Noche 278



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Pero cuando llegó la 278ª noche

Ella dijo:
"... el corazón del infiel, que es completamente opuesto al primero; el corazón tocado de las cosas terrenas y el corazón tocado de las cosas espirituales; hay corazón dominado por las pasiones, o por el odio, o por la avaricia; hay corazón cobarde, corazón abrasado de amor, corazón henchido de orgullo; también existe el corazón iluminado, como el de los compañeros de nuestro santo Profeta, y por último, existe el propio corazón de nuestro santo Profeta, ¡el corazón del Elegido!"
Cuando oyó tal respuesta el sabio teólogo, exclamó: "¡Mereces mi aprobación, ¡oh esclava!"
Entonces la hermosa Simpatía miró al califa y dijo: "¡Oh Comendador de los Creyentes, permíteme que a mi vez haga una sola pregunta a mi examinador, y me apodere de su manto si no puede contestarme! Y cuando se le acordó el consentimiento preguntó al sabio:
"¿Puedes decirme, ¡oh venerable jeique! qué deber ha de cumplirse con preferencia a todos los deberes, aunque no sea el de más importancia?"
A esta pregunta no supo qué decir el sabio, y la joven se apresuró a quitarle el manto y se dió a sí misma la siguiente respuesta:
"¡Es el deber de la ablución, porque está formalmente prescripto que hemos de purificarnos antes de cumplir el menor deber religioso y antes de cualquier acto previsto por el Libro y la Sunna!"
Tras de lo cual, Simpatía se volvió hacia la asamblea y la interrogó con una mirada en redondo, a la que respondió cierto sabio, que era uno de los hombres más célebres del siglo y que no tenía igual en el conocimiento del Corán. Se levantó y dijo a Simpatía:
"¡Oh joven llena de espiritualidad y de aromas encantadores! Puesto que conoces el Libro de Alah ¿podrías darnos una prueba de la exactitud de tu sabiduría?"
Ella contestó: "El Corán se compone de ciento catorce suratas o capítulos, de los cuales setenta se dictaron en la Meca y cuarenta y cuatro en Medina.
“Se divide en seiscientas veintiuna divisiones llamadas “aschar”, y en seis mil doscientos treinta y seis versículos.”
"Comprende setenta y nueve mil cuatrocientas treinta y nueve palabras y trescientas veintitrés mil seiscientas setenta letras, cada una de las cuales tiene diez virtudes especiales.
"En él se cita el nombre de veinticinco profetas: Adán, Nouh (Noé), Ibrahim, Ismail, Isaac, Yacub, Yussef, El-Yosh, Yunés, Loth, Saleh, Hud, Schoaib, Daud (David), Soleimán (Salomón), Zul-Kefel, Edris, Elías, Yahia, Zacharia, Ayub, Mussa, Harún, Issa (Jesús) y Mohamed." (Con todos la plegaria y la paz).
"También se hallan en él los nombres de nueve pájaros o animales alados: el músico, la abeja, la mosca, la abubilla, el cuervo, el saltamontes, la hormiga, el pájaro ababil y el pájaro de Issa (¡con él la plegaria y la paz!), que no es otro que el murciélago".
El jeique dijo: "Maravilla tu exactitud. Desearía también saber por ti cuál es el versículo en que nuestro santo Profeta juzga a los infieles".
Ella contestó: "Es el versículo donde se encuentran estas palabras: Los judíos dicen que están errados los cristianos, y los cristianos afirman que los judíos ignoran la verdad. ¡Por lo demás tienen razón unos y otros!”
Cuando oyó el jeique estas palabras, declarose satisfechísimo; pero quiso interrogarla todavía. Así, pues, le preguntó:
"¿Cómo vino el Corán desde el cielo a la tierra? ¿Bajó íntegro, copiado de las tablas que se guardan en el cielo, o bajó en varias veces?"
Ella contestó: "Por orden del Señor del universo, se lo dió el ángel Gabriel a nuestro profeta Mohamed, príncipe de los enviados de Alah, y lo hizo por versículos según las circunstancias, en el interregno de veinte años.”
El preguntó: "¿Cuántos compañeros del Profeta se cuidaron de ordenar todos los versículos dispersos del Corán?"
Ella dijo: "Cuatro: Abi ben-Kaab, Zeid ben-Tabet, Abu-Obeida ben-Al-Djerrar y Othmán ben-Affán. (¡Alah tenga en su gracia a los cuatro!) "
El preguntó: "¿Cuántos son los que nos transmitieron y enseñaron la verdadera manera de leer el Corán?"
Ella contestó: "Cuatro: Abdalah ben-Massud, Alei ben-Kaab, Moaz ben-Djabal y Salem ben-Abdalah".
Preguntó él: "¿En qué ocasión descendió del cielo el siguiente versículo?: “¡Oh Creyentes, no os privéis de los goces terrenos en toda su plenitud!”
Ella contestó: “Cuando algunos, queriendo llevar más lejos de lo preciso la espiritualidad, resolvieron disciplinarse y gastar cilicios de crin.”
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 277



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Pero cuando llegó la 277ª noche


Ella dijo:
"...Así, por ejemplo, está expresamente prohibido cambiar dátiles secos por dátiles frescos, higos secos por higos frescos, carne curada y salada por carne fresca, manteca salada por manteca fresca, y en general, todas las provisiones frescas por otras añejas y secas de la misma especie".
Cuando el sabio comentador del Libro hubo oído estas repuestas de Simpatía, no pudo menos de pensar que sabía ella tanto como él y no quiso declararse impotente para cogerla en falta. Resolvió, pues, hacerle preguntas más sutiles, y le interrogó:
"¿Qué significa lingüísticamente la palabra ablución?"
Ella contestó: "Eliminar por medio del lavatorio todas las impurezas internas o externas".
Preguntó él: "¿Qué significa la palabra ayunar?" Ella dijo: "Abstenerse".
Preguntó él: "¿Qué significa la palabra dar?" Ella dijo: "Enriquecerse".
Preguntó él: "¿Y el ir de peregrinación?" Ella contestó: "Alcanzar la meta".
Preguntó él: "¿Y hacer la guerra?" Ella dijo: "Defenderse".
A estas palabras, irguióse sobre sus pies el sabio y exclamó: "¡En verdad que para ella son insignificantes mis preguntas y argumentos! Asombra el saber y la clarividencia de esta esclava. ¡Oh Emir de los Creyentes!"
Pero Simpatía sonrió ligeramente y le interrumpió: "A mi vez -le dijo- quisiera hacerte una pregunta. ¿Puedes decirme, ¡oh sabio lector! cuáles son las bases del Islam?"
Reflexionó él un instante y dijo: "Son cuatro: la fe iluminada por la razón sana; la rectitud; el conocimiento de los deberes y derechos estrictos y la discreción y el cumplimiento de los compromisos".
Ella añadió: "¡Permíteme que te haga otra pregunta todavía! Si no pudieses resolverla, tendré el derecho de arrebatarte el manto que te sirve como distintivo de sabio lector del Libro!"
Dijo él: "¡Acepto! ¡Venga la pregunta, ¡oh esclava!" Ella preguntó: "¿Cuáles son las ramas del Islam?"
El sabio permaneció algún tiempo recapacitando, y finalmente no supo qué responder.
Entonces habló el propio califa y dijo a Simpatía: "¡Responde tú misma a la pregunta, y te pertenecerá el manto de este sabio!"
Simpatía se inclinó y repuso: "¡Los ramajes del Islam son veinte: la observancia estricta de lo que enseña el Libro; conformarse con las tradiciones y la enseñanza oral de nuestro santo Profeta; no cometer nunca injusticias; comer los alimentos permitidos; no comer jamás alimentos prohibidos; castigar a los malhechores, a fin de que no aumente la malicia de los malos por causa de la indulgencia de los buenos; arrepentirse de las propias faltas; profundizar en el estudio de la religión; hacer bien a los enemigos; llevar vida modesta; socorrer a los servidores de Alah; huir de toda innovación y todo cambio; desplegar valor en la adversidad y fortaleza en las pruebas a que se nos someta; perdonar cuando se es fuerte y poderoso; ser paciente en la desgracia; conocer a Alah el Altísimo; conocer al Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) ; resistir a las sugestiones del Maligno; resistir a nuestras pasiones y a los malos instintos de nuestra alma; proclamarse en absoluto al servicio de Alah con toda confianza y toda sumisión!"
Cuando el califa Harúm Al-Raschid hubo oído esta respuesta, ordenó que inmediatamente despojaran de su manto al sabio y se lo dieran a Simpatía, lo cual se ejecutó en seguida, ante la confusión del sabio, que salió de la sala cabizbajo.
Entonces se levantó un segundo sabio, reputado por su sagacidad en los conocimientos teológicos, y a quien todos los ojos designaban para que tuviera el honor de interrogar a la joven. Se encaró con Simpatía y le dijo:
"Sólo voy a hacerte breves y pocas preguntas, ¡oh esclava! Ante todo, ¿puedes decirme qué deberes han de observarse durante la comida?"
Ella contestó: "Lo primero es lavarse las manos, invocando el nombre de Alah en acción de gracias. Luego se sienta uno con la nalga izquierda; no se sirve para comer de más dedos que del pulgar y de los dos primeros; no se toman más que bocados pequeños.; no se mastica bien la comida, y no debe mirarse al vecino; para no azorarle o cortarle el apetito".
El sabio preguntó: "¿Puedes decirme ahora, ¡oh esclava! a qué se llama cualquier cosa, la mitad de cualquier cosa y menos que cualquier cosa?"
Ella contestó sin vacilar: "¡El creyente es cualquier cosa, el hipócrita es la mitad de cualquier cosa y el infiel es menos que cualquier cosa!"
El añadió: "¡Así es! ¡Dime! ¿Dónde está la fe?"
Ella contestó: "La fe habita en cuatro lugares: en el corazón, en la cabeza, en la lengua y en los miembros. ¡Por eso la fuerza del corazón consiste en la alegría, la fuerza de la cabeza en el conocimiento de la verdad, la fuerza de la lengua en la sinceridad, y la fuerza de los demás miembros en la sumisión!"
El preguntó: "¿Cuántas clases de corazones hay?"
"Hay varias: el corazón del creyente, que es un corazón puro y sano; el corazón del infiel, que es completamente opuesto al primero...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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El traductor une en este capítulo las noches 276 y 277.

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Noche 275



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Y cuando llegó la 275ª noche

Ella dijo:
"...los diablos vuelven tumultuosos, y trabajan todo lo posible por turbarle el alma, sugerirle la duda y enfriarle el espíritu y el fervor!
"¡Cuando el hombre hace sus abluciones, es obligatorio que corra el agua por todo su cuerpo, por todos sus pelos visibles o secretos y por sus miembros sexuales, debiendo también frotarse por todas partes y no lavarse los pies hasta lo último!"
El sabio dijo: "¡Bien contestado! ¿Puedes ahora decirme cómo hay que proceder en la ablución llamada tayamum?"
Ella contestó: "La ablución llamada tayamum es la purificación con arena y polvo. Se verifica esta ablución en los siete casos, establecidos según usos conforme a la práctica del Profeta. Y se efectúa siguiendo las cuatro indicaciones previstas por la enseñanza directa del Libro.
"Los siete casos que permiten esta ablución, son: la carencia de agua; el miedo a agotar la provisión de agua; la necesidad de esta agua para beber; el temor de perder una parte de ella al transportarla; las enfermedades que producen aversión al agua; las fracturas que precisan reposo para soldarse; las heridas que no se deben tocar.
"En cuanto a las otras cuatro condiciones necesarias para cumplir esta ablución con arena y polvo, son: primeramente obrar de buena fe; luego tomar arena o polvo con las manos y hacer ademán de frotarse con ello el rostro; después hacer ademán de frotarse también los brazos hasta los codos y secarse las manos.
Hay dos prácticas igualmente recomendables por ser conformes a la Sunna: empezar la ablución con la fórmula invocadora: "¡En el nombre de Alah ! ", y efectuar la ablución de todo el lado derecho del cuerpo antes que la del lado izquierdo".
El sabio dijo: "¡Muy bien! Pero, volviendo a la plegaria, ¿puedes decirme cómo debe verificarse y en qué acciones se basa?"
Ella replicó: "Los actos requeridos para hacer la plegaria constituyen otras tantas columnas que la sostienen. Estas columnas de la plegaria son: primera, la buena intención; segunda, la fórmula del Takbir, que consiste en pronunciar estas palabras: "¡Alah es el más grande!"; tercera, recitar la Fatiha, que es el capítulo que abre el Corán; cuarta, prosternarse con la cara en tierra; quinta, levantarse; sexta, hacer la profesión de la fe; séptima, sentarse sobre los talones; octava, hacer votos por el Profeta, diciendo: "¡Con él sean la plegaria y la paz de Alah!"; novena, mantenerse siempre en la misma intención pura.
"Hay otras condiciones de una buena plegaria, tomadas solamente de la Sunna, a saber: levantar ambos brazos, con las palmas vueltas hacia arriba, en dirección a la Meca; recitar una vez más la Fatiha; recitar otro capítulo del Corán, por ejemplo, la Surata de la Vaca; pronunciar otras diversas fórmulas piadosas, y terminar con votos por nuestro Profeta. (¡Con él la plegaria y la paz!)"
El sabio dijo: "¡En verdad que respondiste perfectamente! ¿Puedes ahora decirme cómo debe pagarse el diezmo de la limosna?"
Ella contestó: "Se puede pagar el diezmo de la limosna de catorce maneras: en oro, en plata, en camellos, en vacas, en carneros, en trigo, en cebada, en mijo, en maíz, en habas, en garbanzos, en arroz, en pasas y en dátiles.
"Por lo que se refiere al oro si sólo se posee una suma inferior a veinte dracmas de oro de la Meca, no hay que pagar ningún diezmo; pasando de esa suma, se da el tres por ciento. Lo mismo ocurre con la plata en la proporción correspondiente.
"Por lo que se refiere al ganado, quien posee cinco camellos paga un carnero; quien posee veinticinco camellos da uno como diezmo, y así sucesivamente en la misma proporción.”
"Por lo que se refiere a carneros y borregos, de cada cuarenta se da uno. Y así sucesivamente con todo lo demás".
El sabio dijo: "¡Perfectamente! ¡Háblame ahora del ayuno!" Simpatía contestó: "El ayuno consiste en abstenerse de comer, de beber y de goces sexuales durante el día y hasta la puesta del sol, en el transcurso del mes de Ramadán, desde que sale la luna nueva. Es recomendable abstenerse igualmente, durante la comida, de todo discurso vano y de cualquier lectura que no sea la del Corán".
El sabio preguntó: "Pero ¿no hay ciertas cosas que a primera vista parece que hacen ineficaz el ayuno, aunque, según enseña el Libro, no aminoran en nada su valor?"
Ella contestó: "En efecto, hay cosas que no hacen ineficaz el ayuno. Son las pomadas, los bálsamos y los ungüentos; el kohl para los ojos y los colirios; el polvo del camino; la acción de tragar saliva; las eyaculaciones nocturnas o diurnas de licor viril cuando son involuntarias; las miradas dirigidas a una extranjera que no sea musulmana; la sangre o las ventosas simples o escarificadas. Tales son todas las cosas que no quitan ninguna eficacia al ayuno."
Dijo el sabio: "¡Está muy bien! ¿Y qué piensas del retiro espiritual?"
Dijo ella: "El retiro espiritual es una estancia de larga duración en una mezquita, sin salir nunca más que para satisfacer una necesidad, y renunciando al comercio con las mujeres y al uso de la palabra. La recomienda la Sunna; pero no es una obligación dogmática".
Dijo el sabio: "Admirable! ¡Deseo ahora oírte hablar de la peregrinación!"
Ella contestó: "La peregrinación a la Meca o hadj es un deber que todo buen musulmán ha de cumplir, por lo menos una vez en su vida, cuando llega a la edad de la razón. Para cumplirlo, hay que observar diversas condiciones. Debe uno revestirse con la capa de peregrino o ihram, guardarse de tener comercio con mujeres, afeitarse el pelo, cortarse las uñas y taparse la cabeza y el rostro. La Sunna hace también otras prescripciones".
El sabio dijo: "¡Perfectamente! ¡Pero pasemos a la guerra santa!"
Ella contestó: “La guerra santa es la que se lleva a cabo contra los infieles cuando el Islam está en peligro. No se debe hacer más que para defenderse y jamás debe tomarse la ofensiva. ¡Cuando el creyente se ha puesto ya sobre las armas, debe ir contra el infiel sin volver sobre sus pasos nunca!”
El sabio preguntó: "¿Puedes darme algunos detalles sobre la compra y la venta?"
Simpatía contestó: "La compra y la venta deben hacerse con libertad por ambas partes, y en los casos importantes, patentizando el consentimiento y la aceptación.
"Pero hay algunas cosas prohibidas por la Sunna en la compra y en la venta. Así, por ejemplo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 274



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Y cuando llegó la 274ª noche

Ella dijo:

... se veían con su sonrisa los dientes.
Cuando en aquella asamblea se estableció un silencio tan completo que se hubiera podido oír el ruido de una aguja que cayese al suelo, Simpatía hizo a todos una zalema llena de gracia y dignidad, y con un modo de hablar verdaderamente exquisito, dijo al califa:
"¡Oh Emir de los Creyentes, manda! Aquí estoy pronta a cuantas preguntas quieran dirigirme los doctos y venerables sabios, lectores del Corán, jurisconsultos, médicos, arquitectos, astrónomos, geómetras, gramáticos, filósofos y poetas!"
Entonces el califa Harún Al-Raschid se encaró con todos ellos y les dijo desde el trono en que estaba sentado: "¡Hice que os mandaran venir aquí para que examinéis a esta adolescente en lo que afecta a la variedad y profundidad de sus conocimientos, y no perdonéis nada que contribuya a que resalte a la vez vuestra erudición y su saber!" Y todos los sabios respondieron, inclinándose hasta tierra y llevando las manos a sus ojos y a su frente: "¡El oído y la obediencia a ti y a Alah, ¡oh Emir de los Creyentes!"
A estas palabras, la adolescente Simpatía se mantuvo algunos instantes con la cabeza baja reflexionando; después alzó la frente y dijo: "¡Oh vosotros todos, maestros míos! ¿cuál es primeramente el más versado entre vosotros en el Corán y en las tradiciones del Profeta? (¡con él la paz y la oración!)"
Entonces se levantó uno de los doctores, designado por todos los dedos, y dijo: "¡Yo soy ese hombre!"
Ella le dijo: "¡Interrógame, pues, a tu sabor sobre tal punto!"
Y demandó el sabio lector del Corán:
"¡Oh joven, desde el momento en que estudiaste a fondo el santo Libro de Alah, debes conocer el número de capítulos, palabras y letras que encierra y los preceptos de nuestra fe! Dime, pues, para empezar, ¿quién es tu Señor, quién es tu Profeta, quién es tu Imán, cuál es tu orientación, cuál es tu norma de vida, cuál es tu guía en los caminos y quiénes son tus hermanos?"
Ella contestó: "¡Mi Señor es Alah; mi Profeta es Mohamed (¡con él la oración y la paz!) ; mi ley, y por lo tanto mi Imán, es el Corán; mi orientación es la Kaaba, la casa de Alah, levantada por Abraham en la Meca; mi norma de vida es el ejemplo de nuestro santo Profeta; mi guía en los caminos es la Sunna, recopilación de tradiciones, y mis hermanos son todos los creyentes!"
Mientras comenzaba el califa a maravillarse de la claridad y precisión de estas respuestas en boca de una joven tan gentil, añadió el sabio: "¡Dime! ¿Cómo sabes que hay un Dios?"
Ella contestó: "¡Por la razón!" El preguntó: "¿Qué es la razón?"
Ella dijo: "La razón es un don doble: innato y adquirido. La razón innata es la que puso Alah en el corazón de sus servidores escogidos, para hacerles que caminen por la senda de la verdad. Y la razón adquirida es en el hombre bien dotado fruto de la educación y de una labor constante".
El añadió: "¡Muy bien! Pero ¿dónde reside la razón?"
Ella contestó: "¡En nuestro corazón! Y desde él se elevan sus inspiraciones hacia nuestro cerebro, para establecer allí su domicilio".
El dijo: "¡Perfectamente! Pero ¿puedes decirme cómo aprendiste a conocer al Profeta? (¡con él la plegaria y la paz!)"
Ella contestó: "¡Por la lectura del Libro de Alah, por las sentencias que contiene, por las pruebas y los testimonios de tal misión divina!"
Dijo él: "¡Muy bien! Pero ¿puedes decirme cuáles son los deberes indispensables de nuestra religión?"
Ella contestó: "En nuestra religión hay cinco deberes indispensables: la profesión de fe "¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!", la oración, la limosna, el ayuno del mes de Ramadán y la peregrinación a la Meca cuando puede hacerse".
El preguntó: "¿Qué acciones pías son las más meritorias?" Contestó ella: "Son seis: la plegaria, la limosna, el ayuno, la peregrinación, la lucha contra malos instintos y cosas ilícitas, ¡y por último, la guerra santa!"
El dijo: "¡Bien contestado! Pero ¿qué objeto persigues con la plegaria?"
Ella replicó: "¡Sencillamente el de ofrecer al Señor el homenaje de mi adoración, alabarle y levantar mi espíritu hacia las regiones serenas!"
El exclamó: "¡Ya Alah! ¡Excelente es esta respuesta! Pero ¿no requiere antes la oración preparativos indispensables?"
Ella contestó: "¡Ciertamente! ¡Es necesario purificarse por completo el cuerpo con las abluciones rituales, vestir trajes sin mácula, escoger un lugar limpio y claro, preservar la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas, abrigar intenciones puras y volverse hacia la Kaaba, en dirección a la Meca santa!"
"¿Qué valor tiene la plegaria?"
"¡ Es el sostén de la fe, en la que se basa!"
"¿Cuáles son los frutos de la oración? ¿Cuál es su utilidad?"
“La plegaria verdaderamente hermosa no tiene utilidad terrena. !Es sólo el lazo espiritual entre la criatura y su Señor! ¡Puede producir diez frutos inmateriales y mucho más hermosos que los tangibles; aclara el corazón, ilumina el semblante, complace al Clementísimo, excita el furor del maligno, atrae la misericordia, aleja los malefícios, preserva del mal, resguarda contra los atentados de los enemigos, fortalece al espíritu vacilante y acerca el esclavo a su dueño!”
"¿Cuál es la llave de la plegaria? ¿Y cuál es la llave de esta llave?" "La llave de la plegaria es la ablución, y la llave de la ablución es la fórmula inicial: "¡En el nombre de Alah el Clemente sin límite, el Misericordioso!"
"¿Qué prescripciones han de seguirse para la ablución?"
"Según el rito ortodoxo del imán El-Schafly ben-ldris, seis: la intención de purificarse sin otra mira que la de ser agradable al Creador; la ablución del rostro primeramente; la ablución de las manos hasta el codo; el frotamiento de parte de la cabeza; la ablución de los pies, incluso los talones, hasta los tobillos, y un orden estricto en el cumplimiento de estos diversos actos. Y tal orden implica la observación de doce condiciones bien precisas, a saber:
"Primero pronunciar la fórmula inicial: "¡En el nombre de Alah!", lavarse las palmas de las manos antes de sumergirlas en la jofaina; enjuagarse la boca; lavarse las narices, tomando agua en el hueco de la mano y sorbiendo; frotarse toda la cabeza y frotarse las orejas al exterior y al interior con otra agua; peinarse la barba con los dedos; torcerse los dedos de pies y manos, haciendo que rechinen; utilizar el pie derecho antes que el pie izquierdo: repetir cada ablución tres veces; pronunciar el acto de fe después de cada ablución, y por último, una vez terminadas las abluciones, recitar además esta fórmula piadosa: "¡Oh Dios mío! ¡Cuéntame en el número de los arrepentidos, de los puros y fieles servidores! ¡Loor a mi Dios! ¡Confieso que no hay más Dios que Tú! ¡Tú eres mi refugio; de Ti imploro el perdón de mis culpas lleno de arrepentimiento! ¡Amén!"
"Esta fórmula, en efecto, es la que el Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) nos ha recomendado que recitemos, cuando dijo: "¡A quien la recite le abriré de par en par las ocho puertas del Edén y podrá entrar por la puerta que le plazca!"
El sabio dijo: "¡En verdad que contestaste de un modo excelente! Pero, ¿qué hacen los ángeles y los demonios junto a aquel que practica sus abluciones?"
Simpatía respondió: "Cuando el hombre se prepara a verificar sus abluciones, los ángeles se colocan a su derecha y los diablos a su izquierda; pero no bien pronuncia la fórmula inicial: "¡En el nombre de Alah!", los diablos se ponen en fuga, y los ángeles se aproximan a él, desplegando sobre su cabeza un dosel luminoso de forma cuadrada que sostienen por las cuatro puntas, y cantan alabanzas a Alah e imploran el perdón de los pecados de aquel hombre. ¡Pero en cuanto se olvida él de invocar el nombre de Alah o deja de pronunciarlo, los diablos vuelven...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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El traductor une en este capítulo las noches 273 y 274.

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Noche 272



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Y cuando llegó la 272ª noche

Ella dijo:

... Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo Abul-Hassán.
Y he aquí que, al percatarse de que su patrimonio habíase disipado irremediablemente, Abul-Hassán quedó sumido en un estado de desolación tan grande, que le robó el sueño y el apetito; y permaneció tres días y tres noches sin comer, ni beber, ni dormir, alarmando a la esclava Simpatía, que creyó verle morir, y resolvió salvarle a toda costa.
Se atavió con sus trajes más dignos de exhibirse y con las joyas y adornos que le quedaban, y se presentó a su amo, diciéndole, mientras mostraba en sus labios una sonrisa de buen augurio: "Por mi causa va a hacer cesar Alah tus tribulaciones. Para ello bastará que me conduzcas ante nuestro señor el Emir de los Creyentes, Harún Al-Raschid, quinto descendiente de Abbas, y me vendas a él, pidiéndole como precio diez mil dinares. Si encontrara este precio demasiado caro, dile: "¡Oh Emir de los Creyentes! esta adolescente vale más todavía, como podrás advertir mejor tomándola a prueba. ¡Entonces se realzará a tus ojos, y verás que no tiene par ni rival y que verdaderamente es digna de servir a nuestro señor el califa!" Después, la esclava, insistiendo mucho, le recomendó que se guardase de rebajar el precio.
Abul-Hassán, que hasta aquel momento, por negligencia, no se había preocupado de observar las cualidades y talentos de su hermosa esclava, no estaba en situación para apreciar por sí mismo los méritos que pudiese ella poseer. Solamente le pareció que la idea no era mala y que tenía probabilidades de éxito.
Se levantó, pues, en seguida, y llevando a Simpatía tras sí la condujo ante el califa, a quien repitió las palabras que ella le había recomendado que dijese.
Entonces el califa volviose hacia ella y le preguntó: "¿Cómo te llamas?" Ella dijo: "Me llamo Simpatía".
El le dijo: "¡Oh Simpatía! ¿Estás versada en ciertos conocimientos y puedes enumerarme las diversas ramas del saber que has cultivado?"
Ella le contestó: "¡Oh señor! estudié la sintaxis, la poesía, el derecho civil y el derecho general; la música, la astronomía, la geometría, la aritmética, la jurisprudencia desde el punto de vista de las sucesiones, y el arte de descifrar las escrituras mágicas y las inscripciones antiguas. Me sé de memoria el Libro Sublime y puedo leerle de siete maneras distintas; conozco exactamente el número de sus capítulos, de sus versículos, de sus divisiones, de sus diferentes partes y sus combinaciones, y cuantas líneas, palabras, letras consonantes y vocales encierra: recuerdo con precisión qué capítulos se inspiraron y escribieron en la Meca y cuáles otros se dictaron en Medina; no ignoro las leyes y los dogmas, sé distinguirlos con las tradiciones y diferenciar su grado de autenticidad; no soy una profana en lógica, ni en arquitectura, ni en filosofía, como tampoco en lo que afecta a la elocuencia, al lenguaje escogido, a la retórica y a las reglas de los versos, los cuales sé ordenar y medir sin omitir ninguna dificultad en su construcción; sé hacerlos sencillos y fluidos, como también complicados y enrevesados para deleitar sólo a las gentes delicadas; y si a veces pongo en ellos oscuridad, es para fijar más la atención y halagar al espíritu, que despliega por último su trama sutil y frágil; en una palabra, aprendí muchas cosas y retuve cuanto aprendí.
Además, sé cantar perfectamente y bailar cual un pájaro, y tocar el laúd y la flauta, manejando asimismo todos los instrumentos de cuerda, y lo hago de cincuenta modos diferentes. ¡Por lo tanto, cuando canto y bailo se condenan quienes me ven y me oyen; si camino balanceándome, ataviada y perfumada, les mato; si meneo mi grupa, les derribo; si guiño un ojo, les traspaso; si agito mis brazaletes, les ciego; si toco, doy la vida, y si me alejo, hago morir!
¡Estoy versada en todas las artes, y he llevado mi saber a tal límite, que únicamente podrían llegar a distinguir su horizonte los escasos seres cuyos años hubieran transcurrido en el estudio de la sabiduría!"
Cuando el califa Harún Al-Raschid hubo oído estas palabras, se asombró y entusiasmó de encontrar tal elocuencia unida a belleza tal, tanto saber y juventud en la que frente a él se mantenía con los ojos respetuosamente bajos. Se volvió hacia Abul-Hassán y le dijo: "Quiero dar orden al instante para que vengan todos los maestros de la ciencia a fin de poner a prueba a tu esclava, y asegurarme por medio de un examen público y decisivo de si realmente es tan instruida como bella. ¡En caso de que saliese victoriosa de la prueba, no sólo te daría diez mil dinares, sino que te colmaría de honores por haberme traído semejante maravilla! ¡De no ser así, no hay nada de lo dicho, y seguirá perteneciéndote!”
Luego, acto continuo, el califa hizo llegar al sabio mayor de aquella época, Imraim ben-Sayar, que había profundizado en todos los conocimientos humanos; mandó que acudiesen también todos los poetas, los gramáticos, los lectores del Corán, los médicos, los astrónomos, los filósofos, los jurisconsultos y los doctores en teología. Y apresuraronse a ir a palacio todos, y se reunieron en la sala de recepción, sin saber por qué motivo se les convocaba.
Cuando lo ordenó el califa, todos se sentaron en corro sobre la alfombra, en medio de la cual la adolescente Simpatía permanecía en una silla de oro, donde el califa hízola colocarse, con el rostro cubierto por un velo ligero, y a través de él brillaban sus ojos y se veían con su sonrisa los dientes ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[editar] Aclaración

El traductor une en este capítulo las noches 271 y 272.

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Noche 270



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Pero cuando llegó la 270ª noche

Ella dijo:

La pequeña Doniazada esperó a que Schehrazada hubiese terminado su cosa con el rey Schahriar, y levantando la cabeza, exclamó: "¡Oh hermana mía! ¿Qué aguardas para contarnos esas anécdotas del delicioso poeta Abu-Nowas, amigo del califa y el más encantador entre todos los poetas del Irán y de Arabia?" Y Schehrazada sonrió a su hermana, y le dijo: "¡Sólo espero el permiso del rey para narrar algunas aventuras de Abu-Nowas, que, efectivamente, era un exquisito poeta, pero un grandísimo libertino!"

Entonces la pequeña Doniazada se levantó de un salto y corrió a abrazar a su hermana, diciéndole: "¡Te ruego que nos enteres de lo que hizo! ¡Cuéntanoslo enseguida!"

Pero el rey Schahriar, volviéndose hacia Schehrazada, le dijo: "Verdaderamente, Schehrazada, me agradaría oír una o dos de esas aventuras, que preveo son deliciosas. Pero he de hacerte observar que esta noche me atraen más elevados pensamientos y me hallo predispuesto a oír de tu boca algunas palabras de sabiduría. ¡Así, pues, si te acuerdas de cualquier historia que pueda adiestrarme en el conocimiento de los preceptos buenos y haga que mi espíritu se aproveche de la experiencia de los prudentes y los sabios, no creas que dejaría de interesarme! ¡Al contrario!

Luego, si no se acaba mi paciencia, podrás, Schehrazada, entretenerme con esas aventuras de Abu-Nowas".

Al oír tales palabras del rey Schahriar, Schehrazada apresurose a responder: "Precisamente, ¡oh rey afortunado! durante todo el pasado día medité sobre la historia de una joven admirable de belleza y a quien llamaban Simpatía. ¡Y estoy pronta a comunicarte cuanto sé de su conducta y de sus maravillosos conocimientos!"

Y exclamó el rey Schahriar: "¡Por Alah! ¡No tardes más en ponerme al corriente de lo que me anuncias! Porque nada me es tan grato como escuchar doctas palabras dichas por jóvenes hermosas. Y anhelo mucho que la historia prometida me satisfaga por completo, y a la vez me sea provechosa y me sirva cual ejemplo de la instrucción que debe poseer todo buen musulmán".

Entonces Schehrazada reflexionó un instante, y después de levantar un dedo, dijo:


Historia de la docta Simpatía

Se cuenta -pero Alah está mejor instruido en todas las cosas- que había en Bagdad un comerciante muy rico, cuya casa sostenía un tráfico inmenso. Gozaba de honores, de consideración, de prerrogativas y privilegios de todas clases; pero no era dichoso porque Alah no extendía sobre él su bendición hasta el punto de concederle un descendiente, aunque fuera del sexo femenino. A causa de ello había llegado a viejo sumido en la tristeza, y veía cómo poco a poco sus huesos se volvían transparentes y curvábase su espalda, sin poder obtener de alguna de sus numerosas esposas un resultado consolador. Pero un día en que había distribuido muchas limosnas, y visitado a los santones, y ayunado y rezado fervorosamente, se acostó con la más joven de sus esposas, y merced al Altísimo, aquella vez la dejó fecundada en tal hora y tal instante.

Al llegar el noveno mes, día tras día, la esposa del comerciante parió felizmente un niño varón, tan bello, que se diría era un trozo de luna.

En su gratitud hacia el Donador, no se olvidó a la sazón el comerciante de cumplir las promesas que hizo, y durante siete días enteros socorrió con largueza a pobres, viudas y huérfanos; después, en la mañana del séptimo día, pensó dar un nombre a su hijo, y le llamó Abul-Hassán.

El niño se crió en brazos de nodrizas y en brazos de bellas esclavas, y como a cosa preciosa le cuidaron mujeres y criados hasta que estuvo en edad de estudiar. Entonces se le confió a los maestros más sabios, que le enseñaran a leer las palabras sublimes del Corán y le adiestraron en la escritura hermosa, en la poesía, en el cálculo, y sobre todo en el arte de disparar el arco. Por lo tanto, su instrucción superó a la que en su generación y su siglo era corriente; ¡pero no fué esto todo! Porque a sus diversos conocimientos añadía un encanto mágico y era perfectamente bello.

He aquí en qué términos los poetas de su tiempo describieron sus gracias juveniles, la frescura de sus mejillas, las flores de sus labios y el naciente bozo que los adornaba:

¿Ves en el jardín de sus mejillas esos botones de rosa que intentan entreabrirse, aunque la primavera pasó ya por los rosales?

¿No te asombra ver todavía florecer la rosa y apuntar el bozo en el hoyo sombrío de sus labios, como las violetas bajo las hojas?

El joven Abul-Hassán fué, pues, la alegría de su padre y la delicia de sus pupilas durante el tiempo que el Destino le marcó de antemano. Pero cuando el anciano sintió acercarse el término que le estaba fijado, hizo sentarse a su hijo entre sus manos un día entre los días, y le dijo: "Hijo mío, se aproxima mi fin, y ya sólo me resta prepararme a comparecer ante el Dueño Soberano. Te lego grandes bienes, muchas riquezas y. propiedades, poblados enteros y fértiles tierras y abundosos huertos, que os bastarán para vivir, no sólo a ti, sino también a los hijos de tus hijos. ¡Únicamente te recomiendo que sepas aprovecharte de ello sin abusar y dando gracias al Retribuidor y con el respeto que le es debido!" Luego murió de su enfermedad el viejo comerciante, y Abul-Hassán se afligió en extremo, y cuando terminaron las exequias estuvo de duelo y se encerró con su dolor.

Pero no tardaron sus camaradas en distraerle y alejarle de sus penas, obligándole a entrar en el hammam para que se refrescara y a cambiar de trajes luego; y le dijeron, a fin de consolarle por completo: "¡Quien se reproduce en hijos como tú, no muere! ¡Aleja la tristeza, pues, y piensa en aprovecharte de tu juventud y de tus bienes!"

De modo que Abul-Hassán olvidó poco a poco los consejos de su padre, y acabó por persuadirse de que eran inagotables la dicha y la fortuna. Así, pues, no dejó de satisfacer todos sus caprichos, entregándose a todos los placeres, visitando a las cantarinas y tañedoras de instrumentos, comiendo todos los días una cantidad enorme de pollos, porque le gustaban los pollos, complaciéndose en destapar las botellas añejas de licores enervantes y de oír el tintineo de las copas que se entrechocan, deteriorando lo que pudo deteriorar, arruinando lo que pudo arruinar y trastornando lo que pudo trastornar, ¡hasta tal punto que a la postre se despertó un día sin nada entre las manos, a no ser su persona! Y de cuantos servidores y mujeres le hubo legado su difunto padre, no le quedaba más que una sola esclava entre las numerosas esclavas.

Pero aun tuvo que admirar la continuidad dichosa de la suerte, que quiso fuese precisamente la propia maravilla de todas las esclavas de las comarcas de Oriente y de Occidente la que habitaba en la casa, ya sin lustre, del pródigo Abul-Hassán, hijo del difunto comerciante.

Efectivamente, esta esclava se llamaba Simpatía, y en verdad que jamás nombre alguno cuadró mejor a las cualidades de la que lo llevaba. La esclava Simpatía era una adolescente tan derecha como la letra aleph, de estatura proporcionada, y tan esbelta y delicada que podía desafiar al sol a que prolongase en el suelo su sombra; maravillosas eran la belleza y la lozanía de su rostro; todas sus facciones ostentaban con claridad la huella de la bendición y el buen augurio; su boca parecía sellada con el sello de Soleimán, como para guardar precisamente el tesoro de perlas que encerraba; eran sus dientes collares dobles e iguales; las dos granadas de su seno aparecían separadas por el intervalo más encantador, y su ombligo era lo suficiente ancho y profundo para contener una onza de manteca moscada. En cuanto a su grupa monumental, remontaba dignamente la finura de su talle, y dejaba profundamente impreso en divanes y colchones el hueco creado por la importancia de su peso. Y a ella se refería esta canción del poeta:

¡Es solar, es lunar, es vegetal como el tallo del rosal; está tan lejos del color de la tristeza, cual lo están el sol, la luna y el tallo del rosal!

¡Cuando aparece, conmueve profundamente los corazones su presencia, y cuando se aleja los corazones quedan aniquilados!

¡El cielo está en su rostro, sobre su túnica se extienden las grandezas del Edén, entre las cuales corre el arroyo de la vida, y la luna brilla bajo su manto!

¡En su cuerpo encantador se armonizan todos los colores: el encarnado de las rosas, la blancura resplandeciente de la plata, el negro de la baya madura y el color del sándalo! ¡Y es tan grande su belleza que hasta el deseo la defiende!

¡Bendito sea quien desplegó sobre ella la hermosura! ¡Feliz el amante que pueda saborear las delicias de sus palabras!

Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo Abul-Hassán...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 269



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Pero cuando llegó la 269ª noche

Ella dijo:

Al oír aquello, Yazmina exhaló un agudo grito y cayó desmayada. Y cuando volvió en sí, prorrumpió en sollozos y se echó al cuello de su hijo Aslán, y le dijo entre lágrimas: "¡Oh hijo mío, Alah acaba de hacer brillar la verdad! ¡No puedo callar ya mi secreto! Sabe, ¡oh mi Aslán! que el emir Khaled no es más que tu padre adoptivo; tu padre por la sangre es mi amado esposo Grano-de-Belleza, que fué castigado, según ves, en lugar del culpable. Por consiguiente, hijo mío, tienes que ir a buscar enseguida a un antiguo amigo íntimo de tu padre, el venerable jefe de la guardia del califa, y contarle lo que acabas de descubrir. Y después le dirás: "¡Te ruego por Alah que me vengues del matador de mi padre Grano-de-Belleza!"

Inmediatamente el joven Aslán fué a buscar al jefe de los guardias de palacio, al mismo que había salvado la vida de Grano-de-Belleza, y le dijo lo que Yazmina le había encargado que le dijera.

Entonces el jefe de los guardias, en el colmo de la sorpresa y de la alegría, dijo a Aslán: "¡Bendito sea Alah, que desgarra los velos y hace brotar la claridad entre las tinieblas!" Y añadió: "Mañana mismo, ¡oh hijo mío! ¡Alah te vengará!"

En efecto, aquel día el califa daba un gran torneo en que debían justar todos los emires y los mejores jinetes de Bagdad, y se había de organizar una partida de pelota a caballo. Y el joven Aslán estaba entre los jugadores de pelota. Y se había puesto su cota de malla y cabalgaba el mejor caballo de las cuadras de su padre adoptivo el emir Khaled. Y realmente estaba espléndido, y hasta el califa se prendó en extremo de su continente y de su viva juventud. Y quiso que fuera su compañero.

Y empezó el juego. Y por una y otra parte los jugadores desplegaron gran arte en sus movimientos y maravillosa destreza para despedir la pelota con el mazo a todo galope de los caballos. Pero de pronto, uno de los jugadores del bando opuesto al que dirigía el califa en persona lanzó la pelota derechamente contra la cara del califa, con golpe tan diestro y vigoroso, que infaliblemente el califa habría perdido un ojo y acaso la vida, si el joven Aslán con admirable maestría, no hubiera parado la pelota al vuelo con su mazo. Y la devolvió tan terriblemente en dirección contraria, que alcanzó en la espalda al jinete que la había lanzado, y le hizo perder los estribos y le rompió el espinazo.

Vista tan brillante acción, el califa miró al joven, y le dijo: "¡Vivan los valientes!, ¡Oh hijo del emir Khaled!"

Y el califa se apeó enseguida, después de dar fin al torneo, y reunió a los emires y a todos los jinetes que habían tomado parte en el juego, y llamó al joven Aslán, y ante todos los circunstantes le dijo:

"¡Oh valeroso hijo del walí de Bagdad, quiero oírte a ti mismo calcular la recompensa que merece una hazaña como la tuya! ¡Estoy dispuesto a acceder a todas tus peticiones! ¡Habla!"

Entonces el joven Aslán besó la tierra entre las manos del califa, y le dijo: "¡Pido la venganza al Emir de los Creyentes! ¡La sangre de mi padre aun no ha sido rescatada y vive el matador!"

Al oír tales palabras, el califa llegó al límite del asombro, y exclamó: "¿Qué dices, ¡oh Aslán! de vengar a tu padre? ¡Pero si tu padre, el emir Khaled, está a mi lado, bien vivo gracias a Alah!" Pero Aslán contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡El emir Khaled ha sido para mí el mejor de los padres adoptivos! Sabe, en efecto, que no soy su hijo por la sangre, pues mi padre fué Grano-de-Belleza, el gobernador de palacio".

Cuando el califa oyó aquellas palabras vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y dijo con voz alterada: "Hijo mío, ¿no sabes que tu padre fué traidor al Príncipe de los Creyentes?" Pero Aslán exclamó: "¡Preserve Alah a mi padre de haber sido el autor de la traición! El traidor está a tu izquierda, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Es el jefe de vigilancia, Ahmed-la-Tiña! ¡Manda que lo registren, y en su bolsillo se encontrarán las pruebas de su traición!"

Al oír aquello, el califa mudó de color y se puso amarillo como el azafrán, y con voz espantable llamó al jefe de la guardia y le dijo: Registra delante de mí al jefe de vigilancia". Entonces el jefe de los guardias, el íntimo amigo de Grano-de-Belleza, se acercó a Ahmedla-Tiña y le registró los bolsillos en un momento, y sacó de pronto la lámpara de oro robada al califa.

Entonces éste, sin poder apenas reprimirse, dijo a Ahmed-la-Tiña: "¡Ven acá! ¿De dónde te ha venido esa lámpara?" El otro contestó: “¡La compré!, ¡oh Príncipe de los Creyentes!" Y el califa dijo a los guardias: "¡Dadle ahora mismo de palos hasta que confiese!" Y enseguida Ahmed-la-Tiña fué apresado por los guardias, desnudado, y apaleado, y acribillado a golpes, hasta que confesó y contó toda la historia desde el principio hasta el fin.

El califa se volvió entonces hacia el joven Aslán, y le dijo: "¡Ahora te toca a ti! ¡Lo vas a ahorcar con tus propias manos!" Y enseguida los guardias echaron la cuerda al cuello de Ahmed-la-Tiña, y Aslán la cogió con ambas manos, y ayudado por el jefe de los guardias izó al bandido hasta lo más alto de la horca, levantada en medio del campo de carreras.

Cuando se hubo hecho justicia, el califa dijo a Aslán: "¡Hijo mío, todavía no me has pedido una merced por tu hazaña!" Y Aslán respondió: "¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡Ya que me permites una petición, te ruego que me devuelvas a mi padre!"

Al oír aquello, el califa se echó a llorar, conmovidísimo, y después murmuró: "Pero ¿no sabes, hijo mío, que tu padre murió ahorcado en virtud de una sentencia injusta? O más bien es probable que muriera, pero no seguro. ¡Por esto, te juro por el valor de mis antepasados otorgar el mayor favor a quien me anuncie que tu padre Grano-de-Belleza no ha muerto!"

Entonces el jefe de los guardias se adelantó hasta la presencia del califa y dijo: "Dame tu palabra de seguridad". Y el califa respondió: "¡La seguridad está contigo! ¡Habla!" Y el jefe de los guardias dijo: "Te anuncio la buena nueva, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Tu antiguo y fiel servidor Grano-de-Belleza está vivo!"

El califa exclamó: "¿Es cierto lo que dices?" El jefe de los guardias contestó: "¡Por la vida de tu cabeza, te juro que es la verdad! ¡Yo fuí el que salvé a Grano-de-Belleza, mandando ahorcar en lugar suyo a un sentenciado que se le parecía como un hermano se parece a un hermano! ¡Y ahora él está seguro en Iskandaria, en donde supongo que será tendero del zoco!

Al oír aquello, el califa se puso contentísimo, y dijo al jefe de los guardias: "¡Hay que ir a buscarle y traérmelo en brevísimo plazo!" Y el jefe de los guardias contestó: "¡Escucho y obedezco!" Entonces el califa mandó que le entregaran diez mil dinares para gastos de viaje, y el jefe de los guardias se puso en camino para Iskandaria, donde le encontraremos, si Alah quiere.

Y ahora verás lo que pasó a Grano-de-Belleza.

El buque en que había tomado pasaje llegó a Iskandaria después de una excelente travesía que le había destinado Alah (¡bendito sea!), Grano-de-Belleza desembarcó rápidamente y quedó encantado del aspecto de Iskandaria, que nunca había visto, a pesar de ser natural de El Cairo. Y fué enseguida al zoco, en donde alquiló una tienda ya preparada y que se ponía a la venta en aquel estado, según anunciaba el pregonero. Era una tienda cuyo amo acababa de morirse de repente. Estaba amueblada con divanes, cual es costumbre, y sus mercancías consistían en objetos para la gente de mar, como velas, cuerdas, cordeles, arcas sólidas, sacas para pacotillas, armas de todas formas y precios, y sobre todo una cantidad enorme de hierro y antigüedades muy estimables por los capitanes de marina, que las compraban allí para venderlas a la gente de Occidente, pues los de este país estiman en mucho las cosas antiguas, y cambian sus mujeres e hijas por un pedazo de madera podrida, por ejemplo, o por una piedra talismánica, o por un sable viejo y enmohecido.

No es, pues, de asombrar que Grano-de-Belleza, durante los largos años de su destierro de Bagdad, tuviera muy buena suerte en su comercio y ganara diez por uno, ya que no hay nada más productivo que la venta de antigüedades, que se compran, por ejemplo, por un dracma y se revenden por diez dinares.

Cuando Grano-de-Belleza hubo vendido todo lo que encerraba la tienda y se disponía a revenderla vacía, vió de pronto en uno de los estantes que sabía estaban desguarnecidos, un objeto rojo y brillante.

Lo cogió y comprobó, en el límite del asombro, que era una gran gema talismánica, tallada en seis facetas y colgada de cadenilla de oro viejo. Y en las facetas estaban grabados nombres con caracteres desconocidos, que se parecían mucho a hormigas o a insectos del mismo tamaño. Y la miraba con extraordinaria atención, calculando lo que podría valer, cuando advirtió delante de su tienda a un capitán mercante que se había parado para ver desde más cerca aquel objeto que distinguió desde la calle.

El capitán, después de saludar, dijo a Grano-de-Belleza: "¡Oh mi dueño! ¿Puedes cederme esa gema, si es que está a la venta?" El otro contestó: "Todo está a la venta, hasta la tienda". El capitán preguntó: "Entonces, ¿consientes en venderme esa gema por ochenta y cuatro mil dinares de oro?" Grano-de-Belleza, al oír aquello, pensó: "¡Por Alah! ¡Esta gema debe ser fabulosamente preciosa! ¡Me voy a hacer el descontentadizo!" Y contestó: "¡Tú tienes ganas de bromas!, ¡oh capitán! Pues ¡por Alah! a mí me cuesta cien mil dinares". El otro dijo: "Entonces, ¿quieres dármela en cien mil?" Grano-de-Belleza dijo: ¡Bueno! ¡Pero es por ser para ti!" Y el capitán le dió las gracias y le dijo: "No tengo encima tanto dinero. Pero vendrás conmigo a bordo, y cobrarás el precio, y además te haré un regalo de dos piezas de paño, dos de terciopelo y dos de raso".

Entonces Grano-de-Belleza se levantó, cerró con llave la puerta de la tienda y siguió al capitán. Y éste le rogó que le esperara sobre la cubierta, y se marchó para buscar el dinero. Pero no volvió a aparecer, y de pronto las velas se desplegaron por completo y la nave hendió el mar como un pájaro.

Cuando Grano-de-Belleza se vió prisionero en el agua, fué muy grande su estupefacción. Pero a nadie podía recurrir, tanto menos cuanto que no veía a ningún marinero a quien pedir explicaciones, y el barco volaba por el mar como si lo impulsara una fuerza invisible.

Mientras se hallaba perplejo y asustado, vió por fin llegar al capitán, que se acariciaba las barbas y le miraba con aspecto burlón, y acabó por decirle: "¿Eres realmente musulmán, Grano-de-Belleza, hijo de Schamseddin de El Cairo, que has estado en Bagdad en el palacio del califa?" El otro contestó: "Yo soy el hijo de Schamseddin". Y el capitán dijo: "¡Pues bien! ¡Dentro de pocos días llegaremos a Genoa, a nuestro país cristiano! ¡Y ya verás, musulmán, la vida que allí te espera!" Y se fué.

Y efectivamente, después de una feliz navegación, el barco llegó al puerto de Genoa, ciudad de los cristianos de Occidente. Y enseguida una vieja, acompañada por dos hombres, fué a bordo a buscar a Grano-de-Belleza, que no sabía ya qué pensar de aquellos sucesos. No obstante, fiándose del Destino bueno o malo que le dirigía, siguió a la vieja, la cual atravesando la ciudad, le guió a una iglesia que pertenecía a un convento de monjes.

Llegados a la puerta de la iglesia, la vieja se volvió hacia Grano-de-Belleza, y le dijo: "En adelante debes considerarte como criado de esta iglesia y de este convento. Tu servicio consistirá en despertarte todos los días al amanecer, para empezar por ir al bosque a buscar leña y volver lo antes posible para lavar el piso de la iglesia y el convento, sacudir las esteras y barrerlo todo; después cribarás el trigo, lo molerás, harás la masa del pan, la cocerás en el horno, cogerás una medida de lentejas, las molerás, las guisarás, y llenarás con ellas luego trescientas setenta escudillas, que habrás de entregar una por una a los trescientos setenta monjes del convento; más tarde vaciarás los orinales que están en las celdas de los monjes; por último, acabarás la obra regando el jardín y llenando los cuatro estanques y los toneles colocados a lo largo de la pared. Y este trabajo tiene que estar acabado siempre antes de mediodía, pues has de consagrar todas las tardes a obligar a los transeúntes a ir de buena o mala gana a la iglesia a oír el sermón, y si se niegan, ahí tienes una maza coronada por una cruz de hierro, con la cual les matarás por orden del rey. Así no quedarán en la ciudad más que los cristianos fervientes que vendrán aquí a que los monjes los bendigan, ¡ahora, empieza el trabajo y cuida de no olvidar mis encargos!"

Y dichas estas palabras, la vieja le miró guiñándole el ojo, y se fué. Entonces Grano-de-Belleza dijo para sí: "¡Por Alah! ¡Eso es imposible!" Y no sabiendo qué decidir, entró en la iglesia, completamente desierta en aquel momento, y se sentó en un banco para tratar de reflexionar acerca de sucesos tan extraños como los que alternativamente iban sucediéndole.

Allí llevaba una hora, cuando oyó llegar a él, por debajo de los pilares, una voz tan dulce de mujer, que la escuchó en éxtasis, olvidando sus tribulaciones. Y tanto le conmovió aquella voz, que todas las aves de su alma se pusieron a cantar inmediatamente a un tiempo, y notó que bajaba sobre él la frescura bendita que la melodía solitaria da al espíritu. Y ya se levantaba para buscar la voz, cuando ésta se calló.

Pero de pronto, por entre las columnas apareció muy tapada una figura de mujer que adelantose hacia él, y le dijo con voz trémula: "¡Ah Grano-de-Belleza! ¡Cuánto tiempo hacía que pensaba en ti! ¡Bendito sea Alah, que ha permitido por fin que nos juntemos! ¡Enseguida vamos a casarnos!"

Al oír semejantes palabras, Grano-de-Belleza exclamó: "No hay más Dios que Alah! ¡Seguramente todo cuanto me ocurre es un sueño! ¡Y en cuanto el sueño se disipe, me encontraré de nuevo en mi tienda de Iskandaria!"Pero la joven dijo: "¡No, ¡oh Grano-de-Belleza! es una realidad! Estás en la ciudad de Genoa, a la cual te he hecho transportar, a pesar tuyo, por mediación del capitán de marina que está a las órdenes de mi padre, el rey de Genoa. Sabe que, efectivamente, soy la princesa Hosn-Mariam, hija del rey de esta ciudad. La hechicería, que aprendí de niña, me ha revelado tu existencia y tu hermosura, y me he enamorado tanto de ti que envié al capitán a buscarte a Iskandaria. Y aquí en mi cuello está la gema talismánica que encontraste en tu tienda, y que había sido puesta en un estante por el mismo capitán para atraerte a bordo de su nave. Y dentro de pocos momentos verás claro el poder maravilloso que me da esta gema. Pero ante todo has de casarte conmigo. Y entonces quedarán satisfechos todos tus deseos". Grano-de-Belleza le dijo: "¡Oh princesa! ¿Me prometes siquiera volver a llevarme a Iskandaria?" Ella dijo: "Es lo más fácil". Y entonces consintió en casarse con ella.

Enseguida la princesa Mariam le dijo: "¿De modo que quieres volver inmediatamente a Iskandaria?" El contestó: "¡Sí, por Alah!"

Ella dijo: "¡Vamos allá!" Y cogió la cornalina y volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabada la imagen de una cama, y frotó rápidamente aquella cara con el pulgar, diciendo: "¡Oh cornalina, en nombre de Soleimán te ordeno que me proporciones una cama de viaje!"

Apenas pronunciadas tales palabras, se colocó delante de ellos un lecho de viaje, con sus sábanas y almohadones. Lo ocuparon los dos y se tendieron cómodamente. Entonces la princesa Mariam cogió entre los dedos la cornalina, volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabado un pájaro, y dijo: ¡Cornalina, ¡oh cornalina! te ordeno, por el nombre de Soleimán, que nos transportes sanos y salvos a Iskandaria por la vía más directa!

Apenas había dado la orden, cuando la cama se levantó sola por el aire, sin sacudidas, subió hasta la cúpula, salió por el mayor ventanal, y más rápida que el ave más rápida, hendió el espacio con maravillosa regularidad, y en menos tiempo que el necesario para orinar los depositó en Iskandaria.

Y en el instante mismo en que se apeaban, vieron llegar con dirección a ellos a un hombre vestido a la moda de Bagdad, a quien conoció en seguida Grano-de-Belleza: era el jefe de los guardias. Acababa de desembarcar en aquel momento para ponerse en busca del sentenciado. Se echaron uno en brazos de otro, y el jefe de los guardias anunció a Grano-de-Belleza la noticia del descubrimiento del culpable y de su ejecución, le contó todos los sucesos que habían pasado en Bagdad durante catorce años, y también le comunicó el nacimiento de su hijo Aslán, que había llegado a ser el caballero más hermoso de Bagdad.

Y Grano-de-Belleza, por su parte, refirió al jefe de los guardias todas sus aventuras desde el principio hasta el fin. Y aquello asombró en extremo al jefe de la guardia, que, cuando se le calmó algo la emoción, le dijo: "¡El Emir de los Creyentes desea verte cuanto antes!"

El otro contestó: "¡Cierto que sí! Pero permíteme antes ir a El Cairo a besar la mano de mi padre Schamseddin y a mi madre, y a decidirlos a que vengan con nosotros a Bagdad".

Entonces el jefe de los guardias subió con ellos a la cama que en un momento les transportó a El Cairo, precisamente a la calle Amarilla, en donde estaba la casa de Schamseddin. Y llamaron a la puerta. Y la madre bajó a ver quién llamaba así, y preguntó: "¿Quién llama?" Y él contestó: "¡Soy yo, tu hijo Grano-de-Belleza!"

El júbilo de la madre fué inmenso, pues desde hacía muchos años se había puesto de luto, y cayó desmayada en brazos de su hijo. Y al venerable Schamseddin le pasó lo propio.

Cuando hubieron descansado tres días en la casa, subieron todos juntos a la cama, que por orden de la princesa Hosn-Mariam les transportó sanos y salvos a Bagdad, en donde el califa recibió a Grano-de-Belleza abrazándole cual a un hijo, y le colmó de empleos y honores, así como a su padre Schamseddin y a su hijo Aslán.

Después de lo cual, Grano-de-Belleza se acordó de que en resumen el primer promotor de su fortuna era Mahmud-el-Bilateral, que al principio le había obligado con tanto ingenio a viajar, y más tarde le había recogido desprovisto de todo en la plataforma de la fuente pública. Y mandó buscarle por todas partes, y acabó por encontrarlo sentado en un jardín en medio de muchachos, con los cuales cantaba y bebía. Y le rogó que fuera a palacio y le hizo nombrar, por muy bilateral que fuera, jefe de vigilancia de Bagdad, en lugar de Ahmed-la-Tiña.

Cumplido este deber, Grano-de-Belleza, dichoso al encontrar un hijo tan hermoso y valiente como el joven Aslán, dió gracias a Alah por sus favores. Y vivió años y años en Bagdad en el colmo de la ventura entre sus tres esposas, Zobeida, Yazmina y Hosn-Mariam, hasta que fué visitado por la Destructora de delicias y Separadora de amigos. ¡Alabado sea el Inmutable, en el Cual convergen todas las cosas creadas!"

Y Schehrazada, al concluir de contar esta historia, se sintió algo cansada, y se calló.

Entonces el rey Schahriar, que había permanecido inmóvil de atención todo aquel tiempo, exclamó: "Esa historia de Grano-de-Belleza. ¡Oh Schehrazada! es realmente extraordinaria, y la de Mahmud-el-Bilateral y la de Sésamo el corredor con su receta para calentar los compañones fríos, me han gustado en extremo. Pero he de expresarte mi asombro al ver tan pocos poemas en esta historia, pues ya estaba acostumbrado a los versos espléndidos. ¡Y además, he de decirte que las cosas del Bilateral todavía son para mí algo oscuras, y me encantaría que me dieras una explicación más clara de ellas, si es que puedes!"

Al oír lo dicho por el rey Schahriar, Schehrazada sonrió ligeramente y miró a su hermana Doniazada, a la cual encontró muy divertida; y después dijo al rey: "Ahora que esta niña lo puede oír todo, ¡oh rey afortunado! quiero contarte una o dos de las Aventuras del poeta Abu-Nowas, el más delicioso y encantador e ingenioso de todos los poetas del Irán y de Arabia.

Y la pequeña Doniazada se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió a arrojarse en los brazos de su hermana, a quien abrazó tiernamente, y le dijo: "¡Oh, por favor, Schehrazada, empieza en seguida! Serías tan amable si así lo hicieses, ¡oh hermana mía!" Y dijo Schehrazada: "Con mucho gusto, y como debido homenaje a este rey dotado de tan buenos modales".

Pero como viese aparecer la mañana, Schehrazada, siempre discreta, dejó el relato para el siguiente día.

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Noche 268




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Pero cuando llegó la 268ª noche

Ella dijo:

... y la dejó para ir a preparar el golpe.

Y hay que advertir que aquella noche el califa había entrado en el aposento de su esposa porque era el primer día del mes, y reservaba con regularidad aquel día para hablar con ella de los asuntos corrientes y preguntarle su opinión sobre todas las cuestiones generales y particulares del Imperio.

Efectivamente, cifraba en ella una confianza ilimitada, y la quería por su cordura y su belleza inextinguible. Pero también hay que advertir que antes de entrar en la habitación de su esposa el califa tenía costumbre dejar en el vestíbulo, encima de un velador especial, un rosario de cuentas alternadas de ámbar y turquesas, su alfanje recto, con empuñadura de jade incrustada de rubíes gordos como huevos de paloma, su sello regio y una lamparita de oro adornada con pedrería, que le alumbraba cuando por las noches inspeccionaba secretamente el palacio.

Ahmed-la-Tiña conocía todos estos pormenores, que le sirvieron para realizar su proyecto. Aguardó las tinieblas de la noche y el sueño de los esclavos para colgar una escala de cuerda a lo largo del muro del pabellón que servía de aposento a la esposa del califa, trepar por ella y penetrar silencioso como una sombra en el vestíbulo. Llegado allí, se apoderó en un momento de los cuatro objetos preciosos, y se apresuró a bajar por donde había subido.

Desde allá corrió a casa de Grano-de-Belleza, y por el mismo medio penetró en el patio, y sin hacer el menor ruido quitó uno de los baldosines de mármol del pavimento, abrió rápidamente un hoyo y allí metió los objetos robados. Y después de haberlo dejado todo en orden, desapareció para seguir bebiendo en la taberna del judío Abraham.

Sin embargo, Ahmed-la-Tiña, a fuer de perfecto ladrón, no había podido resistir al deseo de apropiarse de uno de los objetos preciosos. Por lo tanto, había separado la lamparita de oro, y en vez de enterrarla con lo demás en el hoyo, se la había metido en el bolsillo, diciendo para sí: "¡No acostumbro dejar de cobrar la comisión! ¡Me pagaré a mí mismo! "

Volviendo al califa, grande fué su sorpresa cuando por la mañana ya no encontró en el velador los cuatro objetos preciosos. Y cuando, interrogados los eunucos se tiraron de bruces al suelo protestando de su ignorancia, le entró al califa una cólera sin límites, de tal modo, que se puso inmediatamente el terrible ropón del furor. El tal ropón era todo de seda roja; y cuando el califa se lo ponía era señal de seguro desastre y de calamidades espantosas sobre la cabeza de cuantos le rodeaban.

Revestido el califa con el ropón rojo, entró en el diván y se sentó en el trono, solo en el salón. Y todos los chambelanes y visires entraron uno por uno y se prosternaron con la cara contra el suelo, y permanecieron en tal postura, menos Giafar, que aunque muy pálido, estaba erguido, con los ojos fijos en los pies del califa.

Pasada una hora de espantable silencio, el califa miró a Giafar impasible, y le dijo con voz sorda: "¡La copa hierve!" Giafar contestó: "¡Alah evite todo mal!"

Pero en aquel momento entró el walí acompañado de Ahmed-la-Tiña. Y el califa le dijo: "¡Acércate, emir Khaled! ¡Dime cómo está la tranquilidad pública en Bagdad!"

El walí, padre de Gordo-Hinchado, "contestó: "La tranquilidad es perfecta en Bagdad, ¡oh Emir de los Creyentes!" El califa exclamó: "¡Mientes!" Y como el walí, trastornado, aun no sabía el origen de aquella ira, Giafar, que estaba a su lado, le deslizó al oído en dos palabras el motivo, acabando de consternarle.

Después le dijo el califa: "¡Si antes de esta noche no has podido dar con los objetos preciosos que me son más queridos que mi reina, colgaremos tu cabeza a la puerta de palacio!"

Oídas estas palabras, el walí besó la tierra entre las manos del califa, y exclamó: "¡Oh Emir de los Creyentes! el ladrón debe ser alguien de palacio, porque el vino que se agria lleva en sí su propio fermento. Y además, permite decir a tu esclavo que el único responsable ha de ser el comandante especial encargado de esta vigilancia, y que además conoce uno por uno a todos los ladrones de Bagdad y del Imperio. Su muerte habría de preceder por lo tanto a la mía, si no, aparecieran los objetos perdidos".

Entonces se adelantó Ahmed-la-Tiña, comandante de vigilancia, y, después de los homenajes debidos, dijo al califa: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Descubriremos al ladrón! Pero ruego al califa me facilite un firmán que me permita hacer pesquisas en casa de todos los habitantes de palacio y en las de todos los que entran aquí, sin excluir la del kadí, ni la del gran visir Giafar, ni la de Grano-de-Belleza, gobernador de palacio". Y el califa mandó que se le facilitara en el acto el firmán pedido, y dijo: "De todos modos he de cortar la cabeza a alguien, o a ti o al ladrón. ¡Escoge! ¡Y juro por mi vida y por la tumba de mis antepasados, que aunque el ladrón fuera mi hijo, el heredero de mi trono, mi decisión será la misma: la muerte por horca en la plaza pública!"

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña, con el firmán en la mano, se retiró y fué a buscar a dos guardias del kadí y a otros dos del walí, y empezó inmediatamente sus pesquisas visitando la casa de Giafar y la del kadí y la del walí, y llegó después a la de Grano-de-Belleza, que todavía ignoraba cuanto acababa de ocurrir.

Ahmed-la-Tiña, con el firmán en una mano y una pesada vara de cobre en la otra, entró en el vestíbulo y enteró de la situación a Grano-de-Belleza, y le dijo: "Yo me guardaría muy bien, señor, de llevar a cabo pesquisas en la casa del fiel confidente del califa. ¡Permíteme, pues, que me retire como si la hubiera hecho!"

Grano-de-Belleza dijo: "¡Alah me libre de todo ello!, ¡oh jefe de vigilancia! ¡Tienes que cumplir tu deber hasta el fin!" Entonces Ahmed-la-Tiña dijo: "Voy a hacerlo sólo por fórmula". Y con aspecto negligente salió al patio y empezó a darle la vuelta, golpeando en cada baldosín de mármol con la pesada vara de cobre, hasta que llegó al baldosín consabido, que al recibir el golpe, sonó a hueco.

Al oír este sonido, Ahmed-la-Tiña exclamó: "¡Oh señor, por Alah! ¡Se me figura que aquí debajo debe haber algún subterráneo que encierra un tesoro de pasados tiempos!" Y Grano-de-Belleza dijo a los cuatro guardias: "Tratad, pues, de quitar el baldosín, para que veamos lo que hay debajo". Y enseguida los guardias hicieron penetrar sus instrumentos en las junturas del baldosín de mármol y lo levantaron. ¡Y a la vista de todos aparecieron tres de los objetos robados: el alfanje, el sello y el rosario!

Al verlos, gritó Grano-de-Belleza: "¡En nombre de Alah!", y cayó desmayado.

Entonces Ahmed-la-Tiña mandó llamar al kadí, y al walí, y a los testigos, que levantaron inmediatamente acta del descubrimiento; y todos pusieron su sello en el documento, y el kadí en persona fué a entregárselo al califa, mientras los guardias se apoderaban de Grano-de-Belleza.

Cuando el califa tuvo entre las manos los tres objetos robados, menos la lámpara, y se enteró de que se habían encontrado en la casa de aquel a quien consideraba su más fiel confidente e íntimo amigo, a quien había colmado de mercedes, depositando en él ilimitada confianza, permaneció durante una hora sin decir palabra, y después se volvió hacia el jefe de los guardias y dijo: "¡Que le ahorquen!"

Inmediatamente salió el jefe de los guardias y mandó pregonar la sentencia por todas las calles de Bagdad, y fué a la casa de Grano-de Belleza, al cual prendió, y cuyos bienes y mujeres confiscó en el acto. Los bienes ingresaron en el Tesoro Público y las mujeres iban a ser subastadas en el mercado como esclavas; pero entonces el walí, padre de Gordo-Hinchado, declaró que se llevaba una, que era la esclava comprada por Giafar, y el jefe de los guardias hizo llevar a su propia casa a la otra, que era Zobeida, la de la voz hermosa.

Y este jefe de guardias era precisamente el mejor amigo de Grano de-Belleza, y le había consagrado un afecto paternal que nunca habíase desmentido. Y aunque ejecutaba en público las terribles medidas de rigor dictadas contra Grano-de-Belleza por la ira del califa, se propuso salvar la cabeza de su hijo adoptivo, y empezó por poner en seguridad dentro de su casa a una de sus esposas, a la bella Zobeida, aniquilada por la desventura.

Aquella misma noche había de ser ahorcado Grano-de-Belleza, encadenado por lo pronto en la cárcel. Pero el jefe de los guardias velaba por él. Fué a buscar al carcelero mayor, y le dijo: "¿Cuántos presos hay condenados a que les ahorquen esta semana sin remedio?" El otro contestó: "Unos cuarenta, poco más o menos". El jefe de los guardias dijo: "Quiero verlos a todos". Y les pasó revista uno tras otro repetidas veces y acabó por escoger uno que se parecía de un modo asombroso a Grano-de-Belleza, y dijo al carcelero: "¡Este me va a servir, como en otro tiempo la bestia sacrificada por el Patriarca padre de Ismael en lugar de su hijo!"


Se llevó, pues, al preso, y a la hora señalada para el suplicio fué a entregárselo al verdugo, que inmediatamente, y ante la muchedumbre inmensa congregada en la plaza, y después de las formalidades piadosas acostumbradas, echó la cuerda al cuello del supuesto Grano-de-Belleza, y de un empujón lo lanzó, ahorcado, al espacio.

Hecho esto, el jefe de los guardias aguardó que oscureciera para ir a sacar de la cárcel a Grano-de-Belleza y llevárselo ocultamente a su casa. Y entonces le reveló lo que acababa de hacer por él, y le dijo: "Pero, ¡por Alah! ¿Cómo te dejaste tentar por esos objetos preciosos, hijo mío, habiendo puesto el califa en ti toda su confianza?"

Al oír estas palabras, Grano-de-Belleza cayó desmayado de emoción, y cuando recobró el sentido a fuerza de cuidados, exclamó: "¡Por el Nombre augusto y por el Profeta, ¡oh padre mío! soy completamente ajeno a ese robo y desconozco su causa y su autor!" Y el jefe de los guardias no vaciló en creerlo, y le dijo: "¡Tarde o temprano, hijo mío, se descubrirá al culpable! ¡Pero tú no puedes seguir un momento en Bagdad, pues no en vano se tiene a un rey por enemigo! Por lo tanto, me voy a marchar contigo, dejando en casa cerca de mi mujer a tu esposa Zobeida, hasta que Alah, con su sabiduría, varíe tal estado de cosas".

Después, sin dar tiempo siquiera a Grano-de-Belleza para despedirse de su esposa Zobeida, se lo llevó, diciéndole: "Ahora mismo nos vamos al puerto de Ayas, en el mar salado, para embarcarnos hacia Iskandaria, en donde aguardarás los sucesos, viviendo tranquilamente, pues esa ciudad de Iskandaria, ¡oh hijo mío! es muy agradable de habitar y sus alrededores son verdes y benditos!"

Enseguida ambos se pusieron en camino, de noche, y pronto se vieron fuera de Bagdad. Pero no tenían cabalgaduras, y ya no sabían cómo proporcionárselas, cuando vieron a dos judíos cambistas de Bagdad, hombres muy ricos y conocidos del califa. Entonces el jefe de los guardias temió que fueran a contar al califa que le habían visto con Grano-de-Belleza vivo. Se adelantó hacia ellos y les dijo: "¡Bajad de las mulas!" Y los dos judíos se apearon, temblando, y el jefe de los guardias les cortó la cabeza, les cogió el dinero y montó en una mula, dándole la otra a Grano-de-Belleza; y ambos siguieron su camino hacia el mar.

Llegados a Ayas, cuidaron de confiar sus mulas al propietario del khan en que pararon para descansar, encargándole que las cuidase mucho, y al día siguiente buscaron juntos un barco que saliera para Iskandaria. Acabaron por encontrar uno que estaba a punto de darse a la vela. Entonces, el jefe de los guardias, después de dar a Grano-de-Belleza todo el oro arrebatado a los judíos, le aconsejó vehementemente que aguardara en Iskandaria con toda serenidad las noticias que no dejaría de enviarle desde Bagdad, y hasta que esperase su llegada a Iskandaria, desde donde le volvería a llevar a Bagdad, cuando se descubriera al culpable. Luego le abrazó, llorando, y le dejó cuando ya el navío henchía las velas. Y se volvió a Bagdad.

Y véase lo que averiguó:

Al día siguiente de ahorcar al supuesto Grano-de-Belleza, el califa, muy trastornado todavía, llamó a Giafar y le dijo: "¿Has visto, ¡oh mi visir! cómo ha agradecido ese Grano-de-Belleza mis bondades y el abuso de confianza que ha cometido conmigo? ¿Cómo un ser tan hermoso podría tener un alma tan fea?"

El visir Giafar, hombre de admirable cordura, que no podía apreciar los motivos de una conducta tan ilógica, se contentó con responder: “¡Oh emir de los Creyentes! Las acciones más raras sólo son raras porque no comprendemos sus causas. De todos modos todo lo que podemos juzgar son los efectos del acto. ¡Y ese efecto ha sido bien lastimoso para el autor, puesto que le llevó a la horca! ¡No obstante, ¡oh Príncipe de los Creyentes! el egipcio Grano-de-Belleza tenía en los ojos tal reflejo de bondad espiritual, que mi entendimiento se niega a creer en el hecho comprobado por mis sentidos visuales!"

Oídas estas palabras, el califa estuvo una hora reflexionando, y después dijo a Giafar: "¡De todas maneras, quiero ir a ver el cuerpo del culpable balanceándose en la horca!" Y se disfrazó y salió con Giafar, y llegó al sitio en que el falso Grano-de-Belleza colgaba entre el cielo y la tierra.

El cuerpo estaba envuelto en un sudario que lo tapaba por completo. Y Giafar le quitó el sudario, y el califa miró, pero retrocedió enseguida, estupefacto, exclamando: "¡Oh Giafar! ¡Ése no es Grano-de-Belleza!" Giafar examinó el cuerpo, y conoció que, efectivamente, no era Grano-de-Belleza, pero no lo dió a entender, y preguntó con calma: "¿Pues en qué conoces, ¡oh Emir de los Creyentes! que no es Grano de-Belleza?" El califa contestó: "En que era más bien bajo de estatura, y éste es alto".

Giafar contestó: "Esa no es prueba. Los ahorcados se alargan". El califa dijo: "¡El gobernador de palacio tenía dos lunares en las mejillas, y éste no los tiene!" Giafar explicó: "¡La muerte transforma y varía la fisonomía!" Pero el califa dijo: "Pero fíjate bien, ¡oh Giafar! y observa las plantas de los pies de este ahorcado: llevan tatuadas, según costumbre de los herejes sectarios de Alí, el nombre de los grandes jeiques. ¡Y bien sabes que Grano-de-Belleza no era chiita, sino sunnita!"

Ante tal comprobación, Giafar dijo: "¡Sólo Alah conoce el misterio de las cosas!” Después regresaron ambos a palacio y el califa mandó que se enterrara aquel cuerpo. Y desde aquel día desterró de su memoria hasta el recuerdo de Grano-de-Belleza.

En cuanto a la esclava, segunda esposa de Grano-de-Belleza, fué llevada por el emir Khaled a su hijo Gordo-Hinchado. Y éste, que no se había movido de la cama desde el día de la venta, se levantó resollando y quiso acercarse a ella y cogerla en brazos. Pero la bella esclava, irritada y asqueada por el aspecto horrible del idiota, sacó inmediatamente un puñal del cinturón, y exclamó levantando el brazo: "¡Apártate o te mato con este puñal y enseguida me lo clavo en el pecho!" Entonces la madre de Gordo-Hinchado se adelantó, alargando los brazos, y gritó: "¿Cómo te atreves a resistir a los deseos de mi hijo, ¡oh esclava insolente!?" Pero la joven dijo: "¡Oh traidora! ¿Qué ley permite a una mujer pertenecer a dos hombres a un tiempo? Y dime, ¿desde cuándo pueden vivir los perros en la morada de los leones?"

Al oír estas palabras, la madre de Gordo-Hinchado dijo: "¡Bueno! ¡Si así es, ya verás qué vida te daremos aquí!" Y la joven replicó: "¡Prefiero morir a renunciar al cariño de mi amo, vivo o muerto!"

Entonces la esposa del walí la mandó desnudar, y le quitó los buenos trajes de seda y las alhajas, y le puso encima del cuerpo una mala y vieja falda de pelo de cabra, y la mandó a la cocina: diciendo: "¡En adelante, tus funciones de esclava en esta casa consistirán en pelar cebollas, poner las cazuelas a la lumbre, exprimir el jugo de los tomates y hacer la masa para el pan!"

Y la joven dijo: "¡Prefiero ese oficio de esclava a verle la cara a tu hijo!"

Y desde aquel día trabajó en la cocina; pero no tardó en granjearse las simpatías de las demás esclavas, que no la dejaban ocuparse en nada y le hacían todo el trabajo.

En cuanto a Gordo-Hinchado, al ver que no podía conseguir a la hermosa esclava Yazmina, se metió otra vez en el lecho y no se volvió a levantar.

Hay que recordar que Yazmina, la primera noche de bodas, quedó fecundada por Grano-de-Belleza. Y a los pocos meses de su llegada a la casa del walí, dió a luz un niño varón, tan bello como la luna, al cual llamó Aslán, llorando a lágrima viva, tanto ella como las otras esclavas, porque no estaba allí el padre para dar nombre a su hijo.

Su madre amamantó dos años a Aslán, que llegó a ser robusto y muy fuerte. Y cuando ya sabía andar solo, quiso su destino que un día, mientras su madre estaba ocupada, subiera los peldaños de la escalera de la cocina y llegase a la sala, en donde se hallaba rezando su rosario de ámbar el emir Khaled, padre de Gordo-Hinchado.

Al ver al pequeño Aslán, cuya semejanza con su padre Grano-de-Belleza era absoluta, el emir Khaled sintió que se le arrasaban los ojos en lágrimas, y llamó al niño, y se lo puso en las rodillas, y empezó a acariciarlo enternecido, y dijo para sí: "¡Bendito sea Aquel que crea objetos tan hermosos y les da alma y vida!"

Entretanto, la esclava Yazmina se enteró de la ausencia de su hijo; buscole por todas partes enloquecida, y a pesar de las costumbres, se decidió a entrar, con la mirada extraviada, en la sala en que se encontraba el emir Khaled. Y vió al niño Aslán en las rodillas del walí, entreteniéndose en meter los deditos por entre las barbas venerables del emir. Pero al percibir a su madre, el chiquitín se echó hacia adelante tendiendo los brazos, y el emir Khaled le sujetó, y dijo a Yazmina con bondad: "¡Acércate!, ¡oh esclava! ¿Es hijo tuyo este niño?" Ella respondió: "¡Sí, mi amo, es el fruto de mi corazón!" Y él preguntó: "¿Y quién es su padre? ¿Es alguno de mis servidores?" Y la esclava dijo, entre un torrente de lágrimas: "Su padre es mi esposo, Grano-de-Belleza. ¡Pero ahora, ¡oh mi amo! es hijo tuyo!"

Y el walí, muy conmovido, dijo a la esclava: "¡Por Alah! ¡Tú lo has dicho! ¡Desde ahora es hijo mío!" E inmediatamente le adoptó, y dijo a su madre: "¡Desde hoy tienes que considerar a tu hijo como mío, y cuando esté en edad de comprender, dadle a entender que nunca tuvo otro padre que yo!" Y Yazmina contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Entonces el emir Khaled se encargó, como verdadero padre, del hijo de Grano-de-Belleza, y le dió una educación esmeradísima, y lo puso en manos de un maestro muy sabio, que era un calígrafo de primer orden, y le enseñó a escribir muy bien, el Corán, la geometría y la poesía. Y cuando el joven Aslán fué mayor, su padre adoptivo, el emir Khaled, le enseñó personalmente a montar a caballo, a manejar las armas, a justar con la lanza y a luchar en los torneos. Y de tal modo, al cumplir los catorce años era un caballero consumado, y fue elevado por el califa al título de emir, como su padre el walí.

Y el Destino dispuso un día que se encontraran el joven Aslán y Ahmed-la-Tiña a la puerta de la tienda del judío Abraham. Y Ahmed la-Tiña convidó al hijo del emir a tomar un refresco.

Cuando se hubieron sentado, Ahmed-la-Tiña empezó a beber, como de costumbre, hasta emborracharse. Entonces se sacó del bolsillo la lamparita de oro adornada con pedrería que había robado en otro tiempo, y la encendió, porque había oscurecido. En eso, Aslán le dijo: "¡Ya Ahmed! esa lámpara es muy hermosa. ¡Dámela!" El jefe de vigilancia replicó: "¡Alah me libre! ¿Cómo voy a darte un objeto que ha perdido ya tantas almas? Sabe, en efecto, que esta lámpara ha sido causa de la muerte de un gobernador de palacio, de cierto egipcio llamado Grano-de-Belleza". Y Aslán, muy interesado, exclamó: "¡Cuéntame eso!"

Entonces Ahmed-la-Tiña le contó toda la historia desde el principio hasta el fin, jactándose en medio de su borrachera de haber sido el autor de la proeza.

Cuando el joven Aslán volvió a su casa, contó a su madre Yazmina la historia que había oído referir a Ahmed-la-Tiña, y le dijo que la lámpara estaba todavía en poder de aquel malvado.

Al oír aquello, Yazmina exhaló un grito agudo y cayó desmayada...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 267



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Pero cuando llegó la 267ª noche

Ella dijo:

... el califa levantó la sesión, agitando el pañuelo como de costumbre, y se quedó solo con Grano-de-Belleza.

Y desde entonces Grano-de-Belleza pasó todos los días en palacio, y no volvía a su casa hasta bien entrada la noche, y se acostaba feliz con su esposa, a quien contaba todos los sucesos del día. El afecto del califa a Grano-de-Belleza fué acrecentándose diariamente, hasta el punto de que lo habría sacrificado todo antes que dejar sin satisfacer el menor deseo del joven, como lo demuestra el hecho siguiente:

El califa daba un concierto, al cual asistían sus íntimos amigos de siempre: Giafar, el poeta Abu-Nowas, Massrur y Grano-de-Belleza. Detrás del tapiz cantaba la propia favorita del califa, la más bella y perfecta de sus concubinas. Pero de pronto el califa miró fijamente a Grano de-Belleza, y le dijo: "Amigo, estoy leyendo en tus ojos que te gusta mi favorita". Y Grano-de-Belleza contestó: "¡Lo que gusta al amo debe gustar al esclavo!" Pero el califa exclamó: "¡Por mi cabeza y por la tumba de mis antepasados! ¡Grano-de-Belleza, te pertenece mi favorita desde este momento!" Y llamó enseguida al jefe de los eunucos, y le dijo: "¡Transporta a casa del gobernador de palacio todo el ajuar y las cuarenta esclavas de mi favorita Delicia-de-los-Corazones, y después llévala también a su casa en una silla de manos!" Pero Grano-de-Belleza dijo: "¡Por tu vida, ¡oh Príncipe de los Creyentes! dispensa a tu indigno esclavo de tomar lo que le pertenece al amo!" Entonces el califa comprendió la idea de Grano-de-Belleza, y le dijo: "¡Razón tienes! ¡Es probable que tu esposa tenga celos de mi ex favorita! ¡Quédese ésta, pues, en palacio!" Después se volvió hacia su visir Giafar, y le dijo: ¡Oh Giafar! tienes que ir inmediatamente al zoco de los esclavos, pues hoy es día de mercado, y comprar en diez mil dinares la esclava más bella de todo el zoco. ¡Y la mandarás llevar enseguida a casa de Grano-de-Belleza!"

Giafar se levantó en el acto, fué al zoco de los esclavos, y rogó a Grano-de-Belleza que le acompañara para indicarle la que prefiriese. Y el walí de la ciudad, emir Khaled, había ido también al zoco aquel día a comprar una esclava para su hijo, que acababa de llegar a la edad de la pubertad.

Porque el walí de la ciudad tenía un hijo. Pero este hijo era un muchacho tan feo, que haría abortar a una parturienta; contrahecho, hediondo, de aliento fétido, de ojos atravesados y de boca tan ancha como la vulva de una vaca vieja. Por eso le llamaban Gordo-Hinchado.

Precisamente la víspera por la noche había cumplido Gordo-Hinchado los catorce años, y su madre estaba alarmada hacía algún tiempo por no observar en él ningún síntoma de virilidad real. Pero no tardó en tranquilizarse al notar, la mañana de aquel día, que su hijo Gordo-Hinchado había copulado en sueños en la cama, dejando en ella huellas evidentes.

Tal observación había entusiasmado en extremo a la madre de Gordo-Hinchado, y la había hecho ir corriendo a ver a su esposo, al cual había comunicado la feliz nueva, obligándole a marchar inmediatamente al zoco, acompañado de su hijo, para comprarle una hermosa esclava que le conviniera.

Y el Destino, que está en manos de Alah, quiso que aquel día se encontrara en el zoco Giafar y Grano-de-Belleza con el emir Khaled y su hijo Gordo-Hinchado.

Después de las zalemas acostumbradas, se reunieron en un grupo y ordenaron que desfilaran por delante de ellos los corredores, cada cual con las esclavas blancas, morenas o negras de que dispusiese.

Así vieron cantidad innumerable de muchachas griegas, abisinias, chinas y persas, y ya se iban a retirar sin haber elegido ninguna, cuando el mismo jefe de los corredores pasó el último, llevando de la mano a una joven con la cara destapada, más hermosa que la luna llena del mes de Ramadán.

Al verla, Gordo-Hinchado empezó a resollar con fuerza para expresar su deseo, y le dijo a su padre, el emir Khaled: "¡Esa es la que necesito!" Y por su parte, Giafar preguntó a Grano-de-Belleza: "¿Te conviene esa?" Y el otro respondió: "Es la que elijo".

Entonces Giafar preguntó a la joven: "¿Cómo te llamas, oh esclava gentil?" Ella contestó: "¡Oh mi señor! Yazmina". Entonces el visir preguntó al corredor: "¿En cuánto está tasada Yazmina?" El corredor dijo: "En cinco mil dinares, ¡oh mi amo!" Entonces Gordo-Hinchado gritó: "¡Ofrezco seis mil!"

En aquel momento se adelantó Grano-de-Belleza, y dijo: "¡Ofrezco ocho mil!" Entonces Gordo-Hinchado resolló con rabia, y exclamó: "¡Ocho mil un dinares!" Giafar dijo: "¡Nueve mil uno!" Pero Grano de-Belleza dijo: "¡Diez mil Dinares!`

Y el corredor, temiendo que se arrepintiera alguno, dijo: "¡Adjudicada en diez mil dinares la esclava Yazmina!"

Y se la entregó a Grano de-Belleza.

Al ver aquello, Gordo-Hinchado se cayó, azotando el aire con pies y manos, y desconsolando a su padre el emir Khaled, que no le había llevado al zoco más que por complacer a su esposa, pues le detestaba por idiota y feo.

En cuanto a Grano-de-Belleza, tras de dar las gracias al visir Giafar, se llevó a Yazmina, y la amó, y ella le amó también. Y después de haberla presentado a su esposa Zobeida, que la encontró simpática y le felicitó por su elección, se unió con ella legítimamente, tomándola como segunda esposa. Y durmió con ella aquella noche, y la fecundó, como se demostrará más adelante.

Y vamos ahora con Gordo-Hinchado.

Cuando a fuerza de promesas y mimos lograron llevarle a su casa, se tiró sobre el diván, y no quiso levantarse para comer ni beber, y por otra parte, casi había perdido la razón.

Mientras todas las mujeres de la casa, consternadas, rodeaban a la madre de Gordo-Hinchado, que había llegado a los límites de la perplejidad, entró una vieja, que era la madre de un ladrón famoso, sentenciado entonces a prisión perpetua, y conocido de todo Bagdad con el sobrenombre de Ahmed-la-Tiña.

Este Ahmed-la-Tiña era tan diestro en el arte de robar, que para él constituía cosa de juego apoderarse de una puerta en las narices del portero y hacerla desaparecer en un momento como si se la tragase: perforar las paredes delante de un casero fingiendo orinar, arrancarle las pestañas a un individuo sin que lo notara, y limpiar de kohl los ojos de una mujer sin que se enterase ella.

La madre de Ahmed-la-Tiña entró en el aposento de la de Gordo-Hinchado, y después de las zalemas, le preguntó: "¿Cuál es la causa de tu aflicción, ¡oh mi señora!? ¿Y qué mal padece mi joven amo, tu hijo, a quien Alah conserve?" Entonces la madre de Gordo-Hinchado contó a aquella vieja, que hacía tiempo la proveía de criadas, la contrariedad que les ponía a todos en tal estado. Y la madre de Ahmed-la-Tiña exclamó: "¡Oh mi señora! Únicamente mi hijo os puede sacar del paso; ¡lo juro por tu vida! Trata de lograr que le suelten, y ya sabrá inventar un medio de traer a la bella Yazmina a los brazos de nuestro joven amo, tu hijo. Porque ya sabes que mi pobre hijo se halla encadenado y tiene en los pies una argolla de hierro, en la cual están grabadas estas palabras: "Cadena perpetua". ¡Y todo por haber fabricado moneda falsa!" Y la madre de Gordo-Hinchado prometió protegerle.

Efectivamente, aquella misma noche, cuando su esposo el walí, de regreso en su casa, fué a buscarla después de cenar, se había ella arreglado y perfumado, adoptando un aspecto amable. Y el emir Khaled, que era un hombre muy bueno, no pudo resistir el deseo que provocaba en él la contemplación de su mujer, y quiso poseerla; pero ella se resistió, diciendo: "¡Júrame por el divorcio que me concederás lo que te pida!" Y se lo juró. Entonces ella le enterneció hablándole de la desgracia de la anciana madre del ladrón, y logró de él la promesa de que le soltarían. Y entonces dejó que la montara el esposo.

Y a la mañana siguiente, el emir Khaled, después de las abluciones y la oración, se fué a la cárcel en que estaba encerrado Ahmed-la-Tiña, y le preguntó: "¿Y qué, bandido, te arrepientes de tus pasadas fechorías?" Y el otro contestó: "Me arrepiento, y lo proclamo con la palabra como lo pienso con el corazón". Entonces el walí le sacó de la cárcel y le llevó ante el califa, que se quedó asombrado al verle vivo todavía, y le preguntó: "¿Y cómo no te has muerto aún, bandido?" El otro contestó: "¡Por Alah, oh Emir de los Creyentes! la vida de los malos es muy dura de pelar". Entonces el califa se echó a reír a carcajadas, y dijo: "¡Manden venir al herrero para que le quite la argolla!" Y luego dijo: "Como estoy enterado de tus hazañas, voy a ayudarte ahora a persistir en tu arrepentimiento, y como eres el que más conoce a los ladrones, te nombro jefe de vigilancia de Bagdad". Y enseguida el califa mandó promulgar un edicto nombrando a Ahmed-la-Tiña jefe de vigilancia. Entonces Ahmed besó la mano al califa y enseguida empezó a ejercer sus funciones.

Y para festejar alegremente su libertad y su nuevo cargo, principió por ir a la taberna regida por el judío Abraham, testigo de sus pasadas hazañas, vaciando dos o tres frascos de su bebida favorita, vino jónico excelente. Y cuando su madre fué a buscarle para hablarle de la gratitud que debía manifestar siempre a la esposa del emir Khaled y madre de Gordo-Hinchado, que había sido la causante de su libertad, le encontró medio borracho y tirándole de las barbas al judío, que no se atrevía a protestar por respeto al cargo temible del antiguo Ahmed-la-Tiña, actual jefe de vigilancia.

De todos modos, la vieja logró sacarle de allí, y hablándole reservadamente, le contó cuantas incidencias motivaron su libertad, y le dijo que había que discurrir inmediatamente algo para quitar la esclava a Grano-de-Belleza, gobernador de palacio.

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña dijo a su madre: "Se hará esta misma noche, pues es facilísimo". Y la dejó para ir a preparar el golpe...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 266




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Pero cuando llegó la 266ª noche

Ella dijo:

... el poeta Abu-Nowas, se inclinó hacia el oído de Grano-de-Belleza, y le dijo: "¡Oh encantador huésped nuestro! permíteme que te dirija una pregunta. ¿Cómo has podido creer un momento que tu padre Schamseddin te enviara los cincuenta mulos cargados de riquezas? ¡Vamos a ver! ¿Cuántos días se necesitan para ir a El Cairo desde Bagdad?"

El otro contestó: "Cuarenta y cinco". Abu-Nowas preguntó: "¿Y para volver?" El otro contestó: "Otros cuarenta y cinco lo menos". Abu-Nowas se echó a reír y dijo: "¿Y cómo quieres que en menos de diez días tu padre haya averiguado la pérdida de la caravana y haya podido mandarte la segunda?"

Grano-de-Belleza exclamó: "¡Por Alah! ¡Mi alegría fué tan grande; que no me dió tiempo de pensar todo eso! Pero dime, entonces, ¡oh derviche! ¿Quién ha escrito la carta? ¿De dónde procede el envío?" Abu-Nowas contestó: "¡Ah Grano-de-Belleza! ¡Si fueras tan perspicaz como hermoso, hace tiempo que habrías adivinado que nuestro jefe, con su traje de derviche, es nuestro amo el califa, el Emir de los Creyentes, Harún Al-Raschid, y el segundo derviche, el sabio visir Giafar el Barmecida, y el tercero, el portaalfanje Massrur, y yo mismo, tu esclavo y admirador, Abu-Nowas, sencillamente poeta!"

Oídas estas palabras, Grano-de-Belleza llegó al límite de la sorpresa y de la confusión, y preguntó tímidamente: "Pero, ¡oh gran poeta Abu-Nowas! ¿Cuál es el mérito que me ha traído tantos beneficios del califa?" Abu-Nowas sonrió, y dijo: "¡Tu hermosura!" Y añadió: "A sus ojos, el mérito mayor es ser joven, simpático y hermoso. Y se le figura que nunca es caro comprar el espectáculo de un ser bello y el ver un rostro lindo"

A todo esto el califa volvió a ocupar su sitio en la alfombra, y entonces Grano-de-Belleza fué a inclinarse entre sus manos, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Alah te conserve a nuestro respeto y a nuestro amor, y nunca nos prive de los beneficios de tu generosidad!" Y el califa le sonrió y le acarició levemente la mejilla, y le dijo: "Mañana te aguardo en palacio". Después levantó la sesión, y seguido de Giafar, Massrur y Abu-Nowas, que encargó a Grano-de-Belleza que no olvidase lo ofrecido, se marchó.

Al día siguiente, Grano-de-Belleza, a quien su esposa había aconsejado repetidamente que fuera a palacio, eligió las cosas más preciosas de las que le había llevado el pequeño abisinio Salim, las encerró en un lindísimo cofrecillo, y colocó éste en la cabeza del hermoso esclavo; y después que le vistió y le arregló con esmero su esposa Zobeida, se dirigió hacia el diwán, acompañado del esclavo con su carga. Y subió al diwán, y poniendo el cofrecillo a los pies del califa, le dirigió un cumplimiento en versos bien rimados, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! Nuestro bendito profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!) aceptaba los regalos para no causar pena a quienes se los ofrecían. ¡Tu esclavo sería también muy feliz si quisieras recibir este cofrecillo como señal de mi gratitud!"

Encantado el califa de la atención del joven, le dijo: "¡Demasiado regalo es, ¡oh Grano-de-Belleza! pues tu persona supone ya un preciado presente! Sé bienvenido en mi palacio; hoy mismo te conferiré un buen empleo". E inmediatamente destituyó de su cargo al síndico de los mercaderes de Bagdad, y nombró para tal puesto a Grano-de-Belleza. Después, para que todo el mundo se enterara del nombramiento, el califa escribió un firmán con el decreto correspondiente, y lo mandó entregar al walí, el cual se lo dió a un pregonero, que lo promulgó por todos los zocos y calles de Bagdad.

En cuanto a Grano-de-Belleza, desde aquel día empezó a ver con regularidad al califa, que ya no podía pasarse sin él. Y como no tenía tiempo para vender personalmente sus mercancías, mandó abrir una hermosa tienda, a cuyo frente puso al esclavillo moreno, que desempeñó a maravilla tan delicado oficio.

Apenas habían transcurrido dos o tres días, cuando fueron a anunciar al califa la súbita defunción de su gran copero. Y el califa nombró inmediatamente a Grano-de-Belleza gran copero, y le regaló un ropón de honor, apropiado para tan alto cargo, y le asignó suntuosos emolumentos. Y de esta manera ya no se separaba de él.

A los dos días, y estando Grano-de-Belleza al lado del califa, entró el gran chambelán, besó la tierra delante del trono, y dijo: "¡Conserve Alah los días del Emir de los Creyentes, y los aumente en otros tantos como la muerte acaba de arrebatar al gobernador de palacio!" Y añadió: "¡Oh Emir de los Creyentes, el gobernador de palacio acaba de fallecer!" El Emir de los Creyentes dijo: "¡Téngale Alah en su misericordia!" Y en el acto nombró a Grano-de-Belleza gobernador de palacio en vez del difunto, y le asignó emolumentos más suntuosos todavía. Y de esta manera Grano-de-Belleza tenía que estar continuamente al lado del califa. Hecho este nombramiento y comunicado a todo el palacio, el califa levantó la sesión, agitando el pañuelo como de costumbre...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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