Noche 775



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Pero cuando llegó la 775ª noche

Ella dijo:
"... ¡Gloria a Alah, que ha llevado al seno de las mujeres estériles el sentimiento de la maternidad, como ha infundido en el corazón de las gallinas desgraciadas el deseo de empollar los guijarros!
Y he aquí que al año siguiente la pobre madre privada tan impíamente del fruto de su fecundidad, parió, con permiso del Donador, otro hijo más hermoso que el anterior. Pero las dos hermanas espiaban el parto con ojos llenos de interés por fuera y de odio por dentro; y sin tener para su hermana y el recién nacido más piedad que la primera vez, se apoderaron del niño a escondidas y le echaron al canal en un cesto, como habían hecho con el mayor. Y exhibieron por todo el palacio un pequeño gato, proclamando que acababa de parirlo la sultana. Y la consternación entró en los corazones. Y sin duda alguna, en el límite de la vergüenza, el sultán habríase dejado llevar de la rabia y del furor si no practicase en su alma la virtud de la humildad ante los decretos de la insondable justicia. Y la sultana quedó sumida en la amargura y la desolación, y su corazón lloró todas las lágrimas de los dolores.
Pero viendo al niño, Alah, que vela por el destino de los pequeñuelos, le puso a la vista del intendente, que se paseaba a orillas del canal. Y como la vez primera, el intendente le salvó de las aguas, y se lo llevó a su esposa, que le quiso como si fuese su propio hijo, y le crió con los mismos cuidados que al primero.
Y he aquí que, a fin de que no fuesen frustrados siempre los deseos de Sus Creyentes, Alah puso la fecundidad en el vientre de la sultana, que parió por tercera vez. Pero entonces dió a luz una princesa. Y las dos hermanas, cuyo odio, lejos de saciarse, les había hecho proyectar la perdición irremisible de su hermana menor, hicieron sufrir a la niña el mismo trato. Pero fué recogida por el intendente de corazón compasivo, como los dos príncipes hermanos suyos, con los cuales se crió, educó y se vió atendida.
Pero aquella vez, cuando las dos hermanas, después de realizado su proyecto, exhibieron, en lugar de la niña recién nacida, una pequeña rata ciega, el sultán, a pesar de toda su magnanimidad, no pudo contenerse por más tiempo, y exclamó: "¡Alah maldice mi raza por culpa de la mujer con quien me he casado! ¡Escogí un monstruo para madre de mi posteridad! ¡Sólo la muerte podrá librar de él a mi morada!" Y pronunció la sentencia de muerte de la sultana, y mandó a su portaalfanje que cumpliera su misión. Pero cuando vió bañada en lágrimas ante él y presa de un dolor sin límites a la que su corazón había amado, el sultán sintió que se apoderaba de él una gran piedad. Y volviendo la cabeza, ordenó que la alejaran y la encerraran para el resto de sus días en una mazmorra en lo último del palacio. Y dejó de verla desde aquel momento, abandonándola a sus lágrimas. Y la pobre madre hubo de conocer todos los dolores de la tierra.
Y las dos hermanas gozaron todas las alegrías del odio satisfecho, y pudieron saborear sin amargura en adelante los manjares y reposterías que confeccionaban sus esposos.
Pasaron los días y los años con igual rapidez sobre la cabeza de los inocentes que sobre la cabeza de los culpables, llevando a unos y a otros lo que les tenía deparado su destino, y he aquí que cuando llegaron a la adolescencia los tres hijos adoptivos del intendente de los jardines, se convirtieron en un deslumbramiento de los ojos. Y se llamaban: el mayor Farid, el segundo Faruz y la niña Farizada, y era Farizada una sonrisa del cielo mismo. Sus cabellos eran de oro por un lado y de plata por otro; sus lágrimas, cuando lloraba, eran un gotear de perlas; sus risas, cuando reía, eran dinares de oro tintineantes, y sus sonrisas, botones de rosa abriendo en sus labios bermejos.
Por eso, cuantos se acercaban a ella, así su padre como su madre y sus hermanos, no podían por menos, cuando la llamaban por su nombre, diciendo: "¡Farizada!" de añadir: "¡la de sonrisa de rosa!"; pero lo más frecuente era que la llamasen sencillamente "La de sonrisa de rosa". Y todos se maravillaban de su belleza, de su sabiduría, de su amabilidad, de su destreza en los ejercicios cuando montaba a caballo para acompañar a sus hermanos en la caza, tirar con el arco y lanzar la barra o la azagaya; de la elegancia de sus maneras, de sus conocimientos en poesía y en ciencias ocultas y del esplendor de su cabellera, que era de oro por un lado y de plata por otro. Y al verla tan hermosa, a la par que tan perfecta, las amigas de su madre lloraban de emoción.
Y así fué como crecieron los pequeñuelos del intendente de los jardines del rey. Y aquel hombre no tardó en llegar a la última vejez, rodeado del afecto y del respeto de los niños y con los ojos refrescados por su hermosura. Y pronto precediole en la misericordia del Retribuidor su esposa, que ya había vivido lo que le correspondía de vida. Y aquella muerte fué para todos ellos causa de tanto pesar y tanta pena, que el intendente no pudo determinarse a habitar por más tiempo en la casa donde la difunta fué el manantial de su serenidad y de su dicha. Y se arrojó a los pies del sultán y le suplicó que se dignase relevarle de las funciones que llevaba a cabo entre sus manos desde hacía largos años. Y el sultán, muy apenado por el alejamiento del servidor tan fiel, accedió a su petición con mucho sentimiento. Y no le dejó partir hasta que le hubo hecho don de un magnífico dominio próximo a la ciudad, con grandes dependencias de tierras laborables, de bosques y praderas, con un palacio ricamente amueblado, con un jardín de arte perfecto trazado por el propio intendente y con un parque de vasta extensión cercado por altas murallas y poblado con pájaros de todos colores y animales salvajes y domésticos.
Allá se fué aquel hombre de bien a vivir retirado con sus hijos adoptivos. Y allá, rodeado de sus cuidados afectuosos, finó en la paz de su Señor. ¡Alah le tenga en su compasión! Y le lloraron sus hijos adoptivos como jamás se lloró a padre alguno. Y se llevó con él, bajo la losa que no se abre, el secreto del nacimiento de los niños, del cual, por otra parte, sólo estaba enterado a medias. Y en aquel dominio maravilloso continuaron viviendo los dos adolescentes en compañía de su hermana menor. Y como se les había hecho observar los principios de la honradez y la sencillez, no tenían otro anhelo ni otra ambición que continuar, durante toda su existencia, viviendo en aquella unión perfecta y en medio de aquella existencia tranquila.
Farid y Faruz iban de caza con frecuencia a los bosques y praderas que circundaban sus dominios. Y a Farizada la de sonrisa de rosa le gustaba sobre todo recorrer sus jardines. Y un día, cuando se disponía a ir allá, como tenía por costumbre, fueron sus esclavas a decirle que una buena vieja de rostro señalado por la bendición solicitaba la merced de descansar una hora o dos a la sombra de aquellos hermosos jardines. Y Farizada, cuyo corazón era tan compasivo como hermosa su alma y bello su rostro, quiso recibir por sí misma a la buena vieja. Y le ofreció de comer y beber, y le presentó una fuente de porcelana con hermosas frutas, reposterías, confituras secas y confituras en su jugo. Tras de lo cual la llevó a sus jardines, sabedora de que siempre es provechoso hacer compañía a las personas de experiencia y oír las palabras que dicta la sabiduría.
Y se pasearon juntas por los jardines. Y Farizada la de sonrisa de rosa ayudaba a andar a la buena vieja. Y llegadas que fueron ambas al árbol más hermoso de los jardines, Farizada la hizo sentarse a la sombra de aquel hermoso árbol. Y en el transcurso de la conversación acabó por preguntar a la vieja qué le parecía el sitio en que estaba y si lo encontraba de su agrado.
Entonces, tras de reflexionar una hora de tiempo, la vieja levantó la cabeza y contestó: "En verdad ¡oh mi señora! que me he pasado la vida recorriendo las tierras de Alah, a lo ancho y a lo largo, y nunca descansé en un sitio más delicioso. ¡Pero, ¡oh mi señora! ya que eres única en la tierra, como la luna y el sol lo son en el cielo, quisiera que tuvieses en este hermoso jardín, a fin de que también fuese único en su especie, las tres cosas incomparables que le faltan!" Y Farizada la de sonrisa de rosa quedó extremadamente asombrada al saber que a su jardín le faltaban tres cosas incomparables, y dijo a la vieja: "¡Por favor, mi buena madre, date prisa a decirme, para que yo lo sepa, cuáles son esas tres cosas incomparables que ignoro!" Y contestó la vieja: ";Oh mi señora! para corresponder a la hospitalidad que acabas de ejercer con corazón tan compasivo para una vieja desconocida, voy a revelarte la existencia de esas tres cosas".
Se calló un instante todavía; luego dijo:
"Has de saber, pues, ¡oh mi señora! que, si en estos jardines se hallara la primera de esas tres cosas incomparables, vendrían a mirarla todos los pájaros de estos jardines, y al verla, cantarían a coro. Porque ruiseñores y pinzones, alondras y currucas, jilgueros y tórtolas, ¡oh mi señora! y todas las especies infinitas de los pájaros, reconocerían la supremacía de su hermosura. ¡Y es ¡oh mi señora! Bulbul el-Hazar, el Pájaro que habla!
"Si tuvieras en tus jardines la segunda de esas cosas incomparables, ¡oh mi señora! la brisa que hace cantar a los árboles de estos jardines se detendría para escucharla; y los laúdes y las arpas y las guitarras de estas moradas verían romperse sus cuerdas. Porque la brisa que hace cantar a los árboles de los jardines, los laúdes y las arpas y las guitarras ¡oh mi señora! reconocen la supremacía de su hermosura. ¡Y es el Árbol que canta! Pues ni la brisa en los árboles, ¡oh mi señora! ni los laúdes, ni las arpas, ni las guitarras producen una armonía comparable al concierto de las mil bocas invisibles que hay en las hojas del Árbol que canta.
"Y si tuvieras en tus jardines la tercera de estas cosas incomparables, ¡oh mi señora! todas las aguas de estos jardines detendrían su rumoroso curso y la contemplarían. Porque todas las aguas, las de la tierra y las de los mares, las de los jardines, reconocen la supremacía de su hermosura. ¡Y es el Agua Color de Oro! Pues si en un estanque vacío ¡oh mi señora! se vierte solamente una gota de esa agua, se hincha y crece, multiplicándose en surtidores de oro, y no cesa de brotar y caer, sin que el estanque se desborde nunca. Y con esa agua toda de oro y transparente como el topacio transparente, es con la que gusta de aplacar su sed Bulbul el-Hazar, el Pájaro que habla; y en esa agua toda de oro y tan fresca como fresco es el topacio, es en la que gustan de remojarse las mil bocas invisibles del Árbol de hojas cantarinas ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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