Noche 919



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Pero cuando llegó la 919ª noche

Ella dijo:
"... No obstante, guardé aquellas sospechas en el cofrecillo de mi corazón, y puse la cerradura del silencio a la puerta de mi lengua. Y por intentar una distracción de mi inquietud, fui a mis cuadras a mirar mis hermosos caballos. Y vi que los caballos que tenía reservados para mi uso personal a causa de su velocidad, que superaba a la del viento, estaban tan delgados y extenuados que los huesos se les clavaban en la piel, y tenían desollado el lomo por varios sitios. Y sin enterarme de nada más, hice ir a mi presencia a los palafreneros, y les dije: "¡Oh hijos de perro! ¿qué es esto? ¿Y a qué obedece esto?". Y se prosternaron con la faz contra el suelo ante mi ira, y uno de ellos levantó un poco la cabeza, temblando, y me dijo: "¡Oh señor nuestro! si me haces gracia de la vida, te diré una cosa en secreto". Y le tiré el pañuelo de la seguridad, diciéndole: "¡Dime la verdad, y no me ocultes nada, porque, si no, te espera el palo!". Entonces dijo él: "Sabe ¡oh señor nuestro! que todas las noches sin falta nuestra señora la reina, vestida con sus trajes reales, adornada con sus atavíos y sus joyas, semejantes a Balkis con sus preseas, viene a la cuadra, escoge uno de los caballos particulares de nuestro amo, lo monta, y va a pasearse. Y cuando regresa, al terminar la noche, el caballo no vale para nada, y cae al suelo, extenuado. ¡Y ya hace mucho tiempo que dura este estado de cosas, del que no nos hemos atrevido nunca a avisar a nuestro señor el sultán!"
"Al enterarme de aquellos detalles tan extraños, se me turbó el corazón, y mi inquietud se hizo tumultuosa, y en mi espíritu arraigaron profundamente las sospechas. Y de tal suerte transcurrió para mi la jornada, sin que tuviese yo un momento de calma para ocuparme de los asuntos del reino. Y esperé la noche con una impaciencia que distendía mis piernas y mis brazos a pesar mío. Así es que cuando llegó la hora de la noche en que de ordinario iba yo en busca de mi esposa, entré en su aposento y la encontré desnuda ya y estirando los brazos. Y me dijo: "Estoy muy cansada y sólo tengo ganas de acostarme. Mira cómo se abate el sueño sobre mis ojos. ¡Ah, durmamos!" Y yo, por mi parte, supe disimular mi agitación interna, y fingiendo estar más extenuado todavía que ella, me eché a su lado, y aunque estaba muy despierto, me puse a respirar roncando, como los que duermen en la taberna.
"Entonces esta mujer de mala fortuna se levantó como un gato, y aproximó a mis labios una taza cuyo contenido hubo de verter en mi boca. Y tuve fuerza de voluntad para no traicionarme; pero, volviéndome un poco hacia la pared, como si continuase durmiendo, escupí sin ruido en la almohada el bang líquido que me había dado. Y sin dudar del efecto del bang, no tuvo ella cuidado para ir y venir por la habitación, y lavarse y arreglarse, ponerse kohl en los ojos, y nardo en los cabellos, y surma indio en los ojos, y missi también indio en los dientes, y perfumarse con esencia volátil de rosas y cubrirse de alhajas, y echar a andar como si estuviera borracha.
"Entonces, esperando a que hubiese salido ella, me levanté de mi lecho, y echándome sobre los hombros una abaya con capucha, la seguí a pasos recatados, con los pies descalzos. Y la vi dirigirse a las cuadras, y escoger un caballo tan hermoso y tan ligero como el de Schirin. Y montó en él, y se marchó. Y quise montar también a caballo para seguirla; pero pensé que el ruido de los cascos llegaría a oídos de aquella esposa desvergonzada, y quedaría advertida de lo que debía permanecer oculto para ella. Así es que, apretándome el cinturón a la manera de los sais y de los mensajeros, eché a correr sigilosamente detrás del caballo de mi esposa, agitando mis piernas con rapidez. Y si tropezaba, me levantaba; y si caía, me levantaba también, sin perder ánimos. Y de tal modo continué mi carrera, lastimándome los pies con los guijarros del camino.
"Y has de saber ¡oh joven! que, sin que yo hubiese pensado en darle orden de seguirme, este perro lebrel que está de pie delante de ti, con el cuello adornado por un collar de oro, había salido detrás de mí y corría fielmente, sin ladrar.
"Y al cabo de aquella carrera sin tregua, mi esposa llegó a una llanura desolada donde no había más que una sola casa, baja y constituida con barro, que estaba habitada por negros. Y se apeó del caballo y entró en la casa de los negros. Y quise penetrar detrás de ella; pero se cerró la puerta antes de que yo hubiese llegado al umbral, y me contenté con mirar por un tragaluz para ver si me enteraba de la cosa.
"Y he aquí que los negros, que eran siete, semejantes a búfalos, acogieron a mi esposa con injurias espantosas, y se apoderaron de ella, y la tiraron al suelo, y la pisotearon, golpeándola tanto, que la creí ya con los huesos molidos y el alma expirante. Pero, lejos de mostrarse dolida por aquel trato feroz del que hasta hoy tienen señales sus hombros, su vientre y su espalda, ella se limitaba a decir a los negros: "¡Oh queridos míos! por el ardor de mi amor hacia vosotros, os juro que he venido un poco retrasada esta noche sólo porque mi esposo el rey, ese sarnoso, ese trasero infame, ha estado despierto hasta después de su hora habitual. De no ser así, ¿hubiera yo esperado tanto tiempo para venir y hacer disfrutar a mi alma con la bebida de nuestra unión?".
Y al ver aquello, no sabía yo dónde estaba ya, ni si era presa de un sueño horrible. Y pensé para mi ánima: "¡Ya Alah! ¡jamás he pegado a Piña, ni siquiera con una rosa! ¿Cómo se explica, pues, que soporte semejantes golpes sin morir?" Y mientras yo reflexionaba así, vi que los negros, apaciguados por las excusas de mi esposa, la desnudaron por completo, desgarrándole sus trajes reales, y le arrancaron las alhajas y sus adornos, precipitándose después todos sobre ella, como un solo hombre, para asaltarla por todos lados a la vez. Y a estas violencias respondía ella con suspiros de contento, ojos en blanco y jadeos.
"Entonces, sin poder soportar por más tiempo aquel espectáculo, me precipité por el tragaluz en medio de la sala, y cogiendo una maza entre las mazas que había allí me aproveché de la estupefacción de los negros, que creían que había bajado entre ellos algún genni, para arrojarme sobre ellos y matarlos a golpazos asestados en sus cabezas. Y de tal suerte desenlacé de mi esposa a cinco de ellos, y los precipité en el infierno derecho. Viendo lo cual, los otros dos negros que quedaban se desenlazaron de mi esposa por sí mismos y buscaron su salvación en la fuga. Pero conseguí atrapar a uno, y de un golpe le tendí a mis pies; y como solamente estaba aturdido cogí una cuerda y quise atarle las manos y los pies. Y cuando me inclinaba, mi esposa acudió de pronto por detrás, y me empujó con tanta fuerza, que di de bruces en el suelo. Entonces el negro aprovechó la ocasión para levantarse y echarse encima de mi pecho. Y ya levantaba su maza para terminar conmigo de una vez, cuando mi fiel perro, este lebrel de color castaño claro, le saltó a la garganta y le derribó, rodando por el suelo con él. Y al punto aproveché aquel instante favorable para caer sobre mi adversario y agarrotarle brazos y piernas. Luego le tocó el turno a Piña, a la cual até, sin pronunciar palabra, mientras me salían chispas de los ojos.
"Hecho esto, arrastré al negro fuera de la casa y lo até a la cola de mi caballo. Después cogí a mi esposa y la puse atravesada en la silla, como un fardo, delante de mí. Y seguido de mi perro lebrel, que me había salvado la vida, regresé a mi palacio, en donde, con mi propia mano, corté la cabeza al negro, cuyo cuerpo, arrastrado a lo largo de la ruta, no era ya más que un pingajo jadeante, y di a comer su carne a mi perro. E hice salar aquella cabeza, que precisamente es la que aquí estás viendo en esa bandeja que tiene delante Piña. E infligí por todo castigo a esa desvergonzada esposa mía la contemplación diaria de la cabeza cortada de su amante negro. Y he aquí lo referente a ellos dos.
"Pero, volviendo al séptimo negro, que logró ponerse en fuga, no cesó de correr hasta que hubo llegado a las comarcas de Sinn y de Massin, donde reina el rey Tammuz ben Qamús. Y tras de una serie de maquinaciones, el negro consiguió ocultarse debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra, hija del rey Tammuz. Y al presente es su consejero íntimo. Y en el palacio nadie conoce su presencia debajo del lecho de la princesa.
"¡Y he aquí ¡oh joven! la historia de cuanto me ocurrió con Piña! Y eso es lo referente al negro sombrío que a la hora de ahora está debajo del lecho de marfil de la hija del rey de Sinn y de Massin, Mohra, la matadora de tantos jóvenes reales".
Así habló el rey Ciprés, señor de la ciudad de Wakak, al joven príncipe Diamante. Luego añadió...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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