Noche 847



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Pero cuando llegó la 847ª noche

Ella dijo:
...Eso fue todo!
Y el joven príncipe, después de hablar así acerca del carácter del hombre y acerca de su naturaleza, dijo: "¡Oh princesa, nada más tengo que añadir!"
Entonces, del seno de aquella multitud aglomerada al pie de la torre, se elevaron al cielo gritos de admiración. Y dijo la princesa: "En verdad ¡oh joven! que has triunfado. ¡Pero no se han acabado las preguntas, y para cumplir las condiciones es preciso que te interrogue hasta la hora de la plegaria de la tarde!" Y el joven dijo: "¡Oh princesa! aun podrás hacerme preguntas, que te parecerán insolubles, pero yo las resolveré con ayuda del Altísimo. Por eso te suplico que no te canses la voz en interrogarme de ese modo, y permíteme que te diga que, sin duda alguna, sería preferible te hiciese yo mismo una pregunta. ¡Y si respondes a ella que me corten la cabeza como a mis predecesores; pero si no respondes a ella se celebrará sin tardanza nuestro matrimonio!" Y dijo la princesa: "¡Formula tu pregunta, pues acepto la condición!"
Y el joven preguntó: "¿Puedes decirme ¡oh princesa! cómo es posible que yo, esclavo tuyo, mientras estoy a caballo en este noble bruto, esté a caballo sobre mi propio padre, y cómo es posible que, mientras me hago visible a todos los ojos, esté arropado con las ropas de mi madre?"
Y la princesa reflexionó una hora de tiempo: pero no supo dar con ninguna respuesta. Y dijo: "¡Explícalo tú mismo!"
Entonces el joven, ante todo el pueblo congregado, contó a la princesa toda su historia, desde el principio hasta el fin, sin olvidar un detalle. Pero no hay utilidad en repetirla. Y añadió: "¡Y ve ahí cómo, habiendo cambiado por el caballo a mi padre el rey, y por este equipo a mi madre la reina, me encuentro a caballo sobre mi propio padre y arropado con las ropas de mi madre!"
¡Eso fué todo!
Y así fué como el joven hijo del rey pobre y de la reina pobre llegó a ser esposo de la princesa de los enigmas. Y así fue cómo, convertido en rey a la muerte del padre de su esposa, pudo restituir el caballo y el equipo al rey de la ciudad, que se los había prestado, y hacer ir a su lado a su padre y a su madre para vivir con ellos y con su esposa en el límite de los placeres y de las delicias. Y tal es la historia del joven que dijo palabras oportunas debajo de las noventa y nueve cabezas cortadas. ¡Pero Alah es más sabio!
Y Schehrazada, tras de contar así esta historia, se calló. Y dijo el rey Schahriar: "Me gustan, Schehrazada, las palabras de ese joven. Pero hace tiempo que no me cuentas anécdotas cortas y deliciosas, y temo que hayas agotado tus conocimientos sobre el particular".
Y Schehrazada contestó vivamente: "Las anécdotas cortas son las que conozco mejor, ¡oh rey afortunado! ¡Y por cierto que no quiero tardar en demostrártelo!"
Y dijo al punto:

LA MALICIA DE LAS ESPOSAS

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la corte de cierto rey vivía un hombre que tenía el oficio de bufón y el estado de soltero. Un día entre los días su amo el rey le dijo: "¡Oh padre de la sabiduría, eres soltero, y deseo verdaderamente verte casado!" Y el bufón contestó. "¡Oh rey del tiempo! ¡por tu vida, relévame de esa bienaventuranza! Soy soltero, y temo mucho al sexo contrario. Sí, en verdad, temo mucho caer con alguna libertina, adulterina o fornicadora de mala especie. Porque, entonces, ¿qué sería de mí? Por favor, ¡oh rey del tiempo! no me obligues a ser bienaventurado a pesar de mis vicios y de mi indignidad".
El rey, a estas palabras, se echó a reír de tal manera que se cayó de trasero. Y dijo: "¡No hay remedio! hoy mismo tienes que casarte". Y el bufón tomó una actitud reservada, bajó la cabeza, cruzó las manos sobre el pecho, y contestó suspirando: "¡Taieb! ¡Está bien! ¡Bueno!"
Entonces el rey hizo llamar a su gran visir, y le dijo: "Hay que buscar a este fiel servidor nuestro que aquí ves una esposa que sea bella y de conducta irreprochable y esté llena de decencia y de modestia". Y el visir contestó con el oído y la obediencia, y al instante fué en busca de una antigua proveedora de palacio, y le dió orden de facilitar inmediatamente al bufón del sultán una esposa que llenara las condiciones precitadas. Y la vieja no estaba desprevenida; y se levantó en aquella hora y en aquel instante y dio al bufón para esposa una mujer joven que reunía tales y cuales condiciones. Y se celebró el matrimonio aquel mismo día. Y el rey quedó contento, y no dejó de colmar a su bufón de presentes y favores con ocasión de sus bodas.
Y he aquí que el bufón vivió en paz con su esposa durante medio año, o acaso siete meses. Tras de lo cual le sucedió lo que tenía que sucederle, porque nadie escapa a su destino.
En efecto, la mujer con quien el rey habíale casado ya había tenido tiempo de buscarse para su placer cuatro hombres además de su esposo, cuatro exactamente y de cuatro variedades. Y el primero de estos queridos entre los amantes era pastelero de profesión; y el segundo era verdulero y el tercero era carnicero de carne de carnero; y el cuarto era el más distinguido, pues era clarinete mayor de la música del sultán y jeique de la corporación de clarinetes, un personaje importante.
Y un día el bufón, antiguo solterón y nuevo padre de los cuernos, habiendo sido llamado junto al rey y muy de mañana, dejó a su esposa en el lecho todavía y se apresuró a presentarse en palacio. Y quisieron las circunstancias que aquella mañana el pastelero se sintiese con ganas de copular, y fuese, aprovechando la salida del esposo, a llamar a la puerta de la joven. Y le abrió ella y le dijo: "Hoy vienes más temprano que de costumbre". Y contestó él: "Sí, ¡ualah! tienes razón. Pero el caso es que esta mañana había yo preparado ya la masa para hacer mis platos de pastelería, y la había enrollado y adelgazado y reducido a hojas, e iba a rellenarla de alfónsigos y de almendras, cuando advertí que aún era muy de mañana y que todavía no estaban para venir los compradores. Entonces me dije a mí mismo: "¡Oh! levántate, y sacúdete la harina que tienes en el traje y preséntate esta fresca mañana en casa de tu amada, y regocíjate con ella, porque es para regocijar". Y contestó la joven: "¡Bien pensado, por Alah!" Y acto seguido ella fue para él como una masa bajo el rodillo, y él fue para ella como el relleno de un pastel. Y aun no habían acabado su tarea, cuando oyeron llamar a la puerta. Y el pastelero preguntó a la mujer: "¿Quién podrá ser?" Y ella contestó: "No lo sé; pero, por lo pronto, ve a ocultarte en los retretes". Y el pastelero, para más seguridad, se apresuró a ir a encerrarse donde ella le había dicho que fuera.
Y fué ella a abrir la puerta, y vió que tenía delante a su segundo amante, el verdulero, que le llevaba de regalo un manojo de verduras, las primeras de la estación. Y ella le dijo: "Has venido demasiado pronto, y esta hora no es tu hora". Y dijo él: "¡Por Alah, que tienes razón! Pero el caso es que esta mañana, cuando volvía yo de mi huerto, me dije a mí mismo: "¡Oh! verdaderamente es demasiado temprano para ir al zoco, y lo mejor sería que fueras a llevar este manojo de verduras frescas a tu amada, que regocijará tu corazón, porque es muy amable". Y dijo ella: "¡Sé, pues, bien venido!" Y le regocijó el corazón, y él le dió lo que a ella le gustaba más, un cohombro heroico y una calabaza de valía. Y aún no habían acabado su trabajo de huertanos, cuando oyeron llamar a la puerta, y preguntó él: "¿Quién será?" Y contestó ella: "No lo sé; pero por lo pronto, ve a ocultarte en seguida en los retretes". Y se apresuró él a ir a encerrarse allá dentro. Y se encontró con que ya estaba ocupado el sitio por el pastelero, y le dijo: "¿Qué es esto? ¿Y qué haces aquí?" Y el otro contestó: "Soy lo que tú eres y hago lo que vienes a hacer tú mismo". Y se pusieron uno al lado del otro, el verdulero llevando a la espalda el manojo de verduras, que la joven le había recomendado que se llevara para no hacer sospechar de su presencia en la casa.
Entretanto, la joven había ido a abrir la puerta. Y se encontró con que tenía delante a su tercer amante, el carnicero, que llegaba llevándole de regalo una hermosa piel de carnero de lanas rizadas, a la cual se habían dejado los cuernos. Y le dijo ella: "¡Es demasiado pronto! ¡es demasiado pronto!" Y contestó él: "Sí, ¡por Alah! pero ya había degollado los carneros de la venta, y ya los tenía colgados en mi tienda, cuando me dije a mí mismo: "¡Oh! todavía están vacíos los zocos, y lo mejor que puedes hacer es ir a llevar de regalo a tu amada esta hermosa piel con sus cuernos, que le servirá de muelle alfombra. Y como ella está llena de agrado, hará que sea para ti la mañana más blanca que de costumbre". Y contestó ella: "¡Entra entonces!" Y fué para él más tierna que la cola de un carnero de la variedad de los gordos, y él le dió lo que el cordero da a la oveja. Y aún no habían acabado de tomar y de dar, cuando oyeron llamar a la puerta. Y dijo ella: "¡Vamos, de prisa! ¡coge tu piel con cuernos y ve a esconderte en los retretes!" Y él hizo lo que ella le decía. Y se encontró con que los retretes ya estaban ocupados por el pastelero y el verdulero; y les dirigió la zalema, y ellos le devolvieron su zalema; y les preguntó: "¿Cuál es el motivo de vuestra presencia aquí?"
Y le contestaron: "¡El mismo que te trae!" Entonces él se puso al lado de ellos en los retretes.
Entretanto la mujer, que había ido a abrir, vió que tenía delante a su cuarto amigo, el clarinete mayor de la música del sultán. Y le hizo entrar, diciéndole: "En verdad que llegas más temprano que de costumbre esta mañana". Y contestó él: "¡Por Alah, que tienes razón! Pero el caso es que, al salir esta mañana para enseñar a los músicos del sultán, advertí que era muy pronto todavía, y me dije a mí mismo: "¡Oh! lo mejor que puedes hacer es ir a esperar la hora de la lección en casa de tu amada, que es encantadora y te hará pasar los momentos más deliciosos". Y contestó ella: "La idea es excelente". Y tocaron el clarinete; y aún no habían acabado el primer tiempo de la canción, cuando oyeron en la puerta golpes presurosos. Y el clarinete mayor preguntó a su amiga: "¿Quién es?" Ella contestó: "Alah sólo es omnisciente. Acaso sea mi marido. Y más te vale correr a encerrarte con tu clarinete en los retretes". Y él se apresuró a obedecer, y en el sitio consabido se encontró con el pastelero, el verdulero y el carnicero. Y les dijo: "La paz sea con vosotros, ¡oh compañeros! ¿Qué hacéis puestos en fila en este sitio singular?" Y ellos contestaron: "¡Y contigo sean la paz de Alah y sus bendiciones! ¡Hacemos aquí lo que vienes a hacer tú mismo!" Y él se puso en fila, el cuarto, al lado de los otros.
Y he aquí que el quinto que había llamado a la puerta era, en efecto, el bufón del sultán, esposo de la joven. Y se sujetaba el vientre a dos manos, y decía: "¡Alejado sea el Maligno, el Pernicioso! Dame pronto una infusión de anís y de hinojo, ¡oh mujer! ¡Se me remueve el vientre! ¡se me remueve el vientre! ¡No me ha sido posible permanecer más tiempo al lado del sultán, y vuelvo para acostarme! Venga la infusión de anís y de hinojo, ¡oh mujer!" Y corrió directo a los retretes, sin notar el terror de su mujer, y al abrir la puerta vió a los cuatro hombres acurrucados por orden en las baldosas, encima del agujero, uno delante de otro ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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