy dichoso mi trasero, privado del placer de las sillas durante tanto tiempo.
Pero ¡oh mi señor sultán! cuando volví a mi casa, aquello fué tremendo. Porque, no bien estuve en presencia suya, mi mujer se echó el velo por el rostro, como si, en lugar de ser su esposo, no fuera yo para ella más que un hombre extraño, y mirándome con ira y desprecio, me gritó: "¡Oh perro hijo de perro! ¿es así como mantienes tus compromisos? ¡Vamos, sígueme! ¡Iremos a casa del kadí para arreglar el divorcio!" Y yo, con el cerebro nublado todavía por el haschisch, y con el vientre pesado aún a causa de la sandía, y con el cuerpo descansado por haber sentido debajo de mis nalgas, después de tanto tiempo, una silla mullida, traté de ser audaz, negando mis tres fechorías. Pero aún no había esbozado el gesto de la negación, cuando me gritó mi esposa: "Amordaza tu lengua, ¡oh proxeneta! ¿Vas a atreverte a negar la evidencia? Apestas a haschisch, y mi nariz te huele. Te has atascado de sandía, y veo las huellas en tu ropa. Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí...!

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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