Noche 842



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Pero cuando llegó la 842ª noche

Ella dijo:
...Y el niño, siempre despierto, habló al conejo, por más que éste no tenía orejas, y le dió tan buenos consejos, que hubo de exclamar el aludido: "¡Qué maravilla! ¡qué maravilla!"
Y continué, ¡oh mi señor! alentando al niño a conversar de aquel modo con su adversario, cambiando cada vez de motivo de conversación, y haciéndole aludir a cada tributo, tomando y dando, sin olvidar al gato sin bigotes, ni al pichón sin mancha, ni a la cuna, que estaba muy caliente, ni al nido sin huevo, que estaba nuevecito, ni a la grapa a la medida, que encajó sin arañarse, ni al abismo magnético, donde se sumergió oblicuamente para permanecer púdico, e hizo pedir gracia a la propietaria, diciendo: "¡Abdico! ¡Abdico! ¡Ah! ¡qué garrote!", ni a la rosca adaptable, de la que salió más invulnerable y más considerable, ni, por último, al albergue de mi padre Mansur, más caliente que un horno, y del que salió más gordo y más pesado que una cotufa.
Y no cejamos en la lucha, ¡oh mi señor sultán! hasta la aparición de la mañana, en que hubimos de recitar la plegaria e ir al baño.
Y cuando salimos del hammam y nos reunimos para la comida de la mañana la joven del perfecto amor me dijo: "Por Alah, ¡oh truhán! que verdaderamente has sobresalido, y me favoreció la suerte que me hizo recuperarte. Ahora hay que hacer lícita nuestra unión. ¿Qué te parece? ¿Quieres seguir conmigo con arreglo a la ley de Alah, o quieres renunciar para siempre a volver a verme?" Y contesté: "Antes sufrir la muerte roja que no volver a regocijarme con ese rostro de blancura, ¡oh mi señora!" Y ella me dijo: "¡En ese caso, sean con nosotros el kadí y los testigos!" Y mandó llamar acto seguido al kadí y a los testigos y redactar sin tardanza nuestro contrato de matrimonio. Tras de lo cual tomamos juntos nuestra primera comida, y esperamos a hacer la digestión y evitar todo peligro de dolor de vientre, para recomenzar nuestros escarceos y diversiones y unir la noche con el día.
Y durante treinta noches y treinta días ¡oh mi señor! viví aquella vida con la joven del perfecto amor, cepillando lo que había que cepillar, limando lo que había que limar y rellenando lo que había que rellenar, hasta que un día, víctima de una especie de vértigo, se me escapó el decir a mi contrincante: "¡No sé a qué obedece; pero ¡por Alah! que no puedo clavar hoy el duodécimo clavo!" Y exclamó ella: "¿Cómo? ¿cómo dices? ¡Pues si precisamente el duodécimo es el más necesario! ¡Los demás no valen!" y le dije: "Imposible, imposible".
Entonces ella se echó a reír, y me dijo: "¡Necesitas reposo! ¡Ya te lo daremos!" Y no oí más, porque me abandonaron las fuerzas, ¡ya sidi! y rodé por el suelo como un burro sin ronzal.
Y cuando volví de mi desvanecimiento me vi encadenado en este maristán, en compañía de estos dos honorables jóvenes, camaradas míos. E interrogados los celadores, me dijeron: "¡Es para que reposes! ¡es para que reposes!" Y por tu vida, ¡oh mi señor! que ya me noto muy reposado y reanimado, y pido a tu generosidad que arregle mi reunión con la joven del perfecto amor. En cuanto a decir su nombre y su calidad, está más allá de mis conocimientos. Y te he contado todo lo que sabía".
Cuando el sultán Mahmud y su visir, el antiguo sultán-derviche, oyeron esta historia del segundo joven, se maravillaron hasta el límite de la maravilla del orden y de la claridad con que les había sido contada. Y el sultán dijo al joven: "¡Por vida mía! que aunque no hubiese sido ilícito el motivo de tu prisión, yo te habría libertado después de oírte". Y añadió: "¿Podrías conducirnos al palacio de la joven?" El interpelado contestó: "¡A ojos cerrados podría!" Entonces el sultán y el visir y el chambelán, que era el antiguo loco primero, se levantaron; y el sultán dijo al joven, después de hacer caer sus cadenas: "¡Precédenos en el camino que conduce a casa de tu esposa!" Y ya se disponían a salir los cuatro, cuando el tercer joven, que aún tenía las cadenas al cuello, exclamó: "¡Oh señores míos! ¡por Alah sobre todos nosotros, escuchad mi historia antes de marcharos, porque es tan extraordinaria como las de mis dos compañeros!"
Y le dijo el sultán: "Refresca tu corazón y calma tu espíritu, porque no tardaremos en volver".
Y anduvieron, precedidos del joven, hasta llegar a la puerta de un palacio, a la vista del cual exclamó el sultán: "¡Alahu akbar! ¡Confundido sea Eblis el Tentador! Porque este palacio ¡oh amigos míos es la morada de la tercera hija de mi tío el difunto sultán! Y nuestro destino es un destino prodigioso. ¡Loores a Quien reúne lo que estaba separado y reconstituye lo que estaba disuelto!" Y penetró en el palacio, seguido de sus acompañantes, e hizo anunciar su llegada a la hija de su tío, que se apresuró a presentarse entre sus manos.
¡Y he aquí que, efectivamente, era la joven del perfecto amor! Y besó la mano al sultán, esposo de su hermana, y se declaró sumisa a sus órdenes. Y el sultán le dijo: "¡Oh hija del tío! te traigo a tu esposo, este excelente mozo, a quien nombro ahora mismo mi segundo chambelán, y que en lo sucesivo será mi comensal y mi compañero de copa. Porque conozco su historia y el equívoco pasado que ha tenido lugar entre vosotros dos. Pero en adelante no se repetirá la cosa ya, porque está él ahora descansado y reanimado".
Y la joven contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡Y desde el momento que está bajo tu salvaguardia y tu garantía, y que me aseguras que está restablecido, consiento en vivir de nuevo con él!" Y el sultán le dijo: "Gracias te sean dadas, ¡oh hija del tío! ¡Me quitas del corazón un peso muy grande!" Y añadió: "Permítenos solamente llevárnosle por una hora de tiempo. ¡Porque tenemos que escuchar juntos una historia que debe ser de lo más extraordinaria!" Y se despidió de ella y salió con el joven, convertido en su segundo chambelán, con su visir y con su primer chambelán.
Y cuando llegaron al maristán fueron a sentarse en su sitio frente al tercer joven que estaba en ascuas esperándoles, y que, con la cadena al cuello, comenzó al punto en estos términos su historia:


HISTORIA DEL TERCER LOCO

"Has de saber, ¡oh mi soberano señor! y tú, ¡oh visir de buen consejo! vosotros, honrados chambelanes, antiguos compañeros míos de cadena, sabed que mi historia no tiene ninguna relación con las que se acaban de contar, porque si mis dos compañeros han sido víctimas de unas jóvenes, a mí me ha ocurrido una cosa muy distinta. Ya comprobaréis mi aserto por vosotros mismos.
Es el caso ¡oh señores míos! que era yo un niño todavía cuando mi padre y mi madre fallecieron en la misericordia del Retribuidor. Y fuí recogido por vecinos misericordiosos, pobres como nosotros, que no podían gastar en mi instrucción por no tener lo necesario, y me dejaban vagabundear por las calles, con la cabeza al aire y las piernas desnudas, sin tener por todo vestido más que media camisa de cotonada azul. Y no debía ser yo repugnante a la vista, porque los transeúntes que me veían recocerme al sol, a menudo se paraban para exclamar: "¡Alah preserve del mal de ojo a este niño! Es tan hermoso como un trozo de luna". Y a veces algunos de ellos me compraban halawa con garbanzos o caramelo amarillo y flexible, de ese que se estira como un bramante, y al dármelo me acariciaban en la mejilla, o me pasaban la mano por la cabeza, o me tiraban cariñosamente del mechón que tenía yo en medio de mi cráneo pelado. Y yo abría una boca enorme y me tragaba de un bocado toda la confitura. Lo cual hacía prorrumpir en exclamaciones admirativas a los que me miraban y abrir lo ojos con envidia a los pilluelos que jugaban conmigo. Y de tal suerte llegué a los doce años de edad.
Un día entre los días había yo ido con mis camaradas habituales a buscar nidos de gavilán y de cuervo en los tejados de las casas ruinosas, cuando divisé dentro de una choza recubierta con ramajes de palmera, en el fondo de un patio abandonado, la forma indecisa e inmóvil de un ser vivo. Y como sabía que los genn y los mareds frecuentan las casas desiertas, pensé: "¡Este es un mared!" Y poseído de espanto, bajé a escape del tejado de la ruina y quise echar a correr para distanciarme de aquel mared. Pero de la choza salió una voz muy dulce, que me llamó, diciendo: "¿Por qué huyes, hermoso niño? ¡Ven a probar la sabiduría! Ven a mí sin miedo. No soy ni un genn ni un efrit, sino un ser humano que vive en la soledad y en la contemplación. Ven, hijo mío, que te enseñaré la sabiduría...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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