Noche 676



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Pero cuando llegó la 676ª noche

Ella dijo:
" ... Y así fué como entre rosas, alegrías y escarceos múltiples, el joven Nur conoció el amor en los brazos de una egipcia bella y sana cual el ojo del gallo y blanca cual la almendra mondada. Estaba escrito en su destino que así tenía que suceder su iniciación. Pues si no, ¿cómo se comprenderían las cosas aun más maravillosas que marcarían sus pasos por el camino llano de la vida feliz?
Una vez que terminaron sus escarceos, se levantó el joven Nur, porque comenzaban a brillar estrellas en el cielo, y el soplo de Dios alzábase con el viento de la noche. Y dijo él a la joven: "¡Con tu permiso!"
Y a pesar de las súplicas de ella para retenerle, no quiso retrasarse más, y la abandonó para montar en su mula y regresar lo más pronto posible a su casa, donde ya le esperaban con ansiedad su padre Corona y su madre.
Y he aquí que, en cuanto él franqueó el umbral, su madre, llena de inquietud por aquella desacostumbrada ausencia de su hijo, corrió a su encuentro, le estrechó en sus brazos, y le dijo: "¿Dónde estuviste, querido mío, que tanto tardaste en volver a casa?" Pero en cuanto Nur abrió la boca, su madre notó que había tomado vino y le olió el aliento. Y le dijo: "¡Ah! ¿qué has hecho, desgraciado Nur? ¡Qué calamidad como llegue a olerte tu padre!" Porque, aunque Nur había soportado la bebida mientras estuvo en brazos de la egipcia, cuando se expuso al aire libre se dislocó la razón y titubeaba a derecha y a izquierda como un beodo. Así es que su madre se apresuró a llevarle al lecho y a acostarle, arropándole mucho.
Pero en aquel momento llegó a la habitación el mercader Corona, que era un observante fiel de la ley de Alah, que prohíbe a los creyentes bebidas fermentadas. Y al ver acostado a su hijo, pálido y con el rostro descompuesto, preguntó a su esposa: "¿Qué le pasa?" Ella contestó: "¡Tiene un dolor muy fuerte de cabeza, ocasionado por el exceso de aire de ese jardín adonde le permitiste que fuera con sus camaradas!" Y el mercader Corona, muy apesadumbrado por aquel reproche de su esposa y por la indisposición de su hijo, se inclinó sobre Nur para preguntarle cómo estaba; pero le olió el aliento, e indignado, sacudió del brazo a Nur, y le gritó: "¿Cómo se entiende, hijo libertino? ¡has infringido la ley de Alah y de su profeta, y te atreves a entrar en casa sin purificarte la boca!" Y siguió amonestándole con dureza.
Entonces Nur, que se hallaba en completo estado de embriaguez, sin saber a punto fijo lo que hacía, levantó la mano y asestó a su padre, el mercader Corona, un puñetazo que le alcanzó al ojo derecho, y lo hizo con tanta violencia, que le derribó a tierra.
En el límite de la indignación, el anciano Corona juró por el divorcio y por el tercer poder, que al día siguiente echaría de casa a su hijo Nur después de cortarle la mano derecha. Luego abandonó la habitación.
Cuando la madre de Nur oyó aquel tremendo juramento, contra el cual no había recurso ni remedio posible, desgarró sus ropas con desesperación, y se pasó toda la noche lamentándose y llorando junto al lecho de su hijo sumido en la embriaguez. Pero como la cosa urgía, consiguió disiparle los vapores del vino, haciéndole sudar y orinar mucho. Y como no se acordara él de nada de lo que había sucedido, le contó ella la acción que hubo de cometer y el terrible juramento de su padre Corona. Luego le dijo: "¡Ay de nosotros! ¡ahora son inútiles las lamentaciones! ¡Y el único partido que puedes tomar, hasta tanto que el destino haya cambiado el aspecto de las cosas, es alejarte cuanto antes ¡oh Nur! de casa de tu padre! ¡Parte, hijo mío!, para la ciudad de Al-Iskandaria, y aquí tienes una bolsa con mil dinares de oro y cien dinares! Cuando te falte poco para agotar este dinero, pídeme otra, cuidando de darme noticias tuyas".
Y se echó a llorar, besándole.
Entonces, tras de haber vertido por su parte muchas lágrimas de arrepentimiento, se ató Nur la bolsa a la cintura, despidiose de su madre, y salió de la casa ocultamente para ganar al punto el puerto de Bulak y desde allí bajar por el Nilo en un navío hasta Al-Iskandaria, en donde desembarcó con buena salud.
Y he aquí que Nur se encontró con que Al-Iskandaria era una ciudad maravillosa, habitada por gentes de lo más encantadoras, y dotada de un clima delicioso; de jardines llenos de rumores y flores, de hermosas calles y de zocos magníficos. Y hubo de complacerse, pues, en recorrer los diversos barrios de la ciudad y todos los zocos, uno tras otro. Y al pasar por el zoco de los mercaderes de flores y frutas, que era particularmente agradable...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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