Noche 905



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Pero cuando llegó la 905ª noche

Ella dijo:
"... Y con todo el ímpetu de su corcel, se lanzó sobre el hermoso animal salvaje, el cual, comprendiendo que en aquel instante corría su vida gran peligro, dió un salto tremendo, y tras de desviarse rápidamente, se puso fuera del alcance con sus cuatro patas, devorando a su paso la distancia en la llanura. Y Diamante, abandonado a la embriaguez de la carrera, siguió al gamo por el desierto, alejándose de su séquito armado. Y continuó su persecución por arenas y piedras, hasta que al caballo, todo espumeante y sin aliento, le colgó seca la lengua en aquel desierto donde no aparecía huella ni olor de un hijo de Adán, y donde, por toda presencia no había más que la de lo Invisible.
A la sazón había llegado él frente a una colina arenosa que se interponía ante la vista y detrás de la cual había desaparecido el gamo. Y el desesperado Diamante subió a aquella colina, y llegado que fue a la otra vertiente, vió de pronto desarrollarse a sus miradas un espectáculo distinto. Porque, en lugar de la aridez inexorable del desierto, vivía allí una vida de verdor cierto oasis refrescante, entrecruzado de arroyos y adornado con macizos naturales de flores rojas y de flores blancas, comparables al crepúsculo vespertino y al crepúsculo matutino. Y Diamante sintió holgarse su alma y dilatarse su corazón, igual que si estuviese en el jardín de que Rizwán es el guardián alado.
Cuando el príncipe Diamante hubo contemplado la obra admirable de su Creador, y dado de beber por sí mismo a su caballo, en el hueco de la mano, el agua deliciosa del oasis, se levantó y dió expansión a sus miradas para juzgar las cosas al detalle. Y he aquí que vió un trono solitario al abrigo de un árbol añoso cuyas raíces debían llegar hasta las puertas interiores de la tierra. Y en aquel trono estaba sentado un viejo rey, con la cabeza coronada con la corona real y los pies desnudos, reflexionando. Y Diamante le abordó con la zalema, respetuoso. Y el viejo rey le devolvió su zalema, y le dijo: "¡Oh hijo de reyes! ¿a qué obedece el que hayas atravesado el desierto terrible en donde ni siquiera el pájaro puede agitar sus alas y donde la sangre de las alimañas feroces se torna hiel?" Y Diamante le contó su aventura, y añadió: "Y tú, ¡oh venerable rey! ¿puedes decirme el motivo de tu estancia en este sitio rodeado de desolación? Porque tu historia debe ser una historia extraña". Y el viejo rey contestó: "¡Ciertamente, mi historia es extraña y prodigiosa! Pero lo es de tal modo, que más valdría que renunciaras a oírla relatar de mi boca. De no hacerlo así, constituirá para ti un motivo de lágrimas y calamidades". Pero el príncipe Diamante dijo: "Puedes hablar, ¡oh venerable! porque me he criado con leche de mi madre, y soy hijo de mi padre". E insistió mucho para decidirle a que le relatara lo que anhelaba oír.
Entonces el viejo rey, que estaba sentado en el trono debajo del árbol, dijo: "Escucha, pues, las palabras que van a salir de la cáscara de mi corazón. Recógelas y ponlas en la orla de tu traje". Y bajó la cabeza un instante, luego la levantó, y habló así:
"Has de saber ¡oh joven! que antes de mi llegada a este islote perdido en medio del desierto, yo reinaba en las tierras de Babil, en medio de mis riquezas, de mi corte, de mis ejércitos y de mi gloria. Y Alah el Altísimo (¡exaltado sea!) me había concedido una posteridad de siete hijos reales que bendecían a su creador y constituían la alegría de mi corazón. Y todo era paz y prosperidad en mi Imperio, cuando un día mi hijo mayor supo, por boca de un caravanero, que en las comarcas lejanas de Sinn y de Masinn había una princesa, hija del rey Qamús, hijo de Tammuz, la cual se llamaba Mohra, y no tenía par en el mundo; que la perfección de su belleza ennegrecía el rostro de la luna nueva, y que Josef y Zuleikha tenían, ante ella, la oreja horadada por la argolla de la esclavitud. En una palabra, que estaba modelada con arreglo a estos versos del poeta:
¡Es una belleza ladrona de corazones, espléndida por todos lados! ¡Los bucles de sus cabellos son el nardo del jardín de la excelencia, y su mejilla es la rosa lozana!
¡Sus labios tienen a la vez rubíes y azúcar cande!
¡Sus dientes son de una pureza asombrosa, y hasta en la cólera sonríen!
¡Es una belleza ladrona de corazones, espléndida por todos lados!
"Y el caravanero enteró también a mi hijo de que el tal rey Qamús no tenía otra hija que aquella bienaventurada. Y como retoño encantador de la hermosura había llegado a la primavera de su desarrollo, y las abejas empezaban a agruparse junto a su cuerpo florido, se hizo urgente, según la costumbre, reunir, para escoger esposo, a los príncipes de todas las comarcas, siempre que estuviesen en edad de merecer y de ser admitidos. Pero se impuso por toda condición la de que los pretendientes respondieran a una pregunta que les haría la princesa, y que consistía sencillamente en estas palabras:
"¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?". Y esto era cuanto del pretendiente se reclamaba a modo de viudedad para la princesa, pero con la cláusula de que a aquel que no pudiera contestar satisfactoriamente a la pregunta se le cortaría la cabeza, clavándola en el pináculo del palacio.
"Y he aquí que cuando mi hijo mayor supo estos detalles por boca del caravanero, se abrasó su corazón como carne a la parrilla; y fué a mí vertiendo llanto cual un chaparrón tempestuoso. Estaba decidido a arriesgar su vida. Y gimiendo me pidió permiso de partir, para irse a ver si obtenía a la princesa de los países de Sinn y de Massin. Y aunque yo estaba en extremo asustado de aquella empresa loca, por más que procuré remediar semejante situación, la medicina del aviso no dió resultado en la vehemencia del mar del amor. Y dije entonces a mi hijo: "¡Oh luz de mis ojos! si, a trueque de morir de tristeza, no puedes por menos de ir a las comarcas de Sinn y de Massin, donde reina el rey Qamús, hijo de Tammuz, padre de la princesa Mohra, yo te acompañaré, llevándote a la cabeza de mis ejércitos. Y si el rey Qamus consiente de buen grado en concederme a su hija para ti, todo irá bien; pero de no ser así, ¡por Alah! que haré derrumbarse sobre su cabeza los escombros de su palacio y aventaré su reino. Y de tal suerte la joven se tornará en cautiva tuya y propiedad tuya". Pero parece que mi hijo mayor no encontró de su gusto este proyecto, y me contestó: "No es digno de nosotros, ¡oh padre nuestro! tomar por fuerza lo que no se conceda por persuasión. Es preciso, pues, que vaya yo mismo a dar la respuesta exigida y a contestar a la hija del rey."
"Entonces comprendí mejor que nunca que ninguna criatura puede borrar lo escrito por el Destino, ni siquiera un carácter de las palabras que en el libro de los destinos traza el escriba alado. Y viendo que la cosa estaba así decretada en la suerte de mi hijo, le concedí, no sin muchos suspiros, el permiso de partir. Y acto seguido se despidió él de mí y se fué en busca de su destino.
"Y llegó a las comarcas profundas donde reinaba el rey Qamús, y se presentó en el palacio donde residía la princesa Mohra, y no pudo contestar a la pregunta de que te he hablado, ¡oh extranjero! Y la princesa hizo que le cortaran la cabeza sin piedad, y la mandó clavar en el pináculo de su palacio. Y al tener noticia de ello, lloré todas mis lágrimas de desesperación. Y vestido con trajes de luto, permanecí enterrado con mi dolor durante cuarenta días. Y mis íntimos se cubrieron la cabeza con polvo. Y nos desgarramos la vestidura de la paciencia. Y los gritos de duelo hicieron retemblar todo el palacio con un ruido parecido al de la resurrección.
"Entonces mi segundo hijo produjo en mi corazón con su propia mano la segunda herida penosa, tragando, como su hermano, la bebida de la muerte. Porque, como el mayor, quiso intentar la empresa. Igual ocurrió después a mis otros cinco hijos, que de la propia manera pusiéronse por turno en marcha hacia el camino de la defunción, y perecieron mártires del sentimiento del amor.
"Y mordido incurablemente por el Destino negro, y abatido por un dolor sin esperanza, abandoné la realeza y mi país, y salí errante por el camino de la fatalidad. Y atravesé, como un sonámbulo, llanuras y desiertos. Y llegué, como ves, con la corona a la cabeza y los pies descalzos, al rincón en que estoy esperando la muerte sobre este trono". Cuando el príncipe Diamante oyó este relato del viejo rey, quedó herido por la flecha del sentimiento torturador, y lanzó suspiros de amor que echaban chispas. Porque, como dice el poeta:
¡El amor se ha insinuado en mí sin que yo haya visto al objeto que lo infunde por el oído solamente!
¡E ignoro lo que ha pasado entre la amiga desconocida y mi corazón!

¡Y esto es lo referente al anciano rey de Babil, que estaba sentado sobre el trono en el oasis, y a su dolorosa historia! En cuanto a los compañeros de cacería de Diamante, se inquietaron mucho por la desaparición del príncipe, y al cabo de cierto tiempo, a pesar de la orden que les había dado de no seguirle, se pusieron en busca suya, y acabaron por encontrarle cuando salía del oasis. Y llevaba él la cabeza inclinada tristemente sobre el pecho y el rostro atacado de palidez. Y le rodearon, cual las mariposas a la rosa, y le presentaron un caballo de repuesto, rápido en la carrera, un céfiro por la ligereza, pues marchaba más de prisa que la imaginación. Y Diamante confió su primer caballo a las gentes de su séquito, y montó en el que le presentaban, que tenía una silla dorada y unas bridas enriquecidas con perlas. Y llegaron todos sin contratiempo al palacio del rey Schams-Schah, padre de Diamante.
Y en lugar de encontrarse a su hijo con el rostro satisfecho y el corazón dilatado a consecuencia de aquel paseo y de aquella cacería, el rey le halló muy alterado de color y sumido en un océano de pena negra. Porque el amor le había penetrado hasta los huesos, le había tornado débil y sin energías, y al presente le consumía el corazón y el hígado.. .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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