Noche 061



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Pero cuando llegó la 61ª noche

Ella dijo:
"El rey Kesra, el gran rey de los persas, escribió a su hijo, al que había confiado el ejército de sus ejércitos: "¡Oh hijo mío! desconfía de la tibieza, pues enajenaría tu autoridad; pero no obres tampoco con dureza excesiva, porque hará fermentar la rebelión entre tus soldados".
"Y también se nos ha enseñado que un árabe fué a buscar al califa Abu-Giafar-Abdalah, y le dijo: "Ten hambriento a tu perro, si quieres que te siga". Y el califa se irritó contra el árabe. Y el árabe añadió: "Pero cuídate también de que un transeúnte no alargue un pan a tu perro, porque el perro te abandonará para seguir al transeúnte". Y Al-Mansur comprendió entonces, y se aprovechó del aviso, y despidió al árabe después de haberle obsequiado.
"Se cuenta también que el califa Abd El-Malek ben-Meruán escribió a su hermano Abd El-Aziz ben-Meruán, a quien había mandado a Egipto al frente de un ejército: "Puedes prescindir de tus consejeros y tus escribas, porque sólo te enterarán de lo que ya conoces; pero no descuides nunca a tu enemigo, que es el único capaz de hacerte saber la fuerza de tus soldados".
"Hablan también las crónicas de que el admirable califa Omar ibn-Al-Kattam no tomaba ningún servidor sin imponerle estas cuatro condiciones: no montar nunca en una bestia de carga; no apropiarse jamás el botín ganado al enemigo; no vestirse con trajes suntuosos, y no retrasarse nunca durante la hora de la plegaria. Y he aquí las palabras que le gustaba repetir: "No hay riqueza que valga lo que vale la sabiduría; no hay mejor piedra de toque que la cultura del espíritu y no hay gloria mayor que el estudio y la ciencia".
"El mismo Omar (¡téngalo Alah en su gracia!) fué quien dijo: "Las mujeres son de tres clases: la buena musulmana, que no se preocupa más que de su marido y sólo tiene ojos para él; la musulmana que sólo quiere casarse para tener hijos, y la prostituta, que sirve de collar al cuello de todo el mundo. Y los hombres también son de tres clases: el hombre cuerdo, que reflexiona y obra después de reflexionar, el que solicita el juicio de los hombres ilustrados y sólo obra con la más extremada prudencia, y el mentecato, que no tiene juicio alguno y no pide nunca consejo a los sabios".
"Y el sublime Alí-Abú-Taleb (¡Alah lo tenga en su gracia!) dijo:
"Precaveos contra las perfidias de las mujeres, no les pidáis su parecer; pero no las oprimáis, si no queréis que aumenten sus astucias y sus traiciones. Porque el que no conoce la moderación, va hacia la locura. Y en todas las cosas debéis ateneros a la justicia, singularmente en lo que atañe a vuestros esclavos".
Y cuando Nozhatú iba a seguir desarrollando este capítulo, oyó a los kadíes que decían detrás del tapiz: "¡Maschalah! ¡Nunca hemos oído palabras tan elocuentes, pero quisiéramos oír algo sobre las otras puertas!"
Y Nozhatú, con una transición muy hábil, dijo:
"Otro día hablaré del fervor en los otros tres caminos de la humanidad; pues ya es tiempo de que os diga algo de la SEGUNDA PUERTA.
"Esta segunda puerta es la de los BUENOS MODALES y de la CULTURA DEL ESPÍRITU.
"Y tal puerta, ¡oh príncipe del tiempo! es la más ancha de todas, porque es la de las perfecciones. Sólo pueden recorrerla en toda su extensión aquellos que tienen sobre la cabeza una bendición nativa.
"No os citaré más que algunos rasgos principales".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

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Noche 060



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Pero cuando llegó la 60ª noche

Ella dijo:
"Sed testigos de que desde este momento emancipo a esta joven esclava que acabo de comprar y que me caso con ella". Entonces los cuatro kadíes se apresuraron a escribir el certificado de emancipación, y en seguida escribieron el contrato de casamiento y lo sellaron con su sello. Y el príncipe Scharkán no dejó de repartir generosamente entre los presentes una gran cantidad de oro para festejar su alegría, y tiró puñados de oro, que recogieron los servidores y los esclavos.
Después despidió a todos los presentes, excepto a los cuatro kadíes y el mercader. Y volviéndose hacia los kadíes, les dijo: "Ahora quiero que escuchéis las palabras que va deciros esta joven, para darnos una prueba de su elocuencia y su saber, y para que comprobéis las afirmaciones de este jeique". Y los kadíes contestaron: "Escuchamos y obedecemos". Y el príncipe Scharkán mandó tender un tapiz en el centro de la sala y colocó detrás de él a la joven, para que no estuviese cohibida y pudiera hablar sin que la viesen extraños.
Y en cuanto se tendió el tapiz, acudieron a rodear a su nueva señora las damas de servicio, y la ayudaron a colocarse más cómodamente y a aligerarse de parte de sus vestidos; y se maravillaban de sus perfecciones, y en su alegría le besaban los pies y las manos. Y por su parte, las esposas de los emires y visires se apresuraron a rendirle homenaje, dispuestas a oír lo que iba a decir al príncipe Scharkán y a los grandes kadíes de Damasco. Y antes de ir junto a ella, pidieron licencia a sus maridos.
Cuando Nozhatú vió entrar a las esposas de los emires y visires, se levantó para recibirlas, las besó cordialmente, las hizo sentarse a su lado, y les dirigía palabras cariñosas para corresponder a su homenaje, y tan amable estuvo, que todas se maravillaron de su cortesía, de su hermosura y de su inteligencia, y se decían: "Nos han dicho que era una esclava, pero seguramente es una reina, hija de un rey".
Y exclamaron: "¡Oh, señora! has iluminado la ciudad con tu presencia, y has colmado de honor a este país y a este reino. Y este reino es tu reino, y este palacio tu palacio, ¡y todas nosotras somos tus esclavas". Y ella les dió las gracias de la manera más dulce y agradable.
Pero en este momento Scharkán la interpeló desde el otro lado del tapiz, y le dijo: "¡Oh hermosísima joven, joya de estos tiempos! esperamos ansiosamente tus palabras elocuentes, pues dicen que estás versada en todas las ciencias, y hasta en las reglas más difíciles de nuestra sintaxis".
Y la joven Nozhatú, con voz más dulce que el azúcar respondió: "¡Tu deseo está sobre mi cabeza y sobre mis ojos! Y para satisfacerlo, hablaré sobre las TRES PUERTAS DE LA VIDA".


PALABRAS SOBRE LAS TRES PUERTAS

Y Nozhatú dijo:
"Te hablaré, en primer lugar, ¡oh príncipe valeroso! de la PRIMERA PUERTA: EL ARTE DE SABER CONDUCIRSE.
"Sabed, pues, que la vida tiene un objeto, y que el objeto de la vida es desarrollar el fervor.
"Ahora bien; el principal fervor tiene su forma en la pasión, que es bella por su fe.
"Nadie alcanzará el fervor más que por una vida activa, animada por la pasión. Y esta vida puede vivirse en cualquiera de los cuatro grandes caminos de la humanidad: El Gobierno, el Comercio, la Agricultura y los Oficios.
"En lo que concierne al GOBIERNO, es necesario que aquellos escasos hombres que están llamados a gobernar el mundo posean la ciencia política, una sutileza exquisita y una habilidad perfecta. Y en ningún caso deben dejarse guiar por su capricho, sino por un alto ideal, cuyo fin es Alah, el que todo lo puede. Y si regulan su conducta hacia este fin, la justicia reinará entre los humanos y cesarán las discordias en la superficie de la tierra. Pero lo más frecuente es que sigan sus inclinaciones, y acaben por resbalar en errores irremediables. Porque un jefe no es útil a su país sino cuando puede ser equitativo e imparcial y cuando impide que los fuertes opriman a los débiles y a los pequeños.
"El gran Ardechir, tercer rey de los persas, y uno de los descendientes de Sassán, dijo: "La autoridad y la fe son dos hermanas gemelas: la fe es un tesoro y la autoridad su guardián".
"Y nuestro profeta Mahomed (¡sean con él la paz y la plegaria!) ha dicho:
"Dos cosas rigen el mundo: la Autoridad y la Ciencia; si son rectas y puras, el mundo camina por la vía derecha; si son nefandas y malas, el mundo cae en la corrupción".
"Y el Sabio ha dicho: "El rey debe ser el guardián de la fe, de cuanto es sagrado y de los derechos de sus súbditos. Pero ante todo debe velar por que estén de acuerdo los que manejan la pluma y los que manejan la espada, ¡porque quien falte al hombre que maneja la pluma resbalará y se levantará jorobado!"
"Y el rey Ardechir, que fué un gran conquistador, dividió su imperio en cuatro distritos, y se mandó fabricar cuatro sellos en cuatro anillos. El primer sello era el anillo del Distrito marítimo, Y así sucesivamente los otros tres. Y lo hizo para asegurar el orden en su reino. Y así se siguió hasta la era islámica.
"Y el rey Kesra, el gran rey de los persas, escribió a su hijo, al que había confiado el ejército de sus ejércitos: "¡Oh, hijo mío!..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 059



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Pero cuando llegó la 59ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader exclamó: "Gloria al que te ha modelado, ¡oh maravillosa criatura!" Y le rindió todos los honores y le prodigó todas las manifestaciones de respeto y admiración. Y después la acompañó hasta el hammam, yendo delante de ella, llevando en una bolsa de terciopelo la ropa con que había de vestirse después del baño. Y mandó llamar a la mejor amasadora del hammam, y le dijo: "En cuanto haya terminado, vendrás a llamarme". Y mientras Nozhatú tomaba el baño, el anciano mercader fué a comprar toda clase de frutas y sorbetes, y los depositó en la tarima a la cual había de ir Nozhatú a vestirse.
Y cuando se terminó el baño, la amasadora acompañó a Nozhatú hasta la tarima, la envolvió en paños y toallas perfumadas, y se comieron las frutas y bebieron sorbetes, dando lo que sobró a la guardesa del hammam.
En este momento llegó el mercader con un cofrecillo de sándalo, lo abrió invocando el nombre de Alah, y ayudado por la amasadora procedió a vestir a Nozhatú, para llevarla al palacio del príncipe Sharkán.
Y empezó por entregar a Nozhatú una banda de oro para cubrir la cabeza, y esta banda costaba mil dinares. Después una falda a la moda turca, bordada de hilos de oro, y unas botas rojas perfumadas con almizcle, cubiertas de lentejuelas de oro con bordados de flores que llevaban incrustadas perlas y pedrerías. Le puso en las orejas unos pendientes de perlas finas, que costaba cada uno mil dinares, y al cuello un collar de oro afiligranado, y le rodeó los pechos con redes de pedrería. Luego le ajustó el talle por encima del ombligo con un cinturón de diez hileras de bolas de ámbar y medias lunas de oro, y en cada bola de ámbar iba inscrustado un rubí, y en cada media luna nueve perlas y diez diamantes.
De suerte que la joven Nozhatú llevaba encima más de cien mil dinares en alhajas y joyas.
El mercader le rogó que le siguiera, y salió con ella del hammam, y marchaba delante de ella con andar grave y ceremonioso, apartando a los transeúntes. Y todos los transeúntes se asombraban de aquella belleza, y exclamaban: "¡Gloria a Alah en sus criaturas! ¡Cuán dichoso el hombre que la posea!" Y el mercader seguía andando, y ella detrás de él, hasta que llegaron al palacio del príncipe Sharkán.
Y el mercader se adelantó para entrar en las habitaciones de Scharkán, besó la tierra entre sus manos, y dijo: "¡He aquí que te traigo un presente incomparable, la cosa más bella y más extraordinaria de estos tiempos, el resumen de todos los encantos y todos los dones, la suma de todas las cualidades y de todas las delicias!" Y el príncipe Scharkán dijo: "¡Apresúrate a enseñármelo!" Y el mercader salió en seguida y trajo de la mano a Nozhatú, presentándola al príncipe. Y el príncipe Scharkán no podía reconocer en aquella maravilla a su hermana Nozhatú, a la cual nunca había visto, a causa de los recelos que sintió cuando su nacimiento y el de su hermano Daul-makán. Y llegó hasta el límite del entusiasmo al ver aquel talle y aquellas formas exquisitas. Y el mercader dijo: "Esta es la maravilla incomparable, única en el siglo. Además de la hermosura, don natural suyo, posee todas las virtudes y está versada en todas las ciencias religiosas, civiles, políticas y matemáticas. ¡Y está dispuesta a contestar a todas las preguntas de los sabios más ilustres de Damasco y del imperio!"
Entonces el príncipe Scharkán se apresuró a decir al mercader: "¡Déjala aquí, busca al tesorero para que te pague su precio y vé en paz!"
Y al oírlo, dijo el mercader: "¡Oh príncipe valeroso! he aquí que la había destinado al rey Omar Al-Nemán, tu padre, y venía a rogarte que me dieras una carta de recomendación para él; pero puesto que te agrada, que se quede aquí. ¡Y tu deseo está sobre mi cabeza y sobre mis ojos! Pero en cambio, te rogaré únicamente que me otorgues en adelante el derecho de franquicia para todas mis mercancías y el privilegio de no volver a pagar impuestos de ninguna clase". El príncipe contestó: "Te lo otorgo. Y ahora dime lo que te ha costado esta joven, para que te reintegre su precio". Y el mercader repuso: "Me ha costado cien mil dinares de oro, pero lo que lleva encima vale otros cien mil dinares". Entonces el príncipe mandó llamar a su tesorero, y le dijo: "Paga en seguida a este venerable jeique doscientos mil dinares de oro, y además, otros ciento veinte mil. Y por añadidura, dale el mejor ropón de honor de mis armarios. Y que se sepa en adelante que es mi protegido y que no se le deberá reclamar ningún impuesto".
Después el príncipe Scharkán mandó llamar a los cuatro grandes kadíes de Damasco, y les dijo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana. y se calló discretamente.

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Noche 058



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Pero cuando llegó la 58ª noche

Ella dijo:
Por lo que se refiere a la joven Nozhatú, he aquí que el buen mercader la llevó a su casa, le dió vestidos muy ricos, los más Hermosos que había, y después fué con ella al zoco de los orífices y joyeros, para que escogiese las alhajas y joyas que le agradasen, y las metió en una bolsa de seda, las llevó a su casa y se las entregó.
Después dijo: "Ahora te ruego que cuando te lleve a palacio no dejes de decir al príncipe Scharkán el precio en que te he comprado, para que no se olvide mencionarlo en la carta de recomendación que deseo pedirle para el rey Omar Al-Nemán. Y además, quisiera que el príncipe me diese un salvoconducto, para que las mercancías que en lo sucesivo lleve a Bagdad no paguen derechos de entrada".
Y al oírlo, suspiró Nozhatú y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Entonces el mercader le dijo: "¡Oh hija mía! ¿por qué cada vez que pronuncio el nombre de Bagdad te veo suspirar y acuden las lágrimas a tus ojos? ¿Tienes allí algún ser amado, un pariente, o conoces a algún mercader?
No temas decirlo, pues conozco a todos los mercaderes de Bagdad y a todos los otros". Entonces Nozhatú dijo: "¡Por Alah! ¡No conozco a nadie más que al rey Omar Al-Nemán en persona, señor de Bagdad!
Cuando el mercader de Damasco oyó aquella cosa tan extraordinaria, no pudo reprimir un suspiro de satisfacción, y dijo para sí: "Ya tengo lo que buscaba". Y preguntó a la joven: "¿Le fuiste propuesta antes de ahora por algún mercader de esclavos?"
Ella respondió: "No es eso, sino que me he criado en palacio, con su hija. Y me quería mucho. Así, pues, si pretendes alcanzar de él algún favor, no tienes más que traerme una pluma, un tintero y una hoja de papel, y te escribiré una carta, que entregarás en propia mano al rey Omar AlNemán, y le dirás: "Tu humilde esclava Nozhatú ha sufrido las vicisitudes de la suerte y del tiempo y los padecimientos de las noches y los días. Y ha sido vendida y revendida, ha cambiado de amos y de casas, y se encuentra ahora en la morada de tu representante en Damasco. Y te trasmite su saludo de paz".
Al oír estas palabras, el mercader llegó al límite de la alegría y del asombro, y su afecto hacia Nozhatú aumentó considerablemente; y lleno de respeto, le preguntó: "Indudablemente, ¡oh joven maravillosa! has debido ser robada de tu palacio y vendida, pues debes estar versada en las letras y en la lectura del Corán".
Y Nozhatú dijo: "En efecto, ¡oh venerable jeique! conozco el Corán, los preceptos de la sabiduría, las ciencias médicas, la Introducción a los arcanos, los comentarios de las obras de Hipócrates y de Galeno, los libros de filosofía y lógica, las virtudes de los cuerpos simples y las explicaciones de Ibn-Bitar; he discutido con los sabios el Kanun de Ibn-Sina; he dado con la explicación de las alegorías, y he estudiado la geometría y la arquitectura, la higiene y los libros Chafiat, la sintaxis, la gramática y las tradiciones del idioma, y he frecuentado la sociedad de los sabios y eruditos en todos los ramos. Soy autora de varios libros sobre la elocuencia, la retórica, la aritmética y el silogismo puro; conozco las ciencias espirituales y divinas, ¡ y me acuerdo de todo lo que he aprendido! Y ahora dame pluma y papel para que escriba la carta en versos bien rimados y puedas leerla durante el camino, ahorrándote de llevar libros de viaje, pues será para ti una dulzura en la soledad y un amigo discreto en los ratos de ocio".
Y el pobre mercader, completamente atolondrado, exclamó: "¡Ya Alah! ¡Ya Alah! ¡Dichosa la morada que te sirva de albergue! ¡Cuán dichoso el que la habite contigo!" Y le llevó respetuosamente la escribanía con los accesorios. Y Nozhatú cogió la pluma, la mojó en la almohadilla empapada de tinta, la probó en la uña, y escribió estos versos:
"Esta carta es la de la propia mano de aquella cuyos pensamientos igualan al tumulto de las olas.
"Aquella cuyos párpados ha quemado el insomnio y cuya belleza han gastado las vigilias.
"Aquella que en su dolor ya no distingue el día de la noche y se retuerce en el lecho solitario.
"Y que no tiene por confidentes más que a los astros silenciosos en la soledad de las noches.
"He aquí mi queja, tejida en versos cadenciosos y de buena rima, en memoria de tus ojos.
"No he sentido vibrar en mi alma ninguna cuerda de las delicias de la vida.
"Mi juventud no ha gozado ninguna alegría, ni mis labios han sonreído dichosos en un día de felicidad.
"Porque tu ausencia ha enseñado a mis ojos las vigilias y me ha arrebatado para siempre el sueño.
"Por más que he confiado a la brisa mis suspiros, nunca los llevó hacia aquel a quien los dirigiera.
"Así es que estoy desesperada y no me atrevo a insistir. Pero quiero firmar esta queja con mi nombre.
"Yo la dolorosa, la apartada de su familia y de su país, la torturada de corazón y de espíritu.

Nozhatu´zaman”
Cuando acabó de escribir, echó arenilla, dobló con mucho cuidado la hoja, y la entregó al mercader, que la cogió muy respetuoso y se la llevó a los labios y después a la frente. La guardó en una bolsa de raso, y exclamó: "¡Gloria al que te ha modelado, ¡oh maravillosa criatura!"
En estos momentos de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 057



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Pero cuando llegó la 57ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader dijo: "No quiero más que verle la cara". Y se adelantó hacia Nozhatú, pidiéndole que le dispensase, y lleno de confusión se sentó a su lado, y le preguntó dulcemente: "¡Oh señora mía! ¿cuál es tu nombre?" Y ella, suspirando, dijo: "¿Me preguntas el nombre que llevo ahora, o mi nombre de los tiempos pasados?"
Y él, asombrado, exclamó: "¿Tienes un nombre nuevo y un nombre antiguo?"
Y ella dijo: "Sí, ¡oh anciano! ¡Mi nombre antiguo es Delicias del Tiempo, y el nuevo es Opresión del Tiempo!" Al oír estas palabras llenas de amargura, el mercader notó que las lágrimas le bañaban los ojos.
Y la joven Nozhatú tampoco pudo contener sus lágrimas, y recitó estas estrofas:
Mi corazón te guarda, ¡oh viajero! ¿Hacia qué tierras desconocidas has partido, en qué pueblos, en qué moradas habitas?
¿En qué manantial bebes, ¡oh viajero!? Yo que te lloro, me alimento con las rosas de mi recuerdo y apago la sed en la abundante fuente de mis ojos.
Nada tan duro para mi pensamiento como tu ausencia, porque todo lo demás, comparado con esto, es cosa para mí risueña.
Pero al beduino le pareció que aquella conversación duraba mucho, y se acercó a Nozhatú con el látigo levantado, y le dijo: "¿Para qué charlar tanto? ¡Levántate el velo de la cara, y acabemos!" Y Nozhatú, desolada, suplicó al mercader: "¡Oh venerable jeique! líbrame de las manos de este bandido, porque si no, esta misma noche me mataré".
Y el mercader habló de este modo al beduíno: "Esta joven es un estorbo para ti. ¡Véndemela al precio que quieras!" Pero el heduíno insistió: "Has de ofrecer tú, o si no, la llevaré al desierto para que haga pastar a los camellos y recoja los excrementos del ganado".
Y el mercader dijo: "Para acabar de una vez, te ofrezco cincuenta mil dinares de oro". Pero aquel bruto testarudo lo rechazó: "!Alah nos asista! ¡Eso no me tiene cuenta!" Y el mercader dijo: "¡Sesenta mil dinares!" Pero el beduíno insistió: "¡Alah nos asista! ¡Eso no cubre ni siquiera el capital que gasté en alimentarla y en comprarle galletas de cebada! Porque sabe, ¡oh mercader! que me he gastado en ella, sólo en galletas de cebada, noventa mil dinares de oro".
Entonces el mercader, atolondrado por las locuras de aquel bruto, le dijo: "¡Ni tú, ni tu familia, ni todos los de vuestra tribu, habéis comido en toda vuestra vida por valor de cien dinares! Pero voy a hacerte la última oferta, y si la rechazas, iré a ver al príncipe Scharkán y le daré cuenta de los malos tratos sufridos por esta joven, que seguramente has robado, ¡oh miserable saqueador!
Te ofrezco pues, cien mil dinares". Entonces el beduíno dijo: "Te cedo la esclava a ese precio, pero es porque tengo necesidad de ir al zoco para comprar un poco de sal". Y el mercader no pudo dejar de reírse. Y todos marcharon a casa del mercader, que abonó al beduíno la cantidad convenida, después de haber hecho pesar moneda por moneda. Y el beduíno montó en su camello y emprendió el camino de Jerusalén, diciendo: "Si la hermana me ha producido cien mil dinares, el hermano me ha de producir otro tanto, por lo menos. Voy, pues, en busca suya".
Y efectivamente, al llegar a Jerusalén se puso a buscar a Daul'makán en todos los khanes, pero como ya se había marchado con el encargado del hammam., no pudo dar con él. Esto en cuanto al beduíno. Por lo que se refiere a la joven Nozhatú...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 056



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Pero cuando llegó la 56ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Nozhatú se comió un pedazo de aquella galleta que le había dado su raptor. Y llegaron a Damasco, y fueron a albergarse en el khan Sultaní, situado cerca de Bab El-Malek. Y como Nozhatú estaba muy triste y seguía llorando, el beduíno le dijo muy furioso: "Como no ceses de llorar, vas a perder tu hermosura, y ya no podré venderte más que a algún judío asqueroso.
Piensa en esto, ¡oh desventurada!" Después la encerró en una de las habitaciones del khan, y se apresuró a ir al mercado en busca de los mercaderes de esclavos; y les propuso la compra de la hermosa joven, diciéndoles: "Puedo ofreceros una hermosa joven que he traído de Jerusalén. Tiene un hermano enfermo, pero lo he dejado en casa de unos parientes míos para que lo cuiden bien. De modo que el que quiera comprarla tendrá que decirle, para tranquilizarla, que su hermano enfermo está muy bien cuidado en Jerusalén. Y sólo con esta condición me prestaré a cederla en un precio muy prudente".
Entonces se levantó uno de los mercaderes, y dijo: "¿Qué edad tiene esa esclava?" Y contestó el beduíno: "Es muy joven, pues es virgen todavía, pero ya núbil. Y es bella, inteligente, cortés y llena de perfecciones. Pero como ha enflaquecido desde la enfermedad de su hermano, ha perdido algo de la plenitud de sus formas. Sin embargo, todo esto es fácil de recuperar con un poco de cuidado".
Entonces dijo el mercader: "Iré a ver esa esclava, y si es como dices, me quedaré con ella, pero te la pagaré cuando la haya revendido, porque la destino al rey Omar Al-Nemán, cuyo hijo, el príncipe Scharkán, es gobernador de Damasco, nuestra ciudad. Y este príncipe me dará una carta de presentación para el rey Omar Al-Nemán, el cual tiene una gran pasión por las esclavas vírgenes, y me la comprará muy bien. Y entonces te pagaré el precio que convengamos". Y el beduíno contestó: "Acepto esas condiciones".
Y se dirigieron hacia el khan donde se hallaba encerrada Nozhatú, y el beduíno llamó en alta voz a la joven, que estaba detrás del tabique. Y le dijo: `¡Oh Nahia ! ¡oh Nahia ! ", porque éste era el nombre que daba a su esclava. Y al oírlo Nozhatú, se echó a llorar y no contestó.
Entonces el beduíno invitó al mercader a que entrase. Y el mercader entró, y adelantándose hacia la joven, le dijo: "¡La paz sea contigo!" Y Nozhatú respondió con voz dulce como el azúcar: "¡Y contigo la paz y las bendiciones de Alah!"
El mercader quedó encantadísimo, y pensó: "¡Qué pureza de lenguaje!" Y ella miró al mercader, y se dijo: "Este venerable anciano tiene un aspecto muy simpático. ¡Haga Alah que me tome por esclava, y así podré librarme de ese feroz beduíno! Le hablaré cortésmente, para que resalten mis modales".
Y el mercader preguntó: "¿Cómo te encuentras, ¡oh joven!?" Y ella respondió con dulzura:
"¡Oh venerable jeique! me preguntas por mi estado, y mi estado no es para desearlo al peor de los enemigos. Pero toda persona lleva su destino colgado al cuello, como dice nuestro profeta Mohamed (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!)".
Y al oír estas palabras, el mercader se asombró hasta el límite del asombro, y dijo para sí: "Estoy seguro de que sus facciones deben ser arrebatadoras, como su talento. Es una gran adquisición para el rey Omar Al-Nemán". Y volviéndose hacia el beduíno, exclamó: "¡Esta esclava es admirable! ¿Cuánto pides por ella?" Y el beduíno se enfureció, y dijo: "¿Cómo te atreves a llamarla admirable, cuando es la más vil de las criaturas? ¿No comprendes que se figurará que es realmente admirable y ya no tendré ninguna autoridad sobre ella?
Márchate, que ya no la vendo". Y comprendiendo el mercader que el beduino era un bruto rematado, emprendió otro camino, y dijo: "La acepto, ¡oh jeique! aunque sea la más vil de las criaturas, y te la compro a pesar de sus tachas". Y el beduíno, algo calmado, preguntó: "¿Y cuánto me ofreces?" Y contestó el mercader: "El proverbio dice que el padre es quien da nombre a su hijo. Pide lo que te parezca".
Pero el beduino insistió: "Tú eres quien ha de ofrecer". Y entonces el mercader, pensando que un bruto como aquel beduino no sabría apreciar el mérito de aquella joven, ofreció doscientos dinares, además de las arras y de los derechos de venta que correspondían al Tesoro. Pero el beduino lo rechazó: "¡No daría por doscientos dinares ni el pedazo de arpillera con que se cubre! ¡No quiero venderla ya; me la llevaré al desierto, para que apaciente mis camellos y muela el grano!"
Y gritó a la joven: "¡Ven acá, podrida, que vamos a marcharnos!" Y como no se moviese el mercader, se volvió hacia él, y exclamó: "¡Por mi gorro! He dicho que ya no vendo nada! ¡Vuelve la espalda y márchate, o si no, oirás cosas que no han de agradarte!"
Y el mercader dijo para sí: "¡Este beduíno que jura por su gorro es un bruto extraordinario! Pero le haré soltar su presa". Y sujetándole de la capa, exclamó: "¡Oh jeique! no te impacientes de ese modo. Ya veo que no tienes costumbre de vender. Se necesita mucha paciencia y mucha habilidad en estos asuntos.
Te daré lo que tú quieras; pero como se acostumbra en estos negocios, necesito ver el rostro y las facciones de la esclava".
Y el beduino dijo: "¡Mírala todo lo que quieras, y ponla, si quieres, completamente desnuda, pálpala y tócala por todas partes tanto como te dé la gana!" Pero el mercader levantó las manos al cielo, y exclamó: "¡Que Alah me libre de ponerla desnuda, como a las esclavas! No quiero más que verle el rostro".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 055



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Pero cuando llegó la 55ª noche

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el encargado del hammam alquiló un asno en el cual hizo subir a Daul'makán. Y él y su esposa caminaron detrás del borrico, hasta que divisaron la ciudad de Damasco. Y entraron en ella al caer la noche, yendo a alojarse en el khan. Y el encargado se apresuró a marchar al zoco a comprar de comer y beber para los tres. Y así siguieron las cosas, viviendo todos en el zoco, hasta que al quinto día aquella mujer se sintió enferma, extenuada por el cansancio del viaje, y cogió unas calenturas, de resultas de las cuales murió en pocos días. Y falleció en la gracia y misericordia de Alah.
Daul'makán se afectó mucho, pues se había acostumbrado a aquella caritativa mujer, que le había servido con tanta abnegación. Y le llevó luto en el alma, y se volvió hacia el pobre encargado, que lloraba su pesar, y le dijo: ""No te aflijas, ¡oh padre! pues todos hemos de seguir ese camino, y atravesar la misma puerta". Y el encargado se volvió hacia Daul'makán, y le dijo: "Que Alah recompense tu compasión, ¡oh hijo mío!
¡Y ojalá un día convierta en alegrías nuestras penas y aparte de nosotros la amargura!
De todos modos, ¿para qué afligirnos tanto tiempo, cuando todo está escrito? ¡Levantémonos, pues, recorramos esta ciudad de Damasco, que aún no hemos visto, pues quiero que se dilate tu pecho y se alegre tu espíritu!"
Y Daul'makán dijo: "¡Tu pensamiento es para mí una orden!"
Entonces el encargado cogió de la mano a Daul'makán, y salió con él. Y se pusieron a recorrer los zocos y las calles de Damasco. Y acabaron por llegar frente a un edificio, donde estaban las cuadras del walí. Y a la puerta vieron gran número de caballos y mulos, y muchos camellos arrodillados que los camelleros cargaban de almohadones, colchones, fardos, cajones y toda clase de carga. Y había una muchedumbre de esclavos y servidores jóvenes y viejos. Y toda aquella gente gritaba, y hablaba, y armaba un gran tumulto. Y Daul'makán pensó: "¿A quién pertenecerán todos estos esclavos, todos estos caballos y todas estas cajas?"
Y se lo preguntó a uno de los servidores, que le dijo: "Es un regalo del walí de Damasco para el rey Omar Al-Nemán. Y todo eso otro es el tributo anual de la ciudad al mismo rey Omar".
Y Daul'makán sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y recitó en voz baja estas estrofas:
Si los amigos que están lejos me acusan por mi silencio y lo interpretan mal, ¿cómo podré contestarles?
Si mi ausencia ha matado en ellos la antigua amistad, ¿qué podré hacer?
Y si sobrellevo mis penas con paciencia, cuando todo lo he perdido, ¿podré seguir respondiendo de la paciencia que me queda?
Después acudieron a su memoria estos otros versos:
Levantó su tienda y se fué muy lejos, huyendo de mis ojos, que lo adoraban.
Huyó de mis ojos, que lo adoraban, cuando todas mis entrañas se estremecían al verle.
Se ha ido muy lejos el hermoso. ¡Oh mi vida! ¡Pero mi deseo está aquí y no se ha marchado!
¡Ay de mí! ¿Te volveré a ver? Y entonces, ¿qué de reproches tendré que hacerte?
Y Daul'makán, recordando estas estrofas, lloró mucho. Y el encargado le dijo: "¡Oh, hijo mío, sé razonable! ¡Ya sabes cuánto ha costado que recuperaras la salud, y ahora vas a recaer con todas esas lágrimas que viertes! ¡Cálmate y no llores más, pues mi pena es grande!" Pero Daul'makán no podía reprimirse, y recordando a su hermana Nozhatú y a su padre, recitó estos versos:
Goza de la tierra y de la vida, pues si la tierra se queda, la vida se marcha.
Ama la vida y goza de la vida, y para eso piensa que la muerte es inevitable.
¡Goza, pues, de la vida! ¡La dicha no tiene más que su tiempo marcado! ¡Apresúrate a gozarla! Y piensa que todo lo demás nada vale.
Porque todo lo demás nada vale. ¡Y fuera del amor a la vida nada recogerás en la tierra!
Porque el mundo debe ser como la habitación del jinete viajero. ¡Amigo, sé el jinete viajero de la tierra!
Cuando acabó de recitar estos versos, que el encargado del hammam había oído extático, y que trató de aprenderlos repitiéndolos varias veces, Daul'makán se quedó muy pensativo. Entonces el encargado, aunque no le quería importunar, acabó por decirle: "¡Oh mi joven señor! creo que todavía piensas en tu país y en tu familia!" Y Daul'makán exclamó: "Sí, ¡oh padre mío! Y como no puedo permanecer aquí un instante más, voy a despedirme de ti, para marcharme con esta caravana, y llegar a cortas jornadas, sin cansarme mucho, a Bagdad, mi ciudad".
Entonces el encargado del hammam dijo: "¡Y yo iré contigo! Porque no puedo dejarte solo, y como ya he empezado a ser tu guardián, no quiero abandonarte en la mitad del camino". Y Daul'makan exclamó: "¡Alah pague tu abnegación con toda clase de dones!" Y se alegró muchísimo de aquella buena suerte.
Entonces el encargado rogó a Daul'makán que montara en el borrico. Y dijo: "Irás montado todo el tiempo que quieras, y cuando estés cansado de esa postura, podrás, si quieres, bajar y andar un poco". Y Daul'makán le dió las gracias, y le dijo: "¡Verdaderamente, lo que haces por mí no lo hace el hermano por su hermano!" .Y después aguardaron que se pusiese el sol y viniese la frescura de la noche, para ponerse en camino con la caravana y salir de Damasco con rumbo a Bagdad.
Y esto es lo que pasó en cuanto a Daul'makán y el encargado del hammam.
Pero en cuanto a la joven Nozhatú, hermana gemela de Daul-makán, he aquí que había salido del khan de Jerusalén en busca de una colocación para servir en casa de algún notable, y ganar algún dinero con que cuidar a su hermano, y comprarle los trozos de carnero asado que deseaba. Y se había cubierto la cabeza con el viejo manto de pelo de camello, y había comenzado a recorrer las calles, sin saber adónde dirigirse. Pero su espíritu y su corazón estaban muy preocupados por la enfermedad de su hermano y por lo lejos que estaban de su familia y de su tierra. Y elevaba su pensamiento a Alah Misericordioso, recordando estos versos:
Las tinieblas se condensan para envolver completamente mi alma. La llama inexorable me consume. El deseo grita en mí dolorosamente y hace que se dibujen en mi cara los sufrimientos interiores.
El dolor de la separación vive despiadadamente en mis entrañas y me mortifica Es una pasión que no encuentra ninguna esperanza.
El insomnio es mi compañero y el deseo mi alimento. ¿Cómo podré callar el secreto de mi alma?
No conozco el arte ni los medios de ocultar todo el dolor que hay en mi corazón. En este corazón consumido por las llamas del amor, cuyo torrente me anega.
¡Oh noche! Ve a decir como mensajera al que conoce lo intenso de mi sufrimiento, que en la calma de tus horas no me viste nunca cerrar los ojos en tus brazos.
Y mientras la joven Nozhatú se dirigía a través de las calles, he aquí que se le acercó un jefe beduíno, a quien acompañaban cuatro hombres. Y este jefe la miró largo rato, y sintió un violento deseo de poseer a la hermosa joven, cuya cabeza cubría un pedazo de manto viejo y cuyos encantos realzaban bajo aquella tela tosca y destrozada. Aguardó que llegase a una calleja solitaria y muy angosta, se detuvo ante ella, y le dijo: "¡Oh joven! ¿Eres libre o esclava?"
Y la joven Nozhatú contestó: "¡Oh transeúnte! no me dirijas preguntas que aumenten mi dolor y mi desgracia". Y el beduíno repuso: "¡Oh joven! si te dirijo esta pregunta es porque tenía seis hijas, y he perdido ya cinco de ellas y no me queda más que la sexta, que vive completamente sola en mi casa. Y quisiera encontrar una joven que le hiciese compañía a mi hija y la ayudase a pasar el tiempo agradablemente. Y desearía que estuvieras libre para pedirte que aceptaras la hospitalidad de mi casa, y fueras de mi familia, como la hija adoptiva, para hacer olvidar a mi hijita el luto que lleva desde la muerte de sus hermanas".
Cuando Nozhatú oyó estas palabras, se quedó muy confusa, y dijo: "¡Oh jeique! soy una doncella extranjera, y tengo un hermano enfermo, con el cual he venido al país del Hedjaz. Y acepto el ir a tu casa para acompañar a tu hija, pero con la condición de quedar en libertad para volver por las noches adonde está mi hermano". Y el beduíno dijo:
"Aceptado, ¡oh joven! Harás compañía a mi hija durante el día. Y por la noche cuidarás de tu hermano. Y si quieres, lo transportaremos a mi casa, para que no esté nunca solo". Y tanto habló el beduíno, que decidió a la joven a acompañarle. Pero el malvado sólo pensaba en seducirla, pues no tenía hijos, ni albergue, ni casa. Y no tardó en llegar con Nozhatú y los otros cuatro beduínos a las afueras de la ciudad, donde estaban los camellos ya cargados y los odres llenos de agua. Y el jefe de los beduínos subió en su camello, hizo que Nozhatú montase a la grupa detrás de él, y dió la señal de marcha. Y se alejaron velozmente.
Entonces la pobre Nozhatú comprendió que el beduíno la había engañado completamente. Y empezó a lamentarse y a llorar por ella y por su hermano abandonado y sin socorro. Pero el beduíno sin conmoverse por sus súplicas, caminó toda la noche sin detenerse hasta el amanecer, y acabó por llegar a un lugar seguro, alejado de toda vivienda, en pleno desierto. Entonces el beduíno detuvo a su cuadrilla, y bajó del camello.
Y como Nozhatú siguiera llorando, se acercó a ella muy furioso, y le dijo: "¡Oh maldita, de corazón de liebre! ¿Quieres acabar de llorar, o prefieres que te mate a latigazos?" Y al oír estas palabras brutales, la pobre Nozhatú deseó la muerte para acabar de una vez, y exclamó:
"¡Malvado jefe de bandidos del desierto, tizón del infierno! ¿Cómo te atreves a hacer traición a tu fe y renegar de tus promesas?"
Entonces el beduíno se acercó a ella con el látigo levantado, y gritó:
"¡Ya veo que quieres sentir los latigazos en tu trasero! ¡Si no cesa tu llanto y sigues con tus insolencias, te arrancaré la lengua y te la hundiré en esa cosa que tienes entre los muslos! ¡Y esto te lo juro por mi gorro!"
Y ante amenaza tan horrible, la pobre joven, no acostumbrada a estas brutalidades, se echó a temblar y se tapó la cara con el velo, suspirando estas estrofas:
¡Oh! ¡Quién pudiera volver a la morada querida en que yo habitaba! ¿Cómo podría lograr que llegasen mis lágrimas a su destinatario?
¡Ay de mí! ¿Podré soportar más tiempo mi desgracia en esta vida llena de amargura y de dolor?
¡Ay de mí! ¡Haber vivido tanto tiempo feliz y mimada, para caer ahora en este estado de miseria lastimosa!
¡Oh! ¡Quién pudiera volver a la morada querida en que yo habitaba! ¿Cómo podría lograr que llegasen mis lágrimas a su destinatario?
Al oír estos versos, admirablemente rimados, el beduíno, que adoraba instintivamente la poesía, se sintió conmovido de piedad hacia la bella desventurada, y se acercó a ella, le limpió las lágrimas, le dió a comer una galleta de cebada, y le dijo: "Otra vez no me contestes cuando esté encolerizado, porque mi genio no sabe soportar eso. Y para que te enteres de lo que pienso hacer contigo, sabe que quería hacerte mi concubina, pero ahora quiero venderte a algún rico mercader, que te tratará con dulzura y te dará una vida feliz, como lo habría hecho yo. Y para venderte, te llevaré a Damasco".
Y Nozhatú dijo: "Hágase tu voluntad". Y en seguida volvieron a montar en los camellos, y reanudaron la marcha, dirigiéndose a Damasco. Y Nozhatú iba montada a la grupa detrás del beduíno. Pero como el hambre la apremiaba, se comió un pedazo de aquella galleta que le había dado su raptor.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 054



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Pero cuando llegó la 54ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Daul'makán notó que penetraba en él un gran alivio y que le vivificaba como brisa deliciosa. Y pudo levantar algo la cabeza y apoyarse en los almohadones. Al verlo, se sintió feliz el encargado del hammam, y exclamó: "¡Loor a Alah por la vuelta de la salud! ¡Oh Señor! pido a tu infinita misericordia que concedas la curación a este joven por mediación mía!"
Y durante tres días, aquel hombre estuvo haciendo votos por su curación, y le daba a beber tisanas refrescantes y agua de rosas, prodigándole grandes cuidados. Y las fuerzas empezaron a circular poco a poco por el cuerpo del enfermo. Y al fin pudo abrir los ojos a la luz y respirar sin ningún agobio. Precisamente en el instante en que se sentía mejor, entró el encargado del hamman, y lo encontró sentado en la cama, muy animado, y le dijo: "¿Qué tal estás, hijo mío?" Y Daul'makán le contestó: "Me siento con fuerzas y con buena salud". Y el encargado del hammam dió gracias a Alah, corrió al zoco, compró diez pollos, los mejores del zoco, y se los llevó a su mujer, y le dijo: "¡Oh hija de mi tío! he aquí diez pollos que te traigo. Hay que matar dos cada día, uno por la mañana y otro por la noche, para servírselos a nuestro enfermo".
Y en seguida la mujer del encargado del hamman mató un pollo; lo puso a cocer, y se lo llevó al joven, haciendo que bebiese el caldo. Y cuando hubo acabado, le presentó agua caliente para lavarse las manos. Después descansó tranquilamente reclinado en los almohadones, habiéndole tapado bien para que no se enfriara. Y así se durmió hasta la mitad de la tarde.
Entonces la mujer del encargado del hammam se puso a cocer el segundo pollo, se lo llevó después de haberlo trinchado, y le dijo: "¡Come, hijo mío! ¡Y que te haga buen provecho y te devuelva la salud!" Y mientras comía, entró el encargado del hammam, y vió cuán perfectamente seguía su mujer sus instrucciones. Y se sentó a la cabecera de la cama, y dijo al joven: "¿Cómo te encuentras, hijo mío?" Y él contestó: "¡Gracias a Alah, me siento con fuerzas y con buena salud! Y ¡ojalá te recompense Alah por tus beneficios!" Y el encargado del hammam, al oír estas palabras, sintió una gran alegría. Y se fue al zoco, y trajo jarabe de violetas y agua de rosas, y se los hizo beber.
Ahora bien; aquel hombre sólo ganaba cinco dracmas diarios en el hammam. Y de esos cinco dracmas dedicaba dos a Daul'makán para comprar pollos, azúcar, agua de rosas y jarabe de violetas. Y así siguió, gastando de esta manera, durante un mes entero, al cabo del cual Daul'makán recuperó completamente las fuerzas, habiendo desaparecido todo rastro de enfermedad.
Entonces el encargado y su esposa se alegraron mucho. Y el encargado dijo a Daulmakán: "¡Hijo mío! ¿quieres venir conmigo al hammam para tomar un baño, que te sentará muy bien después de tanto tiempo?" Y Daul'makán dijo: "Ciertamente que sí". Y el encargado fue al zoco, y volvió con un burrero y un asno; hizo montar a Daul'makán en el borrico, y durante todo el camino hasta el hammam fue a su lado, sosteniéndole con mucho cuidado. Y lo hizo entrar en el hammam, y mientras Daul'makán se desnudaba, el encargado fue al zoco para comprar todas las cosas necesarias para el baño, y cuando volvió dijo: "¡En el nombre de Àlah!
Y empezó a frotarle el cuerpo a Daul'makán, empezando por los pies.
Y entonces entró el amasador del hammam, y quedó confuso al verle desempeñar sus funciones, y se disculpó por el retraso con que había llegado.
Pero el encargado le dijo: "¡Oh compañero! tengo mucho gusto en hacerte un favor y en servir a este joven, que es mi huésped!"
Entonces el amasador mandó llamar al barbero y al depilador, y se pusieron a afeitar y a depilar a Daul'makán; y después le lavaron, sin escatimar el agua. Y el encargado le hizo subir a una tarima, le puso una buena camisa, un ropón de los suyos, un turbante muy lindo, y le ajustó la cintura con un cinturón muy hermoso, de lana de colores. Y así lo volvió a llevar a su casa en el borrico.
Precisamente su mujer lo había preparado todo para recibirle, y la casa estaba lavada por completo, las esteras bien limpias, lo mismo que la alfombra y los almohadones. Y el encargado hizo que se acostase Daul'makán, y le dio un sorbete con azúcar y agua de rosas; y luego le presentó uno de los pollos consabidos, habiéndole trinchado los mejores pedazos.
Y Daul'makán dio las gracias a Alah por el restablecimiento de su salud y le dijo al encargado: "¡Cuán grande es mi agradecimiento por tus buenas acciones y cuidados!" Pero el encargado repuso: "¡Déjate de eso, hijo mío! Lo único que te ruego es que me digas cuál es tu nombre, pues al ver tus modales se adivina que eres persona de distinción". Y Daul'makán le dijo: "Dime primeramente cómo y dónde me has encontrado, para que luego te cuente mi aventura".
Entonces el encargado del hammam dijo a Daul'makán: "Sabe que te encontré abandonado sobre un montón de leña delante de la puerta del hammam, una mañana que iba a mi obligación. Y no he sabido quién te había dejado allí, y te recogí en mi casa. Eso es todo".
Al oír estas palabras, Daul'makán exclamó: "¡Loor a Aquel que devuelve la vida a las osamentas sin vida! Y tú padre, padre mío, sabe ahora que no has favorecido a un ingrato, y espero que en breve tendrás la prueba de ello. Pero te ruego que me digas en qué país estoy". Y el encargado dijo:
"Estás en la ciudad santa de Jerusalén". Y Daul'makán hubo de lamentar amargamente lo lejos que se encontraba, y sobre todo, al verse separado de su hermana Nozhatú. Y no pudo dejar de llorar. Después contó su aventura al encargado, pero sin revelarle lo noble de su nacimiento. Y recitó estas estrofas:
Me han echado sobre los hombros una carga que no puedo llevar, y su peso me agobia y me ahoga.
Y digo a la amiga, causa de mi dolor, a aquella que es toda mi alma: "¡Oh mi señora! ¿No podrías tener un poco de paciencia para demorar la separación irremediable? Y ella me dice: "¿Qué hablas ahí de paciencia? ¡La paciencia no entra en mis costumbres!"
Entonces el encargado le dijo: "No llores más, hijo mío, y da gracias a Alah por tu curación".
Y Daul'makán preguntó: "¿Qué distancia nos separa de Damasco?" Y cuando le hubieron dicho que seis días de viaje, mostró sus grandes deseos de marchar. Pero el encargado le dijo: "¡Oh joven! ¿Cómo he de dejar que vayas solo a Damasco teniendo tan poca edad? Sí persistes te acompañaré, y veremos si también nos acompaña mi mujer. Y de ese modo viviremos todos en Damasco, el país de Scham, cuyas aguas y frutas ponderan tanto los viajeros".
Por lo que, dirigiéndose a su esposa, le dijo: "¡Oh hija de mi tío! ¿Quieres acompañarme a esa deliciosa ciudad de Damasco, el país de Scham, o prefieres quedarte aquí y aguardar mi regreso? Porque necesito acompañar a nuestro huésped, ya que me duele mucho separarme de él, y siendo tan joven como es, no puedo dejar que vaya solo, y por caminos que desconoce, a una ciudad muy aficionada, según se dice, a la corrupción y a los excesos".
Y la mujer del encargado dijo: "Os acompañaré muy gustosa". Y el encargado se alegró mucho, y dijo: "¡Loado sea Alah, que nos pone de acuerdo, ¡oh hija de mi tio!" Y reunió los efectos y muebles de la casa, como esterillas, almohadas, cacerolas, calderos, morteros, bandejas y colchones, y lo llevó al zoco de los pregoneros, y los subastó. Y de todo sacó cincuenta dracmas, que empezó a gastar alquilando un borrico para el viaje...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 053



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Pero cuando llegó la 53ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el rey Hardobios mandó llamar inmediatamente a los sabios musulmanes y a las jóvenes de pechos redondos e intacta virginidad. Y colmó a los sabios de consideraciones y regalos, y los recibió con gran generosidad.
Después les confió las hermosas jóvenes, elegidas una por una, y le encargó que les diesen la educación musulmana más completa. Y los sabios y los poetas obedecieron, e hicieron exactamente lo que el rey les había mandado. Eso en cuanto al rey Hardobios.
Pero en cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas regresó de la caza y, al entrar en palacio, supo la fuga de Abriza y su desaparición, se afectó mucho, y exclamó: "¿Cómo es que una mujer puede salir de mi palacio sin que nadie se entere? ¡Si el reino está tan bien guardado como mi palacio, es segura nuestra perdición! ¡Otra vez que vaya de caza, me cuidaré de que se guarden bien mis puertas!".
Y mientras hablaba de tal modo, he aquí que Scharkán volvió de su expedición, y se presentó ante su padre, que le enteró de la desaparición de Abriza. Y Scharkán, desde aquel día, no pudo soportar la estancia en el palacio de su padre, tanto más cuanto que los niños Nozhatú y Daul'makán eran objeto de los cuidados más asiduos del rey.
Y se entristeció más cada día, y de tal manera, que el rey le dijo: "¿Qué tienes, ¡oh hijo mío!? ¿por qué tu cara amarillea y tu cuerpo enflaquece?" Y Scharkán le dijo: "¡Oh padre mío! he aquí que por varias razones me es intolerable permanecer en este palacio. ¡Te pediré, pues, como favor, que me nombres gobernador de cualquier plaza fuerte entre las plazas fuertes, y allí me iré a enterrar para el resto de mis días!" Después recitó estas estrofas del maestro de los proverbios:
El alejamiento es para mí más dulce que la estancia. ¡Mis ojos no verán ni mis orejas oirán las cosas que me recuerdan la dulce amiga perdida!
Y el rey Omar Al-Nemán, comprendiendo las causas del dolor de su hijo Scharkán, quiso consolarle, y le dijo: "¡Oh hijo mío!, ¡que se cumpla tu anhelo! ¡Y como el punto más importante de mi imperio es la ciudad de Damasco, he aquí que te nombro gobernador de Damasco, a contar desde este momento!" E inmediatamente mandó llamar a los escribas de palacio y a todos los grandes del reino, y en presencia suya nombró a Scharkán gobernador de la provincia de Damasco. Y el decreto de su nombramiento fue escrito y promulgado en el acto; y en seguida se preparó todo lo necesario para la partida.
Y Scharkán se despidió de su padre, y de su madre, y del visir Dandán, al cual hizo sus, últimos encargos. Y después de haber aceptado los homenajes de los emires, visires y notables del reino, se puso a la cabeza de sus guardias, y no dejó de viajar hasta que llegó a Damasco. Y los habitantes lo recibieron al son de pífanos y címbalos, trompetas y clarines. Y adornaron en su honor la ciudad y la iluminaron. Y fueron todos a su encuentro formando gran comitiva, en dos filas bien alineadas, llevando unos la derecha y otros llevando la izquierda. Esto en cuanto a Scharkán.
Pero en cuanto al rey Omar Al-Nemán, poco tiempo después de la partida de Scharkán para el gobierno de Damasco, recibió la visita de los sabios a quienes había encomendado la educación de sus dos hijos, Nozhatú y Daul'makán.
Y los sabios dijeron al rey: "¡Oh señor nuestro! venimos a anunciarte que tus hijos han terminado sus estudios, y saben perfectamente los preceptos de la sapiencia y de la cortesía, las bellas letras y la manera de portarse". Y al oírlo, el rey Omar Al-Nemán sintió que la satisfacción y la alegría dilataban su pecho, e hizo magníficos presentes a los sabios.
Y vió efectivamente que sobre todo su hijo Daul'makán, ya de edad de catorce años, se hacía más agraciado y más hermoso cada vez, y que se complacía en las prácticas religiosas y en las obras de piedad, y quería a los pobres así como la compañía de hombres versados en la jurisprudencia y el Corán. Y todos los habitantes de Bagdad, hombres y mujeres, le querían en extremo y deseaban para él las bendiciones de Alah.
Pero llegó un día, que era el del paso por Bagdad de los peregrinos del Irak, que se dirigen a la Meca para cumplir los deberes del hadj anual, y marchar después a Medina para visitar la tumba del Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!).
Y cuando Daul'makán vió la santa comitiva, se encendió su devoción, y corrió en busca del rey, su padre, y le dijo: "Vengo en tu busca, ¡oh padre mío! para que me dejes marchar con la peregrinación santa". Pero el rey Omar Al-Nemán quiso disuadirle de ello, y le dijo: "Todavía eres demasiado joven, ¡oh hijo mío! ¡Pero el año que viene, si Alah quiere, iré en persona al hadj, y te llevaré conmigo!"
Pero a Daul'makán le pareció excesivo aquel aplazamiento, y corrió en busca de su hermana Nozhatú, que en aquel instante se disponía a rezar su oración. Dejó que terminara, y después le dijo:
"¡Oh Nozhatú! me mata el deseo de ir al hadj para visitar la tumba del profeta (¡sean con él la oración y la paz!), y he pedido permiso a nuestro padre, pero me lo ha negado. Y mi objeto ahora es proveerme de algún dinero y marcharme secretamente con la peregrinación, sobre todo sin avisar a nuestro padre".
Entonces, Nozhatú, entusiasmada, exclamó: "¡Por Alah sobre ti! Te ruego, ¡oh hermano mío! que me lleves también y no me prives de visitar la tumba del Profeta (¡sean con él la oración y la paz!)" Y él dijo: "¡Así sea!
Ven a buscarme cuando caiga la noche. ¡Y sobre todo, cuida de no hablar de ello a nadie!"
Y a media noche se levantó Nozhatú, se vistió de hombre, disfrazándose con la ropa que le había dado su hermano, que era de su misma estatura y de su misma edad, cogió algún dinero y se dirigió hacia la puerta del palacio. Allí le esperaba su hermano Daul'makán con dos camellos. Y ayudó a su hermana a montar en uno de ellos, obligando al animal a agacharse, y después subió él en el segundo camello. Y luego se levantaron los animales y echaron a andar, y los dos hermanos pudieron unirse con los peregrinos y mezclarse con ellos, sin que nadie se enterase de su llegada. Y toda la caravana del Irak salió de Bagdad, emprendiendo el camino de la Meca.
Y Alah había escrito su buena suerte, de modo que no tardaron en llegar sin ningún contratiempo a la Meca Santa.
Y Daul'makán y Nozhatú llegaron al límite de la alegría al verse en el monte Arafat, y cumplir las obligaciones rituales. ¡Y cuál no fue su dicha al dar la vuelta a la Kaaba!
Pero no pudieron contentarse con esta visita a la Meca, y llevaron su devoción hasta el punto de marchar a Medina para venenar la tumba del Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!).
Y cuando se disponía el regreso de la peregrinación a su tierra Daul'makán dijo a Nozhatú: "¡Oh hermana mía! deseo visitar la santa ciudad de Abraham, amigo de Alah, la que los judíos y los cristianos llaman Jerusalén". Y Nozhatú dijo: "Y yo también lo quisiera, ¡oh hermano mío!" Entonces, después de ponerse de acuerdo sobre este punto, aprovecharon la salida de una pequeña caravana para dirigirse hacia la santa ciudad de Abraham.
Y tras un viaje muy penoso, acabaron por llegar a Jerusalén; pero en el camino sufrieron accesos de calenturas. Y la joven Nozhatú acabó por curarse a los pocos días, pero Daul'makán siguió enfermo, y su estado se fue agravando, de modo que en Jerusalén tuvieron que alquilar una habitación en el khan. Y Daul'makán se tendió en un rincón, vencido por la enfermedad, y la enfermedad empeoró de manera tan grave, que Daul'makán acabó por perder del todo el conocimiento y entró en un período de delirio. Y la buena Nozhatú no le dejaba un instante, y estaba muy preocupada al verse sola en un país extranjero, sin nadie que la ayudara.
Y como la enfermedad proseguía, y duraba bastante tiempo, Nozhatú acabó por agotar sus últimos recursos y no le quedó un dracma en sus manos.
Entonces mandó al zoco a uno de los criados del khan, para que le vendiese uno de sus vestidos y le trajese algún dinero. Y el criado así lo hizo. Y Nozhatú siguió vendiendo todos los días algunos de sus efectos para cuidar a su hermano, y de este modo agotó por completo cuanto tenía.
Y los únicos bienes que le quedaban era la ropa vieja con que estaba vestida y la estera vieja que les servía de cama a ella y a su hermano. Y al verse en tal indigencia, la pobre Nozhatú lloró en silencio.
Pero aquella misma noche Daul'makán recobró el conocimiento, por voluntad de Alah, y se sintió algo mejor; y volviéndose hacia su hermana, le dijo: "¡Nozhatú! he aquí que he recuperado las fuerzas, y quisiera comerme unos pedacitos de carnero asado". Y Nozhatú dijo: "¡Oh hermano mío! ¿cómo haremos para comprar carne? Porque no me atrevo a pedir limosna. Pero no te apures, que mañana me pondré a servir en casa de algún rico y ganaré lo necesario. Lo único que siento es que te tendré que dejar solo todo el día; pero ¿qué le vamos a hacer? ¡No hay fuerza y poder más que en Alah el Altísimo! ¡Y Él sólo puede hacernos volver a nuestro país!" Y dichas estas palabras, Nozhatú prorrumpió en sollozos.
Y al día siguiente se levantó al amanecer, y se cubrió la cabeza con un viejo manto de piel de camello que les había dado un camellero, vecino suyo en el khan. Y besó a su hermano, le echó los brazos al cuello, y llorando salió hecha un mar de lágrimas, sin saber exactamente adónde dirigirse.
Daul'makán aguardó todo el día el regreso de su hermana. Pero llegó la noche, y Nozhatú no había vuelto. Y la aguardó toda la noche sin pegar un ojo, y Nozhatú no volvió. Y al otro día, y a la noche siguiente, ocurrió la mismo.
Entonces Daul'makán se vió presa de un temor muy grande al pensar en su hermana, y su corazón empezó a temblar. Y como llevaba dos días sin tomar ningún alimento, se arrastró penosamente hasta la puerta de la habitación, y se puso a llamar al criado del khan, que acabó por oírle. Y Daul'makán le rogó que le ayudase a llegar hasta el zoco. Y el criado se lo echó a hombros, se lo llevó al zoco, y lo dejó junto a una tienda medio derruída, y se fué.
Y todos los transeúntes y mercaderes del zoco se agruparon en derredor de él, y al ver su estado de debilidad, empezaron a lamentarse y a compadecerle. Y Daul'makán, que no tenía ya fuerzas para hablar, les indicó por señas que estaba hambriento. Entonces hicieron una cuestación en su favor, pasando una bandeja entre los mercaderes del zoco, y le compraron comida. Y como la cuestación había producido treinta dracmas, se deliberó sobre lo que sería más conveniente en interés del enfermo. Y un buen anciano del zoco dijo: "Lo mejor es alquilar un camello para transportar a Damasco a este pobre joven, y llevarlo al hospital consagrado a los enfermos por la caridad del califa. Porque aquí se morirá seguramente si se queda abandonado en la calle". Y a todo el mundo le pareció muy bien; pero como era ya de noche, se aplazó la cosa para el día siguiente. Y dejaron junto a Daul'makán, al alcance de su mano un cántaro de agua y víveres. Y al cerrarse las puertas del zoco, todos se volvieron a sus casas, lamentando la suerte del pobre enfermo. Daul'makán pasó toda la noche sin poder pegar los ojos, preocupado por la suerte de su hermana Nozhatú. Y como estaba tan débil, apenas si pudo comer ni beber.
Al otro día las buenas gentes del zoco alquilaron un camello, y le dijeron al conductor: "¡Oh camellero! vas a llevar en tu camello a este enfermo, y lo transportarás hasta el hospital de Damasco, en donde podrá curarse". Y el camellero respondió: "Sobre mi cabeza y sobre mis ojos, ¡oh señores!" Pero el malvado camellero pensó: "¿Para qué he de transportar desde Jerusalén a Damasco a un hombre que está próximo a morir?"
Después hizo agacharse a su camello y colocó en él al enfermo. Y cubierto de bendiciones por la gente del zoco, habló a su camello, tiró del ronzal, y el camello se levantó y se puso en camino. Pero apenas había atravesado algunas calles, el camellero se detuvo; y como había llegado frente a la puerta de un hammam, cogió al pobre enfermo, que se había desvanecido, lo dejó sobre un montón de leña que servía para calentar el baño y se fué a toda prisa.
Así es que al amanecer, cuando llegó el encargado del hamman para calentar el baño, se encontró con aquel cuerpo que estaba tendido y como exánime. Y dijo para sí "¿Quién habrá podido dejar aquí este cadáver en vez de enterrarlo?" Y se disponía a empujar el cadáver lejos de la puerta, cuando Daul'makán hizo un movimiento. Y el encargado exclamó:
"¡No es un muerto, sino algún aficionado al haschich, que se ha caído esta noche sobre el montón de leña! ¡Oh consumidor de haschich! márchate". Y al inclinarse para gritárselo en la cara, vió que era un jovencillo, sin asomo de bozo en las mejillas, y de una gran distinción y gran belleza, a pesar de su delgadez y de los estragos de la enfermedad.
Y sintiendo una gran piedad hacia él, exclamó: "¡No hay fuerza ni poder más que en Alah! ¡He aquí que acabo de juzgar temerariamente a un pobre joven, extranjero y enfermo, cuando nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) nos ha encargado que evitemos los juicios temerarios y que seamos caritativos y hospitalarios con los extranjeros, singularmente con los extranjeros enfermos!"
Y sin vacilar un momento, se echó a cuestas al joven, volvió a su casa, entró en el aposento de su esposa, y le dejó entre sus manos, encargándole que lo cuidase. Entonces aquella mujer tendió una alfombra en el suelo, puso encima de la alfombra una almohada limpia, y acostó cuidadosamente al huésped enfermo. Y fué a la cocina a encender lumbre, y calentó agua para lavarle las manos, los pies y la cara. Por su parte, el encargado del hamman fué al zoco para comprar perfumes y azúcar, y roció con agua de rosas la cara del joven, y le hizo beber sorbete con azúcar y jarabe de rosas. Después sacó del arca una camisa muy limpia, perfumada con flores de jazmín, y se la puso.
Y con estos cuidados, notó Daul'makán que penetraba en él un gran alivio y que le vivificaba como brisa deliciosa.. .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 052



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Pero cuando llegó la 52ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el horrible negro dijo a la reina: "¡Oh señora mía! por favor, déjame poseerte".
Y la reina, indignada, contestó: "¡Oh negro, hijo de negro, hijo de esclavos! ¿Te atreves a exhibirte de ese modo? ¡Qué desesperación verme sin defensa, en manos del último de los esclavos negros! ¡Miserable!
¡Que el Señor me ayude a salir del estado en que me encuentro, y a curar mis dolencias femeniles que me tienen impotente, y castigaré tu insolencia con mis propias manos! ¡Antes que dejarme tocar por ti, preferiría matarme y acabar con mis padecimientos!"
Y recitó estas estrofas:
¡Oh tú, que no cesas de perseguirme! ¿Cuándo acabarás? Bastante he gustado la amargura de las pruebas a que me ha sometido mi suerte. Confío en que el Señor me libertará de las bestias violadoras.
¿Por qué persistes? ¿No te he dicho que siento horror hacia el libertinaje? ¡Cesa de mirar con la avidez de esos ojos de hambriento miserable!
Y no esperes tocarme, como antes me cortes en pedazos con el filo de tu alfanje, de hoja templada en el Yemen.
¡Y no olvides que soy una de las más puras, una de las más nobles y una de las más sublimes de sangre! ¿Cómo te atreves, ¡oh insolente esclavo! a levantar los ojos hacia mí, cuando estás lejos de pertenecer a una raza elevada y exquisita?
Cuando el negro Moroso hubo oído estos versos, su cara se congestionó de odio, sus facciones se agitaron convulsivamente, sus narices se hincharon, sus gruesos labios se contrajeron, y todo su ser trepidó de furor. Y recitó estas estrofas:
¡Oh mujer! ¡No me rechaces así, pues soy víctima de tu amor, y me han matado tus miradas triunfantes! ¡Mi corazón está hecho pedazos esperándote! ¡Mi cuerpo está completamente extenuado, lo mismo que la paciencia que hasta ahora tuve!
Tu voz, sólo con oírla, me cautiva. Y mientras me mata el deseo, noto que se ha eclipsado mi razón.

Pero te advierto, ¡oh implacable! que aunque cubrieses toda la tierra de soldados y defensores, yo sabría alcanzar el término de mis deseos. Yo sabría beber el agua de que estoy privado, el agua que apagará mi sed.
Al oír estos versos, Abriza, que lloraba de ira, exclamó: "¡Indecente esclavo! ¡Oh perro maldito! ¿Crees que son iguales todas las mujeres? ¿Te atreves a seguir hablándome de ese modo?" Y el negro, viendo que Abriza lo rechazaba en absoluto, ya no pudo reprimir su furor. Y precipitándose sobre ella, con el alfanje en la mano, la cogió por el pelo, y le atravesó el cuerpo de una estocada. Y a manos de aquel negro murió de tal manera la reina Abriza.
Entonces el negro Moroso se apresuró a apoderarse de los mulos, cargados con las riquezas y con los bienes de Abriza, y llevándoselos por delante, huyó rápidamente hacia las montañas.
En cuanto a la reina Abriza, al expirar, había parido un hijo entre las manos de la fiel Grano de Coral, que, en su dolor, se había cubierto de polvo la cabeza, y se desgarraba las ropas, y se golpeaba las mejillas, hasta hacer brotar sangre. Y exclamaba: "¡Oh mi infortunada señora!
¿Cómo, tú, la guerrera, la valerosa, has acabado de esta manera a los golpes de un miserable esclavo negro?"
Pero apenas Grano de Coral había dejado de lamentarse, vió una nube de polvo que cubría el cielo y que se acercaba rápidamente. Y de pronto, esta nube se disipó. Y aparecieron soldados y jinetes, todos vestidos al estilo de Kaissaria. Y era, en efecto, el ejército del rey Hardobios, padre de Abrizia. Porque había sabido la huída de Abriza, y había reunido sus tropas. Y tomando el mando, se había puesto en camino para Bagdad; y así llegó al lugar en que acababa de sucumbir su hija.
Y al ver el cuerpo ensangrentado, el rey se tiró del caballo, y abrazándose al cadáver se desmayó. Y Grano de Coral empezó a llorar y a lamentarse con mayor pena.
Después, cuando el rey volvió en sí, le contó toda la historia, y le dijo: "¡El que ha matado a tu hija es uno de los negros del rey Omar Al-Nemán, ese rey lleno de lubricidad que ha hecho lo que ha hecho con tu hija!" Y el rey Hardobios, al oír estas palabras, vió que todo el mundo se oscurecía, y resolvió tomar una venganza terrible. Pero se apresuró a pedir una litera, en la cual colocó el cuerpo de su hija. Y tuvo que volver a Kaissaria, para los deberes de la inhumación y los funerales.
Cuando el rey Hardobios,llegó a Kaissaria, entró en su palacio y mandó llamar a su nodriza, la Madre de todas las Calamidades, y le dijo: "¡He aquí lo que han hecho los musulmanes con mi hija! !El rey le ha arrebatado la virginidad, y un esclavo negro, no pudiendo forzarla, la ha matado! Y de ella ha nacido esa criatura que cuida Grano de Coral. ¡Pero juro por el Mesías que he de vengarla y he de lavar el oprobio con que me han cubierto! De no ser así, preferiría matarme con mis propias manos". Y se echó a llorar lágrimas de furor.
Entonces la Madre de todas las Calamidades le dijo: "No te preocupes, ¡oh rey! en cuanto a la venganza; yo sola haré expiar sus crímenes a ese musulmán. Porque lo mataré a él y a sus hijos, y de una manera que servirá de asunto durante mucho tiempo para las historias que se cuenten en lo futuro en todas las comarcas de la tierra. Pero es necesario que escuches bien lo que voy a decirte, y lo ejecutes fielmente.
Helo aquí: Hay que llamar a tu palacio a las cinco jóvenes más bellas de Kaissaria, las de los pechos más hermosos y de virginidad intacta. Y hay que llamar, al mismo tiempo, a los sabios más ilustres y a los literatos más famosos de las comarcas musulmanas que confinan con tu reino. Y darás orden a esos sabios musulmanes de que eduquen a las jóvenes según su método. Y les enseñarán también la ley musulmana, la historia de los árabes, los anales de los califas y todos los hechos de los reyes musulmanes. Además, les enseñarán la cortesía, la manera de hablar y el arte de comportarse con los reyes, el modo de hacerles compañía sirviéndoles de beber, y aprenderán también los versos más hermosos, el modo más agradable de recitarlos, la manera de componer los poemas y los discursos, así como el arte de las canciones. Y es necesario que esta educación sea completa, aunque tenga que durar diez años; porque hemos de tener paciencia, como la tienen los árabes del desierto, que dicen:
"La venganza se puede realizar, aunque hayan transcurrido cuarenta años".
Porque la venganza que yo preparo no es realizable más que por medio de la educación completa de esas jóvenes; y para convencerte, te diré que la gran afición de ese rey musulmán es la de copular con sus esclavas, de las cuales tiene ya trescientas sesenta, además de las cien amazonas que allí ha dejado nuestra reina Abriza, y de los regalos de mujeres que le llevan como tributo de todas las costas. De modo que lo haré perecer por su incorregible afición.
Al oír estas palabras, se alegró el rey Hardobios hasta el límite de la alegría, y besó la cabeza de la Madre de todas las Calamidades, y mandó que se llamase inmediatamente a los sabios musulmanes y a las jóvenes de pechos redondos e intacta virginidad.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Noche 051



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Pero cuando llegó la 51ª noche

Ella dijo:
Vieron relucir a lo lejos las mezquitas gloriosas de la ciudad de paz. Y Scharkán rogó a la reina Abriza y a sus compañeras que se quitaran las armaduras y las cambiaran por sus vestidos femeninos. Y así lo hicieron. Después mandó que se adelantaran algunos de sus soldados y anunciasen a su padre Omar Al-Nemán su llegada y la de la reina Abriza a fin de que saliese a recibirles una digna comitiva.
Cuando anocheció echaron pie a tierra, se armaron las tiendas, y durmieron hasta por la mañana.
Y al nacer el día, el príncipe Scharkán y sus jinetes, y la reina Abriza y sus amazonas, volvieron a montar en sus corceles, y tomaron el camino de la ciudad. Y he aquí que salió de la población, yendo a su encuentro, el gran visir Dandán con un acompañamiento de mil jinetes; y se acercó a la joven reina y al valeroso Scharkán, y besó la tierra entre sus manos, y después todos juntos entraron en la ciudad.
Y Scharkán fué el primero en subir al palacio. Y el rey Omar Al-Nemán se levantó para ir a su encuentro, le abrazó y le pidió noticias. Y Scharkán le contó toda su historia con la hija del rey Hardobios de Kaissaria, y la perfidia del rey de Constantinia, y su resentimiento por causa de la esclava Safía, que era la misma hija del rey Afridonios, y le contó también la hospitalidad y los buenos consejos de Abriza, y su última hazaña, con todas sus cualidades de valor y belleza.
Cuando el rey Omar Al-Nemán oyó estas últimas palabras, sintió gran deseo de ver a la joven maravillosa, y todo su ser se encendió al oír estos detalles. Y pensó en las delicias de sentir en su cama la solidez y la esbeltez armoniosa de un cuerpo de doncella tan aguerrida, virgen de varón, y tan amada por sus compañeras de guerra.
Y tampoco desdeñó a estas mismas amazonas, cuyos rostros, bajo los trajes guerreros eran los de un niño de mejillas frescas, sin asomo de pelo ni bozo. Porque el rey Omar Al-Nemán era un anciano admirable, de músculos más ejercitados que los de los jóvenes. Y no temía las luchas de la virilidad, y salía siempre victorioso de entre los brazos de sus mujeres más ardientes.
Pero como Scharkán no podía figurarse que su padre tuviera sus miras respecto a la joven reina, se apresuró a ir a buscarla y se la presentó. Y el rey estaba sentado en su trono, y había despedido a sus chambelanes y a todos sus esclavos, excepto a los eunucos. Y la joven Abriza llegó hasta él, besó la tierra entre sus manos, y le habló con un lenguaje de una pureza y elegancia deliciosas. De modo que el rey Omar Al-Nemán llegó al límite del asombro, le dió gracias, la glorificó por cuanto había hecho con su hijo el príncipe Scharkán, y la invitó a sentarse. Y Abriza, entonces, se sentó, y se quitó el velillo que le cubría la cara, y ¡aquello fué un deslumbramiento! Pero tan gran deslumbramiento, que el rey Omar Al-Nemán estuvo a punto de perder la razón. Y en seguida mandó que preparasen para ella y sus compañeras el más suntuoso aposento, y le señaló un tren de casa digno de su categoría. Y entonces fué cuando la interrogó respecto a las tres gemas preciosas llenas de virtudes.
Y Abriza le dijo: "Esas tres gemas maravillosas, ¡oh rey del tiempo! las tengo yo, pues no me separo nunca de ellas. ¡Y voy a enseñártelas!"
Mandó traer una caja, y sacó de ella un cofrecillo, y de él un estuche de oro cincelado. Y al abrirlo aparecieron las tres gemas, radiantes, blancas y exquisitas. Y Abriza las cogió, se las llevó a los labios una tras otra, y se las ofreció al rey Omar Al-Nemán como regalo por la hospitalidad que le concedía. Y hecho esto, salió.
Y el rey Omar Al-Nemán comprendió que el corazón se le iba con ella. Pero como las gemas estaban allí, brillando, mandó llamar a su hijo Scharkán y le hizo presente de una de ellas. Y Scharkán le preguntó qué iba a hacer con las otras dos gemas, y el rey le dijo: "Se las voy a dar, una a tu hermana la niña Nozhatú, y la segunda a tu hermanito Daul'makán".
Al oír estas palabras que le hablaban de su hermano Daul'makán, cuya existencia ignoraba por completo, quedó Scharkán desagradablemente sorprendido, pues sólo sabía el nacimiento de Nozhatú. Y volviéndose hacia el rey Omar Al-Nemán, le dijo: "¡Oh padre! ¿tienes otro hijo que no sea yo?" Y contestó el rey: "Ciertamente; un hermano gemelo de Nozhatú, que tiene seis años, hijos ambos de mi esclava Safía, hija del rey de Constantinia".
Entonces Scharkán, trastornado por aquella noticia, apretó las manos y se estrujó la ropa a causa del despecho, pero de todos modos se detuvo. Y exclamó: "¡Ojalá estén ambos bajo la protección de Alah el Altísimo!"
Y su padre que había notado su agitación y su despecho, le dijo: "¡Oh hijo mío! ¿Por qué te pones así? ¿No sabes que la sucesión del trono te ha de corresponder a ti solo cuando yo muera? ¿No te he dado, en primer lugar, la más bella de las tres gemas, llena de maravillas?"
Pero Scharkán no se sintió en disposición de contestarle, y no queriendo contrariar ni apenar a su padre, salió del salón del trono con la cabeza baja. Y se dirigió hacia el aposento de Abriza; y Abriza se levantó en seguida para recibirle, y le dió las gracias por lo que había hecho por ella, y le rogó que se sentara a su lado. Después, al verle entristecido y con cara sombría, le dirigió tiernas preguntas. Y Scharkán le contó el motivo de su pena, y añadió: "Pero lo que más me preocupa, ¡oh Abriza! es que he sorprendido en mi padre intenciones nada dudosas respecto a ti, y he visto que sus ojos se encendían con el deseo de poseerte.
¿Qué dices a eso?" Y ella contestó: "¡Puedes tranquilizar tu alma, ¡oh Scharkán! pues tu padre no me poseerá como no sea muerta! ¿No le bastan sus trescientas sesenta mujeres y aun todas las otras, cuando así codicia mi virginidad, que no es para sus dientes? ¡Vive tranquilo, oh Scharkán y no te preocupes!"
Después mandó traer comida y licores, y ambos comieron y bebieron. Y Scharkán, que seguía con el alma apenada, marchó a su casa para dormir aquella noche. Esto en cuanto a Scharkán.
Pero en cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas salió Scharkán, se fué en busca de su esclava Safía, llevando en la mano las dos gemas preciosas, colgadas cada una de una cadena de oro. Y al verle entrar, Safía se puso de pie, y no se sentó hasta que se hubo sentado el rey. Y entonces se le acercaron los dos niños, Nozhatú y Daul'makán. Y el rey los besó, y les colgó al cuello a cada uno una de las preciosas gemas. Y los dos niños se alegraron mucho; y su madre deseó al rey prosperidades y dichas. Entonces el rey le dijo: "¡Oh Safía! eres la hija del rey Afridonios de Constantinia, y nunca me lo has dicho. ¿Por qué me lo has ocultado? Así no he podido tenerte las consideraciones debidas a tu categoría y realzarte en estimación y en honor!"
Y Safía le dijo: "¡Oh rey generoso! ¿y qué más podía anhelar después de cuanto te debo? ¡Me has colmado de dones y de favores, me has hecho madre de dos niños hermosos como la luna!"
Entonces el rey Omar Al-Nemán quedó encantadísimo de aquella respuesta, que encontró delicada y deliciosa, y llena de buen gusto y de cortesía. Y mandó dar a Safía un palacio mucho más bello que el primero, y aumentó considerablemente el tren de su casa y su consignación para gastos. Después volvió a su palacio para juzgar, y nombrar, y destituir, según costumbre.
Pero seguía con el espíritu y el corazón muy atormentados con el recuerdo de la joven reina Abriza. Así es que pasaba las noches en su aposento hablando con ella y dirigiéndole indirectas. Pero Abriza le daba siempre la misma contestación. "¡Oh rey del tiempo! no me inspiran deseos los hombres". Y esto contribuía a excitar y atormentar más al rey, que acabó por ponerse enfermo. Entonces mandó llamar a su visir Dandán, y le descubrió todo el amor que sentía su corazón por la admirable Abriza, el ningún resultado obtenido y su desesperanza de llegar a poseerla.
Cuando el visir oyó estas palabras, le dijo al rey: "He aquí mi plan: a la caída de la noche, coge un puñado de banj, narcótico seguro, e irás a buscar a Abriza. Y comenzarás a beber con ella, y le deslizarás en la copa unos terrones de banj. Y en cuanto caiga en la cama, serás su dueño; y podrás hacer con ella todo lo que te parezca a propósito para satisfacer tu deseo y calmar tus ardores. Y esta es mi idea". Y el rey contestó: "Verdad es que tu consejo es excelente, y el único realizable".
Entonces se levantó, y fué a uno de sus armarios; y sacó un puñado de banj tan puro y tan fuerte, que sólo el olor habría hecho dormir un año entero a un elefante. Se lo guardó en el bolsillo y esperó que llegase la noche. Entonces fué a buscar a la reina Abriza, que se levantó para recibirle, y no se sentó hasta que se sentó el rey y le dió permiso. Y se puso a comer con ella, y expresó el deseo de beber, y en seguida mandó ella traer bebidas en grandes copas de oro y cristal, y todos los accesorios, como frutas, almendras, avellanas, alfónsigos y lo demás.
Y ambos se pusieron a beber, hasta que la embriaguez empezó a perturbar la cabeza de Abriza. Al verlo, sacó el rey los terrones de banj y se los escondió en la mano. Después llenó una copa, se bebió la mitad, deslizó en ella el narcótico discretamente, y se la ofreció a la joven.
Y le dijo: "¡Oh regia joven! toma esta copa y bebe esta bebida de mi deseo". Y la reina Abriza, inconsciente, se la bebió risueña, y en seguida el mundo empezó a girar delante de sus ojos; y no tuvo tiempo más que para arrastrarse hasta su lecho, en que cayó pesadamente de espaldas, extendidos los brazos y separadas las piernas. Y dos grandes candelabros estaban colocados uno a la cabecera y otro a los pies de la cama.
Entonces el rey Omar Al-Nemán se aproximó a Abriza, y empezó por desatar los cordones de seda de su ancho pantalón, y no le dejó encima de la piel más que la fina camisa. Levantó el pañal de la camisa, y apareció debajo, entre los muslos, bien alumbrado por la luz de los candelabros, algo que le arrebató el espíritu y la razón.
Pero tuvo fuerzas para reprimirse y quitarse también el ropón y los calzones. Y entonces pudo dejarse llevar libremente del extremado ardor que le impulsaba. Y echándose sobre aquel cuerpo juvenil, lo cubrió completamente. Pero ¡quién sabría medir todo lo que pasó entonces!
Y he aquí cómo desapareció y cómo se borró la virginidad de la joven reina Abriza.
Y el rey Omar Al-Nemán, apenas hizo aquello, se levantó y se fué a la habitación contigua en busca de la esclava preferida de Abriza, la fiel Grano de Coral, y le dijo: "¡Corre al aposento de tu ama, que te necesita!" Y Grano de Coral se apresuró a entrar en el aposento de su señora, y la encontró tendida y estropeada, con la camisa levantada, los muslos teñidos en sangre y la cara muy pálida. Y Grano de Coral comprendió que era muy urgente cuidarla. Y en seguida cogió un pañuelo, con el cual limpió delicadamente la cosa más honorable de su ama. Después cogió otro pañuelo, y le secó cuidadosamente el vientre y los muslos. En seguida le lavó la cara, las manos y los pies, y la roció con agua de rosas, y le lavó los labios y la boca con agua de azahar.
Entonces la reina Abriza abrió los ojos, y en seguida se incorporó. Y viendo a su esclava Grano de Coral, le dijo: "¡Grano de Coral! ¿qué me ha sucedido? He aquí que me siento desfallecer." Y Grano de Coral no pudo hacer más que contarle el estado en que la había encontrado, tendida de espaldas y filtrándosele la sangre por entre los muslos. Y Abriza comprendió entonces que el rey Omar Al-Nemán había satisfecho en ella sus deseos y que había consumado en ella la cosa irreparable. Y tan grande fué su dolor, que mandó a Grano de Coral que negase a todo el mundo la entrada en su aposento. Y le encargó que cuando el rey Omar Al-Nemán fuese a visitarle, le dijese: "Mi ama está enferma y no puede recibir a nadie".
Y en cuanto lo supo el rey Omar Al-Nemán, empezó a enviarle todos los días esclavos cargados con grandes bandejas llenas de manjares y bebidas, y terrinas con frutas y confitería, y también tazones de porcelana con crema y dulces. Pero ella seguía encerrada en su aposento, hasta que un día notó que le crecía el vientre, que se dilataba su cintura y que seguramente estaba preñada. Entonces aumentó su desesperación y se oscureció el mundo ante sus ojos. Y no quiso escuchar a Grano de Coral, que intentaba consolarla. Después le dijo: "¡Oh Grano de Coral! yo sola tengo la culpa de verme en este estado, pues no obré bien al dejar a mi padre, a mi madre y a mi reino. ¡Y he aquí que ahora siento asco de mí misma y de la vida! ¡Y se ha desvanecido mi valor y se ha acabado mi fuerza!
Con mi virginidad he perdido toda mi energía, pues mi preñez me incapacita para resistir el choque de un niño. ¡Y ni siquiera podría llevar las riendas de mi corcel, yo que antes me sentía llena de entusiasmo y de vigor! ¿Y qué haré ahora? Si llego a parir en palacio, seré motivo de irrisión para todas las musulmanas, que sabrán cómo he perdido mi virginidad. Y si vuelvo a casa de mi padre, ¿con qué cara me atreveré a mirarle? ¡Oh! ¡Cuán verdaderas son estas palabras del poeta!
¡Amigo! ¡Sabe muy bien que en la desgracia no encontrarás ya ni parientes, ni patria, ni casa que te brinde hospitalidad!
Entonces Grano de Coral le dijo: "¡Oh dueña mía! soy tu esclava, y estoy completamente bajo tu obediencia. ¡Mándame!" Y la reina respondió: "Entonces, ¡oh Grano de Coral! escucha bien lo que voy a decirte. Es absolutamente necesario que yo salga de aquí sin que nadie se entere. Quiero volver, a pesar de todo, a casa de mi padre y de mi madre, porque si el cadáver llega a oler, lo han de aguantar los suyos. Y yo no soy más que un cuerpo sin vida.
Y después de esto sucederá lo que el Señor disponga". Y Grano de Coral contestó: "¡Oh reina! tu plan es el mejor de todos los planes". Y desde aquel momento se dedicaron secretamente a los preparativos de la marcha. Y hubieron de esperar ocasión favorable, que se presentó pronto, y fué la marcha del rey para la caza y la salida de Scharkán para las fronteras del imperio, en donde tenía que inspeccionar las fortalezas. Pero durante este retraso, se aproximaba el día del parto, y Abriza dijo a Grano de Coral: "¡Es indispensable que partamos esta misma noche! Nada podemos hacer contra el Destino, que me ha marcado en la frente y que ha señalado mi parto para dentro de tres o cuatro días. Vámonos, pues todo lo prefiero a parir en este palacio. Y has de buscar un hombre que se avenga a acompañarnos en este viaje, pues yo no tengo fuerzas ni para sostener el arma más ligera".
Y Grano de Coral contestó: "¡Oh ama mía! Sólo sé de un hombre capaz de acompañarnos y defendernos, y es el negro Moroso, uno de los esclavos más corpulentos del rey Omar Al-Nemán. Le he hecho muchos favores, y además me ha dicho que en otros tiempos fué bandolero y salteador de caminos. Y como es el guardián de la puerta de palacio, iré a buscarle, le daré oro, y le diré que en cuanto lleguemos a nuestro país le proporcionaremos una buena boda con la griega más linda de Kaissaria".
Entonces Abriza exclamó: "¡Oh Grano de Coral! tráemelo aquí, pero no le digas nada, que yo misma le hablaré".
En seguida Grano de Coral fué en busca del negro, y le dijo: "¡Oh Moroso! he aquí que ha llegado el día de tu suerte. Y para eso te bastará hacer todo lo que te pida mi ama. ¡Ven, pues!" Y cogiéndole de la mano; lo guió a la habitación de la reina Abriza.
Y el negro Moroso, apenas vió a la reina, se adelantó y besó la tierra entre sus manos. Y ella notó que lo rechazaba su corazón y que su aspecto le desagradaba grandemente. Pero dijo para sí: "¡La necesidad hace ley!"
Y a pesar de todo el horror que sentía, le habló de este modo: "¡Oh Moroso! ¿eres capaz de ayudarnos en las contrariedades del tiempo y de auxiliarnos en nuestros infortunios? Si te revelara mi secreto, ¿serías bastante prudente para no divulgarlo?"
Y el negro Moroso, que al ver a Abriza había sentido inflamarse su corazón, dijo: "¡Oh mi señora! haré todo lo que me mandes". Y Abriza dispuso: "En ese caso, te pido que nos prepares en seguida dos caballos para nosotras y dos mulas para llevar nuestro equipaje. Y que nos hagas salir de aquí a mí y a esta esclava, Grano de Coral. Y te prometo que en cuanto lleguemos a mi país te casaré con la griega más hermosa que tú elijas. Y te colmaremos de oro y riquezas. Y si deseas volver a tu tierra, te mandaremos, colmado de dones y beneficios".
Al oír el negro estas palabras, se dilató su pecho de un modo considerable, y exclamó: "¡Oh ama mía! os serviré con mis dos ojos. ¡Voy a preparar las cabalgaduras y todo lo que haga falta!" Y salió en seguida. Y el negro pensaba: "¡Qué suerte la mía! ¡Voy a gozar y a deleitarme con la carne de esas dos lunas! ¡Y si alguna me rechazara, la mataré! ¡Y les robaré todas sus riquezas!" Y resuelto a obrar de este modo, hizo todos los preparativos necesarios. Y a pesar del estado de la reina Abriza, los tres pudieron salir sin que los vieran.
Pero la reina Abriza, que ya padecía los dolores del parto, se vió obligada a interrumpir el viaje al cuarto día. Y como no pudiese aguantar más, dijo al negro: "¡Oh Moroso! ayúdame a apearme, porque mis dolores me anuncian que esto ya llega al fin". Y dijo a Grano de Coral: "¡Oh Grano de Coral! bájate del caballo y ven a ayudarme".
Pero cuando los tres se hubieron apeado, el negro Moroso, al ver los encantos de la reina, llegó al límite de la excitación, y su herramienta se enderezó terriblemente, y le levantaba el ropón.
Entonces, como ya no pudiese sujetarle, la sacó al aire y se acercó a la joven, que estuvo a punto de desmayarse de indignación y de horror. Y le dijo: "¡Oh señora mía! por favor, déjame poseerte".
En este momento Schehrazada vió aparecer la mañana y, discreta como siempre, dejó la continuación del relato para el otro día.

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Noche 050



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Pero cuando llegó la 50ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven reina Abriza exclamó: "¡Y veremos quién de todos vosotros es el héroe!"
Y el patricio Massura repuso: "¡Por el Mesías! ¡Has hablado muy bien! ¡Yo seré el primero que se presente a luchar!"
Ella dijo: "Pues aguarda que vaya a avisarle y a saber su respuesta. Si acepta, así se hará; si se niega, será de todos modos el huésped protegido". Y Abriza se apresuró a ir en busca de Scharkán, y le puso al corriente de todo, excepto de quién era ella.
Y Scharkán comprendió que había juzgado mal al dudar de la generosidad de la joven, y se reconvino mucho, y con doble motivo por haberse equivocado al juzgar a la joven y por haberse metido imprudentemente en medio del país de los rumís.
Y después dijo: "¡Oh mi señora! No tengo la costumbre de combatir contra un solo guerrero, sino contra diez a un tiempo, y de esa manera pienso entablar el combate".
Dijo, y se puso en pie de un salto, y se precipitó al encuentro de los guerreros cristianos. Y llevaba en la mano su alfanje y su escudo.
Cuando el patricio Massura vió que se acercaba Scharkán, saltó sobre él de un brinco, y le atacó furiosamente; pero Scharkán paró el golpe que se le dirigía, y se lanzó contra su adversario como un león. Y le dió en el hombro un tajo tan terrible, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haberle atravesado el vientre y los intestinos.
Al ver esto, el valor de Scharkán creció considerablemente a los ojos de la reina, que pensó: "¡He aquí el héroe con quien habría yo podido luchar en el bosque!"
Después se volvió hacia los soldados; y les dijo: "¿Qué esperáis para proseguir el combate? ¿No pensáis vengar la muerte del patricio?" Entonces avanzó a grandes pasos un gigante de aspecto formidable, y cuya cara respiraba una gran energía. Era el propio hermano del patricio Massura. Pero Scharkán no le dió tiempo para más, pues le dió tal tajo en el hombro, que el alfanje salió brillando por la cadera, después de haber atravesado el vientre y los intestinos. Entonces avanzaron otros guerreros, uno a uno, pero Scharkán les hacía sufrir la misma suerte, y para su alfanje era un juego el hacer volar sus cabezas. Y de ese modo mató a cincuenta. Cuando los otros cincuenta que quedaron vieron la suerte que habían corrido sus compañeros, se reunieron en una sola masa, y se precipitaron todos juntos contra Scharkán, pero esto los perdió.
Scharkán los esperaba con toda la bravura de su corazón, más duro que la roca, y los trilló como se trillan los granos en la era, y los desparramó a ellos y a sus almas para siempre.
Entonces la reina Abriza gritó a sus doncellas: "¿Quedan más hombres en el monasterio?" Y ellas contestaron: "No quedan más hombres que los porteros". Entonces la reina Abriza avanzó al encuentro de Scharkán, y le estrechó entre sus brazos, y le besó con fervor. Después contó el número de muertos, y se encontraron ochenta. En cuanto a los otros veinte combatientes, lograron escaparse, a pesar de su estado, y habían desaparecido.
Y Scharkán pensó entonces en limpiar la hoja ensangrentada de su alfanje. Y arrastrado por Abriza, volvió al monasterio, recitando estas estrofas bélicas:
¡Contra mí se han lanzado furiosamente para combatirme el día de mi valentía!
Y he arrojado sus altaneros caballos como pasto a los leones, a mis hermanos los leones.
¡Vamos! ¡Libradme del peso de mi ropa, si queréis!
En el día de mi valentía no he hecho más que pasar, y he aquí a todos los guerreros tendidos en la tierra abrasadora de mi desierto.
Y como habían llegado al salón, la joven Abriza, sonriente de placer cogió la mano de Scharkán y se la llevó a los labios. Después se levantó el vestido, y aparecieron por debajo una cota de malla y una espada de acero fino de la India. Y Scharkán asombrado. preguntó: "¿Para qué son, ¡oh mi señora! esta cota de malla y esta espada?" Y ella dijo: "¡Oh Scharkán! durante el combate me armé apresuradamente por si tenía que correr en tu auxilio, pero no has necesitado de mi brazo!"
Después la reina Abriza mandó llamar a los porteros, y les dijo "¿Cómo es que sin mi permiso habéis dejado penetrar a los hombres del rey?" Y dijeron: "No es costumbre que pidan permiso los hombres del rey, y mucho menos su gran patricio".
Ella dijo: "¡Sospecho que habéis querido perderme y ocasionar la muerte de mi huésped!
Y rogó a Scharkán que les cortara la cabeza, y Scharkán les cortó la cabeza.
Entonces la reina dijo a sus esclavas: "¡Merecían un castigo más duro!"
Después se volvió hacia Scharkán, y exclamó: "¡He aquí, ¡oh Scharkán! que voy a revelarte lo que ha estado oculto para ti hasta ahora!"
Y dijo así:
"Sabe, ¡oh Scharkán! que soy la hija única del rey griego Hardobios, señor de Kaissaria, y me llamo Abriza. Y tengo por enemiga inexorable a la vieja Madre de todas las Calamidades, que ha sido la nodriza de mi padre y es muy temida y atendida en palacio. Y la causa de esta enemistad entre ella y yo, es una causa que me dispensarás que te cuente, pues intervienen unas jóvenes en esta historia, y ya conocerás con el tiempo todos los pormenores. Así es que la Madre de todas las Calamidades hará cuanto pueda para perderme, sobre todo ahora que he sido la causa de la muerte del jefe de los patricios y de los guerreros. Y dirá a mi padre que he abrazado vuestra causa. Así es que la única resolución que puedo tomar, mientras la Madre de todas las Calamidades me persiga, es irme lejos de mi familia y de mi país. Y te ruego que me ayudes y obres conmigo como yo he obrado contigo, pues te corresponde parte de culpa de cuanto acaba de pasar".
Al oír estas palabras, Scharkán sintió que la alegría le hacía perder la razón, y que su pecho se ensanchaba, y se dilataba todo su ser, y dijo: "¡Por Alah! ¿Quién se atreverá a acercarse a ti, mientras mi alma esté en mi cuerpo? Pero ¿podrías sobrellevar realmente el verte alejada de tu padre y de los tuyos? Y ella contestó: "Seguramente que sí". Entonces Scharkán le hizo que lo jurase, y ella juró. Y después ella dijo: "Ya se ha tranquilizado mi corazón.
Pero tengo que dirigirte otra súplica". Scharkán dijo: "¿Y cuál es esa súplica?" Y ella contestó: "Que vuelvas a tu país, con todos los soldados". Pero él dijo: "¡Oh señora mía! Mi padre Omar Al-Nemán me ha mandado a este país de los rumís para combatir y vencer a tu padre, contra el cual nos ha pedido auxilio el rey Afridonios de Constantinia. Pues tu padre ha mandado confiscar un navío cargado de riquezas, entre ellas tres gemas preciosas que poseen admirables virtudes". Entonces Abriza contestó: "¡Tranquiliza tu alma y endulza tus ojos! Porque he aquí que voy a decirte la verdadera historia de nuestra hostilidad con el rey Afridonios:
"Sabe que nosotros los griegos celebramos una fiesta anual, que es la fiesta de este monasterio. Y cada año en igual fecha acuden aquí todos los reyes cristianos desde todas las comarcas, así como los nobles y los grandes comerciantes. Y también vienen las mujeres y las hijas de los reyes y de los demás; y esta fiesta dura siete días completos. Ahora bien; cierto año fui yo una de las visitantes, y aquí estaba también la hija del rey Afridonios de Constantinia, que se llamaba Safía, y es ahora concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y madre de sus hijos. Pero en aquel momento era todavía doncella. Cuando terminó la fiesta y llegó el séptimo día, que era el día de la marcha, Safía dijo: "No quiero volver por tierra a Constantinia, sino por mar". Entonces le prepararon una nave, en la cual se embarcó con sus compañeras, y mandó embarcar todas las cosas que le pertenecían; y se dieron a la vela, y zarparon. Pero apenas se había alejado el navío, se levantó viento contrario, que hizo desviarse a la nave de su ruta. Y la Providencia quiso que hubiera precisamente en tales parajes un gran navío lleno de guerreros cristianos de la isla de Kafur, en número de quinientos afrangí.(Francos: nombre dado a los europeos)
Y todos estaban armados y forrados de hierro. Y sólo aguardaban una ocasión como aquélla para lograr botín, pues desde hacía tiempo que andaban por el mar. De modo que en cuanto vieron el navío en que estaba Safía, lo abordaron, le echaron los garfios y se apoderaron de él. Después se dieron de nuevo a la vela llevándolo a remolque. Pero levantó una furiosa tempestad que los arrojó a nuestras costas, desamparados. Entonces se arrojaron sobre ellos nuestros hombres, mataron a los piratas, y se apoderaron a su vez de las sesenta jóvenes entre las cuales se encontraba Safía.
También recogieron todas las riquezas acumuladas en los buques.
Vinieron a ofrecer las sesenta jóvenes como regalo a mi padre el rey de Kaissaria, y se guardaron las riquezas. Mi padre escogió para sí las diez jóvenes más hermosas y distribuyó el resto entre su séquito. Después eligió cinco de las más bellas, y se las envió como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y entre esas cinco estaba precisamente Safía, hija del rey Afridonios: pero nosotros no nos lo figurábamos, porque ni ella ni nadie nos había revelado su condición ni su nombre, y he aquí ¡oh Scharkán ! cómo Safía llegó a ser concubina de tu padre, el rey Omar Al-Nemán. Y además, le fué enviada con otros muchos regalos, como sederías, paños y bordados de Grecia. Pero a principios de este año, el rey mi padre recibió una carta del rey Afridonios, padre de Safía. Y en esta carta había cosas que no te sabría repetir. Pero decía lo siguiente:
"Hace dos años que cogiste a unos piratas sesenta jóvenes, una de las cuales era mi hija Safía. Hasta ahora no me he enterado, ¡oh rey Hardobios! porque nada me has dicho.
Esto es la mayor ofensa y el mayor oprobio para mí y alrededor de mí. Por lo tanto, en cuanto recibas mi carta, si no quieres ser mi enemigo, me devolverás a mi hija Safía, intacta e íntegra. Si demoras su envío, te trataré como mereces, y mi cólera y mi resentimiento tomarán represalias terribles contra ti".

"Y en cuanto mi padre leyó esta carta, se quedó muy perplejo y muy alarmado, pues la joven Safía había sido enviada como regalo a tu padre, el rey Omar Al-Nemán, y no había ninguna probabilidad de que siguiese intacta e íntegra, puesto que ya la había hecho madre el rey Omar Al-Nemán.
"Comprendimos entonces que aquello era una gran calamidad. Y mi padre no tuvo otro recurso que escribirle una carta al rey Afridonios, en que le exponía la situación, y disculpándose con la ignorancia en que había estado respecto a la personalidad de Safía, y jurándoselo mil veces.
"Al recibir la carta de mi padre, el rey Afridonios se enfureció de una manera trágica; se levantó, se sentó, echó espuma, y dijo: "¿Es posible que mi hija, cuya mano se disputaban todos los reyes cristianos, haya llegado a ser una esclava entre las esclavas de un musulmán? ¿Es posible que se haya rendido a sus deseos y compartido su lecho sin contrato legal? ¡Por el Mesías! que he de tomar de ese cabalgador musulmán, no saciado de mujeres, una venganza que hará hablar al Oriente y al Occidente".
"Y entonces fué cuando el rey Afridonios discurrió enviar embajadores a tu padre con ricos presentes, y hacerle creer que estaba en guerra contra nosotros, y pedirle socorro. Pero en realidad era para hacerte caer a ti, ¡oh Scharkán! y a tus diez mil jinetes en una emboscada.
"En cuanto a las tres gemas maravillosas poseedoras de tantas virtudes, existen realmente. Eran propiedad de Safía, y cayeron en manos de los piratas, y después en las de mi padre, que me las regaló. Y yo las tengo, y ya te las enseñaré. Pero por ahora lo más importante es que busques a tus jinetes y emprendas con ellos el camino de Bagdad, antes de caer en las redes del rey de Constantinia y antes de que os incomuniquen por completo".
Al oír Scharkán estas palabras, cogió la mano de Abrizia y se la llevó a los labios. Y después dijo: "¡Loor a Alah y a las criaturas de Alah! ¡Loor al que te ha puesto en mi camino, para que seas causa de mi salvación y de la salvación de mis compañeros! Pero ¡oh deliciosa y caritativa reina! Yo no puedo separarme de ti después de cuanto ha pasado, y no permitiré que te quedes aquí sola, pues no sé lo que te puede ocurrir. ¡Ven, Abriza, vamos a Bagdad, donde estarás segura".
Pero Abriza, que había tenido tiempo para reflexionar, le dijo: "¡Oh Scharkán! date prisa a marcharte. Apodérate de los enviados del rey Afridonios, que están en tus tiendas, oblígalos a confesar la verdad, y de este modo comprobarás mis palabras. Yo te alcanzaré antes de que hayan pasado tres días, y entraremos juntos en Bagdad". Después se levantó, se acercó a él, le cogió la cabeza con ambas manos, y le besó. Y Scharkán hizo lo mismo.
Y la reina lloraba lágrimas abundantes.
Y su llanto era capaz de derretir las piedras.
Scharkán, al ver llorar aquellos ojos, se enterneció más todavía, y llorando recitó estas dos estrofas:
¡Me despedí de ella, y mi mano derecha enjugaba mis lágrimas, mientras que mi mano izquierda rodeaba su cuello!
Y me dijo, medrosa: "¿No temes comprometerte ante las mujeres de mi tribu?" Y le dije: "¡No lo temo! ¿Acaso el día de la despedida no es el de la traición de los enamorados?"
Y Scharkán se separó de Abriza, y salió del monasterio. Montó de nuevo en su corcel, cuyas bridas sujetaban dos jóvenes, y se fué.
Pasó el puente de cadenas de acero, se internó entre los árboles de la selva, y acabó por llegar al claro situado en medio del bosque. Y apenas había llegado, vió tres jinetes frente a él, que habían detenido bruscamente el galopar de sus caballos. Y Scharkán sacó su rutilante espada, y se cubrió con ella, dispuesto al choque. Pero súbitamente los conoció y le reconocieron, pues los tres jinetes eran el visir Dandán y los dos emires principales de su séquito.
Entonces los tres jinetes se apearon rápidamente, y desearon respetuosamente la paz al príncipe Scharkán, y le expresaron toda la angustia que por su ausencia había sentido el ejército. Y Scharkán les contó la historia con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin, y la próxima llegada de la reina Abriza, y la traición proyectada por los embajadores de Afridonios.
Y les dijo: "Es probable que se hayan aprovechado de vuestra ausencia para escaparse y avisar a su rey. Y ¡quién sabe si el ejército enemigo habrá destruido al nuestro! ¡Corramos, pues, junto a nuestros soldados!"
Al galope de sus caballos llegaron al valle donde estaban las tiendas. Y allí reinaba la tranquilidad, pero los embajadores habían desaparecido. Se levantó apresuradamente el campo, partieron para Bagdad, y al cabo de algunos días llegaron a las fronteras, donde ya estaban seguros. Y todos los habitantes de aquellas comarcas se apresuraron a llevarles provisiones para ellos y víveres para los caballos. Y descansaron un poco, y luego reanudaron la marcha. Pero Scharkán confió la dirección de la vanguardia al visir Dandán, y se quedó en la retaguardia con cien jinetes, que escogió uno por uno entre lo más selecto de todos los jinetes. Y dejó que el ejército se le adelantara todo un día. y después se puso en marcha con cien guerreros.
Y cuando habían recorrido ya cerca de dos parasanges (Parseks . 1 parsek = 5 Km) acabaron por llegar a un desfiladero muy angosto situado entre dos altísimas montañas. Y apenas habían llegado, vieron que al otro extremo del desfiladero se levantaba una polvareda muy densa. Y esta polvareda avanzaba rápidamente, y cuando se disipó aparecieron cien jinetes, tan intrépidos como leones, que desaparecían bajo las cotas de malla y las viseras de acero. Y aquellos jinetes, apenas estuvieron al alcance de la voz, gritaron: "¡Apeaos, ¡oh musulmanes! y rendíos a discreción, pues si no, ¡por Mariam y Yuhanna! (María y Jesús) vuestras almas no tardarán en volar de vuestros cuerpos!"
Y Scharkán, al oír estas palabras, vió que el mundo se ocurecía ante su vista. Y dijo, inflamadas sus mejillas y lanzando sus ojos relámpagos de cólera: "¡Oh perros cristianos! ¿Cómo os atrevéis a amenazarnos después de haber tenido la audacia de atravesar nuestras fronteras y pisar nuestro suelo? ¿Pensáis que podréis escapar de entre nuestras manos y volver a vuestro país?"
Dijo, y gritó a sus guerreros: "¡Oh creyentes! ¡Sus a esos perros!" Y Scharkán fué el primero en arrojarse sobre el enemigo. Entonces los cien jinetes de Scharkán cayeron sobre los cien jinetes afrangí a todo el galopar de sus caballos, y ambas masas de hombres, con corazones más duros que la roca, se mezclaron.
Y los aceros chocaron con los aceros, las espadas con las espadas, y empezaron a llover golpes. Y crepitando los cuerpos se enlazaban con los cuerpos y los caballos se encabritaban para caer pesadamente sobre los caballos, y no se oía otro ruido que el chasquido de las armas y el choque del metal contra el metal. El combate duró hasta la aproximación de la noche. Y sólo entonces se separaron ambos bandos, y pudieron contarse. Scharkán comprobó que no había entre sus hombres ningún herido grave y exclamó:
"¡Oh compañeros! He navegado toda mi vida por el mar de las ruidosas batallas, en que chocan las oleadas de espadas y lanzas; he combatido con muchos héroes, pero no había encontrado hombres tan intrépidos, guerreros tan valerosos ni héroes tan esforzados como estos adversarios".
Y los soldados de Scharkán respondieron: "¡Oh príncipe Scharkán! tus palabras han dicho la verdad. Pero sabe que el jefe de esos guerreros es el más admirable de todos y el más heroico. Y además, cada vez que uno de nosotros caía entre sus manos, se apartaba para no matarlo, y le dejaba librarse de la muerte".
Al oír estas palabras, se quedó muy perplejo Scharkán, pero después dijo: "Mañana nos pondremos en fila y los atacaremos así, pues somos ciento contra ciento. ¡Y pediremos la victoria al Señor del Cielo!" Y confiados en esta resolución, se durmieron todos aquella noche. En cuanto a los cristianos, he aquí que rodearon a su jefe, y exclamaron: "Hoy no hemos podido dar cuenta de esos musulmanes". Y el jefe les dijo: "Pero mañana nos pondremos en fila, y los derribaremos uno tras otro". Y confiados en esta resolución, se durmieron todos también.
Así es que en cuanto brilló la mañana, e iluminó al mundo con su luz, y salió el sol para alumbrar indistintamente la cara de los pacíficos y de los guerreros, y saludó a Mahomed, ornamento de todas las cosas bellas, el príncipe Scharkán montó en su caballo, avanzó entre las dos filas de sus guerreros, y les dijo: "He aquí que nuestros enemigos están en orden de batalla. Lancémonos, pues, sobre ellos, pero uno contra uno. Por lo pronto, que salga de las filas uno de vosotros e invite en alta voz a uno de los guerreros cristianos a combate singular. Después cada cual afrontará a su vez la lucha de este modo".
Y uno de los jinetes de Scharkán salió de las filas, espoleó a su caballo hacia el enemigo, y gritó: "¡Oh todos vosotros! ¿Hay en vuestras filas algún combatiente, algún campeón bastante intrépido para aceptar la lucha conmigo?"
Apenas había pronunciado estas palabras, salió de entre los cristianos un jinete completamente cubierto de armas y de hierro, y de seda y de oro. Montaba un caballo alazán; su cara era sonrosada, con mejillas vírgenes de pelo.
Llevó su caballo hasta la mitad de la liza, y con la espada levantada se precipitó contra el campeón musulmán, y de un rápido bote de lanza le hizo perder los arzones y le obligó a rendirse al enemigo. Y se lo llevó prisionero, entre los gritos de victoria y de júbilo que lanzaban los guerreros cristianos.
En seguida salió de las filas otro cristiano y avanzó hasta la mitad de la liza, al encuentro de otro musulmán que ya estaba en ella y que era el hermano del prisionero. Y ambos campeones trabaron la lucha, que no tardó en terminar con la victoria del cristiano, pues aprovechando un descuido del musulmán, que no había sabido resguardarse, le dió otro bote de lanza, que le derribó, y se lo llevó prisionero.
Y así siguieron midiendo sus armas, y cada vez se terminaba la lucha con la derrota de un musulmán, vencido por el cristiano. Y así fué hasta que cayó la noche, quedando cautivos veinte guerreros musulmanes.
Scharkán se impresionó mucho al ver este resultado, y reunió a sus compañeros. Y les dijo: "¿No es verdaderamente extraordinario lo que nos acaba de ocurrir?" Mañana avanzaré yo solo frente al enemigo, y provocaré al jefe de esos cristianos. Y luego de vencerle, averiguaré la razón que le ha movido a violar nuestro territorio y a atacarnos. Y si se niega a explicarse, lo mataremos; pero si acepta nuestras proposiciones, haremos las paces con él". Y tomada esta resolución, se durmieron todos hasta por la mañana.
Y llegada la mañana, Scharkán montó a caballo y avanzó solo hacia las filas de los enemigos; y vió avanzar, en medio de cincuenta guerreros que se habían apeado, a un jinete, que no era otro que el jefe de los cristianos en persona. Llevaba pendiente de los hombros una clámide de raso azul que flotaba por encima de la cota de malla; blandía desnuda una espada de acero y montaba un caballo negro que llevaba en la frente una estrella blanca del tamaño de un dracma de plata. Y este jinete tenía una cara de niño, con mejillas frescas y sonrosadas y vírgenes de bozo. Y tan hermoso era, que semejaba la luna que sale gloriosamente por el horizonte oriental.
Y cuando estuvo en medio de la liza, este joven jinete se dirigió a Scharkán, y en lengua árabe, con el acento más puro, le dijo: "¡Oh Scharkán, oh hijo de Omar Al-Nemán, que reina en los pueblos y en las ciudades, en las plazas fuertes y en los castillos, prepárate a la lucha, porque será muy dura! ¡Y como eres el jefe de los tuyos y yo el jefe de los míos, queda acordado desde ahora que el vencedor en esta lucha se apoderará de los soldados del vencido y será su dueño!"
Pero ya Scharkán, con el corazón lleno de rabia, semejante al león enfurecido, había lanzado su corcel contra el cristiano. Y chocaron uno contra otro con un empuje heroico, resonando los golpes. Y se habría creído ver el choque de dos montañas, o la mezcla ruidosa de dos mares que se encontraran. Y no cesaron de combatir desde por la mañana hasta que fué completamente de noche. Y entonces se separaron, y cada cual volvió junto a los suyos.
Luego Scharkán dijo a sus compañeros: "¡En mi vida he encontrado un combatiente como ése! Y lo más extraordinario es que cada vez que su adversario queda descubierto, en lugar de herirle se limita a tocarlo ligeramente en el sitio descubierto con el regatón de la lanza. Nada comprendo de toda esta aventura, pero ¡ojalá hubiese muchos guerreros de tal intrepidez!"
Y al día siguiente se reanudó la lucha del mismo modo y con igual resultado. Y al tercer día, en medio del combate, el hermoso joven lanzó el caballo al galope y lo paró bruscamente, aunque tirando torpemente de las riendas. Entonces el caballo se encabritó, y el joven se dejó derribar, y cayó al suelo, pero como naturalmente.
Y Scharkán saltó del caballo y se precipitó sobre su enemigo con la espada levantada, dispuesto a atravesarlo. Y el hermoso cristiano exclamó: "¿Es así como proceden los héroes? ¿Manda la galantería tratar así a las mujeres? Al oír estas palabras, Scharkán miró al joven jinete, y habiéndolo examinado bien reconoció a la reina Abriza. Pues era en realidad la reina Abriza, con la cual le había pasado en el monasterio lo que le había pasado.
Y Scharkán arrojó su espada, y se prosternó ante la joven, y besó la tierra entre sus manos, y le dijo: "Pero ¿por qué has obrado así, ¡oh reina!?" Y ella dijo: "He querido experimentarte en el campo de batalla y ver cuál era tu valor. Pues sabe que todos mis guerreros que han combatido con los tuyos son mis doncellas, y son jóvenes como yo y vírgenes. Y en cuanto a mí, si no hubiera sido por mi caballo, que se encabritó a destiempo, otras cosas habrías visto, ¡oh Scharkán!"
Y Scharkán, sonriendo, dijo: "¡Loor a Alah, que nos ha reunido, ¡oh reina Abriza, soberana de los tiempos!" Y la reina dió en seguida la orden de marcha, y le volvió a Scharkán los veinte prisioneros, uno tras otro. Y todos fueron a arrodillarse delante de la reina, y besaron la tierra entre sus manos.
Y Scharkán se dirigió hacia las hermosas jóvenes, y les dijo: "¡Los reyes se honrarían si pudiesen contar con unos héroes como vosotras!" Después se levantaron los campamentos, y los doscientos jinetes emprendieron juntos el camino de Bagdad, y anduvieron así seis días completos, al cabo de los cuales vieron relucir a lo lejos las mezquitas gloriosas de la ciudad de paz.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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Mi blog 'principal' es En Medio del Ruido aunque el más querido es el de los cuentos de mi mamá (el más maltratado también)

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