Noche 805



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Pero cuando llegó la 805ª noche

Ella dijo:
"¿ ... no podrías enseñarme la manera de ponerme en relaciones con alguna?" Y Ahmad contestó con su tono de maestro de escuela: "¡Por Alah, que es la cosa más sencilla! No tienes más que ir mañana a la fiesta que se da en las tiendas del Muled-el-Nabi y observar bien a las mujeres que por allá pululan. Y escogerás una que vaya acompañada de un niño pequeño y que tenga al mismo tiempo buen aspecto y hermosos ojos brillantes bajo el velo de la cara. Y después de fijar tu elección, comprarás dátiles y garbanzos escarchados de azúcar, y se los ofrecerás al niño, y jugarás con él, teniendo mucho cuidado de no levantar los ojos hacia su madre; y le acariciarás amablemente y le besarás. Y sólo cuando te hayas ganado la simpatía del niño, pedirás a su madre, pero sin mirarla, el favor de dejarte llevar al niño. Y durante todo el camino espantarás las moscas de la cara del niño, y le hablarás en su lengua, contándole mil locuras. Y la madre acabará por dirigirte la palabra. ¡Y si lo hace, ten la seguridad de ser gallo!" Y le abandonó después de hablar así, y Mahmud, en el límite de la admiración hacia su amigo, se pasó toda la noche repitiéndose la lección que acababa de oír.
Y he aquí que al día siguiente, muy temprano, se apresuró a ir al Muled, en donde puso en práctica el consejo de la víspera con una precisión que demostraba cuánto confiaba en la experiencia de su amigo. Y con gran maravilla por su parte, el resultado superó a sus esperanzas. Y quiso la suerte que la mujer que acompañó a su casa, y cuyo niño llevó a hombros, fuese precisamente la propia esposa de su amigo Ahmad. Y cuando iba a casa de ella, estaba muy lejos de pensar que traicionaba a su amigo, porque, por una parte, jamás había estado en casa de él, y por otra parte, como nunca la había visto descubierta ni cubierta, no podía adivinar que aquella mujer era la esposa de Ahmad. En cuanto a la joven, se alegraba mucho de poder por fin averiguar el grado de perspicacia de su marido, que también la perseguía con su ciencia de las mujeres y el conocimiento de sus malicias.
Por lo demás, aquel primer encuentro entre el joven Mahmud y la esposa de Ahmad se pasó muy agradablemente para ambos. Y el joven, que estaba virgen todavía e inexperimentado, saboreó en su plenitud el placer de sentirse apresado por los brazos y las piernas de una egipcia versada en el oficio. Y quedaron tan contentos uno de otro, que en los días sucesivos repitieron varias veces la maniobra. Y la mujer se regocijaba de humillar así, sin que lo supiese él, al presuntuoso de su esposo; y el esposo se asombraba de no encontrar ya a su amigo Mahmud a las horas que tenía costumbre de encontrarle, y se decía: "¡Ha debido hallar una mujer, aprovechándose de mis lecciones y de mis consejos!"
Sin embargo, al cabo de cierto tiempo, yendo un viernes a la mezquita, vió a su amigo Mahmud en el patio, junto a la fuente de las abluciones. Y se acercó a él, y después de las zalemas y saludos, le preguntó muy complacido si había triunfado en sus tanteos y si era hermosa la mujer. Y Mahmud, extremadamente feliz de poder confiarse a su amigo, exclamó: "¡Ya Alah! ¿qué si es hermosa? ¡De manteca y de leche! ¡Y gorda y blanca! ¡De almizcle y de jazmín! ¡Y qué inteligencia! ¡Y cómo guisa para agasajarme en cada uno de nuestros encuentros! ¡Pero me parece ¡oh amigo mío Ahmad! que el marido es un tonto irremediable y un entrometido!" Y Ahmad se echó a reír, y dijo: "¡Por Alah! ¡la mayoría de los maridos son así! ¡Está bien! ya veo que has sabido aprovechar bien mis consejos. Continúa conduciéndote del mismo modo, ¡oh Mahmud!" Y entraron juntos a la mezquita para rezar la plegaria, y se perdieron de vista luego.
Y he aquí que Ahmad, al salir de la mezquita aquel día viernes, sin saber cómo pasar el tiempo, pues estaban cerradas las tiendas, fué de visita a casa de un vecino que habitaba en la casa contigua a la suya y subió a sentarse con él a la ventana que daba a la calle. Y de pronto vió llegar a su amigo Mahmud, a él mismo, con su persona y con sus ojos, que al punto entró en la casa, sin llamar siquiera, lo que era prueba irrecusable de que dentro estaban en connivencia con él y esperaban su llegada. Y Ahmad, estupefacto de lo que acababa de ver, pensó primero en precipitarse directamente en su casa y sorprender a su amigo con su mujer y castigarles a ambos. Pero reflexionó que, al oír el ruido que haría al golpear la puerta, su esposa, que era una ladina, podía esconder bien al joven o hacerle evadirse por la terraza; y se decidió a entrar en su casa de otra manera, sin llamar la atención.
En efecto; había en su casa una cisterna dividida en dos mitades, una de las cuales pertenecía al vecino en cuya casa estaba sentado, e iba a desembocar en su patio. Y Ahmad se dijo: "¡Por Alah, ¡oh vecino! ahora me acuerdo de que esta mañana dejé caer mi bolsa en el pozo. Con tu permiso, voy a bajar al pozo para buscarla. Y ya subiré a mi casa por el lado que da a mi patio". Y contestó el vecino: "¡No hay inconveniente! Iré a alumbrarte, ¡oh hermano mío!" Pero Ahmad no quiso aceptar aquel servicio, prefiriendo bajar a oscuras para que la luz no diese el alerta en su casa al salir del pozo. Y tras de despedirse de su amigo, bajó al pozo.
Las cosas fueron bien durante el descenso; pero cuando hubo que subir por el otro lado, la fatalidad se opuso de un modo singular. En efecto; ya había trepado Ahmad, con ayuda de brazos y piernas, hasta la mitad del pozo, cuando la sirviente negra, que iba a sacar agua, se asomó y miró al oír ruido en el agujero. Y vió aquella forma negra que se movía en la semioscuridad, y lejos de reconocer a su amo, se sintió poseída de terror, y soltando de sus manos la cuerda del cubo, huyó gritando como una loca: "¡El efrit! ¡El efrit que sale del pozo! ¡oh musulmanes! ¡Socorro!" Y como lo habían soltado, el cubo fué a caer a plomo en la cabeza de Ahmad, dejándolo medio muerto.
Cuando la negra dió la voz de alerta de aquel modo, la esposa de Ahmad se apresuró a hacer escapar a su amante, y bajó al patio, y asomándose al brocal, preguntó: "¿Quién está en el pozo?" Y reconoció entonces la voz de su marido que, a pesar de su accidente, tenía fuerzas para lanzar mil injurias espantosas contra el pozo y contra los propietarios del pozo y contra los que bajan al pozo y contra los que sacan agua del pozo. Y le preguntó ella: "¡Por Alah y por el Nabi! ¿qué hacías en el fondo del pozo?" Y contestó él: "Cállate ya, ¡oh maldita! ¡Es que buscaba la bolsa que dejé caer esta mañana! ¡En vez de hacerme preguntas, mejor sería que me ayudaras a salir de aquí dentro!" Y riendo para sus adentros, porque había comprendido la verdadera razón a que obedecía el descenso al pozo, la joven fué a llamar a los vecinos, que acudieron a sacar con cuerdas al desgraciado Ahmad, que no podía moverse de tanto como le había lastimado el cubo. Y se hizo transportar a su lecho sin decir nada, pues sabía que en aquella circunstancia lo más prudente era disimular su rencor. Y se sentía muy humillado, no solamente en su dignidad, sino sobre todo en su experiencia con las mujeres y en el conocimiento de sus malicias. Y determinó ser más circunspecto la próxima vez, y se puso a reflexionar acerca del medio de que se valdría para sorprender a la maligna.
Así es que, cuando al cabo de algún tiempo pudo levantarse, no tuvo más preocupación que la de su venganza. Y un día en que estaba escondido detrás de la esquina de la calle, divisó a su amigo Mahmud, que acababa de deslizarse en su casa, cuya puerta entreabierta se cerró en cuanto hubo entrado él. Y Ahmad se precipitó allí y empezó a dar en la puerta golpes redoblados...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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