Noche 840



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Pero cuando llegó la 840ª noche

Ella dijo:
... Y pasé de mala manera toda aquella noche de mi destino, como si hubiese estado en medio de torturas en la prisión del Meda o del Deilamita.
Así es que, en cuanto llegó el alba, me apresuré a huir de la cámara de mis bodas y a correr al hammam para purificarme del contacto de aquella esposa de horror. Y después de hacer mis abluciones con arreglo a lo que establece para los casos de impureza el ceremonial del Ghosl, me dejé llevar del sueño un poco. Tras de lo cual me reintegré a mi tienda y me senté allí con la cabeza víctima del vértigo, ebrio sin haber bebido vino.
Y al punto mis amigos y los mercaderes que me conocían y los particulares más distinguidos del zoco comenzaron a presentarse a mí, unos separadamente y otros de dos en dos, o de tres en tres, o varios a la vez, e iban a felicitarme y a ofrecer sus respetos. Y me decían: "¡Bendición! ¡bendición! ¡bendición! ¡La alegría sea contigo! ¡la alegría sea contigo!" Y me decían otros: "¡Eh, vecino! ¡no sabíamos que érais tan poco espléndido! ¿Dónde está el festín, dónde están las golosinas, dónde están los sorbetes, dónde están los pasteles, dónde están los platos de halawa, dónde está tal cosa, dónde está tal otra? ¡Por Alah, vamos a creer que los encantos de tu joven esposa te han turbado el cerebro y te han hecho olvidar a tus amigos y perder la memoria de tus obligaciones elementales! ¡Pero no te importe! ¡Y que la alegría sea contigo! ¡que la alegría sea contigo!
Y yo, ¡oh mi señor! sin poder darme exacta cuenta de si se burlaban de mí o me felicitaban realmente, no sabía qué actitud adoptar, y me contentaba con hacer algunos gestos evasivos y contestar con palabras sin alcance. Y sentía que se me atascaba de rabia reconcentrada la nariz y que mis ojos estaban próximos a romper en lágrimas de desesperación.
Y de tal suerte duró mi suplicio desde por la mañana hasta la hora de la plegaria de mediodía, y ya se habían ido a la mezquita la mayor parte de los mercaderes o dormían la siesta, cuando he aquí que, a algunos pasos de mí, surge la joven del perfecto amor, la verdadera, la que era autora de mi desventura y causa de mis torturas. Y avanzaba hacia mí sonriendo en medio de sus cinco esclavas, y se inclinaba blandamente, y se contoneaba de derecha a izquierda voluptuosamente, con sus colas y sus sedas, flexible como una tierna rama de ban en medio de un jardín de olores. Y estaba ataviada más suntuosamente aún que el día anterior, y tan emocionantes eran sus andares, que, para verla mejor, los habitantes del zoco se pusieron en fila a su paso. Y con un aire infantil entró ella en mi tienda, y me dirigió la más graciosa zalema, y me dijo, sentándose: "¡Sea para ti este día una bendición, ¡oh mi señor Ola-Ed-Din, y que Alah sostenga tu bienestar y tu dicha y lleve al colmo tu contento! ¡Y que la alegría sea contigo! ¡la alegría contigo!"
En cuanto la oí, ¡oh mi señor! fruncí las cejas y mascullé maldiciones en mi corazón. Pero cuando vi con qué audacia se divertía ella conmigo y cómo iba a provocarme después de perpetuar su hazaña, no pude contenerme más tiempo; y toda mi grosería de antaño, de cuando era virtuoso, afluyó a mis labios; y estallé en injurias, diciéndole: "¡Oh caldera llena de pez! ¡oh cacerola de betún! ¡olla de perfidia! ¿qué te hice para que me tratases con esa negrura y me sumieras en un abismo sin salida? ¡Alah te maldiga y maldiga el instante de nuestro encuentro y ennegrezca tu rostro para siempre, ¡oh desvergonzada!"
Pero ella, sin conmoverse lo más mínimo, contestó sonriendo: "Pues qué, ¡oh estúpido! ¿has olvidado ya tus incorrecciones para conmigo, y tu desprecio por mi oda en verso, y el mal trato que hiciste sufrir a mi mensajera, la negrita, y las injurias que le dirigiste, y el puntapié con que la gratificaste, y los improperios que me transmitiste por conducto suyo?" Y tras de hablar así, la joven recogió sus velos y se levantó para partir.
Pero yo ¡oh mi señor! comprendí que no había recolectado más que lo que sembré, y sentí todo el peso de mi brutalidad pasada, y qué cosa tan odiosa de todo punto era la virtud áspera, y qué cosa tan detestable era la hipocresía de la religiosidad.
Y sin más tardanza me arrojé a los pies de la joven del perfecto amor, y le supliqué que me perdonara, diciéndole: "¡Estoy arrepentido! ¡estoy arrepentido! ¡en verdad que estoy de lo más arrepentido!"
Y le dije palabras tan dulces y tan enternecedoras como gotas de lluvia en un desierto ardoroso. Y acabé por decidirla a quedarse; y se dignó dispensarme, y me dijo: "¡Por esta vez te perdonaré, pero no vuelvas a empezar!" Y exclamé besándole la orla de su traje y cubriéndome con ella la frente: "¡Oh mi señora! ¡estoy bajo tu salvaguardia y soy tu esclavo que espera su liberación de lo que tú sabes por conducto tuyo!" Y ella me dijo sonriendo: "Ya he pensado en ello. ¡Y lo mismo que supe cogerte en mis redes sabré sacarte de ellas!" Y exclamé: "¡Yalah! ¡yalah! ¡date prisa! ¡date prisa!"
Entonces me dijo: "Atiende bien a mis palabras y sigue mis instrucciones. ¡Y podrás verte desembarazado de tu esposa sin trabajo!" Y me incliné: "¡Oh rocío! ¡oh refresco!" Y continuó ella: "¡Escucha! Levántate y ve al pie de la ciudadela en busca de los saltimbanquis, titiriteros, charlatanes, bufones, danzantes, funámbulos, bailarines, conductores de monos, exhibidores de osos, tamborileros, clarinetes, flautines, timbaleros y demás farsantes, y te concertarás con ellos para que sin tardanza vayan a buscarte al palacio del Jeique al-Islam, padre de tu esposa. Y cuando lleguen estarás sentado tomando refrescos con él en las gradas del patio. Y en cuanto entren te felicitarán y se congratularán, exclamando: "¡Oh hijo de nuestro tío! ¡oh sangre nuestra! ¡oh vena de nuestros ojos! ¡compartimos tu alegría en este bendito día de tus bodas! En verdad, ¡oh hijo de nuestro tío! que nos alegramos por ti del rango a que has llegado. Y aun cuando te avergüences de nosotros, tenemos el honor de pertenecerte; y aun cuando, olvidándote de tus parientes, nos eches, y aun cuando nos despidas, no te dejaremos, porque eres hijo de nuestro tío, sangre nuestra y vena de nuestros ojos".
Y entonces tú aparentarás estar muy confuso ante la divulgación de tu parentesco con tales individuos, y para librarte de ellos empezarás a repartirles a puñados dracmas y dinares. Y al ver aquello el Jeique al-Islam te preguntará, sin duda alguna; y le contestarás bajando la cabeza: "Es preciso que diga la verdad, puesto que están ahí mis parientes para traicionarme. Mi padre era, en efecto, un bailarín, exhibidor de osos y de monos, y tal es la profesión de mi familia y su origen. Pero más tarde el Retribuidor abrió para nosotros la puerta de la fortuna, y hemos adquirido la consideración de los mercaderes del zoco y de su síndico".
Y el padre de tu esposa te dirá: "Así, pues, ¿eres un hijo de bailarín de la tribu de los funámbulos y de los cabalgadores de monos?" Y contestarás: "No hay medio de que yo reniegue de mi origen y de mi familia por amor a tu hija y en honor suyo. ¡Porque la sangre no reniega de la sangre ni el arroyo de su manantial!" Y te dirá él, sin duda alguna: "En ese caso ¡oh joven! ha habido ilegalidad en el contrato de matrimonio, ya que nos has ocultado tu abolengo y tu origen. ¡Y no conviene que sigas siendo esposo de la hija del Jeique al-Islam, jefe supremo de los kadíes, que se sienta en la alfombra de la ley, y que es un cherif y un saied cuya genealogía se remonta a los padres del apóstol de Alah! Y no conviene que su hija, por muy olvidada que se halle en cuanto a los beneficios del Retribuidor, esté a merced del hijo de un titiritero".
Y tú replicarás: "¡Está bien! ¡está bien, ya entendí! tu hija es mi esposa legal y cada cabello suyo vale mil vidas. ¡Y por Alah, que no me separaré de ella aun cuando me dieras los reinos del mundo!" Pero poco a poco te dejarás persuadir, y cuando se pronuncie la palabra divorcio consentirás, a regañadientes, en separarte de tu esposa. Y por tres veces pronunciarás, en presencia del Jeique al-Islam y dos testigos, la fórmula del divorcio. Y de tal suerte, desligado, volverás a buscarme aquí. ¡Y Alah arreglará lo que haya que arreglar!"
Entonces yo, al oír este discurso de la joven del perfecto amor, sentí que se me dilataban los abanicos del corazón, y exclamé: "¡Oh reina de la inteligencia y de la belleza! ¡heme aquí dispuesto a obedecerte por encima de mi cabeza y de mis ojos ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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