Noche 828



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Y cuando llegó la 828ª noche

Ella dijo:
... el genealogista de caballos lanzó, pues, al noble bruto una ojeada, una sola, contrajo sus facciones, sonrió, y dijo encarándose con el sultán: "¡He visto y he sabido!" Y el sultán le preguntó: "¿Qué has visto ¡oh hombre! y qué has sabido?" Y el genealogista contestó: "He visto ¡oh rey del tiempo! que este caballo es, efectivamente, de una hermosura rara y de una raza excelente, que sus proporciones son armónicas y su aspecto está lleno de arrogancia, que su poder es muy grande y su acción ideal; que tiene la espaldilla muy fina, la estampa soberbia, el lomo alto, las patas de acero, la cola levantada y formando un arco perfecto, y las crines pesadas, espesas y barriendo el suelo; y en cuanto a la cabeza, tiene todas las señales distintivas que son esenciales en la cabeza de un caballo del país de los árabes: es ancha, y no pequeña, desarrollada en las regiones altas, con una gran distancia de las orejas a los ojos, una gran distancia de un ojo a otro, y una distancia pequeñísima de una oreja a otra; y la parte delantera de esta cabeza es convexa; y los ojos están a flor de cabeza y son hermosos como los ojos de las gacelas; y el espacio que hay en torno de ellos está sin pelo y deja al desnudo, en su vecindad inmediata, el cuero negro, fino y lustroso; y el hueso de la carrillada es grande y delgado, y el de la quijada queda de relieve; y la cara se estrecha por abajo y termina casi en punta al extremo del belfo; y los nasales, cuando están quietos, quedan al nivel de la cara y sólo parecen dos hendiduras hechas en ella; y la boca tiene el labio inferior más ancho que el labio superior; y las orejas son anchas, largas finas y cortadas delicadamente como las orejas del antílope; en fin, es un animal de todo punto espléndido. Y su color bayo oscuro es el rey de los colores. Y sin duda alguna este animal sería el primer caballo de la tierra, y en ninguna parte se le podría encontrar igual, si no tuviese una tara que acaban de descubrir mis ojos, ¡oh rey del tiempo!"
Cuando el sultán hubo oído esta descripción del caballo, que tanto le gustaba, quedó al pronto maravillado, sobre todo teniendo en cuenta la simple mirada echada negligentemente al animal por el genealogista. Pero cuando oyó hablar de una tara llamearon sus ojos y se le oprimió el pecho, y con una voz que la cólera hacía temblar preguntó al genealogista: "¿Qué estás diciendo, ¡oh taimado maldito!? ¿Y qué hablas de taras con respecto a un animal tan maravilloso y que es el único retoño de la raza más noble de Arabia?"
Y el genealogista contestó sin inmutarse: "¡Desde el momento en que el sultán se enfade por las palabras de su esclavo, el esclavo no dirá más!"
Y exclamó el sultán: "¡Di lo que tengas que decir!"
Y el hombre contestó: "¡No hablaré si no me da el rey libertad para ello!"
Y dijo el rey: "¡Habla, pues, y no me ocultes nada!"
Entonces dijo él: "¡Sabe ¡oh rey¡ que este caballo es de pura y verdadera raza por parte de padre, pero nada más que por parte de padre! ¡En cuanto a su madre, no me atrevo a hablar!"
Y gritó el rey con el rostro convulso: "¿Quién es su madre, pues? ¡dínoslo en seguida!"
Y el genealogista dijo: "Por Alah, ¡oh mi señor! que la madre de este caballo soberbio es de una raza animal diferente en absoluto. ¡Porque no es una yegua, sino una hembra de búfalo marino!"
Al oír estas palabras del genealogista, el sultán se encolerizó hasta el límite extremo de la cólera y se hinchó y se deshinchó después, y no pudo pronunciar una palabra al pronto. Y acabó por exclamar: "¡Oh perro de los genealogistas! ¡preferible es tu muerte a tu vida!" E hizo una seña al funcionario del palo, diciéndole: "¡pincha el ano de ese genealogista!" Y el gigante del palo cogió en brazos al genealogista, y poniéndole el ano sobre la consabida punta perforadora, iba ya a dejarle caer sobre ella con todo su peso para dar vueltas luego al berbiquí, cuando el gran visir, que era hombre dotado del sentido de la justicia, suplicó al rey que retrasara por algunos instantes el suplicio, diciéndole: "¡Oh mi señor soberano! claro que este genealogista está afligido de un espíritu imprudente y de un raciocinio débil para así pretender que este caballo puro desciende de una madre hembra de búfalo marino. Así es que, para probarle bien que se merece su suplicio, valdría más hacer venir aquí al caballerizo que ha traído este caballo de parte del jefe de las tribus árabes. ¡Y nuestro amo el sultán le interrogará en presencia de este genealogista, y le pedirá que nos entregue la bolsita que contiene el acta de nacimiento de este caballo y que da fe de su raza y de su origen, pues ya sabemos que todo caballo de sangre noble debe llevar atada a su cuello una bolsita, a manera de estuche, que contenga sus títulos y su genealogía!"
Y dijo el sultán: "¡No hay inconveniente!" Y dió orden de llevar a su presencia al caballerizo en cuestión.
Cuando el caballerizo entró entre las manos del sultán y hubo oído y comprendido lo que se le pedía, contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡Y aquí está el estuche!" Y sacándose del seno una bolsita de cuero labrado e incrustado de turquesas, se la entregó al sultán, que en seguida desató los cordones y sacó un pergamino, en el cual estaban estampados los sellos de todos los jefes de la tribu en que había nacido el caballo y los testimonios de todos los testigos presentes al acto de cubrir el padre a la madre. Y aquel pergamino decía en definitiva que el potranco consabido había tenido por padre a un semental de pura sangre de la raza de los Seglawi-Jedrán y por madre a una hembra de búfalo marino, a quien el semental había encontrado un día que viajaba a orillas del mar, y que la había cubierto por tres veces, relinchando sobre ella de una manera que no dejaba lugar a dudas. Y decía también que aquella hembra de búfalo marino fue capturada por los jinetes, y había dado a luz aquel potranco bayo oscuro, y le había criado ella misma durante un año en medio de la tribu. Y tal era el resumen del contenido del pergamino.
Cuando el sultán hubo oído la lectura que del documento le había hecho el propio gran visir, y la enumeración de los nombres de jeiques y testigos que lo habían sellado, quedó extremadamente confuso de hecho tan extraño, al mismo tiempo muy maravillado de la ciencia adivinatoria e infalible del genealogista de caballos. Y se encaró con el funcionario del palo, y le dijo: "¡Quítale de encima de la plancha del berbiquí!"
Y una vez que de nuevo estuvo el genealogista de pie entre las manos del rey, le preguntó éste: "¿Cómo pudiste juzgar de una sola ojeada la raza, el origen, las cualidades y el nacimiento de este potro? Porque tu aserto, por Alah ha resultado cierto y se ha probado de manera irrefutable. ¡Date prisa, pues, a iluminarme respecto a las señales por las cuales has conocido la tara de este animal espléndido!" Y contestó el genealogista: "La cosa es fácil, ¡oh mi señor! No he tenido más que mirar los cascos de este caballo. Y nuestro amo puede hacer lo que he hecho yo". Y el rey miró los cascos del animal y vió que estaban hendidos y eran pesados y largos, como los de los búfalos, en vez de estar unidos y ser ligeros y redondos como los de los caballos. Y al ver aquello exclamó el sultán: "¡Alah es Todopoderoso!"
Y se encaró con los servidores, y les dijo: "¡Que le den hoy a ese sabio genealogista doble ración de carne, así como dos panes y agua a discreción!" ¡Y he aquí lo referente a él!
Pero respecto al genealogista de la especie humana, ocurrió cosa muy distinta.
En efecto, cuando el sultán hubo visto aquellos dos descubrimientos extraordinarios, debidos a los dos genealogistas con la gema que contenía un gusano en su corazón y con el potro nacido de un semental de pura sangre y de una hembra de búfalo marino, y cuando hubo puesto a prueba por sí mismo la ciencia prodigiosa de ambos hombres, se dijo: "¡Por Alah, que no lo sé; pero creo que el tercer bellaco debe ser un sabio más prodigioso todavía! ¡Y quién sabe si irá a descubrir algo que no sepamos!" Y le hizo llevar a su presencia acto seguido, y le dijo: "Debes acordarte ¡oh hombre! de lo que te adelantaste a decir en mi presencia con respecto a tu ciencia de la genealogía de la especie humana, que te permite descubrir el origen directo de los hombres, lo cual no puede conocer apenas la madre del niño, y lo ignora el padre, generalmente. Y también debes acordarte de que aventuraste un aserto parecido respecto a las mujeres. Deseo, pues, saber por ti si persistes en tus afirmaciones y si estás dispuesto a demostrarlas ante nuestros ojos". Y el genealogista de la especie humana, que era el tercer comedor de haschisch, contestó: "Así hablé, ¡oh rey del tiempo! Y persisto en mis afirmaciones. ¡Y Alah es el más grande!"
Entonces el sultán se levantó de su trono, y dijo al hombre: "¡Echa a andar detrás de mí!" Y el hombre echó a andar detrás del sultán, que le condujo a su harén, en contra de lo establecido por la costumbre, aunque después de haber hecho prevenir a las mujeres por los eunucos para que se envolvieran en sus velos y se taparan el rostro. Y llegados que fueron ambos al aposento reservado a la favorita del momento, el sultán se encaró con el genealogista, y le dijo: "¡Besa la tierra en presencia de tu señora y mírala para decirme luego lo que hayas visto!"
Y el comedor de haschisch dijo al sultán: "Ya la he examinado, ¡oh rey del tiempo!" Y he aquí que no había hecho más que posar en ella una mirada, una sola, y nada más.
Y el sultán le dijo: "¡En ese caso, echa a andar detrás de mí!"
Y salió, y el genealogista echó a andar detrás de él, y llegaron a la sala del trono. Y tras de hacer evacuar la sala, el sultán se quedó solo con su gran visir y el genealogista, a quien preguntó: "¿Qué has descubierto en tu señora?" Y contestó el interpelado: "¡Oh mi señor! he visto en ella una mujer adornada de gracias, de encantos, de elegancia, de lozanía, de modestia y de todos los atributos y todas las perfecciones de la belleza. Y sin duda no se podría desear nada más en ella, porque tiene todos los dones que pueden encantar el corazón y refrescar los ojos, y por cualquier parte que se la mire está llena de proporción y armonía; y si he de juzgar por su aspecto exterior y por la inteligencia que anima su mirada, sin duda debe poseer en su centro interior todas las cualidades deseables de listeza y de comprensión. Y he aquí lo que he visto en esa dama soberana, ¡oh mi señor! ¡Pero Alah es omnisciente!"
El sultán le dijo: "¡No se trata de eso, ¡oh genealogista! sino de que digas qué has descubierto con respecto al origen de tu señora, mi honorable favorita...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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