Noche 891



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Y cuando llegó la 891ª noche

Ella dijo:
"... Y la joven esposa del capitán kurdo quedó subyugada por los encantos del hijo del carnicero, y sucedió entre ellos lo que sucedió. Y el señor kurdo volvió aquel día más temprano que de costumbre, e introdujo la llave en la cerradura para abrir la puerta. Y su esposa, que estaba copulando en aquel momento, oyó rechinar la llave y lo dejó todo para saltar sobre ambos pies. Y se apresuró a ocultar a su amante en un rincón de la habitación, detrás de la cuerda en que estaban colgados los trajes de su esposo y los suyos propios. Luego cogió un velo grande, en el cual se envolvía de ordinario, y bajó la escalerilla para salir al encuentro de su marido el capitán, el cual, sólo con subir la mitad de los escalones, había olfateado ya que en su casa pasaba algo que no pasaba de ordinario. Y dijo a su mujer: "¿Quién hay? ¿Y por qué tienes ese velo?" Y ella contestó: "¡La historia de este velo ¡oh dueño mío! es una historia que, si estuviese escrita con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto! ¡Pero empieza por sentarte en el diván para que te la cuente!" Y le llevó al diván, le rogó que se sentara, y continuó así: "Has de saber, en efecto, que en la ciudad de El Cairo había un capitán de policía, hombre terrible y celoso, que vigilaba a su mujer de continuo. Y para estar seguro de su fidelidad la había encerrado en una casa como ésta, con una sola habitación. Pero a pesar de todas sus precauciones, la mujer le ponía cuernos con todo su corazón, y sobre los cuernos insensibles de él copulaba con el hijo de su vecino el carnicero, de modo y manera que, un día en que había vuelto más temprano que de costumbre, el capitán sospechó algo. Y, en efecto, cuando su mujer le oyó entrar, se apresuró a ocultar a su amante y llevó a su marido a un diván, igual que yo he hecho contigo. ¡Y entonces le echó por la cabeza una tela que tenía en la mano, y le apretó el cuello con todas sus fuerzas, de esta manera!" Y así diciendo, la joven echó la tela por la cabeza del kurdo, y le apretó el cuello, riendo y continuando así su historia: "Y cuando el hijo de perro tuvo la cabeza y el cuello bien cogidos con la tela, la joven gritó a su amante, que estaba escondido detrás de las ropas del marido: "¡Eh, querido mío, ponte en salvo! ¡pronto, pronto!" Y el joven carnicero se apresuró a salir de su escondite y a precipitarse por la escalera a la calle: ¡Y tal es la historia de la tela que tenía yo en la mano, ¡ya sidi!"
Y tras de contar así esta historia, y al ver que su amante estaba en salvo ya, la joven aflojó la tela que tenía fuertemente enrollada al cuello de su marido el kurdo, y se echó a reír de tal manera que cayó de trasero.
En cuanto el capitán kurdo, libre ya de la estrangulación, no supo si debía reír o enfadarse por la historia y la broma de su mujer. Por lo demás, kurdo era y kurdo siguió siendo. Por eso jamás comprendió nada de aquel incidente. Y continuaron creciéndole los bigotes y los pelos. Y murió como un bienaventurado, contento y prosperando, tras de haber dejado muchos hijos.

Y aquella noche todavía dijo Schehrazada la historia siguiente, que es un torneo de generosidad entre tres personas de diferente especie, a saber: entre un marido, un amante y un ladrón.

¿CUÁL ES EL MÁS GENEROSO?

Cuentan que había en Bagdad un primo y una prima que desde la infancia se amaban con un amor extremado. Y sus padres les destinaron uno para otro, diciendo siempre: "¡Cuando Habib sea mayor, le casaremos con Habiba!" Y ambos habían vivido y crecido juntos, y con ellos había crecido su mutuo afecto. Pero cuando estuvieron en edad de casarse, el Destino no decretó su matrimonio. Porque los padres, que habían sufrido reveses de fortuna, quedaron muy pobres; y el padre y la madre de Habiba se consideraron favorecidos aceptando por esposo para su hija a un respetable jeique que era uno de los mercaderes más ricos de Bagdad y la había pedido en matrimonio.
Y cuando de tal suerte quedó decidido su matrimonio con el jeique, la joven Habiba quiso ver por última vez a su primo Habib y le dijo llorando: "¡Oh hijo de mi tío! ¡oh bien amado mío! ¡ya sabes lo que ha pasado, y que mis padres me han dado en matrimonio a un jeique a quien no he visto nunca y que no me ha visto nunca! Y he aquí que con este matrimonio se nos desbarata nuestro amor, ¡oh primo mío! ¡Y quizá nuestra muerte sea preferible a nuestra vida!" Y Habib contestó sollozando: "¡Oh bienamada prima mía! ¡amargo es nuestro destino, y nuestra vida no tendrá objeto en adelante! ¿Cómo podremos, lejos uno de otro seguir saboreando el gusto de la vida y deleitándonos con las bellezas de la tierra? ¡Ay! ¡ay! ¡oh prima mía! ¿cómo vamos a soportar el peso de nuestro destino?" Y lloraron uno junto a otro y casi se desmayaron de pena. Pero los separaron, diciéndoles que estaban esperando a la desposada para conducirla a casa del esposo.
Y condujeron a la desolada Habiba, en medio de un cortejo, a la casa del jeique. Y después de las ceremonias de rigor y los deseos y las invocaciones y las bendiciones, dio fin la boda, y se marchó todo el mundo, dejando con su esposo a la recién casada.
Y cuando llegó el momento de la consumación, el jeique penetró en la cámara nupcial, y vio a su esposa llorando en los cojines y con el pecho henchido de sollozos. Y pensó: "Seguramente, llora por lo que lloran todas las jóvenes que se separan de su madre. Pero generalmente no dura mucho eso, por fortuna. ¡Con aceite se abren los candados más duros, y con dulzura se amansa a los cachorros de león!" Y se acercó a ella, que seguía llorando, y le dijo: "¡Ya setti Habiba! ¡oh luz del alma! ¿Por qué maltratas así la hermosura de tus ojos? ¿Y qué dolor es el tuyo, que te hace olvidar hasta la presencia de alguien nuevo para ti?". Pero la joven, al oír la voz de su esposo, redobló en sus lágrimas y sollozos y hundió más la cabeza en las almohadas. Y el jeique le dijo muy apurado: "¡Ya setti Habiba! ¡si lloras por verte separada de tu madre, iré a buscarla al instante!" Y la joven, por toda respuesta, sacudió la cabeza, sin levantarla de las almohadas, llorando más fuerte, y eso fue todo. Y su esposo le dijo: "¡Si lloras tanto por tu padre, o por una hermana tuya, o por tu nodriza, o por algún animal doméstico, gallo, gato o gacela, dímelo, y por Alah, que iré a buscarle!".
Pero la respuesta fue un signo negativo de cabeza en las almohadas. Y el jeique reflexionó un instante, y dijo: "¿Lloras quizá por la casa de tus padres, donde has pasado tu infancia y tu adolescencia, ¡oh Habiba!? Si lloras por eso dímelo, y te cogeré de la mano y te llevaré allá". Y la joven, un tanto amansada por las buenas palabras de su esposo, levantó un poco la cabeza; y sus hermosos ojos estaban llenos de lágrimas y su rostro encantador era como una llama. Y contestó con voz temblorosa de llanto: "¡Ya sidi! ¡no es por mi madre por quien lloro, ni por mi padre ni por mi hermana, ni por mi nodriza, ni por mis animales domésticos! Te suplico, pues, que me dispenses de revelarte el motivo de mis lágrimas y de mi pena".
Y el excelente jeique, que por primera vez veía al descubierto el rostro de su mujer, quedó muy conmovido por su belleza, por el encanto infantil que se desprendía de toda ella y por la dulzura de su habla. Y le dijo: "¡Ya setti Habiba! ¡oh la más bella entre las jóvenes y corona suya! si no es el alejamiento de tu familia y de tu casa lo que te da tanta pena, es porque hay otro motivo. Y te ruego que me lo digas para remediarlo".
Y contestó ella: "¡Por favor, dispénsame de contestártelo!" Dijo él: "Entonces ese motivo no es otro que la repugnancia y la aversión que sientes por mí. Pues ¡por tu vida, que si me hubieses dicho, por la intermediaria de tu madre, que no querías ser mi esposa, claro es que no te habría obligado a entrar a pesar tuyo en mi casa!"
Y dijo ella: "¡No, por Alah!, ¡oh mi señor! el motivo de mi pena no se debe a repugnancia o aversión! ¿Cómo iba a abrigar semejantes sentimientos para quien no había visto nunca? ¡Se debe a otra cosa que no puedo revelarte!"
Pero tanto y con tanta bondad la porfió él, que la joven, con los ojos bajos, acabó por confesarle su amor a su primo, diciendo: "¡El motivo de mis lágrimas y de mi pena es un ser querido que ha quedado en casa, el hijo de mi tío, con el que he crecido, y que me ama y a quien amo desde la infancia! ¡Y el amor ¡oh mi señor! es una planta cuyas raíces agarran en el corazón, y para arrancarla habría que arrancar el corazón con ella!".
Al oír esta revelación de su esposa, el jeique bajó la cabeza sin decir palabra. Y reflexionó una hora de tiempo; luego levantó la cabeza y dijo a la joven: "¡Oh señora mía! la ley de Alah y de su Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) prohíbe al creyente obtener del creyente nada por violencia. Y si no se debe coger por fuerza al creyente el pedazo de pan, ¿qué será cuando se trata de arrebatarle el corazón?
¡Así, pues, tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, que no sucederá nada más que lo que está escrito en tu destino!" Y añadió: "Levántate, pues, ¡oh esposa mía de un momento! y con mi consentimiento y de mi agrado, ve a buscar al que tiene sobre ti derechos más efectivos que los míos, y entrégate a él libremente. Y volverás aquí por la mañana, antes de que se despierten los criados y te vean entrar. ¡Porque desde este momento eres como una hija de mi carne y de mi sangre! Y el padre no toca a su hija. ¡Y cuando muera yo serás mi heredera!"
Y añadió aún: "¡Levántate sin vacilar, hija mía, y ve a consolar a tu primo, que debe llorarte como se llora a los muertos!"
Y la ayudó a levantarse, y por si mismo le puso sus hermosas vestiduras y sus pedrerías de novia, y la acompañó hasta la puerta. Y salió ella a la calle, con sus hermosas vestiduras y sus pedrerías, como un ídolo paseado por los descreídos en un día de fiesta...

En ese momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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